Autor: pedroparcet
KAWABATA. LABORATORIO DE NARRACIÓN ORAL
SÁBADO 24 SETIEMBRE DE 10 A 13 HS.
BULNES 892.
PARTICIPACIÓN LIBRE Y GRATUITA.
(CUPOS AL 1544773272 – MAIL africaporlapaz@hotmail.com. – o facebook Pedro Parcet)
Le debo muchas cosas a la narración oral y a mis compañeros.
Por eso ofrezco este taller de una jornada para que conozcan a este brillante escritor.
Kawabata Yasunari, el maestro de la concisión y la sensibilidad.
Vamos a desarrollar un cuento entre todos y contarlo.
GESTO, CUERPO Y PALABRA SENSIBLE.
«NO HAY LUGAR A ENSAYO. SÓLO PODEMOS NARRAR AHORA. EN EL MOMENTO PRESENTE»
PEDRO PARCET
Es abierto para todos pero confirmen.
Muchos de los relatos de Yasunari Kawabata se dividen en párrafos aislados. Como en general nunca son demasiado largos se producen blancos sobre el papel. Por lo tanto uno tiende a considerar que cada párrafo consiste en un momento particular de la historia o una nueva escena aislada e independiente, pero esta impresión visual choca con la naturaleza del discurso, cuya reticencia narrativa, junto con su predilección por las situaciones genéricas, o más bien generales, aunque inevitablemente unidas por la escasez de elementos y la parquedad de las acciones, tiende a la concentración. El resultado es un vacío persistente y un enigma, digamos, conceptual.

Por Yukio Mishima
Pareciera que existen, entre las obras de los grandes escritores, aquellas que podrían llamarse del anverso o del exterior, cuyo significado está en la superficie, y aquellas del reverso o del interior, con un significado oculto; podríamos compararlas incluso con el budismo exotérico y el esotérico. En el caso de Kawabata, País de nieve pertenece a la primera categoría, mientras que La casa de las bellas durmientes es con toda seguridad una obra maestra esotérica.
En una obra maestra esotérica, los temas más secretos y más profundamente ocultos de un escritor hacen su aparición. Una obra de esta naturaleza no es dominada por su transparencia o claridad sino por una opresión sofocante. En lugar de limpidez y pureza, hallamos densidad; más que un mundo amplio y abierto, encontramos una habitación cerrada. El espíritu del autor, deshaciéndose de todas las inhibiciones, se muestra a sí mismo en su forma más atrevida. En todas partes he comparado La casa de las bellas durmientes con un submarino con gente atrapada en su interior, en el cual el aire está agotándose poco a poco. Mientras está bajo el influjo de esta historia, el lector suda y se marea, y conoce de la manera más apremiante el terror del deseo incitado por la cercanía de la muerte. O, a la luz de cierta lectura, la obra puede ser comparada con un negativo. Una impresión realizada a partir de él mostraría sin duda el mundo en que vivimos a la luz del día, revelaría hasta el último detalle de su hipocresía brillante, plástica.
La casa de las bellas durmientes es inusual en la obra de Kawabata por su perfección formal. En el final, la joven de piel oscura muere y «la mujer de la casa» dice simplemente: «Está la otra chica». Con esta última observación cruel, ella derriba la casa de la lujuria construida hasta ese momento con tanta atención y minuciosidad, en un colapso inhumano más allá de toda descripción. Puede parecer accidental, pero no lo es. Con un solo golpe revela la esencia inhumana en una estructura aparentemente construida con solidez y cuidado, una esencia compartida entre «la mujer de la casa» y el viejo Eguchi. Y es por eso que Eguchi «nunca se había sentido tan impresionado por una observación».
El erotismo no apunta a la totalidad para Kawabata, debido a que el erotismo como un todo incorpora en sí a la humanidad. La lujuria se fija a fragmentos y, carentes de subjetividad, las bellas durmientes en sí mismas son fragmentos de seres humanos que instigan a la lujuria a llegar a su máxima intensidad. Y paradójicamente, un cadáver bello, ya sin los últimos trazos de espíritu, da lugar a los sentimientos más intensos de la vida. A partir del reflejo de estos violentos sentimientos de aquel que ama, el cadáver emana el resplandor más fuerte de la vida.
En un nivel más profundo, este tema está relacionado con otro de importancia en la escritura de Kawabata: su adoración por las vírgenes. Esta es la fuente de la pureza de su lirismo, pero bajo la superficie tiene algo en común con los temas de la muerte y de la imposibilidad. Debido a que una virgen deja de serlo una vez que es atacada, la imposibilidad del acto es una premisa necesaria para poner la virginidad por encima del agnosticismo. ¿Y acaso la imposibilidad del acto no pone siempre el erotismo y la muerte en el mismo lugar? Y si nosotros los novelistas no pertenecemos al bando de la «vida» (si estamos confinados a una abstracción de cierta neutralidad perpetua), entonces «el resplandor de la vida» sólo podrá aparecer en un mundo en el cual la muerte y el erotismo estén juntos.
La casa de las bellas durmientes comienza con la visita del viejo Eguchi a una casa secreta gobernada por «una mujer pequeña de cuarenta y tantos». Ya que la razón de su presencia es hacer una observación extremadamente importante en el final, ella es delineada con ominoso detalle, desde el gran pájaro en la faja de su kimono hasta el hecho de que es zurda.
El lector siente admiración por la precisión, la extraordinaria fineza de los detalles en la descripción que hace Kawabata de la primera de las «bellas durmientes» con las que pasa la noche el anciano Eguchi, de sesenta y siete años; casi como si ella fuera acariciada solamente por las palabras. Por supuesto, da a entender cierta objetividad inhumana en la calidad visual de la lujuria masculina.
Su mano y muñeca derechas estaban al borde de la colcha. Su brazo izquierdo parecía estirarse en diagonal bajo la colcha. Su pulgar derecho estaba escondido a medias bajo su mejilla. Los dedos sobre la almohada al lado de su rostro estaban ligeramente curvados en la suavidad del sueño, aunque no lo suficiente para borrar las delicadas depresiones donde se unían a la mano. El color rojo, cálido, de sus manos era más rico gradualmente desde la palma hasta las puntas de sus dedos. Era una mano blanca, suave, encendida.
Su rodilla estaba ligeramente adelantada, obligando a las piernas de Eguchi a colocarse en una posición extraña. No necesitó observarla con detenimiento para darse cuenta de que ella no estaba a la defensiva, de que ella no tenía su rodilla derecha apoyada sobre la izquierda. La rodilla derecha había sido movida hacia atrás, la pierna había sido extendida.
De esta manera, la adolescente, que se ha convertido en una «muñeca viviente», es para el anciano la «vida que podía tocarse con confianza».
Y qué espléndida técnica erótica podemos disfrutar cuando el viejo Kiga mira las bayas del aoki en el jardín. «Cientos de ellas yacen en el suelo. Kiga levanta una. Jugueteando con ella, le cuenta a Eguchi sobre la casa secreta.» A partir de este pasaje o cerca de él, una sensación de confinamiento y ahogo comienza a descender sobre el lector. Las técnicas usuales para el diálogo y la descripción de los personajes no tienen sentido en La casa de las bellas durmientes debido a que las jóvenes están adormecidas. Debe de ser la primera vez que la literatura brinda una sensación tan vívida de la vida personal a través de las descripciones de figuras durmientes.
La isla de Cortés
ALICE MUNRO

La pequeña novia. Yo tenía veinte años, medía metro setenta y pesaba algo más de sesenta kilos, pero algunas personas —la esposa del jefe de Chess, la secretaria de mayor edad de su oficina y la señora Gorrie, la de arriba— me llamaban la pequeña novia. Algunas veces, nuestra pequeña novia. Chess y yo bromeábamos con ello, pero en público él respondía con una mirada de cariño y afecto. Yo, por mi parte, con un mohín sonriente: tímida y conformista.
Vivíamos en un sótano en Vancouver. La casa no pertenecía a los Gorrie, como yo había pensado en un principio, sino a Ray, el hijo de la señora Gorrie. De vez en cuando venía a arreglar cosas. Entraba por la puerta del sótano, igual que Chess y yo. Era un hombre delgado, estrecho de hombros, quizá de treinta y tantos años, y que siempre llevaba consigo una caja de herramientas y la gorra de trabajo. Andaba encorvado, lo que tal vez estaba relacionado con la necesidad de agacharse cuando se dedicaba a sus chapuzas de fontanería, electricidad y carpintería. Su rostro era amarillento y tosía muchísimo. Cada tosido suponía una afirmación independiente y discreta que definía su presencia en el sótano como una intrusión necesaria. No se disculpaba por estar allí, pero tampoco se movía por aquel lugar como si le perteneciese. Sólo hablaba con él cuando llamaba a la puerta para decirme que iba a cortar el agua o la luz durante un rato. El alquiler se lo pagábamos en efectivo a la señora Gorrie todos los meses. No sé si ella le pasaba todo el dinero o se quedaba un poco para cubrir sus gastos. Porque de no ser así, todo lo que tenían ella y el señor Gorrie —fue ella quien me lo dijo— era la pensión del señor Gorrie. No la de ella. Todavía no soy lo bastante mayor, dijo.
La señora Gorrie, siempre gritaba por las escaleras para ver cómo estaba Ray y preguntar si le apetecía una taza de té. Él siempre respondía que estaba bien y que no tenía tiempo. Decía que su hijo trabajaba demasiado, como ella. Siempre intentaba colarle algún postre casero, como galletas, pan de jengibre o confituras, al igual que hacía conmigo. Ray respondía que acababa de comer o que en casa tenía de todo. Yo también me resistía, pero al séptimo u octavo intento, cedía. Me avergonzaba mucho seguir diciendo que no después de tanta insistencia y de sus caras largas. Admiraba la forma en que Ray se empeñaba en decir que no. Ni siquiera decía «no, madre». Sencillamente, no.
Luego la señora Gorrie solía buscar algún tema de conversación.
—¿Qué me cuentas? ¿Tienes alguna novedad emocionante?
Nada especial. No lo sé. Ray nunca se mostraba brusco o irritable pero tampoco le permitía ninguna confianza. Su salud era buena. Su resfriado iba mejorando. A la señora Cornish y a Irene también les iba bien siempre.
La señora Cornish era una mujer en cuya casa vivía él, en algún sitio de la parte este de Vancouver. Ray siempre tenía alguna chapuza que hacer en casa de la señora Cornish, al igual que en la nuestra, por esa razón tenía que marcharse tan pronto como acababa el trabajo. También ayudaba a cuidar a la hija de la señora Cornish, Irene, que estaba en una silla de ruedas. Tenía parálisis cerebral. «La pobrecilla», decía la señora Gorrie después de que Ray le dijese que Irene estaba bien. Ella nunca le reprochaba en su cara el tiempo que pasaba con la niña enferma, sus salidas al parque Stanley o las excursiones vespertinas para ir a comprar helado. (Lo sabía de sobra porque a veces hablaba por teléfono con la señora Cornish.) Pero a mí me decía: «No puedo evitar pensar en la pinta que debe de tener la chica con el helado corriéndole por la cara. No lo puedo evitar. La gente debe quedarse boquiabierta mirándoles».
Ella comentaba que cuando sacaba al señor Gorrie en su silla de ruedas la gente les observaba (el señor Gorrie había sufrido un ataque de apoplejía), pero era diferente porque fuera de casa no se movía ni emitía sonido alguno y ella procuraba que tuviera un aspecto presentable, mientras que Irene no hacía más que dar bandazos y balbucir gaguelag-gaguelag-gaguelag. La pobre no podía remediarlo.
La señora Cornish debería tener algún tipo de plan, decía la señora Gorrie. ¿Quién iba a cuidar de esa niña lisiada cuando ella ya no estuviera?
—Debería existir una ley que impidiese casarse a una persona sana con otra en ese estado, pero por ahora no la hay.
Cuando la señora Gorrie me invitaba a tomar un café, yo nunca quería subir. Estaba ocupada con mi propia vida en el sótano. A veces, cuando llamaba a mi puerta, hacía como que no estaba. Pero para eso tenía que apagar las luces y cerrar la puerta en cuanto la oía abrir la suya en lo alto de las escaleras y luego permanecer inmóvil mientras ella daba golpecitos a la puerta con sus uñas y gorjeaba mi nombre. También tenía que mantener un silencio absoluto y no tirar de la cadena del retrete en una hora. Si le decía que tenía muchas cosas que hacer, que no tenía tiempo, ella se reía y preguntaba:
—¿Qué cosas?
—Escribir cartas.
—Siempre escribiendo cartas —decía ella—. Pues sí que echas de menos tu casa.
Sus cejas eran de color rosa, una variante del rojo rosáceo de su pelo. No me parecía que el pelo pudiera ser natural, pero ¿cómo podía teñirse las cejas? Su rostro era delgado, con coloretes, vivaz, y sus dientes, largos y brillantes. Su avidez de simpatía, de tener compañía, no tenía límite. La primera mañana en que Chess me llevó a ese apartamento, tras esperarme en la estación de tren, llamó a nuestra puerta con un plato de galletas y su voraz sonrisa. Yo todavía llevaba puesto mi gorro de viaje y a Chess le interrumpió justo cuando comenzaba a sacarme la combinación. Las galletas estaban secas y duras, glaseadas de rosa brillante en honor de mi matrimonio. Chess le habló con brusquedad. Sólo tenía media hora antes de volver al trabajo y para cuando pudo deshacerse de ella ya no quedaba tiempo para que continuase con lo que había empezado. Así es que se comió las galletas, una tras otra, quejándose de que sabían a serrín.
—Tu maridito es muy serio —me decía la señora Gorrie—. Me hace gracia cuando me lanza esa mirada tan seria al entrar y al salir.
Me gustaría decirle que se lo tome con calma, no tiene por qué cargar con el mundo a sus espaldas.
A veces tenía que seguirla hasta arriba, dejando a un lado mi libro o el párrafo que estaba escribiendo. Nos sentábamos en su mesa de comedor, que tenía un mantel de encaje y un espejo octogonal en el que se reflejaba un cisne de cerámica. Bebíamos el café en tazas de porcelana y comíamos en platitos a juego (más y más de aquellas galletas, de los pegajosos pasteles de pasas o de los bollitos tan pesados) y utilizábamos unas pequeñas servilletas bordadas para quitarnos las migas de los labios. Yo me sentaba frente a un aparador en el que la señora Gorrie exponía una gama entera de vasos de calidad, de juegos para la leche y el azúcar y para la sal y la pimienta, demasiado pequeños o ingeniosos para el uso diario, así como unos diminutos jarrones, una tetera que imitaba una casita con tejado de paja y unos candelabros en forma de lirios. Una vez al mes la señora Gorrie le daba un repaso al aparador y lo lavaba todo. Eso me dijo. Hablaba y hablaba sobre mi futuro, sobre la casa y el futuro que pensaba que yo tendría, y cuanto más hablaba ella, más sentía yo un peso de plomo sobre mis miembros y más ganas me entraban de bostezar allí, a media mañana, y de poder arrastrarme y esconderme y dormir. Pero de puertas afuera mostraba mi admiración por todo aquello. Por lo que contenía el aparador, por la vida rutinaria de la señora Gorrie como ama de casa, por los conjuntos que se ponía cada mañana, siempre a juego. Faldas y jerseys en tonos malva o coral, pañuelos de seda artificial que armonizaban con la ropa.
—Siempre vístete antes que nada, como si fueses a irte a trabajar, y arréglate el pelo y maquíllate —me decía; más de una vez me había pillado en camisón—, y después siempre puedes ponerte un delantal por encima si tienes que hacer la colada o cocinar. Te sube la moral.
Y siempre ten algo cocinado por si te viene una visita. (Por lo que yo sé, jamás tuvo más invitados que yo; y a duras penas podría decirse que la visitara por iniciativa propia.) Y nunca sirvas el café en tazas de desayuno.
Aunque nunca se mostraba demasiado explícita. Era «yo siempre…» o «a mí me gusta…» o «creo que resulta más agradable…».
—Incluso cuando vivía en tierras salvajes me gustaba… —y entonces mi urgencia de bostezar o gritar disminuyó por un instante. ¿En qué tierras salvajes había vivido? ¿Y cuándo?
—Lejos, arriba en la costa —dijo—. En mi tiempo yo también fui novia. Viví allá muchos años. En Union Bay. Pero aquel lugar no erademasiado salvaje. La isla de Cortés.
Pregunté dónde estaba eso y ella respondió: «Ah, por ahí arriba».
—Eso sí que debió de ser interesante —dije yo.
—Bueno, interesante —dijo ella—… si se puede decir que los osos son interesantes. O que los pumas son interesantes. La verdad es que yo personalmente prefiero un poquito de civilización.
El comedor estaba separado del cuarto de estar por unas puertas corredizas de roble. Siempre quedaban a medio abrir, de modo que la señora Gorrie, sentada al extremo de la mesa, pudiera tener a la vista al señor Gorrie, sentado en su sillón frente a la ventana del cuarto de estar. Se refería a él como «mi marido en la silla de ruedas», pero lo cierto es que únicamente estaba en la silla de ruedas cuando ella lo llevaba a dar un paseo. No tenían aparato de televisión, la televisión era aún casi una novedad en aquellos tiempos. El señor Gorrie estaba allí sentado y observaba la calle y el parque de Kitsilano, al otro lado de la calle, y la ensenada de Burrard, aún más allá. Podía ir al baño él solo con un bastón en una mano y agarrándose al respaldo de las sillas o apoyándose en la pared con la otra. Una vez dentro se las arreglaba solo, aunque le llevaba mucho tiempo. Y la señora Gorrie decía que a veces tenía que fregar un poco.
Lo único que yo podía ver de vez en cuando del señor Gorrie era la pernera de un pantalón estirada sobre el sillón de color verde brillante. Una o dos veces, estando yo allí, tuvo que hacer el camino, medio arrastrándose y a trompicones, hasta llegar al baño. Era un hombre grande: cabeza grande, hombros anchos, huesos robustos.
Yo no le miraba a la cara. La gente que había quedado paralítica por un derrame cerebral o una enfermedad me parecía de mal agüero, me recordaba algo feo. Lo que yo evitaba no era el panorama que ofrecía la inutilidad de sus miembros u otras señales físicas de su horrible suerte, sino el de sus ojos humanos.
Creo que él tampoco me miraba aunque la señora Gorrie le gritaba que había venido una visita del piso de abajo. Emitía un gruñido, que quizá fuera lo más que podía hacer a modo de saludo, o de rechazo.
En nuestro apartamento había dos habitaciones y media. Lo alquilamos amueblado y, como era de suponer en estos casos, eso significaba que estaba medio amueblado con enseres que en otras circunstancias se habrían tirado. Recuerdo el suelo del cuarto de estar, cubierto con cuadrados y rectángulos sobrantes de linóleo: todos los diferentes colores y formas unidos unos con otros y bordados como un absurdo edredón de franjas metálicas. Y había un horno de gas de la cocina que se alimentaba de monedas de veinticinco centavos. Nuestra cama estaba metida en un recodo de la cocina y cabía allí tan justa que había que encaramarse a ella desde el pie. Chess había leído que ésta era la forma en que las chicas de un harén tenían que entrar en la cama del sultán, venerando primero sus pies y luego arrastrándose hacia arriba, rindiendo homenaje a las otras partes de su cuerpo. A veces jugábamos a ese juego.
Siempre dejábamos una cortina cerrada al pie de la cama para separar el recodo de la cocina. En realidad se trataba de una vieja colcha, una tela escurridiza con flecos que por uno de los lados era de color beige amarillento, con un estampado de rosas rojas y hojas verdes, y por el otro tenía franjas diagonales rojas y verdes estampadas, como en una aparición fantasmal, con flores y follaje sobre el beige. Aquella cortina la recuerdo con mayor intensidad que cualquier otra cosa del apartamento. Y no es de extrañar. En pleno frenesí sexual y durante el posterior respiro tenía aquella tela frente a mis ojos, y así llegó a convertirse en un recordatorio de lo que me gustaba del matrimonio: la recompensa por el imprevisto insulto de ser una pequeña novia y por la peculiar amenaza de un aparador lleno de vajilla de porcelana.
Ambos, Chess y yo, proveníamos de hogares en los que el sexo prematrimonial se consideraba algo vergonzoso e imperdonable y en los que el sexo matrimonial no se mencionaba nunca y se olvidaba pronto. Estábamos justo al final de la época en que así se veían las cosas, aunque no éramos conscientes de ello. Una vez, la madre de Chess encontró condones en la maleta de su hijo y se fue llorando al padre. (Chess dijo que los repartían en el campamento donde había recibido su instrucción militar universitaria, lo cual era cierto, y que se había olvidado totalmente de ellos, lo cual era mentira.) De modo que tener un lugar propio y una cama propia donde hacer lo que quisiéramos nos parecía maravilloso. Si estábamos juntos era —y nunca se nos ocurrió que la gente mayor, nuestros padres, nuestras tías y tíos, estuvieran juntos por la misma razón— por pura lujuria. Nos parecía que el único afán de los mayores era de casas, de propiedad, de máquinas cortadoras de césped y congeladores y muros de contención; y, por supuesto, en lo referente a las mujeres, de bebés. Todas esas cosas, pensábamos, las elegiríamos o no elegiríamos en el futuro. Nunca creímos que nada de eso nos llegaría inexorablemente, como la edad o el tiempo.
Y ahora que me paro a pensarlo con sinceridad, no nos llegó. Nada llegó sin nuestra elección. Ni siquiera el embarazo. Corrimos el riesgo, aunque únicamente para ver si de verdad éramos adultos, para ver si realmente podía ocurrir.
Otra cosa que hacía tras la cortina era leer. Leía libros que cogía de la biblioteca de Kitsilano, que se encontraba a unas manzanas de casa. Y cuando estaba allí tendida boca arriba en aquel estado de asombro que me podía producir un libro, un vértigo generado por las riquezas de lo que digería, lo que veía era aquellas franjas. Y no sólo los personajes y la trama, sino también el clima creado por el libro impregnaba las flores artificiales y fluía a lo largo del arroyo del vino tinto o del verde lóbrego. Leía libros pesados cuyos títulos ya me eran familiares y que tenían un cierto halo místico —incluso llegué a tratar de leer Los novios—, y entre aquellos platos fuertes leía también las novelas de Aldous Huxley y de Henry Green, y Al faro, El fin de Chéri o Ha muerto un corazón. Devoraba uno tras otro sin establecer un criterio de preferencias, rindiéndome ante ellos de la misma forma que lo había hecho con los libros leídos en la infancia. Todavía me encontraba en una etapa de convulso apetito, mi voracidad era casi angustiosa.
Pero se había añadido una nueva complicación respecto a las lecturas de infancia, y es que yo tenía que ser escritora además de lectora. Compré un cuadernillo escolar e intenté escribir; y sí que escribí: páginas que comenzaban con autoridad y que luego se marchitaban, de modo que acababa arrancándolas y las retorcía en severo castigo y las tiraba al cubo de la basura. Lo hice una y otra vez hasta que sólo me quedó la cubierta del cuadernillo. Luego compré otro y comencé el proceso una vez más. Siempre el mismo ciclo: emoción y desesperanza, emoción y desesperanza. Era como tener un embarazo secreto y un aborto no provocado cada semana.
Aunque tampoco secreto del todo. Chess sabía que yo leía mucho y que intentaba escribir. Él no se oponía. Pensaba que era razonable, que yo posiblemente podría aprender. Se requería mucha práctica pero podía adquirirse un cierto dominio, como en el bridge o en el tenis. No le agradecí esa generosa confianza. Simplemente se añadió a la farsa de mis desastres.
Chess trabajaba para una cadena de alimentación al por mayor. Había pensado en ser profesor de historia, pero su padre le había persuadido de que con la enseñanza no habría forma de mantener a una esposa y abrirse camino en la vida. Su padre le había ayudado a conseguir el trabajo, pero también le había dicho que una vez hubiese entrado, no debía esperar ningún trato de favor. No lo hizo. Durante aquel primer invierno de nuestro matrimonio, se marchaba de casa antes de amanecer y no volvía hasta después de anochecer. Trabajaba duro sin preguntarse si el trabajo que realizaba encajaba con sus intereses de antes o si perseguía algún objetivo en el que hubiera creído alguna vez. El único objetivo era conducirnos a los dos a esa vida de máquinas cortadoras de césped y congeladores que pensábamos que no nos interesaba. Si me hubiera parado a pensarlo, su sumisión me habría maravillado. Su desenfadada, se podría decir galante, sumisión.
Pero al fin y al cabo, pensaba yo, esto es lo propio de los hombres.
Salía a buscar trabajo. Si no llovía demasiado, caminaba hasta la tienda, compraba un periódico y leía los anuncios mientras bebía una taza de café. Luego me ponía en marcha, aunque lloviznara, para dirigirme a los lugares en los que solicitaban una camarera, una dependienta o una trabajadora para una fábrica; cualquier trabajo que no requiriese específicamente mecanografía o experiencia. Cuando llovía mucho, cogía un autobús. Chess decía que no debía ir a pie para ahorrar dinero, que debía coger siempre el autobús. Mientras yo ahorraba dinero, decía él, otra chica podía conseguir el trabajo.
En realidad, eso es lo que yo esperaba. Nunca lamentaba oírlo. A veces llegaba al destino y permanecía de pie en la acera, fijándome en las tiendas de ropa femenina, con sus espejos y su enmoquetado de color claro, u observaba a las muchachas que bajaban las escaleras a la hora del almuerzo desde una oficina que necesitaba una oficinista que hiciera labores de archivo. Yo ni siquiera entraba; sabía que mi pelo, mis uñas y mis zapatos planos y viejos jugarían en mi contra. Y me sentía igualmente intimidada por las fábricas: escuchaba el ruido de las máquinas que funcionaban en los edificios donde se embotellaban refrescos o donde se fabricaban los adornos de navidad y veía las bombillas desnudas que colgaban de los altísimos techos. Mis uñas y los tacones bajos allí no tendrían importancia alguna, pero mi torpeza y mi estupidez mecánica provocarían tacos y la gente me gritaría (escuchaba también los gritos dando órdenes por encima del ruido de las máquinas). Me humillarían y me echarían. Ni siquiera me creía capaz de aprender a hacer funcionar una caja registradora. Una vez, el encargado de un restaurante parecía interesado de verdad en contratarme y me preguntó: «¿Cree que podría aprender a usarla?». Respondí que no. Me miró como si nunca antes hubiera oído a nadie reconocer una cosa así. Pero dije la verdad. No pensaba que pudiera aprender las cosas con prisas o en público. Me quedaría paralizada. Las únicas cosas que podría aprender con facilidad eran cosas como lo enrevesado de la Guerra de los Treinta Años.
La verdad es, claro está, que no tenía por qué hacerlo. Al nivel básico en el que vivíamos, Chess podía mantenerme. Yo no tenía que exponerme al mundo exterior porque él ya lo había hecho. Los hombres tenían que hacerlo.
Pensaba que tal vez pudiera arreglármelas en la biblioteca, de modo que fui a preguntar aunque no habían puesto un anuncio. Una mujer escribió mi nombre en una lista. Se mostró amable pero no alentadora. Después fui a las librerías, eligiendo bien aquellas que me parecía que no tenían caja registradora. Cuanto más vacía y desordenada, mejor. Los dueños fumaban o dormitaban en sus mesas, las librerías de segunda mano olían a gato.
—En invierno no tenemos suficiente trabajo —decían.
Una mujer me dijo que podía intentarlo en primavera.
—Aunque por esa época tampoco solemos estar muy ocupados.
El invierno en Vancouver era distinto de cualquier otro invierno que yo hubiera conocido. No había nieve, ni siquiera nada parecido a un viento frío. Al mediodía, en el centro, olía a algo así como a azúcar quemado, creo que tenía que ver con los cables eléctricos de los tranvías. Caminaba por la calle Hastings, en la que nunca había mujeres, únicamente borrachos, vagabundos, mendigos ancianos y chinos que arrastraban los pies. Nadie me decía cosas desagradables. Caminaba ante almacenes, descampados invadidos por la maleza en los que no había ni un alma a la vista. O cruzaba Kitsilano, con sus altas casas de madera donde la gente vivía apretujada y con estrecheces, como nosotros, hasta llegar al ordenado distrito de Dunbar, con sus bungalós de estuco y sus árboles desmochados. Caminaba por Kerrisdale, donde aparecían los árboles de más clase, abedules que se elevaban sobre el césped. Vigas de estilo Tudor, simetría georgiana, fantasías a lo Blancanieves con imitaciones de techos de paja. O quizás auténticos techos de paja, ¿quién podía saberlo?
En todos esos lugares donde vivía la gente se encendían las luces hacia las cuatro de la tarde y luego se encendían las farolas, se encendían las luces de los trolebuses y a menudo también las nubes se desbarataban al oeste, sobre el mar, y daban paso a los rayos rojos de la puesta de sol, y en el parque, que yo rodeaba para ir a casa, las hojas de los arbustos de invierno brillaban en el aire húmedo del atardecer rosado. La gente que había ido de compras volvía a casa, la gente que trabajaba pensaba en marcharse a casa, la gente que había estado todo el día en casa salía a dar un pequeño paseo para que el hogar pareciera más atractivo a su vuelta. Me topaba con mujeres con carritos para el bebé y con críos llorosos y no se me ocurría que muy pronto me encontraría en su lugar. Tropezaba con ancianos con sus perros y con otros viejos que se movían lentamente o en sillas de ruedas que empujaban sus parejas o sus acompañantes. Un día me encontré a la señora Gorrie que empujaba al señor Gorrie. Llevaba puesta una capa y una boina de suave lana púrpura (a estas alturas ya sabía que ella se hacía la mayor parte de su ropa) y mucho colorete. El señor Gorrie llevaba una gorra de visera y una gruesa bufanda que le envolvía el cuello. La voz con la que ella me saludó era chillona y decidida, la de él, ni siquiera existía. El hombre no parecía disfrutar del paseo. Pero a la gente que va en silla de ruedas raramente se le nota más que resignación. Algunos parecen ofendidos y descaradamente desagradables.
—Vamos a ver, cuando te vimos en el parque el otro día —me preguntó la señora Gorrie—, ¿no vendrías de buscar trabajo, verdad?
—No —dije, mintiendo. Mi instinto me decía que le mintiera siempre.
—Ah, menos mal. Porque quería decirte, ya sabes, que si vas a buscar un trabajo deberías arreglarte un poquito. Bueno, eso ya lo sabes.
Lo sé, dije.
—No puedo entender la manera como algunas mujeres salen de casa hoy en día. Yo nunca saldría con mis zapatos sin tacón y sin estar maquillada, aunque sólo fuera a la tienda de ultramarinos. Y más aún si fuese a buscar un trabajo.
Sabía que yo mentía. Sabía que me quedaba inmóvil al otro lado de la puerta del sótano sin responder a su llamada. No me habría extrañado que husmeara en nuestra basura, que descubriese y leyese las hojas estrujadas y desordenadas donde se encontraban repartidos mis prolijos desastres. ¿Por qué no tiraba la toalla? No podía. Yo era toda una pieza de caza para ella; quizá mis peculiaridades, mi ineptitud, estaban a la altura de la actitud dañina de la señora Gorrie, y lo que no se podía corregir había que tolerarlo.
Un día en que me encontraba en la parte central del sótano haciendo nuestra colada, ella bajó las escaleras. Todos los martes me permitía usar su lavadora de rodillos y su fregadero para hacer la colada.
—¿Se ha presentado ya alguna oportunidad de trabajo? —preguntó, y sin pensarlo respondí que en la biblioteca me habían dicho que podría haber algo para mí en el futuro. Pensé que podría simular que iba allí a trabajar; podría ir y sentarme todos los días en una de las mesas largas, leer o incluso intentar escribir, como ya había hecho antes en ciertas ocasiones. Por supuesto se descubriría el pastel si a la señora Gorrie alguna vez se le ocurría entrar en la biblioteca, pero no sería capaz de empujar al señor Gorrie tan lejos, cuesta arriba. O si en alguna ocasión le mencionaba a Chess lo de mi trabajo, pero no creía que fuera a hacerlo. Decía que a veces tenía miedo de saludarle, siempre parecía tan malhumorado.
—Bueno, tal vez mientras tanto —dijo ella—… se me ha ocurrido que quizá mientras tanto te gustaría tener un trabajito sentándote por las tardes con el señor Gorrie.
Añadió que le habían ofrecido un trabajo para echar una mano tres o cuatro tardes a la semana en la tienda de regalos del hospital Saint Paul.
—No es un trabajo pagado, te habría mandado a ti a preguntar por él —dijo—. Es un trabajo voluntario. Pero el médico dice que me vendría bien salir de casa. «Vas a acabar físicamente agotada», me dijo. No es que necesite el dinero, Ray se porta muy bien con nosotros, he pensado que sólo es un poco de trabajo voluntario…
Miró dentro del fregadero y vio las camisas de Chess en la misma agua clara que mi camisón de flores y nuestras sábanas de un azul pálido.
—Vaya por Dios —dijo—. ¿No habrás puesto lo blanco y lo de color junto, verdad?
—Sólo la ropa de color de tonos suaves —dije—. No destiñe.
—La ropa de color de tonos suaves no deja de ser ropa de color —dijo ella—. Crees que así las camisas salen blancas, pero no quedan tan blancas como debieran.
Dije que lo recordaría la próxima vez.
—Es una cuestión de cómo trata una a su hombre —dijo, con su risita escandalizada.
—A Chess no le importa —dije yo, sin saber que eso sería cada vez menos cierto a medida que pasaran los años, inconsciente de que esos trabajos que entonces parecían incidentales, tan poquita cosa, se desplazarían desde la periferia de mi vida hacia un lugar central y de primera fila.
Cogí el trabajo de cuidar al señor Gorrie por las tardes. Sobre una mesita junto a su sillón de color verde se extendía una toalla de manos —por si caían unas gotas— sobre la que descansaban sus frascos de pastillas, sus jarabes y un pequeño reloj para que supiera la hora. En la mesa del otro lado se amontonaba material de lectura: el periódico de la mañana, el periódico de la noche anterior, ejemplares de Life, de Look y de Maclean’s, que por entonces eran revistas grandes y blandas. En el estante inferior de aquella mesa había un montón de álbumes de recortes del tipo que usan los niños en el colegio, de un grueso papel oscuro y el filo áspero. Había trozos de papel de prensa y fotografías que sobresalían. Eran álbumes de recortes que el señor Gorrie había ido guardando con el paso de los años, hasta que tuvo el ataque y ya no pudo seguir recortando. En el cuarto había una estantería, pero todo lo que contenía era más revistas y más álbumes de recortes y medio estante con libros de texto de secundaria que probablemente pertenecieran a Ray.
—Siempre le leo el periódico —me dijo la señora Gorrie—. Aún puede leer, pero no es capaz de sostenerlo con las manos y sus ojos se cansan.
De modo que le leía al señor Gorrie mientras la señora Gorrie, bajo un paraguas de flores, se marchaba alegremente hacia la parada del autobús. Le leía la página de deportes, las noticias locales, las internacionales y todo sobre asesinatos, robos y el mal tiempo. Le leía las cartas al director, las cartas a un doctor que daba consejos médicos, las cartas a Ann Landers y sus respuestas. Parecía que las noticias deportivas y Ann Landers eran lo que más interés despertaba en él. En ocasiones pronunciaba mal el nombre de un jugador o confundía la terminología a propósito, de tal forma que lo que yo leía carecía de sentido y entonces él me indicaba con insatisfechos gruñidos que lo intentase otra vez. Cuando le leía la página de deportes siempre se mostraba nervioso, concentrado y con el ceño fruncido. Pero cuando le leía a Ann Landers, su cara se relajaba y hacía ruidos que me parecían de agradecimiento, como un murmullo y un profundo resoplido. Hacía estos ruidos especialmente cuando las cartas tocaban un asunto trivial o específicamente femenino (una mujer escribió que su cuñada pretendía hacerle creer que había cocinado una tarta a pesar de que al servirla todavía conservaba la blonda de la pastelería) o cuando mencionaban —con la gran cautela de aquellos tiempos— un asunto sexual.
Durante la lectura del editorial o la pesadez sobre lo que habían dicho los rusos y los estadounidenses en las Naciones Unidas, se le caían los párpados —o, mejor dicho, se le caía el párpado de su ojo bueno casi del todo, y el que estaba sobre el ojo malo se le caía ligeramente— y los movimientos del pecho se volvían más ostensibles, de manera que yo me detenía durante un instante para ver si se había quedado dormido. Y entonces hacía otro tipo de ruido, brusco y de reprobación. A medida que me fui acostumbrando a él, y él a mí, este ruido comenzó a parecer menos una reprobación y más una confirmación. Y esa confirmación no sólo lo era de que no estaba dormido, sino también de que en ese momento no se estaba muriendo.
La posibilidad de que pudiera morirse frente a mí era, en un principio, una idea terrible que no se me iba de la cabeza. ¿Por qué no podía morirse, cuando al fin y al cabo ya parecía medio fiambre? Con su ojo malo como una piedra bajo el agua turbia y un lado de la boca medio abierta, mostrando sus horribles dientes (la mayoría de ancianos usaban dentadura postiza entonces), con los empastes de color negro que amenazaban a través del húmedo esmalte. Su mera existencia en el mundo me parecía un error que podía ser borrado del mapa en cualquier momento. Pero, todo hay que decirlo, me acostumbré a él. Era un hombre enorme —de cabeza majestuosa y ancho pecho de trabajador, con una mano derecha en la que no tenía ninguna fuerza y que postraba sobre su muslo cubierto por un pantalón largo— que ocupaba toda mi visión mientras yo leía. Era como una reliquia, un viejo guerrero de los tiempos de los bárbaros. Erik Hacha Sangrienta. El rey Canuto.
Mi fuerza se consume rápidamente, dijo el rey del mar a sus hombres.
Nunca volveré a surcar los mares de nuevo como un conquistador.
Así es como era. Como una mole medio hundida que hacía peligrar los muebles y que golpeaba las paredes al abrirse paso para ir al baño. Su olor no era rancio pero tampoco era el de un jabón infantil o el de unos perfumados polvos de talco; era un olor a ropa gruesa con restos de tabaco (aunque ya no fumaba) y de piel sin respirar que me hacía pensar en algo denso y curtido, con sus excreciones señoriales y su calor animal. Tenía un olor a orina suave pero persistente que, de hecho, me habría repugnado en una mujer pero que en su caso no sólo parecía excusable sino, en cierto modo, la expresión de un antiguo privilegio. Cuando entraba en el baño después de que él hubiera estado allí, era como entrar en la guarida de una bestia infecta pero todavía poderosa.
Chess me decía que perdía el tiempo haciendo de canguro para el señor Gorrie. Ahora el tiempo se despejaba y los días se hacían más largos. Las tiendas cambiaban sus escaparates, despertaban de su letargo invernal. La gente se encontraba más dispuesta a ofrecer un trabajo. De modo que debía salir a buscar un trabajo en serio. La señora Gorrie sólo me pagaba cuarenta centavos la hora.
—Pero se lo prometí —dije.
Un día él me contó que la había visto bajar de un autobús. La vio desde la ventana de su oficina. Y para nada se trataba de un lugar cercano al hospital Saint Paul.
—A lo mejor estaba en medio de un descanso —dije.
—Nunca la había visto antes fuera de la casa a plena luz del día. Por Dios —dijo Chess.
Le sugerí al señor Gorrie sacarle a dar un paseo en su silla de ruedas ahora que mejoraba el tiempo. Pero rechazó la idea emitiendo unos ruidos que me convencieron de que le resultaba desagradable que le empujasen la silla en público, o quizá que lo hiciera una persona como yo, que obviamente había sido contratada para realizar el trabajo.
Yo había interrumpido la lectura del periódico para sugerírselo y al intentar continuar hizo un gesto y otro ruido, diciéndome que estaba harto de oírme. Dejé el periódico. Hizo señas con su mano sana señalando el montón de álbumes de recortes que estaban en el estante inferior de la mesa junto a él. Hizo más ruidos. Sólo puedo describir estos ruidos como gruñidos, bufidos, carraspeos, ladridos, refunfuños. Pero a estas alturas casi me sonaban a palabras. Y es que sonaban como las palabras. No sólo las escuchaba como afirmaciones y demandas perentorias («no quiero», «ayúdame», «déjame ver qué hora es», «necesito beber algo»), sino también como proclamas más complejas: «Por todos los santos, ¿por qué no cerrará la boca ese perro?» o «mucho ruido y pocas nueces» (esto último, después de haber leído yo algún discurso o un editorial del periódico).
Lo que oí ahora fue: «A ver si hay algo mejor aquí que lo que viene en el periódico».
Saqué el montón de álbumes de recortes del estante y lo coloqué en el suelo junto a sus pies. Sobre las cubiertas, en grandes letras de cera negra, había escritas fechas de años recientes. Le di un repaso al año 1952 y vi un recorte de un reportaje del funeral de Jorge VI. Arriba, en letras de cera: «Alberto Federico Jorge. Nacido en 1885. Fallecido en 1952». La foto de las tres reinas con el velo de luto.
En la página siguiente había una historia sobre la autopista de Alaska.
—Es un archivo interesante —dije—. ¿Quiere que empecemos otro álbum? Podría usted elegir las cosas que desea recortar y pegar, y yo lo haría.
El ruido que emitió significaba «demasiadas complicaciones» o «¿para qué vamos a molestarnos ahora?», o incluso «qué idea más absurda». Dejó a un lado al rey Jorge VI, deseaba ver las fechas del resto de los álbumes. No eran los que él quería. Hizo un gesto señalando la librería. Saqué otro montón de álbumes de recortes. Comprendí que él buscaba el libro de un año concreto y sujeté en alto cada libro para que viera la cubierta. De vez en cuando, yo abría las páginas a pesar de su rechazo. Vi un artículo sobre los pumas de la isla de Vancouver, otro sobre la muerte de un trapecista y otro sobre un chaval que había sobrevivido a pesar de quedar atrapado bajo una avalancha. Volvimos a darle un repaso a los años de la guerra, de vuelta a los años treinta, al año en que yo nací y a casi una década todavía anterior, hasta que por fin quedó satisfecho. Y dio la orden. Mira éste. 1923.
Comencé a repasarlo desde el principio.
—En enero una nevada entierra aldeas en…
No es eso. Date prisa. Sigue pasando.
Comencé a pasar las hojas.
Ve más lento. Tranquila. Ve más lento.
Pasé las páginas una por una sin pararme para leer nada hasta que llegamos a la que él quería.
Ahí. Lee eso.
No había foto ni titular. Las letras de cera decían: «Vancouver Sun, 17 de abril, 1923».
—La isla de Cortés —leí—. ¿Es esto?
Léelo. Vamos.
La isla de Cortés. En la mañana del domingo o en algún momento de la madrugada del sábado, la casa de Anson James Wild, en el extremo sur de la isla, quedó totalmente destruida por un incendio. La vivienda se encontraba lejos de cualquier otra morada o lugar habitado y, como resultado de ello, nadie que viviese en la isla pudo apreciar las llamas. Existen informaciones de que un barco de pesca que se dirigía al estrecho de Desolation observó el incendio el domingo por la mañana temprano, pero los tripulantes de la embarcación creyeron que se trataba de una persona que quemaba maleza. Al pensar que la quema de maleza no suponía ningún peligro, debido a la humedad que presenta el bosque en esta época del año, continuaron su trayecto.
El señor Wild era el propietario de Wildfruit Orchards y había vivido en la isla durante cerca de quince años. Era un hombre solitario, cuyo historial se remonta a su época de militar, aunque cordial con los conocidos. El señor Wild contrajo matrimonio hace unos años y tenía un hijo. Se piensa que nació en las provincias del Atlántico.
La casa quedó reducida a escombros a causa del fuego y del posterior derrumbamiento de las vigas. El cuerpo del señor Wild se encontró entre los restos calcinados del incendio, carbonizado hasta el punto de quedar prácticamente irreconocible.
Entre las ruinas se encontró una lata ennegrecida que se supone contenía queroseno.
La esposa del señor Wild se encontraba fuera de casa en esos momentos, dado que el miércoles anterior había aceptado una invitación para viajar en un barco que iba a recoger una carga de manzanas que serían transportadas desde el huerto de su marido hasta Comox. Su intención era volver a casa en el mismo día, pero tuvo que permanecer fuera durante tres días y cuatro noches debido a problemas con el motor del barco. El domingo por la mañana regresó junto al amigo que la había invitado a realizar la travesía y fueron ambos quienes descubrieron la tragedia.
El hecho de que el joven hijo de los Wild no estuviese en la casa cuando ésta ardió, provocó en principió un enorme temor. Su búsqueda comenzó tan pronto como fue posible y el domingo al atardecer el niño fue localizado en el bosque a menos de una milla de su casa. Estaba empapado y tenía frío, ya que había permanecido en la maleza durante varias horas, pero no había sufrido daños. Al parecer, el niño se llevó un poco de comida al marcharse de casa, dado que tenía consigo varios trozos de pan cuando le encontraron.
Se llevará a cabo una investigación en Courtenay respecto a la causa del incendio que destruyó la casa de la familia Wild y que provocó el fallecimiento del señor Wild.
—¿Conocía usted a esta gente? —pregunté.
Pasa la página.
4 de agosto de 1923. Las pesquisas efectuadas en Courtenay, en la isla de Vancouver, en torno al incendio que causó la muerte de Anson James Wild en la isla de Cortés en abril de este año, han dado como resultado que la sospecha de incendio provocado, que recaía sobre el hombre fallecido o sobre persona o personas desconocidas, no ha podido ser verificada. La presencia de una lata vacía de queroseno en el lugar del incendio no se ha considerado como prueba suficiente. El señor Wild adquiría y hacía uso del queroseno con frecuencia, según el señor Percy Kemper, tendero de Manson’s Landing, isla de Cortés.
El hijo de siete años del hombre fallecido no pudo proporcionar dato alguno acerca del incendio. Fue localizado por una expedición de búsqueda no muy lejos de su casa, vagando por el bosque, varias horas más tarde. En respuesta al interrogatorio, afirmó que su padre le había dado un poco de pan y unas manzanas y le había pedido que caminase hacia Manson’s Landing, pero se había perdido. Sin embargo, en las semanas subsiguientes confesó no recordar que esto ocurriera y afirmó que no sabía cómo había podido perderse, dado que había recorrido muchas veces con anterioridad aquel sendero. El doctor Anthony Helwell, de Victoria, quien examinó al niño, opina que pudo haber escapado en el momento de detectar el incendio, con tiempo quizá de coger un poco de comida y llevársela consigo, algo que ahora no recuerda. A su vez, afirma que la primera versión del niño podría ser cierta y que el recuerdo pudo ser suprimido más tarde. Explicó que sería inútil interrogar nuevamente al niño, ya que es probable que éste sea incapaz de distinguir entre la realidad y lo imaginario en este asunto.
La señora Wild no estaba en casa en el momento de producirse el incendio, ya que se había marchado a la isla de Vancouver en un barco que pertenecía a James Thompson Gorrie, de Union Bay.
Se considera que la muerte del señor Wild fue un desgraciado accidente, siendo la causa del incendio de origen desconocido.
Ahora cierra el álbum.
Guárdalo. Guárdalos todos.
No. No. Así no. Guárdalos en orden. Año por año. Eso está mejor.
Justo como estaban.
¿Ya viene? Mira por la ventana.
Bien. Pero vendrá pronto.
Y bien, ¿qué piensas de todo esto?
No me importa. No me importa lo que pienses.
¿Habías pensado alguna vez que la vida de la gente podía ser así y terminar de esa forma? Bueno, pues puede ocurrir.
No le hablé a Chess de esto, aunque solía comentarle cualquier cosa que pensaba que pudiera interesarle o que atrajera su atención respecto a mi actividad diaria. Chess había dado con una forma de evitar cualquier mención a los Gorrie. Había una palabra con la que los definía: «Grotesco».
Todos los pequeños árboles deslucidos del parque comenzaron a florecer. Sus flores eran de un color rosa brillante, como las palomitas de maíz coloreadas artificialmente.
Y comencé a trabajar en un empleo de verdad.
Llamaron de la biblioteca de Kitsilano y me pidieron que fuera durante unas cuantas horas el sábado por la tarde. Me encontré al otro lado del mostrador, sellando la fecha de devolución de los libros. Algunas personas me resultaban familiares, compañeros que pedían prestados los libros. Y ahora les sonreía, en nombre de la biblioteca. «Nos vemos en dos semanas», les decía. Algunos se reían y contestaban: «No, creo que mucho antes». Eran adictos, como yo.
Era un trabajo que me resultaba fácil. Nada de caja registradora: cuando me pagaban las multas por retrasos, sacaba el cambio de un cajón. Y ya sabía de antes en qué estantería estaban la mayoría de los libros. En lo que se refiere a las fichas que tenía que rellenar, me sabía el alfabeto.
Me ofrecieron más horas. Pronto se convirtió en un trabajo temporal de jornada completa. Una de las chicas que trabajaba allí como fija había sufrido un aborto accidental. Estuvo de baja durante dos meses y al final de ese periodo quedó embarazada de nuevo y su médico le aconsejó no volver al trabajo. De modo que entré en la plantilla de empleados fijos y conservé el trabajo hasta que me encontré a mitad de mi primer embarazo. Trabajaba con mujeres que conocía de vista desde hacía mucho tiempo: Mavis, Shirley, la señora Carlson y la señora Yost. Todas recordaban cómo solía entrar y dar vueltas —como decían ellas— por la biblioteca durante horas. Ojalá no se hubieran fijado tanto en mí. Ojalá no hubiera ido allí con tanta frecuencia.
Era una sensación muy agradable hacerme con mi trabajo y estar frente a la gente detrás del mostrador, ser capaz, mostrarme activa y amable con los que se acercaban; que me vieran como una persona que sabía cómo funcionaba todo, una persona con una función definida en el mundo. La renuncia a esconderme, a vagar, a soñar y a ser la chica de la biblioteca.
Claro que ahora tenía menos tiempo para leer y, en ocasiones, en el trabajo, tras el mostrador, sostenía un libro en la mano —lo sostenía como un objeto, no como una vasija que había de vaciar de inmediato— y sentía un amago de miedo semejante al que se siente cuando, en un sueño, te encuentras en el edificio que no es, o te has olvidado de la hora del examen, y entiendes que ése es el aviso de algún sombrío cataclismo o de algún error que sufrirás de por vida.
Pero este miedo desaparecía en un minuto.
Las mujeres con las que trabajaba rememoraban los tiempos en que me veían escribir en la biblioteca.
Les decía que lo que escribía eran cartas.
—¿Escribes tus cartas en un cuaderno de apuntes?
—Claro —decía yo—. Es más barato.
Perdí interés en el último cuaderno, que descansaba escondido en un cajón entre mis calcetines y mi ropa interior en desorden. Allí abandonado, verlo me llenaba de dudas y de humillación. Quería deshacerme de él pero no lo hacía.
La señora Gorrie no me felicitó por haber conseguido aquel trabajo.
—No me contaste que todavía buscabas —dijo.
Le dije que hacía ya una larga temporada que mi nombre estaba apuntado en una lista en la biblioteca y que así se lo había hecho saber.
—Eso fue antes de empezar a trabajar para mí —dijo—. Y ahora, ¿qué va a pasar ahora con el señor Gorrie?
—Lo siento —dije.
—Sentirlo no le ayudará demasiado, ¿no te parece?
Levantó las cejas y me habló con ese tono de voz rimbombante que le había oído utilizar por teléfono con el carnicero o con el tendero cuando se equivocaban con su pedido.
—¿Y ahora qué hago? —dijo—. Me has dado plantón, ¿sabes? Espero que cumplas las promesas con el resto de la gente un poco mejor que conmigo.
Esto, por supuesto, era ridículo. Yo no le había prometido nada acerca del tiempo que me quedaría. A pesar de ello, sentía una inquietud culpable, si no propiamente culpabilidad. No le había prometido nada, pero qué podía decir de aquellas veces en que no respondía cuando ella llamaba a la puerta, cuando intentaba entrar y salir sigilosamente de la casa sin ser advertida, agachando la cabeza al pasar frente a la ventana de su cocina. ¿Y qué hay de la forma en que había mantenido una tenue, pero a la vez dulce, pretensión de amistad en respuesta a su ofrecimiento, seguramente sincero?
—Casi es mejor, la verdad —dijo—. No querría que nadie que no fuera de confianza cuidase al señor Gorrie. No estaba del todo satisfecha con tu manera de cuidarlo, la verdad, así te lo digo.
Pronto encontró otra canguro, una pequeña mujer araña que se recogía el pelo negro con una redecilla. Nunca la oía hablar. Pero sí oía a la señora Gorrie hablar con ella. Dejaba abierta la puerta en lo alto de las escaleras para que yo pudiese oírla.
—Nunca lavaba la taza de té del señor Gorrie. La mitad de las veces ni siquiera se lo hacía. No sé para que valía. Únicamente para sentarse y leer el periódico.
A partir de entonces, cuando yo me marchaba de casa, la ventana de la cocina quedaba abierta de par en par y su voz resonaba por encima de mi cabeza, aunque en apariencia hablara con el señor Gorrie.
—Por ahí va. Sigue su camino. Ni siquiera se molestará en hacernos algún gesto con la mano. Le dimos un trabajo cuando no la quería nadie, pero ni se molestará. No, por supuesto que no.
No les saludaba. Tenía que pasar por la ventana frente a la que se sentaba el señor Gorrie, pero sabía que si ahora le hacía algún gesto con la mano, incluso si le miraba, se sentiría humillado. O enfurecido. Cualquier cosa que yo hiciese podría parecer una provocación.
Antes de encontrarme a media manzana de la casa ya me había olvidado de ellos. Las mañanas eran luminosas y yo caminaba aliviada y decidida. En aquellos momentos, mi pasado más inmediato podía parecer vagamente deshonroso. Horas detrás de la cortina del recodo, horas en la mesa de la cocina rellenando página tras página con el sabor del fracaso, horas en un cuarto demasiado caldeado junto a un anciano. La peluda alfombra, la tapicería de felpa, el olor de su ropa, de su cuerpo y de la pasta de engrudo seca de los álbumes de recortes, los montones de periódicos entre los que tenía que abrirme camino. La macabra historia que él había guardado y me había hecho leer. (Nunca llegué a comprender que entraba dentro de la categoría de tragedias humanas que yo admiraba, cuando las leía en los libros.) Evocarlo era como recordar un periodo de enfermedad durante la infancia, cuando me sentía cómodamente atrapada en unas acogedoras sábanas de franela con su olor a aceite de alcanfor, atrapada por mi propia lasitud y por los mensajes febriles e indescifrables de las ramas de los árboles que contemplaba por la ventana de mi dormitorio en el piso de arriba. Aquellos momentos no es que los lamentara, sino que me desembarazaba de ellos con naturalidad. Y parecían pertenecer a una parte de mí misma —¿una parte enfermiza?— de la que ahora me estaba desembarazando. Se podía pensar que era el matrimonio lo que había provocado aquella transformación pero, durante un tiempo, no había sido así. Como mi viejo ser —testaruda, poco femenina e irracionalmente reservada— había hibernado y cavilado; ahora había sentado la cabeza y me sabía afortunada por haberme transformado en una verdadera esposa y empleada. Atractiva y competente cuando me esforzaba en ello. Yo no era extraña. Podía pasar.
La señora Gorrie me trajo a la puerta una funda de almohada. Mostrando sus dientes tras una sonrisa mustia y hostil, me preguntó si era mía. Sin dudarlo respondí que no. Las dos únicas fundas que tenía cubrían las dos almohadas de nuestra cama.
—Bueno, pues desde luego mía no es —dijo en tono de martirio.
—¿Cómo lo sabe? —dije.
Lenta, venenosamente, su sonrisa fue tomando confianza.
—No es el tipo de tejido que pondría en la cama del señor Gorrie. O en la mía.
—¿Por qué no?
—Porque-no-es-lo-suficientemente-bueno.
De modo que tuve que ir y quitar las fundas de las almohadas y llevárselas a ella y resultó que no hacían pareja aunque a mí me lo había parecido. Una era de tela «buena» —la suya— y la que ella tenía en la mano, era mía.
—No me hubiera creído que no habías notado la diferencia —dijo— si no fuera porque eres como eres.
Chess había oído hablar de otro apartamento —uno de verdad, no una «suite»— con un baño completo y dos dormitorios. Un amigo suyo del trabajo lo dejaba porque él y su mujer habían comprado una casa. Estaba en un edificio en la esquina de la Primera Avenida con la calle Macdonald. Yo podría seguir yendo a pie al trabajo y él podría coger el autobús de siempre. Teniendo dos sueldos, nos lo podíamos permitir. El amigo y su esposa dejaban atrás unos cuantos muebles, que venderían a bajo precio. No irían bien en su casa, pero a nosotros nos parecían espléndidos por su aire de respetabilidad. Nos paseamos por las luminosas habitaciones de la tercera planta, admirando las paredes pintadas de color crema, el parqué de roble, los espaciosos armarios de la cocina y el suelo de baldosas del baño. Incluso tenía un pequeño balcón con vistas a las hojas del parque Macdonald. Nos enamoramos el uno del otro de un nuevo modo, nos enamoramos de nuestra nueva posición social, de nuestro emerger en la vida adulta desde el sótano, que sólo había sido una estación de paso temporal. En nuestras conversaciones, en los años venideros, hablaríamos de él como si fuera una broma, un test de resistencia. Cada mudanza que efectuábamos —la casa alquilada, nuestra primera casa en propiedad, la segunda, la primera casa en otra ciudad— generaba en nosotros una sensación eufórica de progreso y anudaba nuestros lazos. Hasta la última casa, con mucho, la más imponente, en la que entré con presentimientos de desastre y vagas premoniciones de fuga.
Le dimos el aviso a Ray sin decirle nada a la señora Gorrie. Eso aumentó su hostilidad. En realidad, se volvió un poco chiflada.
—Ah, se piensa que es muy lista. Ni siquiera es capaz de mantener dos habitaciones limpias. Cuando barre el suelo, lo único que hace es barrer la suciedad hacia un rincón.
Cuando compré mi primera escoba, olvidé comprar un recogedor y, en efecto, lo hice así durante un tiempo. Pero ella únicamente podía saberlo si había entrado en nuestras habitaciones con su propia llave mientras yo estaba fuera. Algo que, por lo que parecía, sí había hecho.
—Es una farsante, ¿sabes? Desde el primer momento en que la vi supe lo farsante que era. Y una embustera. No está bien de la cabeza. Se sentaba y decía que escribía cartas cuando lo que hace es escribir lo mismo una y otra vez; pero nada de cartas, lo mismo una y otra vez. No está bien de la cabeza.
Así me enteré de que también había leído las hojas estrujadas de mi papelera. A menudo trataba de comenzar la misma historia con las mismas palabras. Como decía ella, una y otra vez.
Comenzaba a hacer calor e iba al trabajo sin chaqueta; me ponía un jersey ajustado, por dentro de la falda, y un cinturón apretado hasta la última muesca. Se asomaba a la puerta principal y me gritaba: «¡Ramera! Mira a la ramera, cómo saca pecho y menea el trasero. ¿Te crees que eres Marilyn Monroe?» o «no te necesitamos en nuestra casa. Cuanto antes te marches, mejor».
Telefoneó a Ray y le dijo que yo intentaba robar su ropa de cama. Se quejó de que yo iba por todas partes contando historias sobre ella. Había abierto la puerta para asegurarse de que pudiera oírla y estuvo gritando por teléfono, algo que no tenía demasiado sentido puesto que compartíamos la línea telefónica y podíamos escuchar cuanto nos viniera en gana. Nunca lo hice —mi instinto me llevaba a hacer oídos sordos—, pero una noche que Chess estaba en casa, cogió el teléfono y habló.
—No le hagas caso, Ray, no es más que una vieja loca. Sé que es tu madre, pero he de decirte que está loca.
Le pregunté cuál había sido la reacción de Ray, si estaba enfadado.
—Sólo dijo: «Claro, no pasa nada».
La señora Gorrie colgó y se puso a gritar directamente por las escaleras: «Te diré quién está loca. Te diré quién es la loca embustera que se dedica a decir mentiras sobre mí y mi marido».
—No la estamos escuchando. Deje en paz a mi mujer —le dijo Chess. Más tarde me preguntó—: ¿Qué quiere decir con eso de ella y su marido?
—No lo sé —respondí.
—La ha tomado contigo. Porque eres joven y guapa y ella no es más que una vieja bruja. Olvídalo —dijo, y añadió, medio en broma, para animarme—: De todas formas, ¿qué sentido pueden tener las viejas? Nos mudamos al nuevo apartamento en un taxi y únicamente con nuestras maletas. Esperamos fuera, en la acera, dando la espalda a la casa. Creí que oiría un último chillido, pero no hubo un solo ruido.
—¿Y si tiene una pistola y me dispara por la espalda? —dije.
—No te pongas a su altura—dijo Chess.
—Me gustaría decirle adiós con la mano al señor Gorrie, si es que está allí.
—Mejor no lo hagas.
No eché un último vistazo a la casa y en mi vida volví a caminar por aquella calle, esa manzana de la calle Arbutus con vistas al parque y al mar. No tengo una idea muy clara del aspecto que tenía, aunque recuerdo algunas cosas muy bien: la cortina de la cama, el aparador, el sillón verde reclinable del señor Gorrie.
Conocimos a otras parejas jóvenes que, al igual que nosotros, habían empezado viviendo en lugares baratos dentro de las casas de otras personas. Nos hablaron de ratas, cucarachas, retretes que apestaban, caseras chifladas. Y nosotros hablábamos de nuestra casera chiflada. Paranoia.
Excepto en aquellas ocasiones, nunca pensaba en la señora Gorrie.
Pero el señor Gorrie aparecía en mis sueños. En mis sueños me parecía que le conocía antes que ella. Era ágil y fuerte, pero no joven, y su aspecto no era mejor que cuando le leía en voz alta en el salón. Tal vez podía hablar, pero su voz tenía el mismo tono de aquellos ruidos que yo había aprendido a interpretar: brusco y autoritario, una nota a pie de página —esencial, aunque tal vez prescindible— de la acción. Y la acción era explosiva, porque aquellos sueños eran eróticos. Durante todo el tiempo en que fui una joven esposa, y más tarde, aunque no mucho más tarde, mientras fui una joven madre —ocupada, fiel, satisfecha con regularidad—, siempre tuve sueños, de cuando en cuando, en los que el asalto, la reacción, las posibilidades, iban más allá que cualquier cosa que ofreciera la vida. Y en los que el romanticismo quedaba borrado del mapa. También la decencia. Nuestra cama —la del señor Gorrie y mía— era la playa de grava o la tosca cubierta de barco o los ásperos rollos de cabos grasientos. Tenían un cierto regusto a algo que podría definir como rastrero. Su olor agrio, su ojo gelatinoso, sus dientes de perro. Me despertaba de estos sueños profanos consumida por el asombro o la vergüenza, y me dormía de nuevo y despertaba con un recuerdo que me acostumbré a rechazar cada mañana. Durante años y años, y con seguridad mucho tiempo después de haber muerto, el señor Gorrie aparecía de esa manera en mi vida nocturna. Hasta que lo agoté, supongo, del modo como siempre agotamos a los muertos. Pero nunca me pareció que fuese así, que yo dominara la situación, que hubiera sido yo quien le había llevado a aquel lugar. Parecía funcionar en ambos sentidos, como si él también me hubiese llevado allí y lo experimentara en la misma medida que lo experimentaba yo.
Y el barco y el muelle y la grava en la orilla, los árboles que apuntaban hacia el cielo o se agazapaban inclinándose sobre el agua, el enrevesado perfil de las islas circundantes y las montañas, sombrías e inconfundibles, todo ello parecía existir dentro de una confusión natural, más extravagante y, aun así, más ordinaria que cualquier otra cosa que pudiera soñar o inventar. Como un lugar que seguirá existiendo, estés o no allí, y que, de hecho, aún está allí.
Pero nunca llegué a ver las vigas calcinadas de la casa que se derrumbaron sobre el cuerpo del marido. Aquello había ocurrido mucho antes, y el bosque había crecido a su alrededor.

Munro Alice. Ficción
FICCIÓN
ALICE MUNRO.
Premio Nobel 2013

Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de
todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River.
Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando
mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa.
Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y
aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros,
cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada.
Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas
como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían
servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en
esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución
de conflictos. Algunos vivían en caravanas; otros se habían construido
casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon
y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza.
Había algo especial que a Joyce le encantaba ver mientras volvía
a casa y entraba en su finca. En esa época mucha gente, incluso algunos
habitantes de las casas con techo de paja, estaban instalando lo
que llamaban puertas de patio, aun cuando, como Jon y Joyce, no tenían
patio. No solían ponerles cortinas, y los dos rectángulos de luz
parecían ser indicio o promesa de comodidad, de seguridad y abundancia.
Por qué era así, más que con las ventanas corrientes, Joyce
no lo sabía. Quizá se debiera a que la mayoría no servía solamente para
asomarse sino que se abrían directamente a la oscuridad del bosque y
a que exhibían el refugio del hogar con tanta ingenuidad. Gente cocinando
o viendo la televisión, de cuerpo entero; escenas que la seducían,
aunque sabía que las cosas no serían tan especiales dentro.
Lo que Joyce veía cuando entraba en el sendero de su casa, sin
pavimentar y encharcado, era el par de puertas de aquellas que había
colocado Jon enmarcando el interior resplandeciente y a medio hacer.
La escalera de mano, las estanterías de la cocina sin acabar, las escaleras
al descubierto, la cálida madera iluminada por la bombilla
que Jon colocaba para enfocar donde quisiera, dondequiera que estuviera
trabajando. Se pasaba el día trabajando en su cobertizo, y
cuando empezaba a oscurecer dejaba libre a la aprendiza y se ponía
con las obras de la casa. Al oír el coche de Joyce volvía la cabeza hacia
ella un momento, a modo de saludo. Normalmente tenía las manos
demasiado ocupadas para saludar con la mano. Sentada allí, con
los faros del coche apagados, recogiendo la compra o el correo que
tenía que llevar a casa, Joyce era feliz incluso por tener que recorrer
ese último trecho hasta la puerta, en medio de la oscuridad, el viento
y la lluvia fría. Se sentía como si se librase del trabajo cotidiano,
agobiante e inseguro, harta de ofrecer música a indiferentes y sensibles
por igual. Mucho mejor trabajar con la madera solo —no tenía
en cuenta a la aprendiza— que con las impredecibles crías humanas.
A Jon no le contaba nada de eso. No le gustaba oír a los que hablaban
de lo básico, delicado y respetable que era trabajar la madera.
Qué integridad, qué dignidad tenía.
Qué gilipollez, decía él.
Jon y Joyce se habían conocido en un instituto de una zona industrial
de Ontario. Joyce tenía el segundo coeficiente intelectual
más alto de su clase; Jon, el coeficiente intelectual más alto del cole-
gio y probablemente de la ciudad. Todos esperaban que ella llegara a
ser una brillante violinista —antes de que abandonara el violín por el
violoncello— y él, un científico impresionante, dedicado a unas tareas
difícilmente comprensibles en el mundo común y corriente.
En el primer año de universidad dejaron de ir a clase y se escaparon
juntos. Encontraron trabajitos aquí y allá, recorrieron el continente
en autobús, vivieron durante un año en la costa de Oregón, se
reconciliaron a distancia con sus padres, para quienes se había apagado
una luz en el mundo. A esas alturas ya no se los podía llamar hippies,
pero así era como los llamaban sus padres. Ellos no se consideraban
tales. No tomaban drogas, vestían de forma conservadora,
aunque un tanto desastrada, y Jon se empeñaba en afeitarse y en que
Joyce le cortara el pelo. Con el tiempo se cansaron de sus trabajos
temporales y mal pagados y pidieron dinero prestado a sus decepcionadas
familias para especializarse en algo y poder ganarse mejor la
vida. Jon aprendió carpintería y ebanistería y Joyce se sacó un título
para dar clase de música en los colegios.
El trabajo que encontró estaba en Rough River. Compraron
aquella casa en ruinas a un precio de risa e iniciaron una nueva fase
de su vida. Plantaron un jardín y empezaron a relacionarse con los
vecinos, algunos de los cuales seguían siendo auténticos hippies que
cultivaban pequeñas plantaciones de marihuana en pleno monte y
hacían collares de cuentas y sobrecitos de hierbas para vender.
A los vecinos les caía bien Jon, que seguía siendo flaco, de ojos
relucientes y egoísta pero siempre dispuesto a escuchar. Y era una
época en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores,
que Jon comprendía y era capaz de explicar con paciencia. Joyce no
gozaba de tantas simpatías. Sus métodos para enseñar música se consideraban
demasiado apegados a las normas.
Joyce y Jon preparaban juntos la cena y bebían vino casero. (Jon
tenía un procedimiento para elaborar vino muy estricto y logrado.)
Joyce hablaba de las frustraciones y las situaciones cómicas del día.
Jon no hablaba mucho; le interesaba más cocinar. Pero cuando llegaba
la hora de cenar a lo mejor le hablaba a Joyce de un cliente que había
llegado, o de su aprendiza, Edie. Se reían de algo que había dicho
Edie, pero no con desprecio; Edie era como una mascota, pensaba a
veces Joyce. O como una niña. Aunque si hubiera sido una niña, su
hija, y hubiera sido como ella, estarían demasiado confusos y quizá
demasiado preocupados para reírse.
¿Por qué? ¿En qué sentido? Edie no era imbécil. Jon decía que no
era precisamente un genio de la carpintería pero que aprendía y recordaba
lo que le enseñaban. Y sobre todo no era una charlatana. Eso
era lo que más temía cuando se planteó el asunto de contratar un
aprendiz. Había un nuevo programa del gobierno, según el cual a él
le pagarían cierta cantidad por enseñar a una persona, y esa persona
cobraría lo suficiente para vivir mientras aprendía. Aunque al principio
Jon no parecía muy dispuesto, Joyce lo convenció. Ella pensaba
que tenían una obligación para con la sociedad.
Edie a lo mejor no hablaba mucho, pero cuando hablaba era rotunda.
—Me abstengo de drogas y alcohol —les dijo en la primera entrevista—.
Soy de Alcohólicos Anónimos y soy alcohólica en proceso
de recuperación. Nunca decimos que nos hemos recuperado, porque
nunca llegamos a hacerlo. No te recuperas, en toda tu vida. Tengo
una hija de nueve años, y como nació sin padre es responsabilidad
únicamente mía y mi intención es criarla como es debido. Quiero
aprender carpintería para mantener a mi hija y mantenerme a mí
misma.
Pronunciaba este discurso sentada al otro lado de la mesa de la
cocina, mirándolos fijamente, primero al uno después al otro. Era
una joven baja y robusta, que no parecía ni lo bastante mayor ni lo
bastante deteriorada para tener un pasado de gran disipación. Hombros
anchos, flequillo tupido, cola de caballo apretada, ni la más mínima
posibilidad de una sonrisa.
—Y otra cosa —añadió.
Se desabrochó y se quitó la blusa de manga larga. Debajo llevaba
una camiseta. Tenía los brazos, la parte superior del pecho y —cuando
se dio la vuelta— la parte superior de la espalda decorados con tatuajes.
Parecía que su piel se hubiese transformado en un traje, o quizá
en un tebeo con caras lascivas y tiernas al mismo tiempo, acosadas
por dragones, ballenas y llamas, demasiado intrincado o tal vez demasiado
horripilante para comprenderlo.
Lo primero que te preguntabas era si todo su cuerpo se habría
transformado de la misma manera.
—Es alucinante —dijo Joyce en el tono más neutro posible.
—Pues no sé si es alucinante, pero si hubiera tenido que pagarlo
habría costado un montón de dinero —contestó Edie—. Estuve metida
en eso durante un tiempo. Si se lo enseño es porque a algunas
personas les molestaría. O supongamos que hace calor en el cobertizo
y tengo que trabajar en camisa.
—A nosotros no —dijo Joyce mirando a Jon, que se encogió de
hombros.
Joyce le preguntó a Edie si le apetecía un café.
—No, gracias. —Edie se estaba poniendo la camisa—. Hay un
montón de gente en Alcohólicos Anónimos que parece vivir a base de
café. Y yo les digo, les digo: «¿Por qué cambiáis un mal hábito por
otro?».
—Es increíble —comentó Joyce más tarde—. Te da la sensación
de que digas lo que digas te soltará un sermón. No me he atrevido a
preguntar por la partenogénesis.
—Es fuerte —dijo Jon—. Eso es lo fundamental. Me he fijado
en sus brazos.
Cuando Jon dice «fuerte» se refiere simplemente a lo que esa palabra
significaba antes. Se refiere a que Edie puede levantar una viga.
Jon escucha CBC Radio mientras trabaja. Música, pero también
noticias, comentarios, llamadas de los radioyentes. A veces habla de
las opiniones de Edie sobre lo que han oído.
Edie no cree en la evolución.
(En un programa con participación del público varias personas
se oponían a lo que se enseñaba en los colegios.)
¿Por qué no?
—Bueno, porque en esos países de la Biblia —dijo Jon, y a continuación
adoptó el tono firme y monótono de Edie—, en esos países
de la Biblia hay un montón de monos y los monos estaban venga
a bajarse de los árboles y por eso a la gente se le metió en la cabeza la
idea de que los monos se bajaron de los árboles y se transformaron en
personas.
—Pero para empezar… —dijo Joyce.
—Eso no importa. Ni lo intentes. ¿Es que no conoces la primera
norma para discutir con Edie? No importa y cállate la boca.
Edie también estaba convencida de que las grandes compañías
farmacéuticas conocían la cura del cáncer pero tenían un acuerdo
con los médicos para guardarse la información por el dinero que ganaban
ellas y los médicos.
Cuando ponían el «Himno a la alegría» en la radio Edie obligaba
a Jon a apagarla porque era espantoso, como un funeral.
Además, pensaba que Jon y Joyce —bueno, en realidad Joyce—
no debían dejar botellas de vino a la vista en la mesa de la cocina.
—¿Y se tiene que meter en eso?
—Pues al parecer, eso cree.
—¿Cuándo inspecciona la mesa de nuestra cocina?
—Tiene que pasar por allí para ir al baño. No va a hacer pis entre
las matas.
—Pero no acabo de entender por qué tiene que meterse en…
—Y a veces entra a preparar unos bocadillos para los dos…
—¿Y qué? Es mi cocina. Nuestra cocina.
—Es que se siente amenazada por la priva. Es muy frágil todavía.
Es algo que ni tú ni yo podemos entender.
Amenaza. Priva. Frágil.
¿Cómo era posible que Jon empleara esas palabras?
Joyce debería haberlo entendido en aquel preciso instante, aunque
el mismo Jon estaba muy lejos de saberlo. Jon estaba empezando
a enamorarse.
Empezar a enamorarse. Eso sugiere cierto paso del tiempo, cierto
abandono; pero también se puede tomar como una aceleración, el
momento o el segundo en que te enamoras. Ahora Jon no está enamorado
de Edie. Tic, tac. Ahora lo está. Eso no se podía considerar probable
ni posible de ninguna manera, a menos que pensaras en que
de repente te parte un rayo, en una desgracia inesperada. El revés del
destino que deja a una persona impedida, la broma terrible que
transforma unos ojos claros en ojos ciegos.
Joyce se propuso convencerlo de que estaba equivocado. Jon tenía
tan poca experiencia con las mujeres… Ninguna, salvo con ella.
Siempre habían pensado que experimentar con diversas parejas era
pueril, que el adulterio era algo enrevesado y destructivo. Entonces
Joyce se lo planteó: ¿debería Jon haber tenido líos con otras mujeres?
Jon había pasado los oscuros meses de invierno encerrado en su
taller, expuesto a los efluvios de convencimiento de Edie. Era como
ponerse enfermo por falta de ventilación.
Edie lo volvería loco, si Jon seguía adelante y se la tomaba en serio.
—Ya lo había pensado —dijo Jon—. Quizá ya me he vuelto loco.
Joyce contestó que eso eran tonterías de adolescente, y lo hizo
sentirse desconcertado e impotente.
—Pero ¿quién te has creído que eres, un caballero de la Tabla Redonda?
¿O crees que te han dado una poción mágica?
Después dijo que lo sentía. Lo único que podían hacer era tomárselo
como un programa compartido, añadió. El valle de las sombras,
que algún día verían como un simple problema técnico en el
curso de su matrimonio.
—Nosotros sabremos solucionarlo —dijo Joyce.
Jon la miró con frialdad, pero con cierta gentileza.
—No hay ningún «nosotros» —replicó.
¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante? Joyce se lo plantea a
Jon, a sí misma y después a los demás. Una aprendiza de carpintero
torpe de andares y de ideas, con pantalones anchos y camisas de franela
y —en invierno— un jersey grueso y sin gracia moteado de serrín.
Una cabeza que pasa lenta e inexorable de una estupidez o un
lugar común a otro y eleva cada paso a la categoría de ley universal.
Una persona así ha eclipsado a Joyce, con sus piernas largas, su cintura
fina y su larga trenza de pelo oscuro y sedoso. Con su inteligencia,
su música y el segundo coeficiente intelectual más alto.
—Creo que sé qué pasó —dice Joyce.
Esto es más adelante, cuando los días se han alargado y los contoneos
de los crinums refulgen junto a las cunetas. Cuando iba a dar
clase de música con gafas oscuras para ocultar unos ojos hinchados
de llorar y beber y en lugar de volver a casa después del trabajo iba a
Willingdon Park, donde esperaba que Jon fuera a buscarla, temiendo
que se suicidara. (Jon fue, pero solo una vez.)
—Creo que fue porque había hecho la calle —dijo—. Las pros-
titutas se hacen tatuajes por el negocio, los hombres se excitan con
esas cosas. No me refiero a los tatuajes, aunque, bueno, también, claro
que también se excitan con eso; me refiero al hecho de que se hayan
vendido. Tanta disponibilidad y tanta experiencia… Y encima
reformadas. Una María Magdalena de mierda, eso es lo que es. Y Jon
es tan crío sexualmente… Te dan ganas de vomitar.
Ahora tiene amigas con las que puede hablar así. Todas tienen
algo que contar. A algunas las conocía de antes, pero no como ahora.
Hablan en confianza, beben y se ríen hasta llorar. Dicen que no se lo
pueden creer. Los hombres. Las cosas que hacen. Es asqueroso, absurdo.
Increíble.
Y por eso es verdad.
Hablando así Joyce se siente bien, realmente bien. Dice que incluso
hay momentos en que le está agradecida a Jon, porque se siente
más viva que antes. Es terrible pero maravilloso. Un nuevo comienzo.
La verdad desnuda. La vida desnuda.
Sin embargo, al despertarse a las tres o las cuatro de la madrugada no
sabía dónde estaba. No en su casa. Ahora en la casa estaba Edie. Edie
y su hija y Jon. Era un cambio que la propia Joyce había apoyado,
pensando que a lo mejor Jon entraría en razón. Se mudó a un apartamento
de la ciudad, cuya dueña era una profesora que se había tomado
un año sabático. Se despertó en plena noche con las oscilantes
luces rosas del letrero del restaurante de enfrente que destellaban por
la ventana, iluminando los chismes mexicanos de la otra profesora.
Macetas con cactos, colgantes de ojo de gato, mantas de rayas del color
de la sangre seca. Toda la perspicacia de la borrachera y toda la euforia
expulsadas como un vómito. Aparte de eso, no tenía resaca. Al parecer
era capaz de beberse ríos de alcohol y despertarse seca como el
cartón, aplanada.
Su vida acabada. Una catástrofe como tantas otras.
Lo cierto era que seguía borracha, aunque se sintiera completamente
sobria. Corría el peligro de meterse en el coche e ir a la casa.
No de caerse a una cuneta, porque en tales ocasiones conducía tranquila
y despacio, sino de aparcar en el jardín frente a las oscuras ventanas
y gritarle a Jon que tenían que acabar con aquello.
Se acabó. No está bien. Dile que se marche.
¿Te acuerdas de cuando dormíamos en el prado y al despertarnos
las vacas estaban pastando a nuestro alrededor y no nos habíamos
dado cuenta de que ya estaban allí por la noche? ¿Te acuerdas de
que nos lavábamos en el arroyo helado? Recogíamos setas en la isla
de Vancouver, volvíamos en avión a Ontario y los vendíamos para
pagarnos el viaje cuando tu madre estaba enferma y creíamos que se
moría. Y decíamos, qué cosas, si ni siquiera somos drogatas, si solo
cumplimos una misión de amor filial.
Salió el sol y los espantosos colores mexicanos empezaron a agredirla,
intensificados, y al cabo de un rato se levantó, se lavó, se dio un
toque de colorete en las mejillas, se tomó un café, espeso como el barro,
y se puso ropa nueva. Se había comprado blusas ligeras, faldas
ondulantes y pendientes adornados con plumas multicolores. Iba a
dar clase de música a los colegios como una bailarina gitana o una camarera.
Se reía de todo y coqueteaba con todo el mundo. Con el
hombre que le preparaba el desayuno en la cafetería de abajo, con
el chico que le echaba gasolina al coche y con el empleado de Correos
que le vendía sellos. Tenía la vaga idea de que Jon se enteraría de lo
guapa, lo atractiva y lo feliz que estaba, de que todos los hombres
iban detrás de ella. En cuanto salía del apartamento se ponía a actuar,
y Jon era el espectador principal, si bien a distancia. Aunque Jon
nunca se había dejado deslumbrar por un aspecto llamativo ni por
los coqueteos, jamás había pensado que era eso lo que hacía atractiva
a Joyce. Cuando viajaban, en muchas ocasiones se las arreglaban con
la misma ropa para los dos: calcetines gruesos, vaqueros, camisas oscuras,
cazadoras.
Otro cambio.
Incluso con los chicos más jóvenes o más torpes a los que daba
clase, Joyce había adoptado un tono acariciador, desbordante de risas
y picardía; resultaba irresistiblemente estimulante. Estaba preparando
a sus alumnos para el concierto de fin de curso. Hasta entonces no
le entusiasmaba esa tarde de actuación en público; pensaba que obstaculizaba
el avance de los alumnos con aptitudes, que los empujaba
a una situación para la que no estaban listos. Tanto esfuerzo y tanta
tensión solo podían crear valores falsos. Pero aquel año se entregó a
todas y cada una de las facetas del espectáculo. El programa, la iluminación,
las presentaciones y, por supuesto, las actuaciones. Debería
ser divertido, aseguraba. Divertido para los estudiantes y divertido
para el público.
Naturalmente, contaba con que Jon asistiera. La hija de Edie era
uno de los intérpretes, de modo que Edie iría. Y Jon tendría que
acompañar a Edie.
La primera aparición de Jon y Edie como pareja ante el resto del
mundo. Su declaración. No podían eludirlo. Los cambios como el
suyo no eran insólitos, sobre todo entre la gente que vivía al sur de la
ciudad, pero ellos no eran precisamente gente común. El hecho de
que tales reajustes no escandalizaran a nadie no significaba que no
llamaran la atención. Había un período necesario de curiosidad antes
de que las cosas volvieran a su sitio y la gente se acostumbrase a la
nueva unión. Como hacían ellos, y entonces se veía a la pareja recién
creada en las tiendas hablando, o al menos saludando, a los abandonados.
Pero ese no era el papel que se imaginaba Joyce que desempeña-
ría observada por Jon y Edie —bueno, en realidad por Jon— la tarde
del concierto.
¿Qué se imaginaba? Sabe Dios. No se le pasó por la cabeza que
fuera a causarle a Jon tan buena impresión que él entraría en razón
cuando apareciera para recibir los aplausos del público al final del espectáculo.
No pensó que Jon fuera a morirse de la pena por su estupidez
cuando la viera feliz y deslumbrante, dominando la situación,
y no hecha un trapo y con ganas de suicidarse, pero sí algo no muy
diferente, algo que no era capaz de definir a pesar de que en el fondo
lo esperaba.
Fue el mejor concierto de todos los años. Todo el mundo lo dijo.
Decían que había tenido más fuerza. Más entretenido, pero con mayor
intensidad. Los chicos con un vestuario que armonizaba con la
música que interpretaban. Sus rostros maquillados de tal manera que
no parecían tan asustados ni abnegados.
Cuando Joyce salió al final llevaba una camisa larga de seda negra
que lanzaba destellos de plata al moverse. También pulseras y brillos
de plata en el pelo suelto. Con los aplausos se mezclaron varios
silbidos.
Jon y Edie no estaban entre el público.
2
Joyce y Matt van a dar una fiesta en su casa de North Vancouver. Es
para celebrar que Matt cumple sesenta y cinco años. Matt es neuro –
psicólogo y un buen violinista aficionado. Así conoció a Joyce, violoncelista
profesional y su tercera esposa.
—Mira a toda esa gente —no para de decir Joyce—. Desde luego,
son la historia de toda una vida.
Es una mujer delgada e inquieta con una mata de pelo del color
del estaño y una ligera joroba, debido a tanto mimar su gran instrumento
o simplemente a su costumbre de ser una amable oyente y
siempre dispuesta conversadora.
Están los colegas de universidad de Matt, por supuesto, los que
él considera amigos íntimos. Es un hombre generoso pero sincero, de
modo que lógicamente no todos los colegas entran en esa categoría.
Está su primera esposa, Sally, acompañada por su cuidadora. Sally sufrió
daños cerebrales en un accidente de tráfico cuando tenía veintinueve
años, de modo que es prácticamente imposible que sepa quién
es Matt o quiénes son sus tres hijos, ya mayores, o que esa es la casa
donde vivía cuando era joven y estaba casada. Pero mantiene intactos
sus agradables modales y le encanta conocer gente, aunque ya la haya
conocido hace quince minutos. Su cuidadora es una mujercita escocesa
muy arreglada que cada dos por tres explica que no está acostumbrada
a las fiestas ruidosas como esa y que no bebe mientras trabaja.
Doris, la segunda esposa de Matt, vivió con él menos de un año,
aunque estuvo casada con él durante tres. Ha ido con su pareja,
Louise, mucho más joven que ella, y la hija de ambas, a quien Louise
había dado a luz unos meses antes. Doris ha seguido siendo amiga
de Matt y sobre todo del hijo menor de Matt y Sally, Tommy, que era
lo bastante pequeño para quedar a su cuidado cuando estaba casada
con su padre. También están presentes los dos hijos mayores de
Matt, con sus hijos y las madres de sus hijos, aunque una de ellas ya
no está casada con el padre. Él va acompañado por su actual pareja y
el hijo de esta, que se está peleando con uno de los hijos de la misma
línea por ver a quién le toca subirse al columpio.
Tommy ha llevado por primera vez a su amante, Jay, que de momento
no ha dicho nada. Tommy le ha dicho a Joyce que Jay no está
acostumbrado a las familias.
—Lo compadezco —dice Joyce—. En realidad, antes yo tampoco
lo estaba.
Se ríe; apenas para de reírse mientras explica la situación de los
miembros oficiales y distantes de lo que Matt llama el clan. Ella no
tiene hijos, pero sí un ex marido, Jon, que vive en una ciudad fabril
de la costa que pasa por una mala racha. Lo había invitado a la fiesta,
pero no podía asistir. Bautizaban al nieto de su tercera esposa el
mismo día. Naturalmente, Joyce también había invitado a la esposa,
que se llama Charlene y regenta una panadería. Ella había escrito la
amable nota sobre el bautizo que llevó a Joyce a decirle a Matt que le
resultaba increíble que Jon se hubiera metido en la religión.
—Ojalá hubieran podido venir —dice tras explicarle todo esto a
un vecino. (Han invitado a los vecinos para que no se quejen del ruido)—.
Así yo también habría participado en estas complicaciones.
Hubo una segunda esposa, pero no tengo ni idea de adónde ha ido a
parar y creo que él tampoco.
Hay un montón de comida, que han cocinado Matt y Joyce y
que ha llevado la gente, y un montón de vino y de ponche de frutas
para los niños y de auténtico ponche que Matt ha preparado especialmente
para la ocasión, en recuerdo de los viejos tiempos, dice,
cuando la gente sabía beber de verdad. Asegura que lo habría metido
en un cubo de basura bien fregado, como hacían entonces, pero que
hoy en día a todo el mundo le daría aprensión bebérselo. De todos
modos, la mayoría de los adultos jóvenes ni lo tocan.
El jardín es grande. Hay críquet, para quien quiera jugar, y está
el disputado columpio de su infancia que Matt ha sacado del garaje.
Muchos de los niños solo han visto columpios en los parques y módulos
de plástico en los jardines traseros. Sin duda Matt es una de las
últimas personas de Vancouver que tiene un columpio de su infancia
y que vive en la casa en que se crió, una casa en Windsor Road, en la
ladera de Grouse Mountain, donde antes estaba la linde del bosque.
Ahora las viviendas no paran de amontonarse ladera arriba, la mayoría
como castillos con garajes gigantescos. Esta casa tendrá que desaparecer
un día de estos, dice Matt. Los impuestos son espantosos.
Tendrá que desaparecer, y un par de monstruosidades ocuparán su
lugar.
Joyce no se imagina su vida con Matt en otro sitio. Aquí siempre
pasan tantas cosas… Gente que viene y va, se deja cosas (niños incluidos)
y las recoge más tarde. El cuarteto de cuerda de Matt en el
estudio los domingos por la tarde, la reunión de la Hermandad Unitaria
en el salón los domingos por la noche, la planificación de la estrategia
del Partido Verde en la cocina. El grupo de lectura de teatro
dramatiza en la parte delantera de la casa mientras alguien desgrana
los detalles del drama de la vida real en la cocina (la presencia de Joyce
se requiere en ambos sitios). Matt y unos colegas de la facultad negocian
la estrategia en el estudio con la puerta cerrada.
Joyce comenta con frecuencia que Matt y ella raramente están
juntos a solas, salvo en la cama.
—Y él leyendo algo importante.
Mientras ella lee algo sin importancia.
Da igual. A Matt lo animan una cordialidad y un entusiasmo
que ella podría necesitar. Incluso en la universidad —donde se relaciona
con estudiantes de posgrado, colaboradores, posibles enemigos
y detractores— da la impresión de moverse en un torbellino difícil de
controlar. En su momento a Joyce todo aquello le había parecido reconfortante,
y probablemente se lo seguiría pareciendo, si tuviera tiempo
para verlo desde fuera. Probablemente se envidiaría a sí misma,
desde fuera. Quizá la gente la envidiaba, o al menos la admiraba,
pensando que encajaba tan bien con él, con todos sus amigos, obligaciones
y actividades, y naturalmente por su propia trayectoria pro-
fesional. Al verla nadie pensaría en que cuando llegó a Vancouver se
sentía tan sola que accedió a salir con el chico de la tintorería, diez
años demasiado joven para ella. Y después Matt la sacó del pozo.
En este momento está atravesando el césped con un chal en el
brazo para la anciana señora Fowler, la madre de Doris, la segunda
esposa y lesbiana tardía. La señora Fowler no puede estar sentada al
sol, pero a la sombra tiene escalofríos. Y en la otra mano lleva un vaso
de limonada recién hecha para la señora Gowan, la cuidadora de
Sally. A la señora Gowan le parece demasiado dulce el ponche para
los niños. No le permite a Sally que beba nada; podría derramárselo
sobre el bonito vestido o tirárselo a alguien si le da por ponerse traviesa.
A Sally no parece importarle que la priven de eso.
En el trayecto por el césped Joyce sortea un grupo de jóvenes
sentados en círculo. Tommy, su nuevo amigo, otros amigos a los que
ha visto con frecuencia en la casa y algunos a los que cree no haber
visto nunca. Oye decir a Tommy:
—No, no soy Isadora Duncan.
Todos se echan a reír.
Joyce comprende que deben de estar jugando a ese juego complicado
y esnob, tan de moda hace unos años. ¿Cómo se llamaba?
Cree que empezaba por B. Habría pensado que actualmente la gente
era demasiado antielitista para dedicarse a semejante pasatiempo.
Buxtehude. Lo ha dicho en alto.
—Estáis jugando al Buxtehude.
—Por lo menos has adivinado la B —dice Tommy, riéndose de
ella para que los demás también puedan reírse—. No, si mi belle mère
no es tonta. Pero es música. ¿No era músico Buxtahoody?
—Buxtehude recorrió ochenta kilómetros a pie para oír a Bach
tocar el órgano —responde Joyce con cierto mal humor—. Sí. Era
músico.
—Joder —dice Tommy.
Una chica del círculo se pone en pie y Tommy la llama.
—Oye, Christie. Christie. ¿No vas a seguir jugando?
—Ahora vuelvo. Voy a esconderme un rato entre los arbustos
con mi repugnante cigarrillo.
La chica lleva un vestido negro, corto y con volantes, que recuerda
una prenda de lencería o un camisón, y una chaquetita negra,
austera pero escotada. Pelo escaso y descolorido, rostro esquivo y descolorido,
cejas invisibles. A Joyce le desagrada inmediatamente. Una
de esas chicas cuya misión en la vida consiste en hacer que la gente se
sienta incómoda, piensa. Colándose —Joyce presume que debe de
haberse colado— en una fiesta en casa de unas personas a las que no
conoce pero a las que se cree con derecho a despreciar. Por su espontaneidad
y alegría (¿superficiales?) y su hospitalidad burguesa. (¿Se sigue
diciendo «burgués»?)
No es que los invitados no puedan fumar donde les apetezca. No
hay ningún cartelito latoso, ni siquiera dentro de la casa. Joyce nota
que le arrebatan gran parte de su alegría.
—Tommy —dice bruscamente—. Tommy, ¿te importaría llevarle
este chal a la abuela Fowler? Parece que tiene frío. Y la limonada es
para la señora Gowan. Ya sabes. La persona que está con tu madre.
No viene mal recordarle ciertas relaciones y responsabilidades.
Tommy se pone en pie rápidamente y con gesto cortés.
—Botticelli —dice, aliviándola del chal y el vaso.
—Perdón. No quería interrumpir el juego.
—De todos modos no se nos da nada bien —dice un chico a
quien Joyce conoce. Justin—. No somos tan listos como erais vosotros
antes.
—Eso es. Antes —dice Joyce. Momentáneamente perdida, sin
saber qué hacer ni adónde ir.
Están fregando los platos en la cocina. Joyce, Tommy y el nuevo amigo,
Jay. La fiesta ha terminado. La gente se ha marchado entre abrazos,
besos y alboroto, algunos con bandejas de comida para las que
Joyce no tiene sitio en la nevera. Han tirado ensaladas mustias, tartas
de nata y huevos picantes. De todos modos, pocos huevos picantes
han comido. Trasnochados. Demasiado colesterol.
—Una lástima, con el trabajo que han dado. A lo mejor a la gente
le han recordado las cenas de la iglesia —dice Joyce vaciando un
plato entero en el cubo de la basura.
—Mi abuela los hacía —dice Jay.
Son las primeras palabras que le ha dirigido a Joyce, y ella ve la
expresión agradecida de Tommy. Ella también está agradecida, a pesar
de que Jay la haya incluido en la categoría de su abuela.
—Nosotros hemos comido unos cuantos y estaban buenos
—dice Tommy.
Jay y él llevan al menos media hora trajinando con Joyce, recogiendo
los vasos, platos y cubiertos que había diseminados por la
hierba, la galería y toda la casa, incluso en los sitios más curiosos,
como en las macetas y bajo los cojines del sofá.
Los chicos —ella los considera chicos— han llenado el lavaplatos
con más maña de la que habría tenido ella, rendida como está, y
han llenado los fregaderos, uno con agua caliente y jabón y el otro
con agua fría para enjuagar los vasos.
—Podríamos dejarlos para cuando pongamos en marcha el lavaplatos
otra vez —ha dicho Joyce, pero Tommy se ha negado.
—No se te ocurriría meterlos en el lavaplatos si todo lo que has
tenido que hacer hoy no te hubiera hecho perder el juicio.
Jay friega, Joyce seca y Tommy recoge. Aún recuerda dónde va
cada cosa en esa casa. En el porche Matt mantiene una enérgica con-
versación con un señor del departamento. Al parecer no está tan borracho
como daban a entender los múltiples abrazos y las prolongadas
despedidas de hace un rato.
—Es posible que haya perdido el juicio —dice Joyce—. De momento
lo que me pide el cuerpo es librarme de todo esto y comprarlo
de plástico.
—El síndrome posfiesta —asegura Tommy—. Lo conocemos
muy bien.
—¿Y quién es esa chica del vestido negro? —pregunta Joyce—.
La que ha dejado de jugar.
—¿Christie? Debes de referirte a Christie. Christie O’Dell. Es la
mujer de Justin, pero conserva su apellido. Conoces a Justin, ¿no?
—Claro que conozco a Justin. Lo que no sabía es que estuviera
casado.
—Hay que ver qué mayores se hacen todos —dijo Tommy, burlón—.
Justin tiene treinta años —añade—. Probablemente ella es
mayor.
—Mucho mayor, desde luego —dice Jay.
—Tiene un aspecto interesante esa chica —dice Joyce—. ¿Có –
mo es?
—Es escritora. Está bien.
Inclinándose sobre el fregadero, Jay hace un ruido que Joyce no
sabe interpretar.
—Es muy dada a mantener las distancias —dice Tommy dirigiéndose
a Jay—. ¿O me equivoco? ¿A ti qué te parece?
—Se cree la hostia —contesta Jay con toda claridad.
—Bueno, acaba de publicar su primer libro —dice Tommy—.
No me acuerdo del título. Es como de manual de instrucciones. No
me parece buen título. Cuando sacas tu primer libro, supongo que
eres la hostia por una temporada.
Al pasar ante una librería de Lonsdale unos días más tarde, Joyce ve
la cara de la chica en un cartel. Y allí está su nombre, Christie O’-
Dell. Lleva sombrero negro y la misma chaquetita negra de la fiesta.
Entallada, austera, muy escotada. Aunque prácticamente no tiene
nada de lo que presumir en esa zona. Mira directamente a la cámara,
con su mirada sombría, herida, vagamente acusadora.
¿Dónde la ha visto Joyce? En la fiesta, claro. Pero incluso entonces,
con su rechazo probablemente injustificado, tuvo la sensación de
que conocía aquella cara.
¿Una alumna? Había tenido tantos alumnos en sus tiempos…
Entra en la librería y compra un ejemplar del libro. Cómo hemos
de vivir. Sin signos de interrogación. La mujer que se lo ha vendido
dice: «Y si lo trae el viernes por la tarde, entre las dos y las cuatro, la
autora estará aquí para firmárselo. No arranque la etiqueta dorada
para que se vea que lo ha comprado aquí».
Joyce nunca ha llegado a comprender eso de hacer cola para ver
unos momentos al autor y después marcharse con el nombre de un
desconocido escrito en tu libro. Así que murmura algo cortésmente,
sin dar a entender ni sí ni no.
Ni siquiera sabe si leerá el libro. De momento tiene a medias un
par de buenas biografías que sin duda son más de su gusto.
Cómo hemos de vivir es una colección de relatos, no una novela.
Eso ya supone una decepción. Parece mermar la autoridad del libro,
da la impresión de que la autora se queda a las puertas de la literatura
en lugar de encontrarse acomodada dentro.
Sin embargo, Joyce se lleva el libro a la cama esa noche y consulta
el índice con diligencia. En mitad de la lista le llama la atención un
título.
—«Kindertotenlieder».
Mahler. Terreno conocido. Más tranquila, va a la página indicada.
Alguien, probablemente la autora, ha tenido el sentido común de
poner una traducción.
«Canciones a la muerte de los niños.»
Matt resopla a su lado.
Joyce sabe que no está de acuerdo con algo de lo que lee y que le
gustaría que ella le preguntara qué es. Así que se lo pregunta.
—Por Dios. Menudo imbécil.
Joyce deja Cómo hemos de vivir boca abajo sobre su pecho y hace
unos ruiditos para demostrar que le está prestando atención a Matt.
En la contracubierta del libro aparece la misma foto de la autora,
en esta ocasión sin sombrero. Igualmente adusta, y huraña, pero un
poco menos pretenciosa. Mientras Matt habla, Joyce mueve las rodillas
para apoyar el libro sobre ellas y leer las pocas frases de la nota
biográfica de la cubierta.
Christie O’Dell se crió en Rough River, un pueblo de la costa
de la Columbia Británica. Cursó el Programa de Escritura Creativa de
la Universidad de la Columbia Británica. Vive en Vancouver, Columbia
Británica, con su marido, Justin, y su gato, Tiberius.
Después de explicarle en qué consiste la imbecilidad de su libro,
Matt levanta la vista para mirar el libro de Joyce y dice:
—Esa chica estuvo en nuestra fiesta.
—Sí. Se llama Christie O’Dell. Es la mujer de Justin.
—¿Y ha escrito un libro? ¿De qué?
—De ficción.
—Ah.
Matt reanuda la lectura pero al cabo de un momento con un
dejo de arrepentimiento, le pregunta:
—¿Está bien?
—Todavía no lo sé. «Ella vivía con su madre —lee Joyce—, en
una casa entre las montañas y el mar…»
Nada más leer esas palabras se siente demasiado incómoda para
seguir leyendo. O para seguir leyendo con su marido al lado. Cierra
el libro y dice:
—Creo que me voy abajo un rato.
—¿Te molesta la luz? Estaba a punto de apagarla.
—No. Creo que me apetece un té. Ahora te veo.
—Probablemente me quedaré dormido.
—Entonces, buenas noches.
—Buenas noches.
Joyce le da un beso y coge el libro.
Ella vivía con su madre en una casa entre las montañas y el mar. Antes
había vivido con la señora Noland, que tenía una casa de acogida.
El número de niños que había en la casa cambiaba de vez en cuando,
pero siempre eran demasiados. Los pequeños dormían en una cama
en medio de la habitación y los mayores en catres a ambos lados de la
cama para que los pequeños no se cayeran. Sonaba una campana para
despertarlos por la mañana. La señora Noland se quedaba en la puerta
y tocaba la campana. Cuando volvía a tocarla tenías que haber hecho
pis, haberte lavado y estar vestido y listo para desayunar. Después
los mayores debían ayudar a los pequeños a hacer las camas. A
veces los pequeños del centro habían mojado la cama porque les costaba
trabajo salir a cuatro patas por encima de los mayores. Algunos
mayores se chivaban pero otros eran más amables y se limitaban a tirar
de las sábanas y a dejarlas secar, y a veces cuando volvías a la cama
por la noche no estaban del todo secas. Eso era casi todo lo que recordaba
de la casa de la señora Noland.
Después se fue a vivir con su madre, y todas las noches su madre
la llevaba a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Tenía que llevarla
porque no había nadie con quien dejarla. En Alcohólicos Anónimos
había una caja de Lego para que jugaran los niños pero a ella no le
gustaban mucho los Lego. Cuando empezó a estudiar violín en el colegio
la madre se llevaba el violín a Alcohólicos Anónimos. Aunque
allí no le permitían tocar, no podía perderlo de vista porque era del
colegio. Si la gente se ponía a hablar muy alto ella ensayaba bajito.
Las clases de violín eran en el colegio. Si no querías tocar un instrumento
podías tocar el triángulo, pero la profesora prefería que tocaras
algo más potente. La profesora era una mujer alta de pelo castaño
que normalmente llevaba recogido en una larga trenza que le
caía por la espalda. No olía como las demás profesoras. Algunas se
ponían perfume, pero ella nunca. Olía a madera o a estufa o a árboles.
Más adelante la niña pensó que el olor era a cedro machacado.
Cuando la madre de la niña empezó a trabajar para el marido de la
profesora olía a lo mismo, pero no exactamente igual. La diferencia
parecía consistir en que su madre olía a madera y la profesora olía a
la madera de la música.
La niña no estaba muy dotada pero trabajaba mucho. No lo hacía
porque le gustara la música. Lo hacía por amor a la profesora,
nada más.
Joyce deja el libro en la mesa de la cocina y vuelve a mirar el retrato
de la autora. ¿Tiene algo de Edie esa cara? Nada. Nada, ni en los rasgos
ni en la expresión.
Se levanta y coge el brandy; se pone un poco en el té. Intenta hacer
memoria del nombre de la hija de Edie. Christie no, desde luego.
No recordaba que Edie la hubiera llevado nunca a la casa. En el colegio
había entonces varios niños que estudiaban violín.
La niña no debía de carecer por completo de aptitudes, pues Joyce
la habría derivado hacia algo menos difícil que el violín. Pero no
estaría muy dotada —bueno, eso es lo que pasaba, no estaba do ta –
da— de lo contrario a Joyce se le habría quedado su nombre.
Un rostro sin expresión. Una borrosa puerilidad femenina. Aunque
había algo que Joyce reconoció en el rostro de la chica, la mujer,
adulta.
Era probable que hubiese ido a la casa si Edie estaba ayudando a
Jon un sábado. O incluso en aquellos días en los que Edie se presentaba
como una especie de visita, no para trabajar sino para ver cómo
iba el trabajo, echar una mano en caso necesario. Plantificarse a mirar
lo que quiera que estuviera haciendo Jon y meterse en cualquier
conversación que pudiera tener con Joyce en su valioso día libre.
Christine. Claro. Eso era. Fácil de cambiar por Christie.
Christine debía de estar de alguna manera al tanto del noviazgo;
Jon debía de pasarse por el apartamento, al igual que Edie se pasaba
por la casa. Quizá Edie había sondeado a la niña.
¿Qué te parece Jon?
¿Qué te parece la casa de Jon?
¿No estaría bien irse a vivir a casa de Jon?
Mamá y Jon se gustan mucho, y cuando dos personas se gustan
mucho quieren vivir en la misma casa. Tu profesora de música y Jon
no se gustan tanto como mamá y Jon, así que mamá, Jon y tú viviréis
en casa de Jon y tu profesora de música se irá a vivir a un apartamento.
Todo eso era absurdo; Edie jamás soltaría semejantes chorradas,
reconócelo.
Joyce cree saber qué sesgo tomará la historia. La niña hecha un
lío con los asuntos y los engaños de los adultos, zarandeada de acá
para allá. Pero cuando vuelve a coger el libro descubre que apenas se
menciona el cambio de vivienda.
Todo gira alrededor del amor de la niña por la profesora.
El jueves, el día de la clase de música, es el día memorable de la
semana; su felicidad o desdicha depende del éxito o el fracaso de la interpretación
de la niña y de la atención que la profesora preste a la
interpretación. Ambas cosas son casi insoportables. Aunque la voz de
la profesora fuera controlada, bondadosa y bromista para disimular
su desánimo y su decepción. La niña se siente fatal. O la profesora de
repente parece contenta y de buen humor.
—Muy bien. Muy bien. Hoy sí que has dado la talla.
Y la niña se siente tan feliz que tiene retortijones en las tripas.
Luego llega el jueves en que la niña tropieza en el patio del recreo
y se hace un arañazo en la rodilla. La profesora limpiando la herida
con un paño húmedo y templado, con voz repentinamente dulce
asegurando que eso se merece algo especial al tiempo que se
acerca al cuenco de los Smarties con que anima a los niños más pequeños.
—¿Cuál prefieres?
La niña, abrumada, dice:
—Cualquiera.
¿Es el comienzo de un cambio? ¿Es por la primavera, los preparativos
del concierto?
La niña se siente única. Va a ser solista. Eso significa que tiene
que quedarse después de clase los jueves para ensayar, así que no puede
coger el autobús escolar para salir de la ciudad hasta la casa donde
viven su madre y ella. La lleva la profesora en su coche. Por el camino
le pregunta si está nerviosa por el concierto.
Un poco.
Pues entonces, dice la profesora, tiene que acostumbrarse a pensar
en algo muy bonito. Como un pájaro cruzando el cielo. ¿Qué pájaro
prefiere?
Otra vez las preferencias. La niña no puede pensar, no puede
pensar en ningún pájaro. Y suelta:
—¿Un cuervo?
La profesora se ríe.
—Vale. Vale. Piensa en un cuervo. Justo antes de empezar a tocar
piensa en un cuervo.
Después, quizá para contrarrestar la risa, al percibir la humillación
de la niña, la profesora propone que vayan a Willingdon Park a
ver si el puesto de helados está abierto para el verano.
—¿No se preocupan si no vuelves enseguida a casa?
—Saben que estoy con usted.
El puesto de helados está abierto, pero tiene una oferta muy limitada.
Todavía no han llevado los sabores más fascinantes. La niña
elige la fresa; esta vez tenía la respuesta preparada con gran agitación
y dicha. La profesora escoge la vainilla, como muchos adultos. Sin
embargo, bromea con el dependiente y le dice que como no se dé prisa
en llevar ron con pasas empezará a caerle mal.
Quizá sea entonces cuando se produce otro cambio. Al oír a la
profesora hablar de esa manera, con descaro, casi como hablan las
chicas mayores, la niña se tranquiliza. A partir de aquel momento se
siente menos atenazada por la adoración, pero completamente feliz.
Van en el coche hasta el muelle para ver los botes amarrados, y la profesora
dice que siempre ha querido vivir en una casa flotante. A que
sería divertido, dice, y naturalmente, la niña le da la razón. Señalan
la que escogerían. Es de factura casera, y está pintada de azul claro,
con una hilera de ventanitas en las que hay macetas de geranios.
Eso las lleva a una conversación sobre la casa donde vive actualmente
la niña, la casa donde vivía la profesora. Y después, en sus viajes
en coche, vuelve a surgir el tema con frecuencia. La niña cuenta
que le gusta tener un dormitorio para ella sola pero no le gusta lo os-
curo que está fuera. A veces cree oír animales salvajes cerca de su ventana.
—¿Qué animales salvajes?
Osos, pumas. Su madre dice que están en el bosque y que nunca
llegan hasta allí.
—¿Te metes corriendo en la cama de tu madre cuando los oyes?
—Se supone que no debo.
—¡Dios mío! ¿Por qué?
—Está Jon.
—¿Qué dice Jon de los osos y los pumas?
—Dice que solo son ciervos.
—¿Se enfadó con tu madre por lo que ella te había dicho?
—No.
—Me imagino que no se enfada nunca.
—Una vez se enfadó un poco. Cuando mi madre y yo le tiramos
todo su vino al fregadero.
La profesora dice que es una lástima tener siempre miedo del
bosque. Se puede pasear por allí, dice, sin que te molesten los animales
salvajes, sobre todo si haces algún ruido, cosa que normalmente
haces. Ella conoce los senderos más resguardados y los nombres de
todas las flores silvestres que están a punto de salir. Violetas de perro.
Trilios. Violetas moradas y colombinas. Lirios de chocolate.
—Creo que se llaman de otro modo, pero a mí me gusta llamarlas
lirios de chocolate. Es un nombre delicioso. No tiene nada que
ver con el sabor, por supuesto, sino con el aspecto. Parecen de chocolate
con un trocito morado, como moras machacadas. No abundan
pero yo sé dónde hay unos cuantos.
Joyce vuelve a dejar el libro. Ahora, ahora comprende el giro, presiente
el horror que se avecina. La niña inocente, la adulta enfermiza
y astuta, esa seducción. Debería haberlo sabido. Todo muy de moda
hoy en día, algo prácticamente obligatorio. Los bosques, las flores de
primavera. Aquí era donde la autora injertaba su odiosa ficción en la
gente y la situación que había sacado de la vida real, demasiado perezosa
para inventar pero no para difamar.
Porque una parte era verdad, desde luego. Joyce recuerda cosas
que había olvidado. Llevar a Christine a casa con el coche, sin pensar
jamás en ella como Christine sino como la hija de Edie. Recuerda
que no podía entrar en el jardín para dar la vuelta, que siempre dejaba
a la niña junto a la carretera y que después seguía unos trescientos
metros para buscar un sitio donde girar. No recuerda nada del helado.
Pero había una casa flotante exactamente como la que estaba
amarrada en el muelle. Incluso las flores, y el artero interrogatorio a
la niña; eso podía ser verdad.
Joyce tiene que continuar. Le gustaría servirse más brandy, pero
tiene ensayo a las nueve de la mañana.
Nada por el estilo. Ha vuelto a equivocarse. Los bosques y los lirios
de chocolate desaparecen del relato, el concierto apenas se menciona.
El colegio acaba de terminar. Y la mañana del domingo de la última
semana la niña se despierta temprano. Oye la voz de la profesora en
el jardín y se acerca a la ventana de su habitación. La profesora está
en su coche, con la ventanilla bajada, hablando con Jon. El coche lleva
un pequeño remolque. Jon va descalzo, con el torso desnudo, solamente
con los vaqueros. Llama a la madre de la niña, que sale por
la puerta de la cocina y da unos pasos por el jardín, pero no llega hasta
el coche. Lleva una camisa de Jon a modo de bata. Siempre lleva
manga larga para ocultar los tatuajes.
La conversación es sobre algo del apartamento que Jon promete
recoger. La profesora le lanza las llaves. Después, quitándose la pala-
bra de la boca el uno al otro, Jon y la madre de la niña insisten para
que se lleve otras cosas. Pero la profesora se ríe desabridamente y
dice: «Todo vuestro». Enseguida Jon dice: «Vale. Hasta pronto», y la
profesora repite: «Hasta pronto», y la madre de la niña no dice nada
audible. La profesora se ríe como antes y Jon le indica cómo dar la
vuelta en el jardín con el coche y el remolque. La niña ya está corriendo
escaleras abajo en pijama, aunque sabe que la profesora no
está de humor para hablar con ella.
—Acaba de irse —dice la madre de la niña—. Tenía que coger el
ferry.
Se oye un bocinazo, Jon levanta una mano. Después cruza el jardín
y le dice a la madre de la niña: «Ya está».
La niña pregunta si la profesora va a volver y Jon dice:
—No creo.
Lo que ocupa otra media página es la cada vez más clara comprensión
de la niña de lo que ha ocurrido. A medida que se hace mayor
recuerda ciertas preguntas, el sondeo en apariencia casual. Información
—en realidad bastante inútil— sobre Jon (a quien ella no
llama Jon) y su madre. ¿A qué hora se levantaban por la mañana?
¿Qué les gustaba comer? ¿Cocinaban juntos? ¿Qué oían en la radio?
(Nada. Habían comprado una televisión.)
¿Qué se proponía la profesora? ¿Esperaba oír cosas desagradables?
¿O solo anhelaba oír lo que fuera, estar en contacto con alguien
que dormía bajo el mismo techo, comía en la misma mesa, estaba
junto a esas dos personas a diario?
Eso es lo que la niña nunca sabrá. Lo que sí sabe es lo poco que
importaba ella, cómo se había manipulado su cariño, hasta qué punto
era una pobre inocentona. Y eso la llena de amargura, claro que sí.
De amargura y orgullo. Se considera una persona a la que jamás volverán
a tomar el pelo.
Sin embargo, ocurre algo. Y he aquí el final inesperado. Su opinión
sobre la profesora y esa época de su infancia cambia un buen
día. No sabe ni cómo ni cuándo, pero se da cuenta de que ya no cree
que esa época fuera una mentira. Piensa en la música que tan dolorosamente
aprendió a tocar (por supuesto la dejó, incluso antes de la
adolescencia). El empuje de sus esperanzas, las rachas de felicidad, los
nombres curiosos y encantadores de las flores del bosque que nunca
llegó a ver.
El amor. Lo agradecía. Casi parecía que tuviera que producirse
un ahorro aleatorio y, por supuesto, injusto en los gastos emocionales
del mundo, como si la gran felicidad de una persona —aunque fuera
pasajera y endeble— pudiera derivar de la gran infelicidad de otra.
Pues sí, piensa Joyce. Sí.
El viernes por la tarde Joyce va a la librería. Lleva su libro para que se
lo firmen, y también una caja pequeña de Le Bon Chocolatier. Se
pone en la cola. Le sorprende un poco ver cuánta gente ha ido. Mujeres
de su edad, mujeres mayores y más jóvenes. Unos cuantos hombres,
todos más jóvenes, algunos acompañando a sus novias.
La señora que le vendió el libro la reconoce.
—Me alegro de volver a verla —dice—. ¿Ha leído la crítica del
Globe? ¡Caray!
Joyce está aturdida, incluso tiembla un poco. Le cuesta trabajo
hablar.
La señora pasa junto a la cola, explicando que la autora solo puede
firmar los ejemplares comprados en esa librería, que no aceptan
cierta antología en la que aparece uno de los relatos de Christie
O’Dell y que lo lamenta.
Joyce tiene delante una señora alta y ancha y no consigue ver a
Christie O’Dell hasta que la mujer se inclina para poner el libro so-
bre la mesa de firmas. Entonces ve a una joven completamente distinta
de la chica del cartel y de la chica de la fiesta. Ha desaparecido
el conjunto negro, también el sombrero negro. Christie O’Dell lleva
una chaqueta de brocado de seda rosa oscuro, con diminutas cuentas
doradas cosidas a las solapas. Debajo, una delicada camisola rosa.
Lleva el pelo recién teñido de dorado, aros de oro en las orejas y
una cadena de oro fina como un cabello alrededor del cuello. Sus labios
brillan como pétalos de flor y los párpados están sombreados de
ocre.
En fin…, ¿quién querría comprar un libro escrito por un quejica
o un fracasado?
Joyce no tiene pensado qué va a decir. Confía en que se le ocurra
algo.
La dependienta vuelve a hablar.
—¿Ha abierto el libro por la página donde quiere la firma?
Joyce tiene que dejar la caja para hacerlo. Nota una palpitación
en la garganta.
Christie O’Dell levanta la vista y la mira, le sonríe; una sonrisa
de refinada cordialidad, de distanciamiento profesional.
—¿Cómo se llama?
—Joyce. Con eso vale.
El tiempo pasa con mucha rapidez.
—¿Nació usted en Rough River?
—No —dice Christie O’Dell un tanto fastidiada o al menos más
apagada—. Viví allí una temporada. ¿Pongo la fecha?
Joyce recupera su caja. En Le Bon Chocolatier vendían flores de
chocolate, pero no lirios. Solamente rosas y tulipanes. Así que había
comprado tulipanes, que en realidad no son tan distintos de los lirios.
Ambos son bulbos.
—Quiero darle las gracias por «Kindertotenlieder» —dice tan
precipitadamente que casi se traga la larga palabra—. Para mí significa
mucho. Le he traído un regalo.
—Una historia preciosa, ¿verdad? —La dependienta coge la
caja—. Voy a guardar esto.
—No es una bomba —dice Joyce riéndose—. Son lirios de chocolate.
Tulipanes, en realidad. Como no tenían lirios he traído tulipanes.
Creo que son lo que más se les parece.
Se da cuenta de que la dependienta ya no sonríe, sino que la mira
con dureza.
—Gracias —dice Christie O’Dell.
El rostro de la chica no expresa ni pizca de reconocimiento. La chica
no conoció a Joyce hace años en Rough River ni hace dos semanas
en la fiesta. Ni siquiera parece que haya reconocido el título de su propio
relato. Se diría que no tiene nada que ver con él. Como si fuera
algo de lo que se hubiera librado y hubiera dejado tirado en la hierba.
Christie O’Dell sigue sentada y escribe su nombre como si fueran
las únicas palabras escritas de las que pudiera hacerse responsable
en este mundo.
—Ha sido un placer charlar con usted —dice la dependienta,
aún mirando la caja que la chica de Le Bon Chocolatier ha adornado
con una cinta amarilla enroscada.
Christie O’Dell ha levantado la vista para saludar a la siguiente
persona de la cola y Joyce al fin tiene la sensatez de marcharse, antes
de convertirse en el hazmerreír de la gente y de que su caja, quién
sabe, se convierta en objeto de interés para la policía.
Andando por Lonsdale Avenue, cuesta arriba, se siente hundida, pero
poco a poco va recuperando la calma. Todo aquello incluso podría
acabar como una historia divertida que algún día contaría. No le sorprendería
Sindbad El Marino.Parte 1
Quiero compartir este hermoso clásico que me contaba el Tío Kamil. Sentado en su silla de paja en la puerta de su tiendita. “Mercería Tío Kamil” ” Ramos Generales” Tomado de…
Origen: Sindbad El Marino.Parte 1
Cuento Búlgaro. La pastora que se convirtió en zarina
Una vez hubo un Zar que mandó decir que quien pudiese romper una piedra, de forma que saliese sangre, sería nombrado primer dignatario del reino.
De todas partes llegaron valientes muchachos, pero ninguno de ellos pudo romper la piedra; además no sabían cómo se podía matar una piedra.
En un pueblo vivía una honrada muchacha que cuidaba ovejas, y cuando oyó lo que había dicho el Zar, se vistió de hombre, fue a su presencia y le dijo:
-Señor, yo puedo matar la piedra.
Por todas partes se extendió la noticia de que había alguien que decía poder matar a la piedra, y muchísima gente vino a ver cómo lo hacía.
Cuando llegó el día señalado, el Zar y todos sus dignatarios salieron de la ciudad y se dirigieron a una explanada, y allí, ante todos, era donde la muchacha debía matar la piedra.
La joven sacó el cuchillo, se volvió al Zar y dijo:
-Señor, si quieres que mate la piedra, dale primero un alma, y si entonces no la mato, te ofreceré mi cabeza.
El Zar se sorprendió de lo que oía y dijo:
-Eres el más inteligente de mis súbditos, y voy a nombrarte primer dignatario; si además haces lo que voy a decirte, serás para mí como un hijo.
La joven respondió:
-Dime, señor, lo que deseas; haré todo lo que pueda para hacer lo que me ordenes.
El Zar dijo:
-Dentro de tres días volverás otra vez aquí; cuando llegues, cabalgarás y no cabalgarás, me harás un regalo y no me lo harás; todos, dignatarios o no, saldremos a recibirte y tú llevarás a la gente a donde te reciban y no te reciban.
La pastora volvió a su pueblo y pidió a los campesinos que capturaran tres o cuatro liebres y dos palomas. Los campesinos lo hicieron así.
Al llegar el tercer día, cuando la muchacha tenía que volver a presencia del Zar, puso a cada liebre en un saco distinto, se los dio a los campesinos para que los llevaran y les dijo:
-Soltad los animales cuando yo os diga.
Ella cogió las dos palomas, se montó en una cabra y se dirigió al encuentro del Zar; antes había mandado emisarios para que anunciasen su llegada.
El Zar, al enterarse de que la pastora se aproximaba, salió de la ciudad a recibirla, con todos los dignatarios y una multitud de curiosos. Cuando la joven estaba cerca del Zar, vio que había acudido mucha gente a recibirla y, al aproximarse aún más, ordenó a los campesinos que soltasen las liebres ante la multitud. Tan pronto como vieron correr los animales, la gente se lanzó en su persecución, intentando atraparlos.
La pastora, que iba montada en la cabra, andaba llevando al animal entre las piernas, y levantando alternativamente los pies cabalgaba sobre el animal.
Cuando llegó junto al Zar, sacó las dos palomas del pecho y se las entregó. En el instante en que el Zar abría las manos para recibirlas, la muchacha las soltó, y las palomas echaron a volar.
Entonces la pastora dijo:
-Ya veis, señor, que la gente me ha recibido y no me ha recibido; he cabalgado y no he cabalgado; te he traído un regalo y no te lo he traído.
El Zar respondió:
-Desde hoy serás como mi hijo.
Pero ella le dijo al oído:
-No soy hombre, sino mujer.
El Zar, que no estaba casado, la hizo su esposa; y de esta forma, la pastora, gracias a su inteligencia, se convirtió en Zarina.
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Japón. El cerezo de la nodriza.
El Cerezo de la nodriza.
Hace trescientos años, en la aldea de Asamimura, distrito de Onsengôri, provincia de Iyô, vivía un buen hombre llamado Tokubei. Este Tokubei era la persona más rica del distrito y el jefe de la aldea. La suerte le sonreía en muchos aspectos, pero alcanzó los cuarenta años de edad sin conocer la felicidad de ser padre. Afligidos por la esterilidad de su matrimonio, él y su esposa elevaron muchas plegarias a la diosa Fudô-myô-ô, que tenía en Asamimura un famoso templo, llamado Saihôji.
Fudô no desatendió sus plegarias, y al cabo de un tiempo, la mujer de Tokubei dio a luz a una preciosa niña a la que llamaron O-Tsuyu. No obstante, como la leche de la madre era deficiente, tuvieron que contratar a una nodriza, llamada O-Sodé, para que alimentara a la pequeña.
Pasaron los años, y O-Tsuyu se convirtió en una hermosa muchacha. Por desgracia, a los quince años cayó gravemente enferma y los médicos juzgaron inevitable su muerte. La nodriza O-Sodé, que amaba a O-Tsuyu con auténtico amor materno, fue entonces al templo Saihôji y fervorosamente rogó a la diosa Fudô por la salud de la niña. Todos los días, durante dos semanas, acudió al templo y oró a la diosa; al cabo de ese lapso, O-Tsuyu se recuperó súbita y totalmente.
Hubo, pues, gran regocijo en casa de Tokubei, el cuál decidió dar una gran fiesta para celebrar el feliz acontecimiento. Pero en la noche de la fiesta,O-Sodé cayó súbitamente enferma, y a la mañana siguiente, el médico que había acudido a atenderla anunció que la nodriza agonizaba.
Abrumada por la pena, la familia se congregó alrededor del lecho de la moribunda para despedirla. Pero ella les dijo:
– Es hora de que os diga algo que ignoráis. Mis plegarias han sido escuchadas. Solicité a Fudô-sama que me permitiera morir en lugar de O-Tsuyu, y la diosa me ha otorgado este favor. Por tanto, no debéis apenaros por mi muerte. Pero quisiera pediros algo: le prometí a Fudô-sama que si me concedía mi petición, haría plantar un cerezo en el jardín de Saihôji, en señal de gratitud y conmemoración. Yo no podré plantarlo con mis propias manos, así que os ruego que lo hagáis vosotros en mi lugar. Adiós, amigos míos, y recordad que me alegró poder morir en lugar de O-Tsuyu.
Después de los funerales de O-Sodé, los padres de O-Tsuyu plantaron un joven cerezo, el mejor que pudieron encontrar, en el jardín de Saihôhi. El árbol creció sano, y el día decimosexto del mes segundo del año siguiente, el aniversario de la muerte de O-Sodé, se cubrió maravillosamente de flores. Continuó dándolas durante doscientos cincuenta y cuatro años, siempre en el día decimosexto del mes segundo; y esas flores, blancas y rosadas, eran semejantes al pezón del pecho femenino y parecían rezumar leche. Y por eso la gente llamó a ese arbol Uba-zakura, el Cerezo de la Nodriza.

España. El niño Perdido
El niño perdido.
ESSENNA.
Escuela Sensible de Narración

Hubo hace muchísimos años un gran señor que poseía incalculables riquezas, pero no era feliz por carecer de heredero a quien legárselas a su fallecimiento.
Así llegó a la madurez, sintiéndose cada día más viejo y en este estado de ánimo acudía semanalmente a misa, acompañado de su esposa, para pedir a Dios que le concediera un hijo.
En esta triste situación permanecieron muchos años. Finalmente les nació un robusto niño, pero la noche anterior tuvo el padre un sueño extraño.
Parecióle ver un anciano que le predijo el nacimiento de un varón, anunciándole que debía procurar que no tocara el suelo con los pies antes de cumplir los doce años, si no quería que le sucedieran irreparables desgracias.
Innumerables nodrizas a quienes se le confió el cuidado del tierno infante, recibieron oportunas instrucciones para que no le permitieran tocar el suelo hasta llegar a la edad fijada.
Ya habían transcurrido once años y once meses desde el día de su nacimiento; aproximábase la fecha en que el maleficio fatal dejaría de existir.
Los padres, contentos, se proponían dar una fiesta para conmemorar el fausto suceso.
De repente, una mañana antes del cumpleaños, hubo un temblor de tierra y la nodriza que tenía en sus brazos al niño, asustada, lo dejó caer.
Cuando quiso recogerlo no lo encontró. Había desaparecido como si se lo hubiese tragado la tierra.
Atraídos por sus gritos y lamentaciones, acudieron los demás criados del castillo y poco después se presentó también el señor.
Muy alarmado, al observar la inquietud de los domésticos, preguntó dónde estaba su hijo, y la nodriza, temblando como las hojas del álamo y los ojos arrasados en lágrimas, le refirió lo sucedido.
Fácil es imaginarse la angustia del padre al ver desvanecerse en un instante sus más caras esperanzas. Inmediatamente despachó varios criados en todas direcciones, encargándoles que no volvieran sin su desaparecido hijo, rogó, suplicó, vertió el oro a manos llenas, prometió crecidas recompensas.
Pero todo fue inútil. La tierna criatura no pudo ser hallada. Había desaparecido, tal vez para siempre.
Pasó el tiempo. Un día el afligido padre se enteró de que en una de las más amplias salas del castillo percibíase al llegar la medianoche un rumor de pasos y el sonido inconfundible de quejas amargas exhaladas por una garganta humana.
Deseoso de averiguar la causa de aquella anomalía, con la intuición de que aquel descubrimiento podía llevarle tal vez al conocimiento de lo que tan ardientemente deseaba, hizo pregonar en todas las aldeas de sus dominios que entregaría trescientas coronas de oro a quien se atreviera a pasar una noche en el interior de la estancia de referencia.
No faltaron personas que se prestaron a hacer la prueba, pero ninguna llegó al fin. Cuando, a la medianoche, empezaban a percibirse los gemidos, todos salían disparados, prefiriendo conservar la vida pobres a arriesgarla por trescientas coronas.
De ese modo el noble castellano permanecía todavía en la duda de que el autor de aquellos gemidos fuese su hijo o alguna ánima en pena.
Sucedió, empero, que en las inmediaciones del castillo habitaba una pobre viuda, molinera de profesión y madre de tres hijas de notable hermosura.
Cuando a la humilde cabaña llegó la noticia de que el señor del castillo ofrecía trescientas monedas de oro a quien osara dormir una noche en la cámara donde se percibían los extraños ruidos, la hija mayor dijo a su madre:
– Creo, madre mía, que no tenemos nada que perder. Esas trescientas coronas aliviarían bastante nuestra miseria. ¿Por qué no me permites que pruebe?
La pobre madre vaciló, pero ante la insistencia de la hija, y sobre todo, atemorizada por los días de hambre que se le avecinaban, consintió al fin.
Al día siguiente, la mayor de las hijas de la molinera se encaminó resueltamente al castillo.
– Vengo a dormir esta noche en la cámara de los duendes – dijo al criado que salió a abrirle la puerta.
El mismo señor salió entonces a recibirla y le preguntó:
– ¿No te dará miedo, muchacha?
– ¡Bah! Más miedo me da el hambre. Lo único que os ruego es que me proporcionéis provisiones suficientes para hacerme una buena cena, pues tengo un apetito de avestruz.
El castellano ordenó que se le facilitara todo cuanto pidiera y la muchacha no se quedó corta, pues con los víveres que exigió se habrían podido confeccionar más de doce platos distintos.
Tan pronto como los tuvo en su poder, la garrida moza se encerró en la habitación, encendió una bueno hoguera, puso en ella agua a calentar y luego puso la mesa y se preparó la cama.
Lentamente fueron pasando las primeras horas de la velada. Finalmente dieron las doce, y, apenas hubo el reloj desgranado la última campanada de la medianoche, cuando la molinera percibió los pasos de alguien que se aproximaba.
Llena de temor, levantó la cabeza y se encontró con un adolescente que la miraba con fijeza y que le preguntó:
– ¿Para quién es esa ceno!
Ella repuso secamente:
– Para mí sola.
Nublóse de tristeza el pálido semblante del desconocido. Dirigió una nueva mirada pesarosa a la muchacha y, tras algunos instantes de mutismo, tornó a preguntar:
– ¿Para quién has servido la mesa?
– Para mí sola – contestó ella con la misma acritud que antes.
La frente del mancebo sé arrugó. Sus hermosos ojos azules se humedecieron. Con voz trémula, dijo interrogativamente:
– ¿Para quién has mullido esa cama?
A lo que ella respondió con la misma indiferencia egoísta:
– Para mí sola.
El desconocido se echó a llorar como una Magdalena, se retorció desesperadamente las manos y desapareció.
A la siguiente mañana, la mayor de las hijas de la molinera relató al noble castellano todo cuanto había sucedido durante la noche, sin hacer referencia a la penosa impresión que la sequedad de sus respuestas había producido al fantasma.
El desdichado padre pagó religiosamente las trescientas coronas y se regocijó en medio de su pesar por haber logrado descorrer un tanto el velo del impenetrable misterio.
Presentóse aquel atardecer la segunda de las hijas de la molinera que había recibido instrucciones de su hermana sobre lo ocurrido y conocía las preguntas que el aparecido había de hacerle.
El señor del castillo la acogió con grandes muestras de alegría y ordenó a sus criados que le facilitasen todo cuanto apeteciera. Inmediatamente se trasladó ella a la sala, encendió una buena fogata, puso a hervir sus pucheros, cubrió la mesa con albo mantel y, mientras se hacía la cena, mullió cuidadosamente el colchón de la cama.
Al dar la medianoche notó los pasos del desconocido, que se aproximó a ella, sin que la hija de la molinera experimentara el menor temor, y le preguntó:
– ¿Para quién has hecho esa cena?
– Para mí sola – respondió ella con la misma sequedad que su hermana.
Con profunda tristeza retratada en su hermoso semblante continuó preguntando el doncel:
– ¿Para quién has servido era mesa?
– Para mí sola – contestó la muchacha sin volver la cabeza.
El mancebo lanzó un suspiro melancólico.
– ¿Para quién has mullido esa cama?
– Para mí sola.
Retorcióse desesperado las manos el desconocido y desapareció.
Cuando la segunda de las hijas de la molinera refirió al noble castellano cuanto había visto y oído, éste le entregó las trescientas coronas estipuladas y quedó ensimismado en profundos reflexiones.
Pero aquella misma tarde se presentó en el castillo la tercera y más joven de las hijas de la molinera, que se ofreció a pasar la noche en la cámara de los misterios, después de haber obtenido la aprobación de su madre, no sin gran trabajo, pues aquélla amaba a su hija menor mucho más que a sus hermanas.
El señor del castillo la recibió con tanta deferencia como a las mayores y dispuso que se le diese lo suficiente para dar de comer a seis personas, eligiendo él mismo los manjares, y entregándole un servicio completo de platos y cubiertos para dos personas.
La muchacha penetró en la estancia encendió el fuego y puso las vituallas a calentar, haciendo entretanto la cama.
Mientras terminaba de hacerse la cena, la muchacha puso sobre la mesa un rico mantel, y encima de éste los platos, los cubiertos y las servilletas, así como los vasos.
Lenta, muy lentamente, sonaron las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente se percibió un ruido extraño, rumores de pasos, suspiros entrecortados, quejas, llantos…
Asustada, la molinerita miró en torno suyo, pero no vio a nadie. Ya iba a lanzar un grito de espanto, por miedo a lo sobrenatural, cuando distinguió de repente a un pálido mancebo que la miraba con tristes ojos.
Ella le sonrió entonces y lo invitó a sentarse un gesto, pero él, antes de aceptar, le preguntó:
– ¿Para quién es esa cena que preparas?
– Para nosotros dos – respondió la muchacha sin vacilar.
– ¿Para quién has puesto esa mesa?
– Para nosotros dos. ¿No ves acaso los dos cubiertos?
El mancebo, con los ojos brillantes de alegría continuó preguntando:
– ¿Para quién es esa cama?
– Para ti solo. Yo dormiré en una silla.
Trémulo de júbilo, el joven se arrodilló a los pies de la molinerita y cubrió de besos sus manos.
– ¡Gracias, muchas gracias! – exclamó.
Luego se levantó y añadió:
– Pero antes de cenar tengo que transmitir mi reconocimiento a mis bienhechores.
Un soplo de aire fresco inundó de repente la habitación. En el centro de ésta se había abierto una trampilla por la cual se apresuró a descender el desconocido, pero la joven molinera, que se sentía invadida por la curiosidad, se agarró al extremo de su capa y bajó detrás de él.
Llegaron al fondo y allí se desplegó ante los ojos de la muchacha un mundo extraño.
Corría a su diestra un río de oro líquido, mientras que a su siniestra se alzaban colinas del mismo resplandeciente metal. Frente a ella se extendía una pradera vastísima, esmaltada con césped de un verdor deslumbrante y flores policromas.
A medida que avanzaba el desconocido seguíalo la joven a muy poca distancia, procurando que él no la descubriese.
Vióle ella saludar a las flores del prado, con tanta deferencia y cariño como si fuesen antiguas conocidas, besando a algunas, acariciando a otras, despidiéndose de ellas con frases amorosas y lisonjeras.
Finalmente penetraron en una selva cuyos árboles eran de oro macizo. Multitud de pájaros de todas clases y colores empezaron a lanzar armoniosos trinos cuando distinguieron al pálido mancebo, revoloteando alrededor de él y posándose familiarmente en su cabeza y hombros, mientras él acariciaba a las lindas avecinas.
La molinerita quebró una de las ramas de un árbol y se la guardó en el pecho para tener un recuerdo de aquel reino de maravilla.
Pasaron de la selva de oro a otra cuyos árboles eran todos de plata. Infinidad de animales de todas especies saludaron con grandes muestras de alegría la llegada del mancebo, acercándose a recibir sus caricias.
Él les dirigió la palabra a cada uno de ellos, pasándoles las manos por sus lustrosos lomos, mientras que la molinera, aprovechando el ruido que formaban con sus voces, quebró una de las argentados ramas y se la guardó junto con la otra.
– Así me creerán mis hermanas cuando les cuente todas las preciosidades que he visto esta noche – se dijo.
Cuando el doncel se hubo despedido de todos sus amigos, volvió sobre sus pasos por el mismo sendero que tomara a la ida.
La doncella regresó detrás de él, sin que el muchacho se diese cuenta de su presencia.
Cuando el joven se volvió hacia la chimenea, la doncella estaba sentada ya a la mesa y le hacía señas de que se acercara.
– Ya me he despedido de todos mis amigos – dijo él con voz alegre.- Ahora vamos a cenar.
Cuando hubieron aplacado su apetito, propuso el muchacho:
– ¿No crees que es hora de descansará?
Ella sonrió y repuso:
– Descansa tú. Yo me acomodaré en una silla junto a la chimenea y dormitaré un poco. Ya no tardará mucho en amanecer.
– Nada de eso – contestó él, alegremente. – Seré yo quien se coloque junto al fuego. Tú dormirás en la cama. Si te hice la pregunta fue para probar tus sentimientos.
La molinerita se dejó caer, vestida, en el blando lecho, mientras que el desconocido, tomando una silla, se sentó junto a la chimenea, lanzando de vez en cuando miradas amorosas a la muchacha, que no tardó en dormirse apaciblemente.
Ya había avanzado mucho la mañana y el noble castellano no podía contener su impaciencia, pues la hija de la molinera no se había presentado todavía a cobrar su pago.
Inquieto, se dirigió a la sala y abrió la puerta.
Dos exclamaciones de alegría sonaron al unísono.
– ¡Hijo mío!
– ¡Padre!
Emocionados, se abrazaron llorando.
La molinera se despertó, levantóse apresuradamente y las dos ramas que cortara durante su visita al país maravilloso cayeron al suelo con metálico ruido,
El joven se volvió hacia ella, y, al ver las dos ramas, le dijo asombrado:
– ¿Me seguiste hasta allá, pícara?
Ruborizada, ella no respondió.
– Pues bien – añadió él, – esas dos ramas se convertirán en dos palacios, uno de los cuales habitaremos nosotros cuando nos casemos y en el otro vivirá tu familia.
Y así sucedió.
Los dos jóvenes contrajeron matrimonio dos días después, siendo invitados a la boda todos los habitantes del lugar, que todavía recuerdan alborozados el pantagruélico banquete que se sirvió.
Yo, como era pequeñito, me quedé aquella noche solo en la cama, por lo que pasé un miedo terrible.

Cuento de México. Dos volcanes…
Dos volcanes enamorados. México

Iztaccíhuatl, la Mujer Blanca, era una hermosa princesa nahua que se enamoró de un guerrero llamado Popocatépetl, Montaña que Humea, también conocido como Popoca. Como querían casarse, el padre de la muchacha, cuyo nombre era Tezozómoc, le dijo al guerrero que permitiría el matrimonio si en la guerra que libraban en Oaxaca le llevaba la cabeza de su peor enemigo, el jefe de los guerreros zapotecas, ensartada en una lanza.
La misión era muy difícil de cumplir, el padre de Iztaccíchuatl lo había enviado a propósito a Oaxaca, porque pensaba que nunca regresaría victorioso y moriría en esas lejanas tierras oaxaqueñas, y así no se casaría con su adorada hija.
Un mal día Iztaccíchuatl se enteró de que su amado Popocatépetl había fallecido en una batalla y, desesperada por el dolor que sentía, se quitó la vida. Poco tiempo después, Popocatépetl regresó a Tenochtitlan con la cabeza que le había exigido Tezozómoc, pero se enteró de que la princesa había muerto. Sumamente triste, el guerrero entró a la recámara de su amada, tomó en sus brazos, la llevó al monte, y la cubrió completamente de hermosas flores.

LA CULEBRA Y EL HOMBRE.
MÉXICO

Una vez, una culebra cruzaba entre dos grandes troncos muy
gruesos. Cuando iba pasando, se resbaló un tronco yendo a caer
sobre ella. Apretóse y ya no pudo salir. Luego comenzó a retorcerse,
pero era inútil; cada vez se apretaba más y ya se estaba
ahogando. Y sucedió que un hombre, que habitaba no lejos del
bosque, recordó que debía salir a cortar leña; y así lo hizo. Cogió
su tepoznecochtl (Especie de hacha)
y se fue a cortar leña. Cuando llegó al bosque e
iba pasando por donde estaba la culebra, oyó ruido; se volvió, y
vio a la culebra que estaba allí. L a culebra lo llamó y le dijo:
—Buen hombre, ven acá, quítame este árbol que me está
matando.
—No te lo quito porque me comerías.
L a culebra le contestó diciéndole:
—No te comeré; quítamelo.
— Ya te dije que no te lo quitaré.
— ¡No te haré nada! ¡Cómo!, ¿no te compadeces? Ven, quítamelo;
te lo ruego.
Mucho le rogó la culebra, que luego el hombre se acercó y
comenzó a cortar el árbol con su tepoznecochtli. Luego que apartó
el árbol, salió la culebra y comenzó a lamerse los labios, quería
comer. Ya tenía un día sin comer. Entonces le dijo:
—Buen hombre, me muero de hambre, ahora voy a comerte;
tengo un día sin comer. ¿Qué dices a eso, buen hombre?
—¡Cómo! ¿Quieres comerme? ¿Cómo es posible? ¡Yo te quité
el árbol que te estaba matando y ahora quieres comerme!
—Qué , buen hombre, ¿no sabes que un bien con un mal se paga?
—No.
De nuevo respondió la culebra:
—Qu é ¿no crees?, ¿no estás convencido?
—No estoy de acuerdo.
— Si no estás de acuerdo, trae cuatro personas y delante de ti
les preguntaré y verás cómo es cierto que un bien con un mal se paga
Fuese luego el buen hombre en busca de cuatro animales machos.
No tuvo que andar muy lejos, cerca de ahí los encontró.
Llevó un buey, un caballo, un león y un coyote. L a culebra comenzó
a preguntar a cada uno de los animales, delante del buen hombre.
—Buen león, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?
—Sí.
—Buen buey, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?
—Sí.
—Buen caballo, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?
—Sí.
Cuando el buen hombre oyó lo que decían aquellos animales,
que siempre un bien con un mal se paga, se asustó. Sólo faltaba
preguntar al coyote si era o no cierto lo que decía la culebra.
Llegóse la culebra al coyote:
—Buen coyote, ¿no es cierto que un bien con un mal se paga?
—Falta que vea yo cómo estabas y así podr é decir si es o no
cierto lo que dices, y si está bien que te comas a este buen hombre,
o no. Ponte como estabas antes.
Los otros animales contestaron juntos:
—¡Que se ponga; veremos!
Entonces, la culebra se colocó otra vez entre los árboles, y
luego le dijo el coyote:
—Ahora, ¡quédate! Nosotros ya nos vamos.
L a dejaron retorciéndose y chillando, como cuando la encontró
el buen hombre. E l buen hombre le dio las gracias al buen coyotito.
—Ahora, buen coyotito, vamos juntos a mi casa.
—¿A hacer qué?
—Quiero regalarte algunos pollos.
—No déjalo; yo me voy por aquí.
— ¡No, vamos!
—Mira, ahora ya es tarde; es mejor, si quieres regalármelos,
que mañan a temprano me los lleves sobre ese montículo; te esperar
é muy de mañana ; cuando aún no sale el sol. Al dar las cinco
ya estarás ahí. Así quedamos.
—No, no vendrás y me harás regresar en balde.
—No, aquí te esperaré, buen hombre.
E n esto convinieron el coyote y el hombre.
E l buen coyote tomó por el llano y se fue; el buen hombre
también cogió su camino. Cuando llegó a su casa no más veía
atontado. Le dice su mujer:
— ¿Qué te pasa? Nada más estás mirando atontado.
Entonces comenzó a contarle lo que le había pasado:
—Me encontré con una culebra que quería comerme.
Al oírlo se asustó la mujer:
— Ya te decía que no salieses. No me oíste, si no, no te hubieses
espantado; ya viste que por la voluntad de Dios no te pasó
nada; porque Dios te mand ó a ese animalito para que te ayudase.
De otro modo, yo no hubiera sabido lo que te había pasado;
no habrías regresado a casa.
—Ahora iba a traer al buen coyotito.
— ¡Dios no lo quiera! Acabaría con mis pollos.
—No accedió a lo que le decía que escogiese él mismo los
que quisiese entre los pollos mejores y más gordos.
Mañana ,muy temprano, quedé con ese animalito en llevarle algunos
pollos. Escoge unos pollos buenos pues mañana , ya te dije, se
los llevaré.
—Mañana no irás a ningún lado. No quiero que le lleves nada
a ese maldito animal: ni un solo pollo. Ya se me ocurrió qué es lo
que debes hacer.
— ¿Qué? Dímelo.
—No seas tonto, ¿qué ha de ser? Deja los pollos y llévale esos
perros que son de los más mordelones; pónlos dentro del saco
de pita y en cuanto llegues a donde te espera, sin acercarte a él
demasiado, desde lejos, se los sueltas.
— L o que has discurrido, mujer, no está bien. ¿Cómo quieres
que le lleve lo que no debo llevarle? Lo engañaría. ¿Por qué no
eres buena, mujer? Voy a llevarle los pollos.
— Ya te dije que no, y si se los llevas, me enfadaré contigo, y
armaré la gorda.
E l hombre no quiso disgustar a su mujer e hizo lo que ordenaba.
Al día siguiente, metió los perros en el costal de pita y salió
muy temprano. Se cargó los perros en lugar de los pollos que había
ofrecido el día anterior. E l hombre deseaba que no estuviese
ahí el coyote. Ya iba llegando el hombre, y estiraba el pescuezo
para ver si ya estaba ahí el coyote. Lo descubrió desde muy lejos.
E l coyote, muy contento, iba y venía, esperando sus pollos. Llegó
arriba del montículo donde ya lo esperaba el coyotito. Este comenzó
a reír muy contento.
—Bueno coyotito —le dijo el hombre—, ya que vine a traerte
los pollos. Ahora dime: ¿cómo quieres que los suelte? ¿Uno a
uno, o todos juntos?
—Que no sea uno a uno; es mejor que sea juntos, para que
yo me divierta cazándolos.
E l hombre empezó a soltar la boca del costal; mientras, el
coyotito se había sentado a esperar que saliesen los pollos, imaginándose
ya que los cazaba, sentía que los cogía. ¡Y he aquí que
le fue soltando los perros! ¡De esos que arrastran las orejas! Y
apenas los vio el coyote, ya estaban sobre él. Primero se asustó,
y a la vez que se asustó, se revolvió furioso a reñir con los perros.
Los perros le quebrantaron los huesos de las patas, mientras él
los mordía por dondequiera, rompiéndoles las manos y desgarrándoles
las orejas. Mutuamente se lastimaron. E n cuanto el coyote
comprendió que iban a ganarle, huyó bosque adentro. Se
reposaba a trechos, volviéndose a ver hacia donde había dejado
al hombre con sus perros, y contemplando las heridas que le habían
causado, exclamó llorando:
—Gua, gua, gua, gua… ¡Con razón decía la culebra que un
bien con un mal se paga!
DR© 2016. Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas
Cuento Chile. Mapuche
Kai Kai y Treng Treng

Hace mucho tiempo en las tierras de los mapuche se levantó del mar una enorme serpiente y comenzó a gritar “kai, kai, kai” cada vez más fuerte y más agudo. Esta serpiente provocó una lluvia que se transformó en tormenta, y luego en diluvio, inundando toda la tierra.
Para salvarse los mapuche subieron a la punta de los cerros. Cuando no podían subir más oyeron una voz que venía del fondo de la tierra que decía “treng, treng, treng”. Era la serpiente divina que venía a auxiliarlos. Así comenzó una batalla entre Kai Kai y Treng Treng. Mientras Kai Kai chillaba más fuerte, Treng Treng hacía temblar la tierra y la levantaba más y más. Viéndose vencida, Kai Kai se hundió en las profundidades del mar, donde no se la volvió a ver.




