3. CUENTO LA OGRESA Y LA MUJER QUE SE ENCONTRARON EN EL CAMINO. SOR.

SORORIDAD CUENTO bereber

LA OGRESA Y LA MUJER QUE SE ENCONTRARON EN UN CAMINO

La mujer bereber, la ogresa risueña y los castigos que Alá permite

En el nombre de Dios, Clemente y Misericordioso,

que ríe en secreto cuando los soberbios resbalan.

En un camino más torcido que la lengua de un mentiroso, una mujer bereber caminaba con un cántaro vacío y el corazón lleno. De pronto oyó un llanto tan fuerte que hizo caer tres dátiles del árbol más cercano. Era una ogresa enorme, sentada bajo un argán, llorando como si hubiera perdido una caravana entera… o peor, su paciencia.

—Alabado sea Dios —dijo la mujer—, ¿qué desgracia te hace llorar así, hermana de gran tamaño?

La ogresa se secó la nariz con una manta (que había sido alfombra) y respondió:

—Lloro porque mi marido me grita, me insulta y me dice “bestia” cuando no le sirvo la sopa caliente. ¡A mí, que podría comérmelo en dos bocados si Dios no me hubiera dado conciencia!

La mujer bereber suspiró.

—Que Dios nos proteja de los hombres que hablan más de lo que piensan. El mío me pega, me manda y cuando no le gusta el té dice que soy burra… aunque bien que se sube a mis espaldas para todo.

Se miraron. Se rieron. Porque cuando dos penas se encuentran, a veces hacen cosquillas.

—Por Alá —dijo la ogresa—, qué imaginación tienen para humillarnos.

—Por Alá —respondió la mujer—, y qué poco ingenio para vivir solos.

Se sentaron juntas. El árbol escuchó. Una cabra pasó y también escuchó, porque las cabras siempre saben.

—Yo tengo un don —dijo la ogresa—. Cuando un hombre se vuelve insoportable, puedo volverlo soportable… transformándolo.

—Bendito sea Dios que te dio ese talento —dijo la mujer—. Yo no transformo cuerpos, pero sé castigar estómagos.

Rieron otra vez, y el viento se persignó a su manera.

Esa noche, cuando el marido de la bereber empezó a gritar como gallo sin corral, la ogresa lo miró fijo y dijo unas palabras sagradas y otras muy malhumoradas. El hombre dio un salto, cayó de rodillas y cuando quiso insultar, soltó un rebuzno.

—¡Alabado sea Dios! —dijo la mujer—. Siempre sospeché que tenías alma de burro.

Desde ese día cargó agua, leña y vergüenza. Y cada vez que rebuznaba, el pueblo decía: “Dios es justo y tiene sentido del humor”.

Luego fue el turno del marido de la ogresa. La mujer bereber cocinó con devoción: garbanzos duros como piedras, leche pasada, cebolla cruda, miel en exceso y un toque de manteca rancia.

—Come, esposo —dijo la ogresa con dulzura—. Es una bendición.

Y lo fue. Una bendición intestinal. El ogro pasó tres días doblado, prometiendo ser bueno, piadoso y callado. Juró por Dios, por sus dientes y por su mala digestión.

Al amanecer del cuarto día, la mujer bereber y la ogresa se despidieron en el camino.

—Que Dios te acompañe —dijo la mujer—. Y si vuelves a llorar, que sea de risa.

—Que Dios te proteja —respondió la ogresa—. Y recuerda: los hombres aprenden más rápido cuando el castigo es creativo.

Se alejaron felices, porque habían hecho justicia sin derramar sangre, solo orgullo.

Y alabado sea Dios,

que a veces convierte a los tiranos en burros

y otras veces les revuelve el estómago.

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