SAMOU- LA MISERIA. MALI

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En Dougoulina vivía un viejo campesino. Él era pobre e infeliz. Se llamaba Samou- La miseria.

 

Tenía una mujer enfermiza y dos niños débiles.

 

Samou fue muy trabajador.

Cada año sembraba, pero la sequía o los pájaros saqueadores derribaban sus esfuerzos.

Samou decidió ir a las minas de oro de Koulikoro. Cavó innumerables pozos, pero no vio el más leve destello.

Hambrienta, su esposa enfermó y murió y Samou también murió unas semanas más tarde.

 

Sus hijos fueron considerados malditos.

Se convirtieron en mendigos. Todas las puertas se cerraron cuando se acercaban.

 

Los dos niños pequeños fueron al bosque, que se convirtió en su madre adoptiva.

 

Los niños se veían bien de nuevo. Pero durante la noche, lloraban por el abandono de los hombres.

Una mañana los niños fueron despertados por un trueno. El mayor le dijo a su hermano menor:

 

– » Que hacer ? »

 

– «Hagámoslo como nuestro padre». Vamos a cantar su canción mágica »

 

– «Oh lluvia benéfica, mensajero de la felicidad, riega todas las tierras, pero no riegues las tierras de Dougoulina, el pueblo de las malas personas».

 

Tan pronto como los niños profirieron el lamento, la masa de nubes se balanceó y se fue a regar otras tierras.

 

Esta primera lluvia perdida preocupó a la gente. Pero el jefe dijo:

 

– «Bueno, es solo al principio de la temporada de lluvia, ya vendrá otra lluvia.

 

Durante las siguientes semanas, los niños todavía cantaban la canción sagrada y la lluvia no caís en ese pueblo. Los habitantes estaban sufriendo. Poco a poco, el miedo se instaló.

 

Uno de los hombres dijo:

 

– «Los fetiches no han sido honrados, hay un maleficio».

 

Los animales domésticos fueron sacrificados. Pero la lluvia se negó a caer sobre Dougoulina …

 

Los aldeanos se acusaban mutuamente. Hubo peleas. Pero la lluvia no cayó.

 

Un día llegó un cazador de otras tierras y fue bien recibido y dijo:

 

– «Soy un cazador. Sé perfectamente el secreto, qué es lo que sucede.

 

Ustedes son los verdaderos responsables de sus desgracias. En el próximo trueno, saldré con los hombres de este pueblo e iremos al bosque.

 

Al día siguiente cruzaron el monte y llegaron al bosque. Se agazaparon y esperaron.

Tronó.

Aparecieron en el claro del bosque dos niños desnudos como gusanos. Se enfrentaron a las nubes y cantaron.

 

Una vez más, la masa de nubes se fue. El cazador salió del bosque con una gran sonrisa hacia los niños.

Les presentó dos grandes pedazos de carne. Los niños dudaron y luego comieron.

 

«Vístanlos  ¡Cuídenlos bien! dijo.

 

Los niños fueron tratados como importantes y fueron llevados al pueblo.

Cuando el trueno retumbó, llegaron a la plaza pública, sus ojos se llenaron de lágrimas y cantaron:

 

«Oh lluvia benéfica, mensajera de felicidad, riega las tierras de Dougoulina que trata bien a sus huérfanos».

 

En la memoria de un anciano no se recuerda que Dougoulina haya recibido tal aguacero.

 

Desde ese día, se dice el proverbio

 

Bambara: «El hombre llega a las manos de los hombres y pasa a manos de los hombres».

La Cruz de Sur -Sudáfrica cuento

 

picsart_08-06-07-1799482263.jpgEl día en que nació el pequeño Kamalama, una terrible tormenta arrasó el bosque. Los relámpagos surcaron el cielo, los rayos cayeron, los árboles cayeron.

Se dice que un destino siniestro le espera al niño que nace durante tal tornado, y que morirá antes de que pase un año antes de la nueva estación lluviosa. Esta es la razón por la cual el mago Nkotsi pasó toda la noche haciendo magia: quería evitar el hechizo maligno que colgaba sobre el recién nacido. Nkotsi era considerado un poderoso mago, famoso por su arte en todo el país. Desafortunadamente, como él fue el primero en difundir estos ruidos, el padre de Kamalama no confiaba en él. Entonces decidió invocar directamente al mismísimo Dios del Fuego, que era el tío abuelo de su tío.

 

Él oró fervientemente para salvar a su hijo. El Dios Fuego le dice: “Protegeré a tu hijo, pero no tengo el poder de frustrar el destino. No morirá dentro de un año, antes de la nueva estación de lluvias, y vivirá feliz hasta que tenga quince años. Ahí es cuando Kamalama tendrá que morir. Después de su muerte, él brillará como una estrella en el firmamento.

 

Así fue. Kamalama era el adolescente más bello y valiente del pueblo. Todos lo amaban y su vida fluía, feliz y despreocupado. Inflado de orgullo, el mago Nkotsi le dijo a quien quisiera escuchar que su poderosa magia había sido correcta para los propósitos de los dioses. El Dios del Fuego estaba muy enojado con Nkotsi. Varias veces estuvo a punto de castigarlo por sus palabras sacrílegas, pero el padre de Kamalama logró persuadirlo: “Dios poderoso, no castigues al mago. Hizo todo lo posible para salvar a mi hijo de la mala suerte. Él no puede saber que es tu voluntad y no sus hechizos los que han decidido el destino de Kamalama.

 

“Quince años pasaron. La reputación de la magia de Nkotsi llegó al rey de este país. Llamó a Nkotsi a la capital con él. Estaba muy feliz con el honor que el rey le dio. Entonces fue a la gran ciudad, acompañado por Kamalama. Al presentarse ante el soberano, Nkotsi no se postró en el polvo como todos los demás, sino que permaneció de pie. El rey estaba indignado por tanta audacia: “¿Por qué no te postraste, hechicero? “¡Soy un hechicero demasiado poderoso para caer en el polvo ante ti, oh rey! Nkotsi respondió. La cara del rey se oscureció: “¿Y qué has logrado tan excepcional para considerarte un gran mago? “¿Qué logré? Esto por ejemplo! Nkotsi agarró la mano de Kamalama: “Este niño nació el día en que un terrible tornado arrasó el bosque. No sabes, Rey, que estaba condenado a morir un año después, antes de la llegada de la nueva estación lluviosa. Aun así, yo, el mejor mago de este país, he logrado obtener, gracias a un poderoso encanto, que él sigue vivo y que es hermoso y goza de buena salud. “La cara del rey permaneció oscura. De repente, Kamalama, que todavía no podía hablar delante de las mujeres, se dirigió a él: “¡No lo creas, oh rey! No fue él quien salvó mi vida, sino el Dios Fuego mismo, tío abuelo de mi tío. Por el contrario, mi padre salvó la vida del hechicero, cuya arrogancia y orgullo lo habrían matado durante mucho tiempo. “El rey entró en gran ira:” ¿Cómo te atreves a hablar así ante tu soberano? ¡Tu audacia le costará a los dos! Kamalama respondió: “Sé que voy a morir. Debo morir a los quince, y el mago Nkotsi morirá conmigo. Tú, orgulloso rey, vivirás por mucho tiempo, atormentado por la angustia y el terror. Con eso, Kamalama extendió sus brazos y cayó hacia atrás como golpeado por una lanza. El mago se desplomó en el mismo momento y le cortaron las piernas. Todo el mundo estaba asustado, el rey mismo temblaba como una hoja. Por la noche, encendió grandes fuegos funerarios. Antes de que los guerreros comiencen a bailar alrededor de los braseros, nuevas estrellas aparecieron en el firmamento. El más alto formó a un joven con los brazos extendidos, los más pequeños un montón como un cadáver acurrucado. Mostrando las estrellas, el rey exclamó: “¡Kamalama Nkotsi! “Él huye, aterrado. Desde ese día, la Cruz del Sur se nombra en esta constelación Kamalama Nkotsi.

La belleza de la vida. Georgia.

 

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En tiempos remotos vivía en Georgia una noble y prudente mujer, la reina Magdana, que gobernaba con justicia su rico y verde país. Al morir su esposo, su hijo Rostomel se convirtió en el único amor de su vida.  Sin embargo, con el tiempo y sin razón aparente, Rostomel se volvió taciturno y melancólico. Hasta que la buena reina ya no pudo soportar más la tristeza de su hijo y un día le preguntó:

-Hijo mío, dime qué pensamientos dolorosos roen tu cabeza, qué penas impiden que en tus labios se dibuje una sonrisa.

-Madre, me gustaría contestarle con otra pregunta: ¿dónde está mi padre?

-¿Tu padre? -preguntó sorprendida la reina-. Pero… hace mucho tiempo que ha muerto.

-¿Muerto? ¿Qué significa eso? -preguntó el príncipe con ansiedad.

-Hijo mío, todos nosotros procedemos de la tierra y a ella debemos volver un día. Llegará el momento en que la buena Madre Tierra nos recibirá de nuevo en su seno. Eso, hijo mío, es lo que significa morir.

-No entiendo. Así que Dios que nos ha dado la vida, ¿lo hizo para volvérnosla a quitar? No, eso no es posible. Tiene que haber en la tierra un lugar donde exista la vida eterna y personas que no conozcan la muerte. Iré en busca de ese lugar a encontrar la inmortalidad.

De este modo Rostomel inició su viaje por el mundo y visitó muchos países, aunque por ninguna parte encontró la tierra de la inmortalidad. Cierto día, después de andar leguas y leguas y meses y meses, llegó hasta el fin del mundo. Bajo un espléndido arco iris, un inmenso y maravilloso océano se extendía ante él. Y lejos, muy lejos en la ilimitada distancia, más allá del fin del arco iris, a través de una niebla dorada y rosácea, brillaba una luz divina y maravillosa. Parecía estar llamando a Rostomel, acariciaba su alma, hacía latir con fuerza su corazón y lo atraía hacia ella.

En un instante el extasiado príncipe fue transportado hasta la otra orilla. Se vio en un reluciente y deslumbrante palacio y ante él vio a la más hermosa doncella que nunca hubiera visto. No sabía quién podía ser, pero incluso las estrellas y los rayos del sol palidecían ante su deslumbrante belleza. Su voz llegó hasta él como el suave susurro del terciopelo sobre un lecho de seda.

-Bienvenido, Rostomel, a mi reino eterno. Nací el primer día de la creación y he de permanecer aquí hasta el fin de los tiempos. Mientras permanezcas a mi lado, la muerte no te podrá alcanzar. Lograrás la inmortalidad. Porque yo soy la Belleza de la Vida.

Rostomel se quedó muy a gusto. Pasaron mil años y él, sin cansarse nunca de la belleza de ella, no apartaba los ojos de su maravilloso rostro. Y pasaron más siglos. Pero, poco a poco, a lo largo de los tiempos, comenzó a dolerle el corazón, y un día le dijo a la hermosa diosa:

-Divina beldad, ¿cuántos años han pasado desde que vi por última vez a mi amada madre y las colinas y verdes valles de Georgia?

-¡Ah!, ya me doy cuenta -dijo la Belleza- de que la Madre Tierra no renuncia fácilmente a lo que le pertenece. Ve, pues; doblégate a la ley universal, cumple tu humano destino. Pero llévate este regalo en memoria mía: dos flores, una roja como la sangre y otra blanca como la leche. Si deseas vivir tu vida en la tierra otra vez para disfrutar los muchos años que has perdido contemplando mi belleza, no tienes más que oler la flor roja. Si llegas a entender la belleza de la muerte, lleva la flor blanca a tu nariz y aspira profundamente su olor.

Y tras despedirse de la divina Belleza de la Vida, Rostomel volvió a dirigir sus pasos por el camino por el que había llegado. Pero al llegar a su Georgia natal… ¿qué es lo que veía? No reconocía ni a una sola persona, ni una sola casa. Donde una vez hubo desiertos, se alzaban ahora pueblos y ciudades bulliciosas. Personas desconocidas vestidas de modo raro hablaban una extraña lengua y poblaban aquel país; y él no era capaz de entender lo que decían. Allí estaban las montañas conocidas donde había visto la luz por primera vez, donde había crecido, donde había abandonado a su amada madre.

Pero, ¿dónde estaba ella? ¿Dónde el castillo en que vivía la reina Magdana y desde el que gobernaba a su valeroso pueblo? Ahora todo estaba yermo, todo silencioso como una tumba y únicamente los bloques de piedra cubiertos de musgo eran testigos del, en otro tiempo, inmenso palacio.

Lentamente se acercó todavía un poco más y se encontró con un anciano curvado por el peso de los años. El anciano estaba sentado sobre la lápida de una tumba, murmurando una plegaria con labios temblorosos.

-Dime, padre santo -dijo Rostomel atropelladamente, interrumpiendo el rezo de aquel hombre-. ¿No es este el lugar donde en otro tiempo vivía Magdana, la gloriosa y gran reina que gobernaba a su pueblo con tanta justicia? Yo soy su hijo, el heredero del trono. Si mi madre ya no vive, entonces yo soy ahora el rey soberano.

-¿Magdana? ¿Magdana? -repitió el anciano-. Apenas puedo entender tus palabras, joven; no hablas nuestro idioma. Hablas igual que las antiguas crónicas. Hace tiempo que las estudié y por eso entiendo algo de lo que dices. ¿Magdana, dices? Sí, existe una leyenda, no sé si es cierta, que cuenta que vivió una gran reina hace miles de años. Si no recuerdo mal, se llamaba Magdana. Tenía un hijo -o, al menos, eso es lo que dice la leyenda- que se fue del reino y desapareció sin dejar huellas. Magdana murió con el corazón destrozado y, al cabo de muy poco tiempo, su reino se extinguió con ella.

El príncipe Rostomel guardó silencio mucho rato, mientras resbalaban por sus mejillas abundantes lágrimas de dolor. Por fin, alzó su lloroso rostro a los cielos y exclamó:

-¡Oh eterno secreto del tiempo! ¿Qué soy yo ahora? ¿Nada más que una leyenda olvidada?

Inmediatamente, sacó la flor roja, la acercó a su nariz y aspiró su fragante olor. Al instante envejeció; se convirtió en un anciano, débil y encorvado; sus vivos ojos se apagaron, su bronceada piel se secó y arrugó sobre sus viejos huesos. Ya no le quedaban fuerzas ni para llevar la mano hasta el bolsillo donde guardaba la flor blanca. Con un sordo murmullo llamó al viejo sacerdote:

-Pronto, padre, toma la flor blanca de mi bolsillo y acércala a mi nariz, para que pueda aspirar su fragancia y conocer por fin las misteriosas delicias de la muerte.

Rostomel murió. Lo enterraron y volvió a la tierra de donde había venido, y nadie molestó su sueño. Pero sobre su tumba crecen todos los años dos flores: una roja y otra blanca.

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La niña de nieve. Ucrania

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Sentada en el rincón de la chimenea, la anciana suspiraba quedamente mientras
revolvía la sopa: nunca se había sentido tan triste.
Muchos, muchos años habían pasado y
habían dejado el peso de los inviernos sobre sus hombros y habían encanecido sus
cabellos sin traerle siquiera un hijito. Tanto a ella como a su viejo y
querido esposo les apenaba su falta, porque fuera había muchos niños jugando en
la nieve.
Les resultaba duro aceptar que ninguno fuera en verdad el suyo.
Pero, ¡ay!, ahora ya no les quedaban esperanzas de obtener tal bendición.
No verían nunca un gorrito de piel colgado de la repisa de la chimenea, ni dos
zapatillas secándose junto al fuego.
El anciano trajo un haz de leña y se sentó. Luego, mientras oía a los niños reírse y
batir palmas, miró por la ventana. Allí estaban, bailando alegremente alrededor
del muñeco de nieve que acababan de hacer.
Se sonrió al ver el evidente parecido que el muñeco tenía con el alcalde del pueblo,
tan gordo y pomposo era.
-Mira, Marusha -le dijo a su mujer-. Ven a ver el muñeco que han hecho.
Juntos ante la ventana, se rieron al ver cuánto se divertían los niños. De repente,
el anciano se volvió hacia Marusha con una brillante idea.
-Salgamos a ver si nosotros también podemos hacer un muñequito de nieve.
Pero la anciana se rió de él.
-¿Qué dirían los vecinos?
Se burlarían de nosotros, seríamos el hazmerreír del pueblo. Ya somos demasiado
viejos para jugar como niños.
-Sólo uno pequeño, Marusha, solamente un muñeco pequeñín. Yo me ocuparé
de que nadie nos vea.
-De acuerdo, de acuerdo –dijo ella riéndose-, haremos lo que quieras,
Youshko, como siempre.
Dicho esto, apartó la olla del fuego, se puso un gorro y salieron. Al pasar junto a
los niños, se detuvieron y se quedaron jugando un momento con ellos, porque
ahora ellos también se sentían casi como niños.
Luego avanzaron con dificultad por la nieve hasta llegar a un bosquecillo; y, detrás
de él, allí donde la nieve era blanca y hermosa y nadie podía verlos, se sentaron a
hacer el muñeco.
Youshko se empeñó en que debía ser muy pequeño y su mujer estuvo de acuerdo
en que debía tener
casi el tamaño de un recién nacido.
Arrodillados en la nieve, modelaron el cuerpecito en un abrir y cerrar de ojos.
Ahora únicamente les faltaba la
cabeza para finalizar.
Dos gordas bolas de nieve formaron las mejillas y el
rostro, y una muy grande la cabeza. Luego colocaron un puñado para la nariz e
hicieron dos agujeros, uno a cada lado, a modo de ojos.
No bien estuvo terminado, retrocedieron para mirarlo, riéndose y aplaudiendo
como dos niños.
De pronto, se detuvieron. ¿Qué había ocurrido? ¡Algo muy extraño, por cierto!
Allí donde estaban los agujeros, vieron dos melancólicos ojos azules que
lesmiraban.
Luego, el rostro del pequeño muñeco dejó de ser blanco. Las mejillas se volvieron
redondas, tersas y brillantes, y dos labios rosados comenzaron a sonreírles.
Un soplo de viento barrió la nieve de la cabeza, transformándola en unos bucles
muy rubios que escapaban de un blanco gorro de piel y caían sobre sus hombros.
Al mismo tiempo, un poco de nieve, resbalando por el cuerpecito, cayó y tomó la
forma de una bonita prenda blanca.
Luego, de repente y antes de que pudieran reaccionar, el muñeco se había
convertido en la más bella niñita que jamás hubieran visto.
Se miraron el uno al otro de soslayo e, incrédulos, se rascaron la cabeza.
Pero aquello era tan real como la vida misma. Allí ante ellos estaba de pie la niña,
toda de rosa y blanco. Estaba viva de verdad, pues corrió hacia ellos. Y cuando se
agacharon para alzarla, puso un brazo alrededor del cuello de la anciana y con el
otro cogió el del anciano y les dio a cada uno un beso y un abrazo.
Rieron y lloraron de felicidad y, luego, recordando súbitamente cuán reales
pueden parecer algunos sueños, se pellizcaron el uno al otro.
Aun así no se creyeron seguros, pues los pellizcos podían ser parte del sueño. Y,
ante el temor de despertarse y que se rompiera el encanto, arroparon rápidamente
a la pequeña y emprendieron el regreso a casa.
Por el camino encontraron a los niños, que todavía jugaban con su muñeco; las
bolas de nieve que les lanzaron por detrás eran muy reales, pero, aun así, también
podían haber sido parte del sueño.
Aunque cuando estuvieron dentro de la casa y vieron la chimenea, la olla de sopa
junto al fuego, el haz de leña a un costado y todo tal cual lo habían dejado, se
miraron con lágrimas en los ojos y ya no volvieron a temer que todo aquello fuera
un sueño.
De pronto, allí estaban el gorrito blanco de piel colgando de la repisa de la
chimenea y los zapatitos secándose al calor del fuego, mientras la anciana cogía a
la niña en su regazo y le cantaba suavemente una nana.
El anciano puso la mano sobre el hombro de su esposa y ella alzó la vista.
-¡Marusha!
-¡Youshko!
-¡Al fin tenemos una niñita! La sacamos de la nieve, así que la llamaremos
Snegorotchka.
La anciana asintió con la cabeza y luego se besaron. Cuando terminaron de cenar
se fueron a la cama seguros de que, por la mañana temprano, encontrarían a la
niña todavía con ellos. Y no se equivocaron.
Allí estaba, de pie entre los dos, parloteando y riéndose. Pero había crecido y su
cabello era ahora dos veces más largo que la noche anterior.
Cuando ella los llamó «papá» y «mamá», sintieron un placer tan grande como si
fueran jóvenes y estuvieran bailando ágilmente; pero, en lugar de bailar, se
abrazaron y lloraron de alegría.
Aquel día lo celebraron con un gran banquete. Marusha estuvo ocupada toda la
mañana cocinando todo tipo de delicias, mientras su marido daba vueltas por el
pueblo para reunir a los violinistas.
Todos los niños y las niñas del lugar fueron invitados; comieron, cantaron,
bailaron y se divirtieron hasta el amanecer. Mientras volvían a casa, las niñas
hablaban de lo bien que lo habían pasado, pero los niños estaban muy silenciosos;
pensaban en la bella Snegorotchka, con sus ojos azules y sus dorados cabellos.
Después de aquel día la pequeña de Marusha y Youshko jugó con los otros niños y
les enseñaba cómo hacer castillos y palacios de nieve con salones de mármol,
tronos y hermosas fuentes. Parecía que con la nieve y sus finos dedos podía hacer
todo lo que quisiera, como si se construyese ella misma.
Todos estaban encantados, y, sobre todo, cuando les enseñaba cómo bailaban los
copos de nieve, primero
con enérgicos remolinos y luego suave y delicadamente, ninguno podía pensaren
ninguna otra cosa que en la Niña de Nieve.
Era la pequeña reina mágica de los niños, la alegría de los mayores y la luz de las
vidas de Marusha y Youshko.
Pero ya se iban terminando los meses de invierno. Con pasos suaves y firmes se
retiraban de las cumbres de las montañas y se perdían detrás del horizonte. La
tierra comenzaba a cubrirse de verde, los árboles vestían su desnudez y los pájaros
del año anterior cantaban las canciones de este año.
Las flores tempranas derramaban su aroma en la brisa y una ráfaga de aire cálido
acariciaba las mejillas y alentaba una grata promesa en el aire. Los bosques, los
prados y las fuentes estaban inquietos y conmovidos y un nuevo espíritu todo lo
envolvía:
«Era como si la Primavera, amarrada durante el largo invierno, quisiese pegar el
estirón definitivo para poder expandirse libre.»
Una tarde, Marusha, sentada en el rincón de la chimenea, mientras revolvía la
sopa, cantaba una canción, pues nunca se había sentido tan llena de felicidad.
El anciano Youshko acababa de traer un haz de leña que dejó en el suelo. Todo
parecía igual que aquella tarde de invierno cuando vieron a los niños bailando
alrededor del muñeco de nieve; pero lo que hacía que ahora todo fuera diferente
era Snegorotchka, la luz de sus ojos, que, sentada junto a la ventana, contemplaba
la verde hierba y el follaje de los árboles.
Youshko, que la estaba mirando, se dio cuenta de que su rostro estaba pálido y sus
ojos tenían un tono menos azul de lo habitual.
-¿No te sientes bien, pequeña? -le preguntó.
-No, padre
-respondió con tristeza-. ¡Ay, añoro tanto la blanca nieve!
La hierba verde no es ni la mitad de bonita. Me gustaría que la nieve llegase otra
vez.
-Pues ¡claro que sí! La nieve llegará nuevamente -contestó el anciano-. ¿Acaso
no te gustan las hojas de los árboles y las flores?
-No son tan bonitas como la pura nieve blanca -y la niña tembló.
Al día siguiente ella tenía un aspecto tan triste y estaba tan pálida que sus padres
se asustaron y se dirigieron una mirada de inquietud.
-¿Qué le pasa a la niña? -dijo Marusha.
Youshko movió la cabeza mirando alternativamente a Snegorotchka y al fuego.
-Hija mía -dijo al fin-, ¿Por qué no sales a jugar con los demás niños? Están
todos divirtiéndose en el bosque; pero he notado que ahora nunca juegas con ellos.
¿Por qué, querida mía?
-Padre, no lo sé, pero mi corazón parece que se convierte en agua cuando el
suave y tibio viento me trae el perfume de las flores.
-Nosotros iremos contigo, hija mía -dijo el anciano-, pondré mi brazo sobre ti y
te protegeré del viento. Ven, te mostraremos todas las bellas flores del campo, te
diremos sus nombres y tú acabarás amándolas..
Marusha retiró la olla del fuego y los tres juntos salieron de casa. Youshko rodeó a
la niña con su brazo para protegerla del viento, pero no habían ido muy lejos
cuando el cálido perfume de las flores llegó hasta ellos flotando en la brisa, y la
Niña de Nieve tembló como una hoja. Los ancianos la besaron y consolaron y se
dirigieron al campo, al lugar donde crecían las flores más bonitas.
De repente, mientras atravesaban un bosquecillo de grandes árboles, un brillante
rayo de sol se cruzó como un dardo y Snegorotchka se puso la mano sobre los ojos
y lanzó un grito de dolor.
Se detuvieron y la miraron. Por un momento, mientras se desmayaba en brazos
del anciano, sus ojos se encontraron con los suyos. Y por su rostro se deslizaban
lágrimas que, al caer, brillaban a la luz del sol.
Y comenzó a volverse más y más pequeña, hasta que al fin todo lo que quedó de
Snegorotchka -Niña de Nieve, Nievecita- era una gota de rocío brillando sobre la
hierba, una lágrima que había caído en la corola de una flor. Youshko la recogió
con delicadez y, sin decir palabra, se la ofreció a Marusha.
En ese preciso momento los dos ancianos, Marusha y Youshko, comprendieron
que su pequeña y querida niña estaba hecha de nieve y al fin se derritió.

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Un niño en el seno de su madre… Sufi

Bismillah…

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Dice un viejo cuento sufí que cuando un niño está en el seno de su madre tiene todo el conocimiento del mundo.

Sabe cuántas estrellas hay en el firmamento, cuántas gotas hay en el mar y cuántos granos de arena en el desierto.

Conoce los misterios del cielo y las estrellas, y conoce hasta la última letra de la Torah. No hay misterio sobre la faz de la tierra que desconozca, ni misterio en el cielo o en el mar que no pueda resolver.

Pero cuando está a punto de nacer, su ángel de la guarda baja del cielo y colocando un dedo sobre sus labios sella todo su conocimiento dentro de él, y le susurra una sola palabra:

Aprende

 

 

 

 

 

Talleres de verano Enero 2018

TALLERES DE VERANO!!! CUENTOS + CULTURA.

DOS TALLERES PARA COMPARTIR EN ENERO

ENTREGA DE CERTIFICADOS Y MUESTRA EN VICENTE EL ABSURDO. JULIÁN ALVAREZ 1886.
Taller 1:
CUENTOS JAPONESES.

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AUTOR Y TRADICIÓN ORAL.

CUENTOS PARA COMPARTIR DE ESTA RIQUÍSIMA Y HONORABLE CULTURA.

NO HACE FALTA EXPERIENCIA PREVIA.

DÍAS DE TALLER:

JUEVES 4 Y VIERNES 5 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ALVAREZ 1886

SÁBADO 6 DE 10 A 12. 30 HS. EN AV. CÓRDOBA 1646

MUESTRA: SÁBADO 13 A LAS 18 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886

( VICENTE EL ABSURDO)
Taller 2:

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TALLER DE CUENTOS DEL DESIERTO.

TRADICIÓN ORAL.

LA ELOCUENCIA Y LA ESTÉTICA DE LA CULTURA DEL DESIERTO.

LA LEY DE LA HOSPITALIDAD Y LA SABIDURIA DE LOS PADRES DEL DESIERTO

CUENTOS PARA COMPARTIR.

DÍAS DE TALLER:

JUEVES 11 Y VIERNES 12 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886

SÁBADO 13 DE 10 A 12.30 HS. EN AV. CÓRDOBA 1646

MUESTRA

JUEVES 18 DE 18 A 20 HS. EN JULIÁN ÁLVAREZ 1886 (VICENTE EL ABSURDO)
Para participar de la muestra y recibir los certificados se necesita tener un mínimo de dos clases completadas.

COSTO DE CADA TALLER $ 800
MI nombre es Pedro Parcet. Los que me conocen bien saben que no me gusta hablar de mí.

Estoy muy ocupado para seguir aprendiendo de todos los que me puedan aportar algun conocimiento.

Por eso los invito, los convoco para compartir esta experiencia.

Hace muchos años que me dedico a aprender de otros y pienso seguir asi.

Visita http://www.talleresdenarracionoral.com

Allí hay cuentos, fotos, notas y mucha información sobre nuestra escuela:

ESSENNA. Escuela Sensible de Narración.

Te esperamos.

Por respeto. Necesito que se anoten con compromiso de participar.

Las vacantes son limitadas

 

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Les sept plumes de l’aigle.

 

FB_IMG_1505663757547-01.jpegLos indios distinguen dos clases de recuerdos: los fríos y los calientes. A los calientes los llaman memorias. Los recuerdos fríos están hechos de informaciones. Dicen lo que saben y nada más.

Los cultivan, los acumulan. Con ellos hacen temibles instrumentos.

Los primitivos también saben utilizarlos, pero no los aprecian sino como huellas muertas. Prefieren las memorias calientes, los instantes que sobreviven del pasado que evocamos, con su carga de dolor, sus alegrías.

LA CABEZA RECUERDA, LOS SENTIDOS TIENEN MEMORIA.

LLENAR DE CONOCIMIENTOS INÚTILES, DE COCOS E INQUISIDORES ES NUTRIRLO DE BASURA.

Henri Gougaud.

Así se cuenta a veces. Con gente que tiene cara de memoria, de libro en vez de tener verdaderamente sensibilidad.

Creando sus propias prisiones, pretendiendo aprisionar el pensamiento ajeno.

No es cuestión de pretender hacer una buena tarea. Con hacer la tarea y aprender en el camino es suficiente.

Pedro Parcet.

El oso juez. Cuento de Estonia.

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Hace un tiempo atrás, entre algunos animales, el lobo, el zorro, el gato y la liebre, surgió un día una disputa, y no había forma de que pudiesen llegar a un acuerdo. Así, decidieron llamar al oso para que hiciera de juez y resolviera su disputa. El oso llegó y preguntó.

— ¿Por qué han discutido?

—Estábamos discutiendo sobre cuántos recursos tiene cada uno de nosotros para poder salvar la vida en un momento de peligro —contestaron los otros.

—Bien, ¿cuántos recursos conoces tú?—preguntó el oso al lobo.

—Cien —respondió éste.

— ¿Y tú? —preguntó el oso al zorro.

—Mil —contestó éste.

— ¿Cuántos conoces tú? —preguntó el oso a la liebre.

—Yo sólo tengo mis ágiles carreras —repuso ésta.

Por último, el oso preguntó al gato:

— ¿Conoces tú muchas escapatorias?

—No conozco más que una —respondió el gato.

Entonces, al oso se le ocurrió poner a prueba a cada uno de ellos para ver por qué medios se salvarían en un momento de peligro. Se arrojó de repente sobre el lobo y tanto lo apretó que lo dejó medio muerto. El zorro echó a correr rápidamente en cuanto vio lo que le había pasado al lobo, pero el oso aún pudo agarrarlo de la punta de la cola; por eso, aún hoy el zorro tiene una mancha blanca en la cola. La liebre, ágil en su carrera, emprendió la huida a toda velocidad. El gato trepó a un árbol y, una vez arriba, empezó a cantar:

—Al que conocía los cien recursos lo han alcanzado. Al que conocía los mil lo han mutilado. La de las largas patas todavía tiene que seguir corriendo. Y el que sólo conoce una escapatoria está en el árbol en terreno seguro.

A veces uno es mejor que mil.

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La hija del pescador. Filipinas.

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El golfo de Lingayen, en la provincia de Pengasinia, es muy hermoso, pero tras su deslumbrante belleza se esconde el peligro. En el golfo hay un remolino que de pronto puede tragarse los cuerpos de los nadadores hasta las profundidades del mar. Todos los años alguien se ahoga en este remolino. Se dice que el dios del golfo exige una vida cada año, desde que la hija de un pescador se negó a permanecer con él.

Hace mucho tiempo, antes de que los españoles fueran a gobernar a Filipinas, vivía allí un pobre pescador con su mujer y su única hija. La niña vivía feliz y era muy alegre. Se llamaba Maliket. Todas las mañanas, cuando sus padres se levantaban, encontraban preparado su desayuno de pescado frito, arroz hervido y una bebida caliente que ella misma elaborada con arroz molido.

– ¿Qué haríamos sin ella? – se preguntaban los ancianos padres cuando veían a su hija preparando sus comidas y lavando sus vestidos. Les encantaba verla correr por la playa. Ella adoraba salir a pescar con su pequeña barca de madera, buscar calas escondidas y explorar grutas solitarias. Una tarde, cuando volvió a casa, llevaba en sus manos una extraña alga marina que había encontrado.

– ¿Dónde has encontrado esa alga? – preguntó su padre.

– He descubierto una maravillosa gruta donde bañarme. Creo que soy la primera persona que ha puesto los pies allí. Está en la base de aquella montaña – dijo Maliket señalando una rocosa montaña que se veía a lo lejos-.

– ¡Ese lugar es muy malo! – dijo el padre preocupado -. Se dice que Maksil, el dios de ese golfo, gusta de echarse allí la siesta. Y castiga al mortal que se atreva a turbar su paz. Prométeme que nunca más volverás a esa cueva.

Maliket se echó a reír.

– Padre, allí no hay ningún dios durmiendo la siesta, sólo he visto peces y pájaros. Pero si no quieres que vuelva, no iré más.

Pero Maksil, el dios del golfo, había visto a la niña bañándose en su cueva. Acababa de perder su única hija y deseaba que Maliket ocupara su puesto. Así que llamó a su sirviente el pulpo gigante, y le ordenó que condujera a la niña hacia su gruta cuando saliera a la mar con su barca. Y al día siguiente, cuando Maliket salió a pescar, sin saber cómo, se encontró remando hasta la gruta escondida. Trató de desviar el curso, pero no pudo. Muy pronto, la barca estuvo en la gruta y fue conducida por el interior de un pasillo largo y profundo, como un túnel. Al principio, la niña se asustó, pero pronto perdió el miedo porque el paisaje marino era maravilloso. Flores de todos los colores y árboles frutales con espléndidos frutos colgantes de sus ramas crecían en aquel lugar. Bajo el agua en calma se veían peces de muchas formas. Hablaban y reían como los seres humanos y Maliket comprobó extrañada que los podía entender.

– Buenos días, Maliket. Quédate con nosotros y serás muy feliz – le decían extendiendo las manos.

Y de pronto se escuchó un ruido sordo, como el de del chasquido de un látigo, y todos los peces desaparecieron. Aterrorizada, la niña cogió el remo, pero antes de que pudiera usarlo, la barca encalló en la orilla y ella fue arrojada sobre el suelo suave y musgoso.

Cuando levantó la vista vio una figura muy grande, como de bronce, medio hombre y medio pez. Estaba sentado en un tronco, y llevaba una corona brillante y un cetro magnífico de plata que tenía forma de anguila.

– No te asustes, Maliket – dijo el extraño con voz cavernosa y grave.

– Soy Maksil, el dios del golfo. Te he traído aquí para que ocupes el puesto de mi hija que está muerta. Tendrás todo lo que desees.

– Pero mis padres me echarán de menos – gimió Maliket – Por favor, por favor, déjeme marchar a casa.

– ¡Eso es imposible! – bramó Maksil. Y el suelo del fondo del mar tembló debido a la furia del dios del golfo.

Maliket se resistió, pero enseguida aparecieron dos sirenas para llevarse a la niña. La bañaron y le pusieron un vestido de plata. La cubrieron de flores y de piedras preciosas y la condujeron a palacio. Allí intentaron entretenerla con mil juegos y piruetas, pero Maliket sólo pensaba en su familia. Su aya, Akulaw, un ser humano también raptado por el dios, se encontró a la niña llorando desconsoladamente.

– Comprendo tus sentimientos, porque yo también fui traída a la fuerza. Era entonces muy joven. Ahora ya soy vieja y no he vuelto a ver a mi familia – dijo a la niña.

– Por favor, ayúdame a volver a mi casa- le suplicó angustiada Maliket.

– No puedo. Ahora soy vieja y no tengo poder contra el dios. Pero escúchame con atención: esta noche vendré a buscarte y te ayudaré a escapar, pero en alta mar tendrás que arreglártelas sola. Aquella noche, Akilaw puso unos polvos de dormir en la bebida del pulpo gigante. Luego condujo a Maliket fuera de palacio, por corredores secretos, hasta donde estaba escondida la barca. Akulaw la ayudó a conducir la barca a través del túnel submarino hacia el mar abierto. Luego, la dejó sola. Cuando el dios del golfo descubrió que la niña se había escapado, envió al pulpo gigante para que la trajera de nuevo al palacio, pero éste, debido a los polvos de dormir, no nadaba tan rápido como antes y no consiguió alcanzar la barca, que ya se acercaba a la orilla.

Maksil, el dios del golfo, se enfadó tanto con el pulpo que le ordenó:

– De ahora en adelante tendrás que ir a la orilla cada año y traerme una niña. Algún día encontraré alguna que pueda ocupar el hueco que dejó mi hija.

Por eso, cada año, una joven doncella es arrastrada por el gran pulpo a las profundidades del océano, mientras un enorme torbellino se eleva en el mar.

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El sastre y el jorobado. Pakistán

 

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Había en los tiempos antiguos un sastre rico y muy dado a la diversión y al jaleo, que acostumbraba a salir de paseo con su mujer en busca de distracciones raras. Un día, cuando volvían a casa, se encontraron en el camino con un jorobado. Tras un rato de conversación, le invitaron a cenar con ellos.

Ya en la casa, la mujer del sastre tomó un poco de pescado y una rebanada de pan y se la ofreció al jorobado diciendo:

– ¡Por Alá! ¡Tienes que tragarlo sin masticar! Y como el pescado tenía una espina muy dura, el hombre se atragantó y murió al instante.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? – dijo el sastre.

Tomó la mujer al jorobado, lo envolvió en un paño de seda y dijo a su marido:

– ¡Échate al muerto a la espalda! Yo iré contigo, diremos que es nuestro hijo enfermo. En la calle, la mujer iba gritando:

– ¡Hijo mío! ¿Cómo podemos salvarte? Has cogido la viruela y queremos curarte.

Al escuchar esto, todo el que pasaba se alejaba corriendo. Llamaron a la puerta de un médico judío. Una esclava abrió la puerta y dijo:

– ¿Qué queréis a estas horas?

– Traemos a nuestro hijo para que lo vea el médico. Toma estos cuatro dinares, dáselos a tu amo y dile que baje a ver al muchacho.

Subió la esclava a avisar al médico. El sastre y su mujer abandonaron al jorobado en el zaguán y salieron huyendo. Cuando el médico vio los cuatro dinares se alegró mucho y no puso reparo en levantarse de la cama para asistir al enfermo. A oscuras bajó la escalera y, al llegar al zaguán, tropezó con el cuerpo del jorobado, haciéndolo rodar por el suelo.

– ¡Por Dios! ¡Tropecé con el enfermo y lo maté! ¿Qué voy a hacer ahora? Cogió al muerto y lo subió a la alcoba para contarle a su mujer lo ocurrido.

– No podemos tenerlo en casa. Si lo encuentran aquí será nuestra perdición. Lo cogeremos entre los dos y lo subiremos a la azotea. Desde allí lo arrojaremos a casa de nuestro vecino el musulmán. Su casa está infestada de ratas, perros y gatos. Esos bichos no tardarán en comerse al muerto.

Y allí lo dejaron, apoyado en la pared de la cocina. Al poco rato llegó el vecino con una vela encendida. Al ver al hombre echado sobre el suelo exclamó:

– ¡Por Alá que el que robaba la carne y la manteca de mi despensa no era perro ni gato, sino un ser humano! ¡Pues te vas a enterar!

Y diciendo esto tomó una estaca y comenzó a apalear al presunto ladrón. Luego, cuando lo miró de cerca, vio que estaba muerto. Temiendo por su suerte, se cargó al muerto a la espalda y salió de su casa. Como ya despuntaba al alba, caminó sin detenerse hasta el zoco. Y allí lo dejó, arrimado junto al muro de una tienda. No había transcurrido mucho tiempo cuando pasó por aquel lugar un cristiano, completamente borracho. Tambaleándose, fue a arrimarse a la pared, pues quería orinar, y cuál fue su sorpresa cuando se topó con el cuerpo del jorobado. Como le habían robado el turbante, pensó que aquél era otro ladrón de turbantes y le propinó un puñetazo en el pecho. Y, a continuación, de puro borracho que estaba, comenzó a gritar. En seguida apareció el guarda del zoco y se encontró al cristiano apaleando al jorobado.

– ¡Deja a ese hombre en paz!

Y al levantar el cuerpo del suelo vio que estaba muerto! Prendió al cristiano y se lo llevó a casa del juez. Al cristiano ya se le había pasado la borrachera, y en el camino iba diciendo:

– ¡Ay, Virgen Santa! ¿Cómo he podido matarlo con tan pocos golpes?

Cuando llegó la mañana, el juez interrogó al cristiano. Y como éste no pudo negar los hechos, le condenó a la horca. Al rato llegó el verdugo y cuando ya se disponía a atarlo llegó el musulmán corriendo y gritando:

– ¡Detente! ¡Yo fui quien mató a ese hombre!

Y así el musulmán confesó ante el juez cómo había encontrado al hombre en su casa, y creyendo que era un ladrón le dio un garrotazo en el pecho y lo mató, dejándolo luego abandonado en el zoco. Al escuchar el juez aquellas palabras, mandó soltar al cristiano y le dijo al verdugo:

– ¡Ahorca a este otro!

Y el verdugo le quitó la cuerda al cristiano y se la puso al musulmán. Y cuando ya se disponía a atarlo al palo se presentó el judío, gritando al verdugo:

– ¡Detente! Yo fui quien mató a ese hombre. Lo trajeron a mi casa para que lo curara y cuando bajé a verlo tropecé con él y lo maté sin querer. Ordenó el juez que mataran al judío y apareció entonces el sastre gritando:

-¡Detente! Ese hombre es inocente. Encontré al jorobado en la calle, borracho, y lo llevé a mi casa. Mi mujer le introdujo un trozo de pescado y otro de pan en la boca y, al ordenarle que lo tragara de un golpe, murió ahogado. Luego lo llevamos a casa del médico judío y salimos huyendo.

Al oír estas palabras, dijo el gobernador al verdugo:

– Suelta al judío y dale muerte al sastre.

Y el verdugo lo empujó hacia la horca, murmurando:

– ¡Con tanto tomar a uno y soltar al otro no vamos a ahorcar a ninguno!

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