CUENTOS TUAREG

AGAHAF

Agahaf era un pequeño tuareg. Su padre le enseñó a cuidar el rebaño.

​Pero una tarde una chiva se alejó y el sol ya caía sobre las dunas del Tenéré.

Agahaf corrió tras ella hasta las rocas.

El resto del rebaño, con su orientación ancestral, regresó al campamento.

​Para cuando Agahaf sujetó a la pequeña chiva, la noche del desierto había caído de golpe.

Solo y helado, buscó refugio en una cueva y se acurrucó junto al animal.

Para vencer el miedo a la penumbra, recordó la templanza de su padre: «Frente al peligro, mantén la mente fría y el pecho sereno».

​Luego, comenzó a cantar las canciones sagradas que su madre le cantaba al dormir. Para alejar todo el daño.

​Su voz pura resonó en la inmensidad.

Atraído por el canto, se acercó un Kel Asuff, un antiguo espíritu del desierto hecho de sombra y viento.

El ser vino a escuchar a quien sabía leer los signos de la noche.

La dulzura de Agahf, la melodía y la valentía de su corazón conmovió al Kel Assuf y este cubrió la cueva con una mano gigante para protegerlo del frío.
Luego llamó a una gacela dorada para que cuidara el sueño del niño

​Al amanecer, la gacela lo despertó con un suave roce y comenzó a guiar a Agahaf y a la chiva por el mar de arena.

​En el campamento, los hombres ya habían salido a buscarlo recorriendo la extensión con sus camellos.

Pero su madre permanecía de pie, firme en el límite de las dunas, entonando las canciones sagradas para trazarle un camino de vuelta con su voz.

​De pronto, entre la bruma dorada, vio aparecer la silueta de su hijo caminando a paso firme junto a la chiva y a la majestuosa gacela.

​Madre e hijo se fundieron en un abrazo mientras ella le murmuraba la canción al oído.

La gacela inclinó la cabeza y se perdió en el desierto.

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LO QUE SABÍA SIMANE


Los viejos cuentan
Lo que sabía Simane…

Llevaba tres días caminando detrás de las huellas de su camello castaño.

El viento había borrado el cielo durante 40 horas y habían perdido el rumbo .

Cuando ya no tenía fuerzas la arena blanca paso a ser piedra lisa y fría.

Era basalto, y entre las rocas una grieta angosta descendía hacia las entrañas de la tierra.

Las entrañas olían a musgo viejo y humedad.

Agua… Agua – se dijo
Se inclinó hacia la grieta
Cubrió totalmente su rostro con el tagelmust.
Sacó de su cinto un puñado de mirra y la arrojó a modo de ofrenda a la grieta.

Imploró
Yalla! Kel ESSUF.
Solo te pido unos sorbos de agua para que la muerte no se lleve mi nombre antes del alba.

Desde el fondo la voz del ESSUF
El agua de este pozo no ha visto el Sol desde el principio del mundo.
Los hombres de las caravanas abren la tierra con hierro y agotan las vetas.
Que me darías a cambio?

El olvido te daré.
Te prometo que no regresará ningún hombre a este lugar.
Ni regresaré yo mismo aunque la sed me queme las entrañas.

Que así sea, por amor al desierto te daré agua.

Emergió una guerba atada a una cuerda de fibra de palmera.

Simane, apenas descubrió sus labios dejando el resto de su rostro oculto y bebió

El primer sorbo le devolvió el aliento
el segundo le apagó el fuego
el tercero le llenó la boca con el sabor de la tierra pura.

Luego se nubló su vista
Las estrellas seguían allí
Pero la memoria de dónde había venido comenzó a disolverse.

Había venido del Sur
del este
del Norte
del oeste.
Ya no sabía.

Miro hacia la grieta y esta había desaparecido.
Su camello mascabo un matorral seco al lado de la roca y lo estaba esperando.

El horizonte anunciaba un nuevo día.

se ajustó el turbante miró la inmensidad del Teneré y comenzó a caminar hacia el amanecer.

Simane, dónde queda esa grieta?
Le han preguntado una y otra vez.

Simane guardo ese secreto para siempre.
No podía traicionar la confianza del ESSUF, el amo de la soledad.

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EL CUIDADOR NOCTURNO

Esa noche el fuego agonizaba y los hombres dormían alrededor del mismo, envueltos en sus grandes mantas.

Solo Hasan, el cuidador nocturno de la caravana, permanecía despierto.

El turbante cubriéndole el rostro
Y Solo los ojos descubiertos.

El desierto del TENERÉ es una criatura que respira cuando el sol se oculta.

La noche cae oscura y densa

El frío entra como una daga filosa.
Aquel que despierta en la noche siente como una cuchillada helada.

Hasan miro hacia el cielo
Miles de estrellas sobre un terciopelo pero no había luna.
El desierto era una trampa de sombras.

El viento nocturno borró las pisadas de la tarde.

Hasan camino hasta el borde del campamento.
Controló que los camellos tuviesen las patas atadas.
Que El arenal no cubriese las provisiones
Cubrió con doble manta a los más ancianos.
Clavó dos bastones en la dirección a seguir para que la noche sin luna no se tragara el camino de regreso.

En las noches Él sabía leer el mensaje de las estrellas y sonrió.

Faltaban 3 horas para el amanecer y supo que el desierto del Teneré, las estrellas y él eran los hermanos de la noche.

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EL HOGAR

Las últimas brasas de la fogata se apagaron esa mañana.
Las mujeres acomodaban las mantas y los niños corrían descalzos entre los matorrales.

Todos en silencio.
Las mujeres y los niños miraban a los hombres que iban a emprender el viaje.
Querían memorizar esos rostros porque el Teneré es peligroso.

Los hombres calmaron a la familia
khadani acarició a su pequeño hijo y le pidió que cuidara el rebaño hasta que regresara.

Una docena de hombres montaron sus camellos se cubrieron el rostro
Y comenzaron la marcha llevando su cargamento de sal.

Khadani miraba hacia atrás y vio como el campamento se fue haciendo más pequeño hasta desaparecer.

No pensaban en el negocio qué harían con la sal, pensaban en llegar a destino. Guiarse por las estrellas y tener muy claro dónde estaban los pozos de agua.

Simplemente eso, para poder regresar.

Anochecía…
Música, tambores, y lo más sagrado.
Hablar de la risa de una hija al caer la tarde.
del olor a pan cocido bajo las brasas.
De los ojos de sus mujeres.
El sonido del viento chocando contra el tejido de las tiendas…

Se viaja únicamente para poder volver decían.

Los vieron venir, primero pequeños puntitos y luego los camellos con sus jinetes.
Los alaridos de las mujeres.
Los gritos de los niños corriendo hacia ellos.

El cansancio, la piel agrietada por el viento
y el peso del camino…
Todo desaparece en un instante cuando se regresa.
Junto al calor del hogar y sus familias.

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LA CANCIÓN DE MI MADRE

Esa noche los camellos de Aklis
Descansaban sobre el suelo con las orejas erguidas.

El fuego se estaba apagando y los camellos saben cuando la noche está cargada de sombras para no cerrar los párpados.

El viento dejó de soplar
Silencio, densidad…
el aire se volvió pesado como la piedra.

Aklis sintió una puntada en la nuca y se ajustó el turbante tapándose bien todos sus orificios.
Para evitar que el hálito del KEL ESSUF .
entrara en su garganta.

Lo vio venir
Y los camellos también.

Emitieron un bramido sordo y pegaron las cabezas al suelo.

Caminaba sin desplazar las piedras y sus pies flotaban a centímetros del suelo.

No tenía rostro, o cambiaba según la vibración del aire caliente.

O por momentos parecía un hombre que había olvidado su propio nombre hace mil años.

Aklis lo saludó para no demostrar miedo.
El ser habló con una voz antigua.

«No has arrojado agua caliente a la arena
No has silbado a las estrellas
No has pronunciado el nombre de los muertos.
Pero
Por qué caminas por mi casa como si fueras tuya hijo de la túnica azul?»

Solo pido sombra para la noche y un andar limpio al amanecer.

mis bestias tienen sed y el pozo de agua aún queda a dos soles de marcha.

«La soledad tiene un precio pastor.
Cada duna tiene un dueño que no come ni bebe leche.
Si quieres pasar la noche debes dejarme algo que no puedas volver a recoger.
Y sabes que no hablo de alimento
Solo me nutro de aquello que forma tu alma».

Aklis sacó su vieja flauta corta de tres agujeros.
te doy el tono con el que llamo a mis bestias cuando la tormenta borra las huellas.

te doy la canción que mi madre me cantaba cuando la fiebre me abrazaba en los campamentos.

Ya no la tocaré más.
te la quedas tú para que la soledad de este cañón tenga una voz cuando el viento calle.

Aklis tocó la canción. Hermosa,
las estrellas se pusieron atentas.

Luego dejó la flauta en la arena entre la luz y la sombra.

El Kel ESSUF se inclinó él no se vio mano que la tomara.

Misteriosamente las brasas del fuego se avivaron.

El KEL ESSUF
desapareció.

Los camellos se tranquilizaron.

Y entre el viento y el silbido de la arena Aklis escuchó su propia melodía se iba alejando entre las dunas

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DASSIN

Cuando muere la tarde el reino de los ESSUF abre l
los párpados.

La vieja Dassin afinó su imzad
Su violín de una sola cuerda.

Luego cantó una canción antigua y los jóvenes la escucharon.

Luego dejo de tocar, prestó atención y dijo
Los ESSUF viajan en el interior de las tormentas invisibles, esas que no levantan polvo, y mueven a las almas del lugar.

Un crujido seco cerca del cercado de los camellos.

Una figura alta vestida con hilos de luz de estrellas y polvo de viento Pasó entre los animales dejando a su paso una estela de frío intenso

El ESSUF se detuvo frente a la anciana.
No tenía boca pero de su pecho salió un sonido grave.

«Traigo el recuerdo de la primera lluvia
traigo el sonido que hacía el desierto antes de que los hombres le pusieran nombre a las montañas.
pero se me ha olvidado cómo suena la voz de una madre cuando arrulla a su hijo en la tienda.

La anciana no dudó
Sabía que la duda es la puerta abierta al extravío en el desierto.

Tocó una música suave y dulce como el ritmo del corazón de una mujer que vela el sueño de sus hijos bajo las tiendas.

El KEL ESSUF escuchó sin moverse

Y a medida que la música avanzaba
La luz fría de su manto comenzó a cambiar por un tono cálido.

Y entre los pliegues de su sombra los jóvenes creyeron ver los rostros de todos los abuelos que habían cruzado el Teneré siglos atrás.

Dejó sobre el arenal una piedra blanca petrificada, transparente como una gota de agua.

«Cuídala anciana si la tienes tú
ningún pozo de tu clan se secará
y ningún viajero perderá el rumbo incluso en la noche más oscura».

El ESSUF se disolvió como una gota de leche en el agua.

La anciana tomó la piedra, la guardo en su bolso donde conservaba las hierbas aromáticas.

Le dijo a los jóvenes que el desierto no regala nada sin un pacto.

Había entregado una canción de la memoria humana a cambio de la vida del clan.

Luego alimentó el fuego con una rama seca y quedó mirando la negrura del Teneré.

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