Cuento rumano. Gallina gallo.

 

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Había una vez un hombre y una mujer. La mujer tenía una gallina y el hombre un gallo. La gallina hacía dos huevos cada día, en cambio el gallo, ya se sabe, pues ninguno. La rica mujer comía todos los días huevos fritos, en cambio el hombre, nada. Un día perdió su paciencia y le dijo:

–  Buena mujer, dame por favor un huevo para tener comida para hoy.

–  Hala. Pues como que no.Y no, no quiso darle.

–  ¿Qué tengo que hacer para que mi pobre gallo ponga un huevo?

–  Pues pégale una bofetada y te pondrá huevos.

Sin pensárselo dos veces, cogió al gallo y le pegó una bofetada. El pobre gallo asustado, sin saber por qué le llegaba todo eso, salió corriendo de casa. Pero mientras salía ha oído como su amo le decía:

–  Si no pones huevos, para qué darte de comer.

–  ¡Anda!

Sale por los caminos de alrededor, triste y decepcionado porque su amo le hizo eso. Caminando, caminando encontró una bolsa por el camino. Muy contento la coge en su pico y vuelve a su casa. Caminando contento de encontrar algo se le acerca por detrás una carroza con un noble y unas damas. Le llamó la atención al marqués el gallo como caminaba, muy contento y con una bolsa. Y le dijo al conductor:

-Baja, por favor, y tráeme esa bolsa del pico de gallo.

Sin más, obedeció el conductor. Baja, coge al gallo, le quita la bolsa, le deja suelto y ¡hala!, a  seguir caminando. Pero el gallo no entendió tampoco por qué. Él quería su bolsa. Furioso empieza a cantar:

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa.

Pues una y otra vez, se cansa el marqués y dijo otra vez al conductor:

–  Baja ahora mismo y mira esa fuente. ¡Tira al gallo allí para quitárnoslo de encima!

Sin más, obedeció el conductor. Lo coge, lo tira al pozo:

– ¡Hala!, allí te quedas.

Y siguió su camino la carroza del noble.

El gallo se ve en apuros, en un gran apuro.

–  ¿Qué hago? ¿Qué hago?

Y se tragó toda el agua del pozo. ¡Hala! Sale como un volcán del pozo y sigue la carroza. Llega ya muy cerca y sigue cantando con más fuerza:

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa

Curcurigu, cucurigú, dame mi bolsa.

El noble, terriblemente asustado:

–  Ese gallo, ese gallo me suena. Ya voy a buscarle yo una solución.

Nada más llegar en casa le pide a la cocinera mientras el gallo seguía cantando:

Cucurigú, cucurigú,

pero cada vez con más fuerza,

dame mi bolsa, dame mi bolsa, dame mi bolsa.

Llama a la cocinera y le pide:

–  Mete a ese gallo en el horno, haz mucha brasa y si puede ser pon una losa también en la boca del horno.

También la cocinera, de buena fe, cumple lo que le pide el noble y ¡hala! el gallo para adentro. Otra vez en apuros. Pero se acuerda del agua que llevaba dentro y echó el agua para apagar la brasa y enfriar el horno. Con todo su poderío de gallo salió, quitó la losa y sale. Y busca la primera ventana que hay más cerca. Y cantando por supuesto

Cucurigú, cucurigú,

dame mi bolsa, dame mi bolsa.

Lo que quería era su bolsa, nada más. El noble, pues…

–  Vaya líos que me trae ese gallo. ¿Qué podríamos hacer? Le meteré en el pozo negro donde guardo mis ahorros.

Tenía tantos ahorros que no sabía… entre joyas, monedas, muchas riquezas. No sabía contar todo lo que tenía.

El gallo, al verse dentro, pues se tragó todas las monedas de allí. Todas las monedas.

El noble pensaba que al tragarse las monedas allí se quedaría, su garganta no aguantaría. Pero no fue así.El gallo siguió cantando desde el pozo negro:

Cucurigú, cucurigú, dame mi bolsa

Cantando siempre ¿no? Al sacarlo del pozo lo metió dentro de un rebaño donde había vacas, bueyes, terneros. Y el gallo se los tragó todos. Él lo que quería era su bolsa. Y seguía cantando:

Cucurigú, cucurigú,

Al verse el marqués que no podía con el gallo la solución no era otra que devolverle su bolsa con dos monedas.

Contento el gallo vuelve a la casa de su amo. Pero tan contento y tan hermoso era, parecía ya un elefante, que todas las gallinas y las aves que encontraba por el camino le seguían y parecía un cortejo de boda. Alegría, alegría, alegría, alegría.

Al llegar a la puerta del amo, tanto alboroto, el amo pues sale.

–  ¿Que hay?, ¿qué hay?, ¿qué ha pasado? Quizás al lado, en casa de la mujer, pasa algo con la gallina. Habrá puesto tres huevos o cuatro huevos, yo que sé.

De repente ve a su gallo, pero no estaba como antes, tenía algo diferente en la boca. Solo le pide cantando:

Cucurigú, cucurigú, amo, saca un mantel

Saca lo que tengas para darte todo lo que te he traído.

El pobre hombre trajo una alfombra pequeñita y la dejo en el patio.

El gallo dejo la bolsa con dos monedas. Después abrió sus alas y echo tanto dinero, rebaño y tantas cosas que llenó el jardín, el patio, la casa y todo. Brillaba ante sus ojos tanta riqueza.

Al no saber ni qué hacer, empezó a besar a su gallo con mucha alegría.

De repente la mujer, que hasta ahora comía dos huevos fritos cada día, llena de envidia pero al mismo tiempo avergonzada, le pide:

–  Hombre bueno, dame, por favor, una moneda.

–  Acuérdate lo que me dijiste.

Y se acordó del consejo que le dio: pegar a su gallo para que le trajera un huevo.

Le entró tal rabia que cogió a su gallina y empezó a pegarle pero con tanta fuerza que la pobre gallina se quedó sin plumas y sin nada. La gallina sale desesperada por los caminos y encontró un abalorio de color. Contenta lo coge en su pico y vuelve para casa:

Cococó, cococó, cococó, cococó.

Se sienta para echarlo. Y pasado el rato echa el abalorio.

La mujer busca.

–  A ver, mi riqueza, mi riqueza.

Pero al encontrar eso, mata a la gallina. Y se queda sin gallina, sin huevos y sin nada.

En cambio el hombre que era honesto, no como la mujer que era muy preta, ha hecho grandes casas, hermosos jardines y llevaba al gallo con collar de oro y botas amarillas con espuelas en los talones, viviendo muy felices.

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