León, liebre y hiena Kenya

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Había una vez un león llamado Simba que vivía en una cueva. En sus tiempos mozos nunca le preocupó la soledad, pero, poco antes del inicio de este cuento, Simba se había lesionado gravemente la pata y eso le impedía cazar. Poco a poco, empezó a comprender que estar en compañía tenía sus ventajas.

Las cosas se habrían puesto muy feas para Simba si un buen día no hubiese acertado a pasar por delante  de su cueva Sunguru la Liebre. Al asomarse al interior, Sunguru se dio cuenta de que el león estaba famélico y, sin pensárselo dos veces, puso manos a la obra para cuidar a su amigo enfermo y velar por él.

Gracias a las esmeradas atenciones de la Liebre, Simba fue recuperando paulatinamente las fuerzas, hasta que se sintió capaz de cobrar piezas pequeñas con las que ambos se alimentaban. Al poco tiempo ya se había acumulado un considerable montón de huesos a la entrada de la cueva del León.

Ñangau la Hiena andaba husmeando por los alrededores cierto día, con la esperanza de encontrar algo para la cena, cuando percibió el suculento aroma de huesos con tuétano. La nariz la guió hasta la cueva de Simba, pero robar los huesos era arriesgado porque estaban a la vista de quien hubiera en la cueva. Cobarde como era, al igual que todas sus congéneres, la Hiena decidió que la única forma de apoderarse de aquellos sabrosos despojos era hacer amistad con Simba. Se acercó sigilosamente a la boca de la cueva y soltó una tosecilla.

– ¿Quién nos está fastidiando la tarde con esos horripilantes graznidos? – preguntó el León; y, poniéndose en pie, se dispuso a investigar el origen del ruido.

– Soy yo, tu amiga Ñangau – balbució la Hiena, perdido el escaso valor que tenía – He venido a decirte que a los animales nos ha resultado muy penosa tu ausencia y que esperamos con gran expectación que recobres pronto la buena salud.

– Ya te puedes ir largando – gruñó el León – me parece a mí que un amigo se habría interesado por mi salud hace mucho en lugar de esperar al momento en que pudiera servirle de provecho otra vez. ¡Te digo que te largues!

La Hiena se apresuró a poner pies en polvorosa, con el enmarañado rabo metido entre las patas torcidas, perseguida por las ofensivas risitas de la Liebre. Pero no logró olvidar la pila de tentadores huesos que había frente a la cueva del León.

“Lo intentaré de nuevo”, dijo para sí la encallecida hiena. Unos días después, tomó la precaución de presentarse de visita mientras la Liebre salía a buscar agua para preparar la cena.

Encontró al León dormitando a la entrada de su cueva.

– Amigo – dijo Ñangau con una sonrisa forzada – mucho me temo que la herida de tu pata está tardando tanto en curarse porque el tratamiento que le aplica tu supuesta amiga Sunguru es un fraude.

– ¿Qué pretendes decir? – le espetó el León con un gruñido de rencor – ¡Si no llega a ser por Sunguru, habría muerto de hambre en los peores momentos de mi enfermedad, mientras tus compañeras y tú brillabas por vuestra ausencia!

– A pesar de todo, lo que te he dicho es cierto – replicó la Hiena con tono confidencial – En toda la región se sabe que Sunguru te está dando a propósito un tratamiento para la herida que no es el adecuado, porque no quiere que te repongas. Y es que, cuando estés bien, dejará de ser tu sirviente, ¡un trabajo que le viene de perillas para ganarse cómodamente la vida! Permíteme que te lo advierta, querido amigo: ¡En realidad, Sunguru no está velando por tus intereses!

Entonces la Liebre regresó del río con una calabaza llena de agua.

– Vaya, vaya – le dijo a la Hiena a la vez que depositaba su carga en el suelo – no esperaba volver a verte después de tu ignominiosa y precipitada partida del otro día. Cuéntame qué te trae por aquí en esta ocasión.

Simba se volvió hacia la Liebre y le dijo:

– Ñangau me ha estado hablando de ti. Según dice, eres famosa en toda la región por tu pericia y tus buenas artes como médico. También me ha dicho que los medicamentos que me prescribes no tienen rival. Sin embargo, está convencida de que podrías haberme curado la pata hace mucho si te hubiera interesado hacerlo. ¿Es verdad?

Sunguru se tomó su tiempo para reflexionar. Comprendió que la situación era delicada, pues tenía la clara sospecha de que Ñangau  pretendía tenderle una trampa.

– Bueno – dijo titubeando – sí y no. Ya ves que soy un animal muy pequeño y, a veces, los medicamentos que me hacen falta son muy grandes y no estoy en condiciones de conseguirlos… eso es lo que ocurre en tu caso, mi buen Simba.

– ¿Qué quieres decir? – farfulló el León a la vez que se incorporaba y demostraba de inmediato su interés.

– Nada más que esto: – repuso la Liebre – necesito un trozo de piel del lomo de una hiena adulta para vendarte la herida y conseguir que sane por completo.

Al oír esto, el león se abalanzó sobre Ñangau antes de que la perpleja bestia tuviera tiempo de huir. Arrancó del lomo de la muy estúpida una tira de piel, desde la cabeza hasta la cola, y se la colocó en la herida de la pata. Cuando la piel se desprendió del lomo de la hiena, los pelos que no se fueron con ella se estiraron y se pusieron de punta. Y, hasta el día de hoy, Ñangau y todas sus congéneres siguen teniendo una franja erizada de pelos largos y ásperos a lo largo de la cresta de sus deformes cuerpos.

Después de este episodio, Sunguru alcanzó gran celebridad como médico, pues la herida de la pata de Simba sanó sin complicaciones. Y hubieron de pasar muchas semanas antes de que la Hiena hiciese acopio de valor necesario para presentarse de nuevo en público.

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La cabeza del ogro Alemania

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Helmut era un hombre muy fuerte y trabajador que se ganaba la vida como leñador. Vivía en una casa en el bosque con su esposa Helga, que un año antes había dado a luz a un niño al que le habían puesto por nombre Karl.
Helmut era gigantesco, medía más de dos metros y podía llevar dos árboles bajo cada brazo, y a pesar de los continuos regaños de su mujer, nunca evitaba una buena pelea. Cuando alguien quería medir sus fuerzas con él, le daba una buena paliza para que se le fueran las ganas de pelear para siempre. Nunca había rechazado una pelea y nunca había perdido ninguna.
Su mujer siempre le decía: «No busques problemas, porque un día te encontrarás con un rival que pueda vencerte. Y no quiero perderte».
Helmut no le hacía caso a su mujer, pero la fama de gran luchador comenzó a precederlo y ya nadie deseaba pelearse con él.
Sin embargo, el tiempo fue pasando y los bosques ya no eran tan apacibles como antes y cada tanto el leñador se enfrentaba con algún asaltante que tomaba la decisión, a partir del encuentro con los puños de Helmut, de poner fin a su carrera delictiva.
Pero un día de otoño sucedió algo inesperado, algo digno de contarse en esta historia. El gran luchador regresaba de su trabajo acarreando dos buenos árboles debajo de cada brazo cuando un ogro saltó en su camino.
El ogro era gigantesco, mucho más grande que Helmut. Sus brazos eran fuertes y terminaban en garras. Su cuerpo estaba cubierto por un grueso pelaje negro. Su boca abierta y plagada de colmillos despedía un terrible hedor y sus ojos verdes brillaban como dos estrellas en una noche oscura.
-¡Eres grande y te comeré! -dijo el ogro antes de atacar.
Helmut no se asustó, pero se sorprendió al encontrarse con ese terrible monstruo, pues nunca en toda su vida había visto nada igual. También supo inmediatamente que no podría ganarle en un combate cuerpo a cuerpo sin armas, pues aquella criatura tenía zarpas afiladas como cuchillos y su boca era más terrible que la de una fiera salvaje.
Dejó entonces caer uno de los troncos que llevaba y usó el otro como un garrote, y cuando el ogro saltó para atraparlo le arrancó la cabeza de un solo golpe.
El cuerpo cayó inerte derramando sangre por el cuello destrozado y la cabeza rebotó contra algunos árboles hasta detenerse.
Helmut se acercó sigilosamente y comprobó que efectivamente estaba muerto. Nunca había visto una cosa tan espantosa. Nadie se lo creería. Así fue como decidió llevarse la cabeza como trofeo para mostrársela a sus amigos y a otra gente del pueblo.
Cuando regresó a la casa, dejó los dos troncos en el cobertizo para luego trabajar con ellos y entró con la cabeza del ogro en una mano para mostrársela a su mujer.
Helga dio un grito aterrador y el bebé comenzó a llorar de inmediato.
-¿Cómo se te ocurre traer esa porquería a nuestra casa? -dijo la mujer con voz en trueno.
-Para que me creas tú y para que todos los demás también me crean.
-¡Deshazte de esa cabeza inmediatamente!
-¡Claro que no! ¡Y deja de gritar que harás llorar más al niño!
-¿Nunca te pusiste a pensar que su familia puede venir aqui a reclamarla?
-Nadie vendrá, y si lo hacen, los venceré a todos.
El resto de la jornada continuó en silencio. Helga le sirvió la comida sin decir ni una sola palabra y Helmut hizo lo mismo. Sobre el hogar de piedra, donde ardía el fuego que daba calor a toda la casa, el hombre había puesto la cabeza del ogro.
Ya era entrada la noche. Helmut permanecía junto al fuego tallando una madera con un afilado cuchillo mientras Helga estaba a punto de irse a dormir, cuando tres fuertes golpes sonaron contra la puerta de la casa.
-¿Quién es? -gritó Helmut con su voz grave.
-Vengo a que me entregues la cabeza de mi hermano.
Helga palideció y corrió hacia la cuna para tomar a su hijo en brazos.
-Pues no te la daré.
-¡Dásela! -le gritó la mujer tratando de que su voz sonara como un susurro.
-Si no me la entregas por las buenas, te la quitaré por las malas -dijo la voz desde el otro lado de la puerta.
El rostro de Helmut se puso rojo como la sangre y la furia desbordó su alma. Se puso de pie de un salto, abrió la puerta de un golpe y se encontró con un ogro más grande y terrible que el anterior. Y antes de que el monstruo pudiera hacer el menor movimiento Helmut lo degolló de un solo tajo preciso y veloz, utilizando la afilada navaja con la que estaba tallando.
El ogro se llevó las manos al cuello mientras la sangre empapaba su pelaje amarronado, pero la cabeza se deslizó de su cuello como si estuviera aceitada y cayó a la tierra. Luego el cuerpo se desplomó inerte.
Helmut tomó la cabeza y por un acto reflejo cerró la puerta de un golpe. Llegó hasta el hogar y colocó la segunda cabeza junto a la primera.
Pero no bien había terminado de acomodarla tres nuevos golpes sonaron en la puerta.
¿Quien es? -preguntó Helmut mientras su esposa abría aún más sus ojos desmesurados.
-Vengo por las cabezas de mis dos hermanos -dijo una voz terrible desde el exterior.
-Pues no te las daré.
-Si no me las entregas por las buenas, te las quitaré por las malas.
Helmut caminó pisando fuerte mientras su mujer palidecía cada vez más.
El hombre abrió la puerta y descubrió un ogro mucho más grande que los anteriores, que permanecía más alejado, con la boca abierta y las garras abriéndose y cerrándose.
Helmut bajó los tres escalones que lo separaban de la tierra armado con su cuchillo.
-¿Eres un cobarde que usas cuchillo?
Helmut apretó los dientes hasta que su mandíbula se puso blanca y arrojó el cuchillo a un costado. La hoja reluciente se clavó en la tierra.
El ogro gritó mientras corría hacia el leñador con las garras preparadas y la boca abierta. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Helmut lo agarró por cada brazo y echándose hacia atrás lo hizo volar por sobre su cabeza hasta estrellarlo contra el suelo. De un salto se puso sobre él y agarrando los brazos del ogro los usó para decapitarlo con el filo de sus propias garras.
Tomó su trofeo y regresó a su hogar para colocarlo junto a los otros.
No acababa de recobrar el aliento cuando se escucharon, nuevamente, tres golpes terribles en la puerta.
-¿Quién es?
-Vengo por las cabezas de mis tres hermanos.
-Pues no te las daré.
-Si no me las entregas por las buenas, te las quitaré por las malas.
Helmut, furioso, abrió la puerta y salió. Pero no logró ver al ogro… o eso creyó que sucedía.
Este ogro era tan grande como un árbol. Helmut tuvo que mirar hacia arriba para poder verle el rostro.
-Te arrepentirás por lo que has hecho.
El leñador entró corriendo en su casa, tomó la mejor hacha y volvió a salir, mientras daba un grito de furia, y atacó con un gran golpe una de las piernas del ogro.
La criatura trató de aplastarlo, pero al ser tan grande también era muy lenta y Helmut era muy rápido. Así cada vez que intentaba aplastarla con su gigantesco pie, el leñador se hacía a un lado y descargaba un fuerte golpe de hacha que hacía saltar sangre y carne.
El ogro se agachó para darle un golpe con una de sus garras, pero Helmut lo vio venir desde lejos y aprovechó para cortarle un dedo con el filo de su hacha.
El ogro se tomó el muñón con su otra mano y ése fue el momento que el hombre aprovechó para volver a hachar con fuerza la misma pierna, en la que iba haciendo una abertura como si fuera el tronco de un árbol.
Un terrible «crac» se escuchó cuando Helmut rompió el hueso. El ogro se derrumbó contra los árboles y el leñador corrió por arriba de su espalda hasta llegar al cuello, el cual comenzó a hachar de inmediato.
El ogro trató de quitárselo de encima pero todos los intentos fueron en vano. Helmut decapitó al ogro y regresó arrastrando la enorme cabeza hasta su hogar. Claro que cuando llegó a la puerta se dio cuenta de que la cabeza era demasiado grande como para que pasara por la abertura.
El hombre, extenuado, se hallaba secándose la transpiración de su frente mientras pensaba dónde poner la cabeza, cuando escuchó dos nuevos golpes.
-¿Quién es?
-Soy una madre que ha perdido a todos sus hijos.
-¿Qué es lo que quieres?
-Sólo quiero que me devuelvas las cabezas de todos ellos para poder enterrarlos en paz.
Helga se levantó con la furia de una tormenta y le dijo con voz terminante:
-¡Dáselas, dáselas todas y termina esto de una buena vez! Helmut la miró por unos instantes y finalmente se levantó, agarró todas las cabezas y abriendo la puerta se encontró con una vieja ogresa de pechos caídos y pelaje gris. En su boca había grandes agujeros por la falta de dientes y el brillo de los ojos estaba casi apagado.
-Aquí tiene, señora.
La ogresa fue tomando las cabezas de a una y las depositó con cuidado a un costado suyo.
-¿Puedo preguntarle cómo murieron?
-Han cometido el error de retarme para pelear
-¿Usted los mató? -preguntó la ogresa con un hilo de voz rasposa.
-Sí -dijo Helmut orgulloso.
-Mal hecho.
Y cuando terminó de decir sus palabras la ogresa extendió un brazo y con sus garras decapitó a Helmut. Se agachó para recoger la cabeza del asesino de sus hijos y la depositó en el umbral de la casa, ante la mirada aterrada de Helga que aún permanecía con su hijo en brazos.
La ogresa miró a la mujer y luego a su pequeño hijo.
-No me mires de esa forma, hubieras hecho lo mismo por tus hijos.
Luego la ogresa se volvió, juntó las cabezas y se perdió en la oscuridad del bosque.

ESSENNA N⁰ 2 APUNTES DE NARRACIÓN

1569863541203-01-01Me decía que no tenía guión que tenía que improvisar.

Anita Ekberg sobre Fellini.

 

Cuando doy talleres Fellini suelo llevar una libreta con pensamientos del director.

El taller que voy a dar no tiene forma. Son hojas en blanco. Fiel al pensamiento felliniano.

La gente propone sin darse cuenta, que es lo que voy a desarrollar.

Me digo. «Tiene cara de…» y ya está todo el taller en movimiento.

P. P.

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Fellini Tenia una idea concreta de cómo debía sonar su universo onírico. Doblaba todas las voces. No hay film con las voces originales de los actores.

He aprendido de ese método usando con mis compañeros de taller una regla numérica en vez de palabras para lograr ritmos, e intenciones a la hora de emitir.

Relacionado por supuesto con la intención del texto y para dejar al descubierto la monotonía de tempos y ritmos que a veces genera el narrador.

P. P.

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Para mi es importante que no hago películas con mensaje. Naturalmente, no quiero decir con ello que mis películas no tengan ningun significado. Incluso recibo mensajes que mis personajes me revelan, pero no por anticipado sino mientras avanzamos.

F. F.

Comparto absolutamente esa posición, por eso a mis narradores les pido que no carguen de intención aquello que ya está en el texto y que se corran del protagonismo ya que el personaje seguramente encontrará la mejor forma de expresarse. Cuando trabajamos el diálogo de los personajes. Nosotros narradores no estamos allí de ninguna forma.

Son los personajes con su propio organismo los que realizan la dramaturgia del diálogo.

El personaje ya se fue de manos del escritor y ahora debe escapar a nuestro control.

P. P.

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CUENTO.

Luiggi Pirandello

EL TREN HA SILBADO.

 

Desvariaba. Los médicos habían dicho que se trataba de un principio de fiebre cerebral; y todos los compañeros de trabajo, que volvían de dos en dos del manicomio donde habían ido a visitarlo, lo repetían.

Al decírselo a los compañeros que llegaban tarde y a los que se encontraban por la calle, parecían experimentar un placer peculiar, utilizando los términos científicos que acababan de aprender de los médicos:

—Frenesí. Frenesí.

—Encefalitis.

—Inflamación de la membrana cerebral.

—Fiebre cerebral.

Y querían parecer preocupados; pero en el fondo estaban tan contentos, saliendo tan saludables de aquel triste manicomio, hacia el azul alegre de la mañana invernal, tras cumplir su deber con la visita.

—¿Se va a morir? ¿Se va a volver loco?

—¡Quién sabe!

—Morir, parece que no…

—Pero, ¿qué dice? ¿Qué dice?

—Siempre lo mismo. Desvaría.

—¡Pobre Belluca!

Y a nadie se le ocurría que, por las muy especiales condiciones de vida que aquel infeliz sufría desde hacía tantos años, su caso podía incluso ser muy normal, y que todo lo que Belluca decía —y que a todos les parecía un delirio, un síntoma del frenesí— podía ser la explicación más sencilla de aquel caso suyo tan natural.

La noche anterior Belluca se había rebelado violentamente contra su jefe y, frente a los ásperos reproches de este, casi se le había lanzado encima, ofreciendo un firme argumento a la suposición de que se tratara de una verdadera alienación mental.

Porque hombre más manso y sumiso, más metódico y paciente que Belluca, no se podría imaginar.

Circunscrito… sí, ¿quién lo había definido así? Uno de sus compañeros de trabajo. Pobre Belluca: estaba circunscrito dentro de los límites angostos de su árida profesión de contable, sin otra memoria que no fuera la de partidas…

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ESSENNA N° 1 APUNTES DE NARRACIÓN.

 

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(Apuntes de estudio y cuentos para compartir)
SERENIDAD.
OBSERVAR ANTES DE HABLAR.

Daniel Baremboim me hizo reflexionar sobre este tema,  ya que los personajes de los cuentos tienen vida previa. Los narradores deberíamos verlos llegar con calma antes de comenzar a contar sobre ellos.
P.P.

«El silencio no se puede vivir fuera de la música». El caso más claro es el principio de la Quinta sinfonía de Beethoven: antes de la primera nota, el director debe crear un silencio para que ese silencio pueda romperse y la música se arranque a sí misma de la nada.
(Daniel Baremboim)

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UNA NIÑA PALESTINA.

Recuerdo haber visto a una niña palestina decirle a Daniel Baremboim.
«Me alegro que usted haya venido.
Es el primer hombre judío que no veo armado o sobre un tanque»

SOBRE LA DIWAN ORQUESTA.

En un reportaje le preguntaron a un joven violinista palestino como se llevaba con su compañera violinista judía. Si tenían confrontaciones sobre la cuestión de Medio Oriente.
«Nosotros hablamos de música. Eso hacemos, música».
( P. P.)

SOBRE LA NIÑA PALESTINA Y LA DIWAN ORQUESTA.

No recuerdo exactamente como fueron esos encuentros. Pero al recrearlos fundo una nueva realidad. El pasado es irreproducible, irreal en un ahora. La evocación en este presente es la verdad.
(P.P.)

NOTAS BREVES.

Para que decir con muchas palabras aquello que se puede expresar con pocas. En narración sucede lo mismo. Prestar atención «a no rellenar». Dejar claro el relato, espacio para los silencios y para la reflexión del oyente.
Que el público pueda llevarse un cuento para pensar.
(P.P.)

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TEATRO

Sobre Peter Brook

Para Peter Brook el teatro es lo que ocurre en el misterioso momento llamado: presente, que está en eterno movimiento, es allí donde una verdad puede ser redescubierta y experimentada. Su trabajo como director teatral se dirige hacia la búsqueda de diferentes lenguajes, dónde el actor es el artista responsable de comunicar con el público provocando, no el asombro sino la explosión de humanidad a través de la experiencia. Su modelo es Shakespeare por eso ha montado gran cantidad de obras de este autor y se ha dedicado al estudio y exploración su teatro, dice que el objetivo de Shakespeare es sagrado y metafísico, pero que nunca comete el error de permanecer demasiado tiempo en el nivel más alto, ya que conoce lo difícil que resulta mantenernos en compañía con lo absoluto y  por eso nos envía continuamente a la tierra,  la necesidad de lo apoteósico se une a la necesidad de lo  irrisorio.

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CUENTO CHINO
El verdugo wang Lun

Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming vivía un verdugo llamado Wang Lun. Era un maestro en su arte y su fama se extendía por todas las provincias del imperio. En aquellos días las ejecuciones eran frecuentes y a veces había que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre de esperar al pie del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable, mientras ocultaba tras la espalda su espada curva para decapitar al condenado con un rápido movimiento cuando este subía al patíbulo.
Este Wang Lung tenía una sola ambición en su vida, pero su realización le costó cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a una condenado con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente el mantel.
El gran día de Wang Lung llegó por fin cuando ya tenía setenta y ocho años. Ese día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis personas para que se reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre se encontraba al pie del patíbulo y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por su inimitable mandoble de maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado. Cuando el hombre comenzó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

-¡Oh, cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?
Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía, le dijo al condenado:
-Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

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Odal. Cuento tradicional danés.

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Hace mucho tiempo vivió en Dinamarca un hombre que tuvo dos hijos antes de perder a su esposa por unas fiebres. Solo y ya demasiado anciano para buscarse una nueva compañera, intento sacar adelante a sus dos hijos y educarlos como buenamente pudo.

Uno de ellos, el más joven, tenía un espíritu tranquilo y valoraba profundamente lo poco que tenía, pero el mayor creció con un carácter hosco y no pensaba más que en sí mismo.

Un día, el padre se sintió terriblemente fatigado y, comprendiendo que su tiempo se terminaba, resolvió reunir a sus dos hijos para disponer de lo poco que tenía que legarles y decidir a cuál de ellos dejaría a cargo de la granja.

Por tradición, el puesto tendría que corresponder al hijo mayor, pero el anciano veía con preocupación como el muchacho dilapidaba todo cuanto se le daba y nada hacía para mejorar lo poco que tenían e intentar mantener la granja que le correspondía en herencia. El menor, sin embargo se esforzaba por labrar la tierra y, con muchos sudores y fatigas, garantizar al menos el sustento para su padre y hermano. Así que entendió, que la tradición no siempre se tenía que mantener inquebrantable y en este tipo de asuntos a veces era necesario fiarse más del sentido común.

Reunió a sus dos hijos en torno a la mesa y después de una parca comida, les invito a salir a la era. Allí, se metió la mano en el zurrón, extrajo una bolsa de tela que cantaba con sonido metálico y preguntó a su hijo mayor.

– Entre la bolsa con plata y la tierra de la granja, ¿qué consideras que tiene más valor?

El muchacho se echó a reír a carcajadas y respondió con aires presuntuosos que obviamente la plata era más valiosa, que aquel terruño nada valía y que obviamente sólo servía para venderlo y sacar con él un mal puñado de plata.

El padre frunció el ceño, pero nada respondió y repitió la misma pregunta al hijo menor. El muchacho miro la bolsa en manos de su padre y después la pequeña parcela de tierra. No era gran cosa, pero siempre daba su buen fruto si se la labraba con esmero así que respondió:

– El valor de la plata no es siempre el mismo, cambia en función de las guerras o la fama de los reyes. En manos de un hombre mesurado y sensato puede hacer grandes cosas, pero en manos de un necio, no durara más allá de un par de noches. Sin embargo, la tierra mantiene un valor constante. No es la tierra en sí la que encierra el valor, sino que este depende de la mano que la siembra y de la simiente y el mimo con que se la trate. Yo me quedaría con la tierra: con trabajo y tesón, garantizo un puñado de monedas seguro todas las temporadas y un sustento para los míos.

Al padre le parecieron sensatas las palabras del joven, y decretó que este sería el heredero y al hermano mayor le tendió la bolsa con la plata. Este último se marchó bufando, pensando que su padre le había hecho un desprecio al no dejarle la granja por herencia, pero con la bolsa de plata picada en su mano pronto se olvidó de ello.

Tras la muerte del padre, sucedió que, tal y como el hermano menor había predicho, la plata en manos del necio no duró mucho. El hermano mayo tuvo entonces que regresar junto su hermano menor, que con paciencia y tesón, ahora tenía no sólo una buena granja con un par de vacas y un puñado de jornaleros, sino que también tenía una bella esposa y el apoyo del clan vecino con el que se había unido por lazos de matrimonio.

Así que el joven egoísta, no tuvo más remedio que plegarse a la voluntad de su hermano y trabajar como un simple jornalero durante un buen tiempo, hasta que el joven matrimonio considero que había aprendido la lección y le permitieron compartir el trabajo y el beneficio de la granja

Tizón Héctor. El traidor venerado.

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Aquella sería la última comida juntos.
El que era indigno de ajustarle el cordón de los zapatos estaba ebrio. Toda esa noche la pequeña campana de la estación ferroviaria sonó incesantemente, a lo lejos, sacudida por el viento. Llovía a ratos.
El Chaguanco abrió una lata de picadillo, lo fue untando con su cortaplumas sobre el pan que les quedaba y luego repartió los pedazos. “Yo no tengo hambre” —dijo. Quispe, un hombre inquieto y de poca talla que ya estaba borracho, tomó el primero y se lo tragó con buen apetito; después permaneció mudo y apartadizo, contemplando el débil movimiento de las ramas delgadas —agitadas por el aire— del ceibal.
La fama del Chaguanco había cundido no sólo en Yala, sino también en las comarcas vecinas desde donde la gente acudió hasta formar multitudes albergadas en carpas y vehículos, o debajo de las copas de los árboles alrededor del miserable rancho, a cuya puerta se asomaba, abandonando sus meditaciones, en los amaneceres. Entonces los que habían perdido la salud, los que aún esperaban algo, caían de rodillas ante su mano levantada.
Pero al poco tiempo comenzó la persecución, eludida hasta hoy en que se cumplía un año de peregrinaje; un año de penoso ocultamiento, mudando siempre de lugar, durmiendo a la intemperie o bajo las alcantarillas en los caminos, desde Tilquiza hasta Valle Grande, de Tumbaya a Susques, seguido por algunos fieles desesperados, enfermos, opas y ladrones arrepentidos.
Cuando un alegórico ladrar de perros anunció a los perseguidores, el Chaguanco concluía también su sentencia postrera, y el hombrecito enjuto y nervioso a quien iba dirigida, exclamó, más bien para sí: “Esa palabra es dura. ¿Quién la puede oír?”.
Ahora los agentes del destacamento estaban cerca. Era la noche de San Roque y una botella de ginebra yacía, seca, en el suelo.
El ladrar se convirtió en aullido mientras el viento, a lo lejos, seguía torturando a la campana.
Cuando Quispe desapareció, entendiendo el Chaguanco que había llegado el fin y que en seguida lo con¬ducirían a la ciudad, a la cabeza de una multitud de curiosos —como un político—, preguntó a los que quedaban si también ellos querían irse; después se apartó a corta distancia, pero sin ocultarse.
La campana y los perros dejaron de hacerse oír y la partida cayó sobre él. No opuso resistencia ninguna y —esposado— llegó sobre un camión maderero a la ciudad. Allí debió esperar turno porque el Tribunal estaba distraído con otros delincuentes, pero, el día señalado, fue sometido a proceso y juzgado.
Pocas personas acudieron al plenario y entre ellas Quispe, principal testigo de cargo, que, antes de escuchar la sentencia, se ahorcó colgándose de una viga en el retrete del Palacio de Justicia.
Finalmente el Tribunal, al no hallar mérito sufi¬ciente para sostener una condena, lo absolvió.
Y cuando el Chaguanco —deshonrado y solita¬rio—, después de mucho tiempo regresó a Yala, encontró que muy pocos se acordaban de él y que la gente ya en¬cendía velas pagando promesas en la tumba del otro.

Tizón Héctor. Ciego en la resolana.

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Ahora está el ciego otra vez sentado al sol al promediar la mañana. De él se dice que no siempre fue ciego y era fama también que, al no alternar sus ojos las sombras y la luz, dormía menos que un pájaro. Cualquiera que subiese al viejo y abandonado campanario de la iglesia podría contemplarlo allí, en medio del parque que rodea la casa. En eso consistía, precisamente, el gran desquite de su cónyuge, mujer obesa y rubia, de blancura impresionante, en cuyos brazos bailoteaban innumerables pulseras. Ella, canturreando muy quedo un aria en su lengua materna, empujaba la silla rodante del ciego hasta detenerla en un lugar no muy distante, donde crecían unos mimbres agobiados por plantas trepadoras. Así quedaba el ciego, aislado, en la suave y luminosa resolana, mudo, aterrorizado por las serpientes que pudieran deslizarse en el jardín; temor subyacente aun en los instantes en que ella, asomada al gran ventanal y ensayando unos gorgoritos alentadores lo azuzaba para que cantase la dulce tonada que él nunca llegó a saber cuándo había aprendido.
Enseguida del almuerzo el ciego volvía a su mecedora, en la galería, aguardando la llegada del otro, cuando su mujer se ocultaba en la interminable pausa de la siesta. Allí no hacía más que esperar alguna señal, sin que se le escapara el mínimo ruido porque todo el poder de sus ojos se había trasladado a sus oídos. Luego armaba cuidadosamente el ingenioso aparato que reproducía el vaivén de su cuerpo en la silla: una piedra de peso adecuado puesta en el extremo del arco de la mecedora y en el otro una cuerda elástica amarrada a una estaca entre los trípodes de los innumerables maceteros, que se ocupaba en disimular. Con tal mecanismo la mecedora no interrumpía su balanceo cuando él se incorporaba cautelosamente para pegar su mejilla contra la puerta de la habitación. Entonces transcurrían momentos tensos para el ciego —horas, a veces—, tiempo controlado por él mismo con su vieja maestría para calcularlo, de acuerdo al ritmo de sus pulsaciones (seiscientas pulsaciones divididas en grupos de veinte). Era testigo así de jadeos, voces ahogadas, quejidos, pequeñas risas silenciadas de pronto por inaudibles advertencias; a veces, por ciertos estrépitos sofocados, parecían rodar cuerpos en el suelo; o surgía el silencio y sólo se escuchaba el crepitar del reseco maderamen de la mecedora en la galería, moviéndose, vacía, en perpetuo vaivén. Pero cuando eso ocurría ya el ciego estaba impaciente, y sintiendo el frío del picaporte en sus mejillas mojadas por las lágrimas gritaba dando feroces golpes en la puerta. Desde el interior la mujer gorda trataba de calmarlo, gritando a su vez con voz dulce:
—¿Qué pasa? ¡Ya voy, chiquitín!
Al oírla, el ciego cesaba de golpear y rápidamente regresaba a su mecedora, desanudaba el cordón elástico, ocultaba la piedra y permanecía en espera, distraídamente, con la mirada de sus ojos hueros en dirección de las montañas.

La piedra petrificada. Checoeslovaquia

Pastor petrificado de Klobuky

En la región de Bohemia Centralmuy próximo a Praga (a menos de 40 kilómetros) encontramos el pueblo de Klobukyen Sanlý. Este lugar en el que la principal fuente económica viene de la explotación agrícola, cuenta con varias visitas interesantes para el turista.

Si bien es cierto que su principal templo, la Igleaia de San Lorenzo del siglo XIV, es bastante interesante, la verdad es que este lugar es frecuentado por otra atracción. El menhir más importante de Bohemia Central, y según dicen el más bello de toda la República Checa.

El denominado “Pastor Petrificado” de Klobuky es una enorme piedra de cinco toneladas de peso con una altura de tres metros y medio, y  a día de hoy su origen sigue siendo un auténtico enigma.

Este misterio se debe principalmente a que en el emplazamiento actual no existe esa piedra arenisca usada para su construcción. Por tanto, su creador debió transportar la pesada pieza hasta su ubicación. Esto ha ocasionado una serie de leyendas locales que intentarían dar una explicación alternativa al menhir.

Una de las leyendas asegura que el menhir es un pastor convertido en piedra. Según cuentan, el hombre recibió un castigo divino y habría sido petrificado junto a su rebaño (originalmente este menhir estaba rodeado de pequeñas piedras mucho más pequeñas, como si de un rebaño de ovejas se tratara).

Otra leyenda, mucho más apocalíptica, asegura que este menhir avanza cada año un par de pasos con dirección a la iglesia del pueblo. En el momento en el que esta pesada piedra llegue a las puertas de la misma se producirá el fin del mundo

Escocia. Extraño visitante

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Una vieja devanaba, devanaba una noche en su devanadera, y la devanadera giraba, giraba, y la vieja una compañía invocaba. De improviso la puerta se abrió, un par de enormes pies entró y de­recho hacia el hogar se encaminó. Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de piernas finas, finas, entró y sobre los enormes pies al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de rodillas gruesas, muy gruesas, entró y sobre las piernas finas, finas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

La puerta de nuevo se abrió y un par de muslos delgados, delgados, entró, y sobre las rodillas gruesas, muy gruesas, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la deva-nadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de ijares anchos, muy anchos, entró, y sobre los muslos delgados, delgados, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un pecho fino, muy fino, en­tró, y sobre los ijares anchos, muy anchos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de hombros grandes, grandes, entró, y sobre el pecho fino, muy fino, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de brazos cortos, cor­tos, entró, y en los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un par de manos enormes en­tró, y en el extremo de los brazos cortos, cortos, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y un cuello largo, largo, entró, y sobre los hombros grandes, grandes, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

De nuevo la puerta se abrió y una cabeza gorda, gorda, en­tró, y sobre el cuello largo, largo, al fin se instaló.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

-¿Por qué tienes unos pies tan enormes? -la vieja preguntó.

-Por mucho caminar, por mucho caminar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes piernas tan finas? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes rodillas tan gruesas? -la vieja preguntó.

-De mucho rezar, de mucho rezar -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes muslos tan delgados? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes los ijares tan anchos? -la vieja preguntó.

-De estar tanto tiempo sentado, sentado -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes un pecho tan delgado? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes hombros tan grandes? -la vieja preguntó.

-De tanto barrer, de tanto barrer -respondió una voz frágil.

-¿Por qué tienes brazos tan cortos? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes manos tan enormes? -la vieja preguntó.

-De moler el trigo, de moler el trigo -respondió una voz frágil

-¿Por qué tienes un cuello tan fino? -la vieja preguntó.

-Del mucho velar y el poco comer -respondió una voz débil.

-¿Por qué tienes una cabeza tan gorda? -la vieja preguntó.

-Porque sé muchas cosas, porque sé muchas cosas -respon­dió una voz frágil.

-¿Por qué has venido aquí? -la vieja preguntó.

-¡Para llevarte conmigo, para llevarte conmigo! -gritó el ex­traño visitante con toda la voz que podía, tendiendo sus enormes manos para agarrar a la mujer.

Pero la vieja no cedió: se apoderó de una maza y comenzó a golpear al extraño visitante. Y así fue desapareciendo: primero la cabeza, después el cuello, luego las manos, después los brazos, luego los hombros, después el pecho, luego los ijares, después los muslos, luego las rodillas, después las piernas y, por último, los enormes pies.

Y la vieja devanaba y una compañía invocaba, mientras la devanadera giraba, giraba.

Escocia. La cola de la oveja

 

PicsArt_08-06-07.13.32_20170911133657854_20180311085804567-01-02-01Una vez un pastor fue a la colina para poner al resguardo las ovejas. Había neblina, hacía frío, y fue agotador reunirlas a todas. Cuando terminó, las contó y se dio cuenta de que falta­ba una.

Salió a buscarla. Después de dar mil vueltas, la encontró me­dio ahogada en un pantano. Sólo asomaban del barro la cabeza y la cola.

En cuanto vio a la oveja, el pastor la cogió de la cola y tiró con fuerza. Pero la lana de la oveja estaba empapada y el animal pesaba muchísimo. El pastor se quitó la capa, cogió de nuevo la cola de la oveja y tiró de ella aún con más fuerza.

Pero la oveja continuaba pesando mucho. Entonces el pastor se quitó la zamarra, cogió de nuevo la cola de la oveja y tiró de ella aún con más fuerza. Pero la oveja seguía pesando mucho.

El pastor se echó saliva en sus manos, aferró con fuerza la cola y tiró de nuevo con mucho vigor.

La oveja seguía pesando demasiado y, de tanto tirar, el pas­tor le arrancó la cola. Si no la hubiera arrancado, el pastor habría seguido tirando y quién sabe cuán larga se habría hecho nuestra historia.

Pero con la cola arrancada, la historia ha terminado.