India El padre de Somarsaman

Todo comenzó en la mañana en que Svbhakripana tuvo la suerte de con­seguir una olla repleta de harina de arroz. Con mucho cuidado la colgó de un clavo en la pared, al lado de su cama, de manera que al acostarse no la perdiera de vista.Esa noche no pudo dormir, y éstos eran los pensamientos que le quitaban el sueño:»Esa olla que me han dado está llena de harina de arroz. Si llega ahora una época de escasez de alimentos, podré ven­derla por cincuenta monedas de plata. Con esas monedas me compraré dos cabras. Las cabras crían cada seis meses, por lo que en poco tiempo tendré un rebaño. Con lo que me den por esas cabras compraré vacas. Cuando las vacas hayan parido, voy a vender las terneras. Con las vacas compraré búfalos. Con los búfalos, yeguas. Cuando las yeguas hayan tenido cría, seré dueño de muchos caballos. Vendiendo los caballos tendré gran cantidad de oro. Por el oro me darán una casa de tres pisos. Entonces vendrá a mi casa un gran señor, y me dará la mano de su hermosa hija. Ella tendrá a su vez un hi­jo, al que llamaré Somasarman. Cuando ya tenga edad como para sentarse en mis rodillas, tomaré un libro, me iré a la caba­lleriza y me sentaré a estudiar. Al verme, a mi hijo Somasarman le darán ganas de sentarse en mis rodillas. Se alejará de su ma­dre y vendrá hacia mí, pasando por al lado de los caballos. Yo, enojado, le gritaré a mi esposa: «¡Cuidado con el niño!’. Pero ella estará demasiado ocupada como para escucharme. Yo me levantaré y le daré un puntapié en las nalgas.»Tan metido estaba el hombre en sus pensamientos, que dio un puntapié y rompió la olla, quedando completamen­te cubierto por la harina de arroz.Y entonces quedó claro que aquel que hace planes para un futuro demasiado lejano, se queda blanco como el padre de Somasarman.

Un castillo en el aire – Balcanes

Erase una vez un zar que tenía tres hijos y una hija a la que tenía metida en una jaula, y allí la criaba y cuidaba como a las niñas de sus ojos. Cuando la doncella creció, un atardecer, pidió a su padre que la dejara salir con sus hermanos a dar un paseo y el padre accedió. Pero apenas hubo sali­r do del palacio, por el cielo llegó volando un dragón, agarró a la don­cella y se la llevó por las nubes.Los hermanos fueron corriendo a contarle a su padre lo que había sucedido y le pidieron que los dejara marchar en busca de su hermana. El padre les dio su permiso y también dio un caballo a cada uno con todo lo necesario para el viaje, así que se marcharon a buscar a su hermana.Después de mucho viajar dieron con Un castillo que no estaba ni en el cielo ni en la tierra. Al llegar allí, pensaron que en aquel castillo bien podría estar su hermana y en seguida empezaron a discurrir sobre la manera en que subirían y, después de darle muchas vueltas, deci­dieron que uno de ellos degollaría a su caballo y con la piel harían un cordel, entonces atarían un extremo a una flecha y con el arco la lanzarían desde abajo para que se clavara en el castillo y de esa forma podrían subir. Los hermanos menores dijeron al mayor que matara a su caballo, pero él no quería, tampoco quería el hermano mediano, conque el pequeño mató al suyo, hizo un cordel con la piel, anudó uno de los extremos a una flecha y disparó la flecha con su arco. Cuan­do llegó el momento de trepar por el cordel, tampoco querían subir ni el mayor ni el mediano, por lo que tuvo que subir el pequeño.Cuando estuvo arriba empezó a ir de un aposento a otro, hasta que llegó a una estancia en la que vio a su hermana sentada, sosteniendo en su regazo la cabeza del dragón que se había quedado dormido mien­tras ella lo espulgaba. Al ver a su hermano la doncella se asustó y empe­zó a suplicarle en voz baja que huyera antes de que se despertase el dragón, pero él no le hizo caso sino que agarró una maza, la levantó y golpeó con ella al dragón en la cabeza, pero el dragón, todavía dormi­do, se llevó la mano al lugar del golpe y le dijo a la doncella:-Justo aquí me pica algo.Al tiempo que decía esto, el hijo del zar le arreó otro mazazo, y otra vez el dragón le dice a la doncella:-De nuevo me pica algo por aquí.Cuando estaba a punto de atizarle por tercera vez, su hermana le señaló con el dedo el punto en donde le brotaba la vida, y allí que le dio, nada más golpearle, el dragón se quedó muerto en el sitio. La hija del zar lo apartó de su regazo, corrió a besar a su hermano y tomán­dole de la mano, se puso a mostrarle el castillo.Primero lo llevó a un aposento en el que, atado al pesebre, había un caballo zaino con el jaez de plata pura. Luego lo llevó a otro apo­sento en donde, junto al pesebre, había un caballo blanco con el jaez de oro puro. Finalmente lo condujo a un tercer aposento en el que estaba un caballo bayo junto al pesebre, con el jaez guarnecido de pie­dras preciosas.Tras mostrarle esos aposentos, lo llevó su hermana a una estancia en la que una doncella, sentada junto a un bastidor de oro, bordaba con hilo también de oro. De esta estancia lo llevó a otra en la que una don­cella hilaba hebras de oro. Al fin lo llevó a una tercera estancia en la que una doncella ensartaba perlas frente a una bandeja de oro en la cual una gallina, también de oro, picoteaba las perlas con sus polluelos.Cuando hubo visto todo esto, volvió a la estancia en donde yacía muerto el dragón, lo sacó fuera y lo echó a la tierra, y los hermanos, cuan­do lo vieron, casi se mueren del susto. Después el hermano pequeño hizo bajar a su hermana primero y tras ella, una a una, a las tres donce­llas, cada cual con su labor, y según iban bajando se las iba destinando a sus hermanos, al bajar la tercera, la de la gallina y los pollos, se la des­tinó para sí mismo. Sus hermanos, envidiosos al verle convertido en el héroe que había encontrado y salvado a la hermana, cortaron el cordel para que no pudiera bajar, luego encontraron en el campo un pastor con las ovejas, le cambiaron de ropas y lo llevaron ante su padre en el lugar de su hermano, a su hermana y a las doncellas las intimidaron con ame­nazas para que no dijeran a nadie lo que habían hecho.Pasado algún tiempo, llegó a oídos del hermano que estaba en el castillo que sus hermanos y aquel pastorcillo se iban a casar con las doncellas. El mismo día en que se casaba el mayor, montó en el caba­llo zaino y justo cuando los invitados salían de la iglesia, apareció volando entre ellos, con una maza golpeó al novio en la espalda de modo que éste cayó del caballo, y él remontó el vuelo hacia el casti­llo. Cuando se enteró de que se casaba el hermano mediano, se montó en el caballo blanco y, justo cuando los invitados salían de la iglesia, llegó volando y le golpeó de forma que también el mediano cayó del caballo, en seguida se marchó volando. Final-mente, cuando se ente­ró de que el pastorcillo se iba a casar con la doncella que para sí había elegido, se montó en el caballo bayo y volando se plantó entre los invitados justo cuando salían de la iglesia; al novio le dio tal mazazo en la cabeza que al instante cayó muerto, así que los invitados corrieron a prenderlo, pero esta vez no quiso huir, sino que se quedó entre ellos y les explicó que él era el hijo pequeño del zar y no aquel pastorci­llo, y que sus hermanos por envidia lo habían dejado en el castillo en donde encontró a su hermana y mató al dragón, todo esto también lo atestiguaron su hermana y las otras doncellas. Al oírlo, el zar se enojó muchísimo con sus dos hijos mayores y los desterró inmediatamen­te, mientras que al pequeño lo casó con la doncella que él mismo se había elegido y lo nombró su sucesor.

La almohada maravillosa – Korea


Cierto día una anciano sacerdote se detuvo en una posada situada a un lado de la carretera. Una vez en ella extendió su esterilla y se sentó poniendo a su lado las alforjas que llevaba.Poco después llegó también a la posada un muchacho joven de la vecindad. Era labrador y llevaba un traje corto, no una túnica, como los sacerdotes o los hombres entregados al estudio. Se sentó a corta distancia del sacerdote y a los pocos instantes estaban los dos charlando y riéndose alegremente.De vez en cuando el joven dirigía una mirada a su pobre traje y, al fin, dando un suspiro, exclamó:-¡Mirad cuán miserable soy!-Sin embargo – contestó el sacerdote –, me parece que eres un muchacho sano y bien alimentado. ¿Por qué, en medio de nuestra agradable charla, te quejas de ser un pobre miserable?-Como ya podéis imaginaros – contesto el muchacho –, en mi vida no puedo hallar muchos placeres, pues trabajo todos los días desde que sale el sol hasta que ha anochecido. En cambio, me gustaría ser un gran general y ganar batallas, o bien un hombre rico, comer y beber magníficamente, escuchar buena música o, quizá, ser un gran hombre en la corte y ayudar a nuestro soberano, sin olvidar, naturalmente, a mi familia que así gozaría de prosperidad. A cualquiera de estas cosas llamo yo vivir digna y agradablemente. Quiero progresar en el mundo, pero aquí no soy más que un pobre labrador. Y, si mi vida no os parece miserable, ya me diréis qué concepto os merece.Nada le contestó el sacerdote y la conversación cesó entre ambos. Luego el joven comenzó a sentir sueño y, en tanto que el posadero preparaba un plato de gachas de mijo, el sacerdote tomó una almohada que llevaba en sus alforjas y le dijo al joven:-Apoya la cabeza en esta almohada y verás satisfechos todos tus deseos.Aquella almohada era de porcelana, redonda como un tubo y abierta por cada uno de sus dos extremos. En cuanto el joven hubo acercado su cabeza a ella, empezó a soñar: una de las aberturas le pareció tan grande y brillante por su parte inferior, que se metió por allí, y en breve, se vio en su propia casa.Transcurrió algún tiempo y el joven se casó con una hermosa doncella. No tardó en ganar cada día más dinero, de modo que podía darse el placer de llevar hermosos trajes y de pasar largas horas estudiando. Al año siguiente se examinó y lo nombraron magistrado.Dos o tres años más tarde y siempre progresando en su carrera, alcanzó el cargo de primer ministro del Rey. Durante mucho tiempo el monarca depositó en él toda su confianza, pero un día aciago se vio en una situación desagradable, pues lo acusaron de traición, lo juzgaron y fue condenado a muerte. En compañía de otros varios criminales lo llevaron al lugar fijado para la ejecución. Allí le hicieron arrodillarse y el verdugo se acercó a él para darle muerte.De pronto, aterrado por el golpe mortal que esperaba, abrió los ojos y, con gran sombro por su parte, se encontró en la posada. El sacerdote estaba a su lado, con la cabeza apoyada en la alforja, y el posadero aún estaba removiendo las gachas cuya cocción aún no había terminado.El joven guardó silencio, comió sin pronunciar una palabra y luego se puso en pie, hizo una reverencia al sacerdote y le dijo:-Os doy muchas gracias por la lección que me habéis dado. Ahora ya sé lo que significa ser un gran hombre.Y dicho esto, se despidió y, satisfecho, volvió a su trabajo, que ya no le parecía tan miserable como antes.

EL CENIZO

Se revolvió bajo la cobija oscura. La cama crujió. Se arrebujó y siguió durmiendo. Los barrotes se alzaban como huesos sobre el elástico y en la mitad de los picados hierros delanteros se veían dos ángeles de bronce a los que la Francisca devota y sentimental se entretuvo en pintar de celeste cuando el Aniceto estuvo preso. Sobre la cabecera había un cuadro de santería de barrio, piadoso y macabro. De un alambre colgaban un par de camisas, un traje, dos enaguas y una falda. Atado de una pata por un cordel a una estaca, un gallo de riña cenizo picoteaba la tierra en medio de la pieza.

El tibio sol de las once se colaba por una hendija de la ventana. Dio otro sacudón, bostezó y miró el gallo. La cresta imperceptible le coloreaba como un tajo en la cabeza pequeña, tenía el pico amarillo, filoso y encorvado como aguja colchonera, el pecho agudo y los espolones firmes. Guapo y peleador, entre domingo y domingo rajó más de un buche de cuajo.

–¡Carajito con mi compadre…!

Metió los pies dentro de las alpargatas y en calzoncillo chancleteó los tres pasos que lo separaban del gallo. Lo acarició, lo desató, lo alzó como a un chico, y con él en brazos fue hasta la ventanita a mirar hacia la casa del gringo Yiyo, el italiano usurero, sordo, menudo y de cabeza enorme que vivía enfrente, y al que la noche anterior le había vendido el reloj pulsera de la Francisca en cien pesos que quedaron en la mesa de codillo. Ahora necesitaba el reloj para tomar el tiempo en los masajes diarios que le daba al gallo. El italiano estaba como de costumbre carpiendo el jardincito raquítico del frente.

–¡Don Yiyo…!

El italiano siguió rompiendo cascotes con su azadoncito minúsculo.

–Cada día está más sordo el hijo’e

puta…

Se apartó de la ventana y se sentó en la cama. Miró las enaguas que colgaban del alambre y sintió rabia contra él mismo porque la Francisca había llorado por la venta y ahora no le quedaba ni el reloj ni la plata. Se quedó pensando en ella. Seguramente a esta hora estarían poniendo la mesa. Imaginó una mesa muy larga y sentada a ella, pálida y fría, la escasa familia del farmacéutico llevándose la comida a la boca con lentitud y en silencio. Le molestó y escupió. Ya de por sí, todos los farmacéuticos le desagradaban; tenían cara de convalecientes y antiguos. Se juró que el domingo cuando ganara el cenizo le compraría un relojito, y por sobre todo si alguna otra vez discutían, no volvería a gritarle concubina nunca más. Se puso los pantalones y salió llevando en una mano la tetera y en la otra al gallo a buscar agua en el surtidor que abastecía el loteo. Estaba por poner la tetera bajo el chorro cuando la vio, traía un balde en una mano y un jarroncito en la otra. Debía de haber hecho varios viajes porque tenía mojada toda la cadera y la pierna izquierda y la tela se le adhería a la piel marcándole las formas.

–¿No llena?

–Primero usté –contestó el Aniceto.

Se quedó agachada, apoyada una mano sobre el surtidor y la otra en el asa del balde. Los reflejos rojos del escote se le fundían en la base de los pechos blanquecinos. Retiró el balde, colocó el jarrón y se quedó mirándolo al Aniceto.

–¿Por qué anda con ese gallo en los brazos?

–Porque éste no es un gallo cualquiera y si lo dejo en el suelo se pondría a picotear y perdería la línea… ¡Es de riña…!

–Ah… de riña.

–Sí, de riña… El asunto de los gallos de riña es muy interesante y si usté me permite yo podía contarle cosas muy lindas sobre todo de éste que es guapo como pocos para el puazo… Bueno, todo es cuestión que le interese… cuestión de ideología.

–Yo voy a bailar todos los sábados al centro de los municipales… Mi padrino trabaja en la cuadrilla…

–El sábado me tiene allí.

Esa noche cuando llegó la Francisca le dijo que para el sábado necesitaba cien

pesos.

El sábado a mediodía cuando la Francisca vino de trabajar le dio los cien pesos. A la tarde le pidió que le diera una asentadita al traje.

–Tengo que ver a un señor en la confitería de la plaza. El tipo trabaja en la municipalidá y es posible que me dé un puestito liviano.

El Aniceto se puso a cebar mate mientras la Francisca le asentaba el traje.

El Aniceto comenzó a charlar.

Charlaba mucho el Aniceto.

Sin duda debe estar muy contento con la propuesta, pensó la Francisca, pero no podía imaginarlo trabajando.

Al asentar la plancha sobre el trapo mojado subía un vapor con olor a su hombre que la envolvía agradablemente.

Al fin consiguió imaginarlo trabajando. No le gustó. El Aniceto trabajando y el gallo solo. No lo comprendía. El Aniceto lejos y la pieza sola. El Aniceto en algún lugar, lejos de ella, de la pieza y el gallo. No le agradó.

Cuando el Aniceto salió ya era noche cerrada. Un montón de perros le ladró en la oscuridad. Por los ladridos se dio cuenta la Francisca de que iba cortando camino. Se dio vuelta en el catre y se durmió pensando en el Aniceto y la municipalidad.

Por la boca de los altoparlantes atronaba la música. Sobre la puerta iluminando la entrada diez focos en arco esparcían su luz sobre los cabellos aceitosos. Las colonias, las brillantinas y las aguas de rosas se mezclaban a cada golpe de brisa. Al costado de la puerta tres lustradores pasaban paños y cepillos riéndose, insultándose y dándose manotazos. Apoyó el pie en uno de los cajones y a su lado vio al loco Renato.

–¿Qué hacés, Renato…?

–¿Qué tal… cómo va el cenizo?

–Bien… Mañana tiene una encontrada con un gallo de Tres Esquinas, un colorao.

–¿Nos vemos adentro?

–Bueno.

El Renato pagó y él se quedó con la vista fija en el paño hasta que lo terminaron de lustrar, pagó y se arrimó a la ventanilla de entradas.

–Una Caballero… –pidió, y como siempre la palabra lo hizo sentir ridículo, le resultaba ampulosa, como pedida desde la montura de un caballo de naipe. Algo parecido sentía dentro del baile con las madres que quedaban solas mientras las hijas salían a bailar y sólo les faltaba fumar despreocupadamente un cigarrillo para parecerse a los hombres que esperaban turno en el prostíbulo; tenían como aquéllos la misma expresión vacía, la misma apariencia vegetativa.

Entró. Por la orilla venían bailando en ochos y medias lunas el loco Renato y la chica del surtidor. La sangre le subió a la cara. La miró tranquilo tratando de restarle importancia al asunto y de buena gana le hubiera dado una cachetada.

Cuando terminó la pieza el Renato la acompañó hasta la mesa y fue a sentarse cinco mesas más adelante.

La orquesta comenzó otro tango.

El Renato se acercó invitándola a bailar, ella se negó; y el Loco se volvió avergonzado sin dejar de mirarla esperando la oportunidad de que intentara levantarse para armar el escándalo.

Ella no dejaba de mirar al Aniceto. El lo sabía, pero estaba decidido a no salir.

Cuando el Renato se dio cuenta del porqué de la negativa bordeó la pista y se arrimó hasta donde estaba el Aniceto.

–Perdone, hermano… Yo no sabía.

–Siga bailando compadre. Lo que es yo, no la saco.

–Lo está mirando… saquelá…

–No… No corre.

–¡Saquelá, no sea otario…! ¡Baila como los dioses la cosa!

Se encontraron en el medio de la pista. Apoyó la mano en la cintura breve y entraron en el tango. El rostro ardiente le quemaba la mejilla y los dedos suaves le hurgaban la nuca.

–¿Cómo te llamás?

–Lucía.

Se imaginó acostado con Lucía: ella se acurrucaba a su lado con la cabeza entre su pecho y su brazo, y con la misma mano alcanzaba a acariciarle la cintura. Con la Francisca no. La Francisca ponía el brazo y él se dormía toda la noche sobre el brazo de ella. La Francisca podía ser una gran amiga o una gran madre, pero mujer no. Qué macana, pobre Francisca, pensó.

–Lucía.

–Qué.

–Nada.

–Qué.

–Te quiero.

Se besaron.

–¿Te puedo ver el lunes?

–¿Y por qué no mañana?

–Porque mañana me voy a Godoy Cruz, pelea mi cenizo con un colorao de Tres Esquinas.

Empujó el viejo portón de madera y entró llevando al gallo bajo el brazo. La lona del picadero estaba salpicada de grumos rojos como si le hubieran sacudido brochazos. El Aniceto y el de Tres Esquinas se arrimaron llevando cada uno su gallo en la palma. Los hombres hicieron silencio y miraron al colorado tratando de encontrarle algo que lo desmereciera como desafiante del cenizo, pero no le hallaron nada, por el contrario, tenía aspecto imponente y tranquilo, era sin duda un veterano del reñidero, agalludo y avisado porque no tenía una marca que demostrara descuido.

En medio del silencio se alzó la voz del juez:

–La pelea es a cuarenta y cinco minutos… Los dos son gallos ganadores… Calzan púas de media pulgada… ¡Están en pesos iguales!

El primero que entró al picadero fue el colorado. El Aniceto dejó al cenizo.

Los gallos se quedaron mirando. Giraron. Bajaron y subieron la cabeza con exactitud y volvieron a quedar tensos. El colorado se alzó levemente hacia atrás afirmándose para el puazo, pero no saltó. Se corrieron buscando posición. Bajaron las cabezas casi hasta el suelo, entreabieron las alas y se encontraron en un salto. Cayeron y volvieron a encontrarse una y otra vez. Las patas buscaban de ubicar la púa, los picos cortantes iban y venían como navajazos. Se apartaban y quedaban jadeando con las colas gachas. Giraron en redondo, dieron un paso atrás, se afirmaron y se alzaron en una nueva atropellada. Brillaban las púas, se abrían las alas buscando en el aire un punto de apoyo, los cogotes curvos se movían rápidos, los picos caían a fondo con golpes certeros. Las apuestas corrían parejas, los hombres inseguros daban poca usura.

–¡Voy cien al cenizo…! ¡Cien al cenizo!

–¡Pago…! ¡Pago y cien más…! ¡Y cien más al colorado!… ¡Voy cien contra noventa al colorao!

En medio del picadero los gallos resollaban entre los giros, las vueltas y el arañar de la arena en las corridas. Por momentos se apartaban con los ojos vidriosos y los cogotes balanceantes hasta que se saltaban en un revolear de plumas y sólo se oía el jadear cortado de las embestidas.

–¡Le tocó un ojo!

–¡Hay cien contra cincuenta al colorao!

–¡Pago!

–¡Hay doscientos a cien al colorado! ¡Doy doscientos a cien señores!

El cenizo sacudía la cabeza, cabeceaba con un ojo tocado. El colorado cargó y se confundieron en un remolino de plumas, púas y cabezas que se acometían enardecidas, febriles, Los galleros tendían un manto de apuestas sobre el reñidero. Los gallos vibrantes de furia y sangre querían matar y matar pronto.

–¡Y hay trescientos a cien a mi colorao!

–¡Hechos! –gritó el Aniceto–. ¡Hechos y quinientos más!

–¡Hechos!

Las patas de muslos fibrosos no se daban tregua, los tendones recios se estiraban y se recogían y volvían a estirarse violentos.

–¡Lo despicó!

–¡El colorao está despicao!

Los gallos se apartaron temblando. Bajo el pico del colorao corrió la sangre caliente sobre las plumas resecas. Amagó y cargó de nuevo en un atropellar desordenado hasta que el cenizo le volvió a hundir el espolón debajo del pico y un borbotón de sangre le salió a ronquidos.

Las manos del de Tres Esquinas se cerraron sobre el colorado que sacudía la cabeza con el pico colgando.

El Aniceto cobró y salió acariciando el lomo del cenizo. Se detuvo frente a una vidriera con plataforma de cartón en la que se veían, cubiertos de polvo, tres anillos, dos relojes, y los cadáveres de cuatro moscas patas arriba. Entró.

–Vea… Quiero un anillito para mujer… Que no sea muy caro… ni… en fin, es para un regalo.

Cuando llegó a la pieza, la Francisca escarbaba las brasas con un palito.

–¡Ganó otra vez mi compadre…!

Soltó el gallo, se quitó el saco y al colgarlo se le cayó el estuche con el anillo.

–Es un encargo de un amigo… Mañana se lo tengo que entregar…

La Francisca lo alzó y se lo fue probando por entre los dedos agrietados de lavandina.

–Linda la piedra, ¿no? –dijo el Aniceto–. Buen, por lo menos tiene pinta…

La Francisca dio vuelta la piedra hacia abajo como un cintillo de casamiento y lo dejó así.

Esa noche el Aniceto se acostó pensando en la Lucía. Pitó hasta tarde pensando en ella, sólo los reflejos nerviosos de la Francisca encogiendo de vez en cuando una pierna lo volvían a la oscuridad de la pieza. Le molestó sentirla junto a él. La ceniza le cayó en la palma, tiró el pucho y se dio vuelta. La Francisca soñaba con cintillos y casamientos.

A la otra tarde el Aniceto volvió a ponerse el traje. La Francisca lo vio frente al espejito pasándose el peine mojado una y otra vez; lo vio después mirar el clavel marchito dentro del vaso de agua, decidirse al fin, sacarlo y ponérselo en el ojal.

–Buen… ¿me das el anillo?

La Francisca se lo dio. Lo puso en el estuche y salió.

Esa noche la Francisca durmió sola.

Al día siguiente, ya tarde, regresó el Aniceto, le dio un poco de maíz molido al gallo y volvió a salir. Después vinieron noches muy largas en las que la Francisca sentía que la cama estrecha era grande para ella sola. A veces se despertaba sobresaltada y triste y se quedaba ratos sin poder dormir, entonces se levantaba y se ponía a tomar mate.

El gallo fue perdiendo peso. Todas las mañanas antes de irse a la casa del farmacéutico le dejaba agua y maíz y cuando volvía por las noches apenas si había picoteado.

Al ir a buscar agua en la palangana se encontró en el surtidor con la otra. Esa era la mujer. Quedó como sin sangre, como un juego oscuro avergonzado y triste. Muchas noches cuando se despertaba con el pecho oprimido había tratado de imaginar al Aniceto a esas horas, de ubicarlo con la mujer, pero no pudo, le costaba porque entonces la mujer era sólo una idea, no tenía rostro, quizá por esto hubo momentos entre mate y mate en los que no sufría, momentos fugaces en los que se limitaba a estar y nada más. Y al volver a la verdad de la cama vacía, de mujer despreciada, su dolor no iba más allá de una angustia pasiva que la desesperaba porque no la dejaba llorar. Ahora la mujer estaba ahí frente a ella, tenía forma. Ahí, de pie, la mujer era una verdad. Se agachó para llenar la palangana sin poder dejar de mirarle el anillo. Más arriba la mujer comenzó de silbo burlón. La miró. La mujer sonreía. La siguió mirando. A la Lucía se le fue desdibujando la sonrisa, sentía la mirada hurgarle por dentro como si la estuviera viendo acostada con el Aniceto. Le dio la espalda y se fue sin llenar. La Francisca la vio alejarse por entre las paredes sin terminar y sábanas remendadas.

Esa misma noche volvió el Aniceto. Ella estaba sentada en la cama. El no la miró ni le dijo una palabra, arrimó la tetera al fuego y se puso en cuclillas a hacerle cariños al gallo. Le hubiera gustado verla llorar pero la pava hervía y la Francisca no lloraba. Al rato crujió la cama y los pies de la Francisca pasaron frente a él hasta el alambre donde colgaba la ropa. Volvió a pasar y sintió ruido de papeles. Se quedó donde estaba, sabiendo que la Francisca preparaba la ropa para irse. El había venido precisamente a eso, a decirle que se fuera, pero el hecho de que lo hubiera decidido ella lo golpeó. Cada ruido del papel doblándose lo humillaba. Sintió ajustar el cordón sobre el paquete, anudar, y cuando se incorporó a encender el cigarrillo vio a la Francisca frente a él con el bulto bajo el brazo. Detrás de ella la noche entraba por la puerta entreabierta.

–Bueno… –dijo la Francisca–, chau…

El Aniceto encendió y a la luz del fósforo le vio brillar los ojos humedecidos.

–Chau…

La vio volverse, salir a la oscuridad, alejarse con paso lento y perderse en la noche.

Se detuvo un rato apoyado contra el marco torcido de la puerta. La luz de la vela le daba en la espalda y su sombra alargada tiritaba sobre la tierra despareja.

–Y buen… Después de todo…

Al entrar vio al alambre donde la Francisca colgaba la ropa y sintió lástima. Bajó la vista y se quedó mirando al cenizo que pestañeaba somnoliento al lado del brasero.

–Se fue la Francisca… –le dijo.

Se metió las manos en los bolsillos y comenzó a silbar. Apagó la vela y salió. Cruzó por entre los baldíos cortados de casas, charcos, y pedazos de adobes hasta lo de la Lucia. Ella estaba entre las sombras conversando con un hombre. Vio que el hombre se iba y desaparecía en las sombras.

–Quién es el tipo ese…

–Un primo.

–¿Qué primo?

–¡Un primo, che!

El Aniceto sintió que la cachetada le andaba por el brazo.

–¿Así que un primo?

–¡Ajá!…

De la oscuridad brotó un perrito y el Aniceto se agachó a rascarle una oreja.

–La largué a la Francisca… Estoy solo…

Lo último le sonó a súplica. Soy una porquería pensó, a la final la Francisca fue más hombre que yo, se fue y se fue…

–¡Vine a decirte que te vengás a vivir conmigo a la pieza…

–¿Con vos?

–Sí, conmigo… ¿Qué, acaso no me querés? ¿Qué, no habíamos quedado en eso?

–Sí.

–¿Y entonces?

–Y… no sé.

Se hizo un silencio pesado.

–¡Bien, mirá, quedate nomás con el tipo ése! ¡Con el primo ése!

–Está bien.

–¡Y claro que está bien!

–¿Y qué..? ¡Ultimamente yo soy dueña!

La vio cubrirse con los brazos cuando ya era tarde, la cachetada le sonó en la cara.

–¡Pa’que aprendas a ser yegua!

El perrito se alejó al tranco lento con la cola entre las piernas. La Lucía fue bajando los brazos.

–¡A mí no me ves más! –le dio la espalda y caminó hacia la casa.

El Aniceto la alcanzó antes de que entrara, la tomó de la cintura.

–¡Escuchá, perdoname!…

–¡Soltá!…

De un manotón se quitó la mano de la cintura y entró.

El Aniceto se volvió despacio por el mismo camino. Llegó a la pieza y se tiró en la cama. Se buscó el atado de cigarrillos. Fue a sacar uno y notó que se le habían acabado.

–¡Carajo!

Estrujó el paquete y lo tiró. Se levantó, alzó un pucho, escarbó en las brasas y lo prendió. Amanecía cuando recién pudo dormirse. Se despertó tarde, con los ojos enrojecidos y un dolor punzante en la nuca. Anduvo toda la siesta rondando de lejos la casa de la Lucía pero no la vio, Después, cansado, se fue al bar de los billares, compró un atado de cigarrillos y con las últimas monedas pidió un café. Se quedó ahí pensando en ella hasta que se hizo de noche. Después, por ver si la veía, se fue hasta la puerta del bailable.

–¿Cómo va el cenizo?

–Bien, Renato.

–¿No entrás?

–No… Estoy esperando a la Lucía…

–¿Todavía seguís con ella?

–Más o menos… ¿por?

–Está adentro con un tipo…

Fue como si le hubieran dado un puntazo, tuvo el mismo frío extraño que cuando lo alcanzaron a cortar por las costillas, la herida no duele pero el cuerpo se descompone, se siente vacío.

–Bueno… –se pasó la mano por la mejilla–… gracias… Chau, Renato…

–Chau.

Se alejó con las manos en los bolsillos bordeando el largo murallón del bailable. La Lucía con otro. Cruzó el puente y entró en las calles grises terrosas del loteo. En uno de los ranchos la voz de un borracho arrastraba una tonada, otro lo acompañaba a golpes de bordonas con infinito respeto. El Aniceto los vio de pasada por entre la lona que les hacía de puerta. Siguió. La voz del borracho quedó atrás con el lamento… “Las tonadas son tonadas y se cantan como son… se cantan cuando uno quiere o lo pide el corazón…”

La distancia fue apagando los ruidos. El silencio se fue agrandando. Entró en la pieza. Un sollozo seco le fue llenando el pecho, le brotó un quejido y se echó a llorar bajito. Se estuvo un rato así, llorando y cruzándosele la imagen de la Lucía. La veía en el baile ajustada a los brazos en el primer beso y después, las caderas y los hombros desnudos dentro de las cuatro paredes.

–Fue fácil… con el otro será igual…

Llegó hasta la casa del gringo Yiyo y golpeó. Se abrió la puerta con un crujido y de la oscuridad apareció la cabeza pajiza del hijo.

–¿’Ta tu viejo?

–¡Sí!… ’ta acostado… ¿Qué querés?

–Necesito plata… Decile que le vendo la cama por lo que me dé…

–Esperá…

Desapareció la cabeza y al rato volvió.

–Dice que no… que cama tenemo.

–Qué macana… Buen…

–Chau Aniceto…

–Esperá.

–Qué.

–Decile que le vendo el gallo…

–¿El gallo?

–Sí.

–¿Cuánto querés?

–Que me dé un cien…

–Viá ver…

La cabeza volvió a desaparecer en la oscuridad. El Aniceto escuchó los pasos que volvían.

–¿Y…?

–Dice que bueno pero que te da setenta porque es muy flaco.

–Y qué quiere, si es de riña…

–El dice así…

–Bueno… Esperá que te lo traigo.

Lo desató de la estaca y casi dolido se lo dejó en las palmas al muchacho. Se guardó los setenta pesos y se fue al baile. Se sentó en un rincón y pidió una cerveza. Tuvo vergüenza de levantar la vista. Se estuvo un rato así hasta que no pudo más y miró. El Renato pasó bailando con una gorda; desde la pista le hizo un guiño.

A la Lucía no la veía por ningún lado. El Renato vino hacia la mesa.

–Che, llegaste tarde, hace un ratito se fue la Lucía con el tipo.

–Ahá…

–Qué mina sucia ¿no? Hay cada una…

–Yo no vine por ella… Por mí se puede morir… Después de todo que Dios la ayude…

–Buen… te dejo Aniceto, me voy a bailar. ¿Qué te pareció la gorda?

–Pa los gastos… –medio sonrió.

–Bueno, chau…

–Chau…

La orquesta rompió con un chillido de violines. Se los quedó mirando. Los músicos de los bailables le daban lástima. Al ir bailando siempre trataba de no pasar cerca del tablado, y a veces cuando por casualidad llegaba cerca de ellos, lo invadía un sentimiento de vergüenza; consideraba una falta de respeto que tuviesen que estar ahí por el par de pesos que él había dado al entrar. Ahora desde su mesa los odió por complacientes y absurdos, le desagradaron más que los que se movían al compás de su música. Tuvo la sensación de que estaba entre locos que se complementaban. Dejó de mirarlos. Sobre la mesa brillaban las tres monedas del vuelto. Había vendido el gallo.

–¡Por esa basura!… ¡Me debería morir!…

Imaginó al cenizo acurrucado en el gallinero del italiano.

–¡Yo no soy un hombre, soy una mierda…! ¡Vender el gallo!

Salió. Por el lado del puente unos perros lo ladraron y él los dejó hacer porque iba pensando en el gallo y nada más. Llegó a la pieza, encendió el pedazo de vela, se quitó los zapatos y la cama crujió al hundirse sobre el elástico flojo. Dio una vuelta y quedó con la vista fija en el techo de caña. Sintió una angustia fría en el estómago. Prendió un cigarrillo.

–¡Venir a vender el gallo!… ¡Gringo roñoso!

Aspiró una bocanada profunda y otra y otra más, y cuando el cigarrillo se hizo pucho encendió otro con la misma brasa. La vela se fue consumiendo y la luz se hizo más débil. El Aniceto se volvió a mirarla. Siempre le desagradaron las velas chorreadas de sebo, desde muchos años, desde muy lejos, cuando la abuela lo obligaba a rezar por las noches frente a un Cristo crucificado, santos de yeso y sahumerio con olor a muerto.

–¡Capaz que lo mate!…

La idea le quedó latiendo en las sienes. Se imaginó al italiano con esa boca comiéndose al gallo.

–¡Pa’qué se lo habré vendido!…

El gringo y su familia y su mujer altísima y flaca de nariz colorada y ojitos de cerdo. El gringo no le llegaba al hombro a la mujer y era un asco que esos dos hayan llegado a tener hijos. Y no sólo tuvieron hijos, sino que tenía una casa de adobes, un gallinero, y plata para cuando él necesitara venderle algo. Pobre cenizo, pensó.

–¡Inmigrantes! –escupió.

Imaginó un barco repleto de gringos, un barco lleno de cabezas rubias, de piel transparente y venas azules, fumando pipas apestosas, riéndose a carcajadas con dientes desparejos y sucios de tabaco.

–Y vienen y tienen más que uno…

Chisporroteó la vela y la pieza quedó a oscuras.

Dice que te da setenta porque es flaco. Lo quiere para comérselo.

Se le empaparon las manos de sudor.

–Se lo robo… ¡Voy y se lo robo!

Se sentó en la cama. Caminó hasta la puerta. El loteo dormía. Las casas a medio hacer mostraban el perfil dentado de los adobes. Le molestó tanta quietud. Miró hacia la casa del gringo. Dio un paso. A lo lejos cantó un gallo, se detuvo.

–¡Se lo robo y se acabó!

Cruzó los dos baldíos que lo separaban de la casa. Bordeó los fondos buscando el lugar más bajo del tapial. Apoyó las manos sobre la pared y subió. Quedó recostado sobre el muro. Miró hacia adentro y sintió miedo. Se acordó de la Francisca. Iba a descolgarse cuando volvió a escuchar de lejos el canto del gallo; otro más cercano le contestó y después otro y muchos más, y todos los gallos del loteo tajearon la noche de gritos agudos. Quedó inmóvil sobre el murallón. Los gritos siguieron hasta pasar por sobre él y estallaron dentro del gallinero del italiano.

–Dónde estará mi compadre…

El canto de los gallos se fue perdiendo en la distancia. El Aniceto se dejó caer despacio. Cuando tocó suelo le entraron ganas de reírse. Se fue incorporando despacio. Caminó los pocos pasos que lo separaban del gallinero, levantó la puerta de alambre y entró. Sobre los palos torcidos se amontonaban los bultos redondos de las gallinas. Se quedó mirándolas tratando de distinguir al cenizo. Todo era igual.

–Compadre… –dijo a media voz.

Un bulto cloqueó, se movió y quedó quieto.

–Compadre…

El bulto volvió a moverse y a cloquear. Estiró la mano y lo agarró. Tuvo la sensación de lo irremediable: pesaba más, éste no era el cenizo. El galo levantó la cabeza, chilló y pataleó. Quiso apretarlo, silenciarlo para siempre pero se le escapó con chillidos y aletazos de entre las manos. Todos los bultos se convulsionaron en pataleos, corridas y aletazos.

–¡Ladronni!… ¡Ladroni! ¡Yiyo han entrado ladroni, socorro!

El grito histérico de la mujer del gringo atravesó las paredes miserables y corrió metálico por las venas del Aniceto. Las gallinas saltaban por sobre él, se arremolinaban, atropellaban la alambrada, caían y volvían a atropellar cacareando, graznando, escandalizando.

–¡Putísima madre!… –el sudor le bajó por los párpados, le saló la boca.

–¡Ladroni Yiyo, santo Dío socorro!…

El Aniceto se metió las manos en los bolsillos buscando los fósforos. Encendió, miró hacia todos lados.

–¡Compadre…!

Crestas palpitantes, ojos despavoridos, picos entreabiertos, respirando a ronquidos y desde la pieza los gritos de la mujer:

–¡No, Yiyo no… Lo matan al mío marito! ¡Socorro…!

Se estiró por sobre los palos hacia el bulto del rincón, era el cenizo, Lo alzó rápido. Se enredó entre los palos, cayó y se volvió a levantar. Se le incrustaron los triángulos de la alambrada en la cara. Se corrió, encontró la puerta y salió. Sintió un golpe en la espalda. Un estampido. Tosió. Giró. Otro golpe, otro estampido. Una tibieza suave le bañó la mano que sostenía al cenizo; el gallo se le ablandó en la palma. Entre la sombra de la última pieza vio la silueta borrosa del gringo y la escopeta. Volvió a toser. Se tambaleó hasta el tapial. Los perros ladraban. Se afirmó, juntó todas sus fuerzas y trepó. Una bocanada de sangre le ahogó la garganta, le llenó la boca y corrió por el muro. Se dejó caer con el gallo al otro lado. Quedó sentado en la calle apoyado contra el tapial y el gallo muerto entre los brazos. Del otro lado las gallinas cacareaban y la mujer flaca seguía escandalizando con gritos desgarradores que se mezclaban con los ladridos y formaban un infierno de ruidos que fatigaban al Aniceto y lo hundían en un cansancio profundo porque le ardía y le dolía la espalda y las manos y el gallo atravesado de perdigones.

–Pucha digo…

Sintió que la noche se le metía adentro. Por las piernas se empezó a quedar ciego. Después fue subiendo despacio y todos los gritos juntos se fueron alejando por sobre su cabeza para arriba, muy arriba, hasta hacerse un chillido fino y destemplado, hasta que se perdió como un hilito. Después nada. Todo era blanco, un blanco pálido, y en el medio un punto, y el punto se fue agrandando y eran las voces que volvían y se sonrió porque era la boca abierta de un gallero que apostaba, de muchos galleros que apostaban rodeándolo. Y el punto era la lona sanguinolenta de un picadero, y sobre la arena un gallo colorado que atropellaba a ciegas, entreabría las alas y volvía a atropellar el aire porque él todavía no había echado al cenizo. Los hombres gritaban apuestas a su gallo y él tenía el cenizo en los brazos. Se agachó para echarlo al redondel, para enfrentarlo con ese gallo loco, pero alguien dijo que no echara su gallo a la arena porque estaba muerto. El gallo colorado siguió solo dando vueltas y puazos y escuchó a los hombres seguir gritando apuestas a su cenizo.

–Están todos locos… –dijo–. Yo

me voy.

Crispó las manos sobre el gallo.

T. williams.master class 4

Estaba cansado y me sentía fracasado: el sitio parecía un agujero silencioso en el que una persona podría ocultarse de un mundo que parecía totalmente en contra de ella; y finalmente, Brodzki quiso que su hijo fuera a la universidad; esos fueron los motivos por los que me convertí en empleado de la librería. La mañana que llegué al trabajo había recorrido las calles durante varias horas con aire atolondrado. En el escaparate de la librería aquel cartel primorosamente escrito, SE NECESITA EMPLEADO, atrajo mi atención. Entré y encontré al propietario, un hombre lúgubre de aspecto judío, al fondo de la tienda, sentado detrás de una mesa de despacho enorme con libros amontonados encima. Me miró de modo penetrante. Lo que le indujo a contratarme me resulta difícil de imaginar. Yo tenía la cara demacrada y el cuerpo consumido debido al insomnio, difícilmente podría haber ofrecido un aspecto muy atractivo. Quizá algo mío le hizo saber el hecho de que yo trabajaría con aplicación y fidelidad a cambio de solo la tranquila y sombría seguridad que su pequeña librería me podía ofrecer.

En todo caso, conseguí el trabajo y lo encontré muy parecido a lo que quería. Mi vida era gris, pero su grisura quedó compensada, si era compensación lo que necesitaba, con la fortuna de ser testigo de un drama que no era menos intenso, estoy seguro, que cualquiera de los contenidos en los miles de volúmenes que atestaban las polvorientas estanterías de la librería.

En aquella época el hijo de Brodzki tenía dieciocho años. Era del tipo de jóvenes judíos rusos espirituales, místicos, de cuerpo escuálido, piel oscura, rasgos delicados, proporcionados. Nunca le llegué a conocer bien. Nadie lo hizo, pues era huidizo como un animalillo salvaje; el tipo de persona a la que le es completamente imposible acercarse a cualquier distancia socialmente aceptable. Este relato es sobre él; su padre murió a los dos meses de darme el empleo.

El joven Brodzki estaba tremendamente enamorado, y la chica no era judía. Por eso el viejo señor Brodzki quería que el chico fuera a la universidad. Como la mayoría de los otros judíos de su generación, se oponía desesperadamente al matrimonio de su hijo con una cristiana, y parecía que los dos, si los dejaban en paz, derivarían inevitablemente hacia el matrimonio. El chico estaba con ella todo el tiempo. Nunca estaba con nadie más. Se habían criado juntos; jugado toda su infancia en la misma escalera de incendios trasera; crecieron, se podría decir, el uno para el otro.

No eran completamente semejantes. Existían, claro, las habituales diferencias raciales; la diferencia de la sangre gala con la sangre hebrea, que casi es la diferencia entre el sol y la luna. Pero había más que eso. Había una absoluta antítesis de temperamentos. Él era, como he dicho, tímido, espiritual y místico; ella era algo así como una fuerza salvaje; llena de vitalidad animal, de vida y entusiasmo.

A pesar de eso, se querían enormemente desde la infancia. Él había estado solo, supongo, y ella había estado desatendida.

Cuando la vi por primera vez era una chica de aspecto encantador. Su cuerpo parecía una expresión perfecta de su espíritu. Despedía luz y calor. Pero lo más encantador de todo lo suyo era la voz. A menudo, por las tardes, ella le cantaba, y con tal encanto irresistible que yo nunca podía dejar de escucharla, cualquiera que fuesen mis ocupaciones o pensamientos.

Poco después de que yo hubiera reemplazado al joven Brodzki como empleado de su padre y al chico lo mandasen a la universidad, el anciano enfermó. La señora Brodzki mandó rápidamente por su hijo, pero antes de que este hubiese tenido tiempo de volver las velas del candelabro de los siete brazos estaban encendidas, y se entonaban cantos mortuorios en la casa de la familia de encima de la librería. La señora Brodzki no sería tan enérgica como lo había sido su marido. El chico se negó a volver a la universidad, y en menos de un mes él y la chica estaban casados y vivían juntos en las habitaciones del piso alto. Entonces empezó el trágico drama del que, durante quince años, fui espectador.

El conflicto entre sus caracteres fue de inmediato tan evidente como lo había sido la devoción del uno por el otro.

La chica nunca había tenido nada. Probablemente durante su infancia muchas veces había necesitado comida y ropas adecuadas. Habría quedado satisfecha, pensaría uno, con su posición como esposa del dueño de una librería que iba bastante bien. Pero ella era una cosilla excesivamente enérgica y ambiciosa. Quería más, mucho más, de lo que le podía proporcionar la modesta librería. Empezó a animar a su marido para que la vendiera y se dedicara a un negocio más lucrativo. No conseguía ver lo imposible que sería eso. Desde que le conocía podía ver que aquel muchacho soñador no encajaría en ningún sitio mejor que una librería. Él, sin embargo, lo veía con claridad. El cambio era algo a lo que temía. Adoraba la sombría oscuridad de aquella pequeña librería; la adoraba tan apasionadamente como la había adorado yo. Por eso fue, aunque él no fuera amistoso, por lo que llegamos a sentir una intensa simpatía el uno por el otro. Aborrecíamos del mismo modo las calles ruidosas que empezaban al otro lado de la puerta de la librería.

La chica andaba detrás de él incesantemente; no le dejaba en paz; concentraba toda su inmensa energía en la lucha con él. Pero el chico encontró en la herencia de su raza la energía para resistírsele. Y lo que sucedió casi al cabo de un año fue esto. Por lo que fuera, ella conoció a un agente de teatro de variedades. El tipo apreció los encantos de su voz y habló a la chica de las posibilidades que tendría en el mundo teatral. Le dijo muchas cosas, supongo, y al final dejó tan completamente fascinada a la chica con las expectativas, que ella decidió abandonar a su marido.

Supongo que yo no tenía lo bastante claro el modo en que el joven amaba a su mujer. Era más que la habitual relación de dependencia propia de los judíos. Su amor por ella era la esencia de su vida. Había un enorme peligro en aquel amor. Cuando se pierde la amada, se pierde la vida. Esta se hace trizas. Y eso fue lo que le pasó a la vida del joven Brodzki cuando su mujer se marchó con la compañía de variedades.

Debería describir el modo en que ella le dejó.

Una mañana, después de haber hablado, supongo, con el agente de teatro de variedades, ella irrumpió en la librería y llamó a su marido, que estaba desembalando un nuevo envío de libros. La chica tenía una nota histérica, frenética, en la voz, y se apretaba la garganta con una mano como si algo la estuviera asfixiando.

Por el modo en que habló con su marido se habría pensado que mantenían una violenta disputa. Pero la disputa había surgido de un cielo despejado; un cielo, cuando menos, que no estaba más nublado de lo habitual.

Ella le dijo:

–Ya he tirado de la cuerda todo lo posible. Ya no puedo soportar esto más. Te lo he dicho muchas veces, pero es inútil. Ahora tengo una oportunidad maravillosa; y no voy a dejarla pasar. Me voy a Europa con un espectáculo de variedades.

El chico al principio no le dijo nada; tenía aspecto de que le había abandonado toda vida. La siguió, mirándola fijamente sin entender nada, mientras ella se apresuraba escalera arriba hacia las habitaciones donde vivían. Curiosamente, recuerdo que el chico agarraba en las manos un libro encuadernado rojo del que habíamos vendido varios centenares de ejemplares aquella temporada, impertinentemente titulado Idiotas enamorados, y que, a pesar de la auténtica tragedia de la situación, yo contuve con dificultad una sonrisa ante la grotesca correspondencia de aquel título con la expresión aturdida, desamparada de la cara de él.

Cuando ella volvió a bajar pareció que, al fin, el chico había conseguido entender lo que estaba pasando.

–¿Te marchas? –preguntó sordamente.

Ella contestó que se iba. Entonces él se buscó dentro del bolsillo y tendió a su mujer una pesada llave negra. Era la llave de la puerta delantera de la librería.

-Será mejor que la guardes -le dijo, todavía con una completa tranquilidad-, porque algún día la necesitarás. Tu amor no es mucho menor que el mío como para que puedas alejarte de él. Volverás en algún momento, y yo estaré esperando.

Ella le agarró por los hombros, le besó, y luego, jadeando con fuerza, salió de la librería. En el sombrío interior nos quedamos siguiéndola con la mirada. Juntos, seguimos mirando la calle que los dos aborrecíamos y temíamos; la calle, rebosante de vida e iluminada por el sol, que parecía regocijarse maliciosamente por haberse llevado en su concurrido torrente todo lo que tenía algún valor para el hombre de mi lado.

Durante los meses y los años que siguieron fui testigo de algo que parecía peor que la muerte.

Como dije, la chica había sido la esencia, la vida de él. Cuando se marchó, el chico quedó destrozado. Al principio creí que se sumiría en una completa y violenta locura. Recorría aturdido los retorcidos pasillos de entre los estantes de libros, quejándose y frotando las manos arriba y abajo a los lados de su chaqueta. Los clientes le miraban y se apresuraban a salir de la librería. Traté de convencerle de que se quedara en el piso de arriba. Pero él no quería. No soportaba estar allí, supongo; las habitaciones en las que vivía estaban llenas del recuerdo de ella. Durante varias noches se quedó conmigo en la habitación que ocupaba yo al fondo de la librería. No dormía. Me mantenía constantemente despierto con un murmullo continuo; unas palabras que le dirigía a ella. Más que otra cosa, decían:

–Tú me quieres… en algún momento volverás.

Viendo que no lo superaba, mandé por su madre, que había ido a vivir con unos parientes. Ella le tranquilizó un poco. Y no mucho después de eso el chico se dedicó a leer.

Se entregó a la lectura como otro hombre se hubiera entregado a la bebida o las drogas. Leía para escapar de la realidad. Y al final la lectura consiguió su objetivo con una efectividad espantosa.

Sentado a la gran mesa cercana al fondo de la librería, leía el día entero, hasta que los ojos se le cerraban de cansancio. Su madre y yo intentábamos que se levantara, que fuera a atender a los clientes, a desembalar y distribuir los libros, no porque se necesitase su ayuda, sino porque considerábamos que estar ocupado le sentaría bien. Parecía dispuesto a hacer todo lo que podía. Pero se había vuelto tan inútil y torpe como un niño pequeño. La lectura constante le había nublado la conciencia, haciéndole increíblemente embotado. Las preguntas más simples que le dirigían los clientes lo desconcertaban. No conseguía recordar los títulos de los libros que le pedían. Paseaba la vista alrededor de un modo absurdo, desorientado, como si acabase de salir de un profundo sueño

Yo había esperado -pues había llegado a sentir por él una intensa piedad y simpatía- que aquel estado solo fuera temporal. Según pasaban los meses y los años, sin embargo, no daba signos de que fuera a pasar. Aparentemente era un hombre perdido; una vela consumida. No existía esperanza de volverle a revivir nunca. No, a menos que ella volviera a él. E incluso en ese caso -incluso si ella regresaba-, tal vez fuese demasiado tarde.

Casi quince años después de irse al extranjero con la compañía de variedades, la joven señora Brodzki volvió a la librería. Era a mediados de diciembre; la oscuridad había caído, pero la gente, de compras para Navidades, todavía pululaba por las aceras de la ciudad. Su aliento empañaba el escaparate de la librería, lo recuerdo, con una escarcha brillante.

La librería estaba cerrada y todas las luces apagadas a no ser la bombilla colgada encima de la mesa del fondo, donde estaba leyendo Brodzki. Yo me encontraba parado junto a la puerta, interesado por el espectáculo de los que pasaban. Un coche con un apuesto chofer se detuvo en el bordillo y una mujer, envuelta en pieles, surgió del compartimento trasero. Una farola de la calle se alzaba directamente encima del coche, conque cuando la mujer volvió su cara hacia la librería supe de inmediato que era ella.

Con una extraña sensación de terror me retiré de la puerta, medio escondiéndome entre las oscuras estanterías. Ella se acercó a la puerta, abriéndose paso impacientemente entre la multitud de compradores. En apariencia no había cambiado; en la cara y los movimientos del cuerpo, intensamente iluminados por la farola, estaba tan intensamente viva como antes. ¿Por qué había vuelto?, me pregunté. ¿Se había cumplido la profecía de su marido y al cabo de quince años había descubierto que su amor por él era demasiado fuerte para rehuirlo?

Iba a obligarme a mí mismo, con la menor gana posible, a volver a la puerta y abrirla, cuando sonó una llave en la cerradura. Todavía la tenía; ¡la llave que le había dado él aquella mañana de quince años atrás!

• • •

En un momento la puerta estaba abierta y ella se encontraba en el interior de la librería en penumbra. La oí respirar profundamente. Paseó la vista a su alrededor con ojos brillantes, pero por algún motivo no llegó a distinguirme mientras yo estaba estúpidamente acurrucado en un rincón entre las estanterías de libros. Pude notar que estaba terriblemente nerviosa. Se agarraba la garganta con una mano enguantada, igual que había hecho la mañana en que se marchó; como si alguien la estrangulara.

En los quince años transcurridos desde que se marchara, el local había cambiando tan poco, de hecho, que debía de resultarle sumamente difícil creer que aquellos años habían pasado de verdad. De pronto debían de parecerle completamente increíbles, como un sueño fantástico. La penumbra, las extrañas sombras de las mesas y los estantes, el olor a papel, el sonido amortiguado de la calle abarrotada; todo eso debía de resultarle tan agobiante como en aquellas tardes de invierno, quince años antes, cuando solía bajar de las habitaciones del piso alto para ayudarle a cerrar la librería.

Debía de tener la sensación de que retrocedía, literalmente, en el tiempo.

Apretándose un diminuto pañuelo en los labios, parecía hacer esfuerzos por contenerse. Avanzó silenciosamente. Entonces ya debía de haber visto que él estaba sentado a la mesa. Solo le resultaba visible la coronilla; lo demás quedaba oculto por un libro enorme. El pelo, espeso, de un negro azulado y despeinado, le brillaba intensamente bajo la bombilla eléctrica. Se me ocurrió, con repentino horror, que ella podría encontrar que físicamente él casi no había cambiado. En aquellos quince años su marido no había envejecido de modo perceptible; carecía además de vida, habría parecido, para hacerse mayor.

Me dije que debería adelantarme y prepararla para lo que se iba a encontrar. Pero algo me impidió moverme de mi escondite de entre los estantes de libros. La observé mientras avanzaba hacia la mesa y me pareció notar la intensidad de su emoción. Una intensidad que parecía atravesarme; y de modo insoportable.

Muchas veces me pregunto en qué estaría pensando ella cuando se detuvo delante de la mesa, bajando la vista hacia el hombre al que había amado apasionadamente cuando era su marido quince años atrás. Perfectamente podría sentirse desconcertada, entonces, ante el extraño ensimismamiento con el que leía él, sin que aparentemente hubiera tomado conciencia del sonido de su entrada y de sus pasos; del crujido de estos en las vetustas tablas del suelo. A lo mejor, con todo, ella estaba rebosante de alegría, y de una especie de terror, como para preguntarse nada.

Con voz aguda, temblorosa, dijo el nombre de él:

–Jacob.

Con un espasmo, él alzó la cabeza y miró en su dirección con ojos que parpadeaban, que bizqueaban. Los momentos pasaron despacio, insoportablemente lentos, mientras yo los veía mirarse uno al otro.

Había esperado que ella se echase a llorar y se lanzara hacia su marido; lo cual, seguramente habría sido lo natural que hiciera. Pero la falta de vida, la ausencia absoluta de reconocimiento de los ojos de él, debían de haberla contenido. ¿En qué estaría pensando? ¿Supondría que él se negaba deliberadamente a reconocerla? ¿O imaginaba que los quince años la habían cambiado hasta el punto de que él no la reconocía?

Cuando yo pensaba que el propio aire debía romperse debido a la tensión, él habló.

Le dijo, con aquella voz sin expresión, temblorosa, que se había convertido en la suya habitual, estas palabras:

–¿Quiere un libro?

Ella se llevó la mano enguantada a la garganta y soltó un leve jadeo. Me alegró tenerla de espaldas y no poder verle la cara. Los angustiosos momentos pasaban muy despacio mientras los dos continuaban mirándose uno al otro. Al final, ella debió de llegar a una conclusión; decidió que los quince años le habían afectado mucho más a ella que a él, y que le resultaba irreconocible. En cualquier caso, pareció que ella se recuperaba. El cuerpo se le relajó algo y se quitó la mano de la garganta.

–¿Quiere un libro? –repitió él.

Ella tartamudeó:

–No… bueno… quería un libro, pero he olvidado su título.

Enfrentada a aquellos ojos que miraban fijamente, debía de haber encontrado completamente imposible decir directamente:

-Soy Lila. He vuelto contigo.

Debía de haber recurrido a aquel pretexto de que había venido por un libro, como un modo de revelarle quién era con una franqueza menos embarazosa.

Sentándose en un taburete, cerca de la parte delantera de la mesa, dijo:

–Deje que le cuente el argumento. A lo mejor lo ha leído y puede decirme el título. Es sobre un chico y una chica que habían sido compañeros constantes desde la infancia. Querían estar juntos siempre. Pero el chico era judío y la chica cristiana. Y el padre del chico se oponía tajantemente a que su hijo se casara con alguien que no fuera de su propia raza. Mandó al chico a la universidad. Pero al poco tiempo, el padre murió y el chico volvió y se casó con la chica. Vivían juntos en unas habitaciones de encima de una pequeña librería que el padre le había dejado al chico. Habrían seguido juntos perfectamente felices a no ser por una cosa; la librería proporcionaba poco más de lo mínimo para vivir, y la chica era ambiciosa. Ella adoraba al chico, pero su descontento aumentó y continuamente metía prisa a su marido para que se dedicara a algún negocio más rentable. Pero el chico era muy diferente a la chica. La quería tanto que haría lo que fuese por ella; pero era incapaz, por lo que fuera, de renunciar a la librería que había pertenecido a sus padres. ¿Entiendes? El chico era soñador, sentimental, un judío raro. Y la chica nunca conseguía ver las cosas desde su punto de vista. La familia de ella, que había muerto y la había dejado con una tía viuda, era de origen francés. Debido a ello, la chica había heredado una gran energía, sentido práctico y amor hacia el mundo. Al cabo de un tiempo, la chica recibió la oferta del agente de una compañía de variedades para que hiciera gala de su talento musical sobre un escenario. Cegada por la brillante perspectiva de una carrera teatral, ella decidió aceptar la propuesta del agente de la compañía de variedades. Volvió a la librería y le dijo a su marido que lo iba a dejar. Él fue demasiado orgulloso para hacer el menor esfuerzo por retenerla, y en lugar de eso le entregó una llave de la librería y le dijo que algún día ella volvería; y que siempre la estaría esperando. Aquella noche ella embarcó rumbo a Inglaterra con el espectáculo de variedades. Tuvo éxito enorme en los escenarios de Londres. Se convirtió en una cantante famosa y recorrió todos los países más importantes de Europa. Llevaba una vida desenfrenada y arrebatadora, y durante extensos periodos ni siquiera pensó en el judío soñador que había sido su leal marido, ni tampoco en la pequeña y polvorienta librería donde habían vivido juntos. Pero la llave de aquella librería, que le había dado su marido, permanecía en su poder. No podía obligarse, por lo que fuera, a deshacerse de ella. La llave parecía apegarse a ella, casi con una voluntad propia. Era una llave de aspecto raro, antigua, pesada, larga y negra. Sus amigos se reían de ella porque siempre la llevaba encima y la chica se reía con ellos. Pero poco a poco empezó a darse cuenta del motivo por el que la conservaba. El encanto de las cosas nuevas con las que había llenado su vida empezó a desvanecerse y dispersarse, como una niebla, y la chica veía, brillando entre ellas, la auténtica y profunda belleza de las cosas que había dejado atrás. El recuerdo de su marido y de su vida juntos en la pequeña librería cada vez acudía a su mente con más intensidad y de modo más obsesivo. Finalmente ella comprendió que quería volver; que quería entrar en la librería con la llave conservada durante quince años, y encontrar que su marido todavía la esperaba, como prometió que haría.

La mujer se había levantado del taburete; el cuerpo le temblaba y se agarraba a la mesa como apoyo.

Hubo momentos de quietud, de una calma completa. Cuando la mujer volvió a hablar había una nota de terror en su voz. Debía de haber empezado a darse cuenta de lo que había pasado; de en qué se había convertido el hombre que había sido su marido.

–¿No recuerdas… tienes que recordarla… la historia de Lila y Jacob?

Ella escudriñaba desesperadamente la cara de su marido, pero en la cara no había nada más que desconcierto.

–Hay algo que me suena en la historia. Creo que la he leído en alguna parte. Me recuerda a algo de Tolstói.

Desde mi refugio entre las estanterías de libros oí un fuerte sonido metálico que debía ser el de la llave al caer al suelo. Y luego oí las largas zancadas de ella entre la confusión de mesas y estanterías. Debía de estar dándose prisa, presa de un ciego frenesí, para salir de aquel sitio. Cerré los ojos, sin atreverme a verle la cara y el horror que debía expresar, hasta que la puerta se cerró detrás de ella. Cuando los abrí, el hombre del fondo de la habitación tenía oculta la cara otra vez detrás del enorme libro, y había reanudado la lectura con su aterradora tranquilidad de costumbre. Su mujer había vuelto a él y se había ido de nuevo. Todo era tan fantásticamente igual que podría creerse que había ocurrido en sueños. Pero yo veía, caída en el suelo, la pesada llave negra de la librería.

Peces de colores en la azotea. Kawabata.

Había un espejo grande en la cabecera de la cama de Chiyoko. 
Cada noche, al soltarse el cabello y hundir la mejilla en la almohada, se
observaba detenidamente en el espejo. La visión de treinta o cuarenta peces de
colorescabeza de león aparecería, como rojas flores artificiales sumergidas en
un tanque de agua. Algunas noches también la luna se reflejaba entre ellos. 
Pero la luna no brillaba en el espejo a través de la ventana. En realidad,
Chiyoko veía el reflejo de la luna sobre el agua de los tanques en el jardín de
la azotea. El espejo era una ilusoria cortina de plata. A causa de esta mirada
aguzada, su mente tenía el mismo desgaste que la púa de un fonógrafo.
Sintiéndose incapaz de dejar la cama, allí se hacía irremediablemente vieja.
Sólo su cabello negro, esparcido sobre la almohada blanca, retenía su juvenil
esplendor. 
Una noche, sobre el marco de caoba del espejo se desplazaba un insecto alado.
Chiyoko saltó de la cama y golpeó la puerta del dormitorio de su padre. 
-Padre, padre, padre. 
Tirando de la manga de su padre, con sus manos azuladas, se precipitó hacia el
jardín de la azotea. 
Uno de los peces cabeza de león estaba muerto, flotando panza arriba, como
grávido de alguna extraña criatura. 
-Padre, perdón. ¿Puedes perdonarme? ¿No me perdonas? No puedo dormir. Me quedo
cuidándolos de noche, además. 
Su padre no dijo nada. Se limitó a observar los seis tanques como si estuviera
mirando ataúdes. 
Fue después de volver de Pekín que su padre instaló los tanques en la azotea y empezó
a criar peces. 
En Pekín había vivido con una concubina durante mucho tiempo. Chiyoko era hija
de esa concubina. 
Chiyoko tenía dieciséis años cuando regresaron a Japón. Era invierno. Mesas y
sillas traídas de Pekín estaban repartidas en la vieja habitación japonesa. Su
media hermana, mayor que ella, estaba sentada en una silla, Chiyoko en la
alfombra, y la miraba. 
-Pronto formaré parte de otra familia, así que no importa. Pero tú no eres una
hija legítima de mi padre. Viniste a esta casa y mi madre te cuidó. No lo
olvides. 
Cuando Chiyoko bajó la cabeza, su hermana puso los pies sobre sus hombros, y
después con un pie le levantó el mentón, obligándola a mirarla. Chiyoko le tomó
los pies y se largó a llorar. Los tenía agarrados, cuando su hermana logró
metérselos dentro del escote. 
-Está tan calentito. Quítame las medias y caliéntame los pies. 
Llorando, Chiyoko se las quitó y puso los pies helados sobre su pecho. 
Pronto la casa de estilo japonés fue remodelada con estilo occidental. El padre
ubicó los seis tanques en la azotea y emprendió la cría de los peces, y estaba
allí de la mañana a la noche. Invitaba a su casa a especialistas en peces de
coloresde todo el país, y presentaba los peces en exposiciones, a veces
distantes hasta trescientos kilómetros. 
Con el tiempo, Chiyoko empezó a cuidar de los peces. Y día a día cada vez más
melancólica, no hacía otra cosa que observarlos. 
La verdadera madre de Chiyoko, que había vuelto a Japón y vivía en otra casa,
muy pronto tuvo ataques de histeria. Después de recobrar la calma, se convirtió
en un ser triste y silencioso. La belleza del rostro de la madre de Chiyoko era
la misma que cuando estaba en Pekín, pero su cutis de pronto se había vuelto
extrañamente oscuro. 
Entre los que iban a la casa de su padre había muchos pretendientes. Y a todos
estos jóvenes, Chiyoko les decía: 
-Traigan comida para los peces, algunas pulgas de agua. Tengo que alimentarlos. 
-¿Dónde podemos encontrar lo que pides? 
-Miren en las acequias. 
Pero todas las noches ella miraba el espejo. Y fue haciéndose tristemente más
vieja. Cumplió veintiséis. 
Su padre murió. Rompieron el lacre de su testamento, y en éste decía:
«Chiyoko no es hija mía».
Fue corriendo a su habitación para llorar. Le echó una mirada al espejo en la
cabecera de su cama, lanzó un chillido y subió corriendo al jardín de la
azotea. 
¿De dónde había venido? ¿Cuándo? Su madre estaba parada al lado de un tanque,
con su rostro oscuro. Su boca estaba llena de peces cabeza de león. La cola de
uno de ellos colgaba de su boca como una lengua. Aunque veía a su hija, la
mujer la ignoraba mientras se comía el pez. 
-¡Padre! -gritó la muchacha y golpeó su madre. Ésta cayó contra los ladrillos y
murió con el pez en la boca. 

Así, Chiyoko se vio liberada de su madre y de su padre. Recobró su juventud y
partió hacia una vida de felicidad.

GOUGAUD 3 OBERTURAS Y ARMADO DE CUENTO

inicio de la piedra roja

El día en que comienza esta historia, todas las ventanas del palacio aparecían azules. La séptima mujer del sultán de samarcanda trajo al mundo un niño al que pusieron por nombre Emhammed. El niño creció y fue instruido por los sabios y poetas más famosos del reino. Pero..

.***

Inicio Hachachí el embustero

Érase una vez, junto a las dunas pardas del Sahara, bajo el sol resplandeciente del desierto, una ciudad blanca a la sombra de las palmeras Uno de los personajes más famosos de la ciudad era un hombre llamado Hachachí…

***

Inicio Kogi el sabio

Hace mucho tiempo vivió en Japón un monje llamado Kogi

.Durante toda su vida había meditado sobre la apariencia de las cosas y la fragilidad del mundo y había llegado a conquistar este tesoro tan raro y sutil; una sonrisa de niño en su rostro de anciano.

***

TAREA EN VIVO EN TALLER ARMAR ESTE CUENTO

El mendigo, la princesa y el recuerdo.Érase una vez, en las montañas, una princesa llamada Denid,Tan bella y melancólica como una primavera lluviosa.Una pena desconocida le corroía el alma.Vivía encerrada en oscuros pensamientos y no hablaba jamás.Su padre el rey, hallábase tan desolado que desesperaba ya de poder consolarla sin más ayuda que el amor que por ella sentía.Envío por todo el país a 500 mensajeros con vestiduras rojas y cabalgaduras negras, encomendando les la difusión de un bando que rezaba:»Yo, rey de las montañas, daré a mi hija en matrimonio a quien sea capaz de hacerle pronunciar una palabra de alegría

PRÍNCIPE DEL VALLE A LOMOS DE UN ELEFANTE ENJAEZADO CON BORDADOS.CÍMBALOS Y SALTINBANQUIS

*****

EL MERCADER MÁS RICO DEL PAÍS.TESOROS Y JOYAS A LOS PIES DE LA PRINCESA. PAÑOS TRAÍDOS DE LEJANAS TIERRAS

******

UN JOVEN MENDIGO SE ENTERÓ Y BAJO DE LAS ALTAS MONTAÑAS.HARAPIENTO Y CON UN PARASOL.

***

ANCIANA CARGABA LEÑOS.EL MENDIGO LA AYUDÓ

– A DÓNDE VAS?

– AL PALACIO, POR LA PRINCESA.QUIERO DEVOLVER LA PALABRA A SU BOCA

.***

– ELLA TIENE EL DON DE LA ELOCUENCIA Y POSEE UNA GRAN SABIDURÍA.SE ACUERDA DE SUS VIDAS PASADAS.

1 TIGRESA. SU COMPAÑERO Y SUS HIJOS FUERON MATADO POR UN CAZADOR Y ELLA MURIÓ DE PENA.

2. PERDIZ. UNOS LABRADORES INCENDIARON UN CAMPO Y ELLA Y SU COMPAÑERO MURIERON ASFIXIADOS.

3. ALONDRA. SONIDO MUY CERCA DE UN DIQUE, UNOS NIÑOS MATARON A SU COMPAÑERO Y SUS CRÍAS Y A ELLA LA ENCERRARON EN UNA JAULA Y MURIÓ DE PENA.

***

LA ENCONTRÓ MIRANDO HACIA LAS MONTAÑAS.ELLA NO HABLABA.

ÉL LE DIJO:

– HACE MUCHO TIEMPO YO FUI UN TIGRE…

Así comenzó su nueva vida y así termina esta historia.

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Gougaud Kotsi y el gigante Master class 2

Un día funesto, un gigante brujo, tan enorme y estúpido como todos los gigantes, entró en un poblado indio. Sin saludar siquiera a la asamblea, dijo a los que allí estaban reunidos:

– Quiero un alma humana. No quiero más que una, pero, ¡por todos los diablos!, la necesito.

Los hombres protestaron, escandalizados. El jefe se puso en pie y, con la pipa en la mano, replicó:

– Hace ya mucho tiempo que los monstruos como tú no nos dan miedo. No somos niños sin seso. Si te hace falta un alma, ve a pedírsela a los osos; quizá ellos te la den.

Apenas había terminado de pronunciar el jefe estas palabras, cuando una enorme bofetada lo proyectó contra el suelo. El gigante lanzó un rugido aterrador, agarró una cabaña por la punta del tejado y la levantó por los aires. Dejó al descubierto a dos muchachas temblorosas, acurrucadas sobre una manta. Las cogió por los cabellos, se las metió en el bolsillo y se fue.

Aquellas dos jóvenes eran las hermanas de Kotsi, un muchacho intrépido y alegre; y tan inteligente que la magia y la brujería de sus antepasados no tenían para él ningún secreto. Cuando el gigante se llevó a sus hermanas, Kotsi se encontraba de caza. Al volver, viendo su cabaña destrozada, ni siquiera se tomó el tiempo de dejar el zurrón en el suelo. El jefe del poblado, con el puño tendido hacia el horizonte, le contó lo ocurrido y Kotsi fue a toda prisa tras las huellas del monstruo.

Después de tres días y tres noches de marcha, llegó a un extraño país: el cielo estaba cubierto por multitud de pequeños pájaros blancos, tan numerosos que no dejaban ver el sol; apenas algunos rayos atravesaban sus alas. Los habitantes de aquel país eran amables y despreocupados, pues se alimentaban de aquellos pájaros blancos y el cielo era pródigo en ellos. Kotsi descansó entre aquellas gentes por un tiempo y luego reemprendió su camino a través de las colinas. Una noche, llegó ante una cabaña de ramas. A la puerta se encontraba una anciana de aspecto dulce y bondadoso, atizando el fuego. Su rostro estaba surcado por infinidad de arrugas y tenía el cuerpo cubierto de plumas multicolores. Recibió a Kotsi con estas palabras:

– Sé bien venido, hijo mío. Te daré de comer. No tengas miedo, aquí somos buenas gentes. Pero si continúas caminando, llegarás al país de los hombres-perro, unos seres indeseables, ¡verdaderos monstruos, hijo mío!, ¡monstruos espantosos!

Kotsi cenó gustosamente con aquella anciana encantadora y parlanchina; a continuación le dio las gracias y siguió camino adelante.

Llegó así al país de los hombres-perro, en el que el sol no se levantaba nunca. La noche perpetua estaba traspasada por ladridos siniestros. Como Kotsi era brujo, supo encontrar el camino en aquellas tinieblas: hizo un gran fuego y arrojó en él los ojos de una liebre que iluminaron la tierra. Así pudo ver a lo lejos una casa de madera. Corrió hacia ella y empujó la puerta. Sus dos hermanas estaban allí, sentadas en un rincón, con una manta sobre los hombros.

– ¡En pie, muchachas! —dijo riendo.

Las cogió de la mano y se las llevó contento por la hierba gris de la planicie, iluminada bajo el negro cielo por los ojos de la liebre. Las dos jóvenes lloriqueaban amedrentadas:

– ¡El gigante nos perseguirá y nos matará!

– Tened confianza en mi – les decía Kotsi.

Al momento empezó a retumbar la tierra y se oyeron los rugidos del gigante. Era estúpido pero temible. Dando una formidable patada desgarró la llanura, la arrugó como si fuera la hoja de un  árbol y una montaña enorme se alzó de repente ante los tres fugitivos. Kotsi se transformó entonces en águila.

– ¡Subid a mis alas! ~–dijo a sus hermanas.

El águila levantó el vuelo transportando a las dos jóvenes por encima de la montaña, pero el gigante lanzó al cielo una piedra mágica y una espantosa tempestad se abatió sobre los fugitivos. Los relámpagos, rasgando el cielo a su alrededor, les impedían el paso. Entonces Kotsi  ató un lazo a su cintura, lo lanzó al corazón mismo de la tempestad y atrapó al pájaro-trueno, retorciéndole el cuello. Inmediatamente se desvanecieron las nubes y se apaciguó el viento. Pero el gigante no se desalentó por ello. Con un gran aullido, tomó su cántaro mágico y vertió un océano sobre la tierra. Kotsi y sus hermanas se encontraron de pronto en una isla desierta. Las jóvenes lloriqueaban de nuevo.

– ¡Hermanas! –les gritó Kotsi- me irritáis cien veces más que ese gigante idiota que nos persigue.

Cortó una rama de sauce, la colocó sobre el agua y al instante apareció entre las olas un camino seco, completamente recto, por el que los tres avanzaron corriendo. Tras ellos, la tierra y el mar habían dejado ya de retumbar. Entonces encendieron un fuego en la orilla y se dispusieron a pasar allí la noche. Cuando el día se levantó, emprendieron de nuevo la marcha y, al mediodía, llegaron a su pueblo.

Pero entre las cabañas familiares ya no reconocían a nadie. Los rostros de las gentes habían cambiado, lo mismo que sus ropas.

– ¿De dónde venís, extranjeros? -les preguntaban.

-¿Extranjeros nosotros? —replicó Kotsi- ¡Vosotros sois los extranjeros!

Un anciano curvado sobre un bastón se acercó a ellos, los miró, los olfateó y dijo:

– Hijos míos, cuando yo todavía no sabía caminar, mi madre, que murió hace mucho tiempo, me contó que un día un gigante secuestró a dos muchachas del pueblo cuyo hermano fue en su búsqueda. ¿Seréis vosotros, quizá, esas personas?

– Lo somos —respondió Kotsi.

Más de cien años habían transcurrido desde que se fueron. Nadie se extrañó, pero todos se maravillaron.

– ¡Buena noticia! –canturreó el anciano – ¡El tiempo no existe! ¡El tiempo no existe!

Gougaud El sueño master class 1

Dos vagabundos viajaban juntos en el calor del verano.

Iban a donde van todos aquellos que son peregrinos a perpetuidad: hacia adelante.

Bajo un sol de justicia, avanzaban por el camino desde primeras horas de la mañana.

A mediodía decidieron que ya era hora de hacer un alto, así que se detuvieron a comer y a descansar a la sombra de un gran roble, al borde de un sembrado.

Almorzaron un mendrugo de pan y una cantimplora de vino y, al terminar, uno de ellos se tumbó en la hierba.

Con el sombrero sobre los ojos y los dedos cruzados sobre el vientre, se quedó dormido.
De la boca abierta del durmiente, su compañero vio salir una gran mosca de color azul.

Revoloteó unos instantes por encima de un matorral, se alejó y entró en una calavera de caballo situada unos pasos más allá, sobre la hierba.

La mosca volaba por el interior del cráneo. Daba vueltas, giraba sobre sí misma, entraba por un ojo, salía por el otro, desaparecía en el fondo de la órbita y salía de nuevo a la luz por entre los grandes dientes amarillos. Finalmente se alejó de la calavera, se puso a girar alrededor de la cabeza del durmiente y penetró de nuevo por su boca. Entonces el hombre despertó, se frotó los ojos, se estiró y dijo a su compañero:
– Acabo de tener un agradable sueño. Me encontraba en un palacio blanco, magnífico, deslumbrante. Visitaba sus habitaciones, recorría sus pasillos, ascendía a unos desvanes de techos abovedados como los de las iglesias, descendía a sus bodegas, profundas y frescas. Aquel palacio era mío y lo más maravilloso es que estaba construido sobre un inmenso tesoro enterrado bajo sus murallas.


– ¿Quieres que te diga dónde has estado durante tu sueño? -le replicó su compañero-. En ese cráneo blanquecino que está ahí tirado. He visto cómo el alma te salía por la boca en forma de mosca grande y azul. Ha visitado todos los recodos de ese cráneo, desde el fondo del ojo hasta la punta de sus dientes y después ha vuelto a entrar en tu boca.

Ahora, créeme, deberíamos hacer un agujero bajo las murallas de ese palacio para comprobar si el ojo del sueño es realmente clarividente.


Apartaron la calavera, cavaron en el lugar en que había estado colocada y descubrieron el tesoro anunciado por el sueño. Un tesoro inmenso: allí estaba TODO, todo lo que un hombre puede soñar.

KAWABATA 2 EL CIEGO Y LA JOVEN

BIENVENIDOS A KAWABATA MASTERCLASS
HOY OFRECEMOS UNA HERMOSA HISTORIA
ESSENNA:
CULTURA + CUENTOS
PEDRO PARCET

O-Kayo no entendía cómo un hombre, capaz de volver solo en el Ferrocarril de la Gobernación hasta esa estación suburbana, precisaba ser conducido de la mano por la angosta callejuela hasta la estación.
Pero, a pesar de este misterio, O-Kayo cumplía con su deber.
La primera vez que Tamura había llegado a la casa, su madre le había dicho:—O-Kayo, por favor, guíalo hasta la estación.
Un rato más tarde salieron de la casa, Tamura dejando colgar su bastón del brazo izquierdo, buscaba a tientas a O-Kayo.
Al ver cómo la mano se agitaba ciegamente sobre su pecho, O-Kayo enrojeció, pero le ofreció la suya.—Gracias. Todavía eres una jovencita —dijo Tamura.
Imaginó que debería ayudarlo a subir al tren, pero Tamura, apenas tuvo su boleto, le puso una moneda en la palma de la mano y con presteza pasó por el molinete sin ayuda. Siguió marchando a lo largo del tren, rozándolo con su mano a la altura de las
ventanillas hasta la entrada por la que ascendió.
Sus movimientos revelaban una habilidad adquirida. O-Kayo, que lo observaba, se sintió aliviada.
Cuando el tren partió, no pudo evitar una leve sonrisa. Le pareció que había una virtud especial trabajando en las yemas de esos dedos, como si fueran ojos.
También sucedían estas cosas: cerca de la ventana por donde a la tarde entraba la luz del sol, su hermana mayor,O-Toyo, arreglaba su corrido maquillaje.—¿Puedes ver lo que se refleja en este espejo? —le preguntaba a Tamura.
La malevolencia en el comentario de
su hermana era evidente, incluso para O-Kayo. ¿No era obvio que si O-Toyo estaba retocando su maquillaje, era ella la reflejada en el espejo?Pero la malicia de O-Toyo nacía simplemente de su enamoramiento ante su propio reflejo.
—Una mujer bella le está haciendo el favor de mostrarse agradable. —Recalcaba mientras daba vueltas alrededor de Tamura.
En silencio, él se apartaba de su lado, donde había estado sentado al modo japonés, y empezaba a frotar la luna del espejo con sus yemas. Entonces,con ambas manos, lo iba girando.
—¿Qué haces?
—Hay un bosque reflejado en él.
—¿Un bosque?
Como atraída por una carnada hacia el espejo, O-Toyo se arrodillaba ante él.
—El sol del atardecer resplandece entre el bosque.
O-Toyo observaba con desconfianza mientras Tamura deslizaba sus yemas sobre el espejo. Luego, riéndose burlona, retornaba el espejo a su lugar.
Y otra vez se entregaba a su maquillaje.
Pero O-Kayo sí se asombraba con el bosque en el espejo. Tal como Tamura lo había dicho, el sol poniente despedía una luz neblinosa y rojiza entre las copas del bosque.
Todas las hojas otoñales, al recibir la luz desde atrás,relucían con una cálida transparencia.
Era un atardecer inmensamente pacífico de un balsámico día otoñal.
Y, sin embargo, la sensación que provocaba el bosque en el espejo era completamente diferente de aquella del bosque real. Tal vez porque no se reflejaba la delicada fumosidad de la luz, como tamizada por una gasa de seda, había una profunda y nítida frialdad. Era como una escena en el fondo de un lago.
Y si bien O-Kayo estaba acostumbrada a ver cada día el bosque real desde las ventanas de su casa, nunca lo había observado con atención.
Descrito por el ciego, era como si lo estuviera viendo por primera vez.
«¿Podría Tamura ver verdaderamente ese bosque?» se preguntaba.
Hasta deseaba saber él si conocería la diferencia entre el bosque real y aquel del espejo. La mano que acariciaba el espejo se volvía algo sobrenatural para ella.
Y cuando su mano tomaba la de Tamura al guiarlo, un súbito escalofrío la recorría. Pero, al repetirse esto como parte de su deber cotidiano cada vez que él regresaba a la casa, terminó por olvidar su temor.
—¿Estamos delante de la frutería,
no?—¿Ya pasamos por la funeraria?—¿Ya vamos llegando a la tienda de kimonos?
A medida que avanzaban por la misma calle una y otra vez, Tamura, no del todo en broma ni del todo en serio,iba preguntando estas cosas. A la derecha, la tabaquería, el puesto de los rickshaw, el negocio de sandalias, la mimbrería, el puesto donde servían sopa de porotos rojos con pasteles de arroz; a la izquierda, la vinería, el vendedor de medias, , el local de sushi, la droguería, el negocio de artículos de tocador, el dentista.
Mientras O-Kayo se los enumeraba, Tamura iba recordando el exacto orden de las tiendas a lo largo de las seis o siete cuadras camino a la estación.
Lo distraía ir nombrando las tiendas una tras otra a medida que iban pasando frente a ellas. Y así, cuando el lugar tenía algún detalle o comercios nuevos, como una ebanistería o un restaurante estilo occidental, O-Kayo informaba a Tamura.
Suponiendo que él se hubiera avenido a esa suerte de triste juego para distraerla, a O-Kayo le resultaba raro que reconociera todo a lo largo del camino, como una persona dotada de vista. Pero, y sin que pudiera decir exactamente cuándo, el juego se había convertido en una costumbre.
Cierta vez que su madre estaba enferma en cama, Tamura pregunto si había flores artificiales en la ventana de la funeraria.
como si hubiese recibido un balde de agua fría O Kayo miro con asombro a Tamura.
en otro momento el le pregunto al pasar
-son los ojos de tu hermana mayor tan hermosos?
-si, lo son.
mas hermosos que los tuyos
pequeña O-Kayo?
—¿Y cómo podría usted asegurarlo?
—Te preguntas cómo podría. El marido de tu hermana era ciego. Incluso tras la muerte de su marido, ella sólo pudo conocer gente ciega. Y tu madre lo es. Así que es natural que tu hermana piense que sus ojos son extraordinariamente bellos.
Por alguna razón esas palabras calaron hondo en el corazón de O-Kayo.
—La maldición de la ceguera abarca tres generaciones. O-Toyo, lanzando un suspiro, solía decir ese tipo de cosas para que su madre la oyera.
A O-Toyo le preocupaba dar a luz una criatura ciega. Y aun si no naciera ciega, tenía el presentimiento de que, si fuera una niña, probablemente se casaría con un ciego. Ella misma se había desposado con un ciego por ser ciega su madre. Al tratar sólo con masajistas ciegos, su madre había sentido aprensión de un yerno vidente.
Tras la muerte del marido de O-Toyo, varios hombres habían pasado la noche en la casa, pero todos eran ciegos.
Un ciego le pasaba el dato a otro. La familia había quedado persuadida con el sentimiento de que si ofrecían sus cuerpos a algún hombre que no fuera ciego, podrían ser arrestadas sin aviso.
Era como si el dinero para sostener a la madre ciega debiera provenir de ciegos.
Cierto día, uno de los masajistas ciegos había llevado a Tamura.
Tamura,que no pertenecía a la cofradía de masajistas, era un hombre joven y saludable de quien contaban que había donado varios miles de yenes a una escuela para ciegos y sordos. Con el tiempo, O-Toyo lo transformó en su único cliente. Lo trataba como si fuera un tonto.
Tamura, siempre con un aire triste, conversaba con la madre ciega.
En esos momentos, O-Kayo lo observaba en silencio y con gran intensidad.
La madre murió de su enfermedad
.—Ahora, Kayako, ya estamos fuera de la desgracia de la ceguera. Estamos a salvo —dijo O-Toyo.
Poco tiempo después, el cocinero de un restaurante de estilo occidental se instaló en la casa. O-Kayo se retiró intimidada por su grosería.
Llegó entonces el momento en que O-Toyo se despidió de Tamura.
Por última vez O-Kayo lo condujo hasta la estación.Cuando el tren partió, ella sintió congoja, como si su vida hubiera terminado. Tomó el siguiente tren para ir tras Tamura.
No sabía dónde vivía, pero presentía el camino que tomaría el hombre cuya mano había sostenido durante tiempo-