El ki cuento budista

Un Maestro de combate a mano desnuda enseñaba su arte
en una ciudad de provincia. Su reputación era tal en la
región que nadie podía competir con el. Los demás
profesores de artes marciales se encontraban sin discípulos.
Un joven experto que había decidido establecerse y enseñar
en los alrededores quiso ir un día a provocar a este famoso
Maestro con el fin de terminar con su reinado.
El experto se presento en la escuela del Maestro. Un
anciano le abrió la puerta y le pregunto que deseaba. El
joven anunció sin dudar su intención. El anciano,
visiblemente contrariado, le explicó que esa idea era un
suicidio ya que la eficacia del Maestro era temible.
El experto, con el fin de impresionar a este viejo medio
chocho que dudaba de su fuerza, cogió una plancha de
madera que andaba por allí y de un rodillazo la partió en
dos. El anciano permaneció imperturbable. El visitante
insistió de nuevo en combatir con el Maestro, amenazando
con romperlo todo para demostrar su determinación y sus
capacidades. El buen hombre le rogó que esperara un
momento y desapareció. Poco tiempo después volvió con un
enorme trozo de bambú en la mano. Se lo dio al joven y le
dijo:
El Maestro tiene la costumbre de romper con un puñetazo
los bambúes de este grosor. No puedo tomar en serio su
petición si usted no es capaz de hacer lo mismo.
El joven presuntuoso se esforzó en hacer con el bambú lo
mismo que había hecho con la plancha de madera, pero
finalmente renunció, exhausto y con los miembros
doloridos. Dijo que ningún hombre podía romper ese bambú
con la mano desnuda.

El anciano replicó que el Maestro podía hacerlo. Aconsejó al
visitante que abandonara su proyecto hasta el momento que
fuera capaz de hacer lo mismo. Abrumado, el experto juró
volver y superar la prueba.
Durante dos años se entrenó intensivamente rompiendo
bambúes. Sus músculos y su cuerpo se endurecían día a día.
Sus esfuerzos tuvieron sus frutos y un día se presentó de
nuevo en la puerta de la escuela, seguro de sí. Fue recibido
por el mismo anciano. Exigió que le trajeran uno de esos
famosos bambúes de la prueba y no tardo en calarlo entre dos
piedras. Se concentró durante algunos segundos, levanto la
mano y lanzando un terrible grito rompió el bambú. Con una
gran sonrisa de satisfacción en los labios se volvió hacía el
frágil anciano. Este le declaró un poco molesto:
Decididamente soy imperdonable. Creo que he olvidado
precisar un detalle: el Maestro rompe el bambú… sin tocarlo.
El joven, fuera de sí, contestó que no creía en las promesas de este Maestro cuya simple existencia no había podido
verificar. En ese momento, el anciano cogió un bambú y lo
ató a una cuerda que colgaba del techo. Después de haber
respirado profundamente, sin quitar los ojos de bambú, lanzó
un terrible grito que surgió de lo más profundo de su ser, al
mismo tiempo que su mano, igual que un sable, hendió el aire
y se detuvo a 5 centímetros del bambú… que saltó en
pedazos.

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