Los tres viejos. cuento sor

Los tres viejos

Este cuento no lo contó ningún imán ni ningún sabio.

Lo contaron las mujeres.

Y se reían de lo lindo.

Lo contó primero una viuda joven, sentada en el patio interior de una casa de Fez, mientras amasaba pan y vigilaba que ningún viejo curioso se acercara demasiado.

Después lo repitió una partera, en el baño público, entre vapor y risas, para que las muchachas aprendieran a distinguir entre barba piadosa y un viejo puerco.

Más tarde lo contó una joven sin marido, en una azotea de Tánger, al caer la tarde, mientras las gaviotas robaban higos.

El cuento se decía en voz baja pero con carcajadas, para ahuyentar a los viejos puercos.

Se cuenta como se cuelga un amuleto,

como se escupe tres veces para espantar el mal de ojo.

***

Los tres viejos y la casa de las tres hermanas

En el nombre de Dios, el Compasivo, el que ve incluso a los ridículos.

Tres hermanos —un tuerto, un rengo y un jorobado— ya viejos como proverbio mal contado, decidieron que aún merecían juventud ajena. No tenían mujeres, ni gatos, ni generosidad. Sólo monedas escondidas.

Las tres hermanas vivían solas en una gran casa, y conocían el Corán lo suficiente como para no dejarse engañar por barbas largas, bolsillos cerrados y viejo puercos.

Cuando los tres hermanos pidieron matrimonio, las hermanas no dijeron que no.

Dijeron:

—Primero, obediencia a la ley y purificación del deseo.

***

Al tuerto le dijeron:

—Antes de ver cuerpos, debes aprender a ver justicia.

Lo enviaron al zoco con la misión de vigilar pesos y medidas “por la causa de Alá”. Le colgaron un cartel: Inspector de honestidad.

Con un solo ojo, confundió higos con dátiles, contó mal las balanzas y acusó a medio mercado de fraude. Los mercaderes le dieron una paliza.

***

Al rengo le dijeron:

—Quien cojea del cuerpo debe enderezar el espíritu.

Lo mandaron a llamar a la oración desde el minarete, cinco veces al día, “para fortalecer la constancia”.

Subía lento, bajaba mal, se confundía de hora. Llamó al alba al mediodía, y al ocaso en plena noche. Despertó a bebés, enfureció a fieles y provocó que un burro entrara a la mezquita creyendo que era hora de comer.

El imán dictaminó:

—Este hombre hace tropezar al tiempo y le dieron una paliza.

***

Al jorobado le dijeron:

—La carga que llevas no es tu espalda, sino tu intención.

Le ordenaron ayunar… pero también cargar agua para las abluciones de todo el barrio.

Cada jarra que llevaba parecía multiplicarse. Su joroba, se volvió famosa. Los niños rezaban detrás de ella creyendo que era una montaña sagrada.

Un día, exhausto, cayó dentro de la fuente de la mezquita, mezclando agua bendita, barro y mugre.

Y los fieles le dieron una paliza.

***

Los tres hermanos se reunieron una última vez, arruinados, mojados y humillados, decididos a reclamar a las hermanas.

Pero la casa estaba vacía.

Sólo quedaba una nota clavada en la puerta:

“Dios es grande, pero no tonto.”

***

Esa misma noche, una tormenta arrastró sus ahorros escondidos bajo tierra, el burro del rengo se escapó con las sandalias del tuerto, y la joroba del tercero quedó atascada en la puerta de la mezquita, para risa de todo el barrio.

Dios es grande en sus decisiones.

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