El gitano y el diablo – Ucrania

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Un gitano viejo fue a contratarse como criado a las órdenes de un diablo. Y éste, después de haber convenido con él las condiciones del contrato, le dijo:
-Tus obligaciones serán proporcionarme leña y agua en cantidad suficiente y con la mayor regularidad. Después, te ocuparás en encender el fuego debajo del caldero. Y, a cambio de esto, estoy dispuesto a pagarte el salario que me pidas.
El gitano creyó que este quehacer no era muy pesado y que le dejaría bastante tiempo libre y se conformó inmediatamente. Entonces el diablo le dió un cubo y le dijo:
-Bueno, ahora vete al pozo y tráeme agua.
El gitano se dirigió al pozo, tomó una cadena con un gancho y dejó descender el cubo hasta el nivel del agua. Una vez estuvo lleno, no consiguió, a pesar de sus esfuerzos, sacar el cubo, de modo que, entonces, se vio obligado a procurar que se vaciase, con objeto de no perder el recipiente. Pero, con el mayor dolor, observó que no había logrado ningún resultado. ¿Cómo volver al lado del diablo sin el agua que le habla pedido?
Entonces el gitano tuvo una idea feliz. De una empalizada sacó unas cuantas estacas y empezó a trabajar en torno del pozo, como si estuviese excavando.
Mientras tanto, el diablo, con una paciencia que no era frecuente en él, esperaba el regreso de su criado y, en vista de que no compa-recía, se impacientó al fin y se dirigió al pozo, para averiguar qué estaba haciendo.
En cuanto vio al gitano le preguntó:
-¿Qué estás haciendo? ¿Cómo se explica que aun no me hayas llevado el agua?
-¡Caramba! Precisamente estaba haciendo los preparativos para sacar todo el pozo de aquí y llevárselo de una vez.
-Pero ¿no comprendes que, así, pierdes el tiempo? No necesito tanta agua de una vez. Con un cubo me basta. Mira, vete a buscar leña, porque, de lo contrario, no habrá tiempo.
Así lo hizo y él mismo se ocupó en llevar el cubo hasta donde lo necesitaba.
-¡Caramba! -exclamó el gitano. Si me lo hubiese explicado claramente, ya haría rato que estaría de regreso con el agua.
Y en cumplimiento de las órdenes recibidas, se dirigió al bosque, para cortar leña. El gitano empezó a blandir el hacha, pero, en aquel momento, se inició un diluvio, de modo que, pocos instantes después, el desdichado estaba calado hasta los huesos. Todo su cuerpo le dolía y ni siquiera le era posible inclinarse para recoger la leña que había cortado. Hallábase, pues, en un buen apuro y no sabía que hacer. De pronto, se le ocurrió una buena idea. Desenrolló un largo cordel que llevaba en torno de la cintura y lo ató, sucesiva-mente, a todos los troncos de los árboles que había en el lindero del bosque. Mientras tanto el diablo esperaba el regreso de su criado y, por fin, se enfureció ante aquella inexplicable demora. Decidido a castigar la incuria de su servidor, se dirigió al bosque y, al verlo ocupado de tan extraño modo, le preguntó qué hacía.
-Pues sencillamente, hago los preparativos para llevarle a usted una buena cantidad de leña. Estoy atando el bosque entero para formar un solo fardo y, de este modo, me evito tener que volver por aquí.
Indignado el diablo, recogió la leña menuda que estaba en el suelo y se volvió a su casa.
Y, por el camino, maldecía la hora, en que se le ocurrió tomar a su servicio al gitano.
En cuanto hubo terminado sus quehaceres en casa, se dirigió a la de otro diablo más anciano y experimentado, con objeto de pedir le consejo.
-He tomado un criado gitano -dijo, pero no me sirve más que de molestia. Nos otros, como ya sabes, somos bastante astutos, pero ese hombre da muestras de ser más astuto y más fuerte que cualquiera de nos otros. Y si no lo mato…
-¡Caramba! -exclamó el diablo más anciano-. Esta noche, cuando se haya tendido a dormir, mátalo y así no te molestará mas.
El diablo aceptó el consejo y se volvió a su casa. Llegó la hora de acostarse, pero, sin duda, el gitano recelaba algo o bien observó alguna cosa, porque dejó la ropa sobre el banco que le destinaron por cama y él se ocultó en un rincón, en el suelo. Cosa de una hora mas tarde, el diablo se figuró que el gitano estaría profundamente dormido y tomó una porra de hierro. Una vez estuvo al lado del banco en que supuso que el gitano dormía, empezó a aporrear la ropa con toda su fuerza. Y satisfecho del buen trabajo que había llevado a cabo, se acostó a su vez exclamando:
-Creo que ya no se hablará nunca más del gitano.
A la mañana siguiente, éste se despertó malhumorado y el diablo, al verle, se quedó.
-iHombre, espera! Mira, vamos a hacer una prueba. El que dé una patada más fuerte a una piedra, será el dueño del dinero que llevas.
-Bueno, empieza tú -dijo el gitano.
El diablo eligió una piedra casi hundida en él suelo y empezó a darle patadas, hasta que sintió que le silbaban los oídos. Luego, y aprovechando los momentos en que el diablo estaba casi mareado por el esfuerzo hecho, el gitano arrojó un chorro de agua sobre aquella misma piedra e inmediata-mente, le dio una patada.
Mira -exclamó volviéndose al diablo. -Fíjate. En cuanto he dado una patadaa a la piedra, ha salido agua. ¿Qué te parece?
El diablo se dio por vencido y echó a correr en busca de nuevo consejo. Su amigo oyó el relato y le dijo:
Haz una nueva prueba. Dile que quien arroje un palo a mayor altura, será dueño del dinero.
El gitano había avanzado ya bastante en su camino, pero, en un momento determinado, oyó que alguien lo llamaba. Volvióse y pudo ver que era el diablo.
-¿Qué quieres ahora? -le preguntó.
-Espera, gitano -dijo el diablo. El que arroje un palo mayor altura, será el dueño del dinero.
-Bueno, vamos a probarlo. En el cielo tengo dos hermanos herreros, -dijo el gitano- y no les vendrá mal que les proporcione un palo como mango de sus martillos.
El diablo empuñó un garrote, lo arrojó a una altura enorme de modo que apenas fue visible. Pero, en cuanto hubo caído, el gitano fue en su busca, lo blandió y gritó:
-Cuidado muchachos. ¡Sacad las manos! ¡Allá va!
Pero el diablo se apresuró a cogerle la mano, exclamando:
-No, no lo tires. No quiero nada que pueda relacionarse con el. cielo. No me conviene.
El diablo experimentado le dio otro consejo.
-Alcanza al gitano una vez más y dile que quien corra con mayor velocidad, hasta llegar a un punto determinado, será el dueño del dinero.
El diablo echó a correr y en cuanto hubo alcanzado al gitano, le dijo:
-Mira ¿sabes lo que vamos a hacer ahora? Pues correremos hasta un punto determinado, para ver quien lo hace con más rapidez. Y el que gane será dueño del dinero.
-No mereces que yo siga luchando contigo -contestó el gitano-, pero tengo un hijo, llamado Liebre, de tres días de edad. Si lo alcan-zas, podrás medirte conmigo.
El gitano había descubierto una liebre entre la maleza y se dirigió a ella gritando y llamándola por su nombre. La liebre, asustada, echó a correr dando unos saltos enormes y dejando a su espalda algunas nubecillas de polvo.
-¡Bah! -exclamó el diablo-. No corre en línea recta.
-Corre como le da la gana -contestó el gitano-. Y eso basta. Por de pronto has perdido.
El diablo viejo aconsejó a su compañero proponer una lucha, de modo que el vencedor sería el dueño de los ducados.
-Mira -dijo el gitano cuando el diablo lo hubo alcanzado-.No quiero luchar contigo. Tengo un padre muy viejo, tanto que, desde hace siete años, cuido de llevarle la comida al interior de la cueva que habita. Si consigues derribarlo, entonces serás digno de luchar conmigo.
El diablo se conformó y el gitano lo llevó a la cueva que habitaba un oso.
-Entra -le dijo. Está aquí. Despiértalo y lucha con él.
El diablo, confiado e inocentón, penetró en la cueva, diciendo:
-¡Eh, tú, tío barbudo! Despierta, que vamos a luchar.
El oso se puso en pié, abrazó al diablo, lo aplastó casi sobre su poderoso pecho, le dio algunos arañazos, lo empujó luego y, como si fuese un montón de trapos viejos, lo arrojó a gran distancia.
El diablo podía ser tonto, pero no hay duda de que también era testarudo, porque, sin darse por vencido, volvió a pedir nuevo consejo y su compañero le propuso entonces luchar con el gitano, para ver cual de los dos silbaría con mayor fuerza. Bien le pareció el consejo al codicioso diablo y, de nuevo, fue al encuentro del gitano.
-Ten cuidado con lo que haces -le dijo éste, porque en cuanto yo empiece a silbar, te vas a quedar sordo y ciego. Por consiguiente, te aconsejo que, antes, te vendas los ojos y te tapes muy bien los oídos.
El diablo, que era un inocente, siguió aquel consejo, muy agradecido y, entonces, el gitano empuñó una maza y empezó a dar mazazos a la cabeza del diablo.
-¡Basta, basta! -gritó éste-. ¡No silbes! Capaz serías de matarme. ¡Así te sirva mi dinero de veneno! Vete adonde quieras.
¡Y ojalá no te presentes nunca más ante mi!
Y, resignado, por creer invencible a aquel gitano, el diablo regresó a su casa, dolorido y sin saber dónde ponía los pies.

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