La hija del pescador. Filipinas.

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El golfo de Lingayen, en la provincia de Pengasinia, es muy hermoso, pero tras su deslumbrante belleza se esconde el peligro. En el golfo hay un remolino que de pronto puede tragarse los cuerpos de los nadadores hasta las profundidades del mar. Todos los años alguien se ahoga en este remolino. Se dice que el dios del golfo exige una vida cada año, desde que la hija de un pescador se negó a permanecer con él.

Hace mucho tiempo, antes de que los españoles fueran a gobernar a Filipinas, vivía allí un pobre pescador con su mujer y su única hija. La niña vivía feliz y era muy alegre. Se llamaba Maliket. Todas las mañanas, cuando sus padres se levantaban, encontraban preparado su desayuno de pescado frito, arroz hervido y una bebida caliente que ella misma elaborada con arroz molido.

– ¿Qué haríamos sin ella? – se preguntaban los ancianos padres cuando veían a su hija preparando sus comidas y lavando sus vestidos. Les encantaba verla correr por la playa. Ella adoraba salir a pescar con su pequeña barca de madera, buscar calas escondidas y explorar grutas solitarias. Una tarde, cuando volvió a casa, llevaba en sus manos una extraña alga marina que había encontrado.

– ¿Dónde has encontrado esa alga? – preguntó su padre.

– He descubierto una maravillosa gruta donde bañarme. Creo que soy la primera persona que ha puesto los pies allí. Está en la base de aquella montaña – dijo Maliket señalando una rocosa montaña que se veía a lo lejos-.

– ¡Ese lugar es muy malo! – dijo el padre preocupado -. Se dice que Maksil, el dios de ese golfo, gusta de echarse allí la siesta. Y castiga al mortal que se atreva a turbar su paz. Prométeme que nunca más volverás a esa cueva.

Maliket se echó a reír.

– Padre, allí no hay ningún dios durmiendo la siesta, sólo he visto peces y pájaros. Pero si no quieres que vuelva, no iré más.

Pero Maksil, el dios del golfo, había visto a la niña bañándose en su cueva. Acababa de perder su única hija y deseaba que Maliket ocupara su puesto. Así que llamó a su sirviente el pulpo gigante, y le ordenó que condujera a la niña hacia su gruta cuando saliera a la mar con su barca. Y al día siguiente, cuando Maliket salió a pescar, sin saber cómo, se encontró remando hasta la gruta escondida. Trató de desviar el curso, pero no pudo. Muy pronto, la barca estuvo en la gruta y fue conducida por el interior de un pasillo largo y profundo, como un túnel. Al principio, la niña se asustó, pero pronto perdió el miedo porque el paisaje marino era maravilloso. Flores de todos los colores y árboles frutales con espléndidos frutos colgantes de sus ramas crecían en aquel lugar. Bajo el agua en calma se veían peces de muchas formas. Hablaban y reían como los seres humanos y Maliket comprobó extrañada que los podía entender.

– Buenos días, Maliket. Quédate con nosotros y serás muy feliz – le decían extendiendo las manos.

Y de pronto se escuchó un ruido sordo, como el de del chasquido de un látigo, y todos los peces desaparecieron. Aterrorizada, la niña cogió el remo, pero antes de que pudiera usarlo, la barca encalló en la orilla y ella fue arrojada sobre el suelo suave y musgoso.

Cuando levantó la vista vio una figura muy grande, como de bronce, medio hombre y medio pez. Estaba sentado en un tronco, y llevaba una corona brillante y un cetro magnífico de plata que tenía forma de anguila.

– No te asustes, Maliket – dijo el extraño con voz cavernosa y grave.

– Soy Maksil, el dios del golfo. Te he traído aquí para que ocupes el puesto de mi hija que está muerta. Tendrás todo lo que desees.

– Pero mis padres me echarán de menos – gimió Maliket – Por favor, por favor, déjeme marchar a casa.

– ¡Eso es imposible! – bramó Maksil. Y el suelo del fondo del mar tembló debido a la furia del dios del golfo.

Maliket se resistió, pero enseguida aparecieron dos sirenas para llevarse a la niña. La bañaron y le pusieron un vestido de plata. La cubrieron de flores y de piedras preciosas y la condujeron a palacio. Allí intentaron entretenerla con mil juegos y piruetas, pero Maliket sólo pensaba en su familia. Su aya, Akulaw, un ser humano también raptado por el dios, se encontró a la niña llorando desconsoladamente.

– Comprendo tus sentimientos, porque yo también fui traída a la fuerza. Era entonces muy joven. Ahora ya soy vieja y no he vuelto a ver a mi familia – dijo a la niña.

– Por favor, ayúdame a volver a mi casa- le suplicó angustiada Maliket.

– No puedo. Ahora soy vieja y no tengo poder contra el dios. Pero escúchame con atención: esta noche vendré a buscarte y te ayudaré a escapar, pero en alta mar tendrás que arreglártelas sola. Aquella noche, Akilaw puso unos polvos de dormir en la bebida del pulpo gigante. Luego condujo a Maliket fuera de palacio, por corredores secretos, hasta donde estaba escondida la barca. Akulaw la ayudó a conducir la barca a través del túnel submarino hacia el mar abierto. Luego, la dejó sola. Cuando el dios del golfo descubrió que la niña se había escapado, envió al pulpo gigante para que la trajera de nuevo al palacio, pero éste, debido a los polvos de dormir, no nadaba tan rápido como antes y no consiguió alcanzar la barca, que ya se acercaba a la orilla.

Maksil, el dios del golfo, se enfadó tanto con el pulpo que le ordenó:

– De ahora en adelante tendrás que ir a la orilla cada año y traerme una niña. Algún día encontraré alguna que pueda ocupar el hueco que dejó mi hija.

Por eso, cada año, una joven doncella es arrastrada por el gran pulpo a las profundidades del océano, mientras un enorme torbellino se eleva en el mar.

cuentos de Filipinas, TRADICIÓN ORAL, Pedro Parcet, taller de cuentos

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