Un cuento de nunca acabar. Oriente

Un cuento de nunca acabar

Reinaba en un distante país un poderoso monarca el cual,
como muchos otros reyes, gustaba de oír extrañas historias.
A tal diversión dedicaba la mayor parte de su tiempo, y con
todo, nunca quedaba satisfecho.
Los esfuerzos de sus palaciegos eran inútiles, pues cuantas
más largas y peregrinas historias le contaban, más quería oír
el rey.
Un día hizo publicar un bando por el cual ponía en
conocimiento de sus súbditos que haría príncipe heredero de
su corona y daría la princesa su hija por esposa, a aquel que
le contase un cuento que no se acabara nunca; pero que haría
cortar la cabeza al que fracasara en tal empresa, esto es,
aquel cuyo cuento llegase a un término.
Ante la promesa de un trono y una bella princesa por esposa,
surgieron por doquier pretendientes que contaban las más
abrumadoras y largas historias.
Unas duraban una semana, otras un mes, seis meses las que
más, y los pobres narradores alargaban el hilo de sus
narraciones lo más que podían, mas en vano: tarde o
temprano todas terminaban, y las cabezas de los
pretendientes caían al fin bajo el hacha del verdugo. Por
último, llegó un día un hombre que dijo saber una historia
que no se acababa nunca y manifestó que deseaba ser
llevado a la presencia del rey, para dar prueba de ello.
Advirtiéronle los cortesanos el peligro que corría, y
refiriéronle cómo muchos otros habían intentado lo mismo y
perdido sus cabezas; mas como él dijese que no tenía miedo
alguno, fue llevado ante el monarca.
Era nuestro hombre de juicioso y comedido hablar, y después
de haber reglamentado las horas para contar el cuento y las que
dedicaría a sus comidas y descanso, comenzó así su cuento:
-Señor, había una vez un rey que era gran tirano y muy avaro, y
deseando acrecentar sus riquezas hizo recoger todo el grano de
su reino y encerrarlo en un inmenso granero alto como una
montaña y construido a propósito.
Durante varios años, a este granero fueron a parar todas las
mieses del país, hasta que, finalmente, el enorme depósito se
llenó enteramente y sus puertas y ventanas fueron
cuidadosamente tapiadas por todos lados. Para todo el mundo,
el granero parecía herméticamente cerrado.
Por un descuido habían dejado los albañiles un agujerito en el
techo del granero; y no bien lo advirtieron las langostas,
cuando acudieron en nubes para robar el grano; mas era el
orificio tan pequeño, que sólo podían entrar y salir una a una.
Así entró una langosta y salió con un grano; después entró otra
langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y
salió con otro grano; después entró otra langosta y salió con
otro grano; después entró otra langosta y salió con otro grano;
después entró otra langosta y salió con otro grano; después
entró otra langosta y salió con otro grano; después entró otra
langosta y salió con otro grano; después entró otra langosta y
salió con otro grano.
Y así prosiguió durante un mes mañana y tarde hasta la noche,
excepto las horas de sus comidas y de su sueño. El rey, aunque
dotado de gran paciencia, empezó a cansarse de tanta langosta,
de modo que interrumpió al narrador:
-Perfectamente, ya tenemos bastantes langostas; supongamos
que acabaron por llevarse cuanto grano apetecieron; ¿qué fue
lo que sucedió después?
Majestad, perdonad; mas es imposible os diga lo que sucedió
después antes de referiros lo que ocurrió primero -le
respondió intencionadamente el narrador.
Con admirable paciencia le escuchó el rey durante otros seis
meses más, hasta que un día le atajó diciéndole:
-Amigo mío, ya estoy hasta la corona de vuestras langostas.
¿Cuánto tiempo calculáis que tardaron en acabar su tarea?
-¡Señor! ¿Cómo decíroslo? Al punto qué llegamos de nuestro
cuento, las langostas habían tan sólo vaciado un espacio
grande como el hueco de mi mano, y fuera del granero
agitábanse todavía negras nubes de ellas; mas tenga Su
Majestad gracia, que ya llegaremos necesariamente a la
última de las langostas.
Animado el rey con tales palabras, siguióle escuchando
durante todo otro año; mas el hombre proseguía como antes,
grano a grano y langosta por langosta.
No pudo más el pobre rey y medio desmayado, exclamó:
-¡Basta! Tomad mi hija, mi reino, mi corona, tomad todo lo
que queráis; pero no me habléis más de langostas por lo qué
más queráis en este mundo.
Casóse, pues, el narrador con la hija del rey, y solemnemente
fue declarado heredero del trono; mas nadie expresó el
menor deseo de oír la continuación de su famosa historia,
pues sostenía el advenedizo príncipe que era imposible pasar
a la segunda parte sin haber terminado antes la primera, que
era precisamente la parte de las langostas.
Así el ingenioso ardid de este hombre discreto refrenó la
insensata extravagancia del rey.

Las hojas… Gougaud

Las hojas secas.-
Dios creó el mundo, los árboles las praderas, los lagos, los animales, las aves… y cuando terminó amasó con sus manos un hombre y una mujer. Construyó para él una cabaña en un campo a la sombra de un bosque y para ella una cabaña al borde de un río.
Entre los dos trazó un camino, pero ni el hombre ni la mujer podían verlo porque los dos estaban ciegos. Sus ojos eran como los de los recién nacidos, cuando todavía tienen la puerta de las pupilas cerradas.
Ellos vivieron un tiempo así, sin que nada los acercara, y durante ese tiempo Dios pudo dormir sin preocupaciones.
Pero un día, el hombre y la mujer se metieron al mismo tiempo en las aguas del río y los dos sintieron que del otro lado de las aguas había una presencia infinitamente preciosa para sus vidas, para sus sueños.
Dios, viendo que había aparecido en el mundo el deseo, pensó que no iban a tardar mucho en ir uno junto al otro, y quiso saber quién, si el hombre o la mujer, daría el primer paso.
Hizo caer entonces sobre el camino una tormenta de hojas secas, y se dijo “Cuando yo oiga crujir las hojas me despertaré y veré quién camina sobre ellas y sabré cuál de mis criaturas es mas vulnerable a la fiebre del amor”.
Y así pensando se fue a acostar en su lecho de nubes

Esa noche, la mujer salió a la puerta de su choza buscando a tientas algo de comer y por azar, puso su mano subre un sapo ventrudo y venenoso. El animal le escupió su veneno en la cara y ella, al sentir el ardor se frotó la cara con tanta fuerza y tanto descuido que clavó sus uñas en sus ojos y así fue como sus pupilas se abrieron.
Vió entonces que arriba de ella estaba el cielo, que a su alrededor estaba la tierra, vio un río sinuoso, arboles, mil colores desparramados en la naturaleza y un viejo sol que se estaba acostando en el horizonte. Vió también una casa del otro lado del camino y delante de sus pies desnudos un sendero que conducía a ese lugar que (no supo por qué) la atraía tanto.
Y vió también las hojas secas.
Se dio cuenta entonces que si iba a la casa pisando las hojas harían ruido y el Viejo Dios lo sabría. Y tuvo el presentimiento de que era mejor que eso no sucediera.
Después de pensar un poco, encontró el medio de engañar los oídos divinos. Corrió a llenar su cántaro en el río y regó las hojas secas y las hizo mullidas para que no hicieran ruido cuando ella las pisara. Cuando hubo terminado, con mucho cuidado caminó hasta donde estaba el que ella deseaba conocer. Dios apenas si suspiró, roncó un poco y siguió durmiendo.

La mujer encontró que el hombre estaba muy bien hecho, admirablemente. Ella le abrió los ojos con dos rápidos movimientos de sus uñas. El entonces encontró que la mujer era tal como la que había deseado en sus sueños de ciego. Ellos comenzaron a tocarse y, temblorosos terminaron por acostarse juntos y encontraron a tientas los caminos deseados, gozaron y se preguntaron cómo habían podido sobrevivir uno lejos del otro.
Por fin, la mujer dijo: Mira: el sol está saliendo. Dios no va a tardar en despertarse y yo no quisiera que nos encuentre juntas acá, uno encima del otro. Debo partir, pero si quieres, puedes venir mañana por la noche a buscarme a mi casa.
Al día siguiente el hombre vió por primera vez una mañana, vio luego cómo las sombras se acortaba, vió cómo el sol del mediodía que caía a plomo, secaba las hojas y más tarde las sombras que se alargaban a medida que se acercaba el anochecer.
Finalmente vió la luna y su corte de estrellas. Entonces, cantando dulcemente, se fue a buscar a su amor.

Sus pies rompieron pesadamente las hojas que se quebraban y crepitaban, pero no se preocupó porque no podía pensar en nada más que en el placer que iba a disfrutar con su amada. Hasta que, de pronto, sintió una voz que sonaba como un trueno:
– Dónde vas tú, hijo mío.
El hombre se encorvó, temeroso y se puso las manos sobre la cabeza.
– Veo que eres tú el que primero sucumbió a la fiebre del amor. Sea así hasta el fin de los tiempos. Serás tú el que busques a la mujer y la mujer esperará que tú le ruegues que te ame.
– Pero Señor… intentó explicar el hombre. Pero no se atrevió a seguir
– No dijo nada.
Estaba muy enamorada y tenía miedo del juicio de Dios sobre la mujer que amaba.
Sólo él, desde aquéllos tiempos, sabe que la mujer es la que primero elige. Es su deseo el que enciende los fuegos. Es ella la que dice “Mírame” y entonces el hombre se le acerca y mientras en lo alto el viejo Dios sonríe, el hombre le pide que lo ame.-

El desgarro

Cómo? Que quién hizo el mundo como es? Dios, por supuesto. Todo el mundo lo sabe.
Cómo? Que cómo hizo al hombre y a la mujer? Y por que ellos se aman, se besan, se casan? Eso es algo que el alma sabe en el fondo de cada uno, pero el alma es tímida y no habla. Escuchen la verdadera historia.

El primer ser vivo que Dios hizo tenía un cuerpo y dos caras. Era un ser fuerte, inteligente, sabía desfrutar del cielo y de la tierra con el corazón y con los sentidos, sabía que la verdadera luz se ve con los ojos cerrados, sabía lo que saben los muertos y lo que también saben los niños antes de estar en el vientre de su madre. Sabía todo lo de las alturas y todo lo de las profundidades. No tenía más deseo que el de vivir la vida que le había sido dada.

Pero… a Dios le gustaba disfrutar de las alegrías del mundo. Un día de verano descubrió un vino burbujeante. Lo bebió, hizo chasquear la lengua, empezaron a brillarle los ojos, su nariz se puso colorada, empezó a reírse de nada, a aplaudir, a bailar, se descontroló de tal forma que se enganchó con las estrellas y rodó por las escaleras. Fue como un rayo en la tormenta. ¿Qué dónde se cayo? Justo sobre el ser doble que miraba nacer la noche al borde de un arroyo de montaña.
El golpe lo partió por la mitad.
Una mitad quedó mirando al cielo y la otra mitad cara a tierra.
Las dos mitades se levantaron al mismo tiempo y quisieron volver a juntarse. Pero una mitad sintió que una fusta dura empujaba desde el centro de su entrepierna enloquecida. Al mismo tiempo la otra mitad gemía e hizo un hueco en su vientre para acoger esa carne viva que era su propia carne, su propia vida. La maravilla del reencuentro duró el tiempo que dura un grito de amor. Y luego se separaron tal como Dios los había dividido.
Desde entonces el hombre y la mujer se encuentran, se unen, se separan, se buscan una y otra vez hasta el infinito.
Ellos sufren el desgarro y no viven más que para curarlo.
Hacen el amor gozando porque sus vientres y sus espíritus saben que no son más un solo ser.-

Hatim Thai, Medio Oriente

Vivió en un Reino de Oriente el más grande entre de los Monarcas justos y generosos. Un Rey sin igual que escuchaba atentamente las peticiones de todos sus habitantes a diario. Los consideraba hermanos y hermanas.

En tal Reino todos recibían lo que necesitaban sin padecer carencia alguna y de todas partes, también de sitios muy lejanos, acudían multitudes a sus celebraciones para apreciar la belleza y gracia de su civilización.

Adultos, jóvenes y niños abandonaban el miedo a su paso, tal era su grandeza, por lo que todos los habitantes de su reino estaban a su servicio, aunque tuvieran que proteger sus fronteras a los confines de su jurisdicción, muy lejos de sus hogares.

Lamentablemente un Jefe vecino llamado Jalil, estaba profundamente envidioso de Tai y le declaró guerra para apoderarse de sus riquezas, considerando que esto fuera factible con las estrategias de fuerza que dominaba. Al tener noticia de este desafío, Tai decidió no responder a su provocación y alejarse, viajar y mendigar donde no pudiera ser encontrado, ya que la batalla por sus riquezas no tenía sentido. Esta disputa no debía causar ningún daño ni sufrimiento a su gente.

Así el invasor entró con toda su vanidad y gran estruendo en las tierras del más magnánimo de los Monarcas y durante un largo tiempo ordenó que se le buscara, sin dar con su paradero ni lograr que su ejército tuviera noticias acerca de su suerte.

No hubo niño, mujer u hombre que hubiera traicionado la confianza de Tai, revelando su escondite. Le llevaban comida de noche y atendían cada una de sus necesidades tanto como les fuera posible, fieles a su justicia y generosidad.

Haciendo alarde de su conquista, Jalil ocupaba el trono con arrogancia y describía a diario y en modo imaginario la cobardía de Tai al haber decidido escapar, riéndose a carcajadas de él delante de todos.

Sus habitantes, imperturbables, seguían recordando en público los honrados actos sin par de Tai, por lo que el envidioso usurpador decidió tentarles estableciendo una alta recompensa en oro para quien lo encontrara y lo entregara vivo.

Una mañana, el Rey Tai, vió una pareja de ancianos recogiendo leña en los alrededores de la cueva que lo cobijaba y se quedó apenado porque a su edad aún debían trabajar arduamente para poder sobrevivir.
De este modo supo de que su gente comenzaba a estar exhausta por el peso de trabajo que debían soportar para satisfacer los caprichos de Jalil y su séquito. Los impuestos exigidos por el invasor, comenzaban a no tener límite. Así decidió unirse a la pareja de ancianos y se presentó voluntariamente ante Jalil para que la pareja obtuviera su recompensa en oro.

Jalil se quedó tan sorprendido por este gesto que rogó a Hatim Tai que regresara a su reino, mostrando misericordia a su vez. Luego de haberlo abrazado como a un hermano, retornó a su proprio país con su ejército, sellando una promesa de paz por lo que le quedara de vida por vivir.

El árbol de la sabiduría.

El árbol de la sabiduría
Circulaba el rumor de que existía en la India un árbol cuyo fruto liberaba
de la vejez y de la muerte. Un sultán decidió entonces enviar a uno de sus
hombres en busca de esta maravilla.
Partió, pues, el hombre y, durante unos años visitó muchas ciudades,
muchas montañas y muchas planicies. Cuando preguntaba a los transeúntes
dónde se encontraba este árbol de la vida, la gente sonreía pensando que estaba
loco. Los que tenían corazón puro, le decían:
«¡Eso son cuentos! ¡Abandona esa búsqueda!»
Otros para burlarse de él, lo enviaban hacia selvas lejanas. El pobre hombre
no alcanzaba nunca su meta, pues lo que perseguía era imposible. Perdió
entonces la esperanza y tomó el camino de vuelta, con lágrimas en los ojos.
Durante el camino, encontró a un sheij y le dijo:
«¡Oh, sheij! ¡Ten piedad de mí, pues estoy desesperado!
-¿Por qué estás tan triste?
-Mi sultán me ha encargado que busque un árbol cuyo fruto es el capital de
la vida. Todos lo desean. He buscado durante mucho tiempo, pero en vano. Y
todo el mundo se ha burlado de mí.»
El sheij se echó a reír:
«¡Oh corazón ingenuo y puro! Ese árbol es la sabiduría. Sólo el sabio la
comprende. Se la llama a veces árbol, a veces sol, u océano, o nube. Sus efectos
son infinitos, pero él es único. Un hombre es padre tuyo, pero él, por su parte, es
también hijo de otra persona.»

Los baños, el emir y su esclavo. Persa

Los baños, el emir y su esclavo.
Un día, un emir sintió el deseo de ir al baño. Llamó a su esclavo, que se
llamaba Sungur, y le dijo:
«¡Prepara mi sábana, mi barreño y mi jabón! ¡Vamos al baño!»
Sungur ejecutó sus órdenes y ambos tomaron el camino del baño. Ahora
bien, en este camino, había una pequeña mezquita. Cuando pasaba ante ella,
Sungur oyó la llamada a la oración. Dijo a su amo:
«¡Oh, amo! ¿Podríais esperar unos instantes ante esos almacenes mientras
hago mi oración?»
El emir aceptó y se puso a esperar…
Esperó mucho tiempo. Vio salir a los fieles y al imán, pero Sungur seguía
en el interior. Perdiendo la paciencia, el emir se puso a gritar:
«¡Oh, Sungur! ¿Porqué no sales?»
Desde el interior de la mezquita, Sungur le respondió:
«Estoy retenido aquí. No pierdas la paciencia. Ya voy. ¡Sobre todo no creas
que olvido que me esperas!»
El emir reiteró siete veces su llamada y, cada vez, Sungur respondía:
«¡No tengo permiso para ir junto a ti!»
Al fin, el emir le dijo:
«Pero no hay nadie en la mezquita. Tengo curiosidad por saber lo que te
impide salir.»
Sungur respondió:
«El que te encadena en el exterior me ha encadenado en el interior. El que
no te permite entrar me impide salir.»
El océano no deja escapar a los peces y, del mismo modo, la tierra no deja
a su fauna precipitarse al mar.

La vaca verde. afghan

LA VACA Y LA ISLA
En una isla exuberante de verdor vivía una vaca en soledad. Pastaba allí
hasta la caída de la noche y así engordaba cada día. Por la noche, al no ver ya la
hierba, se inquietaba por lo que iba a comer al día siguiente y esta inquietud la
dejaba tan delgada como una pluma. Al amanecer el prado reverdecía y ella se
ponía de nuevo a pacer con su apetito bovino hasta la puesta del sol. Estaba de
nuevo gorda y llena de fuerza. Pero, en la noche siguiente, volvía a lamentarse y
a adelgazar.
Por mucho tiempo que pasara, nunca se le ocurría que el prado no
disminuía y que no tenía por qué inquietarse de aquel modo.
Tu ego es esta vaca y la isla es el universo. El temor del mañana adelgaza
la vaca. No te ocupes del futuro. Más vale mirar el presente. Tú comes desde
hace años y los dones de Dios, sin embargo, no han disminuido nunca.

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Los tres instrumentos de la muerte Chesterton

Los tres instrumentos de la muerte, un cuento de G.K. Chesterton
Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que Sir Aaron Armstrong había sido asesinado. Había algo de incongruente y absurdo en la idea de que una figura tan agradable y popular tuviera la menor relación con la violencia secreta del asesinato. Porque Sir Aaron Armstrong era agradable hasta el punto de ser cómico, y popular hasta ser casi legendario. Era aquello tan imposible como figurarse que «Sunny Jim» se había colgado, o que el pacífico «el señor Pick Wicks» de Dickens había muerto en el manicomio de Hanwell. Porque, aunque Sir Aaron, como filántropo que era, tenía que conocer los oscuros fondos de nuestra sociedad, se enorgullecía de hacerlo de la manera más brillante posible. Sus discursos políticos y sociales eran cataratas de anécdotas y carcajadas; su salud corporal era tremenda; su ética, el optimismo más completo. Y trataba el problema de la embriaguez (su tópico favorito) con aquella alegría perenne y aun monótona, que es muchas veces la señal de una absoluta y provechosa abstinencia.

La historia corriente de su conversación era muy conocida en los círculos y púlpitos más puritanos: cómo, de niño, había sido arrastrado de la teología escocesa al whisky escocés; cómo se había redimido de lo uno y lo otro, y había llegado a ser (según él modestamente decía) lo que era. La verdad es que su barba blanca y bellida, su cara de querubín, sus gafas deslumbradoras, y las innúmeras comidas y congresos a que asistía, hacían difícil creer que hubiera sido nunca persona tan tétrica como un borrachín o un calvinista. No: aquél era el más seriamente alegre de todos los hijos de los hombres.

Vivía por los rústicos alrededores de Hampstead, en una hermosa casa, alta, pero no ancha: una de esas modernas torres tan prosaicas. La más estrecha de sus estrechas fachadas daba sobre la verde pendiente del camino férreo, y hasta la casa llegaban las trepidaciones del tren. Sir Aaron Armstrong, como él decía con turbulenta manera, no tenía nervios. Pero si a menudo el tren hacía trepidar la casa, aquella mañana se cambiaron los papeles, y fue la casa la que hizo trepidar al tren.

La máquina disminuyó la velocidad, y finalmente, paró justamente frente al sitio en que un ángulo de la casa se adelantaba sobre la pendiente de pasto. Generalmente los mecanismos paran poco a poco, pero la causa viviente de aquella parada fue muy rápida. Un hombre vestido rigurosamente de negro, sin omitir (como lo recordaron los testigos de la escena) el tenebroso detalle de los guantes negros, apareció en lo alto del terraplén, frente a la máquina, y agitó las negras manos como un negro molino de viento. Esto no hubiera bastado siquiera para detener a un tren lentísimo. Pero de aquel hombre salió un grito que después todos repetían como si hubiera sido algo nuevo y sobrenatural. Fue uno de esos gritos tórridamente claros, aun cuando no se entienda qué dicen. Las palabras articuladas por aquel hombre fueron: «¡Un asesinato!»

Pero el conductor asegura que si sólo hubiera oído aquel grito penetrante y horrible, sin entender las palabras, hubiera parado igualmente.

Una vez detenido el tren, bastaba un vistazo para advertir las circunstancias del incidente… El hombre de luto era Magnus, el lacayo de Sir Aaron Armstrong. El baronet, con su habitual optimismo, solía burlarse de los guantes negros de su lúgubre criado; pero ahora toda burla hubiera sido inoportuna.

Dos o tres curiosos bajaron, cruzaron la ahumada cerca, y vieron, casi al pie del edificio, el cuerpo de un anciano con una bata amarilla que tenía un forro de rojo vivo. En una pierna se veía un trozo de cuerda enredado tal vez en la confusión de una lucha. Había una o dos manchas de sangre: muy poca. Pero el cuerpo estaba doblado o quebrado en una postura imposible para un cuerpo vivo. Era Sir Aaron Armstrong. A poco apareció un hombre robusto de hermosa barba, en quien algunos viajeros reconocieron al secretario del difunto, Patrick Royce, un tiempo muy célebre en la sociedad bohemia, y aún famoso en el arte bohemio. El secretario manifestó la misma angustia del criado, de un modo más vago, aunque más convincente. Cuando, un instante después, apareció en el jardín la tercera figura del hogar, Alice Armstrong, la hija del muerto, vacilante e indecisa, el conductor se decidió a obrar, se oyó un silbo, y el tren, jadeando, corrió a pedir auxilio a la próxima estación que no estaba demasiado lejos, por cierto, de aquel lugar.

Y así, a petición de Patrick Royce, el enorme secretario exbohemio, vinieron a llamar a la puerta del padre Brown. Royce era irlandés de nacimiento, y pertenecía a esa casta de católicos accidentales que sólo se acuerdan de su religión en los malos trances. Pero el deseo de Royce no se hubiera cumplido tan de prisa si uno de los detectives oficiales que intervinieron en el asunto no hubiera sido amigo y admirador del detective no oficial llamado Flambeau… Porque, claro está, es imposible ser amigo de Flambeau sin oír contar mil historias y hazañas del padre Brown. Así, mientras el joven detective Merton conducía al sacerdote, a campo traviesa, a la vía férrea, su conversación fue más confidencial de lo que hubiera sido entre dos desconocidos.

—Según me parece —dijo ingenuamente el señor Merton— hay que renunciar a desenredar este lío. No se puede sospechar de nadie. Magnus es un loco solemne, demasiado loco para asesino. Royce, el mejor amigo del baronet durante años. Su hija le adoraba sin duda. Además, todo es absurdo. ¿Quién puede haber tenido empeño en matar a este viejo tan simpático? ¿Quién en mancharse las manos con la sangre del amable señor del brindis? Es como matar a san Nicolás.

—Sí, era un hogar muy simpático —asintió el padre Brown—. Mientras él vivió, al menos, así fue siempre. ¿Cree usted que seguirá siendo igual de alegre?

Merton, asombrado, le dirigió una mirada interrogadora.

—¿Ahora que ha muerto él?

—Sí —continuó impasible el sacerdote—. Él era muy alegre. Pero, ¿comunicó a los demás su alegría? Francamente, ¿había en esa casa alguna persona alegre, fuera de él?

En la mente de Merton pareció abrirse una ventana, dejando penetrar esa extraña luz de sorpresa que nos permite darnos cuenta de lo que siempre hemos estado viendo. A menudo había estado en casa de Armstrong, para cumplir con sus funciones policíacas, ciertos caprichos del viejo filántropo. Y ahora que pensaba en ello se dio cuenta de que, en efecto, aquella casa era deprimente. Los cuartos muy altos y fríos; el decorado, mezquino y provinciano; los pasillos, llenos de corrientes de aire, alumbrados con una luz eléctrica más fría que la luz de la luna. Y aunque, a cambio de esto, la cara escarlata y la barba plateada del viejo ardieran como hogueras en todos los cuartos y pasillos, no dejaban ningún calor tras de sí. Sin duda aquella incomodidad de la casa se debía a la vitalidad de la misma, a la misma exuberancia del propietario. A él no le hacían falta estufas ni lámparas; llevaba consigo su luz y su calor. Pero, recordando a las otras personas de la casa, Merton tuvo que confesar que no eran más que las sombras del señor. El extravagante lacayo, con sus guantes negros, era una pesadilla. Royce, el secretario, hombre sólido, hombrachón o muñecón de trapo con barbas, tenía las barbas de paja llenas de sal gris —como de trapo bicolor—, y la ancha frente surcada de arrugas prematuras. Era de buen natural, pero su bondad era triste y lánguida, y tenía ese aire vago de los que se sienten fracasados. En cuanto a la hija de Armstrong, parecía increíble que lo fuera: tan pálida era y de un aspecto tan sensitivo. Graciosa, pero con un temblor de álamo temblón. Y Merton a veces se preguntaba si habría adquirido ese temblor con la trepidación continua del tren.

—Ya ve usted —dijo el padre Brown pestañeando modestamente—. No es seguro que la alegría de Armstrong haya sido alegre… para los demás. Usted dice que a nadie se le puede haber ocurrido dar muerte a un hombre tan feliz. No estoy muy seguro de ello: ne nos inducas in tentatione. Si alguna vez me hubiera yo atrevido a matar a alguien —añadió con sencillez— hubiera sido a un optimista.

—¿Cómo? —exclamó Merton, risueño—. ¿A usted le parece que la alegría de uno es desagradable a los demás?

—A la gente le agrada la risa frecuente —contestó el padre Brown—; pero no creo que le agrade la sonrisa perenne. La alegría sin humorismo es cosa muy cansona.

Caminaron un rato en silencio, bajo las ráfagas, por el herboso terraplén de la vía y al llegar al límite de la larguísima sombra que proyectaba la casa de Armstrong, el padre Brown dijo de pronto, como el que echa de sí un mal pensamiento, mejor que ofrecerlo a su interlocutor:

—Claro es que la bebida en sí misma no es buena ni mala. Pero no puedo menos de pensar que, a los hombres como Armstrong, les convendría beber algo de tiempo en tiempo para entristecerse un poco.

El jefe de Merton, un detective muy apuesto, de pelo entregrís, llamado Gilder, estaba en la verde loma de la vía esperando al médico forense y hablando con Patrick Royce, cuyas anchas espaldas y erizados pelos le dominaban por completo. Y esto se notaba más porque Royce siempre andaba combado de una manera hercúlea, y discurría por entre sus pequeños deberes domésticos y secretariales con un aire de pesada humildad, como un búfalo que arrastra un carro.

Al ver al sacerdote, levantó la cabeza con evidente satisfacción y se apartó con él unos pasos. Entretanto, Merton se dirigía a su mayor con evidente respeto, pero con cierta impaciencia de muchacho.

—Y qué, señor Gilder, ¿ha descubierto usted este misterio?

—Aquí no hay misterio —replicó Gilder, contemplando, con soñolientas pestañas el vuelo de las cornejas.

—Bueno; para mí, al menos, sí lo hay —dijo Merton, sonriendo.

—Todo está muy claro, muchacho —dijo su mayor, acariciando su puntiaguda barba gris—. Tres minutos después de que te fueras a buscar al párroco del señor Royce todo se aclaró. ¿Conoces a ese criado de cara de palo que lleva unos guantes negros; el que detuvo el tren?

—¡Ya lo creo! Me produce hormigueo.

—Bien —articuló Gilder—; cuando el tren partió, ese hombre había partido también. Un criminal muy frío, ¿verdad? ¡Mira tú que escapar en el tren que va a avisar a la Policía!

—Pero, ¿está usted seguro —observó el joven— que fue él quien mató a su amo?

—Sí, hijo mío, completamente seguro —replicó Gilder secamente—; por la sencilla razón de que ha escapado llevándose veinte mil libras en acciones que estaban en el escritorio de su amo. No: aquí lo único que merece el nombre de misterio es cómo cometió el asesinato. El cráneo se diría roto con un arma potente, pero no aparece arma ninguna, y no es fácil que el asesino se la haya llevado consigo, a menos que fuera lo bastante pequeña para no advertirse.

—O quizá lo bastante grande para no advertirse —dijo el sacerdote, dominando una risita. Gilder le preguntó al padre Brown secamente qué quería decir.

—Nada, una necedad, ya lo sé —dijo el padre Brown—. Algo que parece cuento de hadas. Pero se me figura que el pobre señor Armstrong fue muerto con una cachiporra gigantesca, una enorme cachiporra verde, demasiado grande para ser notada, y que se llama la tierra. En suma, que se rompió la cabeza contra esta misma loma verde en que estamos.

—¿Cómo? —preguntó vivamente el detective.

El padre Brown volvió su cara de luna hacia la casa y pestañeó como un desesperado. Siguiendo su mirada, los otros vieron que en lo alto de aquel muro, y como ojo único, había una ventana abierta en el desván.

—¿No lo ven ustedes? —explicó, señalándola con una torpeza infantil—. Cayó o fue arrojado desde allí.

Gilder consideró la ventana con arrugado ceño y dijo después:

—En efecto, es muy posible. Pero no entiendo cómo habla usted de ello con tanta seguridad.

El padre Brown abrió sus grises ojos vacíos.

—¿Cómo? —exclamó—. En la pierna de ese hombre hay un trozo de cuerda enredado. ¿No ve usted otro trozo allí, en el ángulo de la ventana?

A aquella altura, la cuerda parecía una brizna o una hebra de cabello, pero el astuto y viejo investigador se declaró satisfecho:

—Muy cierto, caballero. Creo que ha acertado.

En este instante, un tren especial de un solo coche entró por la curva que hacía la línea a la izquierda y, deteniéndose, dejó salir otro contingente de policías, entre los cuales aparecía la carota de Magnus, el sirviente evadido.

—¡Por los dioses! ¡Lo han cogido— -gritó Gilder; y se adelantó a recibirlos con mucha precipitación—. ¿Y el dinero? ¿También lo traen ustedes? —preguntó a uno de los policías.

El agente, con una expresión singular, contestó:

—No. —Luego añadió—: Por lo menos, aquí no.

—¿Quién es el inspector? —preguntó Magnus.

Y al oír su voz, todos comprendieron que aquel hombre hubiera podido detener el tren. Era un hombre de aspecto torpe, negros cabellos lacios, cara descolorida, a quien los ojos y la boca, que eran unas verdaderas rajas, daban cierto aire oriental. Su procedencia y su nombre habían sido siempre un misterio. Sir Aaron le había redimido del oficio de camarero, que desempeñaba en una fonda de Londres, y aseguran las malas lenguas que de otros oficios más infames. Su voz era tan viva como su cara era muerta. Sea por esfuerzo de exactitud para emplear una lengua que le era extranjera, sea por deferencia a su amo (que había sido algo sordo), la voz de Magnus había adquirido una sonoridad, una extraña penetración. Cuando habló Magnus, todos se estremecieron.

—Siempre me lo había yo temido —dijo en voz alta con una suavidad ardorosa—. Mi pobre amo se reía de mi traje de luto, y yo siempre me dije que con este traje estaba preparado para sus funerales —hizo un ademán con sus manos enguantadas de negro.

—Sargento —dijo el inspector, mirando con furia aquellas manos—. ¿Cómo es que no le ha puesto usted las esposas a este individuo, que parece tan peligroso?

—Señor —dijo el sargento desconcertado—; no sé si debo hacerlo.

—¿Cómo es esto? —preguntó el otro con aspereza—. ¿No lo han arrestado ustedes?

En la hendida boca del criado hubo una mueca desdeñosa, y el silbato de un tren que se acercaba pareció comentar oportunamente la intención burlesca.

El sargento, muy gravemente, replicó:

—Lo hemos arrestado precisamente cuando salía del puesto de Policía de Highgate, donde acababa de depositar todo el dinero de su amo en manos del inspector Robinson.

Gilder contempló al lacayo asombrado.

—¿Y por qué hizo usted eso? —preguntó.

—¡Por qué había de ser! Para poner el dinero a salvo del criminal —contestó Magnus.

—Es que el dinero de Sir Aaron —dijo Gilder— estaba seguro en manos de la familia.

La cola de esta frase pareció engancharse en el estridor del tren, que se acercó temblando y chirriando. Pero, por sobre el infierno de ruidos a que aquella triste mansión estaba sujeta periódicamente, se oyeron las sílabas precisas de Magnus con toda su nitidez de campanadas:

—Tengo razones para desconfiar de la familia.

Todos, aunque inmóviles, sintieron vagamente la presencia de un recién llegado. Merton volvió la cabeza, y no le sorprendió encontrarse con la cara pálida de la hija de Armstrong, que asomaba sobre el hombro del padre Brown. Todavía era joven y bella, en aquel plateado estilo, pero sus cabellos eran de un color castaño tan opaco y sin matices, que, a la sombra, de repente parecía gris.

—Repórtese usted —gruñó Royce—. Va usted a asustar a la señorita Armstrong.

—Creo que sí —dijo el de la clara voz.

La dama retrocedió. Todos lo miraron sorprendidos. Y él prosiguió así:

—Estoy ya acostumbrado a los temblores de la señorita Armstrong. La he visto temblar muchas veces durante muchos años. Unos decían que temblaba de frío; otros, que de miedo; pero yo sé bien que temblaba de odio y de perverso rencor… Esta mañana los diablos han estado de fiesta. A no ser por mí, a estas horas ella estaría lejos en compañía de su amante, y con todo el dinero de mi amo a cuestas. Desde que el pobre de mi amo le prohibió casarse con ese borracho bribón…

—¡Alto! —dijo Gilder con energía—. No nos importan las sospechas o imaginaciones de usted. Mientras no presente usted una prueba evidente.

—¡Oh, ya lo creo que presentaré pruebas evidentes! —lo interrumpió Magnus con su acento cortado—. Usted tendrá que llamarme a declarar, señor inspector, y yo tendré que decir la verdad. Y la verdad es ésta: un momento después de que este anciano fuera arrojado por la ventana, entré corriendo en el desván, y me encontré a la señorita desmayada, en el suelo, con una daga roja en la mano. Permítaseme también entregarla a la autoridad competente.

Y extrajo de los faldones un largo cuchillo cachicuerno con una mancha roja, y se adelantó para entregarlo respetuosamente al sargento. Después retrocedió otra vez, y las rajas de los ojos casi desaparecieron de su cara en una inmensa mueca chinesca.

Merton se sintió enfermo ante aquella mueca, y murmuró al oído de Gilder:

—Habrá que oír lo que dice la señorita Armstrong contra esta acusación, ¿verdad?

El padre Brown levantó de pronto una cara tan fresca como si acabara de lavársela.

—Sí —exclamó con radiante candor—. Pero, ¿dirá la señorita Armstrong algo contra esta acusación?

La dama dejó escapar un grito breve y extraño. Todos se volvieron a verla. Estaba rígida, como paralizada. Sólo en el marco de sus cabellos castaños resaltaba un rostro animado por la sorpresa. Se diría que acababan de ahorcarla.

—Este hombre —dijo el señor Gilder gravemente— acaba de declarar que la encontró a usted empuñando un cuchillo, e inanimada, un momento después del asesinato.

—Dice la verdad —contestó Alice.

Todos quedaron deslumbrados, y al fin se dieron cuenta de que Patrick Royce adelantaba su cabezota y decía estas singulares palabras:

—Bueno; si me han de llevar, antes he de darme un gusto.

Y, levantando los fornidos hombros, descargó un puñetazo de hierro en la blanda cara mongólica de Magnus, haciéndole caer a tierra más aplastado que una estrella de mar. Dos o tres policías pusieron al instante la mano sobre Royce; pero a los demás les pareció que la razón misma había estallado y que el Universo todo se convertía en una pantomima insensata.

—Señor Royce —gritó Gilder autoritariamente—. Le arresto a usted por agresión.

—No —contestó el secretario con una voz como un gong de hierro—, tendrá usted que arrestarme por homicidio.

Gilder miró muy alarmado al hombre agredido; pero como éste estaba levantándose y limpiándose un poco de sangre de la cara, que en rigor no había recibido mucho daño, preguntó:

—¿Qué quiere usted decir?

—Que es cierto, como ha dicho este hombre —explicó Royce— que la señorita Armstrong cayó desmayada con un cuchillo en la mano. Pero no había empuñado el cuchillo para atacar a su padre, sino para defenderlo.

—Para defenderlo —gritó Gilder gravemente—. ¿Y defenderlo de quién?

—De mí —contestó el secretario.

Alice lo miró con expresión compleja y desconcertada. Después dijo con voz débil:

—Me alegro de que sea usted valiente.

—Subamos —dijo Patrick Royce con pesadez— y les haré ver cómo pasó esta atrocidad.

El desván, que era el aposento privado del secretario —diminuta celda para tan enorme ermitaño—, ofrecía, en efecto, señales de haber sido escenario de un violento drama. En el centro, y sobre el suelo, había un revólver; por un lado rodaba una botella de whisky, abierta, pero no completamente vacía. El tapete de la mesita había caído y estaba pisoteado. Y una cuerda, como la que aparecía en la pierna del cadáver, colgaba por la ventana. En la chimenea, dos vasos rotos, y uno sobre la alfombra.

—Yo estaba ebrio —dijo Royce; y esta confesión sencilla de aquel hombre prematuramente abatido tenía todo el patetismo del primer pecado infantil—. Todos ustedes me conocen —continuó con voz ronca—. Todos saben cómo empecé la vida, y parece que voy a acabarla de igual modo. En otro tiempo decían que yo era inteligente, y pude haber sido feliz. Armstrong salvó de la taberna este despojo de cerebro y de cuerpo y, a su modo, el pobre hombre fue siempre bondadoso conmigo. Sólo que no quería dejarme casar con Alice, y todos dirán que tenía razón. Bueno: ustedes pueden formular las conclusiones que gusten, y no necesitarán que yo entre en detalles. Allí, en el rincón, está mi botella de whisky medio vacía. Allí, sobre la alfombra, mi revólver completamente vacío. La cuerda que se encontró en el cadáver es la cuerda de mi baúl, y el cuerpo fue arrojado desde mi ventana. No hace falta que los detectives averigüen nada en esta tragedia: es una de esas hierbas que crecen en todos los rincones. ¡Me entrego a la horca, y basta, por Dios!

A una señal, que fue lo bastante discreta, la polilla rodeó al robusto secretario para conducirle preso. Pero esta operación fue verdaderamente interrumpida por la extrañísima actitud que adoptó el padre Brown. Éste, a gatas sobre la alfombra, junto a la puerta, parecía entregado a exóticas oraciones. Como era persona que jamás se daba cuenta de la figura que hacía a los ojos de los demás, conservando siempre su actitud, volvió de pronto su cara redonda y radiante, asumiendo aspecto de cuadrúpedo con una ridícula cabeza humana.

—¡Vamos! —dijo con sencillez amable—. Esto se complica. Al principio, señor inspector, decía usted que no aparecía arma ninguna, pero ahora vamos encontrando muchas armas. Tenemos ya el cuchillo para apuñalar, la cuerda para estrangular y la pistola para disparar; y todavía hay que añadir que el pobre señor se rompió la cabeza al caer de la ventana. Esto no va bien. No es económico.

Y sacudió la cabeza junto al suelo, como caballo que pasta. El inspector Gilder abrió la boca para decir algo muy serio; pero antes de que pudiera articular una palabra, ya la grotesca figura rampante decía con la mayor fluidez:

—¡Y estas tres cosas inexplicables! Primero, estos agujeros en la alfombra, donde entraron los seis tiros. ¿A quién se le ocurre disparar a la alfombra? Un ebrio dispara a la cara de su enemigo, que está accionando ante él. Pero no riñe con los pies de su enemigo, ni les pone sitio a sus pantuflas. Y luego, la dichosa cuerda.

Y habiendo acabado con la alfombra, el padre Brown levantó las manos y se las metió en los bolsillos, pero permaneció de rodillas.

—¿En qué grado de embriaguez posible se le ocurre a un hombre atarle a su enemigo la soga al cuello para desatarla después y atársela a la pierna? Royce no estaba tan ebrio para hacer semejante disparate, porque ahora estaría más dormido que un tronco. Y finalmente, la botella de whisky, y esto es lo más claro de todo: usted quiere hacernos creer que aquí ha habido un combate de dipsómano por apoderarse del whisky, que usted ganó la botella, y que, después, la arrojó usted a un rincón, vertiendo la mitad del whisky y dejando el resto en la botella. Lo cual me parece poco propio de un dipsómano.

Se irguió de un salto y, en tono de límpida penitencia, le dijo al presunto asesino:

—Lo siento mucho, mi buen señor, pero lo que usted nos cuenta es una sandez.

—Señor —dijo Alice Armstrong al sacerdote en voz baja—. ¿Podemos hablar a solas?

Esta petición obligó al parlanchín sacerdote a salir a la estancia próxima. Y antes de preguntar nada, la dama le dijo decidida:

—Usted es un hombre inteligente, y trata de salvar a Patrick, lo comprendo. Pero es inútil. Este asunto es muy negro, y mientras más indicios encuentre usted, menos posibilidad de salvación habrá para el desdichado a quien amo.

—¿Por qué? —preguntó el padre Brown mirándola con fijeza.

—Porque —contestó ella con la misma expresión— yo misma lo he visto cometer el crimen.

—¡Ah! —dijo el padre Brown impertérrito— y, ¿qué fue lo que hizo?

—Yo estaba en este cuarto —explicó ella—. Esta y aquella puerta estaban cerradas. De pronto, oí una voz que decía repetidas veces «¡Infierno, infierno!» y poco después las dos puertas vibraron con la primera explosión del revólver. Hubo tres disparos más antes de que yo lograra abrir una y otra puerta. Me encontré la estancia llena de humo; pero la pistola estaba humeando en la mano de mi pobre y loco Patrick. Y yo lo vi con mis propios ojos hacer el último disparo asesino. Después saltó sobre mi padre, que, lleno de terror, estaba encaramado en la ventana, y aferrándolo, trató de estrangularlo con la cuerda, echándosela por la cabeza; pero la cuerda se deslizó por los hombros estremecidos y cayó hasta los pies de mi padre, y se ató sola a una pierna. Patrick tiró de la cuerda enloquecido. Yo cogí entonces un cuchillo que estaba sobre la estera, y metiéndome entre ellos; logré cortar la cuerda antes de caer desmayada

—Ya lo veo todo —dijo el padre Brown con la misma cortesía impasible—. Muchas gracias.

Y mientras la dama desfallecía al evocar tales recuerdos, el sacerdote regresó rápidamente adonde estaban los otros. Allí se encontró a Gilder y a Merton solos con Patrick Royce, que estaba sentado en una silla con las esposas puestas dirigiéndose respetuosamente al inspector. Dijo:

—¿Puedo decir algo al preso en presencia de usted? ¿Y le permite usted quitarse esas cómicas manillas un instante?

—Es hombre muy fuerte —dijo Merton en baja—. ¿Para qué quiere que se las quite?

—Pues, mire usted —dijo el sacerdote con maldad—. Porque quisiera tener el honor de darle un apretón de manos.

Los dos detectives se miraron sorprendidos, y padre Brown añadió:

—¿No quiere usted decirles cómo fue la cosa?

El hombre de la silla movió negativamente la marañada cabeza, y entonces el sacerdote decía con impaciencia:

—Pues lo diré yo. La vida privada es más importante que la reputación pública. Voy a salvar al vivo, y dejar que los muertos entierren a los muertos.

Se dirigió a la ventana fatal y se asomó:

—Le dije a usted que aquí había muchas armas para una sola muerte. Ahora debo rectificar: aquí no ha habido armas, porque no se las ha empleado para causar la muerte. Todos estos instrumentos terribles, el nudo corredizo, la sanguinolenta navaja, la pistola explosiva, han servido aquí como instrumentos de la más extraña caridad. No se han empleado para matar a Sir Aaron, sino para salvarlo.

—¡Para salvarlo! —exclamó Gilder—. ¿De qué?

—De sí mismo —dijo el padre Brown—. Era maniático suicida.

—¿Qué? —dijo Merton con tono incrédulo—. ¡Y su Religión de la Alegría…!

—Es una religión muy cruel —dijo el sacerdote mirando por la ventana—. ¡Que no haya podido él llorar un poco, como antes habían llorado sus padres! Sus planos mentales se endurecieron, sus opiniones se volvieron cada vez más frías. Bajo la alegre máscara se escondía el espíritu hueco del ateo. Finalmente, para conservar ante el público su alegría profesional, volvió a la embriaguez, que había abandonado hacía tanto tiempo. Pero las bebidas alcohólicas son terribles para un abstemio sincero, porque le procuran visiones de ese infierno psicológico contra el cual trata de poner en guardia a los demás. Pronto el pobre señor Armstrong se encontró hundido en ese infierno. Y esta mañana se encontraba en tal estado, que se sentó aquí a gritar que estaba en el infierno, y esto con voz tan trastornada que su misma hija no la reconoció. Le entró la locura de la muerte y, con la agilidad de mono, propia del maniático, se rodeó de instrumentos mortíferos: el lazo corredizo, el revólver de su amigo, el cuchillo. Royce entró casualmente, y, comprendiendo lo que pasaba, se apresuró a intervenir. Arrojó el cuchillo por aquella estera, arrebató el revólver, y sin tener tiempo de sacar los cartuchos los descargó tiro a tiro contra el suelo. El suicida vio aún otra posibilidad de muerte, y quiso arrojarse por la ventana. El salvador hizo entonces lo único que podía: le dio alcance, y trató de atarle con la cuerda las manos y los pies. Entonces esa desdichada joven entró aquí, y comprendiendo al revés las cosas, trató de libertar a su padre cortando la cuerda. Al principio no hizo más que rasguñar las muñecas a Royce, y ésa es toda la sangre que ha habido en este asunto. Porque supongo que ustedes habrán advertido que, aunque su puño dejó sangre en la cara del criado, no dejó la menor herida. Y la pobre mujer, antes de caer desmayada, logró cortar la cuerda que retenía a su padre, el cual salió lanzado por esa ventana rumbo a la eternidad.

Hubo un silencio, y al fin se oyó el ruido metálico que hacía Gilder al abrir las esposas de Patrick Royce, a quien dijo:

—Creo que debo decir lo que siento, caballero. Usted y esa dama valen más que la esquela de defunción de Armstrong.

—¡Al diablo con Armstrong y su esquela! —gritó brutalmente Royce—. ¿No comprenden ustedes que se trataba de que ella no lo supiera?

—¿Que no supiera qué? —preguntó Merton.

—¿Cómo qué? ¡Que es ella quien ha matado a su padre, imbécil! —rugió el otro—. A no ser por ella, estaría vivo. Cuando lo sepa va a volverse loca.

—No, no lo creo —observó el padre Brown, tomando el sombrero—. Al contrario, creo que debe decírselo. Ni la más sangrienta equivocación envenena la vida tanto como un pecado. Y creo también que en adelante ella y usted podrán ser más felices. Y me voy: tengo que ir a la Escuela de Sordomudos.

Al salir por entre el césped mojado, un conocido de Highgate le detuvo para decirle:

—Acaba de llegar el médico. Va a comenzar la información.

—Tengo que ir a la Escuela de Sordomudos —dijo el padre Brown—. Siento mucho no poder asistir a la información.

El cuentista Saki

Saki. El cuentista
Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño también pequeño. Una tía, que pertenecía a los niños, ocupaba un asiento de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento. Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente, recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.

-No, Cyril, no -exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe-. Ven a mirar por la ventanilla -añadió.

El niño se desplazó hacia la ventilla con desgana.

-¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? -preguntó.

-Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba -respondió la tía débilmente.

-Pero en ese campo hay montones de hierba -protestó el niño-; no hay otra cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.

-Quizá la hierba de otro campo es mejor -sugirió la tía neciamente.

-¿Por qué es mejor? -fue la inevitable y rápida pregunta.

-¡Oh, mira esas vacas! -exclamó la tía.

Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros, pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.

-¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? -persistió Cyril.

«Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería»
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo.

La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De camino hacia Mandalay». Sólo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora, pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera hecho la apuesta, probablemente la perdería.

-Acérquense aquí y escuchen mi historia -dijo la tía cuando el soltero la había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma.

Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los niños.

Con voz baja y confidencial, interrumpida a intervalos frecuentes por preguntas malhumoradas y en voz alta de los oyentes, comenzó una historia poco animada y con una deplorable carencia de interés sobre una niña que era buena, que se hacía amiga de todos a causa de su bondad y que, al final, fue salvada de un toro enloquecido por numerosos rescatadores que admiraban su carácter moral.

-¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? -preguntó la mayor de las niñas.

Esa era exactamente la pregunta que había querido hacer el soltero.

-Bueno, sí -admitió la tía sin convicción-. Pero no creo que la hubieran socorrido muy deprisa si ella no les hubiera gustado mucho.

-Es la historia más tonta que he oído nunca -dijo la mayor de las niñas con una inmensa convicción.

-Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta -dijo Cyril.

La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito.

-No parece que tenga éxito como contadora de historias -dijo de repente el soltero desde su esquina.

La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado.

-Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar -dijo fríamente.

-No estoy de acuerdo con usted -dijo el soltero.

-Quizá le gustaría a usted explicarles una historia -contestó la tía.

-Cuéntenos un cuento -pidió la mayor de las niñas.

-Érase una vez -comenzó el soltero- una niña pequeña llamada Berta que era extremadamente buena.

El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién las explicara.

-Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus lecciones perfectamente y tenía buenos modales.

-¿Era bonita? -preguntó la mayor de las niñas.

-No tanto como cualquiera de ustedes -respondió el soltero-, pero era terriblemente buena.

«Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento»
Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida a bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de verdad que faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía.

-Era tan buena -continuó el soltero- que ganó varias medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas en su vestido. Tenía una medalla por obediencia, otra por puntualidad y una tercera por buen comportamiento. Eran medallas grandes de metal y chocaban las unas con las otras cuando caminaba. Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía esas tres medallas, así que todos sabían que debía de ser una niña extraordinariamente buena.

-Terriblemente buena -citó Cyril.

-Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear, una vez a la semana, por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era un parque muy bonito y nunca se había permitido la entrada a niños, por eso fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar.

-¿Había alguna oveja en el parque? -preguntó Cyril.

-No -dijo el soltero-, no había ovejas.

-¿Por qué no había ovejas? -llegó la inevitable pregunta que surgió de la respuesta anterior.

La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una mueca.

-En el parque no había ovejas -dijo el soltero- porque, una vez, la madre del príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio.

La tía contuvo un grito de admiración.

-¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? -preguntó Cyril.

-Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad -dijo el soltero despreocupadamente-. De todos modos, aunque no había ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.

-¿De qué color eran?

-Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros, grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.

El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imaginación una idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió:

-Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente, se sintió tonta al ver que no había flores para coger.

-¿Por qué no había flores?

-Porque los cerdos se las habían comido todas -contestó el soltero rápidamente-. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener flores.

Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe; mucha gente habría decidido lo contrario.

-En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y pensó: «Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver», y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito gordo para su cena.

-¿De qué color era? -preguntaron los niños, con un inmediato aumento de interés.

«El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia»
-Era completamente del color del barro, con una lengua negra y unos ojos de un gris pálido que brillaban con inexplicable ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Berta; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que podía ser visto desde una gran distancia. Berta vio al lobo, vio que se dirigía hacia ella y empezó a desear que nunca le hubieran permitido entrar en el parque. Corrió todo lo que pudo y el lobo la siguió dando enormes saltos y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad». Sin embargo, el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar; volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.

-¿Mató a alguno de los cerditos?

-No, todos escaparon.

-La historia empezó mal -dijo la más pequeña de las niñas-, pero ha tenido un final bonito.

-Es la historia más bonita que he escuchado nunca -dijo la mayor de las niñas, muy decidida.

-Es la única historia bonita que he oído nunca -dijo Cyril.

La tía expresó su desacuerdo.

-¡Una historia de lo menos apropiada para explicar a niños pequeños! Ha socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza.

-De todos modos -dijo el soltero cogiendo sus pertenencias y dispuesto a abandonar el tren-, los he mantenido tranquilos durante diez minutos, mucho más de lo que usted pudo.

«¡Infeliz! -se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe-. ¡Durante los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole una historia impropia!»

Las faces de la luna. Inuit

Las faces de la luna inuit
Hace mucho tiempo, en una aldea a orillas del río Yukon, vivían cuatro hermanos y una hermana. El mas pequeño de los hermanos era el compañero de juegos de la niña. Los demás hermanos eran grandes cazadores y en el otoño se trasladaban a la costa, ya que vivían cerca del mar, y en primavera se iban a las montañas a cazar renos. El hermano menor nunca iba con ellos porque los demás le tenían por lento y perezoso.

Una noche que los hermanos llegaron a la aldea, agotados tras una larga jornada de caza, la niña les fue a llevar comida al Kashim (casa de la asamblea), donde los cazadores dormían. Cuando se dirigía hacia allí, la niña vio en medio del campo una alta escalera que llegaba hasta el cielo y una cuerda a su lado. Curiosa, subió por la cuerda. Mientras lo hacia, el hermano menor vio lo que hacia y fue a alertar a sus hermanos mayores :

“¡Nuestra hermana está escalando hacia el cielo! ¡Nuestra hermana está escalando hacia el cielo!”

“Oh, muchacho perezoso, ¿por qué nos despiertas con estas mentiras? “, dijeron.

“Venid y vedlo por vosotros mismos, ¡rápido!” –dijo sin aliento.

Efectivamente, la niña seguía subiendo por la cuerda pese a cargar aún con la comida para sus hermanos. El menor decidió ir tras ella y comenzó de inmediato a subir la escalera, mientras apenas podía ver ya a su hermana que trepaba por la cuerda. Tan alto subieron los dos, que la niña se convirtió en el sol y en la luna se transformo el muchacho.

Desde entonces, él la persigue pero nunca la alcanza: al anochecer el sol se pone por el Oeste y se ve a la luna aparecer por el Este para ir tras el sol, pero siempre es demasiado tarde, nunca lo alcanza.

La luna, al estar sin comida, poco a poco mengua por el hambre, hasta que casi se la pierde de vista. Es entonces cuando el sol, la hermana, se acerca y le da la comida que guardaba en el cesto que llevaba al Kashim para sus hermanos. Después de que la luna se haya alimentado, poco a poco va engordando y es más lento su periplo, por lo que el sol volverá a ir por delante y la luna pasará hambre de nuevo hasta que su hermana se apiade y vuelva a ofrecerle comida. De esta forma, se producen las fases de la luna que vemos todos los meses.

Leyenda de los ocho soles. Laos

Hace mucho tiempo, la tierra estaba iluminada por ocho soles. La radiante luz deslumbraba a los hombres y el inmenso calor secaba la tierra.

Un día los hombres decidieron que ocho soles eran demasiados para iluminar la tierra y que con uno sólo bastaría.

– ¡Vamos a lanzar flechas a siete soles! ¡Les daremos miedo y ellos solos se apagarán! – pactaron los hombres

Fueron a buscar a un buen arquero, el que mejor puntería tenía. Al disparar sus flechas, los soles se asustarían y se apagarían. Al disparar la primera flecha, un sol se apagó. Disparó una segunda y otro desapareció. Y así fue hasta llegar a la séptima flecha, que hizo que se apagara el séptimo sol pero también el octavo y último.

Entonces la oscuridad reinó en la tierra, la tierra era sombría y fría y los hombres desgraciados. Necesitaban la luz del sol para vivir.

– Tenemos que hacer volver al último sol – se lamentaban las mujeres

– Tiene miedo de nosotros – respondían los hombres

– En ese caso- contestaron las mujeres- Pediremos a los animales que nos ayuden a hacer volver al sol.

Hicieron venir a una vaca, que mugió y mugió pero el sol no vino. Llamaron entonces a un tigre, que estuvo rugiendo mucho rato. Los hombres y las mujeres temblaban de miedo y seguramente el sol también tuvo miedo porque no apareció.

Hicieron venir a un búho, que ululó toda la noche, pero el sol tampoco apareció. Sí que lo hizo, en cambio, una luna blanca que iluminó la tierra.

Entonces los hombres y las mujeres llamaron al gallo. Se puso a cantar tan fuerte que su cresta se enrojeció. Pero siguió cantando y cantando con todas sus fuerzas.

Entonces, tímidamente, una luz amarilla y cálida apareció sobre la tierra. Era un sol que despuntaba sobre la línea del horizonte. Poco a poco, mientras el gallo seguía cantando, el sol se iba alzando en el cielo e iluminaba las caras de todos aquellos que lo esperaban.

Y desde ese momento cada mañana el gallo llama al sol para que ilumine la tierra.