Allá por el año 1922 llegó a nuestra guarnición de Matalé el
capitán Braun. Recuerdo que en el club (un bungalow donde
paseaban libremente los sapos) se asoció la coincidencia de
su llegada a la muerte de míster Spruce, no porque el
capitán tuviera alguna responsabilidad en la muerte de
Spruce, sino porque todos estábamos archiseguros de que
míster Spruce hubiera tenido mucho gusto en conocer al
capitán Braun, cuyas habilidades de cazador nos habían
relatado sus camaradas. Spruce fue un certero cazador. Bajo
el fuego de su carabina habían caído tigres, jirafas, leones,
hipopótamos, leopardos y elefantes. Parecía que por sus
venas corría la sangre homicida de Nemrod, y personalmente
yo fui testigo de un suceso que no dejó de impresionarme y
en el que, como cuento, participó míster Spruce.
Con motivo de un pleito que un barbero le seguía en la
capital, tuve un día la que seguirle hasta Ceilán. Por la noche
fuimos al circo para presenciar el trabajo de una troupe de
leones amaestrados. Eran fieras domésticas, lanudas y
famélicas, sin capacidad de reacción. Un niño hubiera podido
entrar en la jaula que ocupaban. Sin embargo, cuando vieron
a míster Spruce se inquietaron de tal manera y comenzaron
a rugir con tanto furor, precipitándose contra los barrotes de
las rejas, que nuestro hombre se puso lívido de ira. Estoy
seguro de que en aquel momento lamentaba no tener a mano
su carabina para ametrallar a las pobres bestias.
¿Casualidad? Es muy posible, aunque a mi modo de ver
míster Spruce tenía la particular virtud de ser visto por las fieras, de irritarlas. Algún matiz de su físico, la luz de sus
ojos, la energía de su rostro, la encubierta brutalidad de sus
movimientos, revelaban al asesino de animales. Y digo
asesino porque es evidente que entre un hombre armado de
una magnífica carabina con balas explosivas y una fiera
acorralada, las de ganar no están de parte de la bestia.
Claro está que los cazadores se indignan y rechazan
semejantes imputaciones, negando terminantemente la
ferocidad de sus temperamentos. Pero tomad a un cazador,
habladle de una perspectiva de matanza y veréis cómo
pierde su habitual equilibrio y se estremece ante la promesa
de su gozo. Es la satisfacción de asesinar. Estos hombres
necesitan matar cualquier cosa viva…
Bueno; el caso es que el mismo día en que sepultaban a
míster Spruce, cazador, llegó a Matalé el capitán Braun,
cazador insigne.
El capitán Braun había residido un tiempo en el Congo belga,
viajando con una tropa de doscientos cargueros hasta las
fuentes de Nyanza. Era un hombre de gigantesca estatura,
manos enormes, brazos pesados y musculosos como troncos
de boas constrictores; en síntesis: una bestia del género
hombre, del tipo más peligroso que podía encontrarse bajo el
sol.
Sin embargo, era simpático. La totalidad de su armonía física
hacía que se le disculpara la inmensa barbarie que trascendía
de su configuración. Yo lo conocí en el cementerio, donde
llegó a tiempo para arrojar unos puñados de tierra en la
sepultura del matador de bestias. Míster Yelot, que estaba a
mi derecha, susurró:
—Míster Spruce baja al infierno agradecido.
A la vuelta, como era natural, bebimos alegremente, se
narraron aventuras y se habló de caza. Precisamente en esa
misma semana, a un nativo que residía algunas millas antes de llegar a Baticloa, un elefante le había destrozado la
plantación de arroz. Se sabía que era un elefante y no dos,
porque las huellas del animal habían quedado
esmeradamente impresas en el fango. La maligna bestia no
sólo se hartó de arroz, tragando todo el que podía embaular
en su inmensa panza, sino que, animado por una
voluptuosidad diabólica, destrozó íntegramente la plantación,
arrancando con su trompa enormes brazadas de tallos que
arrojó a la acequia pisoteándolos luego como si estuviera
cumpliendo un acto de personal venganza contra el
desdichado Ayoub Telbass, propietario de la plantación.
Ayoub Telbass, vista su desgracia, se presentó poco menos
que llorando ante el usurero Hsue Liang, a pedirle una
prórroga para pagar su deuda. El chino le respondió que se
dejaría arrancar las uñas de los pies y de las manos antes
que inferirle el menor daño a su vecino Ayoub Telbass; pero
que en cuanto a la deuda y los intereses, él, Hsue Liang,
lamentaba profundamente tener que comunicarle que no
contemplaría en manera alguna la destrucción que el
elefante había realizado en el arrozal.
Ayoub Telbass salió de la tienda del usurero poco menos que
enloquecido. Ayoub Telbass había asesinado a su padre y a
su madre, para poseer aquel trozo de tierra que ahora le
arrancaría de entre las uñas el miserable Hsue. Ayoub
Telbass, en aquellos momentos, pensaba en exterminar al
género humano.
Un criado de míster Spruce conversó con Ayoub Telbass y le
llevó la noticia de este desastre a su amo, que estaba en la
cama convaleciendo de un terrible ataque de apoplejía.
Míster Spruce (ignoro las causas) odiaba desesperadamente
al tunantón de Ayoub, y el júbilo que le produjo la noticia fue
tan fulgurante, que allí mismo, en la cama, se quedó tieso,
con las manos apretadas contra el corazón. Había muerto de
alegría.
Tal fue la historia que le contamos al capitán Braun, y éste,
después de conversar con los entendidos, llegó a la
conclusión de que el demoníaco elefante tenía su refugio en
la jungla, por el lado donde el río se bifurcaba en dos brazos,
formando la pantanosa extensión de Baticloa. Una milla antes
de la selva existían unos roquedales. El paraje era que ni
pintado para las exigencias de un elefante, pues si el
paquidermo quería agua limpia, sin tener que correr el
peligro de trabar relaciones con las mandíbulas de los
cocodrilos, podía bajar hasta el roquedal; en cambio, si la
bestia quería darse un baño de fango para acorazarse contra
la picadura de los mosquitos, el pantano y la selva
impenetrable casi estaban a un paso.
De todas maneras, no se trataba de un elefante local.
Posiblemente bajaba de las montañas, expulsado de su
manada. Hacía muchos años que en la región no aparecían
elefantes, y los hombres estaban olvidados de su caza.
Cierto es que cuando Braun fue a hablarles, todos se
manifestaron dispuestos a correr la aventura. Incluso algunos
trajeron sus lanzas para cazar al paquidermo, especie de
partesanas bárbaras con tremendas cuchillas de una yarda.
Pero cuando se trató de concretar, todos alegaron
ocupaciones variadas e inciertas. El único que se manifestó
dispuesto a participar en la cacería fue el desdichado Ayoub
Telbass. Como sabemos, motivos no le faltaban.
El capitán Braun convino que lo iría a buscar al arrozal,
donde, efectivamente, mucho antes que amaneciera se
encontraron.
Ayoub Telbass cabalgaba un espléndido mulo y se
acompañaba de una espingarda de caño largo. El capitán
Braun, que montaba un caballo, pensó para sus adentros que,
con aquel armatoste, Ayoub podía dedicarse a cazar
gorriones, no elefantes; pero calló sus deducciones.
Poco antes de llegar a la selva, se detuvieron en la
plantación de un francés, conocido por todos bajo el apodo de Mosiú. Mosiú se lamentó de no poder acompañarles,
porque con una pata de palo no podía ir correctamente a
cazar un elefante. Sin embargo, les acompañó varias millas,
pues el capitán y el árabe se vieron obligados a dejar su
cabalgadura en el corral del francés. El corral era el único
lugar que se había librado de la furia del paquidermo. En
mitad de la selva se desembarazaron de Mosiú, y de aquí en
adelante Braun y Ayoub Telbass siguieron por el camino
abierto por el paquidermo.
—Un ciego podría seguir el rastro —dijo Ayoub.
Y en cierto modo no le faltaba razón. Hacia donde se mirara
se veían árboles de tronco tierno quebrados, cuando no
arrancados de raíz, lo que les hacía suponer que el animal
era un voluminoso ejemplar solitario.
Días anteriores había llovido, y a pesar de la alta
temperatura que provocaba la rápida evaporación, los
caminos de la selva estaban tachonados de charcos. Una
especie de vaho azul subía hasta la copa de los árboles. En
ciertos tramos la selva tomaba la apariencia de un templo,
con la infinidad de sus columnas erguidas a extraordinaria
altura. Cuando los pájaros dejaban de chillar, los dos
hombres tenían la sensación de encontrarse en otro planeta.
Por donde se mirara se encontraban rastros de elefante, ya
impresos en el fango de los charcos evaporados, ya en el
sendero bárbaro, mutilado por su trompa. Abundaban las
ramas arrancadas y despojadas de sus hojas tiernas.
Tres horas después de haberse separado de Mosiú, los dos
hombres se detuvieron bruscamente. En un claro del bosque
yacía un tigre inmóvil. Braun y Ayoub Telbass se
aproximaron. La fiera debía hacer pocas horas que había
muerto. Estaba tendida sobre una sábana de sangre. Era
visible que había atacado al elefante.
El achocolatado Ayoub Telbass se puso gris del miedo.Si en toda cacería hay un momento que parece destinado a
vigorizar la voluntad de masacrar, el capitán Braun se
encontraba en este preciso momento. Había dejado de ser el
hombre resuelto que salió de Matalé, para transformarse en
una especie de fiera ensañada en la búsqueda de otra fiera.
De pronto cesaron las voces de los pájaros. Una llanura de
agua rechazaba la luz y se deshacía en espuma frente a unos
escalones de piedra inmóviles como un rebaño de
hipopótamos. Era el río. Desnudo, sentado bajo la copa de un
baobab, con la barba que le cubría las piernas, permanecía un
santón.
Braun no se dignó detenerse ante el hombre. Ayoub Telbass,
por un resabio de prudencia, le hizo un arqueado saludo y
continuó andando tras el capitán, que nuevamente descubrió
el rastro del elefante bajo la forma de grandes manchas de
sangre.
No cabía duda. El paquidermo debía estar gravemente herido
y Ayoub Telbass comenzaba a sentirse secretamente
contento. Por cierto que ninguno de los dos cazadores se dio
cuenta de que el santón del baobab había abandonado el
árbol y los seguía con paso elástico.
Braun no tuvo tiempo de retroceder. Enmarcado por una
cortina de sogas verdes, lo miraba malignamente un enorme
elefante rojo; tan manchado de sangre estaba. Braun se echó
la carabina a la cara y disparó. El elefante permaneció
inmóvil y, súbitamente, se desplomó como una catedral. Tras
él, empujado como por una fuerza plutónica, apareció otro
elefante. Ayoub Telbass lanzó un grito de espanto y,
arrojando su espingarda, echó a correr. Braun levantó otra
vez la carabina y disparó fríamente goloso; pero el elefante
no se detuvo, sino que continuó avanzando hacia él. Braun
quiso retroceder, tropezó en un tronco y rodó a un charco. El
elefante se agrandaba más y más en su rápida proximidad.
Ya estaba sobre él, resoplando neblinas de sangre, cuando el solitario desnudo se lanzó al camino y le echó una ristra de
sonidos inarticulados al hocico del animal. El elefante se
detuvo. Era algo extraordinario aquel viejo de larga barba y
piernas desnudas, increpando al elefante, que perdía
cascadas de sangre de junto a una oreja.
Braun alcanzó a recoger su carabina. El viejo seguía gritando
sus palabras mágicas ante el elefante, que, volviéndose
lentamente, se introdujo en la selva. Braun no se atrevió a
disparar contra el paquidermo. El viejo acababa de salvarle la
vida, pronunciando los “mantras del elefante” que, según la
fama, conocen algunos iniciados, y que consisten en una serie
de voces cuyo conocimiento se hereda. El animal que las
escucha está obligado a obedecer al que las pronuncia.
De pronto el elefante lanzó un berrido tremendo. Se apoyó
en un árbol y cayó. Estaba muerto.
Braun volvió la cabeza para buscar al santón y darle las
gracias. El viejo ya no estaba allí. Braun, pensativo, miró su
carabina y la arrojó al charco de fango; luego, con las manos
en los bolsillos, pensativamente, se volvió por donde había
venido. Silencioso, tras él marchaba Ayoub Telbass con su
inútil espingarda sobre el hombro.
Y esa fue la última vez que el capitán Braun salió a cazar.