La joven lista y el Zar. Balcanes

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Un hombre pobre vivía en una cueva y no tenía más que una hija, muy sabia, que iba a todas partes a mendigar; ella, además, enseñaba a su padre cómo mendigar y hablar astutamente. Una vez, el pobre fue con el zar para que le diera alguna limosna; el zar le preguntó de dónde era y quién le había enseñado a hablar con inteligencia. El pobre respondió de dónde era y cómo su hija le enseñaba. “Y tu hija, ¿de quién aprendió?”, preguntó el zar, y el pobre contestó: “Dios la hizo sabia y nuestra pobreza, desdichada.” A la sazón, el zar le dio treinta huevos y le dijo: “Llévale esto a tu hija y dile que los haga empollar; yo la obsequiaré bien, pero si no los empolla, te someteré a tortura.”

El pobre se fue llorando a la cueva y le contó todo a su hija. Ella se dio cuenta de que los huevos estaban cocidos; le dijo a su padre que se fuera a descansar y que ella se ocuparía de todo. El padre le hizo caso y se fue a dormir. La muchacha tomó una olla, la llenó con agua, la puso al fuego y metió ahí un puñado de habas. Cuando éstas quedaron cocidas, llamó a su padre por la mañana, le pidió que tomara el arado y los bueyes, y que se fuera a arar junto al camino por donde iba a pasar el zar. Le dijo, además: “Cuando veas al zar, toma las habas, siémbralas y grita: ‘¡Ea, bueyes! Dios quiera que germinen las habas cocidas.’ Cuando el zar te pregunte cómo puede germinar un haba cocida, tú respóndele: ‘De la misma manera como los pollos pueden nacer de huevos cocidos.’” El pobre hizo caso a su hija y se fue a arar. Al ver al zar acercándose por el camino, comenzó a dar de gritos: “¡Ea, bueyes! Dios quiera que germinen las habas cocidas.” El zar, al escuchar estas palabras, se detuvo en el camino y le dijo al hombre: “Pobre hombre, ¿cómo puede germinar un haba cocida?” Éste le respondió: “Noble zar, de la misma manera como los pollos pueden empollarse de huevos cocidos.”

El zar notó inmediatamente que había sido la hija quien había enseñado a contestar al pobre. Entonces ordenó a los sirvientes apresar al hombre y traerlo delante de él; le dio una madeja de lino y dijo: “Tómala: con esta madeja tienes que hacer una sirga, las velas y cuanto se necesite para un barco; si no lo haces, perderás la cabeza.” El pobre tomó la madeja muy asustado, se fue llorando a casa y le contó todo a su hija. Ella lo mandó a dormir, prometiéndole que se iba a ocupar del problema. Al día siguiente, tomó un pequeño trozo de madera, despertó a su padre y le dijo: “Toma este trozo de madera, llévaselo al zar y dile que me haga un cáñamo, un huso, un caballete y lo demás que se requiere para la construcción de un barco, y yo haré todo lo que ordena.”

El pobre hizo caso y le habló al zar como fue instruido. El zar, al escucharlo, se asombró y se puso a pensar en lo que iba a hacer. Luego alcanzó un vasito y dijo: “Toma este vasito y llévaselo a tu hija: que vacíe todo el mar hasta que en el lugar del fondo quede el campo.” El pobre obedeció; llorando le llevó aquel vasito a su hija y le contó lo que le había ordenado el zar. La joven respondió que dejara todo hasta mañana y que ella se ocuparía. Al día siguiente llamó a su padre, le dio medio kilo de estopa y le dijo: “Llévale esta estopa al zar y dile que con ella tape todas las fuentes y los lagos; entonces yo vaciaré el mar.”. El pobre se fue, y así le dijo al zar.

Al ver el zar que la muchacha era mucho más astuta que él, ordenó al pobre traerla delante de él. Cuando la trajo, el pobre y su hija se inclinaron, y el zar preguntó a la joven: “Adivina, muchacha, ¿qué es lo que se puede escuchar más lejos?” La joven contestó: “Noble zar, lo que se puede escuchar más lejos es el rayo y la mentira.” Entonces el zar se mesó la barba y, volviéndose hacia los cortesanos, les preguntó: “Adivinen, ¿cuánto vale mi barba?” Unos dijeron tanto; otros, otro tanto; entonces la joven les dijo a todos los que no habían adivinado: “La barba del zar vale lo que valen tres lluvias de verano.” El zar se asombró y dijo: “La muchacha adivinó.” Y entonces le preguntó si ella quería ser su mujer; además, le dijo que no podía ser de otra manera. La joven se inclinó y respondió: “Noble zar, sea como tú quieras, sólo te pido que escribas con tu mano una carta, para el caso de que alguna vez te enojes conmigo y me quieras alejar de ti: debes decir que yo seré señora para llevarme de tu palacio lo que me sea más querido.” El zar aceptó y lo firmó.

Después de algún tiempo, el zar se enojó con su mujer y dijo: “Ya no quiero que seas mi mujer; vete de mi palacio a donde sepas.” La zarina le respondió: “Preclaro zar, obedeceré; sólo deja que pernocte y mañana partiré.” El zar le permitió pernoctar. Entonces, cuando cenaban, la zarina mezcló vino con rakia y algunas hierbas aromáticas y, ofreciéndoselo para tomar, le habló a su esposo: “Bebe, zar, estamos alegres, pues mañana nos separaremos y, créeme, estaré más alegre que cuando me junté contigo.” El zar se embriagó y se durmió. La zarina preparó un carruaje y llevó al zar consigo a cierta cueva. Cuando el zar se despertó en la cueva y vio en dónde estaba, gritó: “¿Quién me trajo aquí?” La zarina respondió: “Yo te traje.” El zar preguntó: “¿Por qué me hiciste esto? ¿No te dije que ya no eres mi mujer?” Entonces ella sacó la carta y le dijo: “Es verdad que me lo dijiste, noble zar, pero mira lo que firmaste en esta carta: cuando me repudiaras, podría llevar conmigo lo que me fuera más querido en tu palacio.” Al ver esto, el zar la besó y regresaron juntos al palacio.

El hombre de piedra Rumania

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Había una vez un emperador joven y hermoso que tenía una esposa también muy bella, pero los dos tenían una gran pena, pues no les había dado Dios ningún hijo.

Un día se presentó a su palacio un negro de tez reluciente y gruesos labios y pidió hablar con el emperador; le hicieron pasar a su presencia, y le dijo así:

– Muchos años de dicha te deseo, poderoso emperador. He sabido que no tienes hijos y que te alegraría tener uno. Te traigo unas hierbas maravillosas. Si tu esposa hace con ellas una tisana y se la bebe, tendrá un gentil heredero.

El emperador agradeció cumplidamente al negro el obsequio de las hierbas maravillosas. En pago le dio un caballo de los más bellos de sus caballerizas, un vestido bordado en oro y una bolsa llena de monedas.

Cuando Ia emperatriz tuvo Ias hierbas, llamó a su cocinera para que le hiciera una tisana con ellas. Una vez hecha, la cocinera la probó para ver si estaba buena, y luego se la llevó a su dueña.

Al cabo de algún tiempo, la emperatriz y la cocinera, por haber probado del mismo brebaje, tuvieron un hijo cada una. Llamaron al hijo del emperador, Dafín, y al hijo de la cocinera lo bautizaron con el nombre de Afín.

Los dos chicos eran listos, guapos y crecían con una rapidez milagrosa. Ambos, por igual, valientes y juiciosos.

Un día, transcurridos algunos años, el padre de Dafín tuvo que ir a tomar parte en una batalla. Llamó entonces a su hijo, le dio un manojo de llaves y le dijo:

– Hijo mío, en todas las puertas que se abren con estas llaves tienes derecho a entrar; sólo en la que cierra esta llave de oro, te prohíbo que entres, pues si lo hicieras, mal lo pasarías.

Habiendo marchado el emperador, Dafín sintió curiosidad por abrir todas las puertas. Quería averiguar qué había detrás de ellas. En una encontró un tesoro en piedras preciosas; en la otra había vajilla y platos ricamente labrados todos en plata y oro, pero nada de esto logró interesar a Dafín. Le parecía que lo más interesante de todos los tesoros debía de hallarse en la habitación prohibida. Recordando, sin embargo, la prohibición que le habían hecho, dudó algún tiempo; pero, al fin, pudo más la curiosidad que el respeto a la promesa hecha a su padre, y abrió la puerta que estaba cerrada con la llave de oro.

Entró, pues, Dafín en este cuarto y ¡oh, maravilla de las maravillas !, encontró un trono todo de oro, tan brillante y bello que nadie lo hubiera podido mirar sin pestañear. En este trono estaba sentada la princesa Kiralina, niña hermosa como una fresca flor de jardín de ensueño. Después de haberla contemplado largo rato, salió con los ojos llenos de lágrimas, tan fuerte era la emoción que le había producido la visión de tan bella princesa.

Algún tiempo después volvió el emperador de la guerra y, al notar la falta de su hijo entre las personas que fueron a recibirle, interrogó a su esposa, la cual le informó que su hijo estaba enfermo.

Comprendió el emperador por qué estaba enfermo su hijo y en vano llamó a todos los doctores del imperio para que lo cuidaran, nadie pudo curarlo. Al fin le dijeron que no sanaría nunca si no le daban por esposa a la princesa Kiralina de la cual estaba enamorado.

El emperador mandó pedir la mano de la princesa para su hijo. Pero todos los enviados volvieron diciendo que su padre no la quería dar en casamiento a nadie.

Cuando se enteró de esto Dafín quiso ir él mismo a buscar a la princesa. Hablé de ello con Afín y juntos se fueron, prometiéndose no descansar hasta lograr la mano de la princesa Kiralina.

Caminaron todo un día hasta bien entrada la noche, en que llegaron a la casa de la madre del Viento de Invierno. Llamaron a la puerta y les salió a abrir una vieja toda arrugada, preguntándoles qué iban buscando. Pidiéronle que les dejara descansar hasta la mañana siguiente y también querían saber si conocía ella el camino que conducía al imperio de la princesa Kiralina.

Les miró compasivamente la vieja y les dijo:

– Os alojaria con gusto, pero tengo miedo que venga mi hijo y os transforme en trozos de hielo. Id mejor hasta donde vive mi hermana menor, pues ella puede alojaros y señalaros el camino que deseáis saber.

Siguieron andando hasta dar con la casa del Viento Loco. De allí tuviéronse que alejar también y continuaron hasta la de la madre del Viento de Primavera. Al llamar a la puerta les abrió una mujer joven y bella, alta y delgada. Cuando vio a Dafín le dijo:

– Sé, gentil mozo, que vas por el mundo en busca de la princesa Kiralina. Pero no llegarás hasta su imperio sin la ayuda de mi hijo. Quedaos, pues, aquí. Procuraré esconderos, pues si mi hijo se entera que hay gente extraña en casa, os buscaría y os mataría.

Dicho todo esto, palmoteó tres veces y, en seguida, saltó de la chimenea un ave de oro con pico de diamante y ojos de esmeralda, cogió a los dos jóvenes, los escondió cada uno debajo de un ala y subió con ellos otra vez encima del hogar.

Poco después se oyó un leve susurro del viento que parecía traer un olor de rosas y de lises, la puerta se abrió sola y entró un joven hermoso, con pelo largo y dorado, con alas de plata y, en la mano, un palito todo entretejido con hierbas y flores. Al entrar en la casa díjole a su madre:

– Me parece, madre, que huele por aquí a hombres forasteros.

– Te lo parece, hijito, pero aquí nadie ha venido.

Diciendo esto le preparó la cena, que se componía de un plato de leche dulce de gacela. Para beber le dio un poco de agua de violetas que le sirvió en una copa de amatista.

Comió y se puso a, charlar con su madre, la cual, viéndolo de buen humor, se decidió a pedirle:

– Hijo mío, dime dónde está el imperio de la señora Kiralina, y qué debería hacer si uno quisiera tenerla por esposa.

– Difícil pregunta me haces, madre, pero estoy dispuesto a darte gusto. El imperio de la princesa Kiralina se halla a una distancia de diez años de camino desde aquí. Pero este camino se puede hacer en un parpadear de ojos, yendo hasta la selva negra, que se halla al lado del lago de betún que vomita piedras y fuego hasta el cielo, se sube encima del tronco de las hadas, se espolea tres veces, cambiándose éste en un carro tirado por doce caballos de fuego con el cual se puede pasar el lago. Mas, si alguien oye esto y se lo comunica a otros, se volverá de piedra hasta las rodillas. Cuando haya llegado al imperio tendrá que transformar el carro, mediante tres golpes, en un ciervo de oro muy grande y meterse en su interior para llegar hasta la habitación de la princesa y poder raptarla. Pero quien oiga esto que estoy diciendo y se lo repita a alguien, que se transforme en piedra hasta la cintura. Cuando la haya tomado por esposa, la madre del Viento Loco, por celos, mandará a un judío con una hermosa camisa, más fina que las telarañas. La princesa Kiralina comprará esa camisa y en cuanto se la ponga, si no la humedece con lágrimas de tórtola, morirá. Pero quien oiga esto y lo diga, será transformado totalmente en una estatua de piedra.  

Mientras el Viento de la Primavera decía todo esto, el hijo del emperador se había dormido, pero el hijo de la cocinera se hallaba despierto y todo lo había oído.

Cuando se hubo marchado el Viento de Primavera de su casa, el hijo del emperador preguntó a la madre si su hijo le había dicho algo, pero ésta, temiendo convertirse en una estatua de piedra, dijo que no le había dicho nada.

Entonces los dos mozos se fueron y caminaron todo un largo día de verano hasta bien entrada la noche, pero al caer la tarde oyeron un gran ruido y luego vieron un gran Iago de betún que ardía en grandes llamaradas y lanzaba piedras hasta lo alto del cielo. Dafín se espantó, pero su hermano de leche le dijo que no se apurase por tan poca cosa y que sólo tenía que hacer lo que él le dijera para que todo les saliera bien.

Llegados al centro de la selva, apercibieron el tronco de las hadas. Los dos montaron encima y espoleándolo tres veces, éste se cambió en un carro con doce caballos de fuego que se alzó en un pestañear de ojos hasta el Viento Loco, y bajó luego hasta situarse delante de las puertas del palacio de la princesa Kiralina.

Cuando se apearon del carro, éste se transformó otra vez en un sencillo tronco de madera, y ellos, atónitos, se vieron delante de un palacio de zafiro y de mármol, con puertas de ciprés, y allí, en una de las ventanas, se hallaba la princesa Kiralina vestida con traje tejido en oro y perlas finas.

En cuanto vió la princesa Kiralina al hijo del emperador, se enamoró tan perdidamente de él, que cayó enferma de amores.

El emperador, su padre, agotó todos los medios para que su hija recobrara la salud. Pero todo fue inútil. Por último, una vieja bruja, enterada de la enfermedad de la princesa, ofreció esta receta al emperador:

– Si quieres que tu hija recobre su salud, tienes que buscar al ciervo grande que canta como las aves, llevárselo a tu hija durante tres días y al cabo de los cuales verás cómo sana en seguida.

Ordenó el emperador que se buscara por todo el imperio el ciervo del cual hablaba la vieja. Mientras tanto, Afín, el hijo de la cocinera, dio los tres golpes al tronco y éste se convirtió en un gran ciervo de oro, dentro del cual hizo meter a Dafín, quedando instalados de esta suerte frente al palacio.

Cuando el emperador oyó que había tal milagro delante de sus puertas salió y le preguntó al muchacho si quería venderlo.

Con gran aplomo Afín contestó:

– No es para vender mi ciervo, pero si quieres te lo alquilo.

– ¿Cuánto dinero me pides para dejármelo sólo por tres días ?- preguntó el emperador.

– Mil onzas de oro – contestó el muchacho.

Aceptó el emperador, tomó el ciervo y se lo llevó a los aposentos de su hija.

Cuando vio a la princesa Kiralina, el ciervo empezó a cantar una tierna canción de amores, tan dulce, que lloraban hasta las piedras. Embargada por la emoción la princesa se durmió, entonces salió de su escondrijo Dafín y la besó en la frente.

Al día siguiente la princesa Kiralina contó a sus damas que había soñado que la besaba un hermoso joven. Una de ellas, la más lista, le aconsejó que cuando sienta que alguien la besa otra vez, mientras ella aparenta dormir, que coja fuertemente en sus brazos al atrevido.

Llegada la noche, el ciervo empezó a cantar una canción sentimental. La princesa Kiralina hizo como si se durmiera, y cuando Dafín fue a besarla, lo estrechó en sus brazos, y le dijo:

– Desde ahora en adelante, te quiero a mi lado, pues mucho he anhelado tenerte.

Al amanecer se presentó el emperador acompañado de Afín que pretendía que le devolvieran su ciervo. La princesa empezó a llorar y no quería a ningún precio separarse de su ciervo, pero Afín le dijo en voz baja:

– Pide al emperador que te dé permiso para acompañar al ciervo hasta las afueras de la ciudad; allá nos espera un carro con doce caballos de fuego, con el cual iremos hasta el imperio de Dafín, tu prometido.

La princesa Kiralina pidió y obtuvo del emperador este permiso, y junto con un gran cortejo, acompañó al ciervo hasta las afueras de la ciudad.

Entonces Afín dio tres golpes al ciervo y éste se transformó en un carro con doce caballos de fuego, y cogiendo a la princesa Kiralina de una mano y a Dafín de la otra montó con ellos en el carro y desaparecieron en dirección a su patria.

Cuando el emperador supo su regreso, mandó que les saliera al encuentro un cortejo imponente. Luego efectuóse el casamiento de su hijo Dafín con la princesa Kiralina, cayos festejos duraron tres días y tres noches.

Un día, estando la princesa Kiralina sentada ante una ventana, vio venir por el camino a un traficante judío con camisas para vender. Lo hizo llamar a sus aposentos y le pidió que se las mostrara. Una vez las hubo visto, compró la que le pareció mejor y, pocos días después, se la puso. Al poco rato de llevarla enfermó gravemente.

Cuando Afín supo que la princesa estaba enferma, entró a medianoche en su aposento y vertió sobre su cuerpo lágrimas de tórtola, con el fin de salvarla de aquel hechizo maligno que se había apoderado de ella.

Pero los envidiosos, que no faltan nunca cuando se goza de la confianza del emperador, y en este caso, es su propio hermano de leche y su mejor amigo, no se les ocurrió cosa mejor que calumniarlo, diciendo que los guardias habían visto cómo Afín había besado a la princesa Kiralina.

Dafín, que ya era emperador, por haber muerto su padre, prestó oídos a la maledicencia y arrebatado por el furor, dispuso que matasen a Afín. Mas al llegar la hora de su muerte, Afín pidió que se reuniera el consejo del imperio y que estuviera también presente la emperatriz. Hecha la reunión, les habló de esta guisa:

– Hubo una vez un hijo de emperador que se había enamorado de una princesa y se fue con su hermano de leche para ver si lograba hallarla y casarse con ella. Después de andar errantes largo tiempo, hallaron a la Madre del Viento de Primavera que rogó a su hijo, a petición suya, que le dijera la manera de poder hallar a la princesa. El Viento de Primavera quiso complacer a la madre y relató de ese modo: “El imperio de la princesa Kiralina está a una distancia de diez años si se sigue por rutas humanas, pero si se monta encima del tronco de las hadas se llega en un santiamén. Mas quien oiga esto y se lo cuente a alguien, se convertirá en piedra hasta la cintura.”.

Apenas terminó Afín esta primera parte del relato, se transformó en un bloque de piedra desde los pies hasta el talle.

Inmediatamente el emperador comprendió que había hecho mal en dudar de su hermano de leche y le pidió que cesara de contar, pero Afín no quiso escucharlo y prosiguió su narración hasta que se convirtió totalmente en una estatua de piedra.

El emperador y su esposa quedaron desconsolados por la pérdida de su hermano y, deseando honrar de algún modo su memoria, decidieron llevar la estatua a su habitación para tenerla siempre junto así y vivir en su perpetuo recuerdo.

Pasó cierto tiempo, y un día, al despertar, le dijo Dafín a su esposa:

– He tenido un sueño muy extraño esta noche. Una mujer vestida de blanco me ha dicho que si queríamos que Afín volviera a la Vida, tendríamos que matar a nuestro hijo y rociar la estatua con su sangre.

– Lo mismo he soñado yo – le contestó la princesa Kiralina.

Mataron, pues, a su hijo, y con su sangre rociaron el bloque de piedra. Este empezó a moverse hasta que tornó a la vida Afín, el cual dijo, desperezándose:

– Largo tiempo he dormido, hermanos.

– Muy largo, y dormirías todavía si no hubiésemos matado a nuestro hijo para bañarte con su sangre- le dijo el emperador.

Entonces Afín se hizo un corte en un dedo y dejó caer su sangre sobre el cuerpo exangüe del príncipe, quien renació de nuevo tan fresco y hermoso como antes.

Quisieron el emperador y su esposa celebrar con gran magnificencia estos acontecimientos maravillosos; a tal efecto quisieron hacer partícipe a todo su pueblo, ordenando que no se interrumpiesen en muchos días los bailes, banquetes, espectáculos y festejos de toda clase, haciendo las delicias de todo el país y la suya propia, tanto, que aun hoy día recuerdan la pompa desplegada en aquella conmemoración.

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León, liebre y hiena Kenya

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Había una vez un león llamado Simba que vivía en una cueva. En sus tiempos mozos nunca le preocupó la soledad, pero, poco antes del inicio de este cuento, Simba se había lesionado gravemente la pata y eso le impedía cazar. Poco a poco, empezó a comprender que estar en compañía tenía sus ventajas.

Las cosas se habrían puesto muy feas para Simba si un buen día no hubiese acertado a pasar por delante  de su cueva Sunguru la Liebre. Al asomarse al interior, Sunguru se dio cuenta de que el león estaba famélico y, sin pensárselo dos veces, puso manos a la obra para cuidar a su amigo enfermo y velar por él.

Gracias a las esmeradas atenciones de la Liebre, Simba fue recuperando paulatinamente las fuerzas, hasta que se sintió capaz de cobrar piezas pequeñas con las que ambos se alimentaban. Al poco tiempo ya se había acumulado un considerable montón de huesos a la entrada de la cueva del León.

Ñangau la Hiena andaba husmeando por los alrededores cierto día, con la esperanza de encontrar algo para la cena, cuando percibió el suculento aroma de huesos con tuétano. La nariz la guió hasta la cueva de Simba, pero robar los huesos era arriesgado porque estaban a la vista de quien hubiera en la cueva. Cobarde como era, al igual que todas sus congéneres, la Hiena decidió que la única forma de apoderarse de aquellos sabrosos despojos era hacer amistad con Simba. Se acercó sigilosamente a la boca de la cueva y soltó una tosecilla.

– ¿Quién nos está fastidiando la tarde con esos horripilantes graznidos? – preguntó el León; y, poniéndose en pie, se dispuso a investigar el origen del ruido.

– Soy yo, tu amiga Ñangau – balbució la Hiena, perdido el escaso valor que tenía – He venido a decirte que a los animales nos ha resultado muy penosa tu ausencia y que esperamos con gran expectación que recobres pronto la buena salud.

– Ya te puedes ir largando – gruñó el León – me parece a mí que un amigo se habría interesado por mi salud hace mucho en lugar de esperar al momento en que pudiera servirle de provecho otra vez. ¡Te digo que te largues!

La Hiena se apresuró a poner pies en polvorosa, con el enmarañado rabo metido entre las patas torcidas, perseguida por las ofensivas risitas de la Liebre. Pero no logró olvidar la pila de tentadores huesos que había frente a la cueva del León.

“Lo intentaré de nuevo”, dijo para sí la encallecida hiena. Unos días después, tomó la precaución de presentarse de visita mientras la Liebre salía a buscar agua para preparar la cena.

Encontró al León dormitando a la entrada de su cueva.

– Amigo – dijo Ñangau con una sonrisa forzada – mucho me temo que la herida de tu pata está tardando tanto en curarse porque el tratamiento que le aplica tu supuesta amiga Sunguru es un fraude.

– ¿Qué pretendes decir? – le espetó el León con un gruñido de rencor – ¡Si no llega a ser por Sunguru, habría muerto de hambre en los peores momentos de mi enfermedad, mientras tus compañeras y tú brillabas por vuestra ausencia!

– A pesar de todo, lo que te he dicho es cierto – replicó la Hiena con tono confidencial – En toda la región se sabe que Sunguru te está dando a propósito un tratamiento para la herida que no es el adecuado, porque no quiere que te repongas. Y es que, cuando estés bien, dejará de ser tu sirviente, ¡un trabajo que le viene de perillas para ganarse cómodamente la vida! Permíteme que te lo advierta, querido amigo: ¡En realidad, Sunguru no está velando por tus intereses!

Entonces la Liebre regresó del río con una calabaza llena de agua.

– Vaya, vaya – le dijo a la Hiena a la vez que depositaba su carga en el suelo – no esperaba volver a verte después de tu ignominiosa y precipitada partida del otro día. Cuéntame qué te trae por aquí en esta ocasión.

Simba se volvió hacia la Liebre y le dijo:

– Ñangau me ha estado hablando de ti. Según dice, eres famosa en toda la región por tu pericia y tus buenas artes como médico. También me ha dicho que los medicamentos que me prescribes no tienen rival. Sin embargo, está convencida de que podrías haberme curado la pata hace mucho si te hubiera interesado hacerlo. ¿Es verdad?

Sunguru se tomó su tiempo para reflexionar. Comprendió que la situación era delicada, pues tenía la clara sospecha de que Ñangau  pretendía tenderle una trampa.

– Bueno – dijo titubeando – sí y no. Ya ves que soy un animal muy pequeño y, a veces, los medicamentos que me hacen falta son muy grandes y no estoy en condiciones de conseguirlos… eso es lo que ocurre en tu caso, mi buen Simba.

– ¿Qué quieres decir? – farfulló el León a la vez que se incorporaba y demostraba de inmediato su interés.

– Nada más que esto: – repuso la Liebre – necesito un trozo de piel del lomo de una hiena adulta para vendarte la herida y conseguir que sane por completo.

Al oír esto, el león se abalanzó sobre Ñangau antes de que la perpleja bestia tuviera tiempo de huir. Arrancó del lomo de la muy estúpida una tira de piel, desde la cabeza hasta la cola, y se la colocó en la herida de la pata. Cuando la piel se desprendió del lomo de la hiena, los pelos que no se fueron con ella se estiraron y se pusieron de punta. Y, hasta el día de hoy, Ñangau y todas sus congéneres siguen teniendo una franja erizada de pelos largos y ásperos a lo largo de la cresta de sus deformes cuerpos.

Después de este episodio, Sunguru alcanzó gran celebridad como médico, pues la herida de la pata de Simba sanó sin complicaciones. Y hubieron de pasar muchas semanas antes de que la Hiena hiciese acopio de valor necesario para presentarse de nuevo en público.

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La luna Alemania Grimm

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Talleres de narración.

La luna

En tiempos muy lejanos hubo un país en que por la noche estaba siempre oscuro, y el cielo se extendía como una sábana negra, pues jamás salía la luna ni brillaban estrellas en el firmamento.

De aquel país salieron un día cuatro mozos a recorrer el mundo, y llegaron a unas tierras en que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave; aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y distinguir muy bien los objetos. Los forasteros se detuvieron a contemplarla y preguntaron a un campesino, que acertaba a pasar por allí en su carro, qué clase de luz era aquella.

– Es la luna -, respondió el hombre -. Nuestro alcalde la compró por tres escudos y la sujetó en la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos un escudo a la semana.

Cuando el campesino se hubo marchado, dijo uno de los mozos:

– Esta lámpara nos prestaría un gran servicio; en nuestra tierra tenemos un roble tan alto como éste; podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja, no tener que andar a tientas por la noche!

– ¿Sabéis qué? – dijo el segundo -. Iremos a buscar un carro y un caballo, y nos llevaremos la luna. Aquí podrán comprar otra.

– Yo sé subirme a los árboles – intervino el tercero -. Subiré a descolgarla.

El cuarto fue a buscar el carro y el caballo, y el tercero trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, lo atravesó con una cuerda y la bajó. Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta del robo, y de este modo la transportaron, sin contratiempo, a su tierra, donde la colgaron de un alto roble. Viejos y jóvenes sintieron gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, en su rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.

Los cuatro se encargaron de poner aceite en la luna y de mantener limpio el pabilo, y por ello les pagaban un escudo semanal. Pero envejecieron, y cuando uno de ellos enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarlo, la cuarta parte de la luna, de la que era propietario. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte del segundo hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua de la luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento del tercero, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora del cuarto, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna, se chocaba y discutía.

Pero al unirse, en el mundo subterráneo, los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar del último sueño. Extrañáronse al sentir que veían de nuevo: la luz de la luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Levantáronse de sus tumbas y, alegres, reanudaron su antiguo modo de vida: los unos se fueron al juego o al baile; los otros corrieron a las tabernas, donde se emborracharon, alborotaron y riñeron, acabando por sacar las estacas y atacarse mutuamente. El ruido era cada vez más estruendoso, y acabó dejándose oír en el cielo.

San Pedro, celador de la puerta del Paraíso, creyó que el mundo de abajo se había sublevado, y corrió a concentrar a las celestiales huestes para rechazar al enemigo, caso de que el demonio, al frente de los suyos, intentara invadir la mansión de los justos. Pero viendo que no llegaban, montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo. Allí aquietó a los muertos y los hizo volver a sus sepulturas: luego se llevó la luna y la colgó en lo alto del firmamento.

La cabeza del ogro Alemania

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Helmut era un hombre muy fuerte y trabajador que se ganaba la vida como leñador. Vivía en una casa en el bosque con su esposa Helga, que un año antes había dado a luz a un niño al que le habían puesto por nombre Karl.
Helmut era gigantesco, medía más de dos metros y podía llevar dos árboles bajo cada brazo, y a pesar de los continuos regaños de su mujer, nunca evitaba una buena pelea. Cuando alguien quería medir sus fuerzas con él, le daba una buena paliza para que se le fueran las ganas de pelear para siempre. Nunca había rechazado una pelea y nunca había perdido ninguna.
Su mujer siempre le decía: «No busques problemas, porque un día te encontrarás con un rival que pueda vencerte. Y no quiero perderte».
Helmut no le hacía caso a su mujer, pero la fama de gran luchador comenzó a precederlo y ya nadie deseaba pelearse con él.
Sin embargo, el tiempo fue pasando y los bosques ya no eran tan apacibles como antes y cada tanto el leñador se enfrentaba con algún asaltante que tomaba la decisión, a partir del encuentro con los puños de Helmut, de poner fin a su carrera delictiva.
Pero un día de otoño sucedió algo inesperado, algo digno de contarse en esta historia. El gran luchador regresaba de su trabajo acarreando dos buenos árboles debajo de cada brazo cuando un ogro saltó en su camino.
El ogro era gigantesco, mucho más grande que Helmut. Sus brazos eran fuertes y terminaban en garras. Su cuerpo estaba cubierto por un grueso pelaje negro. Su boca abierta y plagada de colmillos despedía un terrible hedor y sus ojos verdes brillaban como dos estrellas en una noche oscura.
-¡Eres grande y te comeré! -dijo el ogro antes de atacar.
Helmut no se asustó, pero se sorprendió al encontrarse con ese terrible monstruo, pues nunca en toda su vida había visto nada igual. También supo inmediatamente que no podría ganarle en un combate cuerpo a cuerpo sin armas, pues aquella criatura tenía zarpas afiladas como cuchillos y su boca era más terrible que la de una fiera salvaje.
Dejó entonces caer uno de los troncos que llevaba y usó el otro como un garrote, y cuando el ogro saltó para atraparlo le arrancó la cabeza de un solo golpe.
El cuerpo cayó inerte derramando sangre por el cuello destrozado y la cabeza rebotó contra algunos árboles hasta detenerse.
Helmut se acercó sigilosamente y comprobó que efectivamente estaba muerto. Nunca había visto una cosa tan espantosa. Nadie se lo creería. Así fue como decidió llevarse la cabeza como trofeo para mostrársela a sus amigos y a otra gente del pueblo.
Cuando regresó a la casa, dejó los dos troncos en el cobertizo para luego trabajar con ellos y entró con la cabeza del ogro en una mano para mostrársela a su mujer.
Helga dio un grito aterrador y el bebé comenzó a llorar de inmediato.
-¿Cómo se te ocurre traer esa porquería a nuestra casa? -dijo la mujer con voz en trueno.
-Para que me creas tú y para que todos los demás también me crean.
-¡Deshazte de esa cabeza inmediatamente!
-¡Claro que no! ¡Y deja de gritar que harás llorar más al niño!
-¿Nunca te pusiste a pensar que su familia puede venir aqui a reclamarla?
-Nadie vendrá, y si lo hacen, los venceré a todos.
El resto de la jornada continuó en silencio. Helga le sirvió la comida sin decir ni una sola palabra y Helmut hizo lo mismo. Sobre el hogar de piedra, donde ardía el fuego que daba calor a toda la casa, el hombre había puesto la cabeza del ogro.
Ya era entrada la noche. Helmut permanecía junto al fuego tallando una madera con un afilado cuchillo mientras Helga estaba a punto de irse a dormir, cuando tres fuertes golpes sonaron contra la puerta de la casa.
-¿Quién es? -gritó Helmut con su voz grave.
-Vengo a que me entregues la cabeza de mi hermano.
Helga palideció y corrió hacia la cuna para tomar a su hijo en brazos.
-Pues no te la daré.
-¡Dásela! -le gritó la mujer tratando de que su voz sonara como un susurro.
-Si no me la entregas por las buenas, te la quitaré por las malas -dijo la voz desde el otro lado de la puerta.
El rostro de Helmut se puso rojo como la sangre y la furia desbordó su alma. Se puso de pie de un salto, abrió la puerta de un golpe y se encontró con un ogro más grande y terrible que el anterior. Y antes de que el monstruo pudiera hacer el menor movimiento Helmut lo degolló de un solo tajo preciso y veloz, utilizando la afilada navaja con la que estaba tallando.
El ogro se llevó las manos al cuello mientras la sangre empapaba su pelaje amarronado, pero la cabeza se deslizó de su cuello como si estuviera aceitada y cayó a la tierra. Luego el cuerpo se desplomó inerte.
Helmut tomó la cabeza y por un acto reflejo cerró la puerta de un golpe. Llegó hasta el hogar y colocó la segunda cabeza junto a la primera.
Pero no bien había terminado de acomodarla tres nuevos golpes sonaron en la puerta.
¿Quien es? -preguntó Helmut mientras su esposa abría aún más sus ojos desmesurados.
-Vengo por las cabezas de mis dos hermanos -dijo una voz terrible desde el exterior.
-Pues no te las daré.
-Si no me las entregas por las buenas, te las quitaré por las malas.
Helmut caminó pisando fuerte mientras su mujer palidecía cada vez más.
El hombre abrió la puerta y descubrió un ogro mucho más grande que los anteriores, que permanecía más alejado, con la boca abierta y las garras abriéndose y cerrándose.
Helmut bajó los tres escalones que lo separaban de la tierra armado con su cuchillo.
-¿Eres un cobarde que usas cuchillo?
Helmut apretó los dientes hasta que su mandíbula se puso blanca y arrojó el cuchillo a un costado. La hoja reluciente se clavó en la tierra.
El ogro gritó mientras corría hacia el leñador con las garras preparadas y la boca abierta. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Helmut lo agarró por cada brazo y echándose hacia atrás lo hizo volar por sobre su cabeza hasta estrellarlo contra el suelo. De un salto se puso sobre él y agarrando los brazos del ogro los usó para decapitarlo con el filo de sus propias garras.
Tomó su trofeo y regresó a su hogar para colocarlo junto a los otros.
No acababa de recobrar el aliento cuando se escucharon, nuevamente, tres golpes terribles en la puerta.
-¿Quién es?
-Vengo por las cabezas de mis tres hermanos.
-Pues no te las daré.
-Si no me las entregas por las buenas, te las quitaré por las malas.
Helmut, furioso, abrió la puerta y salió. Pero no logró ver al ogro… o eso creyó que sucedía.
Este ogro era tan grande como un árbol. Helmut tuvo que mirar hacia arriba para poder verle el rostro.
-Te arrepentirás por lo que has hecho.
El leñador entró corriendo en su casa, tomó la mejor hacha y volvió a salir, mientras daba un grito de furia, y atacó con un gran golpe una de las piernas del ogro.
La criatura trató de aplastarlo, pero al ser tan grande también era muy lenta y Helmut era muy rápido. Así cada vez que intentaba aplastarla con su gigantesco pie, el leñador se hacía a un lado y descargaba un fuerte golpe de hacha que hacía saltar sangre y carne.
El ogro se agachó para darle un golpe con una de sus garras, pero Helmut lo vio venir desde lejos y aprovechó para cortarle un dedo con el filo de su hacha.
El ogro se tomó el muñón con su otra mano y ése fue el momento que el hombre aprovechó para volver a hachar con fuerza la misma pierna, en la que iba haciendo una abertura como si fuera el tronco de un árbol.
Un terrible «crac» se escuchó cuando Helmut rompió el hueso. El ogro se derrumbó contra los árboles y el leñador corrió por arriba de su espalda hasta llegar al cuello, el cual comenzó a hachar de inmediato.
El ogro trató de quitárselo de encima pero todos los intentos fueron en vano. Helmut decapitó al ogro y regresó arrastrando la enorme cabeza hasta su hogar. Claro que cuando llegó a la puerta se dio cuenta de que la cabeza era demasiado grande como para que pasara por la abertura.
El hombre, extenuado, se hallaba secándose la transpiración de su frente mientras pensaba dónde poner la cabeza, cuando escuchó dos nuevos golpes.
-¿Quién es?
-Soy una madre que ha perdido a todos sus hijos.
-¿Qué es lo que quieres?
-Sólo quiero que me devuelvas las cabezas de todos ellos para poder enterrarlos en paz.
Helga se levantó con la furia de una tormenta y le dijo con voz terminante:
-¡Dáselas, dáselas todas y termina esto de una buena vez! Helmut la miró por unos instantes y finalmente se levantó, agarró todas las cabezas y abriendo la puerta se encontró con una vieja ogresa de pechos caídos y pelaje gris. En su boca había grandes agujeros por la falta de dientes y el brillo de los ojos estaba casi apagado.
-Aquí tiene, señora.
La ogresa fue tomando las cabezas de a una y las depositó con cuidado a un costado suyo.
-¿Puedo preguntarle cómo murieron?
-Han cometido el error de retarme para pelear
-¿Usted los mató? -preguntó la ogresa con un hilo de voz rasposa.
-Sí -dijo Helmut orgulloso.
-Mal hecho.
Y cuando terminó de decir sus palabras la ogresa extendió un brazo y con sus garras decapitó a Helmut. Se agachó para recoger la cabeza del asesino de sus hijos y la depositó en el umbral de la casa, ante la mirada aterrada de Helga que aún permanecía con su hijo en brazos.
La ogresa miró a la mujer y luego a su pequeño hijo.
-No me mires de esa forma, hubieras hecho lo mismo por tus hijos.
Luego la ogresa se volvió, juntó las cabezas y se perdió en la oscuridad del bosque.

ESSENNA N⁰ 2 APUNTES DE NARRACIÓN

1569863541203-01-01Me decía que no tenía guión que tenía que improvisar.

Anita Ekberg sobre Fellini.

 

Cuando doy talleres Fellini suelo llevar una libreta con pensamientos del director.

El taller que voy a dar no tiene forma. Son hojas en blanco. Fiel al pensamiento felliniano.

La gente propone sin darse cuenta, que es lo que voy a desarrollar.

Me digo. «Tiene cara de…» y ya está todo el taller en movimiento.

P. P.

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Fellini Tenia una idea concreta de cómo debía sonar su universo onírico. Doblaba todas las voces. No hay film con las voces originales de los actores.

He aprendido de ese método usando con mis compañeros de taller una regla numérica en vez de palabras para lograr ritmos, e intenciones a la hora de emitir.

Relacionado por supuesto con la intención del texto y para dejar al descubierto la monotonía de tempos y ritmos que a veces genera el narrador.

P. P.

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Para mi es importante que no hago películas con mensaje. Naturalmente, no quiero decir con ello que mis películas no tengan ningun significado. Incluso recibo mensajes que mis personajes me revelan, pero no por anticipado sino mientras avanzamos.

F. F.

Comparto absolutamente esa posición, por eso a mis narradores les pido que no carguen de intención aquello que ya está en el texto y que se corran del protagonismo ya que el personaje seguramente encontrará la mejor forma de expresarse. Cuando trabajamos el diálogo de los personajes. Nosotros narradores no estamos allí de ninguna forma.

Son los personajes con su propio organismo los que realizan la dramaturgia del diálogo.

El personaje ya se fue de manos del escritor y ahora debe escapar a nuestro control.

P. P.

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CUENTO.

Luiggi Pirandello

EL TREN HA SILBADO.

 

Desvariaba. Los médicos habían dicho que se trataba de un principio de fiebre cerebral; y todos los compañeros de trabajo, que volvían de dos en dos del manicomio donde habían ido a visitarlo, lo repetían.

Al decírselo a los compañeros que llegaban tarde y a los que se encontraban por la calle, parecían experimentar un placer peculiar, utilizando los términos científicos que acababan de aprender de los médicos:

—Frenesí. Frenesí.

—Encefalitis.

—Inflamación de la membrana cerebral.

—Fiebre cerebral.

Y querían parecer preocupados; pero en el fondo estaban tan contentos, saliendo tan saludables de aquel triste manicomio, hacia el azul alegre de la mañana invernal, tras cumplir su deber con la visita.

—¿Se va a morir? ¿Se va a volver loco?

—¡Quién sabe!

—Morir, parece que no…

—Pero, ¿qué dice? ¿Qué dice?

—Siempre lo mismo. Desvaría.

—¡Pobre Belluca!

Y a nadie se le ocurría que, por las muy especiales condiciones de vida que aquel infeliz sufría desde hacía tantos años, su caso podía incluso ser muy normal, y que todo lo que Belluca decía —y que a todos les parecía un delirio, un síntoma del frenesí— podía ser la explicación más sencilla de aquel caso suyo tan natural.

La noche anterior Belluca se había rebelado violentamente contra su jefe y, frente a los ásperos reproches de este, casi se le había lanzado encima, ofreciendo un firme argumento a la suposición de que se tratara de una verdadera alienación mental.

Porque hombre más manso y sumiso, más metódico y paciente que Belluca, no se podría imaginar.

Circunscrito… sí, ¿quién lo había definido así? Uno de sus compañeros de trabajo. Pobre Belluca: estaba circunscrito dentro de los límites angostos de su árida profesión de contable, sin otra memoria que no fuera la de partidas…

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ESSENNA N° 1 APUNTES DE NARRACIÓN.

 

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(Apuntes de estudio y cuentos para compartir)
SERENIDAD.
OBSERVAR ANTES DE HABLAR.

Daniel Baremboim me hizo reflexionar sobre este tema,  ya que los personajes de los cuentos tienen vida previa. Los narradores deberíamos verlos llegar con calma antes de comenzar a contar sobre ellos.
P.P.

«El silencio no se puede vivir fuera de la música». El caso más claro es el principio de la Quinta sinfonía de Beethoven: antes de la primera nota, el director debe crear un silencio para que ese silencio pueda romperse y la música se arranque a sí misma de la nada.
(Daniel Baremboim)

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UNA NIÑA PALESTINA.

Recuerdo haber visto a una niña palestina decirle a Daniel Baremboim.
«Me alegro que usted haya venido.
Es el primer hombre judío que no veo armado o sobre un tanque»

SOBRE LA DIWAN ORQUESTA.

En un reportaje le preguntaron a un joven violinista palestino como se llevaba con su compañera violinista judía. Si tenían confrontaciones sobre la cuestión de Medio Oriente.
«Nosotros hablamos de música. Eso hacemos, música».
( P. P.)

SOBRE LA NIÑA PALESTINA Y LA DIWAN ORQUESTA.

No recuerdo exactamente como fueron esos encuentros. Pero al recrearlos fundo una nueva realidad. El pasado es irreproducible, irreal en un ahora. La evocación en este presente es la verdad.
(P.P.)

NOTAS BREVES.

Para que decir con muchas palabras aquello que se puede expresar con pocas. En narración sucede lo mismo. Prestar atención «a no rellenar». Dejar claro el relato, espacio para los silencios y para la reflexión del oyente.
Que el público pueda llevarse un cuento para pensar.
(P.P.)

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TEATRO

Sobre Peter Brook

Para Peter Brook el teatro es lo que ocurre en el misterioso momento llamado: presente, que está en eterno movimiento, es allí donde una verdad puede ser redescubierta y experimentada. Su trabajo como director teatral se dirige hacia la búsqueda de diferentes lenguajes, dónde el actor es el artista responsable de comunicar con el público provocando, no el asombro sino la explosión de humanidad a través de la experiencia. Su modelo es Shakespeare por eso ha montado gran cantidad de obras de este autor y se ha dedicado al estudio y exploración su teatro, dice que el objetivo de Shakespeare es sagrado y metafísico, pero que nunca comete el error de permanecer demasiado tiempo en el nivel más alto, ya que conoce lo difícil que resulta mantenernos en compañía con lo absoluto y  por eso nos envía continuamente a la tierra,  la necesidad de lo apoteósico se une a la necesidad de lo  irrisorio.

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CUENTO CHINO
El verdugo wang Lun

Durante el reinado del segundo emperador de la dinastía Ming vivía un verdugo llamado Wang Lun. Era un maestro en su arte y su fama se extendía por todas las provincias del imperio. En aquellos días las ejecuciones eran frecuentes y a veces había que decapitar a quince o veinte personas en una sola sesión. Wang Lung tenía la costumbre de esperar al pie del patíbulo con una sonrisa amable, silbando alguna melodía agradable, mientras ocultaba tras la espalda su espada curva para decapitar al condenado con un rápido movimiento cuando este subía al patíbulo.
Este Wang Lung tenía una sola ambición en su vida, pero su realización le costó cincuenta años de intensos esfuerzos. Su ambición era decapitar a una condenado con un mandoble tan rápido que, de acuerdo con las leyes de la inercia, la cabeza de la víctima quedara plantada sobre el tronco, así como queda un plato sobre la mesa cuando se retira repentinamente el mantel.
El gran día de Wang Lung llegó por fin cuando ya tenía setenta y ocho años. Ese día memorable tuvo que despachar de este mundo a dieciséis personas para que se reunieran con las sombras de sus antepasados. Como de costumbre se encontraba al pie del patíbulo y ya habían rodado por el polvo once cabezas rapadas, impulsadas por su inimitable mandoble de maestro. Su triunfo coincidió con el duodécimo condenado. Cuando el hombre comenzó a subir los escalones del patíbulo, la espada de Wang Lung relampagueó con una velocidad tan increíble, que la cabeza del decapitado siguió en su lugar, mientras subía los escalones restantes sin advertir lo que le había ocurrido. Cuando llegó arriba, el hombre habló así a Wang Lung:

-¡Oh, cruel Wang Lung! ¿Por qué prolongas la agonía de mi espera, cuando despachaste a todos los demás con tan piadosa y amable rapidez?
Al oír estas palabras, Wang Lung comprendió que la ambición de su vida se había realizado. Una sonrisa serena se extendió por su rostro; luego, con exquisita cortesía, le dijo al condenado:
-Tenga la amabilidad de inclinar la cabeza, por favor.

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Odal. Cuento tradicional danés.

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Hace mucho tiempo vivió en Dinamarca un hombre que tuvo dos hijos antes de perder a su esposa por unas fiebres. Solo y ya demasiado anciano para buscarse una nueva compañera, intento sacar adelante a sus dos hijos y educarlos como buenamente pudo.

Uno de ellos, el más joven, tenía un espíritu tranquilo y valoraba profundamente lo poco que tenía, pero el mayor creció con un carácter hosco y no pensaba más que en sí mismo.

Un día, el padre se sintió terriblemente fatigado y, comprendiendo que su tiempo se terminaba, resolvió reunir a sus dos hijos para disponer de lo poco que tenía que legarles y decidir a cuál de ellos dejaría a cargo de la granja.

Por tradición, el puesto tendría que corresponder al hijo mayor, pero el anciano veía con preocupación como el muchacho dilapidaba todo cuanto se le daba y nada hacía para mejorar lo poco que tenían e intentar mantener la granja que le correspondía en herencia. El menor, sin embargo se esforzaba por labrar la tierra y, con muchos sudores y fatigas, garantizar al menos el sustento para su padre y hermano. Así que entendió, que la tradición no siempre se tenía que mantener inquebrantable y en este tipo de asuntos a veces era necesario fiarse más del sentido común.

Reunió a sus dos hijos en torno a la mesa y después de una parca comida, les invito a salir a la era. Allí, se metió la mano en el zurrón, extrajo una bolsa de tela que cantaba con sonido metálico y preguntó a su hijo mayor.

– Entre la bolsa con plata y la tierra de la granja, ¿qué consideras que tiene más valor?

El muchacho se echó a reír a carcajadas y respondió con aires presuntuosos que obviamente la plata era más valiosa, que aquel terruño nada valía y que obviamente sólo servía para venderlo y sacar con él un mal puñado de plata.

El padre frunció el ceño, pero nada respondió y repitió la misma pregunta al hijo menor. El muchacho miro la bolsa en manos de su padre y después la pequeña parcela de tierra. No era gran cosa, pero siempre daba su buen fruto si se la labraba con esmero así que respondió:

– El valor de la plata no es siempre el mismo, cambia en función de las guerras o la fama de los reyes. En manos de un hombre mesurado y sensato puede hacer grandes cosas, pero en manos de un necio, no durara más allá de un par de noches. Sin embargo, la tierra mantiene un valor constante. No es la tierra en sí la que encierra el valor, sino que este depende de la mano que la siembra y de la simiente y el mimo con que se la trate. Yo me quedaría con la tierra: con trabajo y tesón, garantizo un puñado de monedas seguro todas las temporadas y un sustento para los míos.

Al padre le parecieron sensatas las palabras del joven, y decretó que este sería el heredero y al hermano mayor le tendió la bolsa con la plata. Este último se marchó bufando, pensando que su padre le había hecho un desprecio al no dejarle la granja por herencia, pero con la bolsa de plata picada en su mano pronto se olvidó de ello.

Tras la muerte del padre, sucedió que, tal y como el hermano menor había predicho, la plata en manos del necio no duró mucho. El hermano mayo tuvo entonces que regresar junto su hermano menor, que con paciencia y tesón, ahora tenía no sólo una buena granja con un par de vacas y un puñado de jornaleros, sino que también tenía una bella esposa y el apoyo del clan vecino con el que se había unido por lazos de matrimonio.

Así que el joven egoísta, no tuvo más remedio que plegarse a la voluntad de su hermano y trabajar como un simple jornalero durante un buen tiempo, hasta que el joven matrimonio considero que había aprendido la lección y le permitieron compartir el trabajo y el beneficio de la granja

Tizón Héctor. El traidor venerado.

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Aquella sería la última comida juntos.
El que era indigno de ajustarle el cordón de los zapatos estaba ebrio. Toda esa noche la pequeña campana de la estación ferroviaria sonó incesantemente, a lo lejos, sacudida por el viento. Llovía a ratos.
El Chaguanco abrió una lata de picadillo, lo fue untando con su cortaplumas sobre el pan que les quedaba y luego repartió los pedazos. “Yo no tengo hambre” —dijo. Quispe, un hombre inquieto y de poca talla que ya estaba borracho, tomó el primero y se lo tragó con buen apetito; después permaneció mudo y apartadizo, contemplando el débil movimiento de las ramas delgadas —agitadas por el aire— del ceibal.
La fama del Chaguanco había cundido no sólo en Yala, sino también en las comarcas vecinas desde donde la gente acudió hasta formar multitudes albergadas en carpas y vehículos, o debajo de las copas de los árboles alrededor del miserable rancho, a cuya puerta se asomaba, abandonando sus meditaciones, en los amaneceres. Entonces los que habían perdido la salud, los que aún esperaban algo, caían de rodillas ante su mano levantada.
Pero al poco tiempo comenzó la persecución, eludida hasta hoy en que se cumplía un año de peregrinaje; un año de penoso ocultamiento, mudando siempre de lugar, durmiendo a la intemperie o bajo las alcantarillas en los caminos, desde Tilquiza hasta Valle Grande, de Tumbaya a Susques, seguido por algunos fieles desesperados, enfermos, opas y ladrones arrepentidos.
Cuando un alegórico ladrar de perros anunció a los perseguidores, el Chaguanco concluía también su sentencia postrera, y el hombrecito enjuto y nervioso a quien iba dirigida, exclamó, más bien para sí: “Esa palabra es dura. ¿Quién la puede oír?”.
Ahora los agentes del destacamento estaban cerca. Era la noche de San Roque y una botella de ginebra yacía, seca, en el suelo.
El ladrar se convirtió en aullido mientras el viento, a lo lejos, seguía torturando a la campana.
Cuando Quispe desapareció, entendiendo el Chaguanco que había llegado el fin y que en seguida lo con¬ducirían a la ciudad, a la cabeza de una multitud de curiosos —como un político—, preguntó a los que quedaban si también ellos querían irse; después se apartó a corta distancia, pero sin ocultarse.
La campana y los perros dejaron de hacerse oír y la partida cayó sobre él. No opuso resistencia ninguna y —esposado— llegó sobre un camión maderero a la ciudad. Allí debió esperar turno porque el Tribunal estaba distraído con otros delincuentes, pero, el día señalado, fue sometido a proceso y juzgado.
Pocas personas acudieron al plenario y entre ellas Quispe, principal testigo de cargo, que, antes de escuchar la sentencia, se ahorcó colgándose de una viga en el retrete del Palacio de Justicia.
Finalmente el Tribunal, al no hallar mérito sufi¬ciente para sostener una condena, lo absolvió.
Y cuando el Chaguanco —deshonrado y solita¬rio—, después de mucho tiempo regresó a Yala, encontró que muy pocos se acordaban de él y que la gente ya en¬cendía velas pagando promesas en la tumba del otro.

Tizón Héctor. Ciego en la resolana.

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Ahora está el ciego otra vez sentado al sol al promediar la mañana. De él se dice que no siempre fue ciego y era fama también que, al no alternar sus ojos las sombras y la luz, dormía menos que un pájaro. Cualquiera que subiese al viejo y abandonado campanario de la iglesia podría contemplarlo allí, en medio del parque que rodea la casa. En eso consistía, precisamente, el gran desquite de su cónyuge, mujer obesa y rubia, de blancura impresionante, en cuyos brazos bailoteaban innumerables pulseras. Ella, canturreando muy quedo un aria en su lengua materna, empujaba la silla rodante del ciego hasta detenerla en un lugar no muy distante, donde crecían unos mimbres agobiados por plantas trepadoras. Así quedaba el ciego, aislado, en la suave y luminosa resolana, mudo, aterrorizado por las serpientes que pudieran deslizarse en el jardín; temor subyacente aun en los instantes en que ella, asomada al gran ventanal y ensayando unos gorgoritos alentadores lo azuzaba para que cantase la dulce tonada que él nunca llegó a saber cuándo había aprendido.
Enseguida del almuerzo el ciego volvía a su mecedora, en la galería, aguardando la llegada del otro, cuando su mujer se ocultaba en la interminable pausa de la siesta. Allí no hacía más que esperar alguna señal, sin que se le escapara el mínimo ruido porque todo el poder de sus ojos se había trasladado a sus oídos. Luego armaba cuidadosamente el ingenioso aparato que reproducía el vaivén de su cuerpo en la silla: una piedra de peso adecuado puesta en el extremo del arco de la mecedora y en el otro una cuerda elástica amarrada a una estaca entre los trípodes de los innumerables maceteros, que se ocupaba en disimular. Con tal mecanismo la mecedora no interrumpía su balanceo cuando él se incorporaba cautelosamente para pegar su mejilla contra la puerta de la habitación. Entonces transcurrían momentos tensos para el ciego —horas, a veces—, tiempo controlado por él mismo con su vieja maestría para calcularlo, de acuerdo al ritmo de sus pulsaciones (seiscientas pulsaciones divididas en grupos de veinte). Era testigo así de jadeos, voces ahogadas, quejidos, pequeñas risas silenciadas de pronto por inaudibles advertencias; a veces, por ciertos estrépitos sofocados, parecían rodar cuerpos en el suelo; o surgía el silencio y sólo se escuchaba el crepitar del reseco maderamen de la mecedora en la galería, moviéndose, vacía, en perpetuo vaivén. Pero cuando eso ocurría ya el ciego estaba impaciente, y sintiendo el frío del picaporte en sus mejillas mojadas por las lágrimas gritaba dando feroces golpes en la puerta. Desde el interior la mujer gorda trataba de calmarlo, gritando a su vez con voz dulce:
—¿Qué pasa? ¡Ya voy, chiquitín!
Al oírla, el ciego cesaba de golpear y rápidamente regresaba a su mecedora, desanudaba el cordón elástico, ocultaba la piedra y permanecía en espera, distraídamente, con la mirada de sus ojos hueros en dirección de las montañas.