Sororidad bereber
LA VIEJA DE LOS PEINES EN EL MERCADO Y LA JOVEN
Sororidad
En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Yo doy testimonio.
Yo soy la vieja de los peines y otras chucherías.
No tengo hijos varones que me defiendan ni marido que me calle. Pero tengo manos firmes, lengua recta y memoria larga. Eso basta.
Vendo peines en el zoco y en las casas desde antes de que muchos de esos hombres aprendieran a atarse el cinturón. Peines de hueso, de madera y de cuerno. Quien se sienta ante mí no solo desenreda el cabello: desenreda la vida. Y las mujeres hablan. Siempre hablan. Porque el peine baja y la verdad sube.
Dios me protege por tres razones, y no me avergüenza decirlo.
La primera: no miento.
La segunda: no nombro lo que no me fue confiado.
La tercera: hablo cuando el silencio sería pecado.
***
Aquel día trajeron a una joven al mercado. Demasiado joven para el precio que le ponían los ojos de los hombres. Bajaba la mirada, pero su espalda estaba derecha. Eso lo vi yo, y cuando una joven camina así, una vieja debe ponerse de pie.
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Tres hombres se adelantaron. Yo ya los conocía por lo que hablaban sus mujeres de ellos.
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El primero, joven de barba arrogante, creía que el deseo se aprende mirando a otros. Me acerqué y hablé, porque su esposa me había hablado antes, con vergüenza y risa mezcladas:
—Hijo —le dije—, tu zib es famoso en mi canasta. No por su bravura, sino por su pereza. Tu mujer dice que lo despiertas con promesas y se duerme antes de cumplirlas. ¿Vienes a comprar lo que no sabes sostener despierto?
Las mujeres rieron. Yo no. Dije la verdad, que es cosa seria.
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El segundo, gordo de monedas y flaco de honra, apretó los labios. Su esposa lloró una vez mientras yo le quitaba los nudos del cabello:
—¿Tú también? —le dije—. Tu zib se ahogó en tu vientre, como cucharón perdido en olla profunda. Comes como rey y amas como huésped apurado. ¿Quieres otra joven para confirmar lo que tu casa ya sabe?
El hombre bajó la mirada.
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El tercero era viejo. Muy viejo. Y aun así sonreía. A él le hablé despacio, porque el tiempo ya le había hablado fuerte:
—Abuelo —le dije—, tu mujer ya no viene a comprar peines. Dice que no hay nada que desenredar desde hace años. Tu zib es cuento antiguo, repetido sin final. No vengas al mercado a buscar lo que Alá ya retiró con misericordia.
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Entonces sí reímos todas. Porque la risa de las mujeres, cuando es justa, es una oración.
¿Y por qué no me castigaron?
Porque sabían que si me tocaban, yo seguiría hablando.
Porque temían que las esposas hablaran también.
La verdad dicha en público no se mata a golpes.
Y porque saben —aunque no lo confiesen— que una vieja protegida por la justicia tiene más baraka que cien hombres armados.
***
Después vino la mujer del palacio, con su marido bueno. Compraron a la joven como quien rescata una fuente de Dios. Yo asentí. No hizo falta más.
Yo recogí mis peines.
La joven se fue con un nombre nuevo.
Los hombres se fueron con el suyo, bien puesto.
Y yo sigo aquí.
Mientras haya cabellos que desenredar
y verdades que decir.
Alabado sea Dios, que protege a quien habla cuando debe.