La vieja que engaño a la muerte. Hungría

 

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Puede ser verdad, puede que no lo sea, pero había una vez una vieja muy vieja. Era realmente muy pero que muy vieja, más vieja que el jardinero que plantó el primer árbol del mundo. Sin embargo, estaba llena de vida y la idea de morir le quedaba muy lejos. Se pasaba el día atareada en su casa lavando, limpiando, guisando, cosiendo, planchando y quitando el polvo, como si fuese una joven ama de casa.

Pero, un día, la Muerte se acordó de la vieja y fue a llamar a su puerta. La anciana estaba haciendo la colada y dijo que justo en ese momento no podía irse. Aún debía aclarar, estrujar, hacer secar y planchar su ropa. Aun metiéndole prisa, pensaba que estaría lista, en el mejor de los casos, a la mañana siguiente; por tanto, la Muerteharía mejor en volver un día después.

-Espérame, entonces, mañana a la misma hora -dijo la Muerte y escribió con tiza en la puerta: «Mañana».

Al día siguiente, la Muerte volvió para llevarse a la vieja.

-Pero, señora Muerte, sin duda usted se ha equivocado. Mire la puerta y verá cuál es el día fijado para venir a buscarme -observó la vieja.

La Muerte miró la muerta y leyó: «Mañana».

-Está claro, pues -añadió la vieja. Tiene que venir maña­na, no hoy.

La Muerte se fue y volvió al día siguiente. La vieja la recibió con una sonrisa y le dijo:

-Pero, señora Muerte, usted se ha equivocado otra vez.

¿No recuerda que usted misma escribió en la puerta que vendría mañana y no hoy?

Y así la historia continuó durante todo un mes. Pero la Muerte acabó por cansarse. El último día del mes dijo:

-¡Me estás engañando, vieja! Mañana vendré a buscarte por última vez. ¡Recuérdalo bien! -dijo, y borró de la puerta lo que ella misma había escrito y se fue.

La vieja, en ese momento, dejó de sonreír. Pensó mucho porque quería encontrar otra manera de engañar a la Muerte. No pegó ojo durante toda la noche, pero no llegó a inventar nada.

«Me esconderé en el barrilito de la miel -se decía la vieja. ¡Seguramente la Muerteno me encontrará allí dentro! » Y se escondió en el barrilito de la miel dejando fuera sólo la nariz. Pero de repente pensó: «¡Por el amor de Dios, la Muerte es astuta! ¡Me encontrará en el barrilito de la miel y me llevará consigo!».

Salió del barrilito y fue a esconderse en una cesta llena de plumas de ganso. Pero de repente pensó: «¡Por el amor de Dios, la Muerte es astuta! Me encontrará también en la cesta». En el momento en que salía de la cesta, la Muerte entró en la habitación.

Miró a su alrededor y no llegó a ver a la vieja por ninguna parte. En su lugar vio una figura terrible, espantosa, toda cubierta de plumas blancas y con un líquido espeso que se escurría por su cuerpo. No podía ser un pájaro, tampoco una persona: era, sin duda, algo terrible de ver. La Muerte se asustó tanto que puso pies en polvorosa, huyó y nunca más volvió a buscar a la vieja.

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El gitano y el diablo – Ucrania

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Un gitano viejo fue a contratarse como criado a las órdenes de un diablo. Y éste, después de haber convenido con él las condiciones del contrato, le dijo:
-Tus obligaciones serán proporcionarme leña y agua en cantidad suficiente y con la mayor regularidad. Después, te ocuparás en encender el fuego debajo del caldero. Y, a cambio de esto, estoy dispuesto a pagarte el salario que me pidas.
El gitano creyó que este quehacer no era muy pesado y que le dejaría bastante tiempo libre y se conformó inmediatamente. Entonces el diablo le dió un cubo y le dijo:
-Bueno, ahora vete al pozo y tráeme agua.
El gitano se dirigió al pozo, tomó una cadena con un gancho y dejó descender el cubo hasta el nivel del agua. Una vez estuvo lleno, no consiguió, a pesar de sus esfuerzos, sacar el cubo, de modo que, entonces, se vio obligado a procurar que se vaciase, con objeto de no perder el recipiente. Pero, con el mayor dolor, observó que no había logrado ningún resultado. ¿Cómo volver al lado del diablo sin el agua que le habla pedido?
Entonces el gitano tuvo una idea feliz. De una empalizada sacó unas cuantas estacas y empezó a trabajar en torno del pozo, como si estuviese excavando.
Mientras tanto, el diablo, con una paciencia que no era frecuente en él, esperaba el regreso de su criado y, en vista de que no compa-recía, se impacientó al fin y se dirigió al pozo, para averiguar qué estaba haciendo.
En cuanto vio al gitano le preguntó:
-¿Qué estás haciendo? ¿Cómo se explica que aun no me hayas llevado el agua?
-¡Caramba! Precisamente estaba haciendo los preparativos para sacar todo el pozo de aquí y llevárselo de una vez.
-Pero ¿no comprendes que, así, pierdes el tiempo? No necesito tanta agua de una vez. Con un cubo me basta. Mira, vete a buscar leña, porque, de lo contrario, no habrá tiempo.
Así lo hizo y él mismo se ocupó en llevar el cubo hasta donde lo necesitaba.
-¡Caramba! -exclamó el gitano. Si me lo hubiese explicado claramente, ya haría rato que estaría de regreso con el agua.
Y en cumplimiento de las órdenes recibidas, se dirigió al bosque, para cortar leña. El gitano empezó a blandir el hacha, pero, en aquel momento, se inició un diluvio, de modo que, pocos instantes después, el desdichado estaba calado hasta los huesos. Todo su cuerpo le dolía y ni siquiera le era posible inclinarse para recoger la leña que había cortado. Hallábase, pues, en un buen apuro y no sabía que hacer. De pronto, se le ocurrió una buena idea. Desenrolló un largo cordel que llevaba en torno de la cintura y lo ató, sucesiva-mente, a todos los troncos de los árboles que había en el lindero del bosque. Mientras tanto el diablo esperaba el regreso de su criado y, por fin, se enfureció ante aquella inexplicable demora. Decidido a castigar la incuria de su servidor, se dirigió al bosque y, al verlo ocupado de tan extraño modo, le preguntó qué hacía.
-Pues sencillamente, hago los preparativos para llevarle a usted una buena cantidad de leña. Estoy atando el bosque entero para formar un solo fardo y, de este modo, me evito tener que volver por aquí.
Indignado el diablo, recogió la leña menuda que estaba en el suelo y se volvió a su casa.
Y, por el camino, maldecía la hora, en que se le ocurrió tomar a su servicio al gitano.
En cuanto hubo terminado sus quehaceres en casa, se dirigió a la de otro diablo más anciano y experimentado, con objeto de pedir le consejo.
-He tomado un criado gitano -dijo, pero no me sirve más que de molestia. Nos otros, como ya sabes, somos bastante astutos, pero ese hombre da muestras de ser más astuto y más fuerte que cualquiera de nos otros. Y si no lo mato…
-¡Caramba! -exclamó el diablo más anciano-. Esta noche, cuando se haya tendido a dormir, mátalo y así no te molestará mas.
El diablo aceptó el consejo y se volvió a su casa. Llegó la hora de acostarse, pero, sin duda, el gitano recelaba algo o bien observó alguna cosa, porque dejó la ropa sobre el banco que le destinaron por cama y él se ocultó en un rincón, en el suelo. Cosa de una hora mas tarde, el diablo se figuró que el gitano estaría profundamente dormido y tomó una porra de hierro. Una vez estuvo al lado del banco en que supuso que el gitano dormía, empezó a aporrear la ropa con toda su fuerza. Y satisfecho del buen trabajo que había llevado a cabo, se acostó a su vez exclamando:
-Creo que ya no se hablará nunca más del gitano.
A la mañana siguiente, éste se despertó malhumorado y el diablo, al verle, se quedó.
-iHombre, espera! Mira, vamos a hacer una prueba. El que dé una patada más fuerte a una piedra, será el dueño del dinero que llevas.
-Bueno, empieza tú -dijo el gitano.
El diablo eligió una piedra casi hundida en él suelo y empezó a darle patadas, hasta que sintió que le silbaban los oídos. Luego, y aprovechando los momentos en que el diablo estaba casi mareado por el esfuerzo hecho, el gitano arrojó un chorro de agua sobre aquella misma piedra e inmediata-mente, le dio una patada.
Mira -exclamó volviéndose al diablo. -Fíjate. En cuanto he dado una patadaa a la piedra, ha salido agua. ¿Qué te parece?
El diablo se dio por vencido y echó a correr en busca de nuevo consejo. Su amigo oyó el relato y le dijo:
Haz una nueva prueba. Dile que quien arroje un palo a mayor altura, será dueño del dinero.
El gitano había avanzado ya bastante en su camino, pero, en un momento determinado, oyó que alguien lo llamaba. Volvióse y pudo ver que era el diablo.
-¿Qué quieres ahora? -le preguntó.
-Espera, gitano -dijo el diablo. El que arroje un palo mayor altura, será el dueño del dinero.
-Bueno, vamos a probarlo. En el cielo tengo dos hermanos herreros, -dijo el gitano- y no les vendrá mal que les proporcione un palo como mango de sus martillos.
El diablo empuñó un garrote, lo arrojó a una altura enorme de modo que apenas fue visible. Pero, en cuanto hubo caído, el gitano fue en su busca, lo blandió y gritó:
-Cuidado muchachos. ¡Sacad las manos! ¡Allá va!
Pero el diablo se apresuró a cogerle la mano, exclamando:
-No, no lo tires. No quiero nada que pueda relacionarse con el. cielo. No me conviene.
El diablo experimentado le dio otro consejo.
-Alcanza al gitano una vez más y dile que quien corra con mayor velocidad, hasta llegar a un punto determinado, será el dueño del dinero.
El diablo echó a correr y en cuanto hubo alcanzado al gitano, le dijo:
-Mira ¿sabes lo que vamos a hacer ahora? Pues correremos hasta un punto determinado, para ver quien lo hace con más rapidez. Y el que gane será dueño del dinero.
-No mereces que yo siga luchando contigo -contestó el gitano-, pero tengo un hijo, llamado Liebre, de tres días de edad. Si lo alcan-zas, podrás medirte conmigo.
El gitano había descubierto una liebre entre la maleza y se dirigió a ella gritando y llamándola por su nombre. La liebre, asustada, echó a correr dando unos saltos enormes y dejando a su espalda algunas nubecillas de polvo.
-¡Bah! -exclamó el diablo-. No corre en línea recta.
-Corre como le da la gana -contestó el gitano-. Y eso basta. Por de pronto has perdido.
El diablo viejo aconsejó a su compañero proponer una lucha, de modo que el vencedor sería el dueño de los ducados.
-Mira -dijo el gitano cuando el diablo lo hubo alcanzado-.No quiero luchar contigo. Tengo un padre muy viejo, tanto que, desde hace siete años, cuido de llevarle la comida al interior de la cueva que habita. Si consigues derribarlo, entonces serás digno de luchar conmigo.
El diablo se conformó y el gitano lo llevó a la cueva que habitaba un oso.
-Entra -le dijo. Está aquí. Despiértalo y lucha con él.
El diablo, confiado e inocentón, penetró en la cueva, diciendo:
-¡Eh, tú, tío barbudo! Despierta, que vamos a luchar.
El oso se puso en pié, abrazó al diablo, lo aplastó casi sobre su poderoso pecho, le dio algunos arañazos, lo empujó luego y, como si fuese un montón de trapos viejos, lo arrojó a gran distancia.
El diablo podía ser tonto, pero no hay duda de que también era testarudo, porque, sin darse por vencido, volvió a pedir nuevo consejo y su compañero le propuso entonces luchar con el gitano, para ver cual de los dos silbaría con mayor fuerza. Bien le pareció el consejo al codicioso diablo y, de nuevo, fue al encuentro del gitano.
-Ten cuidado con lo que haces -le dijo éste, porque en cuanto yo empiece a silbar, te vas a quedar sordo y ciego. Por consiguiente, te aconsejo que, antes, te vendas los ojos y te tapes muy bien los oídos.
El diablo, que era un inocente, siguió aquel consejo, muy agradecido y, entonces, el gitano empuñó una maza y empezó a dar mazazos a la cabeza del diablo.
-¡Basta, basta! -gritó éste-. ¡No silbes! Capaz serías de matarme. ¡Así te sirva mi dinero de veneno! Vete adonde quieras.
¡Y ojalá no te presentes nunca más ante mi!
Y, resignado, por creer invencible a aquel gitano, el diablo regresó a su casa, dolorido y sin saber dónde ponía los pies.

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El hojalatero y el diablo. Irlanda

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En Limerick, vivía un hojalatero que, como todos los de su profesión, era pobre y por lo tanto estaba obligado a vagar por todo el país recogiendo quincalla que después reparaba. Sin embargo, Jack, tenía una casa con un jardín y en el jardín un manzano que era su orgullo. Cuando salía de viaje, siempre le pedía a su mujer que cuidara la casa, el jardín y por supuesto el manzano.
Un día, en un camino muy lejos de su hogar, Jack vió a un hombre distinguido que venía en sentido opuesto. Al cruzarlo, se sacó el sombrero y lo saludó con respeto. El hombre, complacido pr la actitud de Jack, le dijo:
-Te concedo tres deseos. Pide lo que quieras, no tengo ningún problema en darte lo que pidas.
Jack, sorprendido, se quedó mirándolo. Luego se sacó el sombrero, se rascó la cabeza y dijo:
-En casa tengo un sillón muy viejo. Cuando alguien me visita, se lo cedo y no tengo otro remedio que quedarme de pie.Quiero que, de ahora en adelante, todo el que se siente en mi sillón se quede adherido a él y que el sillón se quede pegado al suelo.
-¿Para qué quieres eso? -preguntó el hombre.
-Para que nadie pueda levantarse mientras yo no lo permita -dijo Jack.
-Concedido -dijo el hombre y, pensando que Jack era un poco tonto, agregó.
-Trata de pedirme algo útil.
Jack volvió a rascarse la cabeza y luego dijo:
-En mi jardín tengo un manzano. Es un árbol generoso que da hermosos frutos.Pero siempre hay algún bribón que pasa y me roba las manzanas. Entonces quiero que todo aquel que trate de robarme una manzana del arbol se quede adherido a la fruta hasta que yo decida liberarlo.
-Concedido -dijo el hombre, ya dando por seguro que Jack era muy tonto, y agregó. Ahora es el turno de tu último deseo. Trata de pensar en algo que te sirva, algo que sea de veras útil para tí y los tuyos.
Jack se tomó la barbilla con la mano derecha y con la izquierda se rascó una oreja , luego dijo:
-Mi mujer tiene una bolsa de cuero. Allí guarda los restos de la lana que le sobran.Pero siempre hay algún bribón que le roba la bolsa y le da puentapiés como a un balón. Es una pena porque se derrocha la lana…
-¿Y entonces? -dijo el hombre algo impaciente.
-Entonces quiero que todo lo que entre en la bolsa no pueda salir mientras yo no lo permita.
-Concedido -dijo el hombre. Pero creo, pobre amigo, que no has pedido bien.
El hombre saludó a Jack y se marchó meneando la cabeza. Jack, por su parte, volvió a su casa muy feliz y tan pobre como antes.
Pasó el tiempo y Jack tuvo un accidente que lo dejó postrado en su lecho por un año.Un día en que compartían lo que los vecinos caritativos les habían alcanzado, alguien llamó a la puerta. Era un desconocido, alto y elegante que, sin presentarse, entró y dijo:
-Ya veo que son muy pobres y tienen hambre. Estoy dispuesto a ayudarlos con una condición.
¿Cuál? -pregunto Jack.
-Te daré todo tipo de riquezas, pero dentro de siete años deberás venir conmigo.
-Es usted generoso, señor. ¿Quén es usted?
-¿No adivinas? -dijo el hombre. Soy el diablo.
La mujer de Jack se santiguó muda de espanto, pero Jack dijo:
-No me importa quien sea. Acepto su oferta.
El diablo entonces se fue y Jack se convirtió en un hombre rico. En su casa nunca faltaba la comida. Y ya no tenía que salir a recojer basura.
Jack se olvídó del diablo y de la promesa, y como suele suceder en estos casos, los siete años pasaron volando.
Pero el último día del último año, el diablo llamó a la puerta y apareció ante Jack.
-Ya pasó tu tiempo -dijo. Cumplí con mi palabra y deberás cumplir con la tuya. Ahora vendrás conmigo.
-Empeñé mi palabra e iré con usted -dijo Jack. Sin embargo, quisiera pedirle que me deje despedirme de mi esposa. ¿Por qué no me espera sentado en ese sillón?
-No tardaré mucho.
El diablo se sentó y esperó unos minutos. Jack no demoró.
-Vamos -dijo.
Pero el diablo no pudo levantarse. Lanzó un alarido que se oyó en todo el pueblo y siguió adherido al sillón. Al final, rojo de rabia, le dijo a Jack:
-Te daré el doble de lo que te di y catorce años para que disfrutes tus riquezas, pero déjame ir.
-De acuerdo -dijo Jack. Levántese y váyase.
El diablo huyó tan rápido como pudo y Jack empezó a disfrutar de su fortuna.Pero los catorce años pasaron veloces y el diablo volvió a hacerse presente.
-Basta de trucos. Ahora vendrás conmigo. Vamos, prepárate y salgamos.
-Estoy listo -dijo Jack, pero quisiera pasar por mi jardín. Allí he pasado mis mejores horas.
El diablo no puso reparos y ambos salieron al jardín donde estaba el manzano.
-¿Por qué no llevamos unas manzanas para el viaje? -preguntó Jack.
-En verdad, son hermosas -dijo el diablo.
-Usted es más alto que yo. ¿Por qué no arranca algunas?
El diablo saltó entonces para arrancar una manzana. Pero quedó aferrado a ella, balanceándose en la rama; y por más que grito, chilló y pataleó todo fue inútil: no podía soltarse.
-Bájame de aquí -dijo el diablo.
-No. Allí puede quedarse hasta el día del Juicio.
-Que me bajes, te digo!
-No.
-Te daré el triple de riquezas -dijo el diablo, y veintiún años para disfrutarla si me sueltas.
-De acuerdo. Puede irse -dijo Jack.
El diablo huyó furioso lanzando juramentos y Jack disfrutó de su riqueza. A los veintiún años el diablo apareció nuevamente.
-Vamos -dijo. Me pagarás por lo que hicieste cuando lleguemos al infierno.
-Está bien -dijo Jack- lo que quiera. Pero ahora tengo que despedirme de mi esposa.
-Hazlo rápido.
Jack le dio un beso a su mujer, tomó la bolsa de la lana y emprendió la marcha.
El diablo y el caminaron un buen rato sin decir palabra.
-¿En qué piensas? -preguntó el diablo.
-En mi infancia -dijo Jack. En ese tiempo era listo y muy ágil, pero ahora estoy viejo. ¿Ves esta bolsa?
Yo solía entrar y salir de ella rapidamente.
El diablo se detuvo sorprendido y dijo:
-No hace falta ser joven ni muy listo para entrar y salir de una bolsa. ¿Quieres ver como yo lo hago?
El diablo se metió dentro la bolsa y no pudo salir. Jack cerró la bolsa rapidamente y dijo:
-Ahora que está dentro nunca podrá salir, y se echó la bolsa en el hombro sin escuchar las súplicas del diablo
Así cargado anduvo durante horas y le hizo todo tipo de cósas a la bolsa, tal como pasarle una máquina pisadora encima, golpearla, hasta traspasarla con un hierro candente y puntiagudo.
-Déjame sallir! -gritaba el diablo. Prometo no cruzarme nunca más en tu camino!! No quiero que vengas al infierno! Te daré cuatro veces las riquezas que tienes y cuatro veces más para que las disfrutes.
-¿Me das tu palabra? -dijo Jack.
-Te doy mi palabra -dijo el diablo.
Entonces Jack dejó salir al diablo, tuerto, quien se fue volando para siempre.
Jack al fin volvió a su casa libre. Lo tenía todo, pero el tiempo pasó y se hizo viejito y murió.
Llegado al otro mundo, se paró ante las puertas de San Pedro, pero una voz le dijo: «Acá no entrás.Vete con el otro. Fue él quien te mantuvo».
Jack se encongió de hombros y camino derecho hasta las puertas del infierno. Golpeó con sus nudillos y entonces preguntaron:
¿Quién es?
-Soy yo, Jack, el hojalatero de Limerick.
-¡No lo dejen entrar! -gritó una voz. ¡No lo dejen entrar! ¡Va a matarnos a todos!
Desde entonces Jack vaga por el mundo y así tendrá que hacer hasta el día del Juicio. Por las noches, cuando anda por los páramos y ciénagas, lleva una linterna con la cual se alumbra. Hay quienes se asustan al verlo.

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Los hijos de Nut. Egipto

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Hace mucho tiempo, Ra, el señor de todos los dioses, aún reinaba sobre la Tierra como faraón. Vivía en un enorme palacio a orillas del Nilo, y todos los habitantes de Egipto acudían a presentarle sus respetos. Los cortesanos no dudaban en complacerlo, y él pasaba el tiempo cazando, jugando y celebrando fiestas. ¡Una vida realmente placentera!

Pero un día llegó a palacio un cortesano que le contó una conversación que había oído. Thot, el dios de la sabiduría y la magia, le había dicho a la diosa Nut que algún día su hijo sería faraón de Egipto. Ra se puso muy furioso. Nadie salvo él era digno de ser faraón. Caminaba de un lado a otro gritando:

-¡Cómo se atreve Thot a decir eso! ¡Ningún hijo de Nut me destronará!

Reflexionó sobre ello largo tiempo, al cabo del cual, tras invocar sus poderes mágicos, lanzó la siguiente maldición:

«Ningún hijo de Nut nacerá en ningún día ni en ninguna noche de ningún año».

La noticia pronto se extendió entre los dioses. Cuando Nut se enteró de la maldición. Se sintió muy apesadumbrada. Deseaba un hijo, pero sabía que la magia de Ra era muy poderosa. ¿Cómo podría romper el maleficio? La única persona que podía ayudarla era Thot, el más sabio de todos los dioses, así que fue a verlo.

Thot quería a Nut y, al verla llorar, decidió ayudarla.

-No puedo romper la maldición de Ra, pero puedo evitarla. Espera -le pidió.

Thot sabía que Jonsu, el dios Luna, era jugador, así que lo retó a una partida de senet. Jonsu no pudo resistirse y cedió al desafío.

-¡Oh, Thot! -exclamó-. ¡Tal vez seas el dios más sabio, pero yo soy el mejor jugador de senet! No he perdido ninguna partida. Jugaré contigo y te ganaré.

Los dos se sentaron a jugar. Thot comenzó ganando todas las partidas.

-Has tenido suerte, Thot -dijo Jonsu-. Apuesto una hora de mi luz a que te gano la siguiente partida.

¡Pero también perdió! Thot continuó ganando y Jonsu siguió apostando su luz hasta que Thot hubo conseguido una luz equivalente a la de cinco días.

Entonces Thot se puso en pie, dio las gracias a Jonsu y se fue llevándose la luz consigo.

-¡Menudo cobarde! -murmuró Jonsu-. Mi suerte empezaba a cambiar. ¡Habría ganado esta partida!

Thot colocó los cinco días entre el final de ese año y el comienzo del siguiente. En aquella época, un año tenía 12 meses de 30 días cada uno, lo que sumaba un total de 360 días.

Nut se sintió feliz cuando Thot le contó lo que había hecho. Como los cinco días no pertenecían a ningún año, sus hijos podrían nacer en esos días sin romper el maleficio de Ra.

El primer día Nut dio a luz a Osiris, que sería faraón después de Ra; el segundo día, a Harmachis, que está inmortalizado en la Esfinge; el tercer día, a Seth, que más tarde mataría a Osiris y se convertiría en faraón; el cuarto día, a Isis, que sería la esposa de Osiris; y el quinto día, a Neftis, que sería la esposa de Seth.

En cuanto a Jonsu, el dios Luna, quedó tan debilitado tras la partida que ya no pudo brillar con fuerza todo el tiempo. Aún hoy, la Luna sólo brilla toda entera durante unos cuantos días del mes, y ha de pasar el resto del tiempo recobrando fuerzas.

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La huesuda. Thailandia

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Había una vez un hombre tan pobre, que el dinero no le alcanzaba para mantener a su familia y había días que se quedaba con hambre y no tenía para darles de comer a sus hijos. Un día pensó: «¡Mañana comeré hasta llenarme!»
Al día siguiente, se fue al bosque con la única gallina que tenía, la preparó y cuando se disponía a comérsela, se le apareció un anciano que le dijo:
-Invítame a comer, tengo hambre.
El hombre le contestó:
-Vine al monte para comer a gusto y vienes a molestarme.
-Yo soy Dios -respondió el anciano.
-Pues así menos te doy -refunfuñó el hombre- en lugar de venir a ayudarme, me pides, no consideras que soy pobre. Además, Tú siempre ayudas a los ricos. ¡Lárgate, no te doy nada!
El anciano se dio cuenta de que tenía razón, pero por su atrevimiento, pensó en castigar al hombre enviándole a la muerte.
No había acabado de comer el hombre pobre, cuando apareció otro y le pidió de comer, diciendo que era la muerte. El hombre le convidó lo que quedaba de la gallina y le dijo:
-A ti sí te doy porque tú eres parejo, te llevas a ricos y pobres.
-A cambio de este favor te ayudaré -le dijo la muerte-. Te haré un gran médico y curarás a ricos y pobres. Pero si detectas mi presencia en el lecho de algún enfermo, retírate, pues quiere decir que ése ya está en mis garras y no tiene salvación. Esa es mi condición.
Así, el hombre se convirtió en médico, y pronto empezó a ganar fama y dinero. Un buen día lo llamaron para que fuera a atender a un hombre rico, pero cuando llegó a su casa, encontró a la muerte en la cabecera de su cama. En un primer momento se negó a curarlo, acordándose de la condición que le había puesto la muerte. Pero la familia le ofreció una fuerte suma de dinero y el médico pensó: «La tentación es muy grande. ¡Lo curaré!»
La casa del enfermo quedaba muy apartada del pueblo, al pie de un cerro, y estaba rodeada de mezquites y álamos. Todas las noches los tecolotes cantaban cu cu cu cú, y llamaban al enfermo por su nombre. Los coyotes y las zorras aullaban y todos los mayos se espantaban ante tanta señal de mal agüero. La última señal, y la más temida, la dio una gallina que cantó tres veces como un gallo y una serpiente que cruzó el patio a toda prisa. Se sentía el escalofrío de la muerte por todo ese paraje apartado.
Cuando llegó el médico a la segunda consulta, se encontró de nuevo con la muerte, y comenzó a luchar con ella cuerpo a cuerpo, tratando de sacarla del cuarto. Finalmente la sacó a patadas, el enfermo sanó y se levantó de la cama. Así, la fama del médico creció y se extendió por los alrededores.
Un día estaba en el bosque cortando leña, dale que dale con su machete, muy contento porque todo le había salido bien. Así estaba cuando apareció la muerte y se le heló la sonrisa.
-No te vayas amigo -le dijo-, tengo algo que decirte. No respetaste nuestro trato: al hombre que sanaste le faltaban tres días para morir; ahora estos tres días te faltan a ti.
Dicho esto, la muerte desapareció.
Llegó a su casa triste y cabizbajo, y contó a su esposa lo sucedido.
-¿Quién es el que viene por ti? -preguntó extrañada.
-La muerte -dijo el hombre.
-No te preocupes, tengo una idea.
La mujer sacó unas tijeras y lo dejó bien pelón, como una cabeza de repollo. Después cubrió la cabeza de ceniza y se la dejó blanca como un panal macho.
Al atardecer apareció la muerte disfrazada de vaquero, montada en una mula prieta y, sonando sus espuelas, preguntó a la señora por su esposo.
-Hace tres días que se fue para el monte y no ha regresado.
La muerte emprendió el regreso, y en el camino que se encuentra al hombre disfrazado de anciano. Y entonces pensó: «Como el señor que busco no se encuentra, aunque sea me llevo a este pelón.»
Diciendo y haciendo, lo montó en su mula, y más adelante lo dejó tirado ya sin vida.
Cuando su mujer lo encontró, llamó a los vecinos, llevaron al muerto al panteón y echaron un puño de tierra en forma de cruz sobre la fosa del difunto, como es costumbre entre los mayos.

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Migajas. Balcanes

 

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Erase una vez un zar a quien se le murió la mujer y se quedó viudo con un hijo pequeñito que, como todos los niños, lloraba mucho.

En cierta ocasión que salía el zar de caza, el hijito lo abrazó y rompió a llorar aún con más fuerza. Se puso el zar muy tris­te, así que decidió que se casaría otra vez por el bien del niño, para que su nueva esposa cuidara de él en su palacio. Entonces calmó como pudo al niño y se fue de caza.

Anda que te anda llegó junto a un manantial en donde se trope­zó con una mujer muy bella y lozana que estaba llenando de agua doce calabazas. Se extrañó el zar y preguntó a la mujer qué es lo que hacía, a lo que ella respondió:

-Con esto gano mi sustento, por cada calabaza llena de agua me dan una migajita de pan, y así gano doce migajas por día.

El zar le preguntó si le bastaba con eso y ella le respondió:

-Sería aún más que suficiente, pero con eso primero alimento a mi hijita y luego como yo, de manera que tenemos justo cuanto nece­sitamos.

Todavía se extrañó más el zar y pensó para sí: »Ésta sería buena para mi casa y para mi niño». Después le dijeron a la mujer que él era el zar de aquel país y le preguntaron si se casaría con él. Ella -¡vál­game Dios!- aceptó inmediatamente, de modo que el zar la llevó a su palacio, se casó con ella, y ella se convirtió en zarina.

Su hija era aún más pequeña que el hijo del zar, pero los niños se entendieron bien, todos los santos días jugaban y se cuidaban el uno al otro. De todo lo que el zar recibía lo mejor se lo daba a los niños y ellos todo se lo repartían sin reñir nunca.

Pero a la zarina empezó a disgustarle esta vida. «¿Por qué -pen­saba ella- ha de dividir mi hija todos los bienes con el hijo ajeno?» Por eso trató de indisponer al padre contra el hijo, para que el padre lo echara de casa.

Fue pensado y hecho, pues era muy astuta para la intriga. Empe­zó, pues, a contarle al zar que todas las noches tenía una pesadilla durante el sueño: de repente su hijo se hacía mayor, destronaba al padre y a todos ellos los ponía a trabajar como jornaleros. El zar se desconcertó con este relato, y como su mujer no dejaba de llenarle la cabeza con estas cosas, al final decidió echar al hijo de casa.

Así que el heredero del zar, que por entonces ya era un buen mozo, se vio obligado a disfrazarse de vagabundo y marcharse a la buena de Dios, aunque le dolía mucho aquel tratamiento de su padre.

Andando andando fue a quedarse dormido en una ocasión cerca de una cueva en la que habitaba un ermitaño de barba blanca y muy viejo.

A eso de la media noche oyó unos gemidos que salían de la cueva; se asustó, pero en seguida se recuperó y pensó: «Quien-quiera que sea no se queja por capricho sino que ha de ser a causa de muchas y gran­des desdichas». Conque se acercó a la cueva y vio al ermitaño que, enfermo y sediento, gemía.

Entonces el hijo del zar corrió al arroyo, tomó agua en las manos y subió corriendo a la cueva. Por el camino se cayó de rodillas, se magulló y se hirió, mas le pudo llevar al viejo un poco de agua en las manos. El anciano se alegró mucho y le dijo:

-Hijo, yo no me quejo porque esté enfermo ni sediento, sino por­que sé cuántos males y cuánta miseria hay en el mundo. Pero ahora tengo un motivo de regocijo, pues todavía hay almas que oyen los pesares del hombre en esta soledad; por esto, pide lo que quieras que yo te lo daré si lo tengo y puedo.

Entonces el zarévich dijo:

-Me muero de tristeza, y si sabes el remedio por favor te pido que me lo digas.

El ermitaño le entregó un caramillo diciéndole:

-Nada más fácil. Este sonido siempre te alegrará y cuando tu cora­zón se ponga a bailar también bailará todo bicho viviente a tu alre­dedor hasta donde la música llegue a ser oída.

El zarévich le dio las gracias y continuó su camino, pero aguar­daba con ansiedad el momento de estar solo para tocar. Anduvo y anduvo hasta que se vio solo solito, entonces coge el caramillo y lo prueba; el corazón se le puso a bailar de alegría y también vio allá a lo lejos una ardilla que bailaba al son de su melodía.

Iba así a la buena de Dios y el tiempo pasaba, hasta que al fin lo empleó un hombre rico para que le cuidara las ovejas. A menudo le invadía la tristeza pero bien se cuidaba él de no tocar cuando estaban las ovejas en el prado, pues si oyeran la música dejarían de pacer y se pondrían a bailar a su alrededor.

Un atardecer, cuando volvía con las ovejas a casa, oyó a lo lejos un lamento y cuando llegó ¡sí que habían sucedido cosas!: la pasada noche su amo, quién sabe cómo, se había tropezado con el coro de las hadas y la reina de las hadas le había arrancado los ojos, así que ahora lloraban él y todos los suyos. Entonces decidió irse a buscar los ojos de su buen amo.

Dejó las ovejas, cogió un saquillo y en él metió pan, sal, cebollas y el caramillo, y se fue por el mismo camino por el que había ido su alegre amo pero sin decirle a nadie lo que iba a hacer ni adónde se dirigía. Al llegar allí se quedó asombrado, la reina de las hadas esta­ba tumbada en un claro del bosque y doce hadas le trenzaban y le destrenzaban el cabello que a la luz de la luna brillaba como el oro.

Se acercó a ella, entonces las hadas dejaron de trenzar los cabe­llos y la reina, que hasta ahora parecía dormida, abrió los ojos. Vien­do que habían notado su presencia, se apresuró a sacar el caramillo del saquito y se puso a tocar, al principio de forma muy suave y luego más y más fuerte. Así consiguió alejar el miedo de su corazón mien­tras que a las hadas les dio por reír, a continuación formaron un corro y empezaron a bailar frenéticamente. Como él no dejaba de tocar, ellas estaban que perdían el aliento. Así siguieron hasta que la reina gritó:

-¡Ah, ya no puedo más! -y quería apartarse del corro, pero que si quieres. Ni pudo apartarse ni pudo parar. Viendo que realmente la situación era grave empezaron a gritar.

Quienquiera que seas, te rogamos que pares de tocar.

Entonces les contesta él:

-Decidme dónde están los ojos de mi amo.

Juraba la reina de las hadas que no sabía nada, juraba por el cielo y por la tierra, pero él no le hacía ningún caso. De modo que tuvo que decirle que fuera hasta el abeto sobre el cual la luna brillaba con más intensidad y que bajara de él una alforja de oro, en la alforja encontraría una cajita de plata, en la cajita un algodón requetelavado y en el algodón los ojos que estaba buscando.

Así lo hizo, pero sin quitarles los ojos de encima a las hadas; en cuanto intentaban huir soplaba el caramillo y ellas se ponían a saltar como locas. Conque llegó hasta el abeto, bajó de él la alforja de oro, encontró la cajita de plata y en la cajita el algodón requetelavado y en el algodón los ojos de su amo, así que tocando, muy alegre, se fue a casa.

Nada más llegar a casa devolvió los ojos a su amo y éste, al recu­perar la vista, abrazó a su criado y le colmó de oro y ricos regalos. Pero el criado le dijo que no pedía más que un buen caballo y armas dignas de un héroe pues quería irse por el mundo hacien­do el bien.

El amo se lo dio todo de muy buena gana y él se fue de nuevo por los caminos mientras que por todas partes se extendía su fama de héroe valeroso y defensor de los pobres. Por eso empezaron a pedir­le ayuda ahora de aquí ahora de allá, hasta que una vez recibió un mensaje de su padre, el zar, diciéndole:

-Hasta nosotros han llegado, héroe desconocido, noticias de tu persona y de tu gloria y por Dios te pedimos que nos ayudes, porque ha venido el dragón de fuego y quiere que le demos a nuestra hija y con ella todo nuestro reino; hemos mandado a nuestros caballeros para que lo desafiaran pero a todos los ha vencido como si fuera juego de niños; ayúdanos ahora y después pide lo que desees de nuestro reino.

En cuanto oyó esto el zarévich, allá que se fue sin dejar por un momento de preguntarse quién sería esa hija, pues casi seguro esta­ba de que no era otra que la que su madrastra trajo consigo y que tan buena había sido para con él.

Pensando pensando llegó hasta los confines del reino y se fue derecho al palacio del zar. Encontró todo tal como lo había dejado, únicamente su padre había envejecido mucho, también los criados y la madrastra, pero su hija se había convertido en una encantadora doncella.

Cuando hete aquí que aparece el dragón de fuego que nada más verlo prorrumpió en gritos desde lejos:

-Tú eres al que estoy buscando desde hace mucho tiempo.

Y empezó a arrojar flechas, pero el caballo del zarévich dobló las patas y las flechas pasaron por encima. Entonces arremetió el zaré­vich con la lanza, que al momento se quebró sin hacerle nada al dra­gón. Así agotó el zarévich todas sus armas, quedándole sólo sus manos. El dragón, riéndose, se fue derecho contra él.

Conque el zarévich tomó el caramillo y empezó a tocarlo. Todo bicho viviente en torno suyo se puso a bailar, el dragón profirió un grito al tiempo que se agitaba y rápidamente disminuía de tamaño hasta que sólo quedó de él una burbujita que comenzó a rebotar en la tierra. Entonces el zarévich fue corriendo y la aplastó con el pie izquierdo así que la burbujita explotó desapareciendo toda su fuerza diabólica.

Cuando supieron lo ocurrido, todos se alegraron mucho y el zar, abrazando a su hijo, le preguntó quién era y de dónde venía. Enton­ces él se descubrió y contó todo lo que le había sucedido. El zar, al oírlo, se enojó con su mujer y quería ejecutarla en seguida pero el zaré­vich le rogó que la dejara viva.

El zar la condenó a marcharse a la montaña de donde había veni­do, que encontrara las doce calabazas en el manantial y que otra vez se alimentara de migajas. Dio a su hija por esposa al zarévich, pues todo mandato divino al final siempre se cumple como fue dicho, por­que es justo y da gusto.

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Kwasi Benefo. Ashanti

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Hace muchos años, vivía entre los ashanti un joven llamado Kwasi Benefo. Sus campos daban buenas cosechas tenía ganado, y lo único que faltaba en su vida era una buena esposa que le diera hijos, cuidara su casa y lo llorara cuando tuviera que dejar este mundo. Kwasi Benefo se enamoró de una muchacha de su aldea, se casaron y vivieron muy felices hasta que la jovencita enfermó y murió. El dolor del joven marido fue muy grande. Vistió su querido cuerpo con el amoasi, una pieza de tela de algodón sedoso que hacía de mortaja, colocó en su cuello un hermoso collar de cuentas, como manda la costumbre, y la enterró. Pero también enterró con ella su alegría de vivir. Llegaba a su casa esperando ver a su mujer y solo lo recibía su ausencia. Pensaba en ella todo el día, con el corazón pesado de dolor.

-Kwasi, no puedes seguir así -le decían sus amigos y parientes. Lo que te ha sucedido es muy tiste, pero tienes que recuperarte y volverte a casar.

Pasado un año, Kwasi Benefo sintió que comenzaba a consolarse de su pérdida. En una aldea cercana conoció a una jovencita muy hermosa y decidió casarse con ella. Era una chica de buen carácter y todo parecía perfecto. Pronto quedó embarazada. Pero la perversa Enfermedad la tocó con su mano amarilla. La muchacha se debilitó, al punto que ya no podía tenerse en pie y finalmente murió. Envuelta en su amoasi y con su collar de cuentas fue enterrada.

Kwasi se encerró en su casa. Su pena no tenía límites ni aceptaba consuelo.

-Kwasi, la muerte existió y existirá siempre sobre la tierra -le decían sus amigos. Pero tú estás vivo. Sal de tu casa, vuelve al mundo.

Viendo el duelo y el dolor de Kwasi, los padres de su esposa pensaron que el muchacho era una buena persona y había amado de veras a su mujer. Entonces enviaron mensajeros a buscarlo:

-Los vivos tienen que estar con los vivos, Kwasi. No se puede cambiar el pasado, pero tenemos que vivir en el presente. ¿Por qué no te casas con nuestra segunda hija?

-¿Cómo puedo casarme con otra, si siento que mi querida mujer todavía me reclama? -les dijo.

-Así sientes ahora, pero el tiempo curará tu duelo -le dijeron.

Y tenían razón. Pasado un tiempo, Kwasi Benefo se sintió mejor. Comenzó a trabajar duro en sus campos, y pudo pensar en un nuevo matrimonio. Con su tercera esposa, Kwasi volvió a su casa y recomenzó su vida. La mujer quedó embarazada y nació un hermoso varón, que fue festejado por toda la aldea con un gran banquete. Kwasi repartió regalos para todos los invitados. Nunca en su vida había sido tan feliz.

Un día, cuando Kwasi estaba trabajando en el campo, unas mujeres de la aldea llegaron llorando.

-¡Se ha caído un árbol! -le dijeron.

-Bueno, pero ¿quién llora por un árbol caído? -contestó el hombre.

Solo entonces levantó la cabeza, vio las caras de las mujeres y se puso pálido, porque comprendió.

-Tu mujer regresaba de buscar agua en el río. Se sentó a descansar a la sombra de un árbol. El árbol cayó sobre ella y la aplastó -le explicaron.

Cuando Kwasi llegó a su casa y vio el cadáver de su mujer, cayó al suelo como si estuviera muerto. No podía ver ni oír. No podía hablar. No sentía nada. El médico de la tribu consiguió revivirlo. Moviéndose como un muñeco sin vida, Kwasi dispuso el funeral. Vistió a su mujer con el amoasi y le puso su collar de cuentas. Después del entierro, le entregó su hijo a los abuelos y se fue de la aldea.

-No quiero casarme nunca más -dijo Kwasi. Algún ser maligno está contra mí. Además, si alguna vez quisiera volverme a casar, ¿qué padres me darían a su hija?

Y aunque nadie le contestó, en el fondo todos pensaban lo mismo. Ser la esposa de Kwasi Benefo se había vuelto muy peligroso.

«Para qué quiero campos, cosechas, ganados» pensaba Kwasi. «Ya no tienen ningún sentido para mí». Deambuló durante días, internándose en la selva. Allí se construyó una miserable choza y vivió recolectando semillas y raíces. Cazaba con trampas. Pronto sus ropas se convirtieron en harapos y se vistió con pieles de animales. Su vida era dura, pero no le importaba. Llegó casi a olvidar su nombre y la historia de su vida, y eso era lo que deseaba, convertirse él mismo en un animal salvaje para no sufrir con el corazón de un hombre.

Así pasaron varios años. Pero como nada dura para siempre, poco a poco Kwasi fue volviendo a la vida. Un día decidió quemar la selva alrededor de su choza y sembrar. Y cuando recogió la cosecha, le dieron ganas de mejorar su vivienda y comprarse ropa nueva. En un par de años, Kwasi se había convertido otra vez en un próspero granjero. Y otra vez quiso una mujer que compartiera su prosperidad. Así fue como se casó por cuarta vez.

Su cuarta esposa enfermó y se murió poco después.

Esta vez Kwasi no podía seguir viviendo. Dejó sus nuevos campos, regaló su ganado y regresó tristemente a su aldea natal. Lo recibieron con mucha alegría, pero él alejó a sus antiguos amigos.

-No hay motivos para alegrarse. Solo vine para morir en mi tierra.

Su casa estaba destruida, pero no la reparó. Sus campos estaban cubiertos de maleza, pero no los limpió ni quiso sembrar. Se quedó encerrado en su casa ruinosa, atormentado por el recuerdo de sus cuatro mujeres y por la certeza de que, cuando llegara su turno de morir, no habría una viuda para hacer duelo por su pérdida y nadie cantaría por él las canciones de alabanza al difunto.

Una triste noche de insomnio decidió que necesitaba ir a Asa-mando, el país de los muertos. Se levantó y caminó en la oscuridad hasta dejar atrás el cementerio, que estaba en la selva. No había senderos, no había luces. Caminando, llegó a un lugar donde la selva terminaba. Estaba en penumbras, y la débil iluminación no venía del cielo. Allí no vivía nadie, ni hombres ni animales, ni pájaros ni insectos. El silencio era sobrenatural. Kwasi Benefo llegó hasta un río demasiado rápido y profundo para poder cruzarlo a nado. Creyó que ese era el final de su camino.

Pero en aquel momento vio a una anciana sentada en la orilla, que tenía a su lado una fuente llena de amoasis, las mortajas de las mujeres ashanti, y muchos collares de cuentas. Era Amokye, la anciana que da la bienvenida a las almas de las mujeres que llegan a Asamando, el país de los muertos.

-¿Qué buscas? -preguntó Amokye.

-Mis cuatro esposas han muerto y yo he venido a visitarlas. No puedo comer, no puedo dormir, no quiero nada de lo que el mundo les ofrece a los vivos.

-Tú debes de ser Kwasi Benefo; he oído hablar de ti -dijo Amokye. Mucha gente que pasó por aquí me habló de tu desgracia. Tus esposas te nombraron con mucho cariño. Pero no puedo dejarte pasar porque estás vivo. Solo las almas pueden cruzar el río de los muertos.

-Entonces me quedaré aquí hasta que muera y me convierta en un alma -dijo Kwasi.

Amokye, la guardiana, sintió compasión por ese pobre hombre. Hizo que el río se volviera más lento y menos profundo.

-Has sufrido demasiado. Te dejaré pasar. Encontrarás a tus mujeres por allí -dijo, señalando una dirección. Pero aquí ellas son tan transparentes como el aire. Oirás sus voces, pero no podrás verlas.

Kwasi cruzó el río y entró en la tierra de Asamando. Llegó a una casa y entró. Desde fuera llegaba el sonido de una aldea en plena actividad: voces de personas, balidos de animales, el grano pisado en los morteros… Pero no veía nada.

Como por arte de magia, aparecieron un cubo de agua y unas toallas para que pudiera lavarse el polvo del viaje. Ahora oía las voces de sus cuatro mujeres cantando una canción de bienvenida. Una fuente con sus platos preferidos y una jarra de agua clara surgieron de la nada. Mientras comía, las voces de sus mujeres entonaban una canción de alabanza, que hablaba de lo buen marido que había sido para ellas, de su bondad y su gentileza. Sin dejar de cantar, mientras Kwasi se recostaba y se adormecía, le dijeron que Kwasi debía seguir viviendo hasta morir de viejo, que debía casarse otra vez y que su quinta mujer no moriría antes que él. Y cuando su alma llegara a Asamando, todas lo estarían esperando para amarlo otra vez.

Mientras escuchaba esas dulces palabras, Kwasi se durmió profundamente. Al despertar, se encontró otra vez en la selva. Volvió a su casa y apenas se hizo la mañana, llamó a sus amigos y les pidió que lo ayudaran a reparar su casa. Después, con ayuda de todos los pobladores de la aldea, quemó la maleza de sus campos. Kwasi sembró y cosechó y pronto volvió a ser un próspero granjero. Su quinta esposa no murió. Tuvieron muchos hijos y vivieron una vida larga y feliz.

Así cuentan los ancianos la historia de Kwasi Benefo.

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El lago sagrado. Madagascar

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Cuenta el pueblo Antankarana que hace mucho tiempo, donde hoy está el lago Antañavo, existía un gran poblado que contaba con grandes manadas de vacas y con campos de cultivos. En este pueblo vivían un hombre y una mujer quienes tenían un niño de unos seis meses de edad. Una noche, el niño empezó a llorar, sin que la madre supiera qué hacer para calmarlo. A pesar de las caricias de la madre, de mecerle en sus brazos, de intentar darle de mamar, el niño no cesaba de llorar y gritar.

Entonces, la madre cogió al bebé en brazos y fue a pasear con él a las afueras del pueblo, sentándose bajo el gran tamarindo Ambodilôna. La madre pensaba que la brisa y el frescor de la noche calmarían al niño. En cuanto ella se sentó, el niño se calló y se quedó dormido. Entonces, volvió a casa sin hacer ruido pero, nada más entrar, el niño se despertó y comenzó de nuevo a llorar y gritar.

La madre salió de nuevo y volvió a sentarse bajo el tamarindo y, como por arte de magia, el niño dejó de llorar y volvió a dormirse. La madre, que quería volver junto a su marido, se levantó y se dirigió hacia casa. De nuevo, en cuanto la mujer cruzó el umbral de la puerta, el niño se despertó y comenzó a llorar violentamente. Por tres veces hizo la madre lo mismo y tres veces el niño se dormía en cuanto ella se sentaba bajo el árbol y se despertaba cuando ella intentaba entrar en casa. La cuarta vez, decidió pasar la noche bajo el tamarindo.

Apenas había tomado esta decisión cuando todo el pueblo se hundió bajo tierra, desapareciendo con un gran estruendo. Donde hasta entonces había estadio el pueblo no quedaba sino un enorme agujero que de pronto comenzó a llenarse de agua hasta que esta llegó al pie del tamarindo donde la mujer, asustada, sostenía a su hijo entre sus brazos.

En cuanto se hizo de día, la mujer fue corriendo hasta el pueblo más cercano para contarles lo que había sucedido. Desde entonces, el lago adquirió un carácter sagrado. En él viven muchos cocodrilos en los que los antankarana y los sakalava creen que se refugiaron las almas de los antiguos habitantes de la aldea desaparecida bajo las aguas. Por esta razón, no sólo no se les mata sino que se les da comida en ciertas fechas.

Tanto el lago Antañavo, los cocodrilos que en él habitan, como el gran tamarindo Ambodilôna son venerados y se acude a ellos para pedir ayuda. Así, cuando una pareja no acaba de tener hijos, acude al lago e invoca a las almas de los habitantes desaparecidos pidiéndoles que se le conceda una numerosa descendencia, prometiendo a cambio volver para ofrecerles el sacrificio de animales para su alimento. Cuando la petición tiene éxito, la pareja regresa al lago para cumplir lo prometido. Los animales sacrificados se matan muy cerca del agua, parte se echa en el agua y parte de su carne se reparte por las cercanías del lago para provocar que los cocodrilos se alejen lo más posible del agua porque piensan que cuanto más se alejen mayor será la ayuda que proporcionarán. Cuando un antakarana cae enfermo, se le lleva muy cerca del lago, se le lava con sus aguas y dicen que se cura. Está prohibido bañarse en sus aguas e incluso sólo meter en ellas las manos o los pies. Cuando alguien quiere beber o tomar agua del lago, debe hacerlo con la ayuda de un recipiente dispuesto al final de una bara larga y sólo puede beberla a algunos pasos de la orilla.  Se cree que quien viole estas prohibiciones será devorado, pronto o tarde, por los cocodrilos.

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Rabotity. Madagascar

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Rabotity se encaramó en un árbol, pero la rama estaba podrida. Se cayó y se lastimó la pierna.

Rabotity dijo:

-El árbol ha roto la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el árbol.

-Yo soy fuerte -dijo el Árbol- mas el viento me azota y me troncha.

Rabotity dijo:

-El viento azota y troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el viento.

-Yo soy fuerte -dijo el Viento- mas donde el muro se levanta, yo no puedo pasar.

Rabotity dijo:

-El muro pone freno a los vientos; los vientos tronchan el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el muro.

-Yo soy fuerte -dijo el Muro- mas el ratón roe el cemento y abre en él un boquete.

Rabotity dijo:

-El ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el ratón.

-Yo soy fuerte -dijo el Ratón- mas el gato me come.

Rabotity dijo:

-El gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el gato.

-Yo soy fuerte -dijo el Gato- mas la cuerda me estrangula.

Rabotity dijo:

-La cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que la cuerda.

-Yo soy fuerte -dijo la Cuerda- mas el cuchillo me corta.

Rabotity dijo:

-El cuchillo corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el cuchillo.

-Yo soy fuerte -dijo el Cuchillo- mas el fuego me funde.

Rabotity dijo:

-El fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el fuego.

-Yo soy fuerte -dijo el Fuego-; mas el agua me extingue.

Rabotity dijo:

-El agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el agua.

-Yo soy fuerte -dijo el Agua- mas los navíos flotan sobre mi espalda.

Rabotity dijo:

-El navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el navío.

-Yo soy fuerte -dijo el Navío- mas al dar contra las rocas me estrello.

Rabotity dijo:

-Contra las rocas se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que la roca.

-Yo soy fuerte -dijo la Roca- mas el cangrejo anida en mí.

Rabotity dijo:

-El cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el cangrejo.

-Yo soy fuerte -dijo el Cangrejo- mas el hombre me caza y arranca las patas.

Rabotity dijo:

-El hombre caza al cangrejo; el cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el hombre.

-Yo soy fuerte -dijo el Hombre; mas Zanahary, el dios de Madagascar, me envía la muerte.

Rabotity dijo:

-Zanahary envía la muerte al hombre; el hombre caza al cangrejo; el cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota en el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; NADA HAY MÁS PODEROSO Y FUERTE QUE ZANAHARY

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El cuarteto de cuerdas. V. Woolf

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Bueno, aquí estamos, y si lanzas una ojeada a la estancia, advertirás que el ferrocarril subterráneo y los tranvías y los autobuses, y no pocos automóviles privados, e, incluso me atrevería a decir, landos con caballos bayos, han estado trabajando para esta reunión, trazando líneas de un extremo de Londres al otro. Sin embargo, comienzo a albergar dudas…

Sobre si es verdad, tal como dicen, que la Calle Regent está floreciente, y que el Tratado se ha firmado, y que el tiempo no es frío si tenemos en cuenta la estación, e incluso que a este precio ya no se consiguen departamentos, y que el peor momento de la gripe ha pasado; si pienso en que he olvidado escribir con referencia a la gotera de la despensa, y que me dejé un guante en el tren; si los vínculos de sangre me obligan, inclinándome al frente, a aceptar cordialmente la mano que quizá me ofrecen dubitativamente…

-¡Siete años sin vernos!

-La última vez fue en Venecia.

-¿Y dónde vives ahora?

-Bueno, es verdad que prefiero que sea a última hora de la tarde, si no es pedir demasiado…

-¡Pero yo te he reconocido al instante!

-La guerra representó una interrupción…

Si la mente está siendo atravesada por semejantes dardos, y debido a que la sociedad humana así lo impone, tan pronto uno de ellos ha sido lanzado, ya hay otro en camino; si esto engendra calor, y además han encendido la luz eléctrica; si decir una cosa deja detrás, en tantos casos, la necesidad de mejorar y revisar, provocando además arrepentimientos, placeres, vanidades y deseos; si todos los hechos a que me he referido, y los sombreros, y las pieles sobre los hombros, y los fracs de los caballeros, y las agujas de corbata con perla, es lo que surge a la superficie, ¿qué posibilidades tenemos?

¿De qué? Cada minuto se hace más difícil decir por qué, a pesar de todo, estoy sentada aquí creyendo que no puedo decir qué, y ni siquiera recordar la última vez que ocurrió.

-¿Viste la procesión?

-El rey me pareció frío.

-No, no, no. Pero, ¿qué decías?

-Que ha comprado una casa en Malmesbury.

-¡Vaya suerte encontrarla!

Contrariamente, tengo la fuerte impresión de que esa mujer, sea quien fuere, ha tenido muy mala suerte, ya que todo es cuestión de departamentos y de sombreros y de gaviotas, o así parece ser, para este centenar de personas aquí sentadas, bien vestidas, encerradas entre paredes, con pieles, repletas, y conste que de nada puedo alardear por cuanto también yo estoy pasivamente sentada en una dorada silla, limitándome a dar vueltas y revueltas a un recuerdo enterrado, tal como todos hacemos, por cuanto hay indicios, si no me equivoco, de que todos estamos recordando algo, buscando algo furtivamente. ¿Por qué inquietarse? ¿Por qué tanta ansiedad acerca de la parte de los mantos correspondiente al asiento; y de los guantes, si abrochar o desabrochar? Y mira ahora esa anciana cara, sobre el fondo del oscuro lienzo, hace un momento cortés y sonrosada; ahora taciturna y triste, cual ensombrecida. ¿Ha sido el sonido del segundo violín, siendo afinado en la antesala? Ahí vienen. Cuatro negras figuras, con sus instrumentos, y se sientan de cara a los blancos rectángulos bajo el chorro de luz; sitúan los extremos de sus arcos sobre el atril; con un simultáneo movimiento los levantan; los colocan suavemente en posición, y, mirando al intérprete situado ante él, el primer violín cuenta uno, dos, tres… ¡Floreo, fuente, florecer, estallido! El peral en lo alto de la montaña. Chorros de fuente; gotas descienden. Pero las aguas del Ródano se deslizan rápidas y hondas, corren bajo los arcos, y arrastran las hojas caídas al agua, llevándose las sombras sobre el pez de plata, el pez moteado es arrastrado hacia abajo por las veloces aguas, y ahora impulsado en este remanso donde -es difícil esto- se aglomeran los peces, todos en un remanso; saltando, salpicando, arañando con sus agudas aletas; y tal es el hervor de la corriente que los amarillos guijarros se revuelven y dan vueltas, vueltas, vueltas, vueltas -ahora liberados-, y van veloces corriente abajo e incluso, sin que se sepa cómo, ascienden formando exquisitas espirales en el aire; se curvan como delgadas cortezas bajo la copa de un plátano; y suben, suben… ¡Cuán bella es la bondad de aquellos que, con paso leve, pasan sonriendo por el mundo! ¡Y también en las viejas pescaderas alegres, en cuclillas bajo arcos, viejas obscenas, que ríen tan profundamente y se estremecen y balancean, al andar, de un lado para otro, ju, ja!

-Mozart de los primeros tiempos, claro está…

-Pero la melodía, como todas estas melodías, produce desesperación, quiero decir esperanza. ¿Qué quiero decir? ¡Esto es lo peor de la música! Quiero bailar, reír, comer pasteles de color de rosa, beber vino leve y con mordiente. O, ahora, un cuento indecente… me gustaría. A medida que una entra en años, le gusta más la indecencia. ¡Ja, ja! Me río. ¿De qué? No has dicho nada, ni tampoco el anciano caballero de enfrente. Pero supongamos, supongamos… ¡Silencio!

El melancólico río nos arrastra. Cuando la luna sale por entre las lánguidas ramas del sauce, veo tu cara, oigo tu voz, y el canto del pájaro cuando pasamos junto al mimbral. ¿Qué murmuras? Pena, pena. Alegría, alegría. Entretejidos, como juncos a la luz de la luna. Entretejidos, sin que se puedan destejer, entremezclados, atados con el dolor, liados con la pena, ¡choque!

La barca se hunde. Alzándose, las figuras ascienden, pero ahora, delgadas como hojas, afilándose hasta convertirse en un tenebroso espectro que, coronado de fuego, extrae de mi corazón sus mellizas pasiones. Para mí canta, abre mi pena, ablanda la compasión, inunda de amor el mundo sin sol, y tampoco, al cesar, cede en ternura, sino que hábil y sutilmente va tejiendo y destejiendo, hasta que en esta estructura, esta consumación, las grietas se unen; ascienden, sollozan, se hunden para descansar, la pena y la alegría.

¿Por qué apenarse? ¿Qué quieres? ¿Sigues insatisfecha? Diría que todo ha quedado en reposo. Sí, ha sido dejado en descanso bajo un cobertor de pétalos de rosa que caen. Caen. Pero, ah, se detienen. Un pétalo de rosa que cae desde una enorme altura, como un diminuto paracaídas arrojado desde un globo invisible, da la vuelta sobre sí mismo, se estremece, vacila. No llegará hasta nosotros.

-No, no, no he notado nada. Esto es lo peor de la música, esos tontos ensueños. ¿Decías que el segundo violín se ha retrasado?

Ahí va la vieja señora Munro, saliendo a tientas. Cada día está más ciega, la pobre. Y con este suelo resbaladizo.

Ciega ancianidad, esfinge de gris cabeza… Ahí está, en la acera, haciendo señas, tan severamente, al autobús rojo.

-¡Delicioso! ¡Pero qué bien tocan! ¡Qué – qué – qué!

La lengua no es más que un badajo. La mismísima simplicidad. Las plumas del sombrero contiguo son luminosas y agradables, como una matraca infantil. La hoja del plátano destella en verde por la rendija de la cortina. Muy extraño, muy excitante.

-¡Qué – qué – qué! ¡Silencio!

Estos son los enamorados sobre el césped.

-Señora, si me permite que coja su mano…

-Señor, hasta mi corazón le confiaría. Además hemos dejado los cuerpos en la sala del banquete. Y eso que está sobre el césped son las sombras de nuestras almas.

-Entonces, esto son abrazos de nuestras almas.

Los limoneros se mueven dando su asentimiento. El cisne se aparta de la orilla y flota ensoñado hasta el centro de la corriente.

-Pero, volviendo a lo que hablábamos. El hombre me siguió por el pasillo y, al llegar al recodo, me pisó los encajes del viso. ¿Y qué otra cosa podía hacer sino gritar ¡Ah!, pararme y señalar con el dedo? Y entonces desenvainó la espada, la esgrimió como si con ella diera muerte a alguien, y gritó: ¡Loco! ¡Loco! ¡Loco! Ante lo cual yo grité, y el príncipe, que estaba escribiendo en el gran libro de pergamino, junto a la ventana del mirador, salió con su capelo de terciopelo y sus zapatillas de piel, arrancó un estoque de la pared -regalo del rey de España, ¿sabe?-, ante lo cual yo escapé, echándome encima esta capa para ocultar los destrozos de mi falda, para ocultar… ¡Escuche! ¡Las trompas!

El caballero contesta tan aprisa a la dama, y la dama sube la escalinata con tal ingenioso intercambio de cumplidos que ahora culminan con un sollozo de pasión, que no cabe comprender las palabras a pesar de que su significado es muy claro -amor, risa, huida, persecución, celestial dicha-, todo ello surgido, como flotando, de las más alegres ondulaciones de tierno cariño, hasta que el sonido de las trompas de plata, al principio muy a lo lejos, se hace gradualmente más y más claro, como si senescales saludaran al alba o anunciaran temiblemente la huida de los enamorados… El verde jardín, el lago iluminado por la luna, los limoneros, los enamorados y los peces se disuelven en el cielo opalino, a través del cual, mientras a las trompas se unen las trompetas, y los clarines les dan apoyo, se alzan blancos arcos firmemente asentados en columnas de mármol… Marcha y trompeteo. Metálico clamor y clamoreo. Firme asentamiento. Rápidos cimientos. Desfile de miríadas. La confusión y el caos bajan a la tierra. Pero esta ciudad hacia la que viajamos carece de piedra y carece de mármol, pende eternamente, se alza inconmovible, y tampoco hay rostro, y tampoco hay bandera, que reciba o dé la bienvenida. Deja pues que tu esperanza perezca; abandono en el desierto mi alegría; avancemos desnudos. Desnudas están las columnatas, a todos ajenas, sin proyectar sombras, resplandecientes, severas. Y entonces me vuelvo atrás, perdido el interés, deseando tan sólo irme, encontrar la calle, fijarme en los edificios, saludar a la vendedora de manzanas, decir a la doncella que me abre la puerta: Noche estrellada.

-Buenas noches, buenas noches. ¿Va en esta dirección?

-Lo siento, voy en la otra.

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