Cuentos bereberes
El juicio del burro.
En el nombre de Dios el compasivo el misericordioso
y Dios miró hacia los burros
Dijo una vieja Bereber.
Dicen —y yo lo digo porque aún respiro—
que cada noche el sultán pedía un cuento. Para olvidar o para condenar.
Yo era vieja ya,
con la espalda molida a golpes
y la lengua afilada por el miedo.
Me trajeron no por sabia,
sino porque nadie más quiso hablar.
Me senté ante él
y dije:
—Oh señor de las noches largas,
si me permites para tu regocijo
te contaré cómo Allah protege
a quienes cargan lo que no es suyo.
Y el sultán, curioso asintió.
Vivía yo con un marido
que rezaba de día
y me pegaba de noche,
como si Allah se hubiera quedado dormido.entre una oración y otra.
Me montaba sin deseo
y al burro sin piedad.
Confundía cuerpos con cosas.
El burro veía.
Y Allah ve lo que ve el burro.
Una tarde bajábamos por un sendero estrecho.
Mi marido subió al animal
con el culo lleno de rabia
y el alma más pesada que sus pecados.
El burro dio tres pasos justos,
los que se dan antes de decir basta,
y mi marido rodó al barranco
como cae lo que ya estaba caído.
Llevaron al burro ante el juez.
A mí me llevaron detrás,
callada como pan duro.
Las mujeres del barrio testificaron,
pero ninguna dijo:
“Ese hombre era un perverso.”
Porque sabían lo que cuesta decir la verdad.
Pero dijeron:
—El burro temblaba cuando lo montaba.
—El burro rebuznaba como quien reza mal.
—Los animales sienten el peso del pecado antes que los hombres.
Hablaron del burro.
Y así hablaron del hombre.
El juez, que había leído el Corán
y también la vida,
preguntó: —¿Puede un burro distinguir el bien del mal?
—No —respondieron.
Entonces sentenció: —Allah no castiga al burro por no rezar.
Tampoco lo castigará
por sacudirse un peso injusto.
Aquí hice una pausa,
oh sultán,
y vi que tu mano temblaba
no de ira,
sino de risa contenida. Y añadí, con voz cansada: —Allah es grande.
Tan grande que a veces su misericordia empieza por los animales y termina enseñando a los hombres.
El burro volvió conmigo.
Yo dormí sin miedo.
Y esa noche, oh señor,
Allah decidió
que yo siguiera contando historias.
Si deseas,
mañana te contaré otra
sobre mujeres que hablaron sin hablar y burros que rezaron sin palabras.
Y el sultán dijo: —Vive hasta el alba.