Poesía. Palestina

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El hombre ahorcado

Salim Yubrán

Un hombre ahorcado

es el mejor juguete,

la mejor distracción para los niños

que se ofrece en los zocos.

Pero no… No es en el zoco

donde se vende ya…

Se terminó hace días… No lo busquéis.

Que lo comprendan vuestros hijos:

Se terminó hace días.

¡Ay, almas de los muertos

en los presidios nazis!

No es un judío en Berlín

ese hombre ahorcado.

Es un árabe de mi pueblo, como yo,

ese hombre ahorcado,

al que ahorcan vuestros hermanos…

Perdón… Al que ahorcan las sombras de los nazis

en Sión

¡Ay, almas de los muertos

En los presidios nazis!…

¡Si supierais, vosotras!… ¡Si supieras!…

Salim Yubrán. Nació en 1938. Tiene una obra extensa de la que destaca Poemas sin residencia definida (1970), que concentra las señas de su estilo: la frase directa, el desdén por la retórica y todo artificio. Fue director de la revista Al–Gad, una referencia para comprender el pasado y el presente de Hayfa.

Carnet de identidad

Mahmud Darwish

Escribe

que soy árabe,

y el número de mi carnet es el cincuenta mil;

que tengo ya ocho hijos,

y llegará el noveno al final del verano.

¿Te enfadarás por ello?

Escribe

que soy árabe,

y con mis camaradas de infortunio

trabajo en la cantera.

Para mis ocho hijos

arranco, de las rocas,

el mendrugo de pan,

el vestido y los libros.

No mendigo limosnas a tu puerta, ni me rebajo

ante tus escalones.

¿Te enfadarás por ello?

Escribe

que soy árabe.

Soy nombre sin apodo.

Espero, pacientero, en un país

en el que todo lo que hay

existe airadamente.

Mis raíces,

se hundieron antes del nacimiento

de los tiempos,

antes de la apertura de las eras,

del ciprés y el olivo,

antes de la primicia de la yerba.

Mi padre…

De la familia del arado,

no de nobles señores.

Mi abuelo era un labriego

sin títulos ni nombres.

Mi casa es una choza campesina

de cañas y maderos,

¿te complace?…

Soy nombre sin apodo.

Escribe

que soy árabe

que tengo el pelo negro

y los ojos castaños;

que, para más detalles,

me cubro la cabeza con un velo;

que son mis palmas duras como la roca

y pinchan al tocarlas.

Y me gusta el aceite y el tomillo.

Que vivo

en una aldea perdida, abandonada,

sin nombres en las calles.

Y cuyos hombres todos

están en la cantera o en el campo…

¿Te enfadarás por ello?

Escribe

que soy árabe;

que robaste las viñas de mi abuelo

y una tierra que araba,

yo, con todos mis hijos.

Que solo nos dejaste

estas rocas…

¿No va a quitármelas tu gobierno también,

como se dice…?

Escribe, pues…

Escribe

en el comienzo de la primera página

que no aborrezco a nadie,

ni a nadie robo nada.

Mas que, si tengo hambre,

devoraré la carne de quien a mí me robe.

¡Cuidado, pues!…

¡Cuidado con mi hambre y con mi ira!

Mahmud Darwish. Nació en 1941. Sus libros no solo contienen referencias del mundo islámico sino también del imaginario cristiano. Once astros (1992), uno de sus poemarios más celebrados, funde lo nacional con lo universal hasta convertir el presente en una suma de la experiencia humana.

Con los dientes

Tawfiq Zayyad

Con los dientes.

Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.

Con los dientes.

Y no aceptaré otro en su lugar.

Aunque me dejen

Colgando de las venas de mis venas.

Aquí sigo.

Esclavo de mi afecto… A la cerca de mi casa.

Al rocío… Y a la frágil azucena.

Aquí sigo.

No podrán derribarme

todas mis cruces.

Aquí sigo.

Teniéndoos… Teniéndoos… Teniéndoos…

En mi regazo

Con los dientes.

Defenderé cada palmo de tierra de mi patria.

Tawfiq Zayyad. Nació en 1922 y murió en 1994. Comunista en su juventud, fue alcalde de Nazareth. Su informe sobre las condiciones miserables en las que vivían los presos árabes en Israel sacudió al Consejo de Seguridad de la ONU en la década de los ochenta.

Mil

Ibrahim Tuqán

Hay un número negro que no es trece,

pero que le supera en fechorías:

Es el número mil. Nunca se ha golpeado

con tanta y tanta saña a Palestina.

Hay un millar que emigra… Otros mil que se

escapan…

Y mil turistas que entran, sin retorno.

Hay mil salvoconductos, y también mil maneras

de aliviarles todos los obstáculos

Y en la mar hay millares… Parece que sus olas

están todas cargadas de navíos.

¡Ay, hijos de mi pueblo!

¿Tal vez después del sueño se despierta?

¿En esta densa sombra habrá algún rayo?

¡Por Dios, que no lo sé! Y así, desesperado,

¿clamaré por Amín o invoco a Rágueb?

Ibrahim Tuqán. Nació en 1905 y murió en 1941. Conocedor de la tradición clásica de la literatura árabe, que se refleja ampliamente en su obra.

La conversión. Zen

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LA CONVERSIÓN DE KISHO

Un gran maestro de tiro al arco (kyûdô) tenía un discípulo llamado Kisho que se sentía inferior ante su maestro. El maestro era el maestro. Por eso, Kisho esperaba la muerte de su maestro. Pero éste, fuerte y de salud excelente, estaba lejos de morir. El discípulo Kisho decidió, pues, matar a su maestro.

Un día Kisho se entrenaba disparando flechas en un campo cuando el maestro Kyodo fue a reunirse con él.

Justo en aquel momento el discípulo disparó una flecha apuntando a su maestro; pero éste disparó igualmente… Las dos flechas se encontraron en pleno vuelo y cayeron.

El discípulo disparó otras nueve veces y cada una de ellas fue detenida por el maestro. Kisho tenía diez flechas. El maestro no tenía más que nueve. El discípulo disparó la última flecha, pero el maestro tomó su lanza, la arrojó y cortó al vuelo la flecha.

El discípulo admirado se prosternó.

Maestro y discípulo se abrazaron.

-¡Oh, gran maestro!

-Oh, gran discípulo!

Con su ego esfumado entraron en las relaciones eternas de maestro a discípulo.

Mensaje esencial. Zen

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En la época de la dinastía T’ang había un maestro que meditaba entre las ramas de un árbol. Su nombre era Viejo Maestro Nido de Pájaro. El gobernador de la provincia, Po Chu-i, que era también un poeta ch’an, fue a visitarle.

-Pareces estar en una posición poco segura, Viejo Maestro Nido de Pájaro. Pero ¿podrías decirme qué es lo que todos los buddhas han enseñado?

Nido de Pájaro respondió:

-Haz siempre el bien. No hagas nunca el mal. Cultiva tu espíritu. Todos los buddhas han enseñado esto.

-Haz siempre el bien, no hagas nunca el mal y cultiva tu espíritu. Esto ya lo sabía yo cuando tenía tres años -respondió Po Chu-i.

-¡Oh, sí! -dijo Nido de Pájaro-, un niño de tres años puede saber esto; pero ni siquiera un hombre de ochenta años puede llevarlo a cabo.

El rey y sus dos hijas. Bangla Desh

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Había una vez un poderoso rey que gobernaba un país muy rico. El Rey tenía dos hijas, la mayor era muy inteligente. La menor era muy sincera.

El rey se sentía tan orgulloso de ellas y tanto las quería que las consideraba el tesoro más preciado de todo su reino.

Un día, picado por la curiosidad, quiso saber si él era correspondido por ellas y las mandó llamar a la gran sala del palacio.

Momotaj y Nurjahan acudieron presurosas, y algo preocupadas. Pues no era muy habitual que el rey, su padre, las llamara a presentarse en la sala que normalmente utilizaba para importantes asuntos de estado.

Una vez ante él, se inclinaron respetuosamente y dijeron:

-Aquí estamos, padre ¿Cuál es el motivo por el que nos has mandado llamar?

El rey al verlas tan hermosas, se llenó de orgullo. Y al contemplar sus rostros preocupados, sonrió de manera tranquilizadora.

-No temáis, hijas mías -dijo-. Sólo quiero haceros una pregunta.

-Dinos, amado padre -comentó Momotaj, la mayor-. ¿Qué pregunta es ésa? Trataré de responderla con toda la cultura que me habéis enseñado

-Y yo -añadió Nurjahan, la menor- intentaré responderos con la sinceridad que me habéis inculcado.

El rey Omar, complacido, se rió abiertamente.

Al cabo de un rato, dirigiéndose a la mayor, preguntó:

-Momotaj, dime, ¿cuánto me quieres?

La hija mayor, sorprendida, pensó rápidamente en algo que pudiera complacer a su poderoso padre. Y como era muy lista, recordó que al rey lo que más le gustaba de este mundo eran los dulces, que siempre deseaba comer más y más cosas dulces, y supo que ésta era la respuesta.

– Y, Momotaj, con voz firme, dijo:

-Padre mío, yo os quiero como a los dulces.

El rey al oír su respuesta, se puso muy contento pues, como sabemos, los dulces eran muy importantes para él y los apreciaba mucho.

Satisfecho, preguntó a continuación a su hija pequeña:

-Y tú, Nuijahan, dime, ¿cuánto me quieres?

La hija menor del rey no tardó ni un segundo en contestar. Abrió su corazón y, con toda sinceridad, dijo:

-Padre mío, yo os quiero como a la sal.

El rey Omar de repente, alteró la expresión de su rostro y, muy enfadado, exclamó:

– ¡Hija desagradecida! ¿Me quieres como a la sal, una cosa insignificante que no me gusta ni a mí ni a nadie de mi reino?

Nuijahan, temblorosa por la ira que demostraban las palabras del rey, titubeó un instante antes de responder. Sin embargo, como ella consideraba la sal algo muy valioso, decidió mantener su respuesta.

Y, con todo el valor que consiguió reunir, dijo en voz muy baja:

-Sí, padre. Os quiero como a la sal.

El rey estallando de cólera, llamó a sus soldados a gritos.

-¡Qué venga mi guardia personal de inmediato!

Los aguerridos soldados acudieron obedientes en un abrir y cerrar de ojos y rodearon a las dos princesas mientras Nuijahan miraba asusta da a su hermana mayor.

Entonces, el rey Omar, señalando a la hija menor, dijo furioso

-Llevaos a esta hija mía tan desagradecida de mi presencia y dejadla en un bosque para que viva abandonada el resto de sus días.

-¡Padre! -Sollozó Nurjahan al borde del desmayo.

Pero el rey Omar, sin hacer caso de sus lágrimas, se mantuvo inflexible en su castigo y los soldados se llevaron a rastras a la pobre princesa Nurjahan que lloraba desconsoladamente.

Una vez fuera de palacio, los soldados cabalgaron hasta un bosque perdido en los confines del reino. Y allí, cerca de una tenebrosa cueva, abandonaron a la menor de las dos princesas y emprendieron el camino de regreso a palacio.

Triste y desvalida, Nurjahan se quedó sola.

Pasó un día, pasaron dos… y la princesa, sin comer, pues no tenía casi fuerzas, sintió que un oscuro porvenir le aguardaba sino reaccionaba pronto. Entonces, decidida no dejarse abatir por la pena, comenzó a buscar alimento por el bosque. Así, poco apoco, fue encontrando fresas, cerezas, frutas muy dulces que, al comerlas, le fueron devolviendo las energías. Y luego, se dedicó a poner en condiciones la cueva. La limpió, se preparó una especie de lecho con las hojas de unos arbustos e hizo de manera para que le resultara lo más confortable posible.

Una noche, mientras Nurjahan intentaba dormir, un príncipe de otro país cruzaba el bosque a caballo con su séquito cuando, de pronto vio una luz brillante que salía de la cueva. Al acercarse, extrañado, comprobó que la luz era el reflejo de la luna sobre el vestido y las joyas que alguien había dejado colgadas en la entrada.

-¿De quién será este vestido y esas joyas? -se preguntó el príncipe.

Mandó detener al cortejo y desmontó.

-Iré ahí dentro a ver a quién pertenecen -dijo.

-Tened cuidado, príncipe -advirtió uno de sus soldados.

Sin hacer mucho caso, el príncipe se dirigió a la cueva. Y al traspasar el umbral, descubrió durmiendo a la muchacha más bella que nunca habían contemplado sus ojos.

Tan extasiado estaba por la belleza de la muchacha que al príncipe se le escapó un suspiro de admiración y ella se despertó de golpe.

-¿Quién sois? -preguntó asustada-. ¿Que queréis de mí?

-No temáis -la tranquilizó él.

Y comenzó a contarle quién era y cómo la había encontrado.

Nurjahan, con el corazón palpitando, pues ya se había enamorado del joven con la mirada más dulce que jamás había conocido, le explicó:

-Mi padre me abandonó en el bosque porque le hice una cosa mala.

-¿Qué le hicisteis? -quiso saber el príncipe con el corazón también desbocado ya que sentía lo mismo que ella-. ¿Que cosa fue ésa?

Ella se lo contó sin decirle que su padre era un rey. Y el príncipe, que ya no era capaz de pensar en nada más que no fuera en Nurjahan, la convenció para que lo acompañara a su país. Y a su país se marcharon.

Al llegar, el príncipe Mahamud, que así se llamaba, corrió a presentársela a sus padres que se pusieron muy contentos al conocerla, ya que vieron que Nurjahan era una buena chica y que el príncipe estaba muy enamorado. Y la aceptaron de tan buen grado que la boda se celebró enseguida y por todo lo alto. Por el país entero corrió la alegría por la nueva pareja.

Y Nurjahan y Mahamud vivieron muy felices.

Un día, el rey Omar, que por entonces se sentía muy triste por haber perdido a la más pequeña de sus hijas, salió de caza. Y caminando, caminando, se fue alejando sin darse cuenta. Más tarde, agotado, quiso des cansar un poco cuando vio, a lo lejos, un palacio muy grande.

-Mira, mira -se dijo-. Es lo’mnico habitado que hay por aquí. Y se acercó al palacio para que le dieran algo de comer.

Se detuvo a las puertas y pidió que le ayudaran, les explicó que era el rey de otro país y que se había perdido.

La noticia llegó a oídos del rey Shajan, que era el padre del príncipe Mahamud, y accedió enseguida a prestarle ayuda permitiéndole la entrada. Luego, hizo que le acompañaran hasta sus estancias y que le dieran comida, bebida y alojamiento. Y mientras aguardaba, el rey Shajan llamó a la reina y a la princesa Nurjahan.

-¡Venid a conocer a un rey de otro país! La reina acudió con rapidez.

Pero la princesa Nurjahan se quedó detrás de la puerta y, por una rendija atisbó dentro y vio que se trataba de su padre. Quieta, sintió alegría por verle de nuevo y desazón al recordar que había ordenado abandonarla.

Sin moverse, decidió no salir a enfrentarse con él. Entonces, el rey Shajan le dijo:

-Nurjahan, prepara la comida que invitaremos al rey Omar a nuestra mesa, pues está hambriento después de todo un día sin comer.

-Bueno -dijo Nuijahan-, yo prepararé la comida para él si eso es lo que deseáis.

-Sí, éstos son mis deseos -confirmó el rey Shajan.

-Pues así lo haré -obedeció la princesa.

Y se dispuso a preparar una comida donde todos los alimentos fueran dulces, muy dulces, ya que sabía que a su padre era así como le gustaba.

Luego, hizo que se la sirvieran. Y todos los platos eran dulces.

El rey Omar, hambriento después de todo un día sin comer, se puso muy alegre al probar la abundante comida. Y tanto dulce le encantó.

Al día siguiente, el desayuno, que también se lo había preparado su hija Nurjahan, era muy dulce, pero muy, muy dulce.

Y el rey Omar se lo comió disfrutando como un chiquillo.

Y al mediodía, la comida también era muy, muy dulce.

Y la cena.

Pasaron dos días, tres. Y los platos eran siempre dulces, muy dulces.

Entonces, el cuarto día, al ver que la comida volvía a ser dulce, muy dulce, el rey Omar se dijo que ya estaba cansado de comer tanto dulce, que ya no podía más, y deseó marcharse a su país.

Sin pérdida de tiempo, le comunicó sus deseos al rey Shajan.

-No, no -dijo el rey Shajan-, no os podéis marchar. Tenéis que quedaros siete días con siete noches en mi palacio. Es la tradición. Y si no lo hacéis así, la mala suerte se abatirá sobre nosotros diez años.

¿Acaso es esto lo que pretendéis? ¿No sería lo mismo que declararnos la guerra? Pensad: ahora somos amigos y nuestros países necesitan nuestra amistad. ¿Queréis cambiar las cosas?

El rey Omar se quedó pensativo. Lo último que necesitaba su país era una guerra. Pero estaba harto de tanto dulce ¡Y claro, no le podía decir al rey Shajan la verdad para no ofenderle. Estaba atrapado!

-¿Qué. no os gustan nuestros manjares? -preguntó el rey Shajan.

-No, no es eso. Todos son excelentes -dijo el rey Omar muy a su pesar-. La comida es propia de un gran rey, muy buena.

Y aunque aborrecía ya todo lo dulce, decidió callar y permanecer en el palacio con tal de no provocar males mayores.

Pasaron tres días más y, cada vez que le servían la comida, al ver el dulce en todos y cada uno de los platos se le removían las tripas y se sentía incapaz de dar bocado. Se limitaba a dejarla tal y como se la presentaban, sin probarla, diciendo que no tenía hambre y sin atreverse a pedir otro tipo de alimentos por temor a ofender al rey Shajan.

El séptimo día, el que por fin iba a ser el último, la princesa Nurjahan hizo otro tipo de comida para la velada de despedida del rey Omar.

Esta vez preparó una normal, de diferentes sabores, todos exquisitos y variados, abundantes y deliciosos. Y claro, el rey Omar, que llevaba tres días sin comer, comió de todo con mucho apetito y descubrió una gama de sabores que hasta ese momento desconocía y lo muy buenos que podían resultar.

Escondida detrás de la puerta, la princesa Nurjahan observó a su padre comiendo y cómo disfrutaba con los nuevos platos.

Al acabar, el rey Omar preguntó al rey Shajan:

-¿Ha preparado esta comida tan sabrosa?

-Mi nuera -respondió el rey Shajan-, la mujer de mi hijo Mahamud. Ella ha sido quien os ha preparado esta comida y también la anterior, la dulce.

-¡Sí! -Exclamó el rey Omar-. ¡Pues hacía muchos años que no probaba comida tan deliciosa y rica! Desearía conocer a vuestra nuera.

El rey Shajan, halagado por el entusiasmo de su invitado, llamó a la princesa Nurjahan y le dijo:

-Aquí, que te presentaré a un rey amigo que desea conocerte.

La princesa salió de detrás de la puerta y entró en la sala. Fue hasta la mesa donde estaban sentados los dos reyes e inclinó la cabeza.

Luego, con serena cortesía, saludó a su padre.

-Mis saludos, rey Omar -dijo ella.

-Así que eres tú la gran cocinera -dijo su padre sin reconocerla.

Había pasado mucho tiempo y la princesa estaba muy cambiada.

Luego añadió: pues la comida ha sido excelente, la más rica que he probado.

-Gracias, ya he visto cómo la habéis disfrutado con gran apetito.

-Sí, sí -murmuró el rey Omar deseando que nadie m hubiera notado el hambre con que había comido-. Me lo ha despertado tu talento para combinar los sabores. Jamás había probado nada igual.

Entonces, la princesa Nurjahan, aclarándose la garganta, dijo:

-Padre, todavía os quiero como a la sal.

En el rostro del rey Omar se dibujó la más absoluta de las sorpresas.

-Preguntó con asombro- ¿Qué dices?

-Padre, soy vuestra hija menor, la princesa Nurjahan -declaró-. Y todavía os quiero.

De pronto, el rey la reconoció y, levantándose de un salto, corrió a estrecharla entre sus brazos, pues durante todo ese tiempo no había pasado ni un solo día sin echarla de menos. Arrepentido de su acción, la abrazó emocionado mientras se daba cuenta del error cometido: que el secreto de la felicidad no reside en una sola cosa sino en el equilibrio de varias diferentes.

La luciérnaga Thailandia

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En un bosque de Tailandia vivía una numerosa comunidad de luciérnagas. Su casa era el tronco de un árbol lampati, el más viejo de todo el país. Por la noche, las luciérnagas salían del árbol para iluminar la noche con su tenue luz y parecían pequeñas estrellas danzantes.

Pero no todas las luciérnagas participaban: una de ellas, la más pequeña, se negaba a salir del lampati para volar. Toda su familia estaba preocupada, pero pasaron  los días y la pequeña luciérnaga seguía sin querer salir del árbol lampati. Una noche, con todas las luciérnagas poblando el cielo nocturno del bosque, su abuela se quedó en el árbol para razonar con ella:

– ¿Qué te pasa, nieta? Nos tienes preocupados a todos, ¿Por qué no sales con nosotros por la noche a divertirte volando?

– No me gusta volar – respondió, tajante, la pequeña.

– Somos luciérnagas, es lo que hacemos mejor. ¿No quieres volar mostrando tu luz e iluminando la noche? – le insistió la abuela.

– La verdad es que… Lo que me pasa es que… – comenzó a explicar la pequeña – Tengo vergüenza. No tiene sentido que ilumine nada si la luna ya lo hace. No me podré comparar nunca ella, soy una chispa diminuta a su lado.

– Si salieras con nosotros verías algo que te sorprendería. Hay cosas de la luna que aún no sabes…

– ¿Qué es lo que no sé de la luna que todos sabéis? – preguntó la luciérnaga pequeña con curiosidad.

– Pues que la luna no siempre brilla de la misma forma. Depende de la noche, brilla entera,  la mitad o solo un cachito. Incluso hay días que se esconde y nos deja todo el trabajo a nosotras, las luciérnagas. La luna cambia con frecuencia y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

Esa noche, la pequeña luciérnaga salió del lampati para iluminar la noche,  mostrando a los demás lo mejor de sí misma.

La mala mujer Serbia

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Un hombre viajó con su mujer a alguna parte y, viajando así, se encontraron caminando por un prado que estaba recién segado. Enseguida el hombre le dijo a la mujer: “¡Ah, mujer, qué bonito está ese prado segado!” Y la mujer: “¿Acaso tienes los ojos cerrados y no ves que el prado no está segado, sino cortado?” Y, otra vez, el hombre: “¡Por Dios, mujer! ¿Cómo un prado se puede cortar? Está segado, ¿no ves el pasto segado?” De esta manera, mientras el hombre demostraba que el prado estaba segado y la mujer que estaba cortado, se pelearon: el hombre le pegó a la mujer y comenzó a gritarle que se callara; la mujer se le unió por el borde del camino, le acercó los dedos a los ojos y, moviéndolos como si fueran tijeras, comenzó a gritar: “¡Cortado! ¡Cortado! ¡Cortado!” Caminando así por la orilla del camino y sin mirar de frente, sino a los ojos del hombre y cortando con los dedos, la mujer pisó un hoyo que estaba cubierto con el pasto segado y se cayó en él.

Cuando el hombre vio que ella había caído y desaparecido en el hoyo, dijo: “¡Ah, te lo mereces!” Y se fue por el camino sin mirar atrás. Después de unos cinco días, el hombre se compadeció y comenzó a decirse a sí mismo: “¡Vamos a sacarla, si aún está viva! Así es ella, quizás después mejore.” Y tomó una cuerda para sacarla. Al llegar a aquel lugar, bajó la cuerda y, al advertir que se puso tensa, exclamó: “¡Tira de ella!” Cuando la recogió casi por el extremo, había que mirar lo que él vio: en lugar de su mujer, había cogido con la cuerda al Diablo: por un lado estaba blanco como una oveja y, por el otro, negro, como es él. El hombre se asustó e iba a soltar la cuerda, pero el Diablo gritó: “¡No la sueltes, si somos hermanos, por Dios! Sácame afuera y mátame. Si no quieres regalarme la vida, sólo sácame de aquí.”

El hombre aceptó por Dios y sacó al Diablo afuera. El Diablo, inmediatamente, le preguntó qué cosa lo había traído allá para salvarlo y qué buscaba en ese hoyo. Cuando el hombre le dijo que en ese lugar se le había caído su mujer hacía unos días, y que ahora había venido para rescatarla, el Diablo gritó: “¡Qué, amigo, por Dios! ¿Ella es tu mujer? ¡Y tú pudiste vivir con ella! ¡Y todavía viniste a salvarla! Yo me caí en este hoyo hace tiempo, y aunque, la verdad, al principio no me fue fácil, después me acostumbré de alguna manera; pero desde que esta maldita mujer llegó conmigo por poco estiro la pata por su maldad en estos pocos días: me estrechó contra la pared y puedes ver cómo el lado que estuvo hacia ella encaneció. ¡Todo por su maldad! ¡Déjala, por Dios! Déjala aquí, donde está; yo te haré feliz por salvarme de ella.” Enseguida arrancó una hierba del suelo y se la dio: “Toma esta hierba y guárdala: yo me iré y entraré en la hija de tal y tal zar; de todo el imperio vendrán los curanderos, los popes y los monjes para curarla y expulsarme, pero yo no saldré hasta que tú llegues. Tú hazte el médico y ven también a curarla: sólo humea con esta hierba y yo saldré en ese instante. Luego el zar te va a dar a su hija y te va a acoger para que gobiernes con él.”

El hombre tomó la hierba, la guardó en el morral, se despidió de su amigo y se separaron. Después de algunos días, corrió la voz de que estaba enferma la hija del zar: el Diablo había entrado en ella. Se reunieron los médicos de todo el imperio, los popes y los monjes. Pero en vano: nadie podía hacer nada. Entonces el hombre tomó el morral con la hierba y lo colgó en el hombro; tomó un palo en las manos y comenzó a caminar rápidamente hacia la capital zarista, derecho al palacio. Cuando se acercó a las habitaciones donde estaba la enferma, vio cómo volaban los curanderos y las curanderas, los popes, los monjes y los obispos: leen las oraciones, dan la extremaunción, velan y llaman al Diablo para que salga, pero el Diablo, inmutable, grita desde la muchacha y se burla de ellos. El hombre fue para allá con su morral, pero no lo dejaron pasar. Entonces se fue al palacio, con la zarina; le dijo que él también era curandero y que tenía la hierba con la que había sacado a varios diablos hasta aquel momento. La zarina, como cualquier madre, saltó y lo llevó con la muchacha.

En cuanto lo vio, el Diablo le dijo: “¿Aquí estás, amigo?” “Aquí estoy.” “Bueno, entonces haz lo tuyo y yo saldré, pero ya no vuelvas a andar detrás de mí cuando escuches hablar de mí, porque no será para bien” (esto lo hablaron de tal manera que nadie, a excepción de ellos dos, pudo oírlo ni entenderlo). El hombre sacó la hierba del morral, humeó a la muchacha; el Diablo salió y la joven quedó sana como si la madre acabara de parirla. Todos los demás curanderos se fueron avergonzados, cada quien por su lado, pero a éste, el zar y la zarina lo abrazaron como a su hijo, lo pasaron al tesoro, le cambiaron la ropa y le dieron a su hija única. Asimismo, el zar le regaló a su yerno la mitad del imperio.

Después de un tiempo, entró aquel Diablo en la hija de otro zar, más poderoso, vecino del anterior. Se lanzaron a buscar la cura por todo el imperio y, al no encontrarla, se acordaron de cómo, también, la hija de aquel zar había tenido la misma enfermedad y cómo la había curado algún médico que ahora era su yerno. Entonces el zar escribió una carta a su vecino y le pidió que le enviara al curandero para que también curara a su hija: estaba dispuesto a darle lo que quisiera. Cuando el zar dijo esto a su yerno, éste se acordó de lo que su amigo le había advertido al despedirse; como no podía ir, comenzó a explicar que ya había dejado de curar y que ya no sabía hacerlo. Al recibir tal respuesta, el otro zar envió una nueva carta en la que amenazó con levantar un ejército y declarar la guerra si el zar no le enviaba a su curandero. Cuando llegó tal noticia, el zar le dijo a su yerno que no podía ser de otra manera: tenía que ir.

El yerno del zar, al verse en desgracia, se preparó y se fue. Al llegar el hombre con la hija del otro zar, el Diablo se asombró y gritó: “Amigo, ¿qué haces aquí? ¿Acaso no te dije que ya no andes detrás de mí?” “¡Eh, amigo mío! –comenzó a hablarle el yerno del zar– no vengo a sacarte de esta muchacha, sino que te busco para preguntarte qué vamos a hacer ahora. Mi mujer salió del hoyo: que me busque a mí, está bien; pero te busca a ti porque no me dejaste que la sacara de ahí.” “¿Qué? ¡No puede ser! ¡Salió tu mujer!” gritó el Diablo, saltó de la hija del zar y se fue huyendo hasta el mar azul. Jamás de los jamases volvió entre la gente.

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El rey y el pastor Serbia

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Un rey tenía una hija que era muy bonita. Su belleza había cobrado fama y los reyes y zares iban allá a pedir su mano o sólo para verla, como para presenciar un milagro, pero su padre no quiso darla a nadie más, sino a quien fuera más astuto que él y pudiera engañarlo de alguna manera. Esto escuchó un hombre rico que vivía muy lejos.

Él partió desde su lejano país y, después de pasar por muchos países y ciudades, una tarde el camino lo llevó enfrente de la casa de un hombre, también rico. Cuando preguntó si podía pernoctar, el dueño lo recibió muy bien y le dijo que sí podía, ¡cómo no! El dueño, enseguida, sacrificó un cerdo semental para el visitante y, a la hora de servirlo, dejaron la cabeza para un pastor que estaba cuidando el ganado en la montaña. Cuando amaneció el día siguiente, el viajero continuó por su camino para pedir la mano de la hija del zar. Al pasar por las montañas, encontró al pastor de la casa donde le habían dado albergue y, luego de saludarlo, dijo: “¡Paces bien!” El pastor le contestó: “Pazco para pacer.” El viajero siguió hablándole: “Anoche pernocté con ustedes.” Y el pastor le respondió: “Está bien que estuviste con nosotros, el camino te trajo.” Otra vez el viajero: “Cuando llegué a su casa, fue sacrificado un cerdo enorme para mí.” El pastor: “Cuando está la gente de visita, hay que servirle lo mejor.” Otra vez el viajero: “Para ti dejamos la cabeza.” El pastor: “La cabeza es para la cabeza.” El viajero: “Los criados la pusieron en el anaquel, pero llegó la perra y se la comió.” El pastor: “La cabeza era para ella.” Otra vez le dijo el viajero: “Tu padre llegó y mató a aquella perra.” El pastor: “Estuvo bien que la mataran, la perra se lo mereció.” Otra vez el viajero: “Cuando la mataron la tiraron en el basurero.” El pastor: “Si la tiraron en el basurero, es porque ahí yacía mientras vivía.”

Al ver que el pastor siempre tenía una respuesta, el viajero se asombró mucho y pensó que este pastor sería bueno para pedir la mano de la hija del zar y le dijo: “Por Dios, acércate un poco para que platiquemos un poco más.” Y el pastor le respondió: “Espera un poco hasta que traiga a las ovejas.” Entonces el pastor se fue corriendo, regresó con las ovejas y se le acercó a aquel hombre, el cual le dijo: “Yo me voy con tal y tal rey para pedirle la mano de su hija, pero él no quiere dar a su hija a nadie sino al que sea más astuto que él y lo pueda engañar de alguna manera. Veo que tú eres de mente astuta y que sabes hablar bien y sabiamente, ¿quieres ir conmigo con este rey, para que me consigas a la princesa?” A esto el pastor respondió: “Iré.” Y de ahí se fueron juntos y llegaron a la ciudad donde vivía aquel rey.

Cuando llegaron hasta la puerta del palacio, los recibió la guardia, que les preguntó: “¿A dónde van?” Ellos respondieron: “Nosotros venimos con el rey para pedirle la mano de su hija.” Y el guardia: “Todos los que quieren pedir la mano de la hija del rey tienen el paso libre.” Se les dejó pasar y, una vez arriba, enfrente del zar, aquel hombre rico dijo: “¡Que Dios nos ayude, rey preclaro!” Y el rey le devolvió el saludo: “¡Que Dios les dé bien, hijos!” Y luego le dijo a aquel hombre rico: “¿Por qué vino aquel campesino de vestido burdo?” El pastor no dejó responder al hombre, sino que se incorporó y dijo: “Si yo soy el campesino de vestido burdo, yo tengo más fortuna que aquellos con vestido bonito, y además tengo tres mil ovejas. Así, en un valle ordeño, en otro cuajo y en el tercero almaceno el alimento.” El rey le dijo: “Es bueno que tengas tanta riqueza.” El pastor le secundó: “Eso no es bueno, sino malo.” El rey: “¿De dónde puede ser malo si tu dijiste tantas cosas buenas?” El pastor contestó: “Eh, toda la comida se echó a perder y se pudrió.” El rey dijo: “¡Qué lástima! ¡Tanta pérdida se hizo!” El pastor le secundó: “Esto para mí no es malo sino bueno.” Y el rey dijo: “¿Pero, cómo?” El pastor: “Yo tomé el arado y aré trescientos días y sembré trigo.” El rey dijo: “Esto es bueno, que sembraste tanto trigo.” El pastor le secundó: “A fe mía, no es bueno sino malo.” El rey: “¿Por qué, pobre hombre?” Contestó el pastor: “Se me echó a perder aquel trigo: crecieron hayas y abetos.” El rey: “¡Oh, ahí hubo mucha pérdida!” El pastor: “Ahí, para mí, no hubo pérdida sino provecho.” El rey: “¿Cómo pudo haber provecho, si tanto trigo se echó a perder?” El pastor respondió: “Porque llegó volando un enjambre de abejas y cubrió por completo las hayas y abetos, no se les veían las ramas ni las raíces.” Entonces dijo el zar: “Esto es bueno, que llegaron tantas abejas.” El pastor le secundó: “A fe mía, no es bueno sino malo.” Otra vez el rey: “¿Pero, por qué?” El pastor le respondió: “Calentó el sol veraniego y se derritió aquel mosto y miel, y todo se derramó por el valle.” Entonces dijo el rey: “A fe mía, ahí sí estuvo mal.” El pastor: “A fe mía, no estuvo mal, sino bien.” Otra vez pregunta el rey: “¿Pero, cómo?” El pastor le respondió: “Yo atrapé una pulga y la degollé y le desollé la piel y llené trescientas cargas.” Entonces, el rey dijo: “A fe mía, esto sí que es una mentira.” Y el pastor respondió: “Si es una mentira, tú la creíste como verdad. Ya te engañé lo suficiente, así que dame a tu hija, me la gané.” El rey no pudo hacer nada, sino que dio a su hija al pastor; el pastor se la dio al hombre rico y el hombre rico le entregó al pastor una grande e incontable fortuna.

La joven lista y el Zar. Balcanes

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Un hombre pobre vivía en una cueva y no tenía más que una hija, muy sabia, que iba a todas partes a mendigar; ella, además, enseñaba a su padre cómo mendigar y hablar astutamente. Una vez, el pobre fue con el zar para que le diera alguna limosna; el zar le preguntó de dónde era y quién le había enseñado a hablar con inteligencia. El pobre respondió de dónde era y cómo su hija le enseñaba. “Y tu hija, ¿de quién aprendió?”, preguntó el zar, y el pobre contestó: “Dios la hizo sabia y nuestra pobreza, desdichada.” A la sazón, el zar le dio treinta huevos y le dijo: “Llévale esto a tu hija y dile que los haga empollar; yo la obsequiaré bien, pero si no los empolla, te someteré a tortura.”

El pobre se fue llorando a la cueva y le contó todo a su hija. Ella se dio cuenta de que los huevos estaban cocidos; le dijo a su padre que se fuera a descansar y que ella se ocuparía de todo. El padre le hizo caso y se fue a dormir. La muchacha tomó una olla, la llenó con agua, la puso al fuego y metió ahí un puñado de habas. Cuando éstas quedaron cocidas, llamó a su padre por la mañana, le pidió que tomara el arado y los bueyes, y que se fuera a arar junto al camino por donde iba a pasar el zar. Le dijo, además: “Cuando veas al zar, toma las habas, siémbralas y grita: ‘¡Ea, bueyes! Dios quiera que germinen las habas cocidas.’ Cuando el zar te pregunte cómo puede germinar un haba cocida, tú respóndele: ‘De la misma manera como los pollos pueden nacer de huevos cocidos.’” El pobre hizo caso a su hija y se fue a arar. Al ver al zar acercándose por el camino, comenzó a dar de gritos: “¡Ea, bueyes! Dios quiera que germinen las habas cocidas.” El zar, al escuchar estas palabras, se detuvo en el camino y le dijo al hombre: “Pobre hombre, ¿cómo puede germinar un haba cocida?” Éste le respondió: “Noble zar, de la misma manera como los pollos pueden empollarse de huevos cocidos.”

El zar notó inmediatamente que había sido la hija quien había enseñado a contestar al pobre. Entonces ordenó a los sirvientes apresar al hombre y traerlo delante de él; le dio una madeja de lino y dijo: “Tómala: con esta madeja tienes que hacer una sirga, las velas y cuanto se necesite para un barco; si no lo haces, perderás la cabeza.” El pobre tomó la madeja muy asustado, se fue llorando a casa y le contó todo a su hija. Ella lo mandó a dormir, prometiéndole que se iba a ocupar del problema. Al día siguiente, tomó un pequeño trozo de madera, despertó a su padre y le dijo: “Toma este trozo de madera, llévaselo al zar y dile que me haga un cáñamo, un huso, un caballete y lo demás que se requiere para la construcción de un barco, y yo haré todo lo que ordena.”

El pobre hizo caso y le habló al zar como fue instruido. El zar, al escucharlo, se asombró y se puso a pensar en lo que iba a hacer. Luego alcanzó un vasito y dijo: “Toma este vasito y llévaselo a tu hija: que vacíe todo el mar hasta que en el lugar del fondo quede el campo.” El pobre obedeció; llorando le llevó aquel vasito a su hija y le contó lo que le había ordenado el zar. La joven respondió que dejara todo hasta mañana y que ella se ocuparía. Al día siguiente llamó a su padre, le dio medio kilo de estopa y le dijo: “Llévale esta estopa al zar y dile que con ella tape todas las fuentes y los lagos; entonces yo vaciaré el mar.”. El pobre se fue, y así le dijo al zar.

Al ver el zar que la muchacha era mucho más astuta que él, ordenó al pobre traerla delante de él. Cuando la trajo, el pobre y su hija se inclinaron, y el zar preguntó a la joven: “Adivina, muchacha, ¿qué es lo que se puede escuchar más lejos?” La joven contestó: “Noble zar, lo que se puede escuchar más lejos es el rayo y la mentira.” Entonces el zar se mesó la barba y, volviéndose hacia los cortesanos, les preguntó: “Adivinen, ¿cuánto vale mi barba?” Unos dijeron tanto; otros, otro tanto; entonces la joven les dijo a todos los que no habían adivinado: “La barba del zar vale lo que valen tres lluvias de verano.” El zar se asombró y dijo: “La muchacha adivinó.” Y entonces le preguntó si ella quería ser su mujer; además, le dijo que no podía ser de otra manera. La joven se inclinó y respondió: “Noble zar, sea como tú quieras, sólo te pido que escribas con tu mano una carta, para el caso de que alguna vez te enojes conmigo y me quieras alejar de ti: debes decir que yo seré señora para llevarme de tu palacio lo que me sea más querido.” El zar aceptó y lo firmó.

Después de algún tiempo, el zar se enojó con su mujer y dijo: “Ya no quiero que seas mi mujer; vete de mi palacio a donde sepas.” La zarina le respondió: “Preclaro zar, obedeceré; sólo deja que pernocte y mañana partiré.” El zar le permitió pernoctar. Entonces, cuando cenaban, la zarina mezcló vino con rakia y algunas hierbas aromáticas y, ofreciéndoselo para tomar, le habló a su esposo: “Bebe, zar, estamos alegres, pues mañana nos separaremos y, créeme, estaré más alegre que cuando me junté contigo.” El zar se embriagó y se durmió. La zarina preparó un carruaje y llevó al zar consigo a cierta cueva. Cuando el zar se despertó en la cueva y vio en dónde estaba, gritó: “¿Quién me trajo aquí?” La zarina respondió: “Yo te traje.” El zar preguntó: “¿Por qué me hiciste esto? ¿No te dije que ya no eres mi mujer?” Entonces ella sacó la carta y le dijo: “Es verdad que me lo dijiste, noble zar, pero mira lo que firmaste en esta carta: cuando me repudiaras, podría llevar conmigo lo que me fuera más querido en tu palacio.” Al ver esto, el zar la besó y regresaron juntos al palacio.

El hombre de piedra Rumania

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Había una vez un emperador joven y hermoso que tenía una esposa también muy bella, pero los dos tenían una gran pena, pues no les había dado Dios ningún hijo.

Un día se presentó a su palacio un negro de tez reluciente y gruesos labios y pidió hablar con el emperador; le hicieron pasar a su presencia, y le dijo así:

– Muchos años de dicha te deseo, poderoso emperador. He sabido que no tienes hijos y que te alegraría tener uno. Te traigo unas hierbas maravillosas. Si tu esposa hace con ellas una tisana y se la bebe, tendrá un gentil heredero.

El emperador agradeció cumplidamente al negro el obsequio de las hierbas maravillosas. En pago le dio un caballo de los más bellos de sus caballerizas, un vestido bordado en oro y una bolsa llena de monedas.

Cuando Ia emperatriz tuvo Ias hierbas, llamó a su cocinera para que le hiciera una tisana con ellas. Una vez hecha, la cocinera la probó para ver si estaba buena, y luego se la llevó a su dueña.

Al cabo de algún tiempo, la emperatriz y la cocinera, por haber probado del mismo brebaje, tuvieron un hijo cada una. Llamaron al hijo del emperador, Dafín, y al hijo de la cocinera lo bautizaron con el nombre de Afín.

Los dos chicos eran listos, guapos y crecían con una rapidez milagrosa. Ambos, por igual, valientes y juiciosos.

Un día, transcurridos algunos años, el padre de Dafín tuvo que ir a tomar parte en una batalla. Llamó entonces a su hijo, le dio un manojo de llaves y le dijo:

– Hijo mío, en todas las puertas que se abren con estas llaves tienes derecho a entrar; sólo en la que cierra esta llave de oro, te prohíbo que entres, pues si lo hicieras, mal lo pasarías.

Habiendo marchado el emperador, Dafín sintió curiosidad por abrir todas las puertas. Quería averiguar qué había detrás de ellas. En una encontró un tesoro en piedras preciosas; en la otra había vajilla y platos ricamente labrados todos en plata y oro, pero nada de esto logró interesar a Dafín. Le parecía que lo más interesante de todos los tesoros debía de hallarse en la habitación prohibida. Recordando, sin embargo, la prohibición que le habían hecho, dudó algún tiempo; pero, al fin, pudo más la curiosidad que el respeto a la promesa hecha a su padre, y abrió la puerta que estaba cerrada con la llave de oro.

Entró, pues, Dafín en este cuarto y ¡oh, maravilla de las maravillas !, encontró un trono todo de oro, tan brillante y bello que nadie lo hubiera podido mirar sin pestañear. En este trono estaba sentada la princesa Kiralina, niña hermosa como una fresca flor de jardín de ensueño. Después de haberla contemplado largo rato, salió con los ojos llenos de lágrimas, tan fuerte era la emoción que le había producido la visión de tan bella princesa.

Algún tiempo después volvió el emperador de la guerra y, al notar la falta de su hijo entre las personas que fueron a recibirle, interrogó a su esposa, la cual le informó que su hijo estaba enfermo.

Comprendió el emperador por qué estaba enfermo su hijo y en vano llamó a todos los doctores del imperio para que lo cuidaran, nadie pudo curarlo. Al fin le dijeron que no sanaría nunca si no le daban por esposa a la princesa Kiralina de la cual estaba enamorado.

El emperador mandó pedir la mano de la princesa para su hijo. Pero todos los enviados volvieron diciendo que su padre no la quería dar en casamiento a nadie.

Cuando se enteró de esto Dafín quiso ir él mismo a buscar a la princesa. Hablé de ello con Afín y juntos se fueron, prometiéndose no descansar hasta lograr la mano de la princesa Kiralina.

Caminaron todo un día hasta bien entrada la noche, en que llegaron a la casa de la madre del Viento de Invierno. Llamaron a la puerta y les salió a abrir una vieja toda arrugada, preguntándoles qué iban buscando. Pidiéronle que les dejara descansar hasta la mañana siguiente y también querían saber si conocía ella el camino que conducía al imperio de la princesa Kiralina.

Les miró compasivamente la vieja y les dijo:

– Os alojaria con gusto, pero tengo miedo que venga mi hijo y os transforme en trozos de hielo. Id mejor hasta donde vive mi hermana menor, pues ella puede alojaros y señalaros el camino que deseáis saber.

Siguieron andando hasta dar con la casa del Viento Loco. De allí tuviéronse que alejar también y continuaron hasta la de la madre del Viento de Primavera. Al llamar a la puerta les abrió una mujer joven y bella, alta y delgada. Cuando vio a Dafín le dijo:

– Sé, gentil mozo, que vas por el mundo en busca de la princesa Kiralina. Pero no llegarás hasta su imperio sin la ayuda de mi hijo. Quedaos, pues, aquí. Procuraré esconderos, pues si mi hijo se entera que hay gente extraña en casa, os buscaría y os mataría.

Dicho todo esto, palmoteó tres veces y, en seguida, saltó de la chimenea un ave de oro con pico de diamante y ojos de esmeralda, cogió a los dos jóvenes, los escondió cada uno debajo de un ala y subió con ellos otra vez encima del hogar.

Poco después se oyó un leve susurro del viento que parecía traer un olor de rosas y de lises, la puerta se abrió sola y entró un joven hermoso, con pelo largo y dorado, con alas de plata y, en la mano, un palito todo entretejido con hierbas y flores. Al entrar en la casa díjole a su madre:

– Me parece, madre, que huele por aquí a hombres forasteros.

– Te lo parece, hijito, pero aquí nadie ha venido.

Diciendo esto le preparó la cena, que se componía de un plato de leche dulce de gacela. Para beber le dio un poco de agua de violetas que le sirvió en una copa de amatista.

Comió y se puso a, charlar con su madre, la cual, viéndolo de buen humor, se decidió a pedirle:

– Hijo mío, dime dónde está el imperio de la señora Kiralina, y qué debería hacer si uno quisiera tenerla por esposa.

– Difícil pregunta me haces, madre, pero estoy dispuesto a darte gusto. El imperio de la princesa Kiralina se halla a una distancia de diez años de camino desde aquí. Pero este camino se puede hacer en un parpadear de ojos, yendo hasta la selva negra, que se halla al lado del lago de betún que vomita piedras y fuego hasta el cielo, se sube encima del tronco de las hadas, se espolea tres veces, cambiándose éste en un carro tirado por doce caballos de fuego con el cual se puede pasar el lago. Mas, si alguien oye esto y se lo comunica a otros, se volverá de piedra hasta las rodillas. Cuando haya llegado al imperio tendrá que transformar el carro, mediante tres golpes, en un ciervo de oro muy grande y meterse en su interior para llegar hasta la habitación de la princesa y poder raptarla. Pero quien oiga esto que estoy diciendo y se lo repita a alguien, que se transforme en piedra hasta la cintura. Cuando la haya tomado por esposa, la madre del Viento Loco, por celos, mandará a un judío con una hermosa camisa, más fina que las telarañas. La princesa Kiralina comprará esa camisa y en cuanto se la ponga, si no la humedece con lágrimas de tórtola, morirá. Pero quien oiga esto y lo diga, será transformado totalmente en una estatua de piedra.  

Mientras el Viento de la Primavera decía todo esto, el hijo del emperador se había dormido, pero el hijo de la cocinera se hallaba despierto y todo lo había oído.

Cuando se hubo marchado el Viento de Primavera de su casa, el hijo del emperador preguntó a la madre si su hijo le había dicho algo, pero ésta, temiendo convertirse en una estatua de piedra, dijo que no le había dicho nada.

Entonces los dos mozos se fueron y caminaron todo un largo día de verano hasta bien entrada la noche, pero al caer la tarde oyeron un gran ruido y luego vieron un gran Iago de betún que ardía en grandes llamaradas y lanzaba piedras hasta lo alto del cielo. Dafín se espantó, pero su hermano de leche le dijo que no se apurase por tan poca cosa y que sólo tenía que hacer lo que él le dijera para que todo les saliera bien.

Llegados al centro de la selva, apercibieron el tronco de las hadas. Los dos montaron encima y espoleándolo tres veces, éste se cambió en un carro con doce caballos de fuego que se alzó en un pestañear de ojos hasta el Viento Loco, y bajó luego hasta situarse delante de las puertas del palacio de la princesa Kiralina.

Cuando se apearon del carro, éste se transformó otra vez en un sencillo tronco de madera, y ellos, atónitos, se vieron delante de un palacio de zafiro y de mármol, con puertas de ciprés, y allí, en una de las ventanas, se hallaba la princesa Kiralina vestida con traje tejido en oro y perlas finas.

En cuanto vió la princesa Kiralina al hijo del emperador, se enamoró tan perdidamente de él, que cayó enferma de amores.

El emperador, su padre, agotó todos los medios para que su hija recobrara la salud. Pero todo fue inútil. Por último, una vieja bruja, enterada de la enfermedad de la princesa, ofreció esta receta al emperador:

– Si quieres que tu hija recobre su salud, tienes que buscar al ciervo grande que canta como las aves, llevárselo a tu hija durante tres días y al cabo de los cuales verás cómo sana en seguida.

Ordenó el emperador que se buscara por todo el imperio el ciervo del cual hablaba la vieja. Mientras tanto, Afín, el hijo de la cocinera, dio los tres golpes al tronco y éste se convirtió en un gran ciervo de oro, dentro del cual hizo meter a Dafín, quedando instalados de esta suerte frente al palacio.

Cuando el emperador oyó que había tal milagro delante de sus puertas salió y le preguntó al muchacho si quería venderlo.

Con gran aplomo Afín contestó:

– No es para vender mi ciervo, pero si quieres te lo alquilo.

– ¿Cuánto dinero me pides para dejármelo sólo por tres días ?- preguntó el emperador.

– Mil onzas de oro – contestó el muchacho.

Aceptó el emperador, tomó el ciervo y se lo llevó a los aposentos de su hija.

Cuando vio a la princesa Kiralina, el ciervo empezó a cantar una tierna canción de amores, tan dulce, que lloraban hasta las piedras. Embargada por la emoción la princesa se durmió, entonces salió de su escondrijo Dafín y la besó en la frente.

Al día siguiente la princesa Kiralina contó a sus damas que había soñado que la besaba un hermoso joven. Una de ellas, la más lista, le aconsejó que cuando sienta que alguien la besa otra vez, mientras ella aparenta dormir, que coja fuertemente en sus brazos al atrevido.

Llegada la noche, el ciervo empezó a cantar una canción sentimental. La princesa Kiralina hizo como si se durmiera, y cuando Dafín fue a besarla, lo estrechó en sus brazos, y le dijo:

– Desde ahora en adelante, te quiero a mi lado, pues mucho he anhelado tenerte.

Al amanecer se presentó el emperador acompañado de Afín que pretendía que le devolvieran su ciervo. La princesa empezó a llorar y no quería a ningún precio separarse de su ciervo, pero Afín le dijo en voz baja:

– Pide al emperador que te dé permiso para acompañar al ciervo hasta las afueras de la ciudad; allá nos espera un carro con doce caballos de fuego, con el cual iremos hasta el imperio de Dafín, tu prometido.

La princesa Kiralina pidió y obtuvo del emperador este permiso, y junto con un gran cortejo, acompañó al ciervo hasta las afueras de la ciudad.

Entonces Afín dio tres golpes al ciervo y éste se transformó en un carro con doce caballos de fuego, y cogiendo a la princesa Kiralina de una mano y a Dafín de la otra montó con ellos en el carro y desaparecieron en dirección a su patria.

Cuando el emperador supo su regreso, mandó que les saliera al encuentro un cortejo imponente. Luego efectuóse el casamiento de su hijo Dafín con la princesa Kiralina, cayos festejos duraron tres días y tres noches.

Un día, estando la princesa Kiralina sentada ante una ventana, vio venir por el camino a un traficante judío con camisas para vender. Lo hizo llamar a sus aposentos y le pidió que se las mostrara. Una vez las hubo visto, compró la que le pareció mejor y, pocos días después, se la puso. Al poco rato de llevarla enfermó gravemente.

Cuando Afín supo que la princesa estaba enferma, entró a medianoche en su aposento y vertió sobre su cuerpo lágrimas de tórtola, con el fin de salvarla de aquel hechizo maligno que se había apoderado de ella.

Pero los envidiosos, que no faltan nunca cuando se goza de la confianza del emperador, y en este caso, es su propio hermano de leche y su mejor amigo, no se les ocurrió cosa mejor que calumniarlo, diciendo que los guardias habían visto cómo Afín había besado a la princesa Kiralina.

Dafín, que ya era emperador, por haber muerto su padre, prestó oídos a la maledicencia y arrebatado por el furor, dispuso que matasen a Afín. Mas al llegar la hora de su muerte, Afín pidió que se reuniera el consejo del imperio y que estuviera también presente la emperatriz. Hecha la reunión, les habló de esta guisa:

– Hubo una vez un hijo de emperador que se había enamorado de una princesa y se fue con su hermano de leche para ver si lograba hallarla y casarse con ella. Después de andar errantes largo tiempo, hallaron a la Madre del Viento de Primavera que rogó a su hijo, a petición suya, que le dijera la manera de poder hallar a la princesa. El Viento de Primavera quiso complacer a la madre y relató de ese modo: “El imperio de la princesa Kiralina está a una distancia de diez años si se sigue por rutas humanas, pero si se monta encima del tronco de las hadas se llega en un santiamén. Mas quien oiga esto y se lo cuente a alguien, se convertirá en piedra hasta la cintura.”.

Apenas terminó Afín esta primera parte del relato, se transformó en un bloque de piedra desde los pies hasta el talle.

Inmediatamente el emperador comprendió que había hecho mal en dudar de su hermano de leche y le pidió que cesara de contar, pero Afín no quiso escucharlo y prosiguió su narración hasta que se convirtió totalmente en una estatua de piedra.

El emperador y su esposa quedaron desconsolados por la pérdida de su hermano y, deseando honrar de algún modo su memoria, decidieron llevar la estatua a su habitación para tenerla siempre junto así y vivir en su perpetuo recuerdo.

Pasó cierto tiempo, y un día, al despertar, le dijo Dafín a su esposa:

– He tenido un sueño muy extraño esta noche. Una mujer vestida de blanco me ha dicho que si queríamos que Afín volviera a la Vida, tendríamos que matar a nuestro hijo y rociar la estatua con su sangre.

– Lo mismo he soñado yo – le contestó la princesa Kiralina.

Mataron, pues, a su hijo, y con su sangre rociaron el bloque de piedra. Este empezó a moverse hasta que tornó a la vida Afín, el cual dijo, desperezándose:

– Largo tiempo he dormido, hermanos.

– Muy largo, y dormirías todavía si no hubiésemos matado a nuestro hijo para bañarte con su sangre- le dijo el emperador.

Entonces Afín se hizo un corte en un dedo y dejó caer su sangre sobre el cuerpo exangüe del príncipe, quien renació de nuevo tan fresco y hermoso como antes.

Quisieron el emperador y su esposa celebrar con gran magnificencia estos acontecimientos maravillosos; a tal efecto quisieron hacer partícipe a todo su pueblo, ordenando que no se interrumpiesen en muchos días los bailes, banquetes, espectáculos y festejos de toda clase, haciendo las delicias de todo el país y la suya propia, tanto, que aun hoy día recuerdan la pompa desplegada en aquella conmemoración.

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León, liebre y hiena Kenya

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Había una vez un león llamado Simba que vivía en una cueva. En sus tiempos mozos nunca le preocupó la soledad, pero, poco antes del inicio de este cuento, Simba se había lesionado gravemente la pata y eso le impedía cazar. Poco a poco, empezó a comprender que estar en compañía tenía sus ventajas.

Las cosas se habrían puesto muy feas para Simba si un buen día no hubiese acertado a pasar por delante  de su cueva Sunguru la Liebre. Al asomarse al interior, Sunguru se dio cuenta de que el león estaba famélico y, sin pensárselo dos veces, puso manos a la obra para cuidar a su amigo enfermo y velar por él.

Gracias a las esmeradas atenciones de la Liebre, Simba fue recuperando paulatinamente las fuerzas, hasta que se sintió capaz de cobrar piezas pequeñas con las que ambos se alimentaban. Al poco tiempo ya se había acumulado un considerable montón de huesos a la entrada de la cueva del León.

Ñangau la Hiena andaba husmeando por los alrededores cierto día, con la esperanza de encontrar algo para la cena, cuando percibió el suculento aroma de huesos con tuétano. La nariz la guió hasta la cueva de Simba, pero robar los huesos era arriesgado porque estaban a la vista de quien hubiera en la cueva. Cobarde como era, al igual que todas sus congéneres, la Hiena decidió que la única forma de apoderarse de aquellos sabrosos despojos era hacer amistad con Simba. Se acercó sigilosamente a la boca de la cueva y soltó una tosecilla.

– ¿Quién nos está fastidiando la tarde con esos horripilantes graznidos? – preguntó el León; y, poniéndose en pie, se dispuso a investigar el origen del ruido.

– Soy yo, tu amiga Ñangau – balbució la Hiena, perdido el escaso valor que tenía – He venido a decirte que a los animales nos ha resultado muy penosa tu ausencia y que esperamos con gran expectación que recobres pronto la buena salud.

– Ya te puedes ir largando – gruñó el León – me parece a mí que un amigo se habría interesado por mi salud hace mucho en lugar de esperar al momento en que pudiera servirle de provecho otra vez. ¡Te digo que te largues!

La Hiena se apresuró a poner pies en polvorosa, con el enmarañado rabo metido entre las patas torcidas, perseguida por las ofensivas risitas de la Liebre. Pero no logró olvidar la pila de tentadores huesos que había frente a la cueva del León.

“Lo intentaré de nuevo”, dijo para sí la encallecida hiena. Unos días después, tomó la precaución de presentarse de visita mientras la Liebre salía a buscar agua para preparar la cena.

Encontró al León dormitando a la entrada de su cueva.

– Amigo – dijo Ñangau con una sonrisa forzada – mucho me temo que la herida de tu pata está tardando tanto en curarse porque el tratamiento que le aplica tu supuesta amiga Sunguru es un fraude.

– ¿Qué pretendes decir? – le espetó el León con un gruñido de rencor – ¡Si no llega a ser por Sunguru, habría muerto de hambre en los peores momentos de mi enfermedad, mientras tus compañeras y tú brillabas por vuestra ausencia!

– A pesar de todo, lo que te he dicho es cierto – replicó la Hiena con tono confidencial – En toda la región se sabe que Sunguru te está dando a propósito un tratamiento para la herida que no es el adecuado, porque no quiere que te repongas. Y es que, cuando estés bien, dejará de ser tu sirviente, ¡un trabajo que le viene de perillas para ganarse cómodamente la vida! Permíteme que te lo advierta, querido amigo: ¡En realidad, Sunguru no está velando por tus intereses!

Entonces la Liebre regresó del río con una calabaza llena de agua.

– Vaya, vaya – le dijo a la Hiena a la vez que depositaba su carga en el suelo – no esperaba volver a verte después de tu ignominiosa y precipitada partida del otro día. Cuéntame qué te trae por aquí en esta ocasión.

Simba se volvió hacia la Liebre y le dijo:

– Ñangau me ha estado hablando de ti. Según dice, eres famosa en toda la región por tu pericia y tus buenas artes como médico. También me ha dicho que los medicamentos que me prescribes no tienen rival. Sin embargo, está convencida de que podrías haberme curado la pata hace mucho si te hubiera interesado hacerlo. ¿Es verdad?

Sunguru se tomó su tiempo para reflexionar. Comprendió que la situación era delicada, pues tenía la clara sospecha de que Ñangau  pretendía tenderle una trampa.

– Bueno – dijo titubeando – sí y no. Ya ves que soy un animal muy pequeño y, a veces, los medicamentos que me hacen falta son muy grandes y no estoy en condiciones de conseguirlos… eso es lo que ocurre en tu caso, mi buen Simba.

– ¿Qué quieres decir? – farfulló el León a la vez que se incorporaba y demostraba de inmediato su interés.

– Nada más que esto: – repuso la Liebre – necesito un trozo de piel del lomo de una hiena adulta para vendarte la herida y conseguir que sane por completo.

Al oír esto, el león se abalanzó sobre Ñangau antes de que la perpleja bestia tuviera tiempo de huir. Arrancó del lomo de la muy estúpida una tira de piel, desde la cabeza hasta la cola, y se la colocó en la herida de la pata. Cuando la piel se desprendió del lomo de la hiena, los pelos que no se fueron con ella se estiraron y se pusieron de punta. Y, hasta el día de hoy, Ñangau y todas sus congéneres siguen teniendo una franja erizada de pelos largos y ásperos a lo largo de la cresta de sus deformes cuerpos.

Después de este episodio, Sunguru alcanzó gran celebridad como médico, pues la herida de la pata de Simba sanó sin complicaciones. Y hubieron de pasar muchas semanas antes de que la Hiena hiciese acopio de valor necesario para presentarse de nuevo en público.

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