EL HADDAR. HERMANO DEL BARBERO

El genial barbero de las mil y una noche dijo:

Sabed, ¡oh Emir de los Creyentes!, que mi segundo hermano se llama El-Haddar, porque muge como un camello y porque, para colmo, está mellado. No tiene oficio alguno, pero en cambio posee un talento singular para atraer desgracias. Juzgad vos mismo esta aventura y decidid si exagero.

Un día, vagando sin rumbo por las calles de Bagdad, se le acercó una vieja que conocía bien los deseos de los seres verticales de dos patas y le susurró: —Escucha, oh ser humano. Puedo hacerte una proposición que aceptarás o rechazarás según tu entendimiento. Mi hermano, que no destacaba precisamente por él, respondió: —Habla. —Antes prométeme que sabrás callar. —Puedes decir lo que quieras.

Entonces la vieja le pintó un palacio con arroyos, árboles frutales y copas que jamás se vacían; un lugar donde abundaban mejillas suaves, cuerpos flexibles y placeres que duran de la noche a la mañana. Te gustaría?

Mi hermano, desconfiado por primera vez en su vida, preguntó: —¿Y por qué me eliges a mí? —Menos palabras —contestó ella—. Sígueme y guarda silencio.

La siguió, como quien sigue su propio destino sin saberlo.

Llegó a un palacio magnífico. Dentro, cuatro jóvenes bellas como lunas reposaban sobre tapices, cantando con voces que derretían el alma. Tras las alabanzas, una llenó una copa y bebió; luego se la ofreció a mi hermano Haddar. Mientras él bebía, la joven le acarició la nuca… y de pronto le descargó un golpe feroz. Cuando él quiso marcharse, la vieja le guiñó el ojo: “Aguarda”. Y aguardó.

Las otras no fueron más piadosas: una le tiraba de las orejas, otra le castigaba la nariz, la tercera le clavaba las uñas. Mi hermano soportó todo en silencio, sostenido únicamente por la esperanza prometida.

Finalmente, la más hermosa se levantó y le pidió que se desnudara. Luego lo roció con agua de rosas y le dijo: —Me gustas, pero tus barbas pinchan. Aféitate. Haddar dudó, pero cedió. La vieja le rasuró barbas, bigotes y cejas, lo empolvó y lo devolvió a la sala. Al verlo, las jóvenes estallaron en carcajadas.

—Ahora baila para nosotras —ordenó la más bella. Al son de la darbuka, mi hermano danzó con pañuelo de seda, tan ridículo que las jóvenes le arrojaban almohadones, frutas y botellas entre risas.

Entonces la joven comenzó a desnudarse, provocadora, y la vieja explicó: —Ahora debes correr tras ella.

La persecución comenzó. La joven, ligera como palmera joven, huía riendo. Mi hermano, fuera de sí, la siguió de sala en sala hasta abrir una puerta… y de pronto…

Apareció desnudo en la calle de los curtidores.

Allí fue apaleado, paseado en burro al revés por los zocos, azotado por orden del walí y desterrado de la ciudad.

Yo, oh Emir de los Creyentes, lo recogí en secreto y lo mantengo a mi costa. Comprenderás que, si no fuera hombre de gran paciencia y entereza, no habría podido cargar con un hermano tan necio.

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