KAWABATA 1

BIENVENIDOS A MASTER CLASS KAWABATA YASUNARI

Oscar Wilde, en La decadencia de la mentira, decía que «uno no ve nada hasta que no ve su belleza». Muchos años después, en otra parte del mundo, un joven escritor japonés se propuso mirar de esa manera y, así, crear una literatura que aún hoy sigue siendo leída y celebrada tanto en oriente como en occidente. Con una destreza notable para crear historias y atmósferas intimistas, en las que exploró distintos rincones del alma humana con una profunda sensibilidad, Yasunari Kawabata se conviritió en el primer autor japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura en 1968 y en uno de los narradores más importantes de su generación. 

El escritor japonés, Yasunari Kawabata. Retrato de Tadahiko Hayash.

Nacido el 14 de junio de 1899 en la ciudad de Osaka, su infancia estuvo marcada por la trágica muerte de sus parientes más cercanos. A los cuatro años perdió a sus padres y, poco después, a su hermana y abuelos. Para los quince, ya se había quedado completamente solo. Él mismo se autodefinía como un «niño sin familia ni hogar». Aún así, luego de su primera formación en un internado, llegó a la Universidad de Tokio, donde había comenzado a estudiar literatura inglesa; pero, al año, abordó la japonesa y se licenció en 1924.

Con 25 años, Kawabata ya era parte de un grupo de intelectuales, con el que llevó adelante la revista Bungei-jidai (Época del Arte Literario). En ella aparecieron muchos de sus primeros textos y, además, comenzó a configurarse —según comentan algunos críticos— el estilo shinkankaku-ha: conocido como “la nueva escuela de las sensaciones”. Desde esta perspectiva neosensorialista, con la que se expone una gran sensibilidad e intimidad narrativa en contraposición al estilo “directo y realista” de los escritores proletarios de los años treinta, por ejemplo, Yasunari Kawabata compuso sus obras que han marcado gran parte de la cultura literaria japonesa.  

La belleza de Kawabata

Con sus primeras cuatro novela —La bailarina de Izu (1927), La pandilla de Asakusa (1930), Sobre pájaros y animales (1933) y País de nieve (1937)— Kawabata ya se había posicionado como uno de los autores más prometedores de todo el archipiélago nipón. Luego llegaron otras como El maestro de Go (1954), La casa de las bellas durmientes (1961) y Lo bello y lo triste (1965), con las que continuó reflexionando y trabajando sobre aquello que más le interesaba: retratar y evocar la belleza del mundo.

En su discurso que tituló El bello Japón y yo para recibir el Premio Nobel de Literatura, el escritor expresó: «(…) descubrí, por medio de la luz matinal, la belleza de los vasos en un restaurante. Vi esta belleza con toda claridad. Me encontré con ella, por primera vez. Pensé que nunca la había visto hasta ese momento. ¿No es precisamente este tipo de encuentro la esencia misma de la literatura y también de la vida humana? Si digo esto, ¿estoy yendo muy lejos, estoy exagerando mucho? Quizá sea así, pero también quizá no. En mis setenta años de vida es aquí donde por primera vez descubrí y fui consciente de esta suerte de luz que producen los vasos».

Kawabata en la entrega del Premio Nobel de Literatura (1968). Foto: Koratai.

Mucha de esa belleza, Kawabata la buscó en la representación de sus personajes femeninos, en las artes, en la ceremonia del té, en la propia naturaleza que incorporaba en sus obras. El autor trabajó con ese tipo de imágenes con la intención de conmover, de abstraer al lector, como sucede en muchas de sus novelas, para acercarle cierta sensación de lo efímero y a la vez de lo eterno que solo la belleza parece lograr. Es que para distintas culturas, sobre todo la asiática, lo eterno es lo cíclico, lo que se repite, lo que termina y vuelve a comenzar. Y no son pocos quienes allí encuentran cierta paz y esperanza, para alejar la ansiedad y desesperación que puede provocar lo puramente efímero.

Kawabata, en sintonía con el pensamiento budista, sabía que «para dejar de sufrir, había que dejar de desear» y acercarse a esa belleza que resulta más importante que «el propio yo». Sin embargo, en casi todos sus textos hay un “yo deseante” del que no se puede deshacer por completo. Sus personajes lo padecen y experientan esa tensión entre lo bello y lo triste, como titula en una de sus novelas más famosas. Esa tensión es el corazón de lo que en aquella región nipona se entiende como mono no aware: esa posibilidad de vibrar con la propia naturaleza y la poderosa sensibilidad que se despierta ante lo fugaz, efímero y perecedero.

Kawabata en 1968. 

No obstante, si bien el escritor japonés tuvo una gran preocupación sobre la forma a la hora de crear literatura, no deja de lado la inquietud por el fondo. En este sentido, el escritor argentino Miguel Sardegna, autor de la novela Los años tristes de Kawabata, comentó: «Creo que forma y fondo son elementos inseparables de su arte, como sucede, por otra parte, con los mejores escritores. Un maestro me dijo una vez que ‘el qué es el cómo’. Me gusta esa idea. El modo en que Kawabata trata sus temas es inseparable de los temas mismos. Dicho de otro modo, no puedo imaginar a Kawabata valiéndose de la misma preocupación estética para hablar de temas banales. No puedo imaginarlo, tampoco, abordando los mismos temas universales sin tener preocupaciones estéticas. Sencillamente no sería él».

Y agregó: «Creo que no debemos olvidar nunca que abordamos la literatura de Kawabata desde este rincón del mundo, con nuestros saberes y también con nuestras limitaciones. Oriente nos propone otra estética y otros sueños. Por otra parte, estoy convencido de que hay una belleza que precede a la auténtica comprensión. Si los textos de Kawabata vienen con esa bruma, dejemos que la bruma nos cubra, disfrutemos sin hacer más preguntas, porque no hacen falta las respuestas. No es necesario entender para saber que nos ha alcanzado la belleza».

El séptimo arte de Kawabata 

Durante su juventud, el autor japonés también tuvo un gran interés por el lenguaje cinematográfico. Según expone el sitio Movie Data Base, Kawabata fue guionista y actor de obras como Kurutta ippêji (1926), Meshi (1951) y La voz de la montaña (1954). La primera de ellas es un drama mudo en blanco y negro, que está basado en algunos de sus relatos y fue dirigido por Teinosuke Kinugasa, uno de los pioneros del cine japonés. Meshi, por su parte, está dirigido por Mikio Naruse y contó con la participación del escritor como supervisor de guion. Naruse también dirigió La voz de la montaña, basada en la novela homónima de Kawabata (también traducida como El sonido de la montaña) y con guion del propio autor.

No obstante es con la literatura que sigue siendo recordado Kawabata. Celebrada en su país y en el exterior, el autor logró ser el presidente del PEN Club japonés durante cuatro años; ganar en 1959 en Frankfurt la Medalla de Goethe, y en 1968, el Premio Nobel de Literatura «por su pericia narrativa, capaz de expresar la idiosincrasia japonesa con enorme sensibilidad”, como sostuvieron desde la Academia Sueca.

Como referente de las letras, mantuvo conversación con muchos de sus contemporáneos, como Ryūnosuke Akutagawa y Yukio Mishima, otros dos maestros de la literatura japonesa. Con este último, se publicaron las cartas que redactaron entre 1945 y 1970. El fin de la correspondencia tuvo que ver con el suicidio de su gran amigo Mishima, quien se quitó la vida a los 45 años mediante el rito conocido como seppuku. Kawabata ya tenía 70 años, había empezado a tener problemas de salud y una depresión de la que ya no se recuperaría. 

Fue solo dos años después, cuando falleció el 16 de abril de 1972 por causas que todavía no están demasiado claras. Algunos hablan de suicidio y otros de un accidente doméstico (una pérdida de gas en su departamento). Pero la duda surge atendiendo su discurso durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel. Allí, Kawabata no admite el suicidio como parte de la iluminación personal y espiritual, ni del camino de la pureza. Pero tampoco se sabe si la depresión lo hizo cambiar de idea. Lo cierto es que a 122 años de su nacimiento, la obra de Kawabata sigue siendo motivo de homenaje y celebración, por un legado literario que continúa evocando —más allá de las lenguas y fronteras— lo más bello y eterno, aunque solo pueda durar un momento.

WILLIAMS 3 cuento El ángel del ático

BIENVENIDOS A MASTER CLASS DE TENNEESSEE WILLIAMS

ESSENNA NARRACIÓN + CULTURA PEDRO PARCET

El ángel del ático

La desconfianza es la enfermedad laboral de las caseras, y el largo contacto con ellas me ha dejado un oscuro sentido de culpa del que probablemente nunca me libraré. El trauma inicial al respecto me lo produjo una casera que tuve en el viejo Barrio Francés de Nueva Orleáns cuando yo tenía escasamente veinte años. La mujer era el arquetipo de la casera desconfiada. Tenía una habitación para ella sola, pero prefería dormir en un camastro plegable en el vestíbulo del piso bajo para que ninguno de sus inquilinos pudiera entrar o salir del establecimiento sin su permiso, concedido a regañadientes. Cuando por fin me marché de allí, engañé a la mujer. Me largué por un balcón utilizando un par de sábanas. Estaba a kilómetros de la ciudad, en el viejo Spanish Trail camino del Oeste, antes de que la vieja se enterara de que había conseguido eludirla.

El vestíbulo del piso bajo de esta pensión de la calle Bourbon estaba totalmente a oscuras. Uno tenía que ir a tientas con una cautelosa repugnancia, pasando los dedos por el enlucido húmedo y cuarteado de la pared, hasta que llegaba a la puerta o al pie de la escalera. Uno nunca alcanzaba alguno de esos dos sitios sin que lo advirtiera la vieja. Su figura fantasmal se alzaba como un rayo del camastro haciendo un ruido metálico. Pronunciaba una sílaba: ¿Quién? Si no quedaba satisfecha con la identificación que le dabas, o sospechaba que te llevabas el equipaje y escapabas furtivamente, o traías a alguien para el disfrute carnal, se encendía una cerilla frotando en el suelo y se alzaba hacia ti durante unos momentos. A esta vacilante luz sobrenatural, la mujer clavaba con recelo sus ojos en ti hasta que sus dudas desaparecían, y si esperabas podías oír murmullos hoscos y groseros como los de cualquiera de los borrachos de los bares del barrio.

Era una mujer de una desconfianza paranoica y su desconfianza con respecto a mí era ilimitada. Muchas veces entraba en mi habitación con el periódico de la mañana y leía en voz alta algún artículo referido a un acto delictivo en el barrio. Después de la lectura me examinaba atentamente buscando algún cambio culpable en mi expresión, y yo casi siempre satisfacía su desconfianza con un intenso rubor y la incapacidad para devolverle la mirada. Estoy seguro de que la mujer me había atribuido docenas de delitos y solo estaba esperando algún dato concreto para llamar a la policía, uno de cuyos capitanes, me había advertido, era primo carnal suyo.

La casera era víctima de los sablistas, lo que debe tenerse en cuenta en defensa suya. Ninguno de sus inquilinos pagaba con regularidad. Algunos seguían en sus habitaciones durante meses y meses con solo promesas de futuros pagos. Uno de ellos era una viuda que se llamaba la señora Wayne. La señora Wayne era la más hábil mal pagadora de la casa. Incluso se las arreglaba para conseguir cosas de la patrona. Su fortuna residía en su labia. Era una narradora maravillosa de historias tremendamente morbosas y obscenas. Siempre que olía que cocinaban comida, abría rápidamente su puerta y se lanzaba pasillo adelante con un cazo jaspeado azul y blanco que mantenía coquetamente ante su pecho como si fuera un abanico de encaje. Era indudable que estaba medio muerta de hambre y el olor de la comida la ponía en funcionamiento como una potente droga, pues entonces hacía gala de una brillantez poco frecuente en su charla. Llamaba con la mano a la puerta de la que procedía el tentador aroma, pero entraba antes de obtener cualquier tipo de respuesta. La lengua se le disparaba antes de haber entrado del todo, y no había ninguna grosería sobre que la echarían a la fuerza de la habitación que consiguiera desanimarla.

Había algo en la anciana que daba pena y que se imponía. Hasta su aliento maloliente se convertía en un componente de su malsano atractivo. Para mí era el espectáculo de tanta vitalidad heroica en un pozo tan agotado lo que me hacía sentir afecto por la viuda. Yo nunca cocinaba en mi dormitorio del ático. Solo me encontraba con la señora Wayne en la cocina de la patrona las veces que me había ganado la cena por hacer pequeños trabajos en la casa. La propia casera no era inmune al encanto de la señora Wayne, y las historias que contaba esta indudablemente la dejaban en éxtasis. Cuando ponía cosas al fuego siempre añadía: «Si a la muy puta le llega el olor de esto, ¡no habrá nada que la pueda detener!».

Ocho años después esos personajes desaparecieron, la tierra se los tragó, las paredes los absorbieron como a la humedad. Era indudable que la anciana señora Wayne y su abollado cacharro de cocina habían desaparecido entre protestas, y no estoy completamente seguro de que con ellos el mundo no haya perdido al mayor genio patológico desde Baudelaire o Poe. Su tema de conversación favorito era la muerte de parientes y amigos a los que había cuidado con la vista y el oído atentos para que no se le escapara ningún detalle de sus agonías. Su memoria los reproducía en la cocina de la casera de modo tan gráfico que yo mismo me sentía enfermo de espanto, sin embargo tan fascinado, que el riesgo a quedarme sin ganas de tomar una cena ganada con tanto esfuerzo no se imponía a las ganas de taparme los oídos. La patrona estaba igualmente hechizada. Poco a poco sus roncos murmullos de incredulidad y sus gestos impacientes daban paso a un placer tan morboso que se le aflojaban las mandíbulas y babeaba. Una mirada perdida, como si estuviera hipnotizada, asomaba a sus ojos habitualmente incisivos como alfileres. Mientras tanto, la señora Wayne, con el cazo sujeto delante del pecho, hacía un lento y oblicuo movimiento de aproximación al gran fogón de la cocina. Era tan potente su hechizo que incluso cuando de hecho levantaba la tapa de la cazuela con el guisado y se servía algo de su contenido en el cazo, aunque la mirada de la casera seguía sus movimientos, no parecía que se diese cuenta de ellos. No hasta que la desventurada protagonista de la historia había llegado a la desgraciada conclusión final —los ojos se le salían de las órbitas y unos efluvios fantasmales empapaban la ropa de su cama—, y entonces el encanto perdía la suficiente fuerza para permitir que los oyentes de la narración se dieran cuenta con claridad de lo que pasaba más allá de la escena representada. En ese momento la señora Wayne ya había rebañado su cazo con un apetito lobuno y se había dirigido a un punto tan cercano a la puerta que cualquier cosa desagradable procedente de la casera al salir del trance quedaría fuera del alcance del oído de la viuda antes de alcanzar su objetivo.

En aquella vieja casa el silencio era mortal, y si no las altas paredes enyesadas sonaban como alarmas anunciando fuego debido a voces airadas, a riñas sobre el uso del retrete, acusaciones de robo o amenazas de expulsión. Yo no tenía puerta en mi habitación, que estaba en el ático, solo una andrajosa cortina que no evitaba la andanada de miserias humanas que explotaban con tanta frecuencia. Las paredes de la habitación estaban pintadas con lunares rosas y verdes, y había una claraboya. Esa claraboya iluminaba débilmente de noche. Había un banquito debajo de ella. De cuando en cuando, en momentos en que a la habitación no la iluminaba otra luz, una vaga imagen grisácea parecía estar sentada en el hueco donde estaba ese banquito. Era la frágil y melancólica figura de un ángel o de una madonna ajada y de edad. La aparición se producía en el hueco con mayor frecuencia las noches de invierno de Nueva Orleáns, cuando caía una lenta lluvia de un cielo que no estaba lo suficientemente nublado para separar por completo a la ciudad de la luna. Nueva Orleáns y la luna siempre me ha parecido que se entendían entre ellas, que tenían una intimidad de hermanas que han envejecido juntas y ya no necesitan más que una mirada sin palabras para comunicarse sus sentimientos una a otra. Esta atmósfera lunar de la ciudad me trae de vuelta a ella siempre que se han apaciguado las oleadas de energía que me han llevado a ciudades más vitales, y se impone una época de retiro. Cada vez que he tenido una herida psíquica profunda, una pérdida o un fracaso, he vuelto a esa ciudad. En esos periodos parecía como si yo perteneciera a ella y a ningún otro lugar del país.

Durante esa primera estancia en Nueva Orleáns todavía no habían hecho presencia ninguno de los pequeños estímulos que impulsan mi vida de escritor y ya había aceptado el anonimato y el fracaso. Ya había aprendido a hacer religión de la resistencia y secreto de mi desesperación. Las noches eran un consuelo. Cuando la bombilla desnuda se había apagado y todo lo visible había desaparecido salvo el borroso hueco profundamente enraizado en una pared que daba a la calle Bourbon, yo parecía deslizarme a otro estado de la existencia en el que no mantenía penosos contactos con el mundo. Durante un rato el hueco seguía vacío: pero después de que mis pensamientos hicieran una imaginaria excursión y me volvía para mirar otra vez en aquella dirección, la figura transparente había entrado silenciosamente y se había sentado en el banquito de debajo de la ventana, iniciando aquella paciente vigilancia que me sumía en el sueño. Las manos de la figura estaban recogidas entre los ropajes incoloros del regazo y los ojos se clavaban en mí con una mirada amable, nada interrogadora, que yo llegaba a recordar como la propia de mi abuela durante su enfermedad, cuando yo iba a su habitación y me sentaba junto a su cama y quería decir algo o poner mis manos sobre las suyas, pero no podía hacer ninguna de las dos cosas, pues era consciente de que si hacía alguna me desharía en unas lágrimas que la preocuparían aún más que su enfermedad.

La aparición de esta figura gris en el hueco precedía unos pocos instantes al momento de quedarme dormido. Cuando la veía allí, yo pensaba consolado: Bueno, ahora estoy a punto de dormir, en unos momentos todo habrá desaparecido y no volverá hasta por la mañana…

Una de esas noches vino a mi habitación un visitante más palpable. Un calor que no era el mío me arrancó del sueño, y al despertar encontré que había entrado alguien en mi habitación y se había inclinado sobre mi cama. Di un salto y casi grité, pero los brazos del visitante me lo impidieron vehementemente. Susurró su nombre, que era el de un artista tuberculoso que dormía en la habitación de al lado. Quiero, quiero… susurró. Conque me volví a tumbar y le dejé que hiciera lo que quisiese hasta que terminó. Luego, sin decir nada, se levantó y salió de mi cuarto. Durante los momentos siguientes le oí toser y murmurar para sí mismo al otro lado de la pared que nos separaba. Pero al final me volví a adormecer. Eché una ojeada al hueco de debajo de la claraboya. Sí, allí estaba el ángel. Me pregunté si habría contemplado las cosas extrañas que habían pasado y cuál sería su actitud hacia las perversiones del deseo. Pero no hubo la más mínima señal. Las dos manos sin peso seguían sujetándose sin fuerza una a otra entre el ropaje incoloro del regazo, los fríos y solidarios ojos grises en la cara levemente nacarada estaban tan inmóviles como los de una estatua. Noté que había dejado que se produjera el acto, y que ni lo desaprobaba ni lo aprobaba, de modo que me volví a dormir.

No mucho después del episodio de mi habitación, el artista estuvo implicado en una escena espantosa con la casera. Su enfermedad entraba en la fase final, tosía todo el tiempo pero se las arreglaba para seguir trabajando. Hacía dibujos rápidos en el Two Parrots, que estaba a la vuelta de la esquina, en Toulouse. No se fiaba de nadie ni de nada. Vivía en un mundo completamente hostil a él, implacablemente hostil, y nadie podía atravesar las paredes que le rodeaban durante más tiempo que el que duraban los frenéticos momentos de deseo que le dominaban. No cedía a la fiebre mortal que le afectaba los nervios. Inventaba toda clase de quejas y molestias triviales para ocultarse a sí mismo que se estaba muriendo. Uno de estos subterfugios a los que recurría por la noche era a lo mucho que le molestaban las chinches. Aseguraba que su colchón estaba infestado de ellas, y todas las mañanas realizaba un airado informe a la casera sobre el número de las que le habían picado durante la noche. La vieja no se lo quería creer. Por fin, una mañana hizo que la casera entrara en la habitación para que echase una ojeada a su ropa de cama.

Le oí respirar trabajosamente mientras la vieja revolvía y removía el rincón donde estaba la cama.

—Bien —dijo finalmente con un gruñido—, yo no encuentro nada.

—¡Dios santo! —dijo el artista—, ¡está usted ciega!

—¡Muy bien! ¡Enséñemelo! ¿Qué hay en esta cama?

—¡Mire esto! —dijo el artista.

—¿Qué?

—Esa mancha de sangre de la almohada.

—¿Y qué?

—¡Aplasté ahí a una chinche tan grande como una uña mía!

—¡Juá, juá, juá! —soltó la casera—. ¡Es donde usted escupió sangre!

Hubo una pausa en la que la respiración de él se hizo más ronca. Su voz, cuando volvió a surgir, estaba tremendamente alterada.

—¡Cómo se atreve, maldita sea, a decir eso!

—¡Juá, juá, juá! Supongo que pretende que no escupe usted sangre, ¿no?

—¡No, no, nunca! —gritó él.

—¡Juá, juá, juá! Usted escupe sangre todo el tiempo. He visto escupitajos suyos en la escalera, en el vestíbulo y en el suelo de este dormitorio. Deja un rastro de ella en todos los sitios a los que va. Deja un sendero de sangre como un pollo que corriera con la cabeza cortada. Usted tose y escupe y contagia la enfermedad. ¡Y eso no es todo lo que hace usted!

—Oiga —vociferó el artista—. ¿Qué tipo de insinuación es esa?

—¡Juá, juá, juá! ¡Yo no insinúo nada, se trata de hechos sabidos!

—¡Fuera! —gritó él.

—¡Estoy en mi casa y digo lo que me apetece! Lo sé todo de los degenerados del barrio como usted. Por algo llevo diez años alquilando habitaciones en el barrio. Una panda de mestizos, de borrachos y degenerados, con tipos así es con quienes me las tengo que ver. Pero usted es el peor de todos, ¡nadie le gana! Y no solo aquí, también en el Two Parrots. Su espantoso proceder se ha convertido en el tema principal de conversación del local donde usted trabaja. Tiene lleno de escupitajos el caballete. Deben fregarlo con un potente desinfectante todas las noches. El encargado está molesto. Quiere que recoja su caballete y se vaya al infierno. Lo que pasa es que no se lo dice porque es usted un caso perdido. Fíjese, una de las camareras me contó que algunos clientes se iban sin pagar porque usted había tosido y escupido justo al lado de su mesa. Eso es lo que pasa, ¡y el encargado está harto de eso!

—¡Está contando mentiras!

—¡Lo que digo es verdad! ¡Me enteré por la cajera!

—¡Debería darle un guantazo!

—¡Adelante!

—¡Debería partirle esa espantosa cara vieja!

—¡Adelante, adelante, inténtelo! ¡Tengo un sobrino que es capitán de la policía! ¡Pegúeme y dará con sus huesos en el calabozo! ¡Un manguerazo en la espalda es lo que le darán allí!

—¡Debería arrancarle esas asquerosas mentiras de la boca!

—¡Juá, juá! ¡Venga, inténtelo! ¡El esfuerzo le matará a usted!

—Tendrá usted su merecido —dijo él jadeando—. ¡Una de estas noches encontrará que tiene un cuchillo clavado!

—Por usted, supongo, ¿no? ¡Se va a morir usted en la calle, echará los pulmones por la boca a fuerza de toser! Lo llevarán al depósito de cadáveres. Nadie reclamará su esquelético cadáver. Lo meterán en una caja y lo cargarán en una barcaza del río. Y cuanto antes mejor, además. Un caso como el suyo es una amenaza y un peligro público. No tiene derecho a ser un riesgo para las personas sanas. Debería ir usted al pabellón de beneficencia del San Vicente. Es el sitio adecuado para una persona que se está muriendo y que no tiene la cordura de darse cuenta de lo que de verdad le pasa en lugar de andar protestando de que las chinches le manchan de sangre la almohada. ¡Agh! ¡Chinches! ¡Usted es la chinche que mancha de sangre todas estas sábanas! ¡Es usted, y no las chinches, lo que deja tan hecho una pena el Two Parrots que tienen que restregarlo con lejía todas las noches! Es usted, y no las chinches, el que hace que los clientes se marchen sin pagar. ¡El encargado no está molesto con las chinches, sino con usted! Y si no se marcha usted por su propia voluntad, se va a enterar muy pronto. Tampoco yo le quiero aquí. No, después de las amenazas y de la escena que ha montado esta mañana. ¡Quiero que recoja todas sus porquerías, todos sus pañuelos sucios y sus frascos, y se largue de aquí antes de las doce, o por Dios, por el mismo Jesucristo, que cualquier cosa que deje irá directamente al incinerador! ¡Yo misma la recogeré con un palo de tres metros y la tiraré al fuego, porque nada de lo que haya tocado usted es seguro para el contacto humano!

El artista salió corriendo de la habitación, le oí correr escalera abajo y salir del edificio. Fui a la claraboya del hueco y le vi dando vueltas enloquecidas por la calle. Estaba loco de ira. Un camarero del restaurante chino salió y le agarró del brazo; un borracho de un bar razonó con él. El joven sollozaba y se lamentaba, andaba de una puerta a otra de los antiguos edificios hasta que el borracho se las arregló para meterle en un bar.

La casera y una negra gorda y vieja que trabajaba en la casa quitaron el colchón del joven de la cama y lo arrastraron hasta el patio. Lo metieron por la trampilla de hierro del incinerador y le prendieron fuego, manteniéndose a una distancia prudente para verlo arder. La patrona no estaba contenta con solo la quema, soltó un largo parlamento a voz en grito con respecto a él.

—No lo quemamos porque tenga chinches —gritaba—. Quemo este colchón porque lo han contagiado. Uno con tisis ha estado tumbado en él, ¡un degenerado asqueroso y un mentiroso!

Siguió y siguió hasta que el colchón quedó completamente consumido; y aún después continuó.

Luego mandó a la vieja negra al piso de arriba para que se llevase las pertenencias del joven. Había empezado a llover y, a pesar de las protestas de la casera, la negra colocó todas las cosas debajo del platanero del patio y las tapó con un trozo de linóleo desechado que sujetó con unos ladrillos.

A la puesta de sol el joven volvió a la casa. Le oí toser y jadear bajo la lluvia del patio mientras recogía sus cosas de debajo del fantástico paraguas verde y amarillo del platanero. Parecía que estaba hablando de todas las cosas malas que había padecido desde que había venido a este mundo, pero al final sus quejas se centraron en la pérdida de un peine precioso. «Ay, Dios mío —murmuraba—. Me ha robado el peine, tenía un peine precioso que me dio mi madre, un peine de concha de tortuga con un mango de plata y perlas. ¡Ha desaparecido, me lo han robado, y el peine perteneció a mi madre!»

Al final lo encontró, o el joven renunció a su búsqueda, pues las palabras se interrumpieron. Una plateada y húmeda quietud se impuso en la casa de la Bourbon como si el día y la noche hubieran terminado con lo que tenían que hacer allí, y en mi habitación las manillas luminosas de un reloj y el gris borroso del hueco eran lo único del mundo visible que permanecía.

El episodio puso fin a mi residencia en la casa. Las noches siguientes el transparente ángel gris dejó de aparecer en el hueco de debajo de la claraboya y el sueño tuvo que acudir sin ninguna sanción maternal. Conque decidí terminar con mi estancia en la pensión. Notaba que la delicada anciana angélica me había dado a entender que debía irme, y que si me volvía a visitar alguna vez, sería en otro momento y en otro lugar… que todavía no han llegado.

WILLIAMS 2

BIENVENIDOS A MASTER CLASS SOBRE TENNEESSEE WILLIAMS!

ESSENNA NARRACION + CULTURA PEDRO PARCET

LA POESÍA DE LA VULNERABILIDAD

Tennessee Williams no había nacido para clásico. Muchos autores nacen con su estatua bajo el brazo, pero Williams, cuyas ambiciones no eran ni pocas ni menguadas, daba la impresión de haberse adelantado a su propia gloria. Nada más fácil, por ejemplo, que obtener una entrevista con él a pesar de su celebridad. A mí me concedió tres, aunque en ninguna de ellas estaba en condiciones de decir nada interesante. Terminó en farsa: en otra ocasión –en la recepción ofrecida con motivo de la recogida del premio del National Arts Club, en 1975– me dejó en compañía de las personas que, en su opinión, sabían sobre su vida y su obra más que él mismo. Al ver su doble sonrisa (él sonreía más con los ojos que con la boca) me di cuenta de que estaba tomándome el pelo. Se trataba de su hermana Rose, cuyo silencio lobotomizado era impenetrable, y del director de teatro y cine Elia Kazan, quien me explicó con divertida cortesía que el dramaturgo tenía ese tipo de salidas. Por eso no dejan de ser una satisfacción las solemnes celebraciones del centenario de su nacimiento, aunque la verdadera consagración haya sido la publicación de su obra en dos volúmenes de la Library of America en 2001. La figura algo patética, con sus gafas y su corbata siempre fuera de lugar, finalmente cristaliza: «Tel qu’en lui-même enfin l’éternité».

Todo eso no pasa de una confirmación. La poesía de la vulnerabilidad que mana de sus mejores piezas fue identificada desde el principio, por él mismo y por la crítica, como autobiográfica, como la transfiguración de un yo apabullado por su aparente insignificancia ante los otros y ante el mundo. «El miedo del mundo –escribe en una carta de 1942–, la lucha por encararlo y no huir, el miedo de la realidad, es la más real de todas mis experiencias». Cuando Blanche dice, en A Streetcar Named Desire, que siempre dependió de la bondad de extraños, era Tennessee Williams quien hablaba. En la introducción a Sweet Bird of Youth el autor afirma que no puede mostrar debilidades en las tablas «excepto cuando las conozco por tenerlas yo mismo». Es de la sordidez y desesperanza de su juventud de donde sus piezas extraen su material y su fuerza, visitándolas obsesivamente como quien acaricia una herida infectada. El lirismo que las eleva se revela como «las gloriosas esperanzas del pasado», vibrando con las reverberaciones de lo que pudo haber sido y no fue. Como sucede con Faulkner, otro sureño, el pasado de Tennessee Williams nunca termina de pasar, pero sin la épica faulkneriana: es un pasado personal e íntimo.

El paraíso perdido de Thomas Lanier Williams –el nombre de guerra «Tennessee» es una alusión– fue una infancia idílica en el «sur profundo» bajo los cuidados indulgentes de sus abuelos maternos. La caída se produce cuando su padre, hasta entonces una figura lejana debido a sus ausencias de viajante de comercio, se ve obligado a aceptar un empleo de oficina en una industria de zapatos en San Luis (Missouri), metrópoli provinciana que aplasta las pretensiones de clase media de la familia Williams. Alcohol y amargura en dosis iguales hacen de Cornelius, el padre, un tirano doméstico violento e indescifrable que se burla del pequeño Tom llamándolo «señorita Nancy». La madre, Edwina, complica las cosas con la nostalgia de un estatus perdido imaginario. Las peleas familiares, las miserias económicas, la imposibilidad de comunicación entre los miembros de la familia, la falta de perspectivas que desembocaría en la Gran Depresión, «el gran trauma psicológico» de la locura de la amada hermana Rose, oprimen y desesperan al futuro dramaturgo, que sólo se libraría de esa carga en la frágil densidad cristalina de sus escenas. Burbujas que estallan como bombas.

De hecho, es posible afirmar que en el momento en que finalmente consigue purgar su infierno interior agota la fuente de su arte. En 1960 Williams escribe un texto extraordinario sobre su padre, The Man in the Overstuffed Chair (publicado en 1980 y hoy disponible como prefacio de algunas ediciones de sus cuentos completos). En él el autor transfiere su afecto por la madre –aliada de toda la vida– al padre, a quien cree por fin entender. La madre, que es al mismo tiempo Blanche DuBois y su hermana Stella Kowalski en A Streetcar Named Desire (1947) –vale decir una sureña «caída» y casada con un hombre inferior, y la hermana que sigue viviendo de glorias pasadas– había sido hasta entonces para Tennessee Williams un refugio de delicadeza en un mundo grosero y brutal. Mundo en buena medida personificado por el padre, siempre atormentado por el dinero que no consigue traer a casa. Antes de escribir sus obras más importantes, en 1939, Williams había explicado a su agente que «tengo un solo tema clave para toda mi obra, que es el impacto destructivo de la sociedad en los individuos sensibles e insumisos». Hasta 1960 el instrumento de agresión de la sociedad había sido encarnado por el padre, en conflicto con la «sensibilidad» de la familia: la madre, la hermana y el hijo Tom. En la pieza Suddenly, Last Summer (1958), la señora Venable defiende a su hijo Sebastian, un poeta, diciendo que «la vida de un poeta es su trabajo, mientras que el trabajo de un vendedor es una cosa y su vida es otra». Sólo en el texto de 1960 Williams reconoce que su padre también libraba una guerra perdida contra el mundo. «Ahora entiendo muchas cosas sobre él, como su rabia contra la vida, tan similar a la mía, ahora que tengo la misma edad que él». Casi con perfecta sincronía escénica, Williams experimentaría poco tiempo después su primer fracaso teatral con The Night of the Iguana (1964).

Llegaban así a su fin tres lustros dorados, inaugurados con The Glass Menagerie (1944), cuando el arte de Tennessee Williams dominó las tablas norteamericanas y mundiales, llegando a los públicos más distantes en adaptaciones cinematográficas. Gore Vidal recuerda en sus memorias la gloria juvenil de los escritores norteamericanos, que gastaban sus derechos de autor en la Europa postrada y empobrecida por la Segunda Guerra Mundial: James Baldwin, Norman Mailer, Truman Capote, Paul Bowles y otros. Vidal anota también cuánto más viejo le parecía Tennessee Williams con sus treinta y siete años. Efectivamente, Williams, a pesar de algunos premios literarios prematuros, había tenido un desarrollo artístico tardío (emocional y sexual también: sólo descubrió su homosexualidad y la plenitud erótica al rozar los treinta). Hasta entonces había llevado una vida errante y pobretona, en la que su «principal ocupación subsidiaria» –además de la literatura– era la de camarero, tras pasar una década como eterno estudiante universitario (Williams es tal vez el único dramaturgo de genio con un diploma de estudios teatrales). Sin embargo, se había declarado escritor a los dieciséis años, habiendo descubierto la literatura a los catorce «como un medio para escapar de un mundo real en el que me sentía profundamente incómodo».

El genio de Williams –es evidente– se explica por el arreglo de cuentas con su infierno familiar para poder reconciliarse con la vida. La crítica ha mostrado cómo su obra teatral se deriva repetida e insistentemente de sus poemas y, sobre todo, de sus cuentos (dígase de paso que Williams es excelente cuentista). Una imagen es vislumbrada en un poema, madurada en un cuento y consumada en el teatro. Su primera pieza escenificada, Battle of Angels (1940) arranca de un poema. Y su primera obra maestra, The Glass Menagerie, nace de un soberbio cuento de 1941, Portrait of a Girl in Glass, que perpetúa los momentos de felicidad familiar con la hermana Rose. Cuando su agente literaria, la mítica Aubrey Wood, le pide una lista de sus obras antes de aceptar un breve y desdichado contrato en Hollywood (para asegurarle los derechos de autor), queda sorprendida con el número de textos. Eso aclara la trayectoria literaria de Williams y la especificidad de su lento desarrollo estético. Gore Vidal recuerda, no sin malicia, la ignorancia y desidia cultural del dramaturgo, dejando constancia al mismo tiempo de que era un trabajador contumaz. Pero está claro que la originalidad y autenticidad de la obra de Williams es el resultado no de refinamientos estéticos, sino de una búsqueda íntima. Toda su vida y sus esfuerzos cristalizaron en dos piezas casi perfectas, que son las dos caras de una misma moneda: The Glass Menagerie A Streetcar Named Desire. Otra, Cat on a Hot Tin Roof (1955) es más refinada técnicamente, pero no deja de ser una reiteración.

Eso explica el impacto inesperado y triunfal de The Glass Menagerie en el teatro estadounidense, exactamente en su período áureo. La dramaturgia norteamericana había obtenido su consagración con el Premio Nobel concedido en 1936 a Eugene O’Neill, cuya obra había introducido en los escenarios norteamericanos la modernidad teatral de Ibsen y Strindberg, asimilándola. La formación y triunfo de Williams ocurre a la sombra de O’Neill, pues dos de sus obras mayores son montadas en esa época: The Iceman Cometh (1946) y Long Day’s Journey Into Night (1956, póstuma). Pero las tragedias al gran estilo de O’Neill, con su diálogo poco idiomático, ya tenían un sabor algo arcaico para los Estados Unidos de la Depresión, y más aún de la posguerra. El teatro de Arthur Miller –algunos críticos hablan de la «era Miller-Williams» al analizar el período de posguerra– refleja un nuevo mundo social y político. Pero es la obra de Tennessee Williams la que llega a la fibra íntima del público, y por excelentes razones. A los cambios sociales externos corresponde un doloroso cambio en la psicología colectiva, en las relaciones entre las generaciones y los sexos. De ahí que Williams afirmara que sus piezas se basan en la implosión de la familia estadounidense.

El impacto de The Glass Menagerie fue también estético. A pesar de sus estudios formales, Tennessee Williams no era un literato en busca de formas y métodos nuevos, sino un mensajero en busca del mejor y más efectivo vehículo para su mensaje. Por este motivo, argumentos y tipos nunca son abandonados, aunque no funcionen en un primer impulso; son reescritos una y otra vez, retomados en nuevas piezas con otros títulos, pero fácilmente reconocibles. Y el hecho es que, como todo artista lírico –es decir, intransferiblemente subjetivo–, el contenido es la forma. Eso fue reconocido gentilmente por el propio Arthur Miller, quien, reconociendo la influencia que recibió a pesar del paralelismo de sus carreras, indica que Williams «abrió nuevas vertientes al colocar en escena la sensibilidad en estado puro, no abandonando las estructuras dramáticas, sino transformándolas». Después, sin la nostálgica poesía de The Glass Menagerie –una «pieza de la memoria»–, A Streetcar Named Desire encara frontalmente las consecuencias, mostrando las pasiones apenas presentidas en la primera pieza, especialmente las sexuales. Williams nunca conseguiría superar, aunque algunas veces sí la iguale, la intensidad de estas dos obras.

Ya con la primera se hizo rico y famoso. Con la mitad de los derechos de autor de Menagerie su madre pudo emanciparse de Cornelius Williams. Con Streetcar, la primera pieza teatral que recibió los tres grandes premios literarios nacionales, incluido el Pulitzer, Tennessee Williams comienza a reinar soberanamente en los escenarios estadounidenses, al mismo tiempo que conquista una seguridad que las cartas de su juventud pintaban como utópica. Ignorando las acusaciones de repetitivo, escribiría algunas piezas memorables más, pero ya había dicho lo que tenía que decir. En un texto célebre, describió su situación como «la catástrofe del éxito». Saturado de alcohol y Nembutal, aterrorizado por la soledad, se convirtió en el hombrecillo sudoroso e incoherente que conocí, consciente de haberse sobrevivido.

Pero un superviviente no necesita ser un derrotado. Blanche DuBois habla del terror que le inspiraba morir asfixiada por una uva, y Williams murió asfixiado por la tapa de un frasco de medicamentos, solo, en un cuarto de hotel, como había vivido gran parte de su vida. Pero el eco es más profundo. Gore Vidal cuenta cómo la actriz inglesa Claire Bloom se inspiró para una actuación extraordinaria en Streetcar en que, antes de salir al escenario, Williams le aseguró que la frágil y delicada Blanche terminaría por triunfar en la vida, imponiendo sus propias condiciones. Como el frágil y atormentado Tennessee Williams, que triunfa siempre que sus piezas se representan en cualquier escenario del mundo.

Este es un ensayo de Hugo Estenssoro

POESÍA

APAGAR EL VELADOR

Apagar el velador
es un acto a cuya eventual necesidad me rindo,
con reticencia cada vez mayor,

y que demoro leyendo más allá de mi límite
de concentración algún artículo o relato,
tomándome otra copa de jerez Dry Sack, poniendo
la píldora para dormir en un lugar donde pueda localizarla
con facilidad en la oscuridad, por si la tableta preliminar
de Valium no bastara

Porque, verás, a los sesentaicinco,
renunciar a la conciencia para dormir
implica, usualmente, un dejo de aprensión nerviosa,
porque tal vez no vuelva a revivir. Sin embargo,

a veces sospecho que hay en esto
un cierto placer escondido: también un dejo
de fascinación oculta en la rendición…

……..

WILLIAMS 1

PEQUEÑA RESEÑA  TENNEESSEE WILLIAMS

BIENVENIDOS A NUESTRAS MASTER CLASS SOBRE TENNEESSEE WILLIAMS!

ESSENNA NARRACION + CULTURA PEDRO PARCET

Thomas Lanier Williams III, más conocido por el seudónimo Tennessee Williams (Columbus, Misisipi, 26 de marzo de 1911-Nueva York, Nueva York, 25 de febrero de 1983), fue un destacado dramaturgo estadounidense. El nombre «Tennessee» se lo dieron sus compañeros de escuela a causa de su acento sureño y el origen de su familia.​ En 1948 ganó el Premio Pulitzer de teatro por Un tranvía llamado Deseo, y en 1955 por La gata sobre el tejado de zinc. Además de estas dos obras recibieron el premio de la Crítica Teatral de Nueva York: El zoo de cristal (1945) y La noche de la iguana (1961). Su obra de 1952 La rosa tatuada (dedicada a su compañero, Frank Merlo) recibió el Premio Tony a la mejor obra. Los críticos del género sostienen que Williams escribía en estilo gótico sureño. Es conocido mundialmente porque muchas de sus obras han sido filmadas.

Nació en Columbus, Misisipi, en casa de su abuelo materno, el rector de la Iglesia episcopal local —la casa es hoy el Centro de Bienvenida a Misisipi y oficina de turismo de la ciudad—. Su padre, Cornelius Coffin Williams, un viajante de zapatos, cada vez se hacía más agresivo conforme sus hijos crecían. Su madre, Edwina Williams (de soltera Edwina Dakin), descendía de una buena familia sureña. Tuvo dos hermanos, Rose Isabel Williams (1909–1996)2​ y Walter Dakin Williams3​ (1919–2008),4​5​ el preferido de su padre.

En 1918 la familia se trasladó a St. Louis, Misuri. Ese mismo año, a Tennessee le fue diagnosticada la difteria. Durante dos años casi no pudo hacer nada; entonces, su madre decidió que no le iba a permitir perder el tiempo. Lo animó a que usara su imaginación y, cuando tenía trece años, le dio una máquina de escribir.

Williams ganó el tercer premio (5 dólares) por un artículo (“Can a Good Wife Be a Good Sport?”) publicado en Smart Set, en 1927, a los dieciséis años. Un año después publicó “The Vengeance of Nitocris», en Weird Tales.

A principios de los años 1930, Williams estudió en la Universidad de Missouri-Columbia, donde fue miembro de la fraternidad «Alpha Tau Omega». Allí fue donde sus compañeros de fraternidad lo apodaron Tennessee, por su rico acento sureño. En 1935, Williams escribió su primera obra interpretada públicamente, Cairo, Shanghai, Bombay!, representada por primera vez en Memphis.

Williams vivió en el barrio francés de Nueva Orleans, Luisiana. Se trasladó allí en 1939 a escribir para la WPA, y vivió primero en el número 722 de la calle Toulouse, donde se sitúa su obra de 1977 Vieux Carré (hoy una fundación cultural). Escribió Un tranvía llamado deseo (1947) mientras vivía en el número 632 de la calle St. Peter.

De Nueva Orleans marchó a Nueva York, donde ejerció diversos trabajos, desde camarero a portero. Cuando los Estados Unidos entraron en guerra, fue declarado no apto debido a su expediente psiquiátrico, su homosexualidad, su alcoholismo y sus problemas cardíacos y nerviosos.

En 1943 fue a Hollywood, contratado por la Metro Goldwyn Mayer, para hacer la adaptación cinematográfica de una novela de éxito. Con El zoo de cristal puso en escena a su madre y a su hermana; se estrenó en Nueva York en 1945. Su éxito lo convirtió, a los 34 años, en una súbita celebridad.

Se confirmó dos años más tarde con el éxito de Un tranvía llamado Deseo, con puesta en escena de Elia Kazan, que marcó el debut teatral de un joven del Actors Studio: Marlon Brando. Frecuentaba todos los años la isla de Key West en Florida, donde tenía una casa. Fue presidente del jurado del Festival de Cannes de 1976.

Su familia

Tennessee se sentía muy próximo a su hermana, Rose, que quizá fue quien más influyó en él. Era una belleza delgada que pasó la mayor parte de su vida adulta en hospitales mentales. Sus padres autorizaron una lobotomía prefrontal en un intento de tratarla. La operación, llevada a cabo en 1943 en Washington, D. C., fue mal, y Rose quedó incapacitada para el resto de su vida.

La fracasada lobotomía de Rose fue un duro golpe para Williams, quien nunca perdonó a sus padres por permitir semejante operación. Pudo haber sido uno de los factores que lo llevaron al alcoholismo.

La obra de Williams The Parade or Approaching the End of Summer, escrita cuando tenía 29 años y sobre la que siguió trabajando a lo largo de su vida, es un retrato autobiográfico de un temprano romance en Provincetown. Esta obra ha comenzado a representarse solo recientemente, estrenada el 1 de octubre de 2006 en Provincetown, Massachusetts, por la compañía Shakespeare on the Cape como parte del Primer Festival Anual Tennessee Williams.

 Su muerte

El 25 de febrero de 1983, Williams fue encontrado muerto en su suite del Hotel Elysée en Nueva York a los 71 años. El informe del médico forense indicó que murió atragantado con el tapón de un envase de gotas para los ojos que utilizaba con frecuencia, el cual debió intentar abrir con los dientes. Un informe forense modificado indicó que el uso de fármacos y alcohol pudo haber contribuido a su muerte por la supresión de su reflejo nauseoso. Se encontraron medicamentos recetados, incluyendo barbitúricos, en la habitación. La causa de la muerte informada fue «intolerancia al Seconal (secobarbital)».

Williams fue enterrado en el Cementerio Calvary de St. Louis, Misuri, a pesar de su deseo de ser enterrado junto al mar, aproximadamente en el mismo lugar que el poeta Hart Crane, a quien consideraba una de sus influencias más significativas. Legó los derechos literarios de sus obras a Sewanee, La Universidad del Sur, en honor a su abuelo, Walter Dakin, un alumno de la universidad ubicada en Sewanee (Tennessee). Los fondos hoy sostienen un programa de escritura creativa.

En 1989 Williams fue incluido en el Paseo de la Fama de St. Louis.

 En veinticuatro años, diecinueve obras de Tennessee Williams se representaron en Broadway. También se han representado en otros países. Así, en Francia fue Jean Cocteau quien adaptó Un tranvía llamado Deseo, y Françoise Sagan, Dulce pájaro de juventud.

Todo el teatro de Tennessee Williams, donde se ve la influencia de Faulkner y de D. H. Lawrence, está atravesado por los inadaptados, los marginados, los perdedores, los desamparados, por los cuales muestra todo su interés, como explica en sus Memorias. A través de todos sus personajes, en una mezcla de realismo y sueño, dentro del desastre o la fantasía, analiza la soledad, que fue la constante en su vida.

Sus trabajos se basan en la oposición entre el individuo y la sociedad, recurriendo a personajes casi arquetípicos: la aristócrata en decadencia, la joven débil y víctima del macho dominante, el joven sensible y con aspiraciones artísticas, el hombre emprendedor y agresivo. Este cuarteto, con sus sucesivas variantes, se insertan en una oposición más general entre los integrados que aceptan la hipocresía y los rebeldes, marginados que rechazan el compromiso.

El tema común de la «heroína loca», que aparece en muchas de sus obras, pudo haber sido influencia de su hermana. Los personajes de sus obras suelen verse como representaciones directas de los miembros de su familia. Así, se ve la figura de su hermana Rose en Laura Wingfield, de El zoo de cristal, y Blanche DuBois en Un tranvía llamado Deseo. El tema de la lobotomía también aparece en De repente, el último verano. Amanda Wingfield, en El zoo de cristal, puede representar fácilmente a la madre de Williams. Muchos de sus personajes se consideran autobiográficos, incluyendo a Tom Wingfield en El zoo de cristal, y Sebastian en De repente, el último verano.

Las piezas dramáticas de Tennessee Williams han sido adaptadas en varias ocasiones al cine. Las adaptaciones fueron dirigidas por los más grandes directores de su generación, desde Joseph L. Mankiewicz hasta John Huston. Dada la intensidad de las tramas y la riqueza potencial de sus atormentados personajes, la calidad de estas adaptaciones ha sido, en general, magnífica, y muy propicia para que actores de calidad expongan en ellas su talento interpretativo.

Así, Elia Kazan dirigió en 1951 la primera adaptación al cine de una obra de Williams, Un tranvía llamado Deseo, interpretada por Marlon Brando y Vivien Leigh, que se cuenta entre las mejores jamás rodadas sobre un texto del dramaturgo; Daniel Mann llevó al cine La rosa tatuada en 1955, con Anna Magnani, en un papel escrito expresamente para ella y que le dio varios premios de interpretación —Oscar incluido— y Burt Lancaster, pero que Magnani, al negarse a hacerla en los escenarios de Broadway, posibilitó la consagración de Maureen Stapleton.

Richard Brooks llevó a cabo con la adaptación de La gata sobre el tejado de zinc en 1958, con Elizabeth Taylor y Paul Newman como protagonistas, una de las películas de referencia obligada si hablamos de las obras del genial Tennessee en la pantalla; y el mismo Brooks dirigió en 1962 la adaptación de Dulce pájaro de juventud, repitiendo a Newman y con la excepcional Geraldine Page, recreando esos ambientes entre sórdidos y claustrofóbicos que caracterizan las obras del sureño, aunque más suavizada con respecto al original que adaptaciones anteriores debido a la censura en los Estados Unidos, que ese mismo año se cebaba con Lolita (Stanley Kubrick) o Confidencias de mujer (George Cukor).

Joseph L. Mankiewicz estrenó en 1959 De repente el último verano, con un reparto estelar, como sucede en muchas películas basadas en Williams: Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn y Montgomery Clift. Se convirtió casi desde entonces en una de las mejores —si no la mejor— traslaciones de su obra a la gran pantalla.

En 1961, Vivien Leigh repitió con obra de Tennessee Williams en La primavera romana de la Sra. Stone, dirigida por José Quintero y acompañada por un juvenil Warren Beatty como el gigoló romano Paolo di Leo. Quizá no suficientemente valorada en su momento, pese a que gozó de gran popularidad, es una película a tener en cuenta. Cabe mencionar también la espléndida y oscura versión que dirigió John Huston en 1964 de La noche de la iguana, con Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, cuya acción transcurre en México, y que en su día constituyó un fracaso en taquilla, pero hoy emerge como un auténtico clásico moderno. Otros títulos, no tan recordados pero que merecen una revisión, son: Verano y humo, de Peter Glenville (1961), con una de las grandes interpretaciones de Geraldine Page junto a la ya citada Dulce pájaro de juventud, y Propiedad condenada (1966), de Sydney Pollack, con Robert Redford y Natalie Wood.

A partir de los años 1970, las obras de Williams se llevaron más a la pequeña pantalla que al cine (El zoo de cristal, en 1970, con Katharine Hepburn; Un tranvía llamado Deseo en 1984, con Ann Margret; La gata sobre el tejado de zinc en 1985, con Jessica Lange; Dulce pájaro de juventud en 1989, con Elizabeth Taylor; etc.), pero aún encontramos una interesante aunque no definitiva adaptación de El zoo de cristal (1987) dirigida por Paul Newman, con Joanne Woodward, John Malkovich y Karen Allen, rodada para la gran pantalla.

GRIOT. TALLER 2021

GRIOT.

» Cuando un anciano muere, una biblioteca arde»

En África la sabiduría se transmite a través de la serenidad y la palabra.

A través del poder de la observación Y la verdad.

Desde tiempos inmemoriales Los reyes fueron acompañados Por sus consejeros y guardianes de la palabra «EL GRIOT».

Cada rey tiene su propio griot.

Cuando muera el rey, su hijo hereda al griot. Y cuando muere el griot su hijo lo sucede en ese cargo.

El origen del griot es muy antiguo.

Muchos consideran que todo esto comenzó en el siglo VI. En la época del profeta Muhammad (paz y bendiciones para él y toda su familia).

Allí, en Arabia Saudita se inició el islam.

Cuenta la historia que, Surakata, un no creyente intentó matar al profeta para probar que su Dios no era tan poderoso. pero el caballo de Surakata cayó en una trampa de arena tres veces bajo el comando del profeta y éste lo liberó.

La tercera vez Surakata fue convencido y comenzó a gritar las oraciones de Dios, que no sólo eran lecturas coránicas, sino una voz. Una forma de emisión muy espiritual.

Algo que se puede ver en el llamado de la oración en el islam.

El Griot en África tiene un cántico a la hora de narrar las epopeyas.

Una musicalidad cargada de palabras repetidas, un silencio poderoso como un trueno.

Conoce profundamente los símbolos del universo.

Dice ante la gente lo que debe decir.

Calla ante la gente lo que debe callar.

Callan muchos secretos que guardan los griot a través de la transmisión de sus padres.

Como dijimos, su origen nació en la Arabia del siglo VI y luego se trasladaron al norte de África bajando hasta la zona del África occidental.

Allí se lo denominan DJELI o GRIOT.

Cada nación africana tiene sus propios historiadores, con diferentes nombres,  tocando distintos instrumentos.

Con sus propios modos de emisión.

Por eso la palabra griot sólo corresponde al África Occidental.

Digamos:

 Senegal, Mali, Gambia, Burkina Faso, Guinea Bisáu y Mauritania.

Y las etnias a las que corresponden son: 

Fulbé, dagomba, mossi, bámbara, wolof, tukuler, songhai, haussa, malinke, serer.

Griot se nace, se hereda de familia, Los griot se casan entre familias de griot.

A la mujer se la llama Griotte.

Ella también canta las alabanzas a los reyes, sí apoyan con palmas o con cañas golpeadas entre sí para hacer la música adecuada y transmitir las historias antiguas.

Se las respeta muchísimo.

El primer presidente de Senegal.

Léopold Sedar Senghor, tenía una Griotte que lo acompañaba todo el tiempo.

Su nombre era Yandé Codou Sene.

De la etnia serer.

Ella canta las alabanzas al presidente, como los griot cantaban las alabanzas a los reyes antiguos.

Cuando canta lleva al presidente al reino de su infancia, a sus amigos sus parientes sus aventuras sobre la honorabilidad de sus padres y sus ancestros.

Era la única persona que tenía derecho a interrumpir los discursos del presidente para cantar espontáneamente una de sus legendarias canciones de alabanza.

Un Griotte moderna es, Sona Jobarteh.

Cantante de Gambia. Gran intérprete de la Kora. Uno de los instrumentos sagrados que toca el Griot.

Un calabazón gigante con un mástil y veintiuna cuerdas.

Los griot tocan especialmente estos instrumentos:

Kora, ngoni, djembé, balafón tama y otros tambores pequeños.

Las familias más importantes de griot son los Kouyate, los Diabaté y los Cissoko.

Por supuesto que hay infinidad de griot de otras familias.

Los Kouyate tal vez sean los referentes más importantes porque esa familia siempre estuvo al servicio de Los reyes del mande.

Allí nació Sundiata Keita.

El niño león, el protegido del búfalo y la pantera.

El rey más importante del África occidental.

Luego de sus hazañas las regiones se dividieron en naciones. Qué llevan los nombres actuales, fueron repartidas entre sus compañeros que eran guerreros  líderes que luchaban por la liberación de los pueblos.

El Griot es un puente entre las naciones y entre los continentes.

A través de su palabra conocemos la historia verdadera.

El griot sólo puede hablar con palabra verdadera.

Debe alabar y amonestar a las propias autoridades. Ya sea rey o presidente.

Sus narraciones son tan entretenidas que la gente desea escucharla una y otra vez.

Por qué es la historia de sus héroes y de su familia.

Se dice que una persona que conoce su origen y reconoce a sus ancestros tiene un peso tan importante sobre esta tierra, que no se deja llevar por inseguridades. Tiene muy claro De dónde viene y quién es.

Como dije anteriormente, la historia más importante que se cuenta entre los griot es la del rey Sundiata Keita.

Cada siete años se reúnen en la aldea de Kangaba, en Mali para contar entre otras esta gran historia que se cuenta en siete noches!

Llegan griot de muchas partes para cotejar la historia y para contar sus versiones.

Allí se desmonta el techado de paja del «kamablon», la casa de la palabra, y se repone con un techado nuevo.

Comenzando un nuevo ciclo, (recordemos que el número siete refiere simbólicamente a un ciclo completo. Siete colores del arco iris, siete días de la semana, los siete cielos del islam, siete las notas musicales, etc.

Quiero compartir una brevedad,  un poco de la vida de Sundiata.

Nare Maghann Konaté, rey de uno de los pueblos mandingas del África del norte. Hubo un día en el que Maghann recibió una profecía por parte de un cazador: en un tiempo se encontraría con dos cazadores que le contarían una historia y, además, llevarían a su presencia a una mujer fea y deformada, que tampoco podía caminar bien, el cazador le dijo que debía casarse con esa mujer porque le daría un rey que sería el sol de África, el rey más importante que esa tierra iba a prodigar.

Un tiempo después, aquello que el cazador predijo se cumplió. Nare Maghann Konaté se encontró con dos cazadores que le contaron una historia y llevaban a esa mujer cuyo nombre era SOGOLON

El rey La tomó por esposa y la primera mujer de éste estaba muy celosa. SOGOLON  le dio un hijo, tal como se predijo. Su nombre  sería Sundiata Keita. Pero el niño nació sin poder caminar por un hechizo de unas brujas que estaban al servicio de la primera esposa del rey. El pequeño SUNDIATA se arrastraba por el suelo como un animal. Esto sorprendió a su padre, pues no veía posibilidad de que un hijo así pudiera ser el rey que el cazador le prometió. Aun así, le nombró su heredero antes de morir.

Cuando Maghann Konaté murió, su anterior esposa no tuvo reparo alguno en nombrar sucesor a su hijo en el lugar de Sundiata.

Un día, ante los insultos reiterados de la primera esposa del rey hacia la madre de SUNDIATA, esta llegó muy afligida A dónde estaba su hijo y le contó lo que había sucedido.

El niño pidió una barra de hierro qué fue llevada al gran patio de la aldea

y apoyándose en está con todas sus fuerzas, ante la vista de todos se pudo parar y comenzó a caminar.

Fue un milagro, la predicción se cumplió SUNDIATA se hizo fuerte y poderoso.

Años más tarde, la tensión entre ambas mujeres y los hijos  desencadenó en la salida de Sundiata y su madre del reino.

Sin embargo, el destino del pueblo cambió cuando el rey del pueblo sosso, Soumaoro Kanté, conquistó a los mandés. El hermanastro de Sundiata huyó y dejó a los mandés bajo Soumaoro, que acabó con la familia del jefe tribal excepto con Sundiata, ya que se encontraba en el exilio.

Algunos de los mandés o mandingas fueron en busca de Sundiata Keita esperando que pudiera acabar con los sossos. Para no ser atrapado por Soumoro, Sundiata se refugió en la casa de un soberano vecino, amigo suyo, el cual reinaba en Wagadou, al sur de Malí. Allí, esperó el momento favorable para liberar su reinado. Después de entrenarse reagrupó los ejércitos de los diferentes pequeños reinos en lucha contra los sosso, y consiguió vencer al ejército de Soumaoro Kanté.

Tras esta gran batalla, Sundiata Keita logró reunir a los diferentes reinos cercanos para fundar el Imperio Malí y se proclamaría «Mansa» o emperador alrededor de 1235. El Imperio de Malí siguió creciendo hasta ocupar la extensión del antiguo Imperio de Ghana y destruyó su capital, Kumbi Saleh. Sundiata amplió el Imperio durante 15 años más. Algunas de sus medidas de crecimiento fueron impulsar la estabilidad política, que favoreció el comercio decaído con los sosso.

ENLACE A PROVERBIOS DE ÁFRICA

https://talleresdenarracionoral.com/fotos/fotos-africanas-y-proverbios/

https://talleresdenarracionoral.com/fotos/fotos-africanas-y-proverbios/fotos-africanas-antiguas-y-proverbios/

LA DANZA DEL BUITRE. HERMOSA HISTORIA AFRICANA:

https://talleresdenarracionoral.com/cuento-africano-mauritania/cuento-de-mozambique-namarashota/cuento-de-mali-la-belleza-nunca-muere/cuento-africano-la-danza-del-buitre/

Espero que esta breve información les sirva que puedan disfrutar la clase que vamos a dar con el maestro Jermán Argueta.

TENNEESEE WILLIAMS SOBRE EL AMOR

TENNEESSEE WILLIAMS Y FRANK MERLO

Tengo amigos personales que han compartido encuentros con Tenneessee Williams.

hablaremos de ello. de toda la época beat de TANGER.

Conocí a Tennessee Williams en Tánger en la primavera de 1973. Yo era un jovencito y él una gloria que huía. Otros hubieran dicho una gloria caída, pues hacía años que (pese a su enorme fama) la crítica se ensañaba con sus obras más recientes. Estábamos en el bar del Hotel El Minzah, con el amigo español tangerino que me lo presentó –y que conocía a Williams desde los finales años 40- y con el chico moro, de grandes ojos negros, que acompañaba al norteamericano. Tennessee, casi compulsivamente, fumaba rubio mentolado y bebía vino blanco. En ese momento tenía 62 años que podía aparentar o no, dependía del momento de la mirada. Si hallabas al Tennessee sosegado y a ratos hilarante (incluso de risa brevemente fácil) parecía más joven. Si pillabas el momento sombrío, como súbitamente apesadumbrado, entonces las arrugas de su faz, sobre todo en torno a los ojos, resultaban en exceso marcadas y avejentadotas. Era un hombre simpático que parecía cambiar de estados de ánimo con preocupante facilidad. Más tarde leí algo que él había escrito al conocer a William Faulkner, y naturalmente me recordó a si mismo: “Aquellos ojos terribles y enloquecidos me conmovieron hasta las lágrimas”. No es que yo llorase, sino que sentí algo parecido a la piedad unitiva ante aquel hombre que –esa sensación daba- buscaba a ciegas, buscaba no sabiendo…

Yo sabía que la vida sentimental de Williams estaba marcada por el desequilibrio y por el miedo a heredar la enfermedad mental de su madre y de su hermana Rose, que pasó casi toda su vida internada en un psiquiátrico. Naturalmente su homosexualidad (que fue siempre un secreto a voces) no podía ayudar a la deseada estabilidad, porque es muy difícil que te pidan ser equilibrado y a la vez te prohíban, te repriman y te coaccionen. Tennessee Williams sólo salió oficialmente del armario cuando en 1975 publicó sus “Memorias”, que si parece un libro escrito para salir del paso (como están hechas igualmente para salir del paso las memorias de su amigo Paul Bowles, “Without stopping”) suministran muchos y jugosos datos sobre su autor. Entre ellos –alcohol, barbitúricos- esa homosexualidad vivida, paradójicamente, entre lo clandestino y casi lo exhibicionista. Cuenta, por ejemplo, como ligaba compulsivamente en bares más o menos gays y aún en sitios de riesgo (lugares, digamos, que las recientes guías gays califican como AYOR, iniciales inglesas de la expresión “a su propio riesgo” o por su cuenta y riesgo), como tampoco le importaba pagar, y que uno de sus lugares favoritos de ligue habían sido las calles –o ciertas calles- de Nueva York, a finales de los años 40. En esas salidas nocturnas con marineros, mariquitas o soldados de permiso, le había acompañado muchas noches su amigo Truman Capote. A esas salidas en busca de ligues y aventura –que ocurrieron también en Nueva Orleáns- les apodaban “la quête lyrique”, algo así como la peregrinación lírica.

No puede decirse que de tales correrías suelan surgir amores y menos “el amor”, pero es el caso que Tennessee Williams conoció a Franck Merlo en agosto de 1948 en las calles de Nueva York, y que lo que podría haber sido un ligue ocasional (uno de tantos, en una vida muy promiscua) se convirtió enseguida en un amor para siempre. Williams tenía en ese momento 37 años y era, nada menos, que el reconocido y exitoso autor de “Un tranvía llamado Deseo” que se había estrenado el año anterior. Por su parte, Merlo, era un chico moreno y muy atractivo, hijo de emigrantes, de 20 años, y que aún no sabía muy bien que hacer con su vida. Pero el flechazo o la seducción fueron muy deprisa, pues en octubre de ese mismo año ya compartieron el éxito de la nueva pieza de Tennessee, “Verano y humo”. Un mes más tarde se embarcaron hacia Europa, en un viaje que casi daría la vuelta al mundo, y que duró cerca de un año. Francky –como le llamaban los amigos- ya tenía una ocupación: ser el amante, secretario, enfermero y cuidador de Williams. Y el chico lo hizo, y casi contra todos los pronósticos fue fiel. Franck Merlo supuso la mayor estabilidad y equilibrio en la vida de Tennessee. Y parece que el momento más venturoso (o más estable) llegó a principios de 1951, cuando se estrena “La rosa tatuada”, una obra que exalta la fidelidad y que está dedicada a Franck Merlo.

Antes de 1975 la homosexualidad de Tennessee había aparecido en cuentos y poemas (con mirada indirecta) y en muchos personajes de teatro femeninos – como Blanche Dubois en “Un tranvía llamado Deseo”- que aunque mujeres, sólo pueden comprenderse bien en tanto construcciones de una idea o de un arquetipo homoerótico. También la homosexualidad, más explícitamente, está en el trasfondo visible de dramas tan magníficos como “La gata sobre el tejado de zinc” (1955) o “De repente, el último verano” (1958), quizás una de las obras más profundas y decadentes –en el mejor sentido de la palabra- del dramaturgo.

Franck permaneció esencialmente fiel. Pero no así Tennessee Williams (una vida terriblemente estresada, barbitúricos, alcohol, psiquiatras) que, mediando los años 50, ya había vuelto a las andadas. Franck lo tuvo entonces claro, el amor se convertía en amistad. Pero, pese a todo, el amor subsistió. Aunque acompañado muy pronto por la tragedia, pues Merlo murió en un hospital de Nueva York (a causa de un cáncer muy rápido) en septiembre de 1963, con 35 años. A la muerte de su amigo, Tennessee entró en una profunda crisis depresiva, que le llevó, incluso, a estar internado. Cuando salió (más viejo, más derrotado, empezando su particular travesía del desierto) volvió a lo habitual. Sus amigos serían los chicos alquilados o de circunstancia, el alcohol, las pastillas –con sucesivos procesos de desintoxicación- el teatro y la literatura, donde ya no volvería a cosechar nunca (pese a la aludida fama, que no mermó) los éxitos brillantísimos del comienzo. Tennessee Williams murió en Nueva York –ahogado al intentar destapar con la boca una botella, entonces se tragó el corcho- el 25 de febrero de 1983. Tenía 72 años. Para sorpresa de algunos (pues ya hacía casi veinte de la muerte de Franck Merlo) una de las disposiciones testamentarias de Williams pedía ser enterrado junto a los restos del ser que le había cuidado y querido. Sabemos que muy frecuentemente el amor (que siempre anda por ahí y vuela donde y como quiere, decían los goliardos) no llega a tiempo, o no lo sabemos ver, o es pájaro inquieto que levanta muy presto el vuelo. Pero el amor –incluso en los seres más desesperados, más convulsos- nunca parece faltar al encuentro

CUENTO TENNEESSEE WILLIAMS

ERA HERMOSO…

El ángel de la buhardilla

Si pueden lean este cuento de Tennessee Williams.

Es muy probable que lo trabajemos en forma oral.

La desconfianza es la enfermedad laboral de las caseras, y el largo contacto con ellas me ha dejado un oscuro sentido de culpa del que probablemente nunca me libraré. El trauma inicial al respecto me lo produjo una casera que tuve en el viejo Barrio Francés de Nueva Orleáns cuando yo tenía escasamente veinte años. La mujer era el arquetipo de la casera desconfiada. Tenía una habitación para ella sola, pero prefería dormir en un camastro plegable en el vestíbulo del piso bajo para que ninguno de sus inquilinos pudiera entrar o salir del establecimiento sin su permiso, concedido a regañadientes. Cuando por fin me marché de allí, engañé a la mujer. Me largué por un balcón utilizando un par de sábanas. Estaba a kilómetros de la ciudad, en el viejo Spanish Trail camino del Oeste, antes de que la vieja se enterara de que había conseguido eludirla.El vestíbulo del piso bajo de esta pensión de la calle Bourbon estaba totalmente a oscuras. Uno tenía que ir a tientas con una cautelosa repugnancia, pasando los dedos por el enlucido húmedo y cuarteado de la pared, hasta que llegaba a la puerta o al pie de la escalera. Uno nunca alcanzaba alguno de esos dos sitios sin que lo advirtiera la vieja. Su figura fantasmal se alzaba como un rayo del camastro haciendo un ruido metálico. Pronunciaba una sílaba: ¿Quién? Si no quedaba satisfecha con la identificación que le dabas, o sospechaba que te llevabas el equipaje y escapabas furtivamente, o traías a alguien para el disfrute carnal, se encendía una cerilla frotando en el suelo y se alzaba hacia ti durante unos momentos. A esta vacilante luz sobrenatural, la mujer clavaba con recelo sus ojos en ti hasta que sus dudas desaparecían, y si esperabas podías oír murmullos hoscos y groseros como los de cualquiera de los borrachos de los bares del barrio.Era una mujer de una desconfianza paranoica y su desconfianza con respecto a mí era ilimitada. Muchas veces entraba en mi habitación con el periódico de la mañana y leía en voz alta algún artículo referido a un acto delictivo en el barrio. Después de la lectura me examinaba atentamente buscando algún cambio culpable en mi expresión, y yo casi siempre satisfacía su desconfianza con un intenso rubor y la incapacidad para devolverle la mirada. Estoy seguro de que la mujer me había atribuido docenas de delitos y solo estaba esperando algún dato concreto para llamar a la policía, uno de cuyos capitanes, me había advertido, era primo carnal suyo.La casera era víctima de los sablistas, lo que debe tenerse en cuenta en defensa suya. Ninguno de sus inquilinos pagaba con regularidad. Algunos seguían en sus habitaciones durante meses y meses con solo promesas de futuros pagos. Uno de ellos era una viuda que se llamaba la señora Wayne. La señora Wayne era la más hábil mal pagadora de la casa. Incluso se las arreglaba para conseguir cosas de la patrona. Su fortuna residía en su labia. Era una narradora maravillosa de historias tremendamente morbosas y obscenas. Siempre que olía que cocinaban comida, abría rápidamente su puerta y se lanzaba pasillo adelante con un cazo jaspeado azul y blanco que mantenía coquetamente ante su pecho como si fuera un abanico de encaje. Era indudable que estaba medio muerta de hambre y el olor de la comida la ponía en funcionamiento como una potente droga, pues entonces hacía gala de una brillantez poco frecuente en su charla. Llamaba con la mano a la puerta de la que procedía el tentador aroma, pero entraba antes de obtener cualquier tipo de respuesta. La lengua se le disparaba antes de haber entrado del todo, y no había ninguna grosería sobre que la echarían a la fuerza de la habitación que consiguiera desanimarla.Había algo en la anciana que daba pena y que se imponía. Hasta su aliento maloliente se convertía en un componente de su malsano atractivo. Para mí era el espectáculo de tanta vitalidad heroica en un pozo tan agotado lo que me hacía sentir afecto por la viuda. Yo nunca cocinaba en mi dormitorio del ático. Solo me encontraba con la señora Wayne en la cocina de la patrona las veces que me había ganado la cena por hacer pequeños trabajos en la casa. La propia casera no era inmune al encanto de la señora Wayne, y las historias que contaba esta indudablemente la dejaban en éxtasis. Cuando ponía cosas al fuego siempre añadía: «Si a la muy puta le llega el olor de esto, ¡no habrá nada que la pueda detener!».Ocho años después esos personajes desaparecieron, la tierra se los tragó, las paredes los absorbieron como a la humedad. Era indudable que la anciana señora Wayne y su abollado cacharro de cocina habían desaparecido entre protestas, y no estoy completamente seguro de que con ellos el mundo no haya perdido al mayor genio patológico desde Baudelaire o Poe. Su tema de conversación favorito era la muerte de parientes y amigos a los que había cuidado con la vista y el oído atentos para que no se le escapara ningún detalle de sus agonías. Su memoria los reproducía en la cocina de la casera de modo tan gráfico que yo mismo me sentía enfermo de espanto, sin embargo tan fascinado, que el riesgo a quedarme sin ganas de tomar una cena ganada con tanto esfuerzo no se imponía a las ganas de taparme los oídos. La patrona estaba igualmente hechizada. Poco a poco sus roncos murmullos de incredulidad y sus gestos impacientes daban paso a un placer tan morboso que se le aflojaban las mandíbulas y babeaba. Una mirada perdida, como si estuviera hipnotizada, asomaba a sus ojos habitualmente incisivos como alfileres. Mientras tanto, la señora Wayne, con el cazo sujeto delante del pecho, hacía un lento y oblicuo movimiento de aproximación al gran fogón de la cocina. Era tan potente su hechizo que incluso cuando de hecho levantaba la tapa de la cazuela con el guisado y se servía algo de su contenido en el cazo, aunque la mirada de la casera seguía sus movimientos, no parecía que se diese cuenta de ellos. No hasta que la desventurada protagonista de la historia había llegado a la desgraciada conclusión final —los ojos se le salían de las órbitas y unos efluvios fantasmales empapaban la ropa de su cama—, y entonces el encanto perdía la suficiente fuerza para permitir que los oyentes de la narración se dieran cuenta con claridad de lo que pasaba más allá de la escena representada. En ese momento la señora Wayne ya había rebañado su cazo con un apetito lobuno y se había dirigido a un punto tan cercano a la puerta que cualquier cosa desagradable procedente de la casera al salir del trance quedaría fuera del alcance del oído de la viuda antes de alcanzar su objetivo.En aquella vieja casa el silencio era mortal, y si no las altas paredes enyesadas sonaban como alarmas anunciando fuego debido a voces airadas, a riñas sobre el uso del retrete, acusaciones de robo o amenazas de expulsión. Yo no tenía puerta en mi habitación, que estaba en el ático, solo una andrajosa cortina que no evitaba la andanada de miserias humanas que explotaban con tanta frecuencia. Las paredes de la habitación estaban pintadas con lunares rosas y verdes, y había una claraboya. Esa claraboya iluminaba débilmente de noche. Había un banquito debajo de ella. De cuando en cuando, en momentos en que a la habitación no la iluminaba otra luz, una vaga imagen grisácea parecía estar sentada en el hueco donde estaba ese banquito. Era la frágil y melancólica figura de un ángel o de una madonna ajada y de edad. La aparición se producía en el hueco con mayor frecuencia las noches de invierno de Nueva Orleáns, cuando caía una lenta lluvia de un cielo que no estaba lo suficientemente nublado para separar por completo a la ciudad de la luna. Nueva Orleáns y la luna siempre me ha parecido que se entendían entre ellas, que tenían una intimidad de hermanas que han envejecido juntas y ya no necesitan más que una mirada sin palabras para comunicarse sus sentimientos una a otra. Esta atmósfera lunar de la ciudad me trae de vuelta a ella siempre que se han apaciguado las oleadas de energía que me han llevado a ciudades más vitales, y se impone una época de retiro. Cada vez que he tenido una herida psíquica profunda, una pérdida o un fracaso, he vuelto a esa ciudad. En esos periodos parecía como si yo perteneciera a ella y a ningún otro lugar del país.Durante esa primera estancia en Nueva Orleáns todavía no habían hecho presencia ninguno de los pequeños estímulos que impulsan mi vida de escritor y ya había aceptado el anonimato y el fracaso. Ya había aprendido a hacer religión de la resistencia y secreto de mi desesperación. Las noches eran un consuelo. Cuando la bombilla desnuda se había apagado y todo lo visible había desaparecido salvo el borroso hueco profundamente enraizado en una pared que daba a la calle Bourbon, yo parecía deslizarme a otro estado de la existencia en el que no mantenía penosos contactos con el mundo. Durante un rato el hueco seguía vacío: pero después de que mis pensamientos hicieran una imaginaria excursión y me volvía para mirar otra vez en aquella dirección, la figura transparente había entrado silenciosamente y se había sentado en el banquito de debajo de la ventana, iniciando aquella paciente vigilancia que me sumía en el sueño. Las manos de la figura estaban recogidas entre los ropajes incoloros del regazo y los ojos se clavaban en mí con una mirada amable, nada interrogadora, que yo llegaba a recordar como la propia de mi abuela durante su enfermedad, cuando yo iba a su habitación y me sentaba junto a su cama y quería decir algo o poner mis manos sobre las suyas, pero no podía hacer ninguna de las dos cosas, pues era consciente de que si hacía alguna me desharía en unas lágrimas que la preocuparían aún más que su enfermedad.La aparición de esta figura gris en el hueco precedía unos pocos instantes al momento de quedarme dormido. Cuando la veía allí, yo pensaba consolado: Bueno, ahora estoy a punto de dormir, en unos momentos todo habrá desaparecido y no volverá hasta por la mañana…Una de esas noches vino a mi habitación un visitante más palpable. Un calor que no era el mío me arrancó del sueño, y al despertar encontré que había entrado alguien en mi habitación y se había inclinado sobre mi cama. Di un salto y casi grité, pero los brazos del visitante me lo impidieron vehementemente. Susurró su nombre, que era el de un artista tuberculoso que dormía en la habitación de al lado. Quiero, quiero… susurró. Conque me volví a tumbar y le dejé que hiciera lo que quisiese hasta que terminó. Luego, sin decir nada, se levantó y salió de mi cuarto. Durante los momentos siguientes le oí toser y murmurar para sí mismo al otro lado de la pared que nos separaba. Pero al final me volví a adormecer. Eché una ojeada al hueco de debajo de la claraboya. Sí, allí estaba el ángel. Me pregunté si habría contemplado las cosas extrañas que habían pasado y cuál sería su actitud hacia las perversiones del deseo. Pero no hubo la más mínima señal. Las dos manos sin peso seguían sujetándose sin fuerza una a otra entre el ropaje incoloro del regazo, los fríos y solidarios ojos grises en la cara levemente nacarada estaban tan inmóviles como los de una estatua. Noté que había dejado que se produjera el acto, y que ni lo desaprobaba ni lo aprobaba, de modo que me volví a dormir.No mucho después del episodio de mi habitación, el artista estuvo implicado en una escena espantosa con la casera. Su enfermedad entraba en la fase final, tosía todo el tiempo pero se las arreglaba para seguir trabajando. Hacía dibujos rápidos en el Two Parrots, que estaba a la vuelta de la esquina, en Toulouse. No se fiaba de nadie ni de nada. Vivía en un mundo completamente hostil a él, implacablemente hostil, y nadie podía atravesar las paredes que le rodeaban durante más tiempo que el que duraban los frenéticos momentos de deseo que le dominaban. No cedía a la fiebre mortal que le afectaba los nervios. Inventaba toda clase de quejas y molestias triviales para ocultarse a sí mismo que se estaba muriendo. Uno de estos subterfugios a los que recurría por la noche era a lo mucho que le molestaban las chinches. Aseguraba que su colchón estaba infestado de ellas, y todas las mañanas realizaba un airado informe a la casera sobre el número de las que le habían picado durante la noche. La vieja no se lo quería creer. Por fin, una mañana hizo que la casera entrara en la habitación para que echase una ojeada a su ropa de cama.Le oí respirar trabajosamente mientras la vieja revolvía y removía el rincón donde estaba la cama.—Bien —dijo finalmente con un gruñido—, yo no encuentro nada.—¡Dios santo! —dijo el artista—, ¡está usted ciega!—¡Muy bien! ¡Enséñemelo! ¿Qué hay en esta cama?—¡Mire esto! —dijo el artista.—¿Qué?—Esa mancha de sangre de la almohada.—¿Y qué?—¡Aplasté ahí a una chinche tan grande como una uña mía!—¡Juá, juá, juá! —soltó la casera—. ¡Es donde usted escupió sangre!Hubo una pausa en la que la respiración de él se hizo más ronca. Su voz, cuando volvió a surgir, estaba tremendamente alterada.—¡Cómo se atreve, maldita sea, a decir eso!—¡Juá, juá, juá! Supongo que pretende que no escupe usted sangre, ¿no?—¡No, no, nunca! —gritó él.—¡Juá, juá, juá! Usted escupe sangre todo el tiempo. He visto escupitajos suyos en la escalera, en el vestíbulo y en el suelo de este dormitorio. Deja un rastro de ella en todos los sitios a los que va. Deja un sendero de sangre como un pollo que corriera con la cabeza cortada. Usted tose y escupe y contagia la enfermedad. ¡Y eso no es todo lo que hace usted!—Oiga —vociferó el artista—. ¿Qué tipo de insinuación es esa?—¡Juá, juá, juá! ¡Yo no insinúo nada, se trata de hechos sabidos!—¡Fuera! —gritó él.—¡Estoy en mi casa y digo lo que me apetece! Lo sé todo de los degenerados del barrio como usted. Por algo llevo diez años alquilando habitaciones en el barrio. Una panda de mestizos, de borrachos y degenerados, con tipos así es con quienes me las tengo que ver. Pero usted es el peor de todos, ¡nadie le gana! Y no solo aquí, también en el Two Parrots. Su espantoso proceder se ha convertido en el tema principal de conversación del local donde usted trabaja. Tiene lleno de escupitajos el caballete. Deben fregarlo con un potente desinfectante todas las noches. El encargado está molesto. Quiere que recoja su caballete y se vaya al infierno. Lo que pasa es que no se lo dice porque es usted un caso perdido. Fíjese, una de las camareras me contó que algunos clientes se iban sin pagar porque usted había tosido y escupido justo al lado de su mesa. Eso es lo que pasa, ¡y el encargado está harto de eso!—¡Está contando mentiras!—¡Lo que digo es verdad! ¡Me enteré por la cajera!—¡Debería darle un guantazo!—¡Adelante!—¡Debería partirle esa espantosa cara vieja!—¡Adelante, adelante, inténtelo! ¡Tengo un sobrino que es capitán de la policía! ¡Pegúeme y dará con sus huesos en el calabozo! ¡Un manguerazo en la espalda es lo que le darán allí!—¡Debería arrancarle esas asquerosas mentiras de la boca!- ¡Venga, inténtelo! ¡El esfuerzo le matará a usted!—Tendrá usted su merecido —dijo él jadeando—. ¡Una de estas noches encontrará que tiene un cuchillo clavado!—Por usted, supongo, ¿no? ¡Se va a morir usted en la calle, echará los pulmones por la boca a fuerza de toser! Lo llevarán al depósito de cadáveres. Nadie reclamará su esquelético cadáver. Lo meterán en una caja y lo cargarán en una barcaza del río. Y cuanto antes mejor, además. Un caso como el suyo es una amenaza y un peligro público. No tiene derecho a ser un riesgo para las personas sanas. Debería ir usted al pabellón de beneficencia del San Vicente. Es el sitio adecuado para una persona que se está muriendo y que no tiene la cordura de darse cuenta de lo que de verdad le pasa en lugar de andar protestando de que las chinches le manchan de sangre la almohada. ¡Agh! ¡Chinches! ¡Usted es la chinche que mancha de sangre todas estas sábanas! ¡Es usted, y no las chinches, lo que deja tan hecho una pena el Two Parrots que tienen que restregarlo con lejía todas las noches! Es usted, y no las chinches, el que hace que los clientes se marchen sin pagar. ¡El encargado no está molesto con las chinches, sino con usted! Y si no se marcha usted por su propia voluntad, se va a enterar muy pronto. Tampoco yo le quiero aquí. No, después de las amenazas y de la escena que ha montado esta mañana. ¡Quiero que recoja todas sus porquerías, todos sus pañuelos sucios y sus frascos, y se largue de aquí antes de las doce, o por Dios, por el mismo Jesucristo, que cualquier cosa que deje irá directamente al incinerador! ¡Yo misma la recogeré con un palo de tres metros y la tiraré al fuego, porque nada de lo que haya tocado usted es seguro para el contacto humano!El artista salió corriendo de la habitación, le oí correr escalera abajo y salir del edificio. Fui a la claraboya del hueco y le vi dando vueltas enloquecidas por la calle. Estaba loco de ira. Un camarero del restaurante chino salió y le agarró del brazo; un borracho de un bar razonó con él. El joven sollozaba y se lamentaba, andaba de una puerta a otra de los antiguos edificios hasta que el borracho se las arregló para meterle en un bar.La casera y una negra gorda y vieja que trabajaba en la casa quitaron el colchón del joven de la cama y lo arrastraron hasta el patio. Lo metieron por la trampilla de hierro del incinerador y le prendieron fuego, manteniéndose a una distancia prudente para verlo arder. La patrona no estaba contenta con solo la quema, soltó un largo parlamento a voz en grito con respecto a él.—No lo quemamos porque tenga chinches —gritaba—. Quemo este colchón porque lo han contagiado. Uno con tisis ha estado tumbado en él, ¡un degenerado asqueroso y un mentiroso!Siguió y siguió hasta que el colchón quedó completamente consumido; y aún después continuó.Luego mandó a la vieja negra al piso de arriba para que se llevase las pertenencias del joven. Había empezado a llover y, a pesar de las protestas de la casera, la negra colocó todas las cosas debajo del platanero del patio y las tapó con un trozo de linóleo desechado que sujetó con unos ladrillos.A la puesta de sol el joven volvió a la casa. Le oí toser y jadear bajo la lluvia del patio mientras recogía sus cosas de debajo del fantástico paraguas verde y amarillo del platanero. Parecía que estaba hablando de todas las cosas malas que había padecido desde que había venido a este mundo, pero al final sus quejas se centraron en la pérdida de un peine precioso. «Ay, Dios mío —murmuraba—. Me ha robado el peine, tenía un peine precioso que me dio mi madre, un peine de concha de tortuga con un mango de plata y perlas. ¡Ha desaparecido, me lo han robado, y el peine perteneció a mi madre!»Al final lo encontró, o el joven renunció a su búsqueda, pues las palabras se interrumpieron. Una plateada y húmeda quietud se impuso en la casa de la Bourbon como si el día y la noche hubieran terminado con lo que tenían que hacer allí, y en mi habitación las manillas luminosas de un reloj y el gris borroso del hueco eran lo único del mundo visible que permanecía.El episodio puso fin a mi residencia en la casa. Las noches siguientes el transparente ángel gris dejó de aparecer en el hueco de debajo de la claraboya y el sueño tuvo que acudir sin ninguna sanción maternal. Conque decidí terminar con mi estancia en la pensión. Notaba que la delicada anciana angélica me había dado a entender que debía irme, y que si me volvía a visitar alguna vez, sería en otro momento y en otro lugar… que todavía no han llegado.0Personas alcanzadas0InteraccionesPromoción no disponibleMe gustaComentarCompartir

Master Class Williams Reseña

PEQUEÑA RESEÑA  TENNEESSEE WILLIAMS

Thomas Lanier Williams III, más conocido por el seudónimo Tennessee Williams (Columbus, Misisipi, 26 de marzo de 1911-Nueva York, Nueva York, 25 de febrero de 1983), fue un destacado dramaturgo estadounidense. El nombre «Tennessee» se lo dieron sus compañeros de escuela a causa de su acento sureño y el origen de su familia.​ En 1948 ganó el Premio Pulitzer de teatro por Un tranvía llamado Deseo, y en 1955 por La gata sobre el tejado de zinc. Además de estas dos obras recibieron el premio de la Crítica Teatral de Nueva York: El zoo de cristal (1945) y La noche de la iguana (1961). Su obra de 1952 La rosa tatuada (dedicada a su compañero, Frank Merlo) recibió el Premio Tony a la mejor obra. Los críticos del género sostienen que Williams escribía en estilo gótico sureño. Es conocido mundialmente porque muchas de sus obras han sido filmadas.

Nació en Columbus, Misisipi, en casa de su abuelo materno, el rector de la Iglesia episcopal local —la casa es hoy el Centro de Bienvenida a Misisipi y oficina de turismo de la ciudad—. Su padre, Cornelius Coffin Williams, un viajante de zapatos, cada vez se hacía más agresivo conforme sus hijos crecían. Su madre, Edwina Williams (de soltera Edwina Dakin), descendía de una buena familia sureña. Tuvo dos hermanos, Rose Isabel Williams (1909–1996)2​ y Walter Dakin Williams3​ (1919–2008),4​5​ el preferido de su padre.

En 1918 la familia se trasladó a St. Louis, Misuri. Ese mismo año, a Tennessee le fue diagnosticada la difteria. Durante dos años casi no pudo hacer nada; entonces, su madre decidió que no le iba a permitir perder el tiempo. Lo animó a que usara su imaginación y, cuando tenía trece años, le dio una máquina de escribir.

Williams ganó el tercer premio (5 dólares) por un artículo (“Can a Good Wife Be a Good Sport?”) publicado en Smart Set, en 1927, a los dieciséis años. Un año después publicó “The Vengeance of Nitocris», en Weird Tales.

A principios de los años 1930, Williams estudió en la Universidad de Missouri-Columbia, donde fue miembro de la fraternidad «Alpha Tau Omega». Allí fue donde sus compañeros de fraternidad lo apodaron Tennessee, por su rico acento sureño. En 1935, Williams escribió su primera obra interpretada públicamente, Cairo, Shanghai, Bombay!, representada por primera vez en Memphis.

Williams vivió en el barrio francés de Nueva Orleans, Luisiana. Se trasladó allí en 1939 a escribir para la WPA, y vivió primero en el número 722 de la calle Toulouse, donde se sitúa su obra de 1977 Vieux Carré (hoy una fundación cultural). Escribió Un tranvía llamado deseo (1947) mientras vivía en el número 632 de la calle St. Peter.

De Nueva Orleans marchó a Nueva York, donde ejerció diversos trabajos, desde camarero a portero. Cuando los Estados Unidos entraron en guerra, fue declarado no apto debido a su expediente psiquiátrico, su homosexualidad, su alcoholismo y sus problemas cardíacos y nerviosos.

En 1943 fue a Hollywood, contratado por la Metro Goldwyn Mayer, para hacer la adaptación cinematográfica de una novela de éxito. Con El zoo de cristal puso en escena a su madre y a su hermana; se estrenó en Nueva York en 1945. Su éxito lo convirtió, a los 34 años, en una súbita celebridad.

Se confirmó dos años más tarde con el éxito de Un tranvía llamado Deseo, con puesta en escena de Elia Kazan, que marcó el debut teatral de un joven del Actors Studio: Marlon Brando. Frecuentaba todos los años la isla de Key West en Florida, donde tenía una casa. Fue presidente del jurado del Festival de Cannes de 1976.

Su familia

Tennessee se sentía muy próximo a su hermana, Rose, que quizá fue quien más influyó en él. Era una belleza delgada que pasó la mayor parte de su vida adulta en hospitales mentales. Sus padres autorizaron una lobotomía prefrontal en un intento de tratarla. La operación, llevada a cabo en 1943 en Washington, D. C., fue mal, y Rose quedó incapacitada para el resto de su vida.

La fracasada lobotomía de Rose fue un duro golpe para Williams, quien nunca perdonó a sus padres por permitir semejante operación. Pudo haber sido uno de los factores que lo llevaron al alcoholismo.

La obra de Williams The Parade or Approaching the End of Summer, escrita cuando tenía 29 años y sobre la que siguió trabajando a lo largo de su vida, es un retrato autobiográfico de un temprano romance en Provincetown. Esta obra ha comenzado a representarse solo recientemente, estrenada el 1 de octubre de 2006 en Provincetown, Massachusetts, por la compañía Shakespeare on the Cape como parte del Primer Festival Anual Tennessee Williams.

 Su muerte

El 25 de febrero de 1983, Williams fue encontrado muerto en su suite del Hotel Elysée en Nueva York a los 71 años. El informe del médico forense indicó que murió atragantado con el tapón de un envase de gotas para los ojos que utilizaba con frecuencia, el cual debió intentar abrir con los dientes. Un informe forense modificado indicó que el uso de fármacos y alcohol pudo haber contribuido a su muerte por la supresión de su reflejo nauseoso. Se encontraron medicamentos recetados, incluyendo barbitúricos, en la habitación. La causa de la muerte informada fue «intolerancia al Seconal (secobarbital)».

Williams fue enterrado en el Cementerio Calvary de St. Louis, Misuri, a pesar de su deseo de ser enterrado junto al mar, aproximadamente en el mismo lugar que el poeta Hart Crane, a quien consideraba una de sus influencias más significativas. Legó los derechos literarios de sus obras a Sewanee, La Universidad del Sur, en honor a su abuelo, Walter Dakin, un alumno de la universidad ubicada en Sewanee (Tennessee). Los fondos hoy sostienen un programa de escritura creativa.

En 1989 Williams fue incluido en el Paseo de la Fama de St. Louis.

 En veinticuatro años, diecinueve obras de Tennessee Williams se representaron en Broadway. También se han representado en otros países. Así, en Francia fue Jean Cocteau quien adaptó Un tranvía llamado Deseo, y Françoise Sagan, Dulce pájaro de juventud.

Todo el teatro de Tennessee Williams, donde se ve la influencia de Faulkner y de D. H. Lawrence, está atravesado por los inadaptados, los marginados, los perdedores, los desamparados, por los cuales muestra todo su interés, como explica en sus Memorias. A través de todos sus personajes, en una mezcla de realismo y sueño, dentro del desastre o la fantasía, analiza la soledad, que fue la constante en su vida.

Sus trabajos se basan en la oposición entre el individuo y la sociedad, recurriendo a personajes casi arquetípicos: la aristócrata en decadencia, la joven débil y víctima del macho dominante, el joven sensible y con aspiraciones artísticas, el hombre emprendedor y agresivo. Este cuarteto, con sus sucesivas variantes, se insertan en una oposición más general entre los integrados que aceptan la hipocresía y los rebeldes, marginados que rechazan el compromiso.

El tema común de la «heroína loca», que aparece en muchas de sus obras, pudo haber sido influencia de su hermana. Los personajes de sus obras suelen verse como representaciones directas de los miembros de su familia. Así, se ve la figura de su hermana Rose en Laura Wingfield, de El zoo de cristal, y Blanche DuBois en Un tranvía llamado Deseo. El tema de la lobotomía también aparece en De repente, el último verano. Amanda Wingfield, en El zoo de cristal, puede representar fácilmente a la madre de Williams. Muchos de sus personajes se consideran autobiográficos, incluyendo a Tom Wingfield en El zoo de cristal, y Sebastian en De repente, el último verano.

Las piezas dramáticas de Tennessee Williams han sido adaptadas en varias ocasiones al cine. Las adaptaciones fueron dirigidas por los más grandes directores de su generación, desde Joseph L. Mankiewicz hasta John Huston. Dada la intensidad de las tramas y la riqueza potencial de sus atormentados personajes, la calidad de estas adaptaciones ha sido, en general, magnífica, y muy propicia para que actores de calidad expongan en ellas su talento interpretativo.

Así, Elia Kazan dirigió en 1951 la primera adaptación al cine de una obra de Williams, Un tranvía llamado Deseo, interpretada por Marlon Brando y Vivien Leigh, que se cuenta entre las mejores jamás rodadas sobre un texto del dramaturgo; Daniel Mann llevó al cine La rosa tatuada en 1955, con Anna Magnani, en un papel escrito expresamente para ella y que le dio varios premios de interpretación —Oscar incluido— y Burt Lancaster, pero que Magnani, al negarse a hacerla en los escenarios de Broadway, posibilitó la consagración de Maureen Stapleton.

Richard Brooks llevó a cabo con la adaptación de La gata sobre el tejado de zinc en 1958, con Elizabeth Taylor y Paul Newman como protagonistas, una de las películas de referencia obligada si hablamos de las obras del genial Tennessee en la pantalla; y el mismo Brooks dirigió en 1962 la adaptación de Dulce pájaro de juventud, repitiendo a Newman y con la excepcional Geraldine Page, recreando esos ambientes entre sórdidos y claustrofóbicos que caracterizan las obras del sureño, aunque más suavizada con respecto al original que adaptaciones anteriores debido a la censura en los Estados Unidos, que ese mismo año se cebaba con Lolita (Stanley Kubrick) o Confidencias de mujer (George Cukor).

Joseph L. Mankiewicz estrenó en 1959 De repente el último verano, con un reparto estelar, como sucede en muchas películas basadas en Williams: Elizabeth Taylor, Katharine Hepburn y Montgomery Clift. Se convirtió casi desde entonces en una de las mejores —si no la mejor— traslaciones de su obra a la gran pantalla.

En 1961, Vivien Leigh repitió con obra de Tennessee Williams en La primavera romana de la Sra. Stone, dirigida por José Quintero y acompañada por un juvenil Warren Beatty como el gigoló romano Paolo di Leo. Quizá no suficientemente valorada en su momento, pese a que gozó de gran popularidad, es una película a tener en cuenta. Cabe mencionar también la espléndida y oscura versión que dirigió John Huston en 1964 de La noche de la iguana, con Richard Burton, Ava Gardner, Deborah Kerr y Sue Lyon, cuya acción transcurre en México, y que en su día constituyó un fracaso en taquilla, pero hoy emerge como un auténtico clásico moderno. Otros títulos, no tan recordados pero que merecen una revisión, son: Verano y humo, de Peter Glenville (1961), con una de las grandes interpretaciones de Geraldine Page junto a la ya citada Dulce pájaro de juventud, y Propiedad condenada (1966), de Sydney Pollack, con Robert Redford y Natalie Wood.

A partir de los años 1970, las obras de Williams se llevaron más a la pequeña pantalla que al cine (El zoo de cristal, en 1970, con Katharine Hepburn; Un tranvía llamado Deseo en 1984, con Ann Margret; La gata sobre el tejado de zinc en 1985, con Jessica Lange; Dulce pájaro de juventud en 1989, con Elizabeth Taylor; etc.), pero aún encontramos una interesante aunque no definitiva adaptación de El zoo de cristal (1987) dirigida por Paul Newman, con Joanne Woodward, John Malkovich y Karen Allen, rodada para la gran pantalla.

BIENVENIDA

Bienvenidos a la masterclass sobre Tennessee Williams!

quería compartir con ustedes algunas experiencias que he tenido con este increíble escritor.Día a día mi interés por su persona y su obra crece y me hace reflexionar, del mismo modo si tuviésemos interés por los personajes que habitan los cuentos.Estos serían más cercanos y sensibles. Y seguramente podríamos narrar desde un lugar más creíble.En el tiempo esos personajes nos habitan para siempre.Cada vez qué narremos ese cuento, esos personajes vuelven a la vida pero de una manera remozada.Todo el cuento es modificado porque ellos son los protagonistas.

Tennessee Williams tenía esa enorme capacidad demostrarnos con toda crudeza la vida tal como es.Algo que vemos en forma cotidiana pero se hace real cuando la vemos a través de un cuento y nos hace reflexionar.Voy a dejar algunas notas para que puedan conocer su obra y algo de su pensamiento.Puedo asegurar que con mi método de trabajo será más simple contar.No es cuestión de memoria y esfuerzo. es contemplar la vida de los personajes con ternura y comunicar lo que allí se ve.»NARRAR ES UN RECUERDO DICHO HOY».

FRAGMENTO DE «EL POETA» TENNEESSEE WILLIAMS

El que ama a los jóvenes ama también el mar. Por lo tanto era natural que la última fase de la vida del poeta transcurriera en la costa. Ya llevaba diez meses viviendo en una costa tropical cuyo asombroso panorama de mar abierto y cielo proporcionaba a sus historias una mise en scène ideal. Habitaba en una choza hecha con madera rescatada del mar. No recordaba si la había construido él mismo o si ya se la encontró levantada. Estaba situada en un punto donde la playa se curvaba suave y amablemente hacia tierra, y se alzaba en un promontorio semejante a un abanico de dunas doradas. En un gran tambor metálico, devuelto por el mar después de un naufragio, había destilado su licor de abrasadora potencia y mantenía este depósito enterrado en la arena detrás de su refugio de madera.
Todas las veces que les hacía una señal, los miembros de su joven público se reunían a su alrededor, y cada vez venían más, y cada vez desde aldeas que se encontraban más y más apartadas. El poeta ya llevaba largo tiempo considerando que sus historias hasta entonces habían sido poco más que ejercicios previos a una gran efusión auténtica que sería más una creación plástica que verbal. Notaba que tenía esa culminación cada vez más a mano. Su inminencia se anunció en su interior en forma de fiebre. El cuerpo le ardía, se le consumía; y se le encaneció el dorado pelo. Se le había dilatado el corazón. Se le hincharon las arterias. A veces le parecía que un íncubo hacía presa en su pecho, y que aquel pequeño nudo púrpura que era su cabeza golpeaba contra sus costillas, mientras los miembros pataleaban y se retorcían en convulsiones. De cuando en cuando le brotaba sangre arterial por boca y nariz. Notaba que estos anuncios del inexpresable ataque de la muerte le asediaban, pero conservó la fuerza suficiente para mantenerlos a raya hasta que terminó por producirse el acontecimiento para el que vivía. Se produjo aquel verano, a finales del agitado mes de agosto. La noche que precedió a su llegada, el poeta había vagado por la playa en un estado de delirio en el que le parecía subir una empinada cuesta sin el menor esfuerzo ni quedarse sin respiración durante el ascenso, y al alcanzar la cima pudo ver debajo, como la imagen de un rompecabezas con todas sus piezas ajustadas, la totalidad de su vida en la tierra. Consideró triunfante que las dispersas posibilidades habían formado un dibujo y que el dibujo podía encerrarse en una visión. Cuando llegó la mañana, ésta le empujó a desandar todo el camino recorrido, pero él sabía con qué finalidad. Era para llamar a los chicos. Debía encender una hoguera, una señal que convocaría a los chicos. Se puso a prepararla de inmediato. Sin embargo, y por primera vez, resultó difícil reunir materiales inflamables. Los trozos de madera seca parecían separados por kilómetros. Rebuscó en las dunas y entre la maleza enmarañada, hasta que los nudillos le sangraron y el íncubo del pecho se abrió paso entre la jaula de sus frágiles costillas. Cuando finalmente contó con la suficiente para encender la señal, se alzó el viento y tuvo que protegerse contra él. Tuvo que agacharse sobre las llamas hasta que éstas le ennegrecieron el pecho, y tuvo que abrazar los llameantes palos para que no se dispersaran. Entonces, súbitamente, la resistencia cesó. El océano recuperó el viento. El aire estaba detenido y el océano parecía sorprendido como una estatua en un fulgor tranquilo, y ahora la columna de humo se alzaba poco densa y derecha como un árbol sin ramas. El poeta se alejó del punto donde sufría tan terriblemente, arrastrándose sobre pies y manos hasta el misericordioso y reconstituyente contenido del tambor. Con sólo probarlo, volvió a ponerse de pie. Una vez más, y por último, el océano ilimitado se encrespó y rompió en sus venas; aquel océano escarlata donde se balanceaba un endeble barco, lo que es estar vivo.
La columna de humo pronto atrajo la atención de los chicos. Con caras levemente iluminadas por las primeras luces, se alzaron como pájaros de las aldeas para emprender el ascenso de las laderas y dejarse caer dementemente por ellas, pasando junto a los campos cercados donde sus padres trabajaban la tierra, pasando delante de puertas donde había ancianas encogidas en un embotado asombro ante su paso agitado, pasando ante todo lo estático, empujados como estaban por un demonio que los hacía avanzar deprisa, respondiendo como sólo los de su edad podrían responder a algo tan poco sólido como el humo, pero que constituía una visión prometedora.

El poeta distinguió sus gritos desde muy lejos, y supo que se acercaban. Se levantó de junto al tambor y caminó erguido y poderoso hasta el extremo de la playa donde aparecerían los chicos. Habiéndose librado de la ropa durante el trayecto, con el cuerpo desnudo y brillando de sudor, los chicos superaron la última duna que los separaba y rodearon la figura del poeta que esperaba.
El poeta hizo que descansaran delante de su refugio de maderas rescatadas del mar. Se colocó en el centro e inició su historia.