EL DJINN DEL POZO
Mientras los hombres duermen las mujeres hablan…
La vieja bereber nos llamaba cuando el cielo se cerraba como un párpado cansado y las estrellas parecían escuchar. Nadie sabía su edad. Algunas decían que había nacido antes que el pozo; otras, que el pozo había nacido para aprender de ella. Para nosotras era madre, aunque no nos hubiera parido. Madre de cuidado, de palabra y de memoria.
—Vengan juntas —decía—. Las mujeres no fueron hechas para andar solas de noche.
Nos sentábamos alrededor del fuego y ella hablaba despacio, como si cada frase tuviera que llegar intacta a nuestros huesos.
—No se acerquen al pozo cuando la luna está alta —nos advertía—. Allí vive un espíritu que huele a las mujeres.
Decía que no le interesaban los hombres, porque estaban secos por dentro, vacíos de eco. Pero que a las mujeres las reconocía por el temblor: a las que estaban solas, a las que acababan de parir y todavía sangraban, a las que tenían vergüenza de hablar y guardaban su nombre como si fuera una culpa.
—Ese djinn llama —decía la vieja—. Y cuando llama, sube la voz y pregunta el nombre.
Entonces nos miraba una por una, como contando nuestras respiraciones.
—Escúchenme bien, hijas mías.
Una mujer sola no debe decir su nombre verdadero.
Porque si lo dice, no regresa.
El pozo la bebe.
Y el silencio se la queda.
Pero no nos enseñaba el miedo, sino el amparo.
—Si alguna vez escuchan la voz —continuaba—, respondan. Nunca se queden mudas. Pero respondan juntas. Todas. Aunque la pregunta sea para una sola.
Nos enseñó que los nombres, cuando se mezclan, confunden a los espíritus. Que una puede ser llevada, sí. Pero muchas unidas no. Nunca.
Aquella noche habíamos compartido pan, cuentos antiguos y risas bajas. El fuego estaba tranquilo cuando del pozo salió una voz profunda, húmeda, como si la tierra hubiera abierto la boca.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.
El aire se volvió espeso. Nadie se levantó. Nadie huyó. La vieja inclinó apenas la cabeza, como dando permiso.
Entonces respondimos.
—Amina.
—Zahra.
—Fátima.
—La que espera.
—La que cuida.
—La que vuelve.
—Hija de nadie, hermana de todas.
Los nombres se cruzaron, se pisaron, se contradijeron. El pozo pareció agrandarse, abrirse como una boca hambrienta… y de pronto quedó en silencio.
La vieja apoyó su bastón en la tierra y dijo, con voz de raíz profunda:
—Yo heredé este conocimiento.
No es mío.
Es nuestro.
Y debe pasar de boca en boca como el pan.
Luego nos abrazó con la mirada.
—Confundan —dijo—.
Susurren.
Dejen frases sin terminar.
Nosotras nos vamos a entender.
Porque el espíritu del pozo, cada tanto, vuelve a llamar.
Siempre pregunta por una.
Y nosotras, hijas mías,
respondemos todas.