La continuidad de los parques

Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

El hombre de la sesera de oro Daudet

Al leer su carta, señora, me ha asaltado algo así como un remordimiento. Me he recriminado el color pesimista de mis cuentos y me he comprometido a enviarle algo alegre, profundamente alegre.
¿Por qué habría de estar triste, después de todo? Vivo a mil leguas de las nieblas parisinas, sobre una colina luminosa, en la región de los tamboriles y del vino moscatel. A mi alrededor todo es sol y música; tengo orquestas de aguzanieves, orfeones de abejarucos, por la mañana los chorlitos que hacen ¡chorolí, chorolí!; a mediodía las chicharras, luego los zagales tocando la zampoña y las guapas mozas morenas a las que se les oye reír en los viñedos… En verdad, el lugar está mal elegido para tejer fantasías tenebrosas; yo debería, más bien, enviar a las damas poemas color de rosa y cestas llenas de cuentos galantes…
¡Pues bien, no! Todavía estoy demasiado cerca de París. A diario llegan hasta mis pinos las salpicaduras de sus tristezas… En este momento en el que escribo, acabo de saber que el pobre Charles Barbara ha muerto en la miseria; por lo cual mi molino se ha vuelto de luto riguroso. ¡Adiós a los chorlitos y a las chicharras! Ya no tengo ánimos para contar cosas alegres. Por esa causa, señora, en lugar del lindo cuento festivo que había decidido escribir para usted, no leerá hoy sino una leyenda melancólica.
* * *
Érase una vez un hombre que tenía la sesera de oro; sí, señora, una sesera completamente de oro. Cuando vino al mundo, los médicos pensaron que aquel niño no podría vivir, tan pesada era su cabeza y tan desmesurado su cráneo. Sin embargo, vivió y creció al sol como un hermoso retoño de olivo; sólo que su gruesa cabeza le arrastraba siempre, y daba pena verlo tropezar con los muebles al andar… A menudo se caía. Un día rodó desde lo alto de una escalinata y vino a dar con la frente en un peldaño de mármol, donde su cráneo resonó como un lingote. Le creyeron muerto; pero, al levantarlo, sólo le encontraron una leve herida con dos o tres gotitas de oro cuajadas entre sus cabellos rubios. Fue así como los padres supieron que tenía una sesera de oro.
No lo divulgaron; ni siquiera el niño sospechó nada. De vez en cuando éste preguntaba por qué ya no le permitían correr y jugar fuera de casa con los demás niños.
-¡Podrían robarte, mi tesoro! -decía la madre.
Entonces el chiquillo sentía miedo de que lo raptaran y se ponía a jugar solo, sin decir palabra, vagando pesadamente de una habitación a otra.
Sólo al cumplir los dieciocho años le revelaron sus padres el don monstruoso que debía al destino; y como lo habían alimentado y educado desde que nació, le pidieron, en compensación, una parte de su oro. El chico no vaciló: en el acto -¿cómo?, ¿por qué medios?, la leyenda no lo dice- se arrancó del cráneo un buen trozo de oro macizo y lo depositó en el regazo de su madre…
Luego, deslumbrado por los caudales que llevaba en la cabeza, abandonó la casa paterna y se fue por el mundo dilapidando su tesoro. A juzgar por el modo de vivir a lo grande, regiamente y derrochando el oro sin contarlo, habríase dicho que aquella sesera era inagotable… Pero se iba agotando y, poco a poco, su mirada se fue apagando y sus mejillas se demacraron. Un día, la mañana siguiente de una fiesta desenfrenada, el desgraciado, que se había quedado solo entre los restos del festín, se espantó al ver el enorme trozo que le faltaba a su lingote; por lo que pensó que debía detener su despilfarro.
A partir de entonces su existencia cambió. Se retiró y empezó a vivir del trabajo de sus manos, atemorizado y receloso como un avaro, huyendo de las tentaciones, procurando olvidar las fatales riquezas a las que no quería tocar… Por desdicha, un amigo le había seguido en su soledad y este amigo conocía su secreto. Una noche, el desventurado fue despertado súbitamente por un intenso dolor de cabeza; se incorporó desatinado, y vio a la luz de la luna a su amigo que escapaba ocultando algo bajo su capa… ¡Un trozo más de sesera que le quitaban!
Poco después se enamoró, y esta vez se acabó todo. Amaba a una mujercita rubia, que también lo amaba, pero que amaba más aún las plumas, los lazos, los pompones, los bordados y pasamanerías. Entre las manos de aquella gentil criatura -mitad pájaro, mitad muñeca- las monedas de oro se fundían sin sentir. Era caprichosa a más no poder; y él no sabía decir no. Por no contrariarla llegó incluso a ocultarle el origen de su fortuna.
-¿Así que somos muy ricos? -decía ella.
El pobre hombre respondía:
-¡Oh, sí!… ¡Muy ricos! -Y sonreía con amor al pajarito azul que, inocentemente, le iba devorando el cráneo.
Pese a todo, a veces le entraba miedo y le daban ganas de volverse avaro, pero entonces llegaba su mujercita mimosa y le rogaba:
-Cariño, tú que eres tan rico… ¡Cómprame algo que sea muy caro!
Y él le compraba algo muy caro. Así pasaron dos años, hasta que una mañana la mujercita, sin saber por qué, se murió como un pajarito… El tesoro tocaba a su fin, pero con lo que le quedaba, el viudo encargó un hermoso entierro para su amada muerta. Campanas al vuelo, carroza tapizada de negro, caballos empenachados, lágrimas de plata sobre el terciopelo, nada le pareció demasiado suntuoso. Ahora ya ¿qué le importaba su oro? Lo prodigó: le dio a la iglesia, a los sepultureros, a las vendedoras de siemprevivas; por todas partes lo repartió sin regatear… Por eso, al salir del cementerio ya no la quedaba casi nada de su maravillosa sesera; tan sólo unos trocitos pegados a las paredes del cráneo.
Entonces lo vieron irse por las calles con aspecto extraviado y las manos por delante, tropezando como un beodo. Al anochecer, a la hora en que se encienden los bazares, se detuvo ante un amplio escaparate en el que todo un amasijo de lujosas telas y pedrerías espejeaba bajo las lámparas; y permaneció allí un buen rato contemplando un par de chinelas de raso azul con ribetes de plumas de cisne. «Sé de alguien a quien estos escarpines le darán una gran alegría», se decía sonriendo; y, sin recordar que su esposa estaba muerta, entró para comprarlos. Desde el fondo de la trastienda la tendera oyó un grito agudo; acudió y retrocedió espantada al ver al hombre de pie, recostado sobre el mostrador, mirándola angustiosamente. Tenía en una mano los escarpines y en la otra, ensangrentada, unas cuantas partículas de oro en las uñas.
* * *
Pese a su aspecto de cuento fantástico, esta leyenda es cierta por los cuatro costados… Hay en el mundo personas condenadas a vivir de su cerebro, y pagan con oro de ley, con su médula y su propia sustancia, las más ínfimas cosas de la existencia. Cada día es para ellos un sufrimiento, y luego, cuando están hartas de sufrir…

La muerte del delfín Daudet

El pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín se muere… En todas las iglesias del reino, el Santísimo Sacramento permanece expuesto día y noche y grandes cirios arden por la curación del hijo del rey. Los caminos de la vieja residencia están tristes y silenciosos, ya no suenan las campanas, los coches van al paso… En las cercanías del palacio, los vecinos miran con curiosidad, a través de las verjas, a los suizos de panzas doradas que departen con petulancia en los patios.

Todo el castillo está en danza… Chambelanes, mayordomos, suben y bajan corriendo las escaleras de mármol… Las galerías están abarrotadas de pajes y de cortesanos vestidos con ropa de seda que van de un grupo a otro demandando noticias en voz baja. En las amplias escalinatas, las damas de honor, afligidas, se hacen grandes reverencias y se enjugan los ojos con lindos pañuelos bordados.

En L’Orangerie hay una nutrida asamblea de médicos togados. A través de las vidrieras, se les ve agitar sus largas mangas negras e inclinar doctoralmente sus pelucas rematadas en coleta de picaporte… El preceptor y el escudero del pequeño Delfín se pasean ante la puerta, esperando las decisiones de la Facultad. Unos pinches de cocina pasan junto a ellos sin saludarlos. El señor escudero blasfema como un pagano, el señor preceptor recita versos de Horacio… Y, mientras tanto, allá abajo, del lado de las caballerizas, se oye un largo relincho quejumbroso. Es el alazán del joven Delfín, al que los palafreneros han olvidado y que llama con tristeza ante su pesebre vacío.

¿Y el rey? ¿En dónde está Su Majestad el Rey?… El rey se ha encerrado, solo en una habitación, en la otra punta del castillo…A los soberanos no les gusta que los vean llorar… En cuanto a la reina, es muy diferente… Sentada a la cabecera del pequeño Delfín, su bello rostro está bañado en lágrimas y solloza en voz alta delante de todos, como haría una tendera.

En su camita de encajes, el pequeño Delfín, más blanco que los almohadones sobre los que se recuesta, descansa con los ojos cerrados. Parece dormir, pero no. El pequeño Delfín no duerme… Se vuelve hacia su madre y, al verla llorar, le dice:

-Mi señora, ¿por qué lloráis? ¿Creéis de verdad que voy a morirme?

La reina quiere responder. Los sollozos le impiden hablar.

-No lloréis más, mi señora; olvidáis que soy el Delfín, y que los Delfines no pueden morirse así como así…

La reina solloza todavía más fuerte y el pequeño Delfín comienza a asustarse.

-¡Eh, atención! -dice-, no quiero que la muerte venga a buscarme, yo sabré cómo impedirle que llegue hasta aquí… Que hagan venir en seguida a cuarenta lansquenetes muy fuertes para montar guardia en torno a mi cama… ¡Que cien grandes cañones vigilen día y noche con la mecha encendida bajo mis ventanas! Y ¡ay de la Muerte si se atreve a acercarse a mí!…

Para complacer al niño, la reina hace una señal.

Al instante se oyen rodar grandes cañones por el patio; y cuarenta corpulentos lansquenetes, partesana en mano, acuden a formar alrededor de la cámara. Son unos viejos soldadotes de bigotes grises. Al verlos, el pequeño Delfín palmotea. Ha reconocido a uno y le llama:

-¡Lorrain! ¡Lorrain!

El soldadote da un paso hacia la cama:

-Te tengo cariño, mi viejo Lorrain… A ver, enséñame tu gran sable… Si la muerte quiere llevarme, habrá que matarla, ¿verdad?…

Lorrain contesta:

-Sí, monseñor.

Y dos gruesas lágrimas corren por sus curtidas mejillas.

En este momento, el capellán se acerca al pequeño Delfín y le habla largo rato en voz baja, mostrándole un crucifijo. El pequeño Delfín le escucha muy sorprendido y, luego, de repente, le interrumpe:

-Comprendo muy bien lo que me dice, señor capellán; pero, en fin, ¿no podría morir en mi lugar mi amiguito Beppo, si se le da mucho dinero?…

El capellán sigue hablándole en voz baja y el pequeño Delfín se asombra cada vez más. Cuando termina el sacerdote, el pequeño Delfín responde, con un gran suspiro:

-Todo lo que acaba de decirme, señor cura, es muy triste; pero algo me consuela y es que, allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seguiré siendo el Delfín… Sé que Dios es mi primo y no dejará de tratarme según mi rango.

Luego, volviéndose hacia su madre, añade:

-¡Que me traigan mis mejores trajes, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero ponerme elegante para los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.

Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla largamente en voz baja… En medio de su discurso, el niño le interrumpe colérico:

-¡Pero, entonces -exclama-, ser Delfín no sirve de nada!

Y, sin querer oír más, el pequeño Delfín, volviéndose hacia la pared, llora amargamente.

Sioux. Águila y Halcón.

FB_IMG_1577444131777-01

Cuenta esta historia sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo, tomados de la mano, Toro Bravo, el guerrero y Nube Alta, la hija del cacique.
– Nos amamos -empezó el joven.
– Y nos vamos a casar -dijo ella.
– Queremos un hechizo, un conjuro, algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos -dijeron los jóvenes al unísono.
– Hay algo que puedo hacer por vosotros, pero es una tarea muy difícil y sacrificada -dijo el brujo tras una larga pausa.
– No importa -dijeron los dos.
– Entonces -dijo el brujo- Nube Alta, sin más armas que una red y tus manos, subirás al monte y cazarás al halcón más vigoroso. Tráemelo vivo el tercer día de luna llena … Y tú, Toro Bravo -prosiguió el anciano- tú debes traer de la montaña más alta a la más valiente de las águilas, y traerla viva sin ninguna herida.
Los jóvenes asintieron en silencio y, después de mirarse con ternura, partieron. El día establecido por el brujo, los jóvenes llegaron a su tienda con dos grandes bolsas de tela que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que, con mucho cuidado, las sacaran de las bolsas. Eran sin duda las aves más hermosas de su estirpe.
– Ahora -dijo el brujo- atad entre sí a las aves por las patas con estas tiras de cuero. Después soltadlas y dejad que intenten volar. El águila y el halcón intentaron levantar el vuelo, pero sólo consiguieron revolcarse en el suelo. Irritadas por su incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí.
– Éste es el conjuro. Jamás olvidéis lo que habéis visto hoy. Vosotros sois como el águila y el halcón… si os atáis el uno al otro, aunque sea por amor, viviréis arrastrándoos y, tarde o temprano, os haréis daño el uno al otro. Si queréis que vuestro amor perdure volad juntos pero jamás atados.

Cherokee. Todo cambia

Wilma Mankiller, primera jefa de la nación Cherokee.

Érase una vez…

una mujer Cherokee que tuvo un sueño mientras encendía una hoguera, era una mujer joven y bella. Todos en la tribu adoraban su belleza, una piel suave adornada con pétalos de colores, largo cabello negro y ojos turquesa como la superficie de un océano tropical al atardecer.

La mujer Cherokee solo tenía miedo de una cosa, de la vejez, de ver cómo se arrugaría su rostro, y se platearía su cabello. Ella solo tenía su Belleza y si la perdía…¿entonces qué?

Su Belleza le abría puertas, era gracias a ella que había conquistado el corazón del guerrero más fuerte de la tribu, su Belleza era un gran don…hasta que un día encendió una hoguera y tuvo un sueño.

Lo único que nunca cambia es que todo cambia.

Sintió esta frase dibujada en las llamas, encendidas por el viento de la noche, mientras algún que otro lobo aullaba. Le había llegado como un susurro, como el que apaga una vela tambaleante.

Algo dentro se le congeló. Miró a su alrededor pero no había nadie, solo su caballo blanco durmiendo bajo las estrellas, estaba sola en la noche más larga del mundo. ¿Dónde estaban todos los que adoraban su Belleza ahora?

Gritó, pero la noche parecía haber vaciado la tribu por completo y le devolvía el grito con un golpe de viento. Los tipis descansaban silenciosos y triangulares recortando el horizonte como montañas nevadas.

Algún día ella también sería anciana, su Belleza ahora tan adorada, desaparecería. Sintió que sin su Belleza no valdría nada como mujer.

Entonces, una anciana, una de las más arrugadas de la tribu, apareció entre las llamas. Un rostro digno y reluciente, con una Belleza extraña, caminaba algo encorvada y con una gran sonrisa.

-¿Qué pasa niña?

-Estoy muy triste, hoy me he dado cuenta, por primera vez, mientras miraba el fuego que un día también seré una anciana, que perderé mi Belleza, no seré nadie, no valdré nada, a nadie le importaré, estaré sola y vieja.

-Te equivocas niña. Fijate en los árboles, cientos de años después de ser una semilla, después de haber vivido mil tormentas y pasado por cientos de estaciones se mantienen firmes con sus ramas mirando al cielo, fíjate en los ríos, cómo corren sus aguas que siempre están igual de claras y transparentes, fíjate en los lobos cómo cuidan de su manada al hacerse mayores y dirigen a los mas pequeños.

Ellos no se preguntan por el mañana, ¿lo ves?

Todos tenemos una función en nuestra tribu niña, tú también la tienes, aunque aún no la hayas descubierto, por supuesto que eres muy bella, pero esa no es tu función.

Si cultivas la Belleza que llevas dentro, ésta se hará cada vez más grande a medida que pase el tiempo.

Entonces, celebrarás cada día vivido, cada arruga, cada nueva experiencia que te hace ser única.

-Dentro no hay nada, solo existe lo de fuera, es por mi Belleza por lo que me quieren y desaparecerá.

-Eso es lo que parece niña, tú espera, sé paciente, que para eso está el tiempo, para que te arrugue de sonrisas y tristeza, para que te enamores y desenamores, para que veas el mundo y subas una montaña.

Vive cada día hoy, vive tu belleza física, hónrala y cuídala,  pero acepta que habrá un mañana.La Belleza más importante no es la de afuera. ¡Ya lo verás!.

Haz caso al fuego. El fuego es sabio, sus llamas arden en el viento y beben agua.

La mujer Cherokee no entendía nada. Estaba enojada con la anciana por contarle todas esas tonterías. ¿Dentro? ¿dentro, de qué?

En su interior solo había un corazón fuerte bombeando y sangre roja encendida. Lo único que quería de la anciana es que le dijera alguna fórmula para no envejecer. Alguna manera de evitar que su piel se arrugase, que sus huesos empezaran a fallarle, que su pelo negro se tornará blanco…agún brevaje, alguna planta milagorsa que revirtiera el proceso.

Al principio, la mujer Cherokee buscó y buscó. Buscó en los bosques, preguntó a los hombres más sabios que vivían más allá de las montañas, trató de encontrar a alguna mujer que hubiera conseguido permanecer joven…

No cesó en su búsqueda. Las mujeres Cherokee son fuertes y persistentes. Nunca abandonan en su empeño por conseguir algo.

Así, la mujer Cherokee fue viviendo su vida, vió como los que antes eran niños se hacían mayores, cómo crecía un niño en su interior, un niño que sería un gran guerrero.

Con el pasar de los años amó a muchos y a muchas,  y también muchos la amaron, sin embargo a medida que iban apareciendo arrugas en su rostro ese, amor no disminuía sino que iba en aumento, un amor que siempre había estado en su interior y que había tardado tanto tiempo en encontrar.

Sintió el calor de cada uno de sus amigos en las llamas del fuego, un fuego que seguía ardiendo con fuerza,  y que le recordaba una lección tiempo atrás olvidada.

Entonces, un día vio a una de las mujeres más hermosas de su tribu, tendría la edad que ella tuvo años atrás, también estaba frente al fuego mirando su pequeña hoguera con una gran tristeza. La mujer Cherokee sonrío, se acercó a las llamas y susurró…

Lo único que nunca cambia es que todo cambia.

El precio de la maldad Mali

 

FB_IMG_1579402332036-01

Erase una vez un hombre que se llamaba Kelenako. Dios había hecho de él un hombre rico: poseía numerosos asnos, vacas, ovejas y cabras. También tenía inmensas reservas de comida, tanta que no sabía qué hacer con ellas.

Tenía una única hermana, Lafili, que estaba casada con un hombre de otra aldea. En esa aldea, llamada Nianibougou. Lafili, su marido y sus hijos vivían miserablemente y sufrían muy a menudo del hambre.

Un día, Lafili decidió ir a la casa de su hermano mayor para pedirle un poco de mijo. Efectivamente, hacía tres días que sus hijos no habían comido casi nada.

Lafili anduvo durante cuatro días con su hijo menor. Cuando llegó a la casa de su hermano, le saludo debidamente y le dijo:

Hermano mayor Kelenako, hoy me ves ante ti. No estoy en paz, soy desgraciada. No tengo nada para darle de comer a tus sobrinos. Nuestros proverbios dicen: « que uno encuentre madera o que no la encuentre, todos saben que es en la selva donde hay que buscarla ». También se dice que « cuando los ojos giran a izquierda y derecha en sus órbitas, es que buscan un rostro familiar ». Por fin, nuestro abuelo decía que « más vale hacerse matar por su propia vaca que por la de otro ». He venido a pedirte un poco de mijo.

Al oír esto, los ojos de Kelenako enrojecieron como la sangre. Contestó: – Lafili, veniste aquí, es normal. Tienes problemas, está claro. En cuanto a los míos, ni siquiera puedo contártelos. No tengo en mi casa ni un grano de mijo, ¡por más pequeño que sea! Anoche, nos acostamos sin comer. No te resientas conmigo pero no puedo nada por ti. No debes quedarte aquí. ¡Levántate pronto y vuelve a tu casa, antes de que se ponga el sol!  El corazón triste, Lafili dio vuelta atrás con su hijo. En cuanto se fue, Kelenako se levantó y se echó a reir. Se rió mucho, rió tanto que lloró de la risa. Se acercó a su granero de mijo y se exclamó:

¡He! ¡Yo, Kelenako! ¡Qué feliz estoy! Un granero, dos graneros, tres graneros, cuatro graneros, cinco graneros… ¡He!! Imposible contarlos todos. Están todos llenos de bueno mijo. Y no son de nadie más que míos. ¡Bendito sea! ¡Así es y nunca se acabará! Mi hermanita ha venido a pedirme mijo. Le he jurado que no tenía ningún grano de mijo en mi casa. ¡La engañé! Esto es lo que me gusta hacer: ser malo con la gente. Para ser malo, hay que serlo sin reserva con su familia. De este modo, no dudamos en serlo con los demás. Para hacerse temer por sus semejantes, no hay que dudar en llegar a abofetear a un muerto ante sus ojos. Con estas palabras, Kelenako se deslizó por entre sus graneros riéndose a carcajadas. Al pasearse, siguió elogiando a la maldad.

De pronto, sintió un dolor vivo en su columna vertebral. Tuvo la impresión de que su cuerpo se estirazaba poco a poco. Horrorizado, constató que sus miembros inferiores se alargaban. Su cuerpo entero empezó a hacerlo sufrir y el dolor pronto se hizo insoportable. Pegó un grito terrible y toda su familia acudió a él.

Entonces, ante los ojos de sus mujeres y de sus hijos, Kelenako se transformó en una gran serpiente. Solamente su cabeza quedó intacta. Se dirigió entonces a su familia:

Escóndanme en mi cabaña. Hagan lo imposible para que mis enemigos no se enteren de mi metamorfosis. ¿Qué pasó? Os lo voy a contar. Mi hermanita acaba ahora mismo de irse. Me suplicó que le diera un poco de mijo y la despidí diciéndole que no tenía nada. Hijos míos, que jamás ninguno de vosotros le haga daño a una de sus hermanas.

Hasta hoy, los bambaras tienen una gran consideración por sus hermanas. Todo el mundo sabe que la maldad nunca queda impune.

 

 

Patio de tarde – Cortazar

A Toby le gusta ver pasar a la muchacha rubia por el patio. Levanta la cabeza y remueve un poco la cola, pero después se queda muy quieto, siguiendo con los ojos la fina sombra que a su vez va siguiendo a la muchacha rubia por las baldosas del patio. En la habitación hace fresco, y Toby detesta el sol de la siesta; ni siquiera le gusta que la gente ande levantada a esa hora, y la única excepción es la muchacha rubia. Para Toby la muchacha rubia puede hacer lo que se le antoje. Remueve otra vez la cola, satisfecho de haberla visto, y suspira. Es simplemente feliz, la muchacha rubia ha pasado por el patio, él la ha visto un instante, ha seguido con sus grandes ojos avellana la sombra en las baldosas. Tal vez la muchacha rubia vuelva a pasar. Toby suspira de nuevo, sacude un momento la cabeza como para espantar una mosca, mete el pincel en el tarro, y sigue aplicando la cola a la madera terciada.

TZIGANE

Halcón y paloma

Cuenta esta historia sioux que una vez llegaron hasta la tienda del viejo brujo, tomados de la mano, Toro Bravo, el guerrero y Nube Alta, la hija del cacique.
– Nos amamos -empezó el joven.
– Y nos vamos a casar -dijo ella.
– Queremos un hechizo, un conjuro, algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos -dijeron los jóvenes al unísono.
– Hay algo que puedo hacer por vosotros, pero es una tarea muy difícil y sacrificada -dijo el brujo tras una larga pausa.
– No importa -dijeron los dos.
– Entonces -dijo el brujo- Nube Alta, sin más armas que una red y tus manos, subirás al monte y cazarás al halcón más vigoroso. Tráemelo vivo el tercer día de luna llena … Y tú, Toro Bravo -prosiguió el anciano- tú debes traer de la montaña más alta a la más valiente de las águilas, y traerla viva sin ninguna herida.
Los jóvenes asintieron en silencio y, después de mirarse con ternura, partieron. El día establecido por el brujo, los jóvenes llegaron a su tienda con dos grandes bolsas de tela que contenían las aves solicitadas. El viejo les pidió que, con mucho cuidado, las sacaran de las bolsas. Eran sin duda las aves más hermosas de su estirpe.
– Ahora -dijo el brujo- atad entre sí a las aves por las patas con estas tiras de cuero. Después soltadlas y dejad que intenten volar. El águila y el halcón intentaron levantar el vuelo, pero sólo consiguieron revolcarse en el suelo. Irritadas por su incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí.
– Éste es el conjuro. Jamás olvidéis lo que habéis visto hoy. Vosotros sois como el águila y el halcón… si os atáis el uno al otro, aunque sea por amor, viviréis arrastrándoos y, tarde o temprano, os haréis daño el uno al otro. Si queréis que vuestro amor perdure volad juntos pero jamás atados.

LA PAREJA DE CUERVOS TIBET

IMG_20190225_211843_633

EL SABIO DECLARA: COMO LA RUEDA DEL CARRO SIGUE A LA PEZUÑA DEL BUEY,  ASÍ  NOS SIGUEN LOS RESULTADOS Y CONSECUENCIAS DE NUESTROS ACTOS.

La belleza del vacío

Se trataba de un maestro que parecía obsesionado con una sola idea. Cada vez que tenía contacto con sus alumnos, les repetía la misma palabra:
-Vaciaos, vaciaos.
Tanto insistía el maestro con esta cuestión, que sus alumnos comenzaron, secretamente, a cuestionar esta enseñanza. No veían en ella ningún sentido. Un día, respetuosamente, le dijeron:
-Maestro, no queremos poner en duda tus enseñanzas, pero… ¿podrías decirnos por qué pones tanto énfasis en que nos vaciemos?
-Cuestionar para aprender e investigar es una buena práctica. Pero no puedo responderos con una respuesta llana a vuestra pregunta. Pero les solicito que mañana os reunáis conmigo en el santuario, trayendo cada uno un vaso repleto de agua.

  Los discípulos, asombrados e incluso un poco incrédulos, siguieron las instrucciones.
-Ahora vais a hacer algo muy simple. Golpead el vaso con las cucharas. Quiero escuchar el sonido que producen. Los alumnos golpearon los vasos. No brotó más que un sonido sordo, apagado, sin gracia. Entonces el maestro ordenó:
-Ahora, vaciad los vasos y golpeadlos nuevamente.
Así lo hicieron los monjes. Una vez que los vasos estuvieron vacíos, volvieron a golpearlos con las cucharas. Surgió un sonido intenso, vivo, sin dudas más musical.
Los monjes intuían la enseñanza:
-Así como un vaso lleno no emite sonidos agradables, con una mente atiborrada de conocimientos o contenidos, difícilmente llegaremos a lo esencial del ser.

La  pareja de cuervos

Una pareja de cuervos estaba buscando dónde construir su nido. Deseaban establecerse en un lugar  apacible. Encontraron, por fortuna, un árbol muy grande, de frondosas ramas. Se sintieron muy felices. Era el lugar siempre soñado. Con minuciosidad construyeron el nido. Había llegado el momento de tener polluelos y formar una gran familia.  El nido quedó construido. La pareja estaba muy contenta. Pero las vicisitudes de la vida alcanzan a todos, incluso a los cuervos. Cada vez que los polluelos abandonaban el cascarón, una voraz serpiente que reptaba por el tronco del gigantesco árbol se comía a los recién nacidos. Ante la desesperación de la madre, esto sucedía inevitablemente una vez tras otra. La situación  era desesperada. La madre cuervo lloraba sin parar y se lamentaba a su marido.  – No podemos hacer nada gimió-. Todos nuestros polluelos han sido comidos por esa malvada serpiente. Estamos indefensos. Sólo nos queda irnos de aquí lo antes posible.  El cuervo no quería dejar su hogar. Pero no sabía qué hacer para impedir las fechorías de la  serpiente. Estuvo reflexionando durante días. Tenía que haber alguna solución, algún modo de liberarse de aquél animal perverso que engullía a todos sus polluelos. «Tendré que pedir ayuda a  algún amigo», se dijo. Sí, al menos, necesitaba desahogar sus penas y recibir algún consejo.  Tenía un gran amigo y no era otro que un ladino chacal. Cundo le contó su tragedia al chacal,  éste dijo: – Hay que aplicar la astucia. Con seres tan malignos es necesario ser cauteloso y sagaz.  El chacal se quedó pensativo. De súbito, sus ojos brillaron como lentejuelas. El cuervo comprendió que algún plan estratégico había aflorado en su mente.  – Amigo cuervo -dijo con voz firme, vas a dirigirte al lago donde el monarca acostumbra a bañarse con su reina. Dejando que te vean, coge alguna joya de la reina y, portándola con tu poderoso  pico, la depositas en el agujero en que vive la serpiente.  – ¿Eso es todo? preguntó el cuervo desilusionado-. ¡Y, además, que me vean!  – Eso es todo -aseveró el chacal-. Así que no pierdas tiempo.  Velozmente, el cuervo voló hasta el lago y se hizo con un precioso collar de turquesas y corales, las piedras que más gustan a los tibetanos.  La guardia del rey vio cómo el cuervo robaba el collar. Sin perderlo en ningún momento de vista,  lo persiguieron. El cuervo voló hasta el agujero donde vivía la serpiente y allí dejó caer el  collar. La guardia del rey acudió hasta el agujero y comenzó a buscar en el mismo. Entonces encontraron a la serpiente y le propinaron una buena cantidad de golpes, hasta acabar con ella.  Habiendo recuperado el collar, se alejaron.  La pareja de cuervos estaba muy agradecida y fueron a expresar su gratitud infinita al chacal,  que dijo: – Esa malvada serpiente ha pagado con su vida su voracidad. Siempre llega el momento, antes o  después, de saldar cuentas.  Cuando los polluelos salieron del cascaron, no sólo tuvieron a sus padres para protegerlos, sino  también al chacal, que estaba entusiasmado con la presencia de las que a él le parecían unas rarísimas criaturas.

Seguir leyendo «LA PAREJA DE CUERVOS TIBET»

Orisha. Nigeria

14021704_594177810707137_1471744506695493056_n

Oshosi u Oshossi (Ochosi) es un Osha del grupo de Orisha Oddé, comúnmente llamados Los Guerreros. Este grupo lo conforman Eleguá, Oggún, Oshosi y Osun. Es uno de los primero Orishas y Osha que recibe cualquier individuo. Orisha cazador por excelencia. Se relaciona con la cárcel, la justicia y con los perseguidos. Es el pensamiento que es capaz de trasladarse a cualquier sitio o a cualquier tiempo y capturar o coger algo. Está simbolizado por las armas a partir del arco y la flecha y está relacionado especialmente con Oggún. Se le considera mago y brujo. Su nombre proviene del Yoruba Osóssí (Osó: brujo Sísé: hacer trabajo Sí: para), literalmente «El que trabaja con brujería». Fue rey de Ketu. Oshosi vive con Oggun, salvo que se reciba como Orisha Olorí, es decir que se asiente o se separa de Oggun cuando recibe la mano de caracoles y su eleke por Itá. Dueño del monte y de la caza, su otá (piedra) se recoge allí.

El número de Ochosi es el 3 y sus múltiplos. Su color es el azul y sus collares se confeccionan de cuentas azul y coral alternadas o en otros casos de 7 azules y 7 amarillas. En el sincretismo se compara con San Norberto (6 de Junio). Se saluda ¡Oshosi Odde Mata !

Familia de Oshosi.

En Nigeria se le considera hijo de Oduduwa (Oddua). En Cuba a Ochosi lo sitúan como hijo de Obbatala y Yemú o Yembó. Esposo de Oshun con quien tuvo a Logun Ede.

El receptáculo de Oshosi es un freidor, sus atributos son las lanzas, flechas, arcos, trampas, rifle, dos perros de metal, un saco de piel de animal, un sombrero de piel, pólvora, atributos de pesca, trofeos de caza, tarros de venado, un tridente en forma de flecha grande, tres acofá, un espejito, un maja, espada, machete, cuchillo, una paloma, un pájaro, etc.

Ofrendas a Oshosi.

A Ochosi se le ofrenda alpiste, mijo, ñame, aguardiente, anís, tabaco, pájaros cazados, mandioca (yuca) y legumbres. Se le inmolan chivos, gallos, codorniz, pollo, venado, paloma, gallinas de guinea, jutías, etc. Algunos de sus ewes son la caña santa, pata de gallina, adormidera, romerillo, siempreviva, anamú, albahaca, rompesaragüey, atiponlá, peregún, peonía, verdolaga, aguacate, guayaba, Ceiba, álamo, algarrobo, almácigo, maravilla, pendejera, higuereta, galán de noche, ciruela, etc.

Trajes de Oshosi.

Oshosi se viste en una combinación de Elegguá y Oggún. Los colores son lila o púrpura claro. Su gorro y el bolso sobre su hombro están hechos de piel de tigre. Oshosi siempre lleva un arco y una flecha.

Bailes de Oshosi.

Cuando Oshosi baja, la persona baila siempre simulando estar disparando una flecha con un arco.

Coronar Oshosi. Kari-Osha.

Para coronar Oshosi debe haber recibido antes a los Orishas guerreros. Luego durante la coronación se deben recibir los siguientes Oshas y Orishas. Oshosi, Elegguá, Oggún, Obbatalá, Oke, Yemayá, Shangó, Ogué, Oshún y Oyá.

Caminos de Oshosi.

Oshosi Móta.
Oshosi Kayoshosi.
Oshosi Alé.
Oshosi Marundé.
Oshosi Ibualámo.
Oshosi Otín.
Oshosi Onilé.
Oshosi Abedi.
Oshosi Bi.
Oshosi Gurumujo.
Oshosi Odde.
Oshosi Odde mata.
Oshosi Ode Ode.
Oshosi Burú.
Oshosi Belujá.
Oshosi Bomi.
Oshosi Kadina.
Oshosi Biladé.
Oshosi Molé.
Oshosi Tundé.
Oshosi Omialé.
Oshosi Deyí.
Oshosi De.
Oshosi Tofáo.
Oshosi Elefaburú.

Características de los Omo Oshosi.

Los omo Oshosi son inteligentes, rápidos, atentos a cualquier señal, llenos de iniciativa, siempre alertas a cualquier oportunidad, son hospitalarios, protectores y amantes de la familia aunque esta a veces sufra por sus costumbres nómadas, bohemias e inestables.

Patakies de Oshosi.

Oshosi es el mejor de los cazadores y sus flechas no fallan nunca. Sin embargo, en una época nunca podía llegar hasta sus presas porque la espesura del monte se lo impedía. Desesperado fue a ver a Orunmila, quien le aconsejó que hiciera ebbó. Oshosi y Oggún eran enemigos porque Eshu había sembrado cizaña entre ellos, pero Oggún tenia un problema similar. Aunque nadie era capaz de hacer caminos en el monte con más rapidez que él, nunca conseguía matar a sus piezas y se le escapaban. También fue a ver a Orunmila y recibió instrucciones de hacer ebbó. Fue así que ambos rivales fueron al monte a cumplir con lo suyo. Sin darse cuenta, Oshosi dejo caer su ebbó arriba de Oggún, que estaba recostado en un tronco. Tuvieron una discusión fuerte, pero Oshosi se disculpo y se sentaron a conversar y a contarse sus problemas. Mientras hablaban, a lo lejos paso un venado. Rápido como un rayo, Oshosi se incorporo y le tiro una flecha que le atravesó el cuello dejándolo muerto. ”Ya ves”, suspiro Oshosi, ”yo no lo puedo coger”. Entonces Oggún cogió su machete y en menos de lo que canta un gallo abrió un trillo hasta el venado. Muy contentos, llegaron hasta el animal y lo compartieron. Desde ese momento convinieron en que eran necesarios el uno para el otro y que separados no eran nadie, por lo que hicieron un pacto en casa de Orunmila. Es por eso que Oshosi, el cazador, siempre anda con Oggún, el dueño de los hierros.