La última visita del caballero enfermo Papini

GIOVANNI PAPINI

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Nadie supo jamás el verdadero nombre de aquel a quien todos llamaban el Caballero Enfermo. No ha quedado de él, después de su impensada desaparición, más que el recuerdo de sus sonrisas y un retrato de Sebastianbo del Piombo, que lo representa envuelto en una pelliza, con una mano enguantada que cae blandamente como la de un ser dormido. Alguno de los que más lo quisieron -yo estoy entre esos pocos- recuerda también su cutis de un pálido amarillo, transparente, la ligereza casi femenina de los pasos, la languidez habitual de los ojos.

Era, verdaderamente, un sembrado de espanto. Su presencia daba un color fantástico a las cosas más sencillas; cuando su mano tocaba algún objeto, parecía que éste ingresara al mundo de los sueños. Nadie le preguntó cuál era su enfermedad y por qué no se cuidaba. Vivía andando siempre, sin detenerse, día y noche. Nadie supo nunca dónde estaba su casa, nadie le conoció padres o hermanos. Apareció un día en la ciudad y, después de algunos años, otro día, desapareció.

La víspera de este día, a primer hora de la mañana, cuando apenas el cielo empezaba a iluminarse, vino a despertarme a mi cuarto. Sentí la caricia de su guante sobre mi frente y lo vi ante mí, con la sonrisa que parecía el recuerdo de una sonrisa y los ojos más extraviados que de costumbre. Me di cuenta, a causa del enrojecimiento de los párpados, que había pasado toda la noche velando y que debía haber esperado la aurora con gran ansiedad porque sus manos temblaban y todo su cuerpo parecía presa de fiebre.

-¿Qué le pasa? -le pregunté-. ¿Su enfermedad lo hace sufrir más que otros días?

-¿Mi enfermedad? -respondió-. Usted cree, como todos, que yo tengo una enfermedad? ¿Que se trata de una enfermedad mía? ¿Por qué no decir que yo soy una enfermedad? Nada me pertenece. ¡Pero yo soy de alguien y hay alguien a quien pertenezco.

Estaba acostumbrado a sus extraños discursos y por eso no le contesté. Se acercó a mi cama y me tocó otra vez la frente con su guante.

-No tiene usted ningún rastro de fiebre -continuó diciéndome-, está usted perfectamente sano y tranquilo. Puedo, pues, decirle algo que tal vez lo espantará; puedo decirle quién soy. Escúcheme con atención, se lo ruego, porque tal vez no podré repetirle las mismas cosas y es, sin embargo, necesario que las diga al menos una vez.

Al decir esto se tumbó en un sillón y continuó con voz más alta:

-No soy un hombre real. No soy un hombre como los otros, un hombre con huesos y músculos, un hombre generado por hombres. Yo soy -y quiero decirlo a pesar de que tal vez no quiera creerme- yo no soy más que la figura de un sueño. Una imagen de Shakespeare es, con respecto a mí, literal y trágicamente exacta; ¡yo soy de la misma sustancia de que están hechos los sueños! Existo porque hay uno que me sueña, hay uno que duerme y suena y me ve obrar y vivir y moverme y en este momento sueña que yo digo todo esto. Cuando ese uno empezó a soñarme, yo empecé a existir; cuando se despierte cesaré de existir. Yo soy una imaginación, una creación, un huésped de sus largas fantasías nocturnas. El sueño de este uno es tan intenso que me ha hecho visible incluso a los hombres que están despiertos. Pero el mundo de la vigilia no es el mío. Mi verdadera vida es la que discurre lentamente en el alma de mi durmiente creador.

“No se figure que hablo con enigmas o por medio de símbolos. Lo que le digo es la verdad, la sencilla y tremenda verdad.

“Ser el actor de un sueño no es lo que más me atormenta. Hay poetas que han dicho que la vida de los hombres es la sombra de un sueño y hay filósofos que han sugerido que la realidad es una alucinación. En cambio, yo estoy preocupado por otra idea. ¿Quién es el que me sueña? ¿Quién ese uno, ese desconocido ser que me ha hecho surgir de repente y que al despertarse me borrará? ¡Cuántas veces pienso en ese dueño mío que duerme, en ese creador mío! Sus sueños deben de ser tan vivos y tan profundos que pueden proyectar sus imágenes hasta hacerlas aparecer como cosas reales. Tal vez el mundo entero no es más que el producto de un entrecruzarse de sueños de seres semejantes a él. Pero no quiero generalizar. Me basta la tremenda seguridad de ser yo la imaginaria criatura de un vasto soñador?

“¿Quién es? Tal es la pregunta que me agita desde que descubrí la materia en que estoy hecho. Usted comprende la importancia que tiene para mí este problema. De su respuesta depende mi destino. Los personajes de los sueños disfrutan de una libertad bastante amplia y por eso mi vida no está determinada del todo por mi origen sino también por mi albedrío. En los primeros tiempos me espantaba pensar que bastaba la más pequeña cosa para despertarlo, es decir, para aniquilarme. Un grito, un rumor, podían precipitarme en la nada. Temblaba a cada momento ante la idea de hacer algo que pudiera ofenderlo, asustarlo, y por lo tanto, despertarlo. Imaginé durante algún tiempo que era una especie de divinidad evangélica y procuré llevar la más virtuosa vida del mundo. En otro momento creí que estaba en el sueño de un sabio y pasé largas noches velando, inclinado sobre los números de las estrellas y las medidas del mundo y la composición de los mortales.

“Finalmente me sentí cansado y humillado al pensar que debía servir de espectáculo a ese dueño desconocido e incognoscible. Comprendí que esta ficción de vida no valía tanta bajeza. Anhelé ardientemente lo que antes me causaba horror, esto es, que despertara. Traté de llenar mi vida con espectáculos horribles, que lo despertaran. Todo lo he intentado para obtener el reposo de la aniquilación, todo lo he puesto en obra para interrumpir esta triste comedia de mi vida aparente, para destruir esta ridícula larva de vida que me hace semejante a los hombres. No dejé de cometer ningún delito, ninguna cosa mala me fue ignorada, ningún terror me hizo retroceder. Me parece que aquel que me sueña no se espanta de lo que hace temblar a los demás hombres. O disfruta con la visión de lo más horrible o no le da importancia y no se asusta. Hasta hoy no he conseguido despertarlo y debo todavía arrastrar esta innoble vida, irreal y servil.

“¿Quién me liberará, pues, da mi soñador? ¿Cuándo despuntará el alba que lo llamará a su trabajo? ¿Cuándo sonará la campana, cuándo cantará el gallo, cuándo gritará la voz que debe despertarlo? Espero hace tiempo mi liberación. Espero con tanto deseo el fin de este sueño, del que soy una parte tan monótona.

“Lo que hago en este momento es la última tentativa. Le digo a mi soñador que yo soy un sueño, quiero que él sueñe que sueña. Esto pasa también a los hombres. ¿No es verdad? ¿No ocurre que se despiertan cuando se dan cuenta de que sueñan? Por esto he venido a verlo y le he hablado y desearía que mi soñador se diese cuenta en este momento de que yo no existo como hombre real y entonces dejaré de existir, hasta como imagen irreal. ¿Cree que lo conseguiré? ¿Cree que a fuerza de repetirlo y de gritarlo despertaré sobresaltado a mi propietario invisible?”

Al pronunciar estas palabras el Caballero Enfermo se quitaba y se ponía el guante de la mano izquierda. Parecía esperar de un momento a otro algo maravilloso y atroz.

-¿Cree usted que miento? -dijo-. ¿Por qué no puedo desaparecer, por qué no tengo libertad para concluir? ¿Soy tal vez parte de un sueño que no acabará nunca? ¿El sueño de un eterno soñador? Consuéleme un poco, sugiérame alguna estratagema, alguna intriga, algún fraude que me suprima. ¿No tiene piedad de este aburrido espectro?

Como yo seguía callado, él me miro y se puso en pie. Me pareció mucho más alto que antes y observé que su piel era un poco diáfana. Se veía que sufría enormemente. Su cuerpo se agitaba, como un animal que trata de escurrirse de una red. La mano enguantada estrechó la mía; fue la última vez. Murmurando algo en voz baja, salió de mi cuarto y sólo uno ha podido verlo desde entonces.

PicsArt_08-06-07.13.32_20170911133657854-01_20171231125710084 Seguir leyendo «La última visita del caballero enfermo Papini»

Dos imágenes en un estanque- Giovanni Papini

Giovanni Papini

! remera.jpg nnnx.jp nuevo taller.jpgVVF¿Solo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, me detuve después de tanto tiempo en la pequeña capital? Cuando me aproximaba a ella no pensaba tener otro motivo que este.

Regresando del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo de las cosas ocultas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por las lluvias. Estaba seguro de hallar todo eso en la pequeña capital, en la ciudad donde había estudiado durante cinco años, con maestros de clásicas barbas blancas, las ciencias más germánicas y más fantásticas.

Recordaba a menudo la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una exiliada (he pensado siempre que existen también ciudades desterradas de su propia patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero totalmente quieta y resignada en torno al gran palacio rococó, en el que charla y duerme la corte. En las calles, a cada cien pasos, hay un pozo y junto al pozo una fuente y sobre cada fuente un guerrero de terracota, pintado de azul y rojo pálido.

Recordaba también la casa en que viví durante los años de mi aprendizaje científico. Mis ventanas no se abrían sobre la plaza sino sobre un gran jardín, cerrado entre las casas, donde había, en un rincón, un estanque circuido por rocas artificiales. A nadie le importaba el jardín: el viejo señor había muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba a los árboles como herejes y a las flores como vanidosas. También el estanque había muerto por su culpa. Ningún chorro brotaba ya de su seno. El agua parecía tan cansada e inmóvil como si fuese la misma desde hacía una cantidad enorme de años. Por lo demás, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente e incluso las hojas parecían haber caído allí en otoños míticamente lejanos.

Este jardín fue el sitio de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Tenía la libertad de poder visitarlo cada hora y cuando los maestros no me llamaban me sentaba con algún libro junto al estanque, y cuando estaba cansado de leer o la luz menguaba, intentaba mirar mis ojos reflejados en el agua o contaba las viejas hojas y seguía con estática ansiedad sus lentos viajes bajo el hálito desigual del viento. Alguna vez las hojas se apartaban o se reunían todas en el fondo y entonces veía en el agua mi rostro y lo contemplaba tan largamente que me parecía no existir más por mí mismo, con mi cuerpo, sino ser solamente una imagen fijada en el estanque por la eternidad.

Fue por eso que corrí inmediatamente al jardín, apenas llegué a la pequeña capital. Habían pasado muchos años, pero la ciudad se mantenía igual. Por las mismas calles estrechas pasaban las mismas mujeres enanas y amarillentas, de cofias ajadas, y los guerreros de terracota, inútiles y ridículos, se apoyaban en el puño de las espadas sobre las habituales fuentes.

Y también el jardín estaba tal como yo lo había dejado, también el estanque estaba como yo lo vi por última vez, antes de regresar a mi patria. Alguna mata de más en los canteros, algunas hojas más en el estanque y todo el resto como antaño. Quise entonces volver a ver mi cara en el agua y me di cuenta de que era diferente, muy diferente de aquella que tan lúcidamente recordaba. El encanto de ese estanque, de ese sitio volvió a apoderarse de mí. Me senté sobre una de las rocas artificiales y con la mano moví las hojas muertas para formar un espejo más grande a mi rostro palidecido y transfigurado. Permanecí algunos minutos mirando mi imagen y pensando en las leyes del tiempo cuando vi dibujarse en el agua otra imagen junto a la mía. Me volví bruscamente: un hombre se había sentado a mi lado y se reflejaba junto a mí en el estanque. Lo miré sorprendido -volví a mirarlo y me pareció que se me asemejaba un poco. Dirigí de nuevo los ojos al estanque y contemplé otra vez su imagen reflejada sobre el fondo sombrío. Al instante comprendí la verdad: ¡su imagen se parecía perfectamente a la que yo reflejaba siete años antes!

En otro tiempo, quizás, aquello me hubiera espantado y seguramente habría gritado como quien se halla preso en el círculo de alguna invencible obsesión. Pero yo sabía ahora que solamente lo imposible se vuelve real algunas veces y por lo tanto no sentí el menor asomo de terror. Tendí la mano al hombre, que me la estrechó, y le dije:

-Sé que tú eres yo mismo, un yo que pasó hace mucho, un yo que creía muerto pero que vuelvo a ver aquí, tal como lo dejé, sin cambio visible.

Y no sé, oh mi yo pasado, qué deseas de mi yo presente, pero sea lo que fuere no sabré negártelo.

El hombre me miró con cierto estupor, como si me viera por primera vez, y respondió después de unos instantes de vacilación:

“Quisiera estar un poco contigo. Cuando tú creíste partir definitivamente yo permanecí aquí, en esta ciudad donde no pasa el tiempo, sin moverme, sin hacer nada, esperándote. Sabía que regresarías. Habías dejado la parte más sutil de tu alma en el agua de este estanque y de esta alma yo he vivido hasta hoy. Pero ahora quisiera unirme nuevamente a ti, permanecer estrechado a ti, viviendo contigo, escuchando de ti el relato de tus vidas de todos estos años. Yo soy como tú eras entonces y no conozco de ti más que lo que tú conocías entonces. Comprende mi ansiedad de saber y de escuchar. Hazme de nuevo tu compañero hasta que partas una vez más de esta ciudad exiliada del mundo y del tiempo.”

Asentí con la cabeza y salimos del jardín tomados de la mano, como dos hermanos.

Comenzó entonces para mí uno de los periodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo -con mi yo transcurrido- algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital -¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!-, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas -la antigua y la nueva- buscaron juntas la universidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés -recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas- y se aventuraron hasta el Liliensee, una chacra mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero. Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera) del cual vivían los esmirriados petimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco obesas.

Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.

Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio.

“Y sin embargo, pensé, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en la soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado -y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?”

Mientras yo pensaba esto, el yo antiguo me hablaba y declamaba. Yo no tenía nada ya para decirle y callaba; él no tenía nada más para decirme, pero, en vez de callar, fabricaba frases y recitaba poesías horriblemente extensas. ¿Qué había ahora de común entre nosotros? Habiendo agotado los recuerdos del pasado lejano, yo no podía hablar con él del pasado próximo, de todo mi mundo reciente de bellezas conocidas, de corazones amados y destrozados, de paradojas improvisadas en torno de la mesa de té, y mucho menos del sueño doloroso que ocupa ahora íntegramente mi alma. Era inútil decirle todo eso; él no me comprendía. El sonido de ciertas palabras que me sugería toda una escena, las asociaciones de ideas de un perfume, de un nombre, de un rumor nada le decían a su alma. Me rogaba que le hablara, y si consentía, me escuchaba con curiosidad pero sin sentir, sin comprender, sin revivir conmigo lo que yo le narraba. Sus ojos se perdían en el vacío y apenas yo enmudecía recomenzaba sus declamaciones y sus melosidades sentimentales.

Llegó, pues, un día en que el odio contra ese pasado yo mío no supo ya contenerse. Le dije entonces con mucha firmeza que no podía más vivir con él y que debía separarme de su compañía para acabar con mi disgusto. Mis palabras lo sorprendieron y lo entristecieron profundamente. Sus ojos me miraron suplicando. Su mano me estrechó con más fuerza.

“¿Por qué quieres dejarme -dijo con su odiosa voz de teatral apasionamiento-; por qué quieres dejarme una vez más tan solo? ¡Te he estado esperando durante tanto tiempo en silencio, durante tantos años he contado las horas que me acercaban a estos momentos! Y ahora que estás conmigo, ahora que te amo, que hablamos del amor y de la belleza del mundo, de los pesares de sus criaturas, ¿quieres dejarme solo en esta ciudad tan triste, tan lentamente triste?”

No respondí a sus palabras sino con un gesto de rabia. Pero cuando me adelanté para irme sentí su brazo aferrarme con violencia y escuché de nuevo su voz que me decía sollozando:

“No, tú no partirás. ¡No te dejaré partir! Soy tan feliz ahora de poder hablar a alguien que puede comprenderme, a alguien que todavía tiene un corazón, ardiente, que viene de las ciudades de los vivos, que puede escuchar todos mis gemidos y acoger mis confesiones. ¡No, tú no partirás, no podrás partir! ¡No permitiré que te vayas!”

Tampoco esta vez respondí y todo el día permanecí con él sin hablar. Él me miraba en silencio y me seguía siempre.

Al día siguiente me preparé para irme pero él se plantó ante la puerta y no me dejó salir hasta que no le hube prometido que me quedaría con él durante todo el día.

Así pasaron todavía cuatro días. Yo intentaba eludirlo, pero él me perseguía constantemente, aburriéndome con sus lamentaciones e impidiéndome, aun por la fuerza, abandonar la ciudad. Mi odio, mi desesperación crecían de hora en hora. Finalmente, al quinto día, viendo que no podía liberarme de su celosa vigilancia, pensé que sólo me quedaba un medio y salí resueltamente de casa seguido de su lamentable sombra.

También aquel día anduvimos por el estéril jardín donde tantas horas había pasado yo con su alma, y nos aproximamos, también aquel día, al estanque muerto cubierto de hojas muertas. También aquel día nos sentamos sobre las falsas rocas y separamos con la mano las hojas para contemplar nuestras imágenes. Cuando nuestros dos rostros aparecieron juntos sobre el espejo sombrío del agua, me volví rápidamente, aferré a mi yo pasado por los hombros y lo arrojé de cara al agua, en el sitio donde aparecía su imagen. Empujé su cabeza bajo la superficie y la sostuve quieta con toda la energía de mi odio exasperado. Él intentó resistirse; sus piernas se agitaron violentamente pero su cabeza permaneció bajo el remolino trémulo del estanque. Después de algunos instantes sentí que su cuerpo se aflojaba y debilitaba. Entonces lo solté y cayó aún más abajo, hacia el fondo del agua. Mi odioso yo pasado, mi ridículo y estúpido yo de otros años había muerto para siempre. Abandoné con calma el jardín y la ciudad. Nadie me molestó jamás por este hecho. Y vivo ahora todavía en el mundo, en las grandes ciudades de la costa, y me parece que me falta algo cuyo preciso recuerdo no poseo. Cuando me asalta la alegría con sus tontas risas pienso que soy el único hombre que ha matado a su yo y que vive todavía. Pero esto no es suficiente para que permanezca serio.

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Manipulación.

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«Mientras escribo creo saber mucho de mis personajes, pero luego me doy cuenta de que sé mucho menos que mis lectores. La buena literatura va más allá de la presencia y las intenciones de quien escribe.»
Elena Ferrante

María Ester Chiodi compartió este texto citado arriba en su muro de face.

(Abril 2018)

Conversación:

PP (Parcet)  – sí, cobran vida propia parece.

CH (Chiodi, María Ester) – los personajes se convierten en personas.

Yo tenía ganas de responder:

» esas personas miran ahora como los narradores se convierten en personajes.

En nuestros talleres hablamos de este doble fenómeno.

1. El personaje del cuento, comienza a andar por la arquitectura o escenario de la historia con total autonomía física. Sabemos hacia donde va y que va a hacer, eso está dado en el texto, pero no sabemos (porque no somos ellos) cuanto tiempo se toma para llegar. Ellos tienen su propio cuerpo, agobio, pensamiento. ES OTRO FÍSICO. OTRA MENTE que nosotros, narradores, tratamos de «domesticar» con nuestros modos, formas , técnicas y pensamientos.

Me resulta difícil pensar desde el narrador como construír ese otro cuerpo.

Me resulta fácil dejar que ese personaje se haga presente, pleno y me expulse a mí del entarimado.

Eso da al narrador una ductilidad increíble. Una comprensión de entrar y salir del personaje sin pensar en ello. Hay una costura invisible allí, una técnica oculta sublimada a la vida del personaje y al entramado del cuento.

2. ahora el narrador convertido en «personaje que cuenta» narrando en tercera puede creer que es un iluminati, y cada vez hace más alarde de su técnica y aparente poder sobre el oyente.

Cuando pasa a tercera se olvida de ceder su cuerpo al personaje. No se quiere rendir, entonces ensaya las conductas del personaje.

Y termina teatralizando a los dos, al narrador y al personaje.

O hace una «puesta escénica» para alejarse cada vez más de la profundidad de la historia. Desconocimiento o no comprender la sensibilidad de los personajes,  EGO puedo decir. O voy a hacer algo «distinto». ego ( no me da ni para mayúsculas cuando digo eso de distinto) yo también quería hacer algo «distinto». Taaarde te cae la ficha…

No digo con daño la palabra ego, es algo que sucede, tan simple como escribir esta nota. Para qué escribo?

Sí, recuerdo. Era para esto:

«La buena literatura va más allá de la presencia y de la intenciones del que escribe»

Ferrante)

Tal vez el buen narrador debería ir más allá de su presencia y de sus intenciones sobre los cuentos y los personajes de los cuentos.

Pedro Parcet.

Trabajar a fondo

10672317_10152774504681385_78266224942P50153999_n copiarNo hay nada que, en este arte, despierte en mí más adrenalina al momento que un compañero me permite trabajar a fondo.

Ver el esfuerzo que el otro hace en vivo. Allí dónde las formulaciones y los ensayos de casa quedan como un bastón en el,piso y no lo pueden tomar. Allí veo el potencial, la carne, la sangre. En esa nueva fertilidad que se genera aparece aquello, de forma incipiente llamado inspiración. Animate! Hacelo! Y responden. Siempre responden…

No importa que luego vuelvan a los métodos anteriores, a sus refugios lógicos de preparación.

Allí igual no está su ADN. Allí está una técnica de estudio que cada uno elije libremente.

Quería ser agradecido por la entrega.

Escribo esto porque últimamente muchos de nuestros compañeros llegan a comprender que ese sacrificio es necesario.

Menos sacrificio en arduas tareas preparatorias y más sacrificio en taller.

Esto tiene que ser un disfrute. Se convierte en ĺúdico a partir de  que uno juega «seriamente» con uno mismo. Con sus impotencias y certezas. Allí comienza la fiesta. Reírse de uno mismo.

Gracias gracias gracias

SAMOU- LA MISERIA. MALI

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En Dougoulina vivía un viejo campesino. Él era pobre e infeliz. Se llamaba Samou- La miseria.

 

Tenía una mujer enfermiza y dos niños débiles.

 

Samou fue muy trabajador.

Cada año sembraba, pero la sequía o los pájaros saqueadores derribaban sus esfuerzos.

Samou decidió ir a las minas de oro de Koulikoro. Cavó innumerables pozos, pero no vio el más leve destello.

Hambrienta, su esposa enfermó y murió y Samou también murió unas semanas más tarde.

 

Sus hijos fueron considerados malditos.

Se convirtieron en mendigos. Todas las puertas se cerraron cuando se acercaban.

 

Los dos niños pequeños fueron al bosque, que se convirtió en su madre adoptiva.

 

Los niños se veían bien de nuevo. Pero durante la noche, lloraban por el abandono de los hombres.

Una mañana los niños fueron despertados por un trueno. El mayor le dijo a su hermano menor:

 

– » Que hacer ? »

 

– «Hagámoslo como nuestro padre». Vamos a cantar su canción mágica »

 

– «Oh lluvia benéfica, mensajero de la felicidad, riega todas las tierras, pero no riegues las tierras de Dougoulina, el pueblo de las malas personas».

 

Tan pronto como los niños profirieron el lamento, la masa de nubes se balanceó y se fue a regar otras tierras.

 

Esta primera lluvia perdida preocupó a la gente. Pero el jefe dijo:

 

– «Bueno, es solo al principio de la temporada de lluvia, ya vendrá otra lluvia.

 

Durante las siguientes semanas, los niños todavía cantaban la canción sagrada y la lluvia no caís en ese pueblo. Los habitantes estaban sufriendo. Poco a poco, el miedo se instaló.

 

Uno de los hombres dijo:

 

– «Los fetiches no han sido honrados, hay un maleficio».

 

Los animales domésticos fueron sacrificados. Pero la lluvia se negó a caer sobre Dougoulina …

 

Los aldeanos se acusaban mutuamente. Hubo peleas. Pero la lluvia no cayó.

 

Un día llegó un cazador de otras tierras y fue bien recibido y dijo:

 

– «Soy un cazador. Sé perfectamente el secreto, qué es lo que sucede.

 

Ustedes son los verdaderos responsables de sus desgracias. En el próximo trueno, saldré con los hombres de este pueblo e iremos al bosque.

 

Al día siguiente cruzaron el monte y llegaron al bosque. Se agazaparon y esperaron.

Tronó.

Aparecieron en el claro del bosque dos niños desnudos como gusanos. Se enfrentaron a las nubes y cantaron.

 

Una vez más, la masa de nubes se fue. El cazador salió del bosque con una gran sonrisa hacia los niños.

Les presentó dos grandes pedazos de carne. Los niños dudaron y luego comieron.

 

«Vístanlos  ¡Cuídenlos bien! dijo.

 

Los niños fueron tratados como importantes y fueron llevados al pueblo.

Cuando el trueno retumbó, llegaron a la plaza pública, sus ojos se llenaron de lágrimas y cantaron:

 

«Oh lluvia benéfica, mensajera de felicidad, riega las tierras de Dougoulina que trata bien a sus huérfanos».

 

En la memoria de un anciano no se recuerda que Dougoulina haya recibido tal aguacero.

 

Desde ese día, se dice el proverbio

 

Bambara: «El hombre llega a las manos de los hombres y pasa a manos de los hombres».

La Cruz de Sur -Sudáfrica cuento

 

picsart_08-06-07-1799482263.jpgEl día en que nació el pequeño Kamalama, una terrible tormenta arrasó el bosque. Los relámpagos surcaron el cielo, los rayos cayeron, los árboles cayeron.

Se dice que un destino siniestro le espera al niño que nace durante tal tornado, y que morirá antes de que pase un año antes de la nueva estación lluviosa. Esta es la razón por la cual el mago Nkotsi pasó toda la noche haciendo magia: quería evitar el hechizo maligno que colgaba sobre el recién nacido. Nkotsi era considerado un poderoso mago, famoso por su arte en todo el país. Desafortunadamente, como él fue el primero en difundir estos ruidos, el padre de Kamalama no confiaba en él. Entonces decidió invocar directamente al mismísimo Dios del Fuego, que era el tío abuelo de su tío.

 

Él oró fervientemente para salvar a su hijo. El Dios Fuego le dice: “Protegeré a tu hijo, pero no tengo el poder de frustrar el destino. No morirá dentro de un año, antes de la nueva estación de lluvias, y vivirá feliz hasta que tenga quince años. Ahí es cuando Kamalama tendrá que morir. Después de su muerte, él brillará como una estrella en el firmamento.

 

Así fue. Kamalama era el adolescente más bello y valiente del pueblo. Todos lo amaban y su vida fluía, feliz y despreocupado. Inflado de orgullo, el mago Nkotsi le dijo a quien quisiera escuchar que su poderosa magia había sido correcta para los propósitos de los dioses. El Dios del Fuego estaba muy enojado con Nkotsi. Varias veces estuvo a punto de castigarlo por sus palabras sacrílegas, pero el padre de Kamalama logró persuadirlo: “Dios poderoso, no castigues al mago. Hizo todo lo posible para salvar a mi hijo de la mala suerte. Él no puede saber que es tu voluntad y no sus hechizos los que han decidido el destino de Kamalama.

 

“Quince años pasaron. La reputación de la magia de Nkotsi llegó al rey de este país. Llamó a Nkotsi a la capital con él. Estaba muy feliz con el honor que el rey le dio. Entonces fue a la gran ciudad, acompañado por Kamalama. Al presentarse ante el soberano, Nkotsi no se postró en el polvo como todos los demás, sino que permaneció de pie. El rey estaba indignado por tanta audacia: “¿Por qué no te postraste, hechicero? “¡Soy un hechicero demasiado poderoso para caer en el polvo ante ti, oh rey! Nkotsi respondió. La cara del rey se oscureció: “¿Y qué has logrado tan excepcional para considerarte un gran mago? “¿Qué logré? Esto por ejemplo! Nkotsi agarró la mano de Kamalama: “Este niño nació el día en que un terrible tornado arrasó el bosque. No sabes, Rey, que estaba condenado a morir un año después, antes de la llegada de la nueva estación lluviosa. Aun así, yo, el mejor mago de este país, he logrado obtener, gracias a un poderoso encanto, que él sigue vivo y que es hermoso y goza de buena salud. “La cara del rey permaneció oscura. De repente, Kamalama, que todavía no podía hablar delante de las mujeres, se dirigió a él: “¡No lo creas, oh rey! No fue él quien salvó mi vida, sino el Dios Fuego mismo, tío abuelo de mi tío. Por el contrario, mi padre salvó la vida del hechicero, cuya arrogancia y orgullo lo habrían matado durante mucho tiempo. “El rey entró en gran ira:” ¿Cómo te atreves a hablar así ante tu soberano? ¡Tu audacia le costará a los dos! Kamalama respondió: “Sé que voy a morir. Debo morir a los quince, y el mago Nkotsi morirá conmigo. Tú, orgulloso rey, vivirás por mucho tiempo, atormentado por la angustia y el terror. Con eso, Kamalama extendió sus brazos y cayó hacia atrás como golpeado por una lanza. El mago se desplomó en el mismo momento y le cortaron las piernas. Todo el mundo estaba asustado, el rey mismo temblaba como una hoja. Por la noche, encendió grandes fuegos funerarios. Antes de que los guerreros comiencen a bailar alrededor de los braseros, nuevas estrellas aparecieron en el firmamento. El más alto formó a un joven con los brazos extendidos, los más pequeños un montón como un cadáver acurrucado. Mostrando las estrellas, el rey exclamó: “¡Kamalama Nkotsi! “Él huye, aterrado. Desde ese día, la Cruz del Sur se nombra en esta constelación Kamalama Nkotsi.

La belleza de la vida. Georgia.

 

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En tiempos remotos vivía en Georgia una noble y prudente mujer, la reina Magdana, que gobernaba con justicia su rico y verde país. Al morir su esposo, su hijo Rostomel se convirtió en el único amor de su vida.  Sin embargo, con el tiempo y sin razón aparente, Rostomel se volvió taciturno y melancólico. Hasta que la buena reina ya no pudo soportar más la tristeza de su hijo y un día le preguntó:

-Hijo mío, dime qué pensamientos dolorosos roen tu cabeza, qué penas impiden que en tus labios se dibuje una sonrisa.

-Madre, me gustaría contestarle con otra pregunta: ¿dónde está mi padre?

-¿Tu padre? -preguntó sorprendida la reina-. Pero… hace mucho tiempo que ha muerto.

-¿Muerto? ¿Qué significa eso? -preguntó el príncipe con ansiedad.

-Hijo mío, todos nosotros procedemos de la tierra y a ella debemos volver un día. Llegará el momento en que la buena Madre Tierra nos recibirá de nuevo en su seno. Eso, hijo mío, es lo que significa morir.

-No entiendo. Así que Dios que nos ha dado la vida, ¿lo hizo para volvérnosla a quitar? No, eso no es posible. Tiene que haber en la tierra un lugar donde exista la vida eterna y personas que no conozcan la muerte. Iré en busca de ese lugar a encontrar la inmortalidad.

De este modo Rostomel inició su viaje por el mundo y visitó muchos países, aunque por ninguna parte encontró la tierra de la inmortalidad. Cierto día, después de andar leguas y leguas y meses y meses, llegó hasta el fin del mundo. Bajo un espléndido arco iris, un inmenso y maravilloso océano se extendía ante él. Y lejos, muy lejos en la ilimitada distancia, más allá del fin del arco iris, a través de una niebla dorada y rosácea, brillaba una luz divina y maravillosa. Parecía estar llamando a Rostomel, acariciaba su alma, hacía latir con fuerza su corazón y lo atraía hacia ella.

En un instante el extasiado príncipe fue transportado hasta la otra orilla. Se vio en un reluciente y deslumbrante palacio y ante él vio a la más hermosa doncella que nunca hubiera visto. No sabía quién podía ser, pero incluso las estrellas y los rayos del sol palidecían ante su deslumbrante belleza. Su voz llegó hasta él como el suave susurro del terciopelo sobre un lecho de seda.

-Bienvenido, Rostomel, a mi reino eterno. Nací el primer día de la creación y he de permanecer aquí hasta el fin de los tiempos. Mientras permanezcas a mi lado, la muerte no te podrá alcanzar. Lograrás la inmortalidad. Porque yo soy la Belleza de la Vida.

Rostomel se quedó muy a gusto. Pasaron mil años y él, sin cansarse nunca de la belleza de ella, no apartaba los ojos de su maravilloso rostro. Y pasaron más siglos. Pero, poco a poco, a lo largo de los tiempos, comenzó a dolerle el corazón, y un día le dijo a la hermosa diosa:

-Divina beldad, ¿cuántos años han pasado desde que vi por última vez a mi amada madre y las colinas y verdes valles de Georgia?

-¡Ah!, ya me doy cuenta -dijo la Belleza- de que la Madre Tierra no renuncia fácilmente a lo que le pertenece. Ve, pues; doblégate a la ley universal, cumple tu humano destino. Pero llévate este regalo en memoria mía: dos flores, una roja como la sangre y otra blanca como la leche. Si deseas vivir tu vida en la tierra otra vez para disfrutar los muchos años que has perdido contemplando mi belleza, no tienes más que oler la flor roja. Si llegas a entender la belleza de la muerte, lleva la flor blanca a tu nariz y aspira profundamente su olor.

Y tras despedirse de la divina Belleza de la Vida, Rostomel volvió a dirigir sus pasos por el camino por el que había llegado. Pero al llegar a su Georgia natal… ¿qué es lo que veía? No reconocía ni a una sola persona, ni una sola casa. Donde una vez hubo desiertos, se alzaban ahora pueblos y ciudades bulliciosas. Personas desconocidas vestidas de modo raro hablaban una extraña lengua y poblaban aquel país; y él no era capaz de entender lo que decían. Allí estaban las montañas conocidas donde había visto la luz por primera vez, donde había crecido, donde había abandonado a su amada madre.

Pero, ¿dónde estaba ella? ¿Dónde el castillo en que vivía la reina Magdana y desde el que gobernaba a su valeroso pueblo? Ahora todo estaba yermo, todo silencioso como una tumba y únicamente los bloques de piedra cubiertos de musgo eran testigos del, en otro tiempo, inmenso palacio.

Lentamente se acercó todavía un poco más y se encontró con un anciano curvado por el peso de los años. El anciano estaba sentado sobre la lápida de una tumba, murmurando una plegaria con labios temblorosos.

-Dime, padre santo -dijo Rostomel atropelladamente, interrumpiendo el rezo de aquel hombre-. ¿No es este el lugar donde en otro tiempo vivía Magdana, la gloriosa y gran reina que gobernaba a su pueblo con tanta justicia? Yo soy su hijo, el heredero del trono. Si mi madre ya no vive, entonces yo soy ahora el rey soberano.

-¿Magdana? ¿Magdana? -repitió el anciano-. Apenas puedo entender tus palabras, joven; no hablas nuestro idioma. Hablas igual que las antiguas crónicas. Hace tiempo que las estudié y por eso entiendo algo de lo que dices. ¿Magdana, dices? Sí, existe una leyenda, no sé si es cierta, que cuenta que vivió una gran reina hace miles de años. Si no recuerdo mal, se llamaba Magdana. Tenía un hijo -o, al menos, eso es lo que dice la leyenda- que se fue del reino y desapareció sin dejar huellas. Magdana murió con el corazón destrozado y, al cabo de muy poco tiempo, su reino se extinguió con ella.

El príncipe Rostomel guardó silencio mucho rato, mientras resbalaban por sus mejillas abundantes lágrimas de dolor. Por fin, alzó su lloroso rostro a los cielos y exclamó:

-¡Oh eterno secreto del tiempo! ¿Qué soy yo ahora? ¿Nada más que una leyenda olvidada?

Inmediatamente, sacó la flor roja, la acercó a su nariz y aspiró su fragante olor. Al instante envejeció; se convirtió en un anciano, débil y encorvado; sus vivos ojos se apagaron, su bronceada piel se secó y arrugó sobre sus viejos huesos. Ya no le quedaban fuerzas ni para llevar la mano hasta el bolsillo donde guardaba la flor blanca. Con un sordo murmullo llamó al viejo sacerdote:

-Pronto, padre, toma la flor blanca de mi bolsillo y acércala a mi nariz, para que pueda aspirar su fragancia y conocer por fin las misteriosas delicias de la muerte.

Rostomel murió. Lo enterraron y volvió a la tierra de donde había venido, y nadie molestó su sueño. Pero sobre su tumba crecen todos los años dos flores: una roja y otra blanca.

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La niña de nieve. Ucrania

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Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras
revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste.
Muchos, muchos años habían pasado y
habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus
cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y
querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en
la nieve.
Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo.
Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición.
No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos
zapatillas secándose junto al fuego.
El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y
batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor
del muñeco de nieve que acababan de hacer.
Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo,
tan gordo y pomposo era.
-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.
Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente,
el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.
-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.
Pero la anciana se rió de él.
-¿Qué dirían los vecinos?
Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado
viejos para jugar como niños.
-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé
de que nadie nos vea.
-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras,
Youshko, como siempre.
Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a
los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque
ahora ellos también se sentían casi como niños.
Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás
de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a
hacer el muñeco.
Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo
en que debía tener
casi el tamaño de un recién nacido.
Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos.
Ahora únicamente les faltaba la
cabeza para finalizar.
Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el
rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e
hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.
No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo
como dos niños.
De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto!
Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que
lesmiraban.
Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron
redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.
Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles
muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros.
Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la
forma de una bonita prenda blanca.
Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había
convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.
Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.
Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña,
toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se
agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el
otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.
Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales
pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro.
Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y,
ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente
a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.
Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las
bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también
podían haber sido parte del sueño.
Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa
junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se
miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera
un sueño.
De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la
chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a
la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana.
El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.
-¡Marusha!
-¡Youshko!
-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos
Snegorotchka.
La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar
se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la
niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.
Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su
cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior.
Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si
fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se
abrazaron y lloraron de alegría.
Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la
mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el
pueblo para reunir a los violinistas.
Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron,
bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas
hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos;
pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.
Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y
les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol,
tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer
todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma.
Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los
copos de nieve, primero
con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren
ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.
Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las
vidas de Marusha y Youshko.
Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se
retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La
tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros
del año anterior cantaban las canciones de este año.
Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido
acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los
prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo
envolvía:
«Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el
estirón definitivo para poder expandirse libre.»
Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la
sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad.
El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo
parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando
alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente
era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba
la verde hierba y el follaje de los árboles.
Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus
ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.
-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.
-No, padre
-respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve!
La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra
vez.
-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso
no te gustan las hojas de los árboles y las flores?
-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.
Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres
se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.
-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.
Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.
-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están
todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos.
¿Por qué, querida mía?
-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el
suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.
-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y
te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te
diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..
Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a
la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos
cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la
Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se
dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.
De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante
rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos
y lanzó un grito de dolor.
Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos
del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban
lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.
Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de
Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita- era una gota de rocío brillando sobre la
hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió
con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.
En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron
que su pequeña y querida niña estaba hecha de nieve y al fin se derritió.

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Un niño en el seno de su madre… Sufi

Bismillah…

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Dice un viejo cuento sufí que cuando un niño está en el seno de su madre tiene todo el conocimiento del mundo.

Sabe cuántas estrellas hay en el firmamento, cuántas gotas hay en el mar y cuántos granos de arena en el desierto.

Conoce los misterios del cielo y las estrellas, y conoce hasta la última letra de la Torah. No hay misterio sobre la faz de la tierra que desconozca, ni misterio en el cielo o en el mar que no pueda resolver.

Pero cuando está a punto de nacer, su ángel de la guarda baja del cielo y colocando un dedo sobre sus labios sella todo su conocimiento dentro de él, y le susurra una sola palabra:

Aprende

 

 

 

 

 

Talleres de verano Enero 2018

TALLERES DE VERANO!!! CUENTOS + CULTURA.

DOS TALLERES PARA COMPARTIR EN ENERO

ENTREGA DE CERTIFICADOS Y MUESTRA EN VICENTE EL ABSURDO. JULIÁN ALVAREZ 1886.
Taller 1:
CUENTOS JAPONESES.

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AUTOR Y TRADICIÓN ORAL.

CUENTOS PARA COMPARTIR DE ESTA RIQUÍSIMA Y HONORABLE CULTURA.

NO HACE FALTA EXPERIENCIA PREVIA.

DÍAS DE TALLER:

JUEVES 4 Y VIERNES 5 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ALVAREZ 1886

SÁBADO 6 DE 10 A 12. 30 HS. EN AV. CÓRDOBA 1646

MUESTRA: SÁBADO 13 A LAS 18 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886

( VICENTE EL ABSURDO)
Taller 2:

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TALLER DE CUENTOS DEL DESIERTO.

TRADICIÓN ORAL.

LA ELOCUENCIA Y LA ESTÉTICA DE LA CULTURA DEL DESIERTO.

LA LEY DE LA HOSPITALIDAD Y LA SABIDURIA DE LOS PADRES DEL DESIERTO

CUENTOS PARA COMPARTIR.

DÍAS DE TALLER:

JUEVES 11 Y VIERNES 12 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886

SÁBADO 13 DE 10 A 12.30 HS. EN AV. CÓRDOBA 1646

MUESTRA

JUEVES 18 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886 (VICENTE EL ABSURDO)
Para participar de la muestra y recibir los certificados se necesita tener un mínimo de dos clases completadas.

COSTO DE CADA TALLER $ 800
MI nombre es Pedro Parcet. Los que me conocen bien saben que no me gusta hablar de mí.

Estoy muy ocupado para seguir aprendiendo de todos los que me puedan aportar algun conocimiento.

Por eso los invito, los convoco para compartir esta experiencia.

Hace muchos años que me dedico a aprender de otros y pienso seguir asi.

Visita http://www.talleresdenarracionoral.com

Allí hay cuentos, fotos, notas y mucha información sobre nuestra escuela:

ESSENNA. Escuela Sensible de Narración.

Te esperamos.

Por respeto. Necesito que se anoten con compromiso de participar.

Las vacantes son limitadas

 

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