La hija del pescador. Filipinas.

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El golfo de Lingayen, en la provincia de Pengasinia, es muy hermoso, pero tras su deslumbrante belleza se esconde el peligro. En el golfo hay un remolino que de pronto puede tragarse los cuerpos de los nadadores hasta las profundidades del mar. Todos los años alguien se ahoga en este remolino. Se dice que el dios del golfo exige una vida cada año, desde que la hija de un pescador se negó a permanecer con él.

Hace mucho tiempo, antes de que los españoles fueran a gobernar a Filipinas, vivía allí un pobre pescador con su mujer y su única hija. La niña vivía feliz y era muy alegre. Se llamaba Maliket. Todas las mañanas, cuando sus padres se levantaban, encontraban preparado su desayuno de pescado frito, arroz hervido y una bebida caliente que ella misma elaborada con arroz molido.

– ¿Qué haríamos sin ella? – se preguntaban los ancianos padres cuando veían a su hija preparando sus comidas y lavando sus vestidos. Les encantaba verla correr por la playa. Ella adoraba salir a pescar con su pequeña barca de madera, buscar calas escondidas y explorar grutas solitarias. Una tarde, cuando volvió a casa, llevaba en sus manos una extraña alga marina que había encontrado.

– ¿Dónde has encontrado esa alga? – preguntó su padre.

– He descubierto una maravillosa gruta donde bañarme. Creo que soy la primera persona que ha puesto los pies allí. Está en la base de aquella montaña – dijo Maliket señalando una rocosa montaña que se veía a lo lejos-.

– ¡Ese lugar es muy malo! – dijo el padre preocupado -. Se dice que Maksil, el dios de ese golfo, gusta de echarse allí la siesta. Y castiga al mortal que se atreva a turbar su paz. Prométeme que nunca más volverás a esa cueva.

Maliket se echó a reír.

– Padre, allí no hay ningún dios durmiendo la siesta, sólo he visto peces y pájaros. Pero si no quieres que vuelva, no iré más.

Pero Maksil, el dios del golfo, había visto a la niña bañándose en su cueva. Acababa de perder su única hija y deseaba que Maliket ocupara su puesto. Así que llamó a su sirviente el pulpo gigante, y le ordenó que condujera a la niña hacia su gruta cuando saliera a la mar con su barca. Y al día siguiente, cuando Maliket salió a pescar, sin saber cómo, se encontró remando hasta la gruta escondida. Trató de desviar el curso, pero no pudo. Muy pronto, la barca estuvo en la gruta y fue conducida por el interior de un pasillo largo y profundo, como un túnel. Al principio, la niña se asustó, pero pronto perdió el miedo porque el paisaje marino era maravilloso. Flores de todos los colores y árboles frutales con espléndidos frutos colgantes de sus ramas crecían en aquel lugar. Bajo el agua en calma se veían peces de muchas formas. Hablaban y reían como los seres humanos y Maliket comprobó extrañada que los podía entender.

– Buenos días, Maliket. Quédate con nosotros y serás muy feliz – le decían extendiendo las manos.

Y de pronto se escuchó un ruido sordo, como el de del chasquido de un látigo, y todos los peces desaparecieron. Aterrorizada, la niña cogió el remo, pero antes de que pudiera usarlo, la barca encalló en la orilla y ella fue arrojada sobre el suelo suave y musgoso.

Cuando levantó la vista vio una figura muy grande, como de bronce, medio hombre y medio pez. Estaba sentado en un tronco, y llevaba una corona brillante y un cetro magnífico de plata que tenía forma de anguila.

– No te asustes, Maliket – dijo el extraño con voz cavernosa y grave.

– Soy Maksil, el dios del golfo. Te he traído aquí para que ocupes el puesto de mi hija que está muerta. Tendrás todo lo que desees.

– Pero mis padres me echarán de menos – gimió Maliket – Por favor, por favor, déjeme marchar a casa.

– ¡Eso es imposible! – bramó Maksil. Y el suelo del fondo del mar tembló debido a la furia del dios del golfo.

Maliket se resistió, pero enseguida aparecieron dos sirenas para llevarse a la niña. La bañaron y le pusieron un vestido de plata. La cubrieron de flores y de piedras preciosas y la condujeron a palacio. Allí intentaron entretenerla con mil juegos y piruetas, pero Maliket sólo pensaba en su familia. Su aya, Akulaw, un ser humano también raptado por el dios, se encontró a la niña llorando desconsoladamente.

– Comprendo tus sentimientos, porque yo también fui traída a la fuerza. Era entonces muy joven. Ahora ya soy vieja y no he vuelto a ver a mi familia – dijo a la niña.

– Por favor, ayúdame a volver a mi casa- le suplicó angustiada Maliket.

– No puedo. Ahora soy vieja y no tengo poder contra el dios. Pero escúchame con atención: esta noche vendré a buscarte y te ayudaré a escapar, pero en alta mar tendrás que arreglártelas sola. Aquella noche, Akilaw puso unos polvos de dormir en la bebida del pulpo gigante. Luego condujo a Maliket fuera de palacio, por corredores secretos, hasta donde estaba escondida la barca. Akulaw la ayudó a conducir la barca a través del túnel submarino hacia el mar abierto. Luego, la dejó sola. Cuando el dios del golfo descubrió que la niña se había escapado, envió al pulpo gigante para que la trajera de nuevo al palacio, pero éste, debido a los polvos de dormir, no nadaba tan rápido como antes y no consiguió alcanzar la barca, que ya se acercaba a la orilla.

Maksil, el dios del golfo, se enfadó tanto con el pulpo que le ordenó:

– De ahora en adelante tendrás que ir a la orilla cada año y traerme una niña. Algún día encontraré alguna que pueda ocupar el hueco que dejó mi hija.

Por eso, cada año, una joven doncella es arrastrada por el gran pulpo a las profundidades del océano, mientras un enorme torbellino se eleva en el mar.

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El sastre y el jorobado. Pakistán

 

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Había en los tiempos antiguos un sastre rico y muy dado a la diversión y al jaleo, que acostumbraba a salir de paseo con su mujer en busca de distracciones raras. Un día, cuando volvían a casa, se encontraron en el camino con un jorobado. Tras un rato de conversación, le invitaron a cenar con ellos.

Ya en la casa, la mujer del sastre tomó un poco de pescado y una rebanada de pan y se la ofreció al jorobado diciendo:

– ¡Por Alá! ¡Tienes que tragarlo sin masticar! Y como el pescado tenía una espina muy dura, el hombre se atragantó y murió al instante.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? – dijo el sastre.

Tomó la mujer al jorobado, lo envolvió en un paño de seda y dijo a su marido:

– ¡Échate al muerto a la espalda! Yo iré contigo, diremos que es nuestro hijo enfermo. En la calle, la mujer iba gritando:

– ¡Hijo mío! ¿Cómo podemos salvarte? Has cogido la viruela y queremos curarte.

Al escuchar esto, todo el que pasaba se alejaba corriendo. Llamaron a la puerta de un médico judío. Una esclava abrió la puerta y dijo:

– ¿Qué queréis a estas horas?

– Traemos a nuestro hijo para que lo vea el médico. Toma estos cuatro dinares, dáselos a tu amo y dile que baje a ver al muchacho.

Subió la esclava a avisar al médico. El sastre y su mujer abandonaron al jorobado en el zaguán y salieron huyendo. Cuando el médico vio los cuatro dinares se alegró mucho y no puso reparo en levantarse de la cama para asistir al enfermo. A oscuras bajó la escalera y, al llegar al zaguán, tropezó con el cuerpo del jorobado, haciéndolo rodar por el suelo.

– ¡Por Dios! ¡Tropecé con el enfermo y lo maté! ¿Qué voy a hacer ahora? Cogió al muerto y lo subió a la alcoba para contarle a su mujer lo ocurrido.

– No podemos tenerlo en casa. Si lo encuentran aquí será nuestra perdición. Lo cogeremos entre los dos y lo subiremos a la azotea. Desde allí lo arrojaremos a casa de nuestro vecino el musulmán. Su casa está infestada de ratas, perros y gatos. Esos bichos no tardarán en comerse al muerto.

Y allí lo dejaron, apoyado en la pared de la cocina. Al poco rato llegó el vecino con una vela encendida. Al ver al hombre echado sobre el suelo exclamó:

– ¡Por Alá que el que robaba la carne y la manteca de mi despensa no era perro ni gato, sino un ser humano! ¡Pues te vas a enterar!

Y diciendo esto tomó una estaca y comenzó a apalear al presunto ladrón. Luego, cuando lo miró de cerca, vio que estaba muerto. Temiendo por su suerte, se cargó al muerto a la espalda y salió de su casa. Como ya despuntaba al alba, caminó sin detenerse hasta el zoco. Y allí lo dejó, arrimado junto al muro de una tienda. No había transcurrido mucho tiempo cuando pasó por aquel lugar un cristiano, completamente borracho. Tambaleándose, fue a arrimarse a la pared, pues quería orinar, y cuál fue su sorpresa cuando se topó con el cuerpo del jorobado. Como le habían robado el turbante, pensó que aquél era otro ladrón de turbantes y le propinó un puñetazo en el pecho. Y, a continuación, de puro borracho que estaba, comenzó a gritar. En seguida apareció el guarda del zoco y se encontró al cristiano apaleando al jorobado.

– ¡Deja a ese hombre en paz!

Y al levantar el cuerpo del suelo vio que estaba muerto! Prendió al cristiano y se lo llevó a casa del juez. Al cristiano ya se le había pasado la borrachera, y en el camino iba diciendo:

– ¡Ay, Virgen Santa! ¿Cómo he podido matarlo con tan pocos golpes?

Cuando llegó la mañana, el juez interrogó al cristiano. Y como éste no pudo negar los hechos, le condenó a la horca. Al rato llegó el verdugo y cuando ya se disponía a atarlo llegó el musulmán corriendo y gritando:

– ¡Detente! ¡Yo fui quien mató a ese hombre!

Y así el musulmán confesó ante el juez cómo había encontrado al hombre en su casa, y creyendo que era un ladrón le dio un garrotazo en el pecho y lo mató, dejándolo luego abandonado en el zoco. Al escuchar el juez aquellas palabras, mandó soltar al cristiano y le dijo al verdugo:

– ¡Ahorca a este otro!

Y el verdugo le quitó la cuerda al cristiano y se la puso al musulmán. Y cuando ya se disponía a atarlo al palo se presentó el judío, gritando al verdugo:

– ¡Detente! Yo fui quien mató a ese hombre. Lo trajeron a mi casa para que lo curara y cuando bajé a verlo tropecé con él y lo maté sin querer. Ordenó el juez que mataran al judío y apareció entonces el sastre gritando:

-¡Detente! Ese hombre es inocente. Encontré al jorobado en la calle, borracho, y lo llevé a mi casa. Mi mujer le introdujo un trozo de pescado y otro de pan en la boca y, al ordenarle que lo tragara de un golpe, murió ahogado. Luego lo llevamos a casa del médico judío y salimos huyendo.

Al oír estas palabras, dijo el gobernador al verdugo:

– Suelta al judío y dale muerte al sastre.

Y el verdugo lo empujó hacia la horca, murmurando:

– ¡Con tanto tomar a uno y soltar al otro no vamos a ahorcar a ninguno!

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El origen de la luna. Australia.

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Hace mucho tiempo, antes que el hombre fuera como es ahora, Byamee, el gran espíritu según los aborígenes, escuchó al canguro, al águila, al emú y al koala conversando una noche. En esos remotos tiempos, los animales eran mucho más veloces y fuertes de lo que son hora, y cada uno de ellos empezó a decir que era tan poderoso o más como el propio Byamee.

Entonces, Byamee los invitó a competir contra él. Al canguro le tocó el primer turno. Dio un inmenso salto y sobrepasó el árbol más alto. El águila, extendiendo sus enormes alas, voló tan alto que sólo Byamee podía verle. El siguiente fue el emú, que corrió tan rápido que apenas podían verle. Vino entonces el turno del koala, que escaló hasta la punta del más alto eucalipto.

Cuando cada uno de ellos había empleado sus habilidades al máximo, esperaron ansiosos para ver qué haría Byamee. Entonces, le vieron ir hacia el fuego y cuidadosamente elegir el boomerang más largo. Lo tomó firmemente en su mano por un momento, y entonces lo tiró con tal fuerza que llegó al cielo y ahí permaneció por siempre. Byamee, el gran espíritu, los superó a todos ellos. Y así es como la luna llegó al cielo.

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Cuento rumano. Gallina gallo.

 

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Había una vez un hombre y una mujer. La mujer tenía una gallina y el hombre un gallo. La gallina hacía dos huevos cada día, en cambio el gallo, ya se sabe, pues ninguno. La rica mujer comía todos los días huevos fritos, en cambio el hombre, nada. Un día perdió su paciencia y le dijo:

–  Buena mujer, dame por favor un huevo para tener comida para hoy.

–  Hala. Pues como que no.Y no, no quiso darle.

–  ¿Qué tengo que hacer para que mi pobre gallo ponga un huevo?

–  Pues pégale una bofetada y te pondrá huevos.

Sin pensárselo dos veces, cogió al gallo y le pegó una bofetada. El pobre gallo asustado, sin saber por qué le llegaba todo eso, salió corriendo de casa. Pero mientras salía ha oído como su amo le decía:

–  Si no pones huevos, para qué darte de comer.

–  ¡Anda!

Sale por los caminos de alrededor, triste y decepcionado porque su amo le hizo eso. Caminando, caminando encontró una bolsa por el camino. Muy contento la coge en su pico y vuelve a su casa. Caminando contento de encontrar algo se le acerca por detrás una carroza con un noble y unas damas. Le llamó la atención al marqués el gallo como caminaba, muy contento y con una bolsa. Y le dijo al conductor:

-Baja, por favor, y tráeme esa bolsa del pico de gallo.

Sin más, obedeció el conductor. Baja, coge al gallo, le quita la bolsa, le deja suelto y ¡hala!, a  seguir caminando. Pero el gallo no entendió tampoco por qué. Él quería su bolsa. Furioso empieza a cantar:

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa.

Pues una y otra vez, se cansa el marqués y dijo otra vez al conductor:

–  Baja ahora mismo y mira esa fuente. ¡Tira al gallo allí para quitárnoslo de encima!

Sin más, obedeció el conductor. Lo coge, lo tira al pozo:

– ¡Hala!, allí te quedas.

Y siguió su camino la carroza del noble.

El gallo se ve en apuros, en un gran apuro.

–  ¿Qué hago? ¿Qué hago?

Y se tragó toda el agua del pozo. ¡Hala! Sale como un volcán del pozo y sigue la carroza. Llega ya muy cerca y sigue cantando con más fuerza:

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa

Curcurigu, cucurigú, dame mi bolsa.

El noble, terriblemente asustado:

–  Ese gallo, ese gallo me suena. Ya voy a buscarle yo una solución.

Nada más llegar en casa le pide a la cocinera mientras el gallo seguía cantando:

Cucurigú, cucurigú,

pero cada vez con más fuerza,

dame mi bolsa, dame mi bolsa, dame mi bolsa.

Llama a la cocinera y le pide:

–  Mete a ese gallo en el horno, haz mucha brasa y si puede ser pon una losa también en la boca del horno.

También la cocinera, de buena fe, cumple lo que le pide el noble y ¡hala! el gallo para adentro. Otra vez en apuros. Pero se acuerda del agua que llevaba dentro y echó el agua para apagar la brasa y enfriar el horno. Con todo su poderío de gallo salió, quitó la losa y sale. Y busca la primera ventana que hay más cerca. Y cantando por supuesto

Cucurigú, cucurigú,

dame mi bolsa, dame mi bolsa.

Lo que quería era su bolsa, nada más. El noble, pues…

–  Vaya líos que me trae ese gallo. ¿Qué podríamos hacer? Le meteré en el pozo negro donde guardo mis ahorros.

Tenía tantos ahorros que no sabía… entre joyas, monedas, muchas riquezas. No sabía contar todo lo que tenía.

El gallo, al verse dentro, pues se tragó todas las monedas de allí. Todas las monedas.

El noble pensaba que al tragarse las monedas allí se quedaría, su garganta no aguantaría. Pero no fue así.El gallo siguió cantando desde el pozo negro:

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa

Cantando siempre ¿no? Al sacarlo del pozo lo metió dentro de un rebaño donde había vacas, bueyes, terneros. Y el gallo se los tragó todos. Él lo que quería era su bolsa. Y seguía cantando:

Cucurigú, cucurigú,

Al verse el marqués que no podía con el gallo la solución no era otra que devolverle su bolsa con dos monedas.

Contento el gallo vuelve a la casa de su amo. Pero tan contento y tan hermoso era, parecía ya un elefante, que todas las gallinas y las aves que encontraba por el camino le seguían y parecía un cortejo de boda. Alegría, alegría, alegría, alegría.

Al llegar a la puerta del amo, tanto alboroto, el amo pues sale.

–  ¿Que hay?, ¿qué hay?, ¿qué ha pasado? Quizás al lado, en casa de la mujer, pasa algo con la gallina. Habrá puesto tres huevos o cuatro huevos, yo que sé.

De repente ve a su gallo, pero no estaba como antes, tenía algo diferente en la boca. Solo le pide cantando:

Cucurigú, cucurigú, amo, saca un mantel

Saca lo que tengas para darte todo lo que te he traído.

El pobre hombre trajo una alfombra pequeñita y la dejo en el patio.

El gallo dejo la bolsa con dos monedas. Después abrió sus alas y echo tanto dinero, rebaño y tantas cosas que llenó el jardín, el patio, la casa y todo. Brillaba ante sus ojos tanta riqueza.

Al no saber ni qué hacer, empezó a besar a su gallo con mucha alegría.

De repente la mujer, que hasta ahora comía dos huevos fritos cada día, llena de envidia pero al mismo tiempo avergonzada, le pide:

–  Hombre bueno, dame, por favor, una moneda.

–  Acuérdate lo que me dijiste.

Y se acordó del consejo que le dio: pegar a su gallo para que le trajera un huevo.

Le entró tal rabia que cogió a su gallina y empezó a pegarle pero con tanta fuerza que la pobre gallina se quedó sin plumas y sin nada. La gallina sale desesperada por los caminos y encontró un abalorio de color. Contenta lo coge en su pico y vuelve para casa:

Cococó, cococó, cococó, cococó.

Se sienta para echarlo. Y pasado el rato echa el abalorio.

La mujer busca.

–  A ver, mi riqueza, mi riqueza.

Pero al encontrar eso, mata a la gallina. Y se queda sin gallina, sin huevos y sin nada.

En cambio el hombre que era honesto, no como la mujer que era muy preta, ha hecho grandes casas, hermosos jardines y llevaba al gallo con collar de oro y botas amarillas con espuelas en los talones, viviendo muy felices.

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Cuatro dragones. China.

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En el principio de los tiempos, no había ríos ni lagos sobre la tierra, sólo existía el mar del Este donde vivían cuatro dragones: el dragón largo, el dragón amarillo, el dragón negro y el dragón de color perla.

Un día, los cuatro dragones fueron volando desde el mar hasta el cielo persiguiendo a las nubes. De pronto, el dragón de color perla rugió señalando en dirección a la tierra. Los otros tres dragones se pusieron junto a él, entre las nubes, fijando su mirada hacia donde les señalaba el dragón de color perla.

Vieron mucha gente haciendo ofrendas extraordinarias que gritaban: “Dios de los cielos, por favor, envíanos agua para que puedan beber nuestros hijos”. Los dragones vieron que los campos de arroz estaban secos y las cosechas se habían estropeado, y que los árboles sin hojas parecían esqueletos. Era evidente que no había llovido en mucho tiempo.

– Qué delgada y débil está la gente- dijo el dragón amarillo – si no llueve, pronto morirán.

– Vamos a pedir ayuda al emperador de Jade para que llueva – sugirió el dragón largo, y se fueron volando hacia el alejado palacio celestial del emperador de Jade.

Al todopoderoso emperador no le gustó demasiado la llegada de los dragones.

– ¿Cómo osáis interrumpir mi descanso?. ¡Volved al mar y comportaos!.

– Pero, majestad, las cosechas se están secando y la gente se está muriendo de hambre – dijo el dragón largo – ¡Por favor, enviadles lluvia enseguida!.

– De acuerdo – dijo el emperador- ahora volved al mar, que enviaré lluvia mañana.

Pasaron diez días y no cayó una gota de lluvia. La gente estaba cada vez más angustiada. Comían hierba seca, lamían el rocío que se acumulaba entre las piedras y masticaban arcilla seca. Los cuatro dragones se dieron cuenta de que el emperador de Jade sólo pensaba en su placer y la gente no le preocupaba demasiado. Entonces, después de observar largo rato el enorme mar del Este, el dragón largo tuvo una idea.

– ¿El mar no está lleno de agua? Hemos de absorberla toda y escupirla desde el cielo. De esta forma, caerá agua a la tierra, salvará las cosechas y la gente podrá comer.

Los dragones sobrevolaron el mar y absorbieron su agua. Después, volvieron a subir sobre las nubes y escupieron el agua por todas partes. Volaron arriba y abajo muchas veces, hasta que el agua del mar caía en forma de lluvia sobre la tierra.

– ¡Llueve! ¡Llueve! – gritaba con alegría la gente, y los niños bailaban bajo el agua.

Brotaron riachos que corrían sobre los campos de arroz, hasta que brotaron de nuevo y el paisaje se volvió verde. El emperador de Jade estaba furioso, ¡los cuatro dragones le habían desobedecido!. Así que ordenó a sus generales celestiales que capturasen a los cuatro dragones por su osadía y pidió al dios de las Montañas que le trajese cuatro cordilleras para posarlas sobre los dragones, de manera que no se liberasen nunca.

El dios de las Montañas hizo que cuatro macizos lejanos aterrizasen sobre los cuatro dragones. Entonces, los dragones quedaron atrapados para siempre debajo de las montañas. A pesar de ello, estaban decididos a continuar ayudando siempre a la gente de aquel lugar. Se convirtieron en ríos que atravesaban la tierra, ahora fértil, y morían en el mar.

Así se formaron los cuatro grandes ríos de China: el Heilongjian, el dragón negro, al norte, alejado y frío; el Huang He, el dragón amarillo, al centro; el Changjiang o YangTsé, el dragón largo, en el sur remoto; y el Xi Jiang, el dragón color perla, al sur, alejado y tropical.

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Cuento Jataka. Budismo. India.

Un pelo blanco en la cabeza del rey.

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En un pasado muy lejano, la vida de la gente duraba muchísimos más años que en la actualidad. Disfrutaban de una vida de miles de años. En ese tiempo, el gran Ser Iluminado (el Buda, en una vida anterior) nació como hijo primogénito de un Rey y lo llamaron Makadeva. Su infancia se extendía por 84,000 años. Como adulto llegó a ser rey y en el tiempo de esta historia, su reino ya había durado 80,000 años.

Un día, Makadeva dijo al barbero real: “Si encuentras un cabello blanco en mi cabeza, debes informarme enseguida.” Naturalmente, el barbero lo prometió y siempre se fijó cuidadosamente.

Cuando pasaron otros 4,000 años, un día el rey fue a recortarse como de costumbre donde su barbero. Pero, ese día, el barbero descubrió un pequeño cabello blanco en la cabeza del rey. Entonces dijo: “Su Majestad, debo informarle que acabo de encontrar un cabello blanco en su cabeza.” El rey contestó: “Si este es el caso, sácalo y pónmelo en la mano.” El barbero, con la ayuda de su pinza dorada sacó el cabello blanco y lo colocó en la mano del rey.

En ese tiempo, al rey todavía le restaban por lo menos otros 84,000 años para vivir su vejez. Mirando ahora este cabello blanco en su mano, se asustó mucho pensando en la muerte. Inevitablemente debía morir muy pronto y se sentía como alguien atrapado en una casa en llamas. Tenía mucho temor y el sudor frío le corría por la espalda.

Entonces, el Rey Makadeva pensó: ” He desperdiciado toda esta larga vida en cosas futiles y ahora la muerte se está acercando. No he hecho ningún intento para acabar con la codicia, la envidia, el odio y la ignorancia, ni me he interesado en aprender la verdad detrás de las apariencias para adquirir sabiduría.”

Ponderando su situación, su cuerpo se sentía como en medio de llamas y el sudor corría desde la cabeza hasta los pies. Entonces, con gran determinación, el rey decidió renunciar a su reino y ordenarse como monje para practicar la meditación. Con este pensamiento en mente, recompensó al barbero con una gran suma de dinero que le permitía vivir cómodamente durante el resto de su vida.

Luego, el rey llamó a su hijo mayor y dijo: “Mi hijo, estoy llegando a la vejez; ya encontré un cabello blanco. Disfruté los placeres mundanos, las riquezas y el poder ampliamente. Cuando muera quiero renacer en un reino celestial para estar entre los dioses. Por eso he tomado la decisión de renunciar y ordenarme como monje. Ahora te toca ti la responsabilidad de gobernar el país. En adelante viviré la vida de un monje en el bosque.”

Cuando los ministros y el resto de la corte se enteraron de esta decisión, enseguida se presentaron delante del rey y preguntaron: “Majestad, ¿qué le está pasando, por qué quiere de pronto renunciar y ordenarse como monje?”

El rey, con su cabello blanco en la mano, contestó: “Estimados ministros y ayudantes, mi di cuenta que este cabello blanco me enseñó que las tres etapas de la vida – juventud, adultez y vejez – llegan a su final. Este cabello, mensajero de la muerte, se encontró en mi cabeza. Cabellos como estos son como ángeles enviados por el dios de la muerte. Por lo tanto, llegó el tiempo para renunciar y ordenarme como monje.”

Todo el pueblo lloró cuando el Rey Makadeva abandonó de su reino y salió al bosque para aceptar la vida de un monje. En el bosque él practicó los llamados “Cuatro Estados Celestiales de la Mente”, que incluyen la benevolencia amorosa con todos los seres, la compasión hacia todos los que sufren, la alegría por el bienestar de otros y la ecuanimidad en todas las situaciones y dificultades, manteniendo la mente en equilibrio y calma.

Después de 84,000 años de grandes esfuerzos en la meditación, practicando estos estados mentales sublimes y llevando la vida de un monje, el Bodhisattva o gran Ser Iluminado, murió. Renació en un elevado reino celestial donde vivió feliz durante un millón de años.

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Dinamarca. Leyenda de Zeeland

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En la época en que el rey Gylfe reinaba en Suecia, llegó a visitarlo una mujer de rara hermosura. El príncipe fue seducido por la belleza de la dama y por la dulzura y armonía de su canto. Después de que ella hubo permanecido durante varios días en palacio, el rey le preguntó qué deseaba que le ofreciera él en prueba de gratitud por el placer que le había causado con su presencia y con su canto. Estaban el rey y la dama en una habitación de palacio y los servidores habían traído copas con hidromiel, con el que habían brindado. Al fin, ella respondió:

–¡Oh, señor!, grande es tu generosidad. Yo te pido solo una parte de tus tierras. No temas que vaya a mutilar tu reino; quiero solo el trozo que yo pueda labrar durante veinticuatro horas con la ayuda de cuatro bueyes.

El rey contestó: –Poco es lo que me pides. Te lo concedo gustosamente.

Esta mujer no era de raza humana, sino que pertenecía a la familia de los Ases –dioses bienhechores escandinavos–, y se llamaba Gefion. Hizo venir a cuatro hijos que había tenido de un gigante en el Iothunheim, y los convirtió en bueyes; después los unció al arado. Trazó luego un surco alrededor del terreno que había elegido, y el surco fue tan profundo que toda la parte que rodeaba fue separada del continente. Entonces ella unció sus bueyes a este trozo de tierra y los aguijó de modo que la arrastrasen hasta el mar. Una vez que estuvieron en la orilla, los sumergió en el agua y los llevó hasta meter el trozo de tierra en el Oresund. Y así nació la isla que se llamó Zealand, isla donde está situada la capital de Dinamarca.

Cuando el rey supo lo sucedido, fue a ver el trozo de donde había sido arrancado y arrastrado el terreno de la isla. Allí se había formado un lago que tomó el nombre de Vänern. Es curioso notar que este lago tiene exactamente la misma forma que Zealand. Si en esta hay un cabo, en el lago se dibuja en el mismo sitio un golfo. Aún hoy la isla y el lago tienen la misma forma.

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