Bereber Nunya protección
SORORIDAD
UN CUENTO DE PROTECCIÓN GRACIAS A NUNYA
El hilo que no debía verse (en la aldea de la montaña)
En el nombre de Dios, Clemente y Protector, que pone señales pequeñas para cuidar vidas grandes.
Esto ocurrió entre dos mujeres, en una aldea de montaña, allí las casas se apoyan unas en otras como mujeres cansadas y el viento conoce todos los secretos.
Los caminos son estrechos y las palabras también. Lo que no se dice en voz alta se dice en los bordes.
***
Pasó una mujer y vio el símbolo cuando nadie más lo habría visto.
Estaba en el orillo del manto, mal escondido, casi un descuido:
un hilo gris mezclado con rojo, breve como un suspiro.
No preguntó.
Acercó la mano al tejido con respeto, como quien toca la frente de un niño dormido.
—Alabado sea Dios —susurró—. Nunya pasó por aquí.
En esa aldea se sabía: Nunya no aparece para asustar, sino para guardar.
Dicen las mujeres que Dios la hizo grande para que pudiera cargar dolores ajenos,
y tierna para que nadie se avergonzara de llorar ante ella.
La otra mujer no levantó la cabeza.
Tenía los ojos secos de tanto llanto anterior.
El símbolo era mínimo y el daño había sido negado, porque la vergüenza había sido impuesta como si fuera culpa.
La que reconoció el signo ofreció cuidado, el único que Nunya aprueba.
Primero, la sentó cerca del suelo, donde la montaña enseña humildad.
Luego, tomó el manto con lentitud y no lo sacudió,
para no despertar el temblor que aún vivía en el cuerpo.
Lo dejó abierto, para que entrara el aire fresco de altura.
—Dios no apura a quien ha sido herida —dijo—. Respira.
No preguntó qué había pasado.
El hilo ya lo había dicho todo:
golpes sin marca,
palabras usadas como piedras,
risas ajenas clavadas como espinas.
—Nunya guarda a las mujeres cuando el mundo se vuelve angosto —murmuró—.
Ella ve lo que no se prueba.
El segundo cuidado fue la comida suave le sirvió caldo tibio, pan blando, hierbas de la montaña que aquietan el pulso.
Nada pesado, el cuerpo necesitaba volver a confiar.
Hablaron de cosas pequeñas
del clima cambiante,
de una cabra que se había escapado,
de una anciana que sabía cuándo nevaría.
Así Nunya enseña a aliviar: devolviendo lo cotidiano.
El tercer cuidado fue silencioso.
La mujer tomó aguja e hilo y corrigió el tejido,
pero dejó el gris apenas visible,
no para delatar,
sino para que la dueña del manto supiera que no había imaginado nada.
—Nunya es madre cuando nadie más lo es —dijo con dulzura—.
Ella escucha incluso cuando el signo es pequeño.
Al caer la tarde, la mujer herida tocó con dos dedos
el tronco del árbol que miraba al valle.
Ese gesto bastaba.
En la montaña, Nunya reconoce a las suyas.
Antes de que la mujer partiera,
la que había leído el símbolo hizo lo último:
anudó el manto con un nudo flojo en el borde.
Era promesa de protección.
Nunya sabes todo y no se apresura:
primero cuida, luego decide.
Esa noche, ninguna ogresa cruzó la aldea.
No hizo falta.
Nunya ya estaba allí:
en la mirada que creyó,
en la comida tibia,
en el hilo reconocido.
Y alabado sea Dios,
que puso a Nunya como guardiana amorosa de las mujeres,
para que incluso en las aldeas más altas y pequeñas
nadie quedara sola con su dolor.