Escocia. Extraño visitante

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Una vieja devanaba, devanaba una noche en su devanadera, y la devanadera giraba, giraba, y la vieja una compañía invocaba. De improviso la puerta se abrió, un par de enormes pies entró y de­recho hacia el hogar se encaminó. Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de piernas finas, finas, entró y sobre los enormes pies al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de rodillas gruesas, muy gruesas, entró y sobre las piernas finas, finas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

La puerta de nuevo se abrió y un par de muslos delgados, delgados, entró, y sobre las rodillas gruesas, muy gruesas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de ijares anchos, muy anchos, entró, y sobre los muslos delgados, delgados, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un pecho fino, muy fino, en­tró, y sobre los ijares anchos, muy anchos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de hombros grandes, grandes, entró, y sobre el pecho fino, muy fino, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de brazos cortos, cor­tos, entró, y en los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de manos enormes en­tró, y en el extremo de los brazos cortos, cortos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un cuello largo, largo, entró, y sobre los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y una cabeza gorda, gorda, en­tró, y sobre el cuello largo, largo, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

-¿Por qué tienes unos pies tan enormes? -la vieja preguntó.

-Por mucho caminar, por mucho caminar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes piernas tan finas? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes rodillas tan gruesas? -la vieja preguntó.

-De mucho rezar, de mucho rezar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes muslos tan delgados? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes los ijares tan anchos? -la vieja preguntó.

-De estar tanto tiempo sentado, sentado -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes un pecho tan delgado? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes hombros tan grandes? -la vieja preguntó.

-De tanto barrer, de tanto barrer -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes brazos tan cortos? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes manos tan enormes? -la vieja preguntó.

-De moler el trigo, de moler el trigo -respondió una voz frágil

-¿Por qué tienes un cuello tan fino? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes una cabeza tan gorda? -la vieja preguntó.

-Porque sé muchas cosas, porque sé muchas cosas -respon­dió una voz frágil.

-¿Por qué has venido aquí? -la vieja preguntó.

-¡Para llevarte conmigo, para llevarte conmigo! -gritó el ex­traño visitante con toda la voz que podía, tendiendo sus enormes manos para agarrar a la mujer.

Pero la vieja no cedió: se apoderó de una maza y comenzó a golpear al extraño visitante. Y así fue desapareciendo: primero la cabeza, después el cuello, luego las manos, después los brazos, luego los hombros, después el pecho, luego los ijares, después los muslos, luego las rodillas, después las piernas y, por último, los enormes pies.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

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