Iadyr. Cuento sufi

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Había una vez, a menos de mil millas de aquí, un niño que a pesar de su corta edad, creía yo, tenía gran experiencia en el cuidado de sus ovejas. Sus piernas eran delgadas pero fuertes, los pies que llevaba sin calzar estaban endurecidos- sin duda alguna por el trabajo- y, en su mirada había más luz que la del oro reflejado en las arenas del desierto cuando al descender el sol avisa a los hombres de la proximidad de la noche.
Yadir se llamaba el niño. Y siempre en el atardecer bajaba de las montañas con sus animales hasta su pequeña casa, la jornada había sido ardua para él, había llevado a pastar a sus ovejas y, en cambio, en su alforja de lana, no había sino un poco de pan- el necesario para no sufrir hambre- ni más agua que la esencial para refrescar sus labios.
Una noche, en una reunión de camelleros Yadir escuchó decir que el hombre que lleva a Dios en su corazón está –“mordido de camello” y que esa mordedura no cicatriza nunca; al principio es dolorosa, después dulce y, al final de la vida, mientras el cuerpo queda abandonado en la tierra, viaja la esencia del hombre a fundirse en las estrellas. Yadir soñó esa noche que cien camellos que lo perseguían.
Pasó mucho tiempo y, un amanecer, intuitivamente Yadir se arrodilló y besó las arenas. De sus labios brotaron palabras fieles, y su rostro de adolescente, como una brújula marina, encontró el oriente.
La mordida del camello estaba en su corazón
A partir de ese día, Yadir aprendió muchas cosas con particular precisión. Cuando el viento soplaba tenuemente, le susurraba cuentos a su oído; al ser removidas por el aire las arenas, le enseñaban extrañas geometrías; el ondulante carrizo le otorgó la música; y, en un rojo atardecer, un fuerte viento elevó las arenas haciéndolas girar con sorpresivos movimientos. Yadir aprendió la danza.
Su corazón sangraba cada día más
Cuando Yadir abandonó el desierto, el sol ya no tenía horizonte; un débil reflejo dorado lo alumbró por poco tiempo, la oscuridad lo acarició toda la noche y, en el luminoso amanecer, ante sus ojos asombrados apareció la ciudad, cuyas espejeantes cúpulas llenaron sus pupilas de reflejos. Yadir sintió miedo. Pero el viento que le cantaba levemente fortificó su espíritu, los altos y esbeltos minaretes suavizaron el golpeteo de su corazón, y entró en la bulliciosa ciudad con asombrados ojos.
Aquel cambio de vida fue trascendental para Yadir.
Pronto encontró trabajo como tintorero de lana y poco después aprendió el arte de tejer alfombras. El principio fue duro: sus manos no eran tan hábiles como las de sus compañeros; pero sus ojos, acostumbrados a ver el horizonte del desierto, veían más allá en los complicados diseños, en los geométricos mensajes de las alfombras. Yadir tejió una para él y aquella noche al terminarla, un viejo maestro alfombrero le regaló una rosa blanca extraña.
A partir de esa noche memorable, la vida de Yadir fue muy intensa: cuidó y respetó su cuerpo, modeló el barro, sometió el cobre, escribió con hermosos rasgos, manejó el sable, diseñó jardines y, una vez, sus ojos se fundieron en la luz de unos ojos femeninos…Yadir aprendió el amor.-
Yadir fundó un hogar, que duró muchos y felices años, hasta que, un día,- “El que crea todos los diseños” -, decidió que Yadir quedara solo.
Yadir aprendió a llorar
El siguiente amanecer extrañó las rodillas de Yadir hundiendo las arenas; su rostro no quiso buscar el oriente, y sus labios olvidaron las palabras fieles.
Abandonó la luz de las mezquitas y frecuentó oscuros lugares; sus piernas, acostumbradas a la danza, olvidaron el ritmo: el tambor de su corazón no las impulsaba. Abandonó también la habilidad de sus manos; su aliento no recorrió el interior de las cañas; y una noche suplicó al ángel de la muerte que apurara su paso. Cuando los dedos del sol acariciaron su rostro, esa mañana, sobre su alfombra había una blanca y extraña rosa. Yadir recordó al Disipador de todas las Dificultades y sintió sangrar de nuevo su corazón.
Curiosamente, los vecinos de Yadir y quienes lo conocían, pensaban que era un buen hombre; como sucede con todos los buenos hombres de la tierra sólo unos cuantos se acercaban con humildad a escuchar sus bellas pláticas en la casa de té que frecuentaba: les hablaba del viento y la lluvia, les contaba historias de viejos tejedores de alfombras y ancianos jardineros de rosas blancas; les describía las dunas del desierto y les hablaba del sol y las palmeras. Algunas personas temían verlo de frente, unos pocos lo miraban a los ojos, pero entre ellos, ninguno todavía resistía la luz de su mirada; no faltó quien dijera que tenía extraños poderes.
Cuando el viejo Yadir murió, los vecinos quedaron muy sorprendidos al ver salir por una de las ventanas de la casa, un hermoso camello que volando se perdió en el infinito…

Qué tengamos Paz en nuestros corazones.

Qué el amor,  la experiencia de vida compartida y nuestros ángeles siempre nos cuiden

 

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Fátima la hilandera. cuento Sufi

Version de Fátima la hilandera

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En un lejano reino de Occidente, vivía una hermosa joven llamada
Fátima que crecía alegre y feliz en el seno de una familia de
hilanderos, una familia experta en el arte de fabricar cuerdas para los usos más variados que se pudiera imaginar. Fátima, conforme se iba haciendo mujer compartía los trabajos y aprendía a la perfección el manejo de sus manos, con lo que ya a edad temprana, había alcanzado una destreza digna de los mejores maestros.
Un día de primavera, su padre, acercándose a ella, le dijo: «Querida hija, como ya eres una mujer, sería conveniente que vinieras conmigo en la próxima travesía por mar. Tengo transacciones que realizar en las Islas del Mar Mediterráneo y pienso que además de ayudarme en mis tareas y conocer mundo, tal vez encuentres un joven honrado y de
buena posición con el que quieras formar una familia».
Fátima aceptó encantada la propuesta de su padre y se puso de
inmediato a preparar todo lo necesario. Llegado el momento de partir,emprendieron el camino y tras varias semanas de viaje llegaron a su primer destino. Una vez allí y, mientras el padre realizaba sus negocios y formalizaba pactos, Fátima soñaba con el esposo que, de un momento a otro, podría aparecer y, de inmediato, reconocería.
Pero de pronto, cuando se encontraban en alta mar camino de Creta, se levantó una tormenta con un oleaje tan terrible que el barco terminó por naufragar.
Entre vientos y grandes olas, Fátima cayó al mar y, tras unas horas de angustia, fue llevada por la marea hasta una playa cercana. Su padre había muerto y ella se sentía totalmente hundida y desamparada.
Pasadas algunas horas, y ya bajo el sol del mediodía, Fátima vagaba por la arena pensando en su suerte y en sus grandes sueños rotos… así pasaron varias horas, hasta que al fin, fue encontrada por una familia de tejedores que por aquellas cercanías vivía, los cuales a pesar de ser pobres, la acogieron en su casa como si de una hija más se tratase, con la intención de compartir su comida y su oficio.
Faátima se entregó a los trabajos de aquella familia y, poco a poco, fue haciéndose una experta en la confección de las telas. Pasado un tiempo,
Fátima ya conocía los secretos de los más extraños tejidos. De esta manera, la joven iniciaba una segunda vida, en la que llegó a ser plenamente feliz, reconciliada con su suerte y su destino.
Pero llegó un día, en el que hallándose sentada en la playa sonriendo al horizonte, desembarcó una banda de mercaderes de esclavos que, sorprendiéndola se la llevaron presa junto con otro grupo de cautivos.
A pesar de lamentarse amargamente por su suerte, no encontró
compasión por parte de ninguno de sus captores, quienes la llevaron a Estambul y finalmente la vendieron como esclava. Por segunda vez su mundo se había derrumbado. Una vez más, lloraba amargamente, entristecida por su suerte…
Sin embargo, sucedió algo que cambiaría de nuevo el rumbo de su vida. Aquel día, casualmente en el mercado había pocos compradores. Pero entre ellos se encontraba un rico mercader que buscaba esclavos para su próspera planta de fabricación de mástiles. Cuando vio el abatimiento de la muchacha, sintió compasión por ella y decidió comprarla pensando que, de este modo, podría ofrecerle una vida más digna.
Más tarde, llevando a Fátima a su hogar con intención de hacer de ella una ayudante para su esposa, se enteró de que un incendio había arruinado sus cargamentos y acabado con todas sus existencias… por lo que no pudiendo afrontar los gastos que le ocasionaba tener trabajadores, se quedó tan sólo con Fátima que, junto a él y su esposa, llevarían a cabo la tarea de fabricar mástiles de verdadera artesanía.
FÁtima agradecida al mercader por haberla rescatado, trabajó con
tanta entrega y diligencia que consiguió a los pocos años llegar ser una auténtica experta en la fabricación de toda clase postes y mástiles, por difíciles que estos fuesen de resolver. Al poco tiempo, su amo en agradecimiento a los buenos servicios, le concedió la libertad, pasando a trabajar para él como ayudante de confianza. Fue así como consiguió ser feliz y plenamente dichosa en ésta, su tercera profesión.
Así pasó el tiempo hasta que un día, aquel buen hombre le dijo:
«Fátima, yo ya voy siendo viejo y, quiero que, en esta ocasión, seas tú quien vaya a Java a entregar unos mástiles de gran valor. Asegúrate en mi nombre de venderlos con provecho».
Ella se puso en camino contenta y feliz de viajar hacia su tan soñado Oriente… pero ¡Oh destino! cuando el barco estuvo frente a las costas de China, un terrible tifón lo hizo naufragar y, ¡Horror! Una vez más, se vio arrojada a la playa de un país totalmente desconocido. «¡Otra vez!» se decía llorando amargamente. «Mi vida vuelve a tropezar ante el destino ¿Qué deberé ahora de aprender y superar?»
Fátima sentía que cuando conseguía dominar plenamente algún oficio y sentar las raíces de su vida, sucedía algo inesperado que la hacía cambiar de dirección.
Una vez repuesta, se levantó de la arena y se puso a caminar en
dirección a un poblado que divisó a lo lejos. Como no era frecuente la presencia de viajeros de raza blanca, fue acogida con respeto y curiosidad… pero sucedió que en aquel país existía una leyenda profética… se decía que un día llegaría una mujer extranjera, capaz de hacer, ella sola y sin ayuda de nadie, un templo para el Emperador de difícil y compleja construcción.
Y puesto que en aquel entonces en China no había nadie que pudiera por sí solo hacer este tipo de construcciones, todo el Imperio esperaba el cumplimiento de aquella extraña predicción con la más vívida expectativa.
Al fin de estar seguros de que cuando llegara la extranjera por
aquellas tierras no pasara inadvertida, los sucesivos emperadores de China solían enviar heraldos, una vez cada año, a todas las ciudades y aldeas del país, pidiendo que cada mujer extranjera fuera llevada a la corte.
Fue justamente en una de esas ocasiones cuando Fátima fue presentada al Emperador: «Señora» dijo el Emperador «¿Seríais capaz de construir un templo para el Imperio que tenga las características que aquí figuran, pero sin ayuda de ninguna otra mano?» dijo,  mostrándole un papiro pleno de garabatos e imágenes.
Ella tras observarlo detenidamente, se sintió de pronto iluminada.
Sabía que era capaz de hacerlo, ya que por lo que dedujo, hacía falta un mástil tan fuerte y flexible como los que habían dado tanta fama a su antiguo amo el mercader. Asimismo se requería un tipo de tela, de características tales, que tan sólo aquellos entrañables tejedores con los que compartió afecto y habilidades, podrían haberle enseñado. Y por último, dedujo que esa construcción debía poseer unos sistemas de sujeción de una clase de cuerda tal, que pudiesen soportar el impacto de los fuertes vientos sin perder tensión y resistencia. Sólo sus padres, aquellos expertos maestros hilanderos, podrían haberle enseñado algo así.
Fátima trabajó muy duramente por espacio de nueve meses. Y
finalmente presentó su obra al Emperador, el cual tras observar con asombro la perfección y detalle de su creación, premió a Fátima con la generosidad de las grandes recompensas.
La PROSPERIDAD, EL AMOR Y LA SABIDURÍA habían llegado de
manera plena y abundante a la vida de una Fátima que encarnaba la plenitud y la grandeza de la vida.
Cuentan que todo aquel que llegó a conocerla, salía de su presencia, iluminado de esa extraña confianza y certeza que proporciona la percepción de los grandes destinos del alma.
Tras ejercer la sabiduría y el amor supremos en una vida fecunda e intensa, Fátima partió a unirsw con el infinito en paz y armonía a la edad de 99 años. Desde entonces, se dice que su espíritu susurra a los oídos de los que se sienten abandonados por su suerte, que no teman… que confíen… que tras los vaivenes de la vida…
Late un Camino Mayor que acompaña
y protege a los que siguen adelante.

Zorro rojo. Mongolia

EL INGENIOSO ZORRO ROJO

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         Hace MUCHO tiempo había un niño muy pobre llamado Baoluoledai, que sin familia ni tener en quien apoyarse vivía en una choza, cazando liebres y pájaros para poder comer.

         Cierto día, cuando los cazadores estaban haciendo una batida se toparon con un zorro rojo. El animal se encontraba cercado sin tener por donde escapar cuando se encontró con Baoluoledai.

         – Hermanito, sálvame – le rogó –. Si me salvas la vida prometo ayudarte.

         El joven sintió lástima del zorro y lo escondió entre un montón de hierba. En ese momento llegaron los cazadores y le preguntaron:

         – Eh, muchacho, ¿has visto a un zorro rojo?

         – Soy un muchacho pobre que no tiene más que esta miserable choza – contestó –. Aquí no hay lugar donde pueda haberse ocultado, hace rato que se escapó hacia el norte.

         Los cazadores se encaminaron en seguida hacia esa dirección, de forma que el joven pudo salvar al zorro rojo.

         Un día después, el animal volvió y le dijo a Baoluoledai:

         – Hermanito, tú eres mi salvador, ¿qué te parece si consigo que la princesa, hija del rey Huermusute, sea tu esposa?

ESTUDIAR NARRACIÓN ORAL

         – ¡Cómo es posible! – contestó – ¿Cómo va a atreverse un pobre como yo a pretender ser el cónyuge de la princesa?

         Al otro día el zorro rojo fue al cielo y le dijo al soberano Huemusute:

         – Su Alteza, présteme su báscula, por favor. Quiero medir las riquezas del rico Baoluoledai.

         El rey se quedó muy asombrado en su fuero interno puesto que nunca había oído hablar de que hubiera en la tierra un potentado con tal nombre. Con la intención de conocerlo, no dijo ni pío, entregándole la báscula al zorro rojo.

         Una vez que este consiguió el instrumento lo llevó a un sitio rocoso y con mucha arena, lo restregó y chocó contra unas y otras hasta que estuvo a punto de romperse. Siete días después volvió al palacio del rey a devolverle la báscula. Pero antes de partir le había ordenado al joven pobre que vendiera todo lo que tenía en su casa a cambio de cinco onzas de plata. Este, que no lograba comprender la intención del animal, se sintió un poco fastidiado y le reprochó:

         – ¡Ay! ¡Y tú todavía dices que me quieres ayudar! ¡Has hecho que venda lo poco que tenía, ya no me queda ni una olla donde cocinar el arroz!

         – Vamos, vamos, no te preocupes, hermanito Baoluoledai, espera un poco y ya verás – le contestó el astuto zorr.

         Así, éste llegó hasta el rey con cinco onzas de plata.

         – Gran Rey, he empleado siete días en pesar todas las riquezas del adinerado Baoluoledai que vive en la tierra. Hoy he venido a devolverle su báscula. Le suplico que reciba este pequeño  presente de cinco onzas de plata.

         El rey tomó en sus manos la balanza, observó que estaba tan pulida que faltaba poco para que se quebrara y reflexionó: ¡Ese Baoluoledai tiene en verdad muchas riquezas! El zorro adivinó sus pensamientos y se apresuró a expresarle:

         – Gran rey Huermusute, permítame actuar como casamentero, ¿aceptaría concederle al rico Baoluoledai la mano de la princesa?

         ¿Cómo no se iba a alegrar el monarca de encontrar tan buen partido para su hija? Sin embargo, todavía le quedaba alguna duda y repuso:

         – No te apresures tanto. Tráeme a ese joven para conocerlo y luego veremos.

         El zorro estaba contentísimo y regresó de inmediato.

         ¿Cómo se iba a imaginar lo que sucedería al llegar? El muchacho apenas lo escuchó comenzó a negar con la cabeza al tiempo que exclamaba:

         – ¡Imposible! ¡Imposible! Si el rey se llega a enterar de lo pobre que soy se enojará muchísimo y quién sabe si podremos conservar la vida.

         – No te aflijas por eso, tú ven conmigo y nada más.

         Y dicho y hecho el zorro llevó al muchacho hasta la presencia del soberano. Pero cuando ya estaban a punto de llegar, el zorro hizo intencionadamente que el muchacho se cayera en un estanque de barro cercano al palacio y luego corrió a toda velocidad mientras gritaba:

         – ¡Malas nuevas! ¡Malas nuevas! Rey Huermusute, el camino a su palacio es en verdad muy escabroso, ¡por su culpa el futuro príncipe se cayó en el estanque! Mande pronto un buen caballo y alguna ropa buena para que se mude antes de verlo a usted, de lo contrario su yerno se enfadará.

         Sobresaltado ante tales palabras, el rey ordenó enseguida a alguien que trajera ropas y caballos; luego ordenó al zorro que se los alcanzara al pretendiente de su hija. Cuando Baoluoledai se estaba cambiando de ropa el zorro le aconsejó una y otra vez:

         – Hermanito Baoluoledai, cuando llegues al palacio del gran rey debes recordar bien tres cosas. Primero, después de que amarres el caballo en el poste por nada del mundo des vuelta la cabeza para mirar al animal. Segundo, después de que entres en la habitación, por nada del mundo debes mirarte la ropa. Tercero, cuando estés comiendo, por nada del mundo debes hacer ruido al masticar.

         Pero ¡quién iba a imaginar que nada más llegar, nuestro héroe se olvidó por completo de las advertencias que le hiciera el zorro! Volvió la cabeza para mirar al caballo. Se miró la ropa al entrar en el palacio e hizo mucho ruido al masticar. De esa forma el gran rey entró en sospechas, llamó al zorro rojo a un lado y le dijo:

         – ¡Este Baoluoledai es seguramente un pobretón! Mira, parece que nunca ha montado en un caballo tan bueno, que nunca se ha vestido con ropas de calidad y que jamás ha probado platos tan exquisitos.

         El zorro, que era muy despierto, salvó la situación replicando:

         – Ja, ja, ¡Usted se ha equivocado! Justamente porque el caballo y la ropa que usted le envió no son tan buenos como los que él posee se detuvo a mirarlos y sólo porque la comida que le han servido deja bastante que desear, él, desacostumbrado, hizo ruido al masticarla.

         Con la explicación del zorro el rey pensó que Baoluoledai era una persona verdaderamente excepcional y lo aceptó como parte de la familia en el mismo momento.

         Pero entonces el joven se intranquilizó aún más y le dijo al zorro:

         – ¡La cosa va mal, la cosa va mal! Ahora que el rey me ha dado a su hija, si se entera de la verdad, ¿seguiremos vivos?

         – No temas, deja que yo arregle todo. – Y el zorro se fue en el acto, antes que nadie.

         Iba el hábil animal marchando por la pradera cuando se encontró con una manada de camellos. Preguntó:

         – ¡Eh! Tú, pastor, ¡de quién son todos estos camellos?

         – ¡Ay! ¿Quién puede tener todos estos animales? Unicamente el monstruo de quince cabezas.

         – Escucha esto: el gran rey Huermusute ha bajado a la tierra. Si le dices que estos camellos son del monstruo de quince cabezas te matará; en cambio, si decís que son propiedad del rico Baoluoledai te garantizo que no te pasará nada.

         – Lo recordaré, gracias por su atención.

         El zorro siguió caminando y caminando hasta que se topó con una tropa de caballos.

         – ¡Eh! ¿De quién son todos estos caballos? – le preguntó al arriero.

         – ¿Quién crees tú que pueda tener tantas bestias? Son todos del monstruo de quince cabezas.

         – Escucha esto: el gran rey Huermusute ha bajado a la tierra. Si le dices que los animales son del monstruo de quince cabezas te matará. En cambio, si le dices que pertenecen al rico Baoluoledai no te sucederá nada.

         – Lo recordaré, gracias por tu preocupación.

         Marcha que te marcha el zorro se dio de narices con otra tropa de ganado y le preguntó al cuidador:

         – ¡Eh! ¿De quién son todas estas vacas?

         – ¿De quién van a ser sino del monstruo de quince cabezas?

         – Escucha algo: el gran rey Huermusute ha descendido a la tierra. Si le dices que estas vacas son del monstruo te matará, en cambio no te sucederá nada si le respondes que pertenecen al rico Baoluoledai.

         – Lo recordaré, gracias por tu amabilidad.

         El zorro siguió anda que te anda hasta que se le cruzó en el camino un rebaño de ovejas.

         – ¡Eh! ¿De quién es este rebaño? – le preguntó al pastor.

         – ¡Ay! ¿Quién va a tener tantas ovejas sino el monstruo de quince cabezas?

         – Oyeme, el gran rey bajará a la tierra. Si le dices que este rebaño es del monstruo de quince cabezas te matará. En cambio nada te pasará si le explicas que son del rico Baoluoledai.

         – Lo tendré en cuenta, gracias por avisarme.

         El zorro siguió y siguió hasta llegar al palacio del monstruo de quince cabezas y se encontró con el dueño, quien le demandó:

         – Astuto zorro, ¿a qué has venido? ¿Acaso a engañarme?

         – ¡Rápido! ¡Rápido! – replicó el zorro. – El gran rey Huermusute bajará a la tierra. ¡Escóndete pronto bajo una gran piedra del establo, pues si te ve va a ultimarte!

         El monstruo de quince cabezas se quedó estupefacto al escuchar aquello y corrió a esconderse donde le indicaban.

TALLERES DE NARRACIÓN TODO EL AÑO

     Luego el zorro se dirigió a la demás gente del palacio:

         – ¡Todos ustedes deben tener cuidado! Si el rey Huermusute les pregunta, digan que son los sirvientes del rico Baoluoledai. Si se llega a enterar que son del personal del monstruo de quince cabezas seguramente morirán.

         Los del palacio también se asustaron muchísimo y no hubo uno que se negara a obedecer al zorro.

         El rey Huermusute bajó en persona a entregar la princesa a Baoluoledai. Por el camino se encontró con grandes manadas y rebaños de camellos, ovejas, caballos y vacas. A todos los pastores les preguntó de quién eran aquellas bestias y le contestaron que pertenecían al rico Baoluoledai. Al final, llegó al palacio del monstruo de quince cabezas, lanzó una mirada y sólo pudo observar lujo y riqueza por doquier. Contento, sin poder controlar su entusiasmo, exclamó:

         – ¡Mi yerno Baoluoledai es realmente un potentado extraordinario!

         – ¡Cómo no! – interpuso el zorro – Sin embargo, el destino indica que su yerno debería ser más rico aún. El lama adivino ha manifestado que bajo una gran piedra del establo se encuentra un malvado. Es él quien impide que Baoluoledai no viva mejor. Gran rey Huermusute, ¡destruya pronto a ese maldito!

         El rey se enfureció al oír aquellas palabras del astuto zorro rojo, lazó rayos y truenos e hizo añicos la gran piedra, terminando así con el monstruo de quince cabezas. No mucho más tarde, Baoluoledai era el yerno del gran rey y vivió contento y feliz con la princesa en el palacio del monstruo.

Hailibu, el cazador. Mongolia

EL CAZADOR HAILIBU

(Cuento mongol)

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  Tiempo atrás vivió un hombre llamado Hailibu, como se ocupaba de la caza todos lo conocían como “el cazador Hailibu”. Como siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás, nunca disfrutaba solo de las cosas que cazaba sino que las repartía, por lo cual se había ganado el respeto de todo el mundo.

Un día que fue a cazar a la profundidad de la montaña, divisó entre la espesura del bosque una serpiente blanca que dormía enrollada bajo un árbol. El hombre dio un rodeo, pisando suavemente para no despertarla. De súbito bajó del cielo una grulla gris que atrapó a la serpiente con sus garras y volvió a emprender vuelo. La serpiente se despertó sobresaltada gritando: ¡socorro!, ¡socorro! Hailibu aprontó su arco y su flecha y le apuntó a la grulla que iba subiendo hacia la cima de la montaña. El ave perdió a la serpiente y huyó.

         – Pobre pequeñita, ve rápido a buscar a tus padres. – Le dijo el cazador al reptil. Este asintió con la cabeza, expresó las gracias y se perdió entre los arbustos mientras Hailibu recogía su arco y las flechas para retornar también al hogar.

NARRACIÓN ORAL.  QUIERES ESTUDIAR?

Al día siguiente, cuando Hailibu pasaba justamente por el mismo sitio de la víspera varias serpientes que rodeaban a la blanca salieron a recibirlo. Asombrado, estaba pensando en dar un rodeo cuando la serpiente blanca le habló:

         – ¿Cómo está, mi salvador? Tal vez no me conozca, yo soy la hija del rey dragón. Ayer usted me salvó la vida y hoy mis padres me han ordenado que venga especialmente a recibirle para acompañarle a mi casa, donde le darán las gracias en persona. Cuando llegue allá – continuó – no acepte nada de lo que le ofrezcan mis padres, pero pida la piedra de jade que lleva mi padre en la boca. Si Ud. se pone esa piedra en la boca podrá entender todos los idiomas de los animales que hay en el mundo. Sin embargo, lo  que usted escuche no podrá comentárselo a nadie más. Si lo hiciera, se convertiría en una piedra.

         Hailibu asintió, siguiendo a la serpiente hasta la profundidad del valle donde el frío iba creciendo a cada paso. Cuando llegaron a la puerta de un depósito la serpiente dijo:

         – Mis padres no pueden invitarlo a pasar a la casa, lo recibirán aquí.

         Y justo cuando estaba explicando esto el viejo dragón apareció y le dijo muy respetuosamente:

         – Usted ha salvado a mi querida hija y yo se lo agradezco sinceramente. En este depósito se guardan muchos tesoros, usted puede tomar lo que desee sin ningún cumplido. – Y dicho esto abrió la puerta instando a Hailibu para que entrara; el cazador notó que estaba repleto de tesoros. Una vez que terminaron de ver este lugar, el viejo dragón acompañó a Hailibu a visitar otro, y así recorrieron ciento ocho; a pesar de ello, Hailibu no se decidió por cosa alguna.

         – Buen hombre, ¿ninguno de estos tesoros te place? – preguntó el viejo dragón con un poco de embarazo.

         – A pesar de que son muy buenos sólo se pueden utilizar como hermosos adornos pero no tienen utilidad para mí que soy un cazador. Si el rey dragón desea realmente dejarme algo como recuerdo le ruego que me entregue ese jade que tiene en su boca.

         El rey dragón se quedó absorto un momento; no le quedaba más remedio que escupir, con mucho dolor, la piedra que tenía en su boca y dársela a Hailibu.

         Después de que el cazador se despidió saliendo con la piedra en su poder la serpiente blanca lo siguió y le recomendó repetidas veces:

         – Con esta piedra podrá enterarse de todo. Pero no puede decirle a nadie ni palabra de lo que sepa. Si lo hace se encontrará en peligro. Por nada del mundo se olvide de ello.

         Desde entonces Hailibu lograba cazar muy fácilmente. Podía entender el lenguaje de las aves y las bestias y de este modo saber qué animales había al otro lado de la gran montaña. Así pasaron muchos años hasta que un día que llegó cazar al lugar escuchó que unos pájaros decían:

         – Vayamos pronto a otro sitio. Mañana se va a derrumbar la montaña y el agua correrá a torrentes inundándolo todo. ¡Quién sabe cuántos animales morirán!

         Hailibu se quedó muy preocupado; sin ánimo ya para cazar regresó de inmediato y le anunció a todos:

         – ¡Mudémonos a otro sitio! En este lugar ya no se puede vivir más. ¡Quien no lo crea después no tendrá tiempo para arrepentirse!

         Los demás se quedaron muy extrañados. Algunos creían que aquello era imposible, otros, que Hailibu se había vuelto loco. En resumen, nadie le creía.

         – ¿Acaso esperan a que yo muera para creerme? – preguntó Hailibu llorando de los nervios.

         – Tú nunca nos has mentido – opinaron unos ancianos – y eso lo sabemos todos. Pero ahora dices que aquí ya no se puede vivir más. ¿En qué te basas? Te rogamos que hables claro.

         Hailibu pensó: “Se aproxima la catástrofe, ¿cómo puedo pensar en mí mismo y permitir que todos los otros sufran la desgracia? Prefiero sacrificarme para salvar a los demás.”

Relató pues cómo había obtenido la piedra de jade, de qué modo la utilizaba para cazar, la forma en que se había enterado de la catástrofe que iba a sobrevenir por boca de los pájaros y por último el porqué no podía contarles a los demás lo que escuchaba de los animales: se convertiría en piedra muerta. Al tiempo que hablaba Hailibu se iba transformando y poco a poco se fue haciendo piedra. Tan pronto la gente vio aquello se apresuró a mudarse, con mucho dolor, llevándose a sus animales. Entonces las nubes formaron un espeso manto y comenzó a caer una torrencial lluvia. En la madrugada siguiente se escuchó en medio de los truenos un estruendo que hizo temblar la tierra y la montaña se derrumbó mientras el agua fluía a borbotones.

         – ¡Si Hailibu no se hubiera sacrificado por nosotros ya habríamos muerto ahogados! – exclamó el pueblo emocionado.

         Más tarde, buscaron la piedra en que se había convertido Hailibu y la colocaron en la cima de la montaña, para que los hijos y los nietos y los nietos de los nietos recordaran al héroe Hailibu que ofrendó su vida por todos. Y dicen que hoy en día existe un lugar que se llama “La piedra Hailibu”.

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Queros en el mundo subterráneo

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Queros en el mundo subterráneo

Éranse una vez tres hermanos, y el menor de ellos se llamaba Queros. Su mujer era muy hermosa y los otros dos ambicionaban tenerla para ellos. Un día le dijeron a su joven hermano:

– Prepárate y vente con nosotros para un largo viaje.

– De acuerdo – respondió Queros.

Así pues, el día de la partida, llamó a su mujer y le dijo:

– Escucha con atención lo que te voy a decir. Mis hermanos y yo tenemos que hacer un viaje por tierras lejanas. No debes inquietarte por ello, sino estar muy alerta y no abrirle la puerta a nadie hasta que yo esté de vuelta y te diga que me abras.

Cuando todo estuvo preparado, los tres hermanos emprendieron la marcha. Después de caminar durante algún tiempo, se detuvieron para descansar y el mayor de los tres le dijo a Queros:

– Hace un sol abrasador y desfallecemos a causa de la sed. Cerca de aquí hay un pozo, pero no tenemos una cuerda con la que subir el agua. Como tú eres el más ágil de los tres, serás quien descienda hasta el fondo del pozo.

– De acuerdo – respondió Queros – pero vosotros deberéis de sujetarme bien, pues si me caigo corro gran peligro de ahogarme.

– No te preocupes por ello – le tranquilizaron los otros – nosotros te sostendremos desde aquí arriba.

De este modo, Queros descendió al pozo y les proporcionó el agua a sus hermanos pero, cuando se dispuso a subir, ellos lo soltaron. Cayó entonces en el mundo subterráneo, sobre la casa de una anciana mujer.

La anciana le ofreció su hospitalidad y le dijo que podía darle de comer, pero que no tenía ni una sola gota de agua, pues una terrible Kuçedra (hidra de muchas cabezas) acechaba continuamente junto a la única fuente del pueblo y devoraba allí una persona cada día.

Queros se dirigió hacia la fuente, y cuando llegó vio una joven afligida, que le dijo entre sollozos:

– Mi hermano se casa hoy, pero a Kuçedra no quiere darnos agua, si no es con la condición de que pueda devorarme a mí…

– No te preocupes por eso, ni permitas que el desaliento se apodere de ti – le dijo Queros y, colocando la cabeza sobre las rodillas de la joven, se quedó dormido allí mismo.

Al poco tiempo apareció la Kuçedra, la muchacha se echó a llorar de nuevo y Queros se despertó. Introdujo entonces, entre las fauces de la hidra, tres ovillos de lana que se le quedaron atravesados en la garganta al monstruo. A continuación, desenvainó su espada y le cortó la cabeza de un solo tajo. El rey y todos los habitantes de la región se alegraron mucho y quisieron saber qué podían ofrecerle como recompensa.

– Nada, no quiero nada – les respondió Queros – tan sólo que me llevéis allá arriba, al lugar de donde vengo, pues siento nostalgia después de tan larga ausencia.

– Está bien – le contestaron ellos – pero antes debes hacer una cosa más por nosotros. Debes matar a la serpiente que todos los días intenta devorar a las crías de la única águila que tenemos aquí. Ella, en recompensa, te transportará a tu mundo.

Queros se dirigió al lugar donde el águila tenía su nido y se emboscó en espera de que hiciera aparición la serpiente. Esto no tardó en suceder, y en cuanto apareció, Queros la mató. Al volver el águila y ver muerta a la serpiente, tal fue su alegría que prometió a Queros que lo llevaría a su país, si antes le proporcionaba doce grande panes y doce pedazos de carne. El joven se los proporcionó sin tardanza y emprendieron el vuelo enseguida.

Como el recorrido era largo, las provisiones se acabaron pronto. El águila dijo que no podía continuar el viaje si no tenía qué llevarse a la boca. Entonces, Queros se cortó primero las pantorrillas y luego una rebanada de cada uno de sus muslos, y le iba dando los pedazos de carne para que comiera a medida que avanzaban. Al poco tiempo, el águila tuvo hambre de nuevo y volvió a pedir carne para calmar su insaciable apetito. El joven Queros le entregó un trozo de su pecho. Algo más tarde tuvo que ofrecerle parte de sus brazos y de su espada. El ave tenía cada vez más apetito, y el viaje parecía interminable. Entonces, Queros le dio de comer lo que le quedaba de la carne de su cuerpo. Y así, cuando al fin llegaron a su mundo, el viajero no era más que un esqueleto a lomos de un águila.

Los chiquillos, que fueron los primeros en reparar en ellos, corrían y se agitaban gritando:

– ¡Mirad, mirad! ¡Un muerto y un pájaro que vuelan juntos!

El chacal ingrato. Bereber

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Una vez, a un chacal se le clavó una espina en una pata. Cojea­ba, apogado en tres de sus patas, cuando se encontró con una vieja que estaba sacando agua de un pozo. El chacal le dijo:

-Por favor, abuelita, sé buena y sácame la espina de la pata…

La vieja encontró la espina, se la sacó y la tiró. El chacal, muy contento, se puso a correr sobre sus cuatro patas. Pero de improviso, volvió tristón y dijo:

-Y ahora, abuelita, ¿quieres devolverme mi espina? La vieja, sorprendida, respondió:

-Sabes muy bien que la he tirado.

Entonces el chacal se puso a llorar y a lamentarse porque la vieja había perdido su espina. La viejecita se compadeció y le dijo:

-Cálmate y no llores, pequeño. Te daré un huevo.

Lo llevó a su casa y le dio un huevo. El chacal cogió el hue­vo y se puso a andar por el pueblo. Se detuvo ante la primera puerta que vio y llamó:

-Perdone la molestia, buen hombre. ¿Podría alojarme por esta noche?

El campesino abrió la puerta y lo hizo entrar. El chacal pre­guntó:

-¿Dónde puedo guardar mi huevo?

-Guárdalo en la jaula junto al conejo -dijo el campesino.

Durante la noche, el chacal se levantó, hizo un pequeño agujerito en el huevo, se lo bebió y dejó la cáscara vacía en la jaula. A la mañana siguiente, dijo:

-Buenos días, buen hombre, ¿puedes devolverme mi huevo?

Pero del huevo sólo había quedado la cáscara. El chacal se puso a llorar y a lamentarse de que el conejo había cogido su huevo. El campesino se compadeció y le dijo:

-Cálmate y no llores, pequeño. Te daré a cambio otro huevo.

Pero el chacal respondió:

-No, si el conejo se ha comido mi huevo, ¡quiero el conejo!

Y el buen hombre, amablemente, se lo dio. El chacal cogió el animal y se fue andando hasta que llegó al pueblo más próximo. Llamó a la primera casa que encontró:

-Perdón por molestarlo, buen hombre. ¿Podría hospedarme aquí por esta noche?

El campesino abrió la puerta y lo hizo entrar. El chacal pre­guntó:

-¿Dónde puedo dejar mi conejo?

-Ponlo en el establo con la cabra -dijo el campesino.

Durante la noche, el chacal se levantó, se comió el conejo y dejó la piel en el establo. Por la mañana, en cuanto despertó, dijo:

-Adiós, buen hombre, ¿podría darme mi conejo?

Pero del conejo sólo había quedado la piel. El chacal comen­zó a llorar y a lamentarse de que la cabra se había comido su precioso conejo. Al campesino le dio mucha pena y le dijo:

-Cálmate, pequeño, y no llores. Te daré otro conejo.

Pero el chacal respondió:

-No, como la cabra se ha comido mi conejo, quiero la cabra.

Y el campesino, amablemente, se la dio. El chacal cogió la cabra y se fue camino de otro pueblo. Llamó a la primera casa que encontró:

-Perdone la molestia, buen hombre. ¿Podría alojarme por esta noche?

El campesino abrió la puerta y lo hizo entrar. Y el chacal preguntó:

-¿Dónde puedo dejar la cabra?

-Ponla a los pies de la cama de mi hijo -respondió el cam­pesino.

Durante la noche el chacal se levantó, se comió la cabra y dejó sus cuernos en la cama del niño. Después volvió a dormir. Cuando, por la mañana, se despertó, dijo:

-Buenos días, buen hombre, ¿te molestaría devolverme mi cabra?

Pero de la cabra sólo habían quedado los cuernos. El chacal se echó a llorar lamentándose porque el niño se había comido su preciosa cabrita. El campesino se compadeció y le dijo:

-Cálmate, pequeño, y no llores. Te daré otra en su lugar.

Pero el chacal respondió:

No, como tu hijo se ha comido la cabra, me llevo a tu hijo.

Y el campesino, amablemente, cogió un saco y se lo dio al chacal, diciéndole que el niño iba dentro.

El chacal cogió el saco y se fue. Cuando llegó a la colina, abrió el saco para echar un vistazo al niño. Pero el amable cam­pesino había metido en el saco, en lugar del niño, dos enormes perros. Cuando el chacal abrió el saco, los perros salieron y, an­tes de que el chacal pudiese reaccionar, se echaron sobre él y lo hicieron pedazos.

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El matrimonio de la mosca. Bereber

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Una mosca se puso sus mejores ropas y se fue a correr mundo. En el camino se encontró con un chacal.

-¿Adónde vas, mosca, tan elegante? -preguntó el chacal.

-¿Adónde crees que voy? -respondió la mosca. Voy a bus­car marido, quiero casarme.

-¿Por qué no te casas conmigo? -propuso el chacal.

-¿Por qué no? -dijo la mosca. Pero antes debes cantarme algo. Quiero oírte cantar a ver si me gusta tu voz.

El chacal cantó lo mejor que pudo, pero a la mosca no le gustó.

-No, querido chacal, tú aúllas, no cantas. No puedo casar­me contigo -dijo la mosca y continuó su camino.

Pasado un rato se encontró con un perro.

-¿Adónde vas, mosca, tan elegante? -preguntó el perro.

-¿Que adónde voy? -respondió la mosca. Estoy buscando marido, quiero casarme.

-Cósate conmigo entonces -dijo el perro.

-¿Por qué no? -repuso la mosca. Pero antes debes cantar­me algo. Quiero oírte cantar a ver si me gusta tu voz.

El perro cantó lo mejor que pudo, pero a la mosca no le gustó.

-No, querido perro, tú ladras, no cantas, así que no podré casarme contigo -dijo la mosca y se fue.

El tercer encuentro fue con un grillo.

-¿Adónde vas, mosca, tan elegante? -preguntó el grillo.

-¿Que adónde voy? -repuso la mosca. Estoy buscando ma­rido, quiero casarme.

-Cásate conmigo entonces -respondió el grillo.

-¿Por qué no? -replicó la mosca-. Pero antes debes cantar­me algo. Quiero oírte cantar a ver si me gusta tu voz.

El grillo cantó lo mejor que pudo y a la mosca le gustó.

-Sí, querido grillo, cantas muy bien, me casaré de buena gana contigo -concluyó la mosca, y así el grillo se convirtió en su marido.

Después de la boda, construyeron un refugio con cortezas y trocitos de madera y en menos que canta un gallo tuvieron un te­cho

Para comer algo, el grillo fue a buscar un poco de harina. La mosca pensó que sería una buena idea hacer pan casero y co­menzó a cribar la harina. En un instante, acabó toda blanca de la cabeza a los pies.

-Mi querida mosca -dijo el grillo, tienes toda la cabeza blanca. Sacúdete un poco para quitarte la harina de encima.

La mosca comenzó a sacudir la cabeza y sacudió tanto tan­to su cabeza que se le desprendió de su cuerpo.

El grillo, ante aquel espectáculo, comenzó a reír y se rió tan­to tanto que acabó estallando. Y éste fue el último matrimonio entre una mosca y un grillo.

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El tren – Flannery O’Connor

De tanto pensar en el camarero, casi se había olvidado de la litera. Le tocaba una de arriba. El hombre de la estación había dicho que podía darle una de las de abajo y Haze le había preguntado si no tenía de las de arriba. Al acomodarse en el asiento, Haze se había fijado en que, encima de su cabeza, el techo era redondeado. Ahí estaba la litera. Bajaban el techo y ahí estaba, y para subirte tenías que usar una escalera. No había visto ninguna escalera por ahí; supuso que las guardarían en el armario. El armario estaba justo por donde se entraba. Cuando se subió al tren había visto al camarero de pie, delante del armario, poniéndose la chaqueta del uniforme. Haze se había parado justo en ese instante, justo donde estaba.

La forma en que movía la cabeza era igual, y la nuca era igual, y el brazo lo tenía igual de corto. Se apartó del armario y miró a Haze, y Haze le vio los ojos y eran iguales; eran idénticos… así, de entrada, idénticos a los del viejo Cash, pero después eran diferentes. Se volvieron diferentes mientras los miraba; se endurecieron por completo.

-¿A… a qué hora bajan las camas? -farfulló Haze.

-Falta mucho todavía -contestó el camarero, y volvió a buscar otra vez dentro del armario.

Haze no supo qué más decirle. Se fue para su compartimiento.

El tren era ahora una mancha gris que avanzaba rauda dejando atrás atisbos de árboles, campos veloces y un cielo inmóvil que se oscurecía mientras se alejaba. Haze reclinó la cabeza en el respaldo y miró por la ventanilla, la luz amarillenta del tren lo bañaba con su tibieza. El camarero había pasado dos veces: dos veces hacia atrás y dos veces hacia delante, y la segunda vez que había pasado hacia delante le había echado a Haze una mirada severa, y luego había seguido su camino sin decir nada; Haze se había dado la vuelta para verlo marchar tal como había hecho la vez anterior. Hasta su forma de andar era igual. Todos los negros de la quebrada se parecían. Eran unos negros de un tipo muy personal, pesados y calvos, pura roca. En sus tiempos, el viejo Cash había pesado doscientas libras, sin nada de grasa, y no subía más de cinco pies del suelo. Haze quería hablar con el camarero. ¿Qué le comentaría el camarero cuando él le dijese: “Soy de Eastrod”? ¿Qué le diría él?

El tren había llegado a Evansville. Subió una señora y se sentó enfrente de Haze. Eso significaba que a ella le tocaría la litera que había debajo de la suya. La mujer comentó que le parecía que iba a nevar. Dijo que su marido la había llevado en coche hasta la estación y le había dicho que sería toda una sorpresa si no nevaba antes de que él estuviera de vuelta en casa. Tenía que recorrer diez millas; vivían en las afueras. Ella iba a Florida, a visitar a su hermana. Nunca había tenido tiempo de hacer un viaje tan largo. La vida era así, las cosas iban pasando una detrás de la otra, y daba la impresión de que el tiempo volaba tanto que ya no sabías si eras joven o vieja. Puso una cara como si el tiempo la hubiese engañado al pasar el doble de deprisa cuando ella dormía y no podía vigilarlo. Haze se alegró de tener a alguien que le diera conversación.

Se acordó de cuando era niño, cuando su madre y él y los demás niños iban a Chattanooga en el ferrocarril de Tenesí. Su madre siempre se ponía a conversar con los demás pasajeros. Era como un viejo perro de caza al que acababan de soltar y salía corriendo, olía cada piedra y cada palo y olfateaba alrededor de cada objeto con el que se encontraba. Y además se acordaba de todos ellos. Años más tarde, de repente se preguntaba qué sería de aquella señora que iba a Fort West, o se preguntaba si el vendedor de biblias había conseguido sacar a su mujer del hospital. Sentía una especie de anhelo por la gente, como si lo que le pasaba a las personas con las que conversaba le pasara a ella. Era una Jackson. Annie Lou Jackson.

“Mi madre era una Jackson”, dijo Haze para sus adentros. Había dejado de prestar atención a la señora, aunque seguía mirándola a la cara y ella creía que la escuchaba.

-Me llamo Hazel Wickers -dijo-. Tengo diecinueve años. Mi madre era una Jackson. Me crié en Eastrod, Eastrod, Tenesí.

Pensó otra vez en el camarero. Le preguntaría al camarero. De pronto se le ocurrió que el camarero podía ser hijo de Cash. A Cash se le había fugado un hijo. Eso pasó antes de que Haze naciera. Aun así, seguro que el camarero conocía Eastrod.

Haze miró por la ventanilla y vio las negras siluetas giróvagas adelatándolo a toda velocidad. Si cerraba los ojos, entre cualquiera de ellas, distinguía Eastrod de noche, y lograba encontrar las dos casas con el camino en medio, y la tienda, y las casas de los negros, y aquel granero, y el trozo de valla que se internaba en el prado, entre gris y blanco, con la luna en lo alto. Era capaz de ver la cara de la mula suspendida encima de la valla y ahí la dejaba, para que sintiera la noche. Él también la sentía. Sentía su suave caricia en el aire. Había visto a su mamá acercarse por el sendero y secarse las manos en el mandil que acababa de quitarse, la había visto aparecer sombría como si fuese la encarnación de la noche y luego de pie en la puerta: Haaazzzeee, Haaazzzeee, ven aquí. El tren lo decía por él. Quiso levantarse e ir a buscar al camarero.

-¿Vas para tu casa? -le preguntó la señora Hosen. Se llamaba señora de Wallace Ben Hosen; de soltera se apellidaba Hitchcock.

-¡Ummm! -exclamó Haze, sobresaltado-, me bajo en… me bajo en Taulkinham.

La señora Hosen conocía a algunas personas en Evansville que tenían un primo en Taulkinham… un tal señor Henrys, no estaba segura. Siendo de Taulkinham, Haze debía de conocerlo. ¿Alguna vez había oído hablar de…?

-Yo no soy de Taulkinham -refunfuñó Haze-. Yo no sé nada de Taulkinham.

No miró a la señora Hosen. Sabía lo que le iba a preguntar; vio venir la pregunta y vino:

-¿Y se puede saber dónde vives?

Quería huir de ella.

-Eso estaba allí -murmuró, revolviéndose en el asiento, luego añadió-: Es que no me acuerdo, estuve una vez pero… esta es la tercera vez que voy a Taulkinham -se apresuró a explicar; la cara de la mujer había surgido ante él y lo miraba con fijeza-, no volví más desde aquella vez que fui y yo tenía seis años. No sé nada de ese lugar. Una vez vi ahí un circo pero no…

Oyó un ruido metálico al final del vagón y se asomó para ver de dónde venía. El camarero iba bajando las paredes de los compartimentos del principio del vagón.

-Tengo que ver al camarero -dijo Haze, y escapó pasillo abajo.

No sabía qué le iba a decir al camarero. Cuando lo tuvo delante seguía sin saber qué le iba a decir.

-Supongo que se prepara para hacerlas ya -comentó Haze.

-Así es -dijo el camarero.

-¿Cuánto tarda en hacer una? -preguntó Haze.

-Siete minutos -contestó el camarero.

-Yo soy de Eastrod -dijo Haze-. Soy de Eastrod, Tenesí.

-Pues eso no está en esta línea -le aclaró el camarero-. Te has equivocado de tren si cuentas con llegar a un sitio como ese.

-Voy a Taulkinham -dijo Haze-. Me crié en Eastrod.

-¿Quieres que te haga la litera ahora mismo? -le preguntó el camarero.

-¿Eh? -respondió Haze-. Eastrod, Tenesí. ¿Nunca oyó hablar de Eastrod?

El camarero bajó un lateral del asiento.

-Soy de Chicago -le dijo.

Echó las cortinas de ambas ventanillas y bajó el otro asiento. Hasta la nuca era la misma. Cuando se agachó, se le vieron tres pliegues. Era de Chicago.

-Estás justo en medio del pasillo. Vendrá alguien y va a querer pasar -le dijo, y le dio la espalda a Haze.

-Me parece que mejor me voy a sentar un rato -dijo Haze sonrojándose.

Al regresar a su compartimiento notó que la gente lo observaba con atención. La señora Hosen miraba por la ventanilla. Se volvió y lo examinó con suspicacia; luego dijo que todavía no se había puesto a nevar, ¿verdad?, y soltó una parrafada. Imaginaba que a esa hora su marido se estaría preparando la cena. Ella pagaba a una chica para que le hiciera el almuerzo, pero para la cena se arreglaba solo. Le parecía que eso, de vez en cuando, no le hacía daño a ningún hombre. Al contrario, pensaba que a él le venía bien. Wallace no era vago, pero no tenía ni idea de lo sacrificado que era ocuparse todo el santo día de la casa. La verdad es que no sabía cómo iba a sentirse en Florida con alguien sirviéndole todo el rato.

El camarero era de Chicago.

Hacía cinco años que ella no se tomaba vacaciones. La última vez había ido a ver a su hermana a Grand Rapids. El tiempo vuela. Su hermana se había mudado de Grand Rapids a Waterloo. Si llegaba a cruzarse ahí mismo con los hijos de su hermana, no sabía bien si iba a ser capaz de reconocerlos. Su hermana le había escrito que estaban tan grandes como su padre. Las cosas cambiaban deprisa, le decía. El marido de su hermana había trabajado en la compañía del agua de Grand Rapids, tenía un buen puesto, pero en Waterloo, se…

-Estuve allí la última vez -dijo Haze-. No me bajaría en Taulkinham si eso estuviera allí; se vino abajo como… no sé… como…

-Debes de estar pensando en otra Grand Rapids -le dijo la señora Hosen frunciendo el ceño-. La Grand Rapids de la que yo te hablo es una ciudad grande y está donde ha estado siempre.

Lo miró con fijeza un instante y luego continuó: cuando estaban en Grand Rapids se llevaban bien, pero en Waterloo él se dio a la bebida. Su hermana tuvo que sacar adelante la casa y educar a los niños. La señora Hosen no lograba entender cómo podía pasarse ahí sentado año tras año.

La madre de Haze nunca había hablado demasiado en el tren; más bien escuchaba. Era una Jackson.

Al cabo de un rato, la señora Hosen dijo que tenía hambre y le preguntó si quería acompañarla al vagón restaurante. Le dijo que sí.

El vagón restaurante estaba lleno y había gente esperando turno para entrar. Haze y la señora Hosen hicieron media hora de cola meciéndose en el estrecho pasillo; de cuando en cuando, se pegaban a los costados para dejar paso a un goteo de gente. La señora Hosen se puso a conversar con la mujer que tenía al lado. Haze miraba la pared con cara de tonto. Nunca se hubiera animado a ir solo al vagón restaurante; menos mal que había encontrado a la señora Hosen. Si ella no llegaba a estar hablando, él le hubiera contado con inteligencia que había estado allí la última vez y que el camarero no era de allí, pero que se parecía bastante a los negros de la quebrada, también se parecía al viejo Cash lo suficiente para ser su hijo. Se lo hubiera contado mientras comían. Desde donde estaba no se veía el vagón restaurante; se preguntó cómo sería por dentro. “Como un restaurante”, imaginó. Pensó en la litera. Cuando terminara de comer, seguro que la litera estaba hecha y se podía subir a ella. ¿Qué diría su mamá si lo viera ocupando una litera en un tren? Seguro que ella nunca llegó a imaginar que eso iba a pasar. Cuando se acercaron un poco más a la entrada del vagón restaurante, vio el interior. ¡Era igualito a un restaurante de la ciudad! Seguro que su mamá nunca llegó a imaginar que sería así.

Cada vez que alguien salía del vagón restaurante, el encargado le hacía señas a las personas del principio de la cola; a veces le hacía señas a una sola persona, a veces a varias. Pidió que entraran dos personas, la cola avanzó y Haze, la señora Hosen y la mujer con la que conversaba quedaron al final del vagón restaurante, mirando hacia el interior. Al cabo de poco, se marcharon dos personas más. El hombre hizo una seña y entraron la señora Hosen y la mujer; Haze las siguió. El hombre detuvo a Haze y le dijo: “Dos nada más”, y lo hizo retroceder hasta la puerta. Haze se puso colorado como un tomate. Intentó colocarse detrás de la persona que iba antes que él y luego intentó abrirse paso en la cola para regresar al vagón en el que viajaba, pero había demasiada gente apretujada cerca de la puerta. Tuvo que quedarse allí de pie y aguantar que todos lo miraran. Durante un rato nadie se marchó y tuvo que quedarse ahí de pie. La señora Hosen no volvió a fijarse en él. Al final, la señora que se encontraba al fondo del vagón restaurante se levantó y el encargado agitó la mano, Haze vaciló, vio la mano agitarse otra vez y entonces avanzó, recorrió el pasillo tambaleándose y, antes de llegar a su sitio, chocó contra dos mesas y se le cayó encima el café de alguien. No miró a las personas que estaban sentadas a su mesa. Pidió lo primero que vio en el menú y, cuando se lo sirvieron, se lo comió sin pensar en lo que era. La gente con la que compartía mesa había acabado y notó que esperaban y, mientras, aprovechaban para verlo comer.

Cuando salió del vagón restaurante se sentía débil y las manos le temblaban solas, con movimientos imperceptibles. Era como si hubiera pasado un año desde que había visto al encargado hacerle señas para que se sentara. Se detuvo entre dos vagones; para despejarse inspiró hondo el aire frío. Funcionó. Cuando regresó a su vagón, todas las literas estaban montadas y los pasillos, oscuros y siniestros, flotaban envueltos en un verde espeso. Se dio cuenta otra vez de que tenía una litera, de las de arriba, y de que ya podía meterse en ella. Podía tumbarse y subir la persiana un poquito para mirar y vigilar -justo lo que pensaba hacer- y ver cómo pasaban las cosas de noche desde un tren en marcha. Podía observar la noche en movimiento.

Cogió su mochila, se fue al lavabo de caballeros y se puso la ropa de dormir. Un cartel indicaba que había que avisarle al camarero para subir a las literas de arriba. Se le ocurrió de repente que a lo mejor el camarero era primo de algunos de los negros de la quebrada; podía preguntarle si tenía algún primo en Eastrod, o en Tenesí. Fue pasillo abajo a buscarlo. A lo mejor podían charlar un poco antes de que él se metiera en la litera. No encontró al camarero al final de vagón y se fue para la otra punta. Al ir a doblar chocó con algo pesado, color rosa, que lanzó un grito ahogado y masculló:

-¡Serás torpe!

Era la señora Hosen envuelta en un salto de cama rosa, con la cabeza llena de rulos. Se había olvidado de ella. Daba miedo verla con el pelo brillante, peinado para atrás y esos rizadores que parecían setas negras enmarcándole la cara. Ella trató de avanzar y él quiso dejarla pasar, pero los dos se movieron a la vez. A ella se le puso la cara morada salvo por unas manchitas blancas que no se le encendieron. Se puso tiesa, se quedó inmóvil y le preguntó:

-¿Se puede saber qué es lo que te pasa?

Él se escurrió como pudo, salió corriendo pasillo abajo y chocó con tal fuerza contra el camarero que este perdió el equilibrio y él le cayó encima; la cara del camarero quedó muy cerca de la suya, era clavado al viejo Cash Simmons. Por un instante no pudo quitarse de encima del camarero por estar pensando en que era Cash, y musitó: “Cash”, y el camarero se lo sacó de encima, se levantó y se alejó pasillo abajo, a toda prisa, y Haze se incorporó como pudo, fue tras él y le dijo que quería subirse a su litera mientras pensaba: “Es pariente de Cash”, y entonces, de repente, como si alguien se lo hubiera soltado cuando estaba distraído: “Este es el hijo que se le fugó a Cash”. Y luego: “Conoce Eastrod y no quiere saber nada, no quiere hablar de eso, no quiere hablar de Cash”.

Se quedó mirando mientras el camarero le ponía la escalera para subir a la litera; luego subió sin dejar de mirar al camarero; veía a Cash, aunque distinto, no tenía los mismos ojos, y cuando estaba a medio subir, dijo, sin dejar de mirar al camarero:

-Cash está muerto. Un puerco le pegó el cólera.

El camarero se quedó con la boca abierta y, observando a Haze con desdén, masculló:

-Soy de Chicago. Mi padre era empleado del ferrocarril.

Haze se lo quedó mirando y se echó a reír: un negro empleado de ferrocarril; y rió otra vez y el camarero apartó la escalera con un movimiento del brazo tan brusco que Haze tuvo que agarrarse de la manta.

Se acostó boca abajo en la litera, temblando por la forma en que había subido. El hijo de Cash. De Eastrod. Pero que no quería saber nada de Eastrod, que odiaba Eastrod. Siguió acostado boca abajo durante un rato, sin moverse. Era como si hubiese pasado un año desde que se había caído en el pasillo encima del camarero.

Al cabo de un rato se acordó de que, en realidad, estaba en la litera, se dio la vuelta, encendió la luz y miró a su alrededor. No había ventana.

En la pared del costado no había ninguna ventana. No se subía hacia arriba para convertirse en ventana. No había ninguna ventana disimulada en la pared. Había como una red de pesca en toda la pared del costado, pero no había ninguna ventana. Por un instante, se le pasó por la cabeza que eso era obra del camarero: le había dado esa litera que no tenía ventana, solo una red de pesca colgando a lo largo, porque lo odiaba. Seguro que eran todos iguales.

El techo encima de la litera era bajo y curvo. Se acostó. El techo curvo daba la impresión de no estar bien cerrado; daba la impresión de estar cerrándose. Se quedó acostado un rato, sin moverse. Notó en la garganta como una esponja con sabor a huevo. En la cena había tomado huevos. Ahora los notaba en la esponja que tenía en la garganta. Justo en la garganta los tenía. No quería darse la vuelta, tenía miedo de que se movieran; quería que la luz estuviera apagada; quería que estuviera oscuro. Levantó la mano sin darse la vuelta, tanteó en busca del interruptor, le dio y la oscuridad le cayó encima, y después se hizo menos intensa por la luz que se filtraba por el espacio sin cerrar, como de un palmo. Quería que la oscuridad fuera completa, no que estuviera diluida. Oyó al camarero acercarse por el pasillo, sus pasos mullidos en la alfombra, avanzaba sin pausa, rozando las cortinas verdes, luego los pasos se fueron perdiendo a lo lejos hasta que no se oyeron más. El camarero era de Eastrod. Era de Eastrod pero no quería saber nada de ese lugar. Cash no lo hubiera reclamado. No lo hubiera querido. No hubiera querido nada que llevara una chaquetilla blanca y ajustada y anduviera con una escobilla en el bolsillo. La ropa de Cash tenía la misma pinta que si la hubiesen guardado un tiempo debajo de una piedra; y olía como los negros. Pensó en cómo olía Cash, pero el olor que le vino era el del tren. En Eastrod ya no quedaban negros de la quebrada. En Eastrod. Al entrar por el camino vio en la oscuridad, en la penumbra, la tienda de comestibles cerrada con tablas y el granero abierto donde la oscuridad andaba suelta, y la casa más pequeña medio desmontada, sin balcón ni suelo en la entrada. Se suponía que debía ir a casa de su hermana en Taulkinham la última vez que estuvo de permiso, al volver del campamento de Georgia, pero no quería ir a Taulkinham y había regresado a Eastrod pese a que sabía lo que se iba a encontrar: las dos familias desperdigadas por los pueblos y hasta los negros que vivían en el camino se habían marchado a Memphis, a Murfreesboro y a otros sitios. Él había vuelto a dormir en la casa, en el suelo de la cocina, y del techo se había desprendido una tabla que le había caído en la cabeza y hecho un corte en la cara. Pegó un salto, como si notara la tabla, y el tren dio una sacudida, se detuvo y volvió a arrancar. Recorrió la casa para comprobar que no quedara nada que conviniera llevarse.

Su mamá siempre dormía en la cocina y guardaba allí su ropero de nogal. En ninguna parte había otro ropero así. Su mamá era una Jackson, había pagado treinta dólares por aquel ropero y no había vuelto a comprarse nada grande. Y ahí se lo dejaron. Él calculó que en el camión no había quedado sitio para llevarlo. Abrió todos los cajones.

En el de arriba de todo encontró dos trozos de cordón y nada en los demás. Le pareció raro que no hubiera entrado nadie a robar un ropero como aquel. Cogió el cordón, ató las dos patas a unas tablas sueltas del suelo y dejó una hoja de papel en cada uno de los cajones:

Este ropero le pertenece a Hazel Wickers. No lo robes o serás perseguido y matado.

Así ella descansaría mejor sabiendo que el ropero estaba protegido de alguna manera. Si ella llegaba a buscarlo por la noche, lo vería. Haze se preguntó si alguna vez su mamá caminaba de noche y pasaba por ahí… si pasaba con aquella expresión en la cara, inquieta y fija, si subía por el sendero y recorría el granero abierto por todas partes y si se paraba en la penumbra, cerca de la tienda de comestibles cerrada con tablas, si se acercaba intranquila con aquella expresión en la cara como la que él le había visto a través de la grieta cuando la bajaban. Le había visto la cara a través de la grieta cuando le ponían la tapa, había visto la sombra que le nubló la cara y le hizo torcer la boca como si no estuviera contenta de descansar, como si fuera a levantarse de un salto, apartar la tapa y salir volando como un espíritu que iba a estar satisfecho: pero ellos encerraron dentro al espíritu. A lo mejor ella iba a salir volando de ahí dentro, a lo mejor iba a levantarse de un salto; tremenda, como un enorme murciélago que se colaba por la rendija, la vio salir volando de ahí pero la oscuridad caía sobre ella, se cerraba todo el tiempo, se cerraba; desde dentro la vio cerrarse, acercarse más y más, tapando la luz y el cuarto y los árboles que se veían por la ventana, por la rendija que se cerraba más deprisa, más negra. Abrió los ojos, vio que la tapa bajaba, se levantó de un salto, se coló por la grieta y se quedó ahí moviéndose, qué mareo, la tenue luz del tren le permitió ver poco a poco la alfombra del suelo, moviéndose, qué mareo. Se quedó ahí, mojado y frío, y vio al camarero en el otro extremo del vagón, una silueta blanca en la oscuridad, ahí de pie, observándolo sin moverse. Las vías describieron una curva y él, mareado, cayó de espaldas en la intensa calma del trenPicsArt_08-06-07.13.32_20170911133657854_20180311085804567-01-02-01

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La cosecha Flannery O’Connor

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Flannery O’Connor

La señorita Willerton siempre quitaba las migas de la mesa. Era su hazaña doméstica especial y lo hacía con gran esmero. Lucía y Bertha fregaban los platos y Garner se iba a la sala a hacer el crucigrama delMorning Press. Así dejaban sola en el comedor a la señorita Willerton y a ella ya le iba bien. ¡Uf! En aquella casa el desayuno era siempre un suplicio. Lucía insistía en seguir siempre el mismo horario en el desayuno y las demás comidas. Lucía decía que desayunar a la misma hora contribuía a adquirir otras prácticas regulares, y, con lo propenso que era Garner a sufrir molestias, era fundamental que estableciesen algún método en las comidas. De esa manera, también se aseguraba de que él le pusiera agaragar a las gachas de harina de trigo. «Como si después de llevar cincuenta años haciéndolo -pensó la señorita Willerton-, fuese capaz de hacer otra cosa.» La polémica del desayuno empezaba siempre con las gachas de harina de trigo de Garner y terminaba con las tres cucharadas de piña triturada de la señorita Willerton. «Ya sabes lo de tu acidez, Willie -le decía siempre la señorita Lucía-, ya sabes lo de tu acidez», y entonces Garner ponía los ojos en blanco y soltaba algún comentario desagradable, y Bertha pegaba un salto y Lucía se mostraba afligida y la señorita Willerton saboreaba la piña triturada que acababa de tragarse.

Era un alivio quitar las migas de la mesa. Quitar las migas de la mesa le daba tiempo para pensar, y, si la señorita Willerton debía escribir un relato, antes tenía que pensarlo. Casi siempre pensaba mejor sentada delante de la máquina de escribir, pero por el momento tendría que conformarse con lo que había. En primer lugar, debía pensar un tema para el relato que iba a escribir. Eran tantos los temas sobre los que se podía escribir un cuento que a la señorita Willerton nunca se le ocurría ninguno. Era siempre la parte más difícil de escribir un cuento, ella siempre lo decía. Dedicaba más tiempo a pensar en algo sobre lo que escribir que a la escritura en sí. A veces descartaba un tema tras otro y, a menudo, tardaba una o dos semanas en decidirse por alguno. La señorita Willerton sacó el recogedor y la escobilla de plata y se puso a limpiar la mesa. «¿Y un panadero -se preguntó-, será un buen tema?» «Los panaderos extranjeros eran muy pintorescos», pensó. La tía Myrtile Filmer había dejado sus cuatricromías de panaderos franceses estampadas en sombreros con forma de hongo. Eran hombres magníficos, altos… rubios y…

-¡Willie! -gritó la señorita Lucía, entrando en el comedor con los saleros-. Por el amor de Dios, pon el recogedor debajo de la escobilla o echarás todas las migas sobre la alfombra. En lo que va de la semana le he pasado la aspiradora cuatro veces y no pienso volver a pasarla.

-Si le has pasado la aspiradora no sería por las migas que se me caen a mí -le contestó la señorita Willerton, lacónica-. Siempre recojo las migas que se me caen. -Y aclaró-: Y a mí se me caen bien pocas.

-A ver si esta vez lavas el recogedor antes de guardarlo -le soltó la señorita Lucía.

La señorita Willerton se echó las migas en la mano y las arrojó por la ventana. Llevó el recogedor y la escobilla a la cocina y los metió debajo de un chorro de agua fría. Los secó y los volvió a guardar en el cajón. Misión cumplida. Ahora podía ponerse delante de la máquina de escribir. Y estarse allí hasta la hora del almuerzo.

La señorita Willerton se sentó delante de la máquina de escribir y lanzó un suspiro. ¡A ver! ¿En qué había estado pensando? Ah, sí. En los panaderos. Ummm. Los panaderos. No, los panaderos, mejor no. Tenían poco de originales. Los panaderos no producían tensión social. La señorita Willerton clavó la vista en la máquina de escribir. A S D F G… sus ojos recorrieron las teclas. Ummm. «¿Y los maestros?», se preguntó la señorita Willerton. No. Por Dios, no. Los maestros siempre hacían que la señorita Willerton se sintiera rara. Sus maestras del Seminario Femenino Willowpool estaban bien, pero eran todas mujeres. El Seminario Femenino de Willowpool, recordó la señorita Willerton. La frase no le gustaba nada: Seminario Femenino de Willowpool… sonaba a biología. Ella se limitaba a decir que se había graduado de Willowpool. Los maestros hacían que la señorita Willerton se sintiera como si estuviera a punto de pronunciar algo mal. Además, los maestros no eran oportunos. Ni siquiera representaban un problema social.

Problema social. Problema social. Ummm. ¡Los aparceros!

La señorita Willerton nunca había intimado con ningún aparcero pero, reflexionó, como tema tendría tanto arte como cualquier otro, ¡y le permitirían conseguir ese aire de trascendencia social que tan útil resultaba en los círculos que esperaba conocer en sus viajes! «Siempre puedo sacarle partido -refunfuñó-, al tema de la lombriz intestinal.» ¡Ya le iba saliendo! ¡Sin duda! Movió los dedos con nerviosismo sobre las teclas sin tocarlas. Después, de repente, empezó a escribir a gran velocidad.

«Lot Motun -registró la máquina- llamó a su perro.» Una pausa abrupta siguió a la palabra «perro». La señorita Willerton siempre se esmeraba en la primera oración. «La primera oración -decía siempre-, le venía como… ¡como un chispazo! ¡Tal cual! – decía, y chasqueaba los dedos-, ¡como un chispazo!» Y sobre la primera oración construía su relato. «Lot Motun llamó a su perro», le había salido automáticamente a la señorita Willerton, y al releer la frase, decidió no solo que «Lot Motun» era un nombre adecuado para un aparcero, sino que hacer que llamara a su perro era lo mejor que se podía esperar de un aparcero. «El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a Lot.» La señorita Willerton había escrito la frase antes de que le diera tiempo a advertir su error: dos «Lot» en un mismo párrafo. Resultaba desagradable al oído. La máquina de escribir retrocedió chirriando y la señorita Willerton escribió tres X sobre «Lot». Entre líneas anotó a lápiz: «Su amo». Ahora ya estaba lista para continuar. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo.» «Y también tengo dos perros – pensó la señorita Willerton-. Ummm.» Pero decidió que eso no molestaría tanto al oído como los dos «Lot».

La señorita Willerton era muy partidaria de lo que denominaba «arte fonético». Según ella, el oído era tan lector como el ojo. Le gustaba expresarlo de ese modo. «El ojo forma un cuadro -le había dicho a un grupo en las Hijas Unidas de las Colonias- que puede pintarse en abstracto, y el éxito de la empresa literaria -a la señorita Willerton le gustaba la expresión empresa literaria- depende de esos elementos abstractos creados en la mente y de la naturaleza tonal -a la señorita Willerton también le gustaba eso de naturaleza tonal-, que registra el oído.» La oración «Lot Motun llamó a su perro» tenía un toque cáustico y seco que, seguido de «el perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo», le daba al párrafo la salida que precisaba.

«Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.» A lo mejor, reflexionó la señorita Willerton, eso era un poco exagerado. Pero, según le constaba, el que un aparcero se revolcara en el barro entraba dentro de lo razonablemente posible. En cierta ocasión había leído una novela que trataba de ese tipo de personas, en la que se había hecho algo tan feo como aquello y, a lo largo de tres cuartas partes de la narración, cosas mucho peores. Lucía la encontró mientras limpiaba uno de los cajones del escritorio de la señorita Willerton, y, después de hojear unas cuantas páginas al azar, sujetó el libro entre el pulgar y el índice, lo llevó hasta el horno y lo echó al fuego.

-Willie, esta mañana cuando limpiaba tu escritorio, me encontré un libro que Garner debió de dejar allí para hacerte una broma -le dijo la señorita Lucía más tarde-. Fue horrible, pero ya sabes cómo las gasta Garner. Lo he quemado. -Y luego, con una risita ahogada, añadió-: Estaba segura de que no podía ser tuyo.

La señorita Willerton estaba segura de que no podía ser de nadie más que de ella, pero no se atrevió a aclararlo. Lo había encargado directamente a la editorial porque no quería pedirlo en la biblioteca. Le había costado tres dólares con setenta y cinco centavos, envío postal incluido, y no había terminado los últimos cuatro capítulos. Eso sí, había leído lo suficiente para poder afirmar que era razonablemente posible que Lot Motun se revolcara en el barro con su perro. Al hacerle hacer tal cosa, lo de las lombrices intestinales tendría más sentido, decidió. «Lot Motun llamó a su perro. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»

La señorita Willerton se apoyó en el respaldo. Era un buen comienzo. Ahora planificaría la acción. Había que incluir una mujer, claro. A lo mejor Lot podía matarla. Ese tipo de mujeres siempre sembraba cizaña. Incluso podía provocarlo para que acabara matándola por libertina y, después, quizá a él lo perseguiría la mala conciencia.

Si debía tomar ese rumbo, sería necesario dotarlo de principios, aunque no sería demasiado difícil dárselos. Se preguntó de qué manera introduciría ese aspecto, en vista de toda la atención que en el relato debía dedicarle al amor. Tendría que poner algunas escenas bastante violentas y naturalistas; el tipo de detalles sádicos que una leía en relación con esa clase de gente. Era un problema. Sin embargo, la señorita Willerton disfrutaba con esos problemas. Lo que más le gustaba era planificar las escenas pasionales, pero, cuando llegaba el momento de escribirlas, siempre empezaba a sentirse rara y a preguntarse qué diría su familia cuando las leyeran. Garner chasquearía los dedos y le haría un guiño a la menor oportunidad; Bertha la consideraría una persona horrible; y Lucía diría con esa vocecita tonta que la caracterizaba: «¿Qué nos has estado ocultando, Willie? ¿Qué nos has estado ocultando?», y lanzaría su risita ahogada, como hacía siempre. Pero la señorita Willerton no podía pensar en eso ahora; debía darle forma a sus personajes.

Lot sería alto, encorvado y desaliñado, pero sus ojos serían tristes y lo harían parecerse a un caballero pese a tener el cuello enrojecido y las manos enormes y torpes. Tendría los dientes rectos y, para indicar que era dueño de cierto espíritu, sería pelirrojo. Las prendas le colgarían sin gracia, pero las luciría con desenfado, como si fuesen una segunda piel; tal vez, reflexionó la señorita Willerton, sería mejor, después de todo, que no se revolcara con el perro. La mujer sería más o menos guapa, con el pelo rubio, los tobillos gruesos, los ojos turbios.

La mujer le serviría la cena en la cabaña y él comería la sémola llena de grumos a la que ella ni siquiera se habría molestado en ponerle sal y, allí sentado, pensaría en cosas grandiosas, lejos, muy lejos… en otra vaca, una casa pintada, un pozo limpio, incluso una granja propia. La mujer empezaría a dar alaridos porque él no había cortado suficiente leña para la cocina y se quejaría del dolor de espalda. Ella se sentaría a verlo comer la sémola rancia y le diría que no tenía suficientes agallas para robar comida.

-¡Eres un asqueroso pordiosero! -le diría con sorna. Y él la mandaría callar.

-¡Cierra la boca!-gritaría.

-Me tienes harta, más que harta. -Pondría los ojos en blanco y, burlándose y riéndose de él, le diría-: Los desgraciados como tú no me dan miedo.

Entonces él echaría la silla hacia atrás e iría hacia ella. Ella agarraría un cuchillo de la mesa -la señorita Willerton se preguntó cómo era posible que aquella mujer fuera tan corta-, y retrocedería manteniendo el cuchillo en alto. Él daría un salto hacia delante y ella se apartaría veloz, como un caballo salvaje. Luego volverían a estar cara a cara, los ojos rebosantes de odio, y avanzarían y retrocederían. La señorita Willerton alcanzó a oír cómo los segundos iban golpeando contra el tejado de lata. Él se abalanzaría otra vez sobre la mujer y ella, con el cuchillo dispuesto, se lo hincaría de un momento a otro… La señorita Willerton no pudo aguantar más. Golpeó a la mujer con fuerza en la cabeza, por detrás. La mujer soltó el cuchillo y una niebla la envolvió y se la llevó del cuarto. La señorita Willerton se volvió hacia Lot.

-Deja que te sirva un poco de sémola caliente -le dijo.

Se acercó a la cocina, en un plato limpio sirvió una ración de sémola blanca y tersa y un trozo de mantequilla.

-Caray, gracias -dijo Lot, y le sonrió con esos bonitos dientes-. Tú sí sabes cómo prepararla. Verás -le dijo-, estuve pensando… Podríamos marcharnos de esta granja arrendada y tener un lugar decente. Si este año conseguimos ganar algo, podríamos comprarnos una vaca y empezar a construirnos una casita. Imagínatelo, Willie, imagínate lo que sería.

Ella se sentó a su lado y le puso la mano en el hombro.

-Lo conseguiremos -aseguró-. Nos irá mejor que ningún otro año y en primavera tendremos esa vaca.

-Tú siempre sabes cómo me siento, Willie. Tú siempre lo has sabido.

Se quedaron sentados largo rato, pensando en lo bien que se entendían.

-Termina de comer -dijo ella al fin.

Cuando él hubo cenado, la ayudó a quitar la ceniza de la cocina y después, en el caluroso atardecer de julio, dieron un paseo por el prado, en dirección al arroyo, y hablaron de la casita de la que algún día serían dueños.

A finales de marzo, cuando la época de lluvias estaba cerca, habían conseguido más de lo esperado. A lo largo del mes anterior, Lot se había levantado a las cinco de la mañana, y Willie, una hora antes, para tratar de adelantar todo el trabajo posible aprovechando el buen tiempo. A la semana siguiente, comentó Lot, empezaría a llover y, si antes no levantaban la cosecha, la perderían… y con ella, cuanto habían ganado en los últimos meses. Sabían lo que aquello supondría, otro año de ir tirando sin mucho más de lo que habían tenido el anterior. Además, al año siguiente, en lugar de la vaca, llegaría un crío. Lot se había empeñado en comprar la vaca pese a todo.

-Alimentar a un crío tampoco cuesta tanto -había razonado-, y la vaca nos ayudaría a darle de comer…

Pero Willie se había mostrado firme, comprarían la vaca más adelante, el crío debía empezar con buen pie.

-A lo mejor -había concluido Lot-, vamos a tener suficiente para las dos cosas. -Y se había marchado a ver el campo recién arado como si pudiera calcular la cosecha por los surcos.

Pese a las estrecheces, había sido un buen año. Willie había limpiado la casucha y Lot había arreglado la chimenea. En la puerta había profusión de petunias, y en la ventana, una colonia de dragoncillos. Había sido un año pacífico. Pero ahora comenzaban a inquietarse por la cosecha. Debían recogerla antes de que llegaran las lluvias.

-Nos falta una semana más -rezongó Lot al regresar esa noche-. Una semana más y lo vamos a conseguir. ¿Tienes ganas de cosechar? No está bien que debas salir -suspiró-, pero no podemos pagar a nadie para que nos ayude.

-Me encuentro bien -dijo ella, y ocultó las manos temblorosas a su espalda-. Cosecharé.

-Esta noche está nublado -dijo Lot, sombrío.

Al día siguiente trabajaron hasta el anochecer, trabajaron hasta reventar, y después regresaron a trompicones a la cabaña y cayeron en la cama.

Willie se despertó por la noche, notando un dolor. Era un dolor suave y verde, recorrido de luces moradas. Se preguntó si estaría despierta. Movió la cabeza de lado a lado y dentro de ella notó unas siluetas que zumbaban y picaban piedras.

Lot se incorporó.

-¿Te sientes mal? -le preguntó temblando.

Ella se apoyó sobre el codo y luego se dejó caer otra vez.

Ve al arroyo y trae a Anna -jadeó. El zumbido se hizo más intenso y las siluetas más grises. Al principio, el dolor se entremezcló con aquellas siluetas durante unos segundos; luego, de forma ininterrumpida. Llegaba a ella una y otra vez. El zumbido se hizo más nítido y, a eso del alba, se dio cuenta de que estaba lloviendo. Más tarde preguntó con voz ronca:

-¿Cuánto hace que llueve?

-Dos días enteros -contestó Lot.

-Entonces hemos perdido. -Willie miró con desgana los árboles empapados-. Seacabó.

-No, no se acabó -dijo él en voz baja-. Tenemos una niña.

-Tú querías un niño.

-No. Tengo lo que quería, dos Willies en lugar de una, y eso es mucho mejor que unavaca -sonrió-. ¿Qué puedo hacer para merecerme todo lo que tengo, Willie? -Seinclinó y la besó en la frente.

-¿Qué puedo hacer yo? -preguntó ella en voz baja-. ¿Qué puedo hacer paraayudarte más?

-¿Qué tal si vas al mercado, Willie?

La señorita Willerton apartó de sí a Lot de un empujón.

-¿Qué… qué me decías, Lucía? -tartamudeó.

-Te decía que qué tal si esta vez vas tú al mercado. Esta semana meha tocado ir a mí todas las mañanas y ahora estoy ocupada.

La señorita Willerton dejó la máquina de escribir y dijo con brusquedad:

-Muy bien. ¿Qué quieres que te traiga?

-Una docena de huevos y dos libras de tomates, que sean maduros, y más te vale que empieces a curarte ese resfriado ahora mismo. Te lloran los ojos y tienes la voz ronca.En el cuarto de baño hay Empirin. Pide que anoten lo que gastes en nuestra cuenta. Yponte el abrigo. Hace frío.

La señorita Willerton elevó la vista al cielo.

-Tengo cuarenta y cuatro años -anunció-, sé muy bien cómo cuidarme.

-Y que los tomates sean maduros -le contestó la señorita Lucía.

Con el abrigo mal abrochado, la señorita Willerton avanzó pesadamente por la calle principal y entró en el supermercado.

-¿Qué venía yo a comprar? -refunfuñó-. Ah, sí, dos docenas de huevos y una librade tomates.

Pasó delante de las estanterías de vegetales enlatados y de las galletas y fue a la caja donde tenían los huevos. Pero no había huevos.

-¿Dónde están los huevos? -le preguntó a un chico que pesaba frijoles.

-Solamente nos quedan huevos de pularda -dijo mientras cogía otro puñado de frijoles.

-Bien, ¿dónde están y qué diferencia hay? -exigió saber la señorita Willerton.

El chico echó los frijoles sobrantes al cubo, se agachó sobre la caja de los huevos y le entregó un paquete.

-Ninguna diferencia, la verdad -dijo al tiempo que mascaba el chicle con los dientesincisivos-. Son de gallinas adolescentes o algo así, no lo sé bien. ¿Se los pongo?

-Sí, y dos libras de tomates. Que estén maduros -precisó la señorita Willerton.

No le gustaba hacer la compra. No había motivo alguno para que los dependientes fuesen tan altaneros. Ese muchacho no se habría entretenido tanto con Lucía. Pagó los huevos y los tomates y salió apresuradamente. En cierta manera, aquel lugar la deprimía.

Vaya tontería que un supermercado pudiese deprimir… si allí dentro solo tenían lugar actividades domésticas sin importancia… mujeres que compraban frijoles… que llevaban a los niños en esos cochecitos… que regateaban por un octavo de libra de más o de menos de calabaza… «¿Qué ganaban con eso? -se preguntó la señorita Willerton-. ¿Dónde había allí ocasión para expresarse, para crear, para el arte?» A su alrededor todo era lo mismo: aceras llenas de gente que se afanaban de un lado a otro, con las manos cargadas de paquetitos y las mentes llenas de paquetitos, aquella mujer de allí que llevaba al niño de la cadena y tiraba de él, lo sacudía y lo arrastraba para alejarlo de un escaparate donde se exhibía una lámpara hecha con una calabaza ahuecada. Probablemente se pasaría el resto de la vida tirando de él y sacudiéndolo. Y allí iba otra, a la que se le caía la bolsa de la compra en plena calzada, y otra más, que le sonaba la nariz a un niño, y por la acera se acercaban una anciana con sus tres nietos saltándole alrededor, seguidos de un hombre y una mujer que caminaban demasiado juntos para ser refinados.

La señorita Willerton observó a la pareja con atención cuando se acercaron más y la adelantaron. La mujer era regordeta, de tobillos gruesos y ojos turbios. Llevaba unos zapatos de tacón, unas ajorcas azules, un vestido de algodón demasiado corto y una chaqueta de cuadros escoceses. Tenía la piel manchada y el cuello estirado hacia delante, como si quisiera oler una cosa que le alejaran continuamente de la nariz. En la cara lucía una mueca estúpida. Él era un hombre larguirucho, consumido y desaliñado. Iba encorvado, y el pelo rubio y enredado le caía hacia un lado del cuello largo y enrojecido. Sus manos jugueteaban tontamente con las de la muchacha mientras avanzaban desmañados, y en una o dos ocasiones le lanzó una sonrisa empalagosa, que permitió a la señorita Willerton comprobar que tenía los dientes rectos, los ojos tristes y una erupción en la frente.

-¡Aaah! -se estremeció.

La señorita Willerton dejó la compra encima de la mesa de la cocina y regresó junto a la máquina de escribir. Miró el papel que había en ella. «Lot Motun llamó a su perro – ponía-. El perro levantó las orejas y, con el rabo entre las patas, se acercó a su amo. Lot tiró de las orejas cortas y raquíticas del animal y se revolcó con él en el barro.»

-¡Suena fatal! -masculló la señorita Willerton-. De todos modos, el tema no es nada del otro mundo -decidió.

Necesitaba algo más pintoresco… con más arte. La señorita Willerton se quedó largo rato mirando la máquina de escribir. Después, de repente, con el puño asestó varios golpecitos extasiados sobre el escritorio.

-¡Los irlandeses!-chilló-. ¡Los irlandeses!

La señorita Willerton siempre había admirado a los irlandeses. «Su acento -pensó-, era muy musical, y su historia… ¡espléndida!» «¡Y las gentes -caviló-, las gentes de Irlanda! Llenas de temple… pelirrojas, de anchos hombros y enormes bigotes caídos.»

 

 

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Un rey gato. Hungría

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Había una vez una viuda que tenía un gato. A este gato le gusta­ba la buena comida. Una mañana, se bebió una jarra entera de le­che, y la viuda, enfadada, lo echó de casa. El gato emprendió el camino y, después de mucho caminar, llegó junto a un río. Esta­ba sentado a la orilla del agua cuando vio a una zorra que pesca­ba agitando su espesa cola. El gato se acercó y le dio un tirón a la cola. La zorra se asustó y dio un salto en el aire; a su vez, el gato tuvo miedo y, arqueando el lomo, mostró sus uñas y sus dientes. La zorra jamás había visto un gato hasta ese momento, y el gato jamás había visto a una zorra. Por ello, mutuamente se temían.

Finalmente la zorra dijo:

-¿Me podrías decir, por favor, quién eres y qué haces aquí?

-Soy el Rey Gato -respondió.

-¿El Rey Gato? Nunca he oído hablar de un rey semejante.

-Pues debes saber, ya que nunca has oído hablar de mí, que soy el rey de todos los animales del mundo.

Cuando la zorra escuchó esta declaración, invitó al gato a su casa y le ofreció un muslo de pollo. El gato no se hizo de rogar y se instaló en casa de la zorra.

Comenzó para él una vida de gran señor, hablaba poco, co­mía mucho y, después de almorzar, se echaba una siesta, mien­tras la zorra se quedaba en la puerta haciendo guardia para que nadie molestase al rey de los animales.

Un día la zorra, sentada en el umbral de su casa, vio pasar a una liebre.

-Liebre, liebre -le dijo, no hagas tanta bulla. Mi amo, el Rey Gato, está durmiendo y, si lo molestas, recibirás un castigo, porque él es el rey de todos los animales.

La liebre se fue corriendo despavorida. Pero luego se dijo para sus adentros: «¡Jamás he oído hablar de un rey seme­jante! ».

Poco después, la liebre se encontró con un oso:

-¿Adónde vas? -le preguntó.

-Estoy dando un paseo. De vez en cuando tengo que hacer un poco de ejercicio.

-Si yo fuese tú, no iría en aquella dirección. El Rey Gato está durmiendo en la madriguera de la zorra y, si lo molestas, serás castigado, porque él es el rey de todos los animales del mundo.

-¿El Rey Gato? -repitió el oso. ¡Jamás he oído hablar de un rey semejante!

No obstante, retrocedió y se fue con la liebre. Se encontra­ron en el camino con un lobo, que estaba jugando a los naipes con un cuervo.

-Hola, señor lobo y señor cuervo. ¿Habéis oído hablar algu­na vez del Rey Gato?

Ni el lobo ni el cuervo habían oído hablar jamás de un rey semejante.

-La zorra acaba de decirme -explicó la liebre- que el Rey Gato está durmiendo en su madriguera y que, si alguien lo des­pierta, recibirá un castigo porque este Gato es el rey de todos los animales.

Entonces la liebre, el oso, el lobo y el cuervo decidieron in­vitar a comer al Rey Gato y a la zorra. Mandaron al cuervo a lle­var la invitación. El cuervo voló hacia la madriguera de la zorra, pero la zorra le dijo:

-Vete lejos de aquí. Mi amo, el Reg Gato, está durmiendo y, si lo molestas, recibirás un castigo porque él es el rey de todos los animales.

-Lo sé -dijo el cuervo-, pero he venido aquí en nombre del oso, el lobo y la liebre para invitarte a ti y al Rey Gato a comer con nosotros mañana.

-Espera un momento -respondió la zorra y entró en su casa.

Cuando salió, le dijo al cuervo que el Rey Gato había acep­tado la invitación y que al día siguiente ambos irían a comer con ellos.

-Vendré a buscaros -añadió el cuervo.

Cuando el oso, el lobo y la liebre supieron que el Rey Gato comería con ellos al día siguiente, comenzaron a preparar el banquete. El oso fue a buscar leña y encendió el fuego; el lobo preparó la carne al asador; y el cuervo esperó la hora de ir a re­coger a los dos invitados.

Cuando la carne estuvo bien asada, el cuervo emprendió vuelo.

Una vez en la casa de la zorra, llamó:

-Venid, la comida está lista.

-Vamos enseguida -respondió la zorra. Estoy terminando de rizar los bigotes del Reg Gato.

Un momento después, la zorra apareció seguida por el gato. El gato caminaba con mucha dignidad, sin quitarle el ojo de en­cima al cuervo. Le daba mucho miedo aquel pájaro, y el cuervo, por su parte, le tenía mucho miedo al gato.

Aún estaban bastante lejos cuando la liebre los vio llegar.

-Ya vienen, ya vienen -exclamó dando saltos y, tanto saltó, que cayó en el fuego.

El lobo y el oso temblaban de miedo. Viendo a la liebre caer en el fuego, cogieron el asador y se marcharon con la carne. El oso, por la prisa, chocó contra un árbol y lo arrancó de raíz. Cuando el cuervo vio toda aquella confusión y se dio cuenta de que el oso y el lobo habían huido y que, para colmo, se había de­rribado un árbol, dejó plantados a la zorra y al gato y se fue vo­lando lo más velozmente que pudo.

Cuando el Rey Gato y la zorra llegaron, no había asomo de comida ni de anfitriones. Pero la liebre ya estaba bien asada. El gato y la zorra, para no quedarse en ayunas, se la comieron.

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