Cuento zen. Maestro y alumno

Un discípulo visitó un día a su maestro. Lo encontró llorando y se puso
también a llorar más fuertemente aún.
Cuando dos amigos bromean, el que tiene buenos oídos ríe una sola vez,
pero el sordo ríe dos veces, pues su primera risa no es sino una imitación. Ríe
con todo el mundo sin entender. Después, cuando se le explica la causa de la
hilaridad general, ríe por segunda vez.
Un imitador es como un sordo. Vive en el placer y en la alegría sin saber lo
que son el placer y la alegría. La luz del maestro se refleja en su corazón. La
alegría del discípulo emana de la de su maestro. Los que creen que este estado
les es propio son como un cesto en el agua. Cuando se le saca del agua, se da
cuenta de que el agua pertenece al río.

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