La noche que las mujeres no fueron nombradas sororidad

Un hermoso cuento que extraje de uno de los cuadernillos que pude comprar en una escalinata a un viejo qué vendía pinturas, fotos y cualquier cosa que le permitiese comer…

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La noche de las mujeres que no fueron nombradas

Sí Allah en más grande me permite contar está historia, dijo una mujer al costado de la plaza. Era una tatuadora bereber. Qué pintaba en las manos signos de protección a quién pidiese.

Dicen —y Sherezade lo contó en voz tan baja que ni el sueño se atrevió a interrumpirla— que en la ciudad sin nombre, detrás del zoco de las especias amargas, había una casa sin puerta. No porque no la tuviera, sino porque nadie la veía.

Allí vivían mujeres que habían sido borradas de los relatos: 

una esclava liberada sin acta, 

una esposa repudiada sin culpa, 

una cantora a la que arrancaron la voz, una muchacha prometida a un muerto.

No se llamaban entre sí por sus nombres verdaderos.

 Cada una tomaba el nombre que necesitaba esa noche: 

la que vela, 

la que recuerda, 

la que escucha, 

la que miente para salvar. 

Así no podían ser atrapadas por los hombres ni por el destino.

Cuando una llegaba herida, otra lavaba la sangre. 

Cuando una callaba, otra hablaba por ella. 

Cuando una olvidaba quién era, las demás la rodeaban y le decían:

—Todavía estás aquí.

No tenían oro ni amuletos, pero compartían lo único que el poder teme: 

EL RELATO COMPLETO

Cada noche, una contaba su historia desde el punto donde había sido interrumpida por un hombre, por un juez o por el miedo. 

Y las otras la escuchaban hasta que la historia quedaba entera, sin cortes ni vergüenza.

Una noche llegó una joven perseguida por el rey. Traía el cuello marcado por el decreto y los ojos aún vivos. 

Las mujeres no preguntaron. Apagaron la lámpara, cambiaron su ropa, le dieron otro nombre y la sentaron a contar.

Al amanecer, cuando los soldados golpearon la pared invisible, no encontraron nada.

 Solo una casa vacía y un eco que decía:

—Aquí nadie pertenece a nadie.

Dicen que el rey nunca volvió a dormir igual.

Y que Sherezade sonrió, porque supo que mientras las mujeres se cuenten unas a otras, ninguna historia podrá ser usada para matarlas.

Y esta es, señor, la noche que no figura en los grandes libros.

Debe ser silenciosa 

Como un rumor que crece en cada corazón. 

Qué Allah, el más justo, aparte el daño 

de los hombres.

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